Capítulo 14
Candy esperó a que su esposo cerrara la puerta antes de apartar las sábanas y saltar de la cama. Se anudó los lazos del vestido y se dirigió rápidamente hacia el panel oculto. Cuando éste se abrió, se disculpó con gestos y Aelfread la miró con sorna.
—Disculpa —murmuró, siguiéndola por el túnel—. Huele a moho—dijo con un gesto de desagrado.
—No importa... es el olor de la libertad —fue la respuesta irónica de Aelfread—.¿Cómo va el pan?
—¿El pan?
Candy frunció el ceño mientras el panel se cerraba tras ellas. El pasadizo era muy estrecho y oscuro, y la joven agradeció que su amiga hubiera tenido la buena idea de llevar una antorcha. A ella no se le había ocurrido que podían necesitar una.
—Sí, el pan.
Se llevó la mano al bolsillo y se percató de que Albert se había recostado casi por completo en la hogaza. Hizo una mueca cuando sintió la forma aplanada del pan.
—Está aplastado —admitió, suponiendo de inmediato por qué Aelfread sabía lo del pan —¿Nos podías ver? —preguntó consternada.
—Hay una mirilla —admitió. Luego explicó—. Albert hablaba tan bajo que no podía oír lo que estaba pasando, así que miré. Estaba a punto de regresar a la habitación de al lado cuando llamaron a la puerta.
—Quería echarse la siesta conmigo —explicó Candy sin demasiada convicción, y le pareció que su amiga murmuraba algo entre dientes, pero no pudo preguntarle qué decía porque en ese momento llegaron a unas escaleras talladas en la roca y toda su atención tuvo que centrarse en subirlas sin caerse.
Candy extendió una mano para sujetarse e hizo un gesto de fastidio al sentir el contacto baboso de la pared, pero mantuvo su mano sobre ella para no resbalar.
Ambas mujeres iban en silencio, concentradas en avanzar por los escalones, y suspiraron aliviadas cuando el estrecho pasadizo se abrió en una gran cueva.
—Había olvidado lo estrecho y tenebroso que es este pasadizo secreto.
—Es sorprendente que un hombre del tamaño de Tom pueda pasar por él —murmuró Candy, observando la enorme cueva hasta donde la luz se lo permitía.
Se pararon sobre una plataforma de roca sólida de unos tres metros de anchura. Al mirar por el borde, Candy vio que unos metros más abajo estaba todo cubierto de agua.
Cuando la marea subía, el agua debía de cubrir la plataforma en la que en ese momento se encontraban. Unos escalones tallados en la roca conducían a una plataforma que estaba abajo, en donde se balanceaban varios botes pequeños, amarrados a unos postes; las cuerdas estaban tan sueltas que se movían con el vaivén del oleaje, haciendo que los botes se elevaran y descendieran en el agua.
—Ya estamos aquí —murmuró Candy, mirando de nuevo a Aelfread—. Esos botes nos van a venir muy bien.
—Sí. —Aelfread dejó la antorcha en un soporte que había en la pared. Se dirigió hacia donde estaba Candy y observó la abertura estrecha pero alta de la cueva.
—¿El agua sube tanto? preguntó incrédula.
—Sí y baja tanto. Ahora debe de estar bajando, y dentro de un rato la cueva se quedará seca hasta que vuelva a subir.
—Entonces, este pasadizo no sirve cuando la marea está alta.
—Sí, porque nunca llega a cubrir esta plataforma. Tom dice que si necesitamos usar la cueva durante la marea alta debemos nadar hasta la playa. También hay botes allí, escondidos para ese propósito. Una persona se encarga de su mantenimiento
cada mes para asegurarse de que estén en condiciones de navegar.
—¿Nadar hasta la playa? ¡Eso es una barbaridad! Creo que no podría contener la respiración tanto tiempo.
—Sí podrías, porque está más cerca de lo que parece. Lo que pasa es que este pasadizo da una curva hacia la izquierda, pero realmente el trayecto es muy corto y la curva hace que no se vea desde el exterior, ni siquiera cuando la marea está baja.
Candy se limitó a asentir. De repente sonrió y miró a Aelfread.
—Creo que será muy divertido tenerte como amiga, aunque me temo que nuestros esposos no estarán de acuerdo.
Aelfread soltó una risita socarrona.
—Tendremos problemas si descubren que no estamos en nuestras camas —advirtió con preocupación.
Candy asintió, solemne.
—¿Merece la pena tomarse tantas molestias para pasar un rato en la playa?
Aelfread sonrió.
—Creo que sí, pero no tengo tanto que perder como tú. Lo peor que podría pasarme es que Tom se entere y se enfade conmigo.
Candy empezó a bajar las escaleras hacia la plataforma inferior, moviendo su mano a tientas.
—Eso es todo lo que podría pasarme a mí también... que Albert se enterara, quiero decir.
—No —la contradijo Aelfread mientras la seguía—. Todavía existe la amenaza de MacGregor.
—Honestamente, creo que sois todos unos paranoicos. No entiendo por qué seguís insistiendo en que MacGregor representa un peligro para mí. Ya no puede hacer absolutamente nada; estoy casada con Albert. Así de simple. MacGregor ya no puede casarse conmigo. Si es inteligente, se habrá olvidado de mí y habrá encontrado otra pobre joven crédula con quien casarse.
—Los escoceses no olvidan, Candy—dijo Aelfread cautelos—. No está en su naturaleza... o, por lo menos, si olvidan, no perdonan. Algunas querellas han durado seis o siete generaciones. Nadie está muy seguro de cómo empezaron o cuál fue su motivo, pero siguen existiendo.
Candy permaneció en silencio hasta que llegó a la plataforma. Una vez allí, sintiéndose ya más segura, dijo con sarcasmo:
—Bien, me temo que eso me parece bastante estúpido.
—Estúpido o no, MacGregor no se resignará a aceptar que te hayan arrebatado de sus manos.
—Vale, pero ya no puede casarse conmigo —señaló Candy.
—No —admitió Aelfread con un gesto de preocupación, pero cuando Candy la miró, le dijo—: él mató a la anterior esposa de Albert.
—¿Quién es? —le preguntó Albert a Stear cuando se aproximó al final de las escaleras.
—Un emisario de Forswhite.
Albert se dio vuelta para mirar a su senescal. Al hacerlo, notó que Paulina permanecía inmóvil sentada al lado del fuego.
—¿El hermano de Candy está con ellos?
—No. Su esposa tampoco.—Stear miró a la criada que ahora intentaba oír lo que decían. Continuó con un tono de voz apenas audible—. En realidad, querían ver a lady Candy, pero yo no estaba seguro de...
—Has hecho bien en decírmelo a mí antes. Veré quién es antes de informar a Candy —le dijo a Stear con serenidad. Ignoró a la mujer que estaba visiblemente nerviosa junto al fuego y se dirigió a las mesas. Se sirvieron unas jarras de cerveza y las
observaron en silencio.
—Lo más seguro es que no sean buenas noticias —musitó Stear después de un largo silencio—. Su hermano habría venido si estuviera en condiciones de hacerlo.
Albert respondió con un gruñido.
Stear agitó taciturno el líquido de su jarra y suspiró.
—Lady Candy habló muchísimo sobre su hermano mientras estaba bajo el efecto de la fiebre. Parece que lo quiere mucho.
—Sí —asintió Ardley con desgana.
—Se afligirá profundamente si ha muerto.
—Sí —repitió Albert suspirando.
Las puertas del torreón se abrieron y se incorporó al reconocer al hombre que entró con George, Jimmy y Archie.
—¡Lord Shropshire! —exclamó Albert y se apresuró a recibirl—. ¿Tiene usted noticias de Anthony? ¿Cómo...?
—Se está recuperando sin problemas —le interrumpió el lord inglés—. Dejé a mi senescal y tres guardias con él hasta que yo regrese y las cosas se resuelvan.
Paulina se serenó al oír aquellas palabras y el alivio fue evidente en su rostro, pues había llegado a pensar que Anthony estaba muerto.
—Debo hablar con lady Candy —anunció Shropshire.
Albert asintió y miró a Stear, pero la vieja hechicera se le adelantó y se dirigió a las escaleras.
—Iré a buscarla.
Mató a la anterior esposa de Albert.
Candy se sintió como si le hubiera caído encima un rayo. Se dio la vuelta lentamente; su rostro denotaba un estupor inexpresivo y se encontró con la mirada ansiosa de Aelfread.
Al verla, su amiga dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Me temía que no lo supieras —admitió con un suspiro.
—¿La anterior esposa de Alber—Su voz sonó ronca e incrédula.
—Sí.
Candy permaneció un momento en silencio; la cabeza le daba vueltas, luego se apaciguó con una calma profunda y miró a Aelfread con los ojos vacíos.
—Cuéntamelo.
—Sólo estuvieron casados seis meses. Ella estaba embarazada. Albert tenía asuntos que resolver en la corte, pero Margaret, ése era su nombre, estaba embarazada de cinco meses y decidieron que no era prudente que efectuara tan largo viaje. Así que Margaret se quedó. Después de una o dos semanas de ausencia, empezó a sentirse
aburrida e inquieta y quiso ir a visitar a su prima que se había casado con uno de los parientes lejanos Ardley.
—Pensé que Albert no quería que viajara, para evitar que el galope le hiciera daño al niño.
—Sí. Supongo que eso fue lo que Neall le dijo a Margaret— afirmó Aelfread.
—¿Neall?
—El primo de Albert. En esa época era senescal aquí. Stear piensa que Neall estaba enamorado de Margaret, pero fuese lo que fuese, el caso es que ella insistió tanto que él cedió. Como solamente tenía que cruzar las tierras de los Ardley,
partió acompañada sólo de su hermano Lachland, y fueron a visitar a la prima de Margaret.
Debían regresar al día siguiente, pero un vecino de la prima llegó con las noticias. —Hizo una pausa para humedecer su boca seca con la lengua—. Margaret
estaba en el granero con su prima, acompañándola mientras ordeñaba una vaca, cuando ocurrió el asalto. Los MacGregor se abalanzaron, lanzando antorchas encendidas a la casa y al granero...
—¿Porqué?
Aelfread pestañeó.
—¿Qué dices?
—¿Por qué prendieron fuego a la casa y al granero?
Aelfread se encogió de hombros.
—Es lo que hacen cuando asaltan una propiedad. Prenden fuego a la casa y al granero, y luego escapan con los animales. La gente se ocupa de extinguir el fuego y no puede perseguirlos. Por si no lo sabes, arrear a las vacas es algo que lleva su tiempo.
—Ya veo —murmuró Candy, conmovida.
—En todo caso... le prendieron fuego a todo, reunieron el ganado y se dieron a la fuga. Si las cosas hubieran sucedido como es usual, la esposa de Albert y su prima simplemente habrían salido del granero y nada malo habría sucedido, pero Margaret se puso de parto debido al susto. Su prima salió corriendo del granero pidiendo
ayuda a gritos, diciendo que Margaret no podía caminar. Cuando la mujer salió, el granero estalló en llamas con tanta rapidez que parecía una fogata gigante. Aunque era prácticamente imposible entrar, Neall, Lachland y el esposo de la prima fueron a buscar a Margaret. Ninguno de ellos regresó. Los vecinos acudieron al ver la humareda que ascendía por los aires. Encontraron a la prima de Margaret sentada en
el suelo, en estado de conmoción, entre la casa quemada y el granero. Cuando se percataron de que su señora había perecido en el incendio, vinieron inmediatamente a dar la noticia.
—Y cuando Albert regresó de la corte se enteró de que había perdido a sus primos, a su esposa y a su hijo —murmuró Candy con tristeza.
—Sí.
Permanecieron un momento en silencio. Candy miró a Aelfread y le dijo:
—Albert culpa a MacGregor. Por eso atacó nuestra expedición. Una esposa por otra.
Aelfread asintió un poco reacia.
—Según me dijo Tom, ése era el plan, sí.
Candy se resignó en silencio. No estaba enfadada ni herida. No era tan tonta como para creer que Albert la había visto a la distancia y se había enamorado perdidamente de ella. Sabía que su matrimonio se debía a una disputa. Pero no sabía que iba a
reemplazar a una esposa y a un hijo muertos.
¿Acaso importaba? Candy lo pensó por un momento; el recuerdo de su hermano Anthony y de su esposa Eliza acudió a su mente y una mueca de tristeza se dibujó en su rostro.
Había tenido mucha más suerte en el matrimonio que Anthony, eso era seguro. Albert nunca había intentado hacerle daño; la había tratado bien y la había
complacido en la cama. Aún había muchas cosas que no sabía de él, pensó, pero lo que conocía le satisfacía mucho. Y eso no era poca cosa. En la corte había muchas mujeres jóvenes a quienes no solamente no les gustaban sus esposos, sino que en realidad los detestaban y sentían repulsión de compartir la misma habitación, por no
hablar de tener contacto físico con ellos. Sí, ella había sido afortunada.
Quizá por eso no había querido averiguar la razón exacta por la que Albert se había casado con ella.
No quería sufrir una desilusión.
Ahora que conocía esa razón, entendía un poco mejor el comportamiento de su esposo. Seguramente había amado mucho a esa Margaret y si algunas veces parecía frío o distante con ella, era más que probable que todavía le doliera su pérdida. Tal vez con el tiempo lograría amarla, aprendería a amarla. Su hermano siempre había dicho que ella era el tipo de mujer que un hombre aprende a querer.
Suspiró y observó con curiosidad la expresión preocupada de Aelfread. Le dirigió una mirada tranquilizadora y le preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que murió Margaret?
—Poco menos de nueve meses, creo. Unos seis meses antes de casarme con Tom.
Candy hizo un gesto de sorpresa; no era mucho tiempo. El recuerdo de su esposa debía de estar todavía fresco en su mente.
—¿Ahora entiendes por qué se preocupa tanto? —se apresuró a decir Aelfread.
—No. —Candy miró a su amiga con una disculpa irónica en su rostro—.Albert debe entender que MacGregor no planeó la muerte de Margaret. Él no podía saber que el parto se adelantaría. Tú misma dijiste que en circunstancias normales su prima y ella simplemente habrían salido corriendo...
—Tienes razón. Lo más seguro es que ni siquiera supieran que ella estaba allí —la interrumpió Aelfread—. Y Albert lo sabe. Por eso no asesinó a MacGregor. Ambos bandos llevan varias décadas enfrascados en una de esas disputas de las que te he
hablado antes. Fue una tragedia, y no un asesinato deliberado.
—Bien, entonces no entiendo por qué todos pensáis que MacGregor es una amenaza para mí. El no asesinó a Margaret intencionadamente. De hecho, lo más probable es que se sienta muy mal por su muerte. Es poco factible que venga a matarme.
—Aelfread miró a su amiga como si creyera que estaba loca.
—Albert no piensa que MacGregor vendrá a asesinarte, sino a vengarse.
—¿Vengarse?
—Sí, porque Albert te ha raptado.
—¿Cómo, en nombre de Dios, podría vengarse? —preguntó Candy desconcertada.
Aelfread se encogió de hombros.
—De muchas maneras. Puede simplemente raptarte de nuevo; peor aún, si te atrapara...
—¿Sí? —preguntó ansiosa Candy cuando Aelfread dejó de hablar.
—Podría usarte y devolverte deshonrada —señaló reacia.
Candy palideció.
—No haría algo así.
—¿Por qué no? Él quería hacerte suya — señaló Aelfread intentando ser razonable.
—Sí, pero eso fue antes de que me casara con Albert. Ahora estoy casada. Legalmente casada.
Aelfread se encogió de hombros.
—A los escoceses no les importa tanto la ley como el derecho.
—¿Y tiene derecho a violar a una mujer? —dijo incrédula, levantando la voz.
Al ver que Candy se estaba enfadando, Aelfread gesticuló y dijo:
—Tal vez debamos olvidarnos de la merienda en la playa y regresar al torreón.
—¡No! —Candy respiró lentamente un par de vece—No. Continuaremos. Es posible que aquí dentro esté oscuro, húmedo y tenebroso, pero fuera hace sol.
Tomaremos la merienda Y luego nos daremos un baño... sí, eso es justo lo que necesito. Me relajará. —Pronunció estas últimas palabras con oscura determinación mientras volvía la mirada para escrutar los pequeños botes que se balanceaban a un lado de la plataforma—. ¿Cuál de éstos tomaremos?
—Tal vez no deberíamos ir —repitió Aelfread vacilante—. No se me había ocurrido pensar en MacGregor, pero ahora, después de hablar de él, no me parece
sensato que salgamos solas.
—No es menos seguro hacerlo ahora de lo que lo era anoche cuando lo planeamos —repuso Candy exasperada—. Tú misma dijiste que la playa está rodeada de acantilados que son imposibles de escalar. ¿Por qué habría de desembarcar
MacGregor en semejante lugar?
—Sí, pero...
—No hay peros —interrumpió Candy con firmeza—. Lo que sucede es que este lugar tan lúgubre te está afectando. Te sentirás mejor una vez que estemos fuera disfrutando del aire fresco. Piensa en la sensación de la arena bajo tus pies —añadió para animarla y luego volvió a mirar los botes—. ¿Por qué no tomamos éste?
Aelfread se dio por vencida y miró el bote que Candy señalaba.
Era el mejor de todos, tenía la pintura fresca y estaba en buen estado.
—No —decidió con firmeza—. El del fondo.
Candy observó el bote que Aelfread se apresuró a alcanzar e hizo un gesto de desaprobación. Parecía necesitar pintura con urgencia. Era también el más pequeño de todos. Candy había pasado poco tiempo en botes, pero estaba segura de que cuanto más grandes fueran, menos posibilidades tenían de naufragar.
—Tal vez no sea bonito, pero será más fácil de manejar para nosotras —argumentó Aelfread como si hubiera leído su mente.
Candy hizo una mueca de resignación ante el sólido argumento de Aelfread mientras ésta se movía con cuidado para abordar la embarcación.
Permaneció en silencio, se armó de valor y la siguió.
—¿Qué quieres decir con que no está? —Ardley le lanzó una mirada inexpresiva a Paulina, olvidándose completamente del inglés que estaba sentado a la
mesa con él.
—¡Lo que acabo de decir! —respondió Paulina irritada—. Fui a su habitación y no está allí. Y Aelfread tampoco está.
Tom quedó perplejo y un gesto de preocupación se reflejó en su rostro.
—¿Aelfread tampoco está?
—No. Las dos se han esfumado.
—Pero Aelfread está...
—Esperando un hijo —dijo Paulina frunciendo los labios y negando con la cabeza—. De verdad, no debería andar correteando por ahí. Y tampoco Candy, con lo de su espalda—añadió mirando encolerizada a los dos hombres—.Ninguna de las dos habría hecho algo así si les hubierais dado un poco de libertad y no las tratarais como
si fueran un par de esclavas de amor.
—¿Un par de qué? —rugió Albert, incorporándose.
—Ya me has oído —respondió iracunda.
—¿Envío a algunos hombres a buscarlas, mi señor? —preguntó Stear, llamando la atención de Albert sobre el asunto en cuestión.
—Sí —respondió Ardley, lanzándole una mirada colérica a Paulina. Luego se volvió hacia Stear.
—Buscad por toda la isla. No pueden haber ido muy lejos.
—¿Dónde está la playa? —murmuró Candy, mirando alrededor. A medida que dejaban atrás la boca del túnel, lo único que veía era el mar abierto enfrente y una pared de roca a sus espaldas.
—Justo por esa roca de ahí. No está lejos, ya te he dicho que se puede llegar nadando... Bueno, si se es buen nadador —añadió con honestidad.
Candy frunció los labios cuando miró a la derecha en la dirección que Aelfread señalaba.
—No parece una playa muy grande desde la ventana de mi cuarto. Estoy segura de que no podrían esconderse allí muchos barcos.
—También hay una cueva, en el saliente del acantilado, directamente debajo de tu ventana. Es pequeña y sólo hay espacio para uno o dos botes. Sin embargo, se puede llegar desde allí al continente. También se puede esperar un poco e ir nadando a buscar más botes durante la marea baja.
Candy miró atrás, de donde habían venido, y el desconcierto se dibujó en su rostro.
La entrada de la cueva había desaparecido tras el saliente del acantilado y sólo habían avanzado unos pocos metros.
—¿Dónde está la entrada?—preguntó.
Aelfread miró en la misma dirección de Candy.
—¿Ves ese acantilado escarpado que parece una flecha señalando hacia arriba?
— Sí.
—Está en la base, justo debajo de él.
Candy tomó uno de los remos para ayudar a su amiga a impulsar el bote.
—Nunca había remado. Esta es la primera vez —admitió, mientras Aelfread recogía su remo. Una intempestiva carcajada de su amiga la sorprendió.
—A mí me pasa igual, pero estoy segura de que no puede ser tan difícil. Ya nos las arreglaremos.
Sonrieron y empezaron a avanzar. No era una tarea tan difícil... pero tampoco resultaba sencilla. No tardaron en hacerlo bien y el bote avanzó en la dirección que querían. Unos momentos después, rodearon el saliente rocoso y divisaron la playa.
—Creo que tenías razón. Sería más sencillo ir nadando—murmuró Candy con ironía mientras observaba la playa y la distancia que les quedaba por recorrer.
Podrían haber cruzado nadando esa distancia en cuestión de minutos. En bote, probablemente tardarían mucho más.
Aelfread soltó una sonora carcajada y su mirada brilló al observar el tramo de playa arenosa rodeada de rocas y acantilados.
—Sí, pero piensa en la diversión que nos habríamos perdido. Además, ya lo estamos haciendo bien. ¿Quién sabe cuándo podrá sernos útil una habilidad como ésta?
Candy resopló y volvió a tomar el remo. Para su sorpresa, remaban mucho mejor ahora que cuando iniciaron el recorrido, y realmente no tardaron mucho en llegar a la playa. Aun así, sintió alivio cuando escuchó el ruido de la arena en la quilla del pequeño bote. Soltaron los remos, aliviadas de sentir aquel sonido y las sacudidas que lo acompañaban. Dejaron los remos en el bote y desembarcaron.
Candy fue la primera en saltar al agua. Lo hizo mientras Aelfread le advertía algo a gritos, pero era demasiado tarde, pues cuando comprendió lo que quería decirle su amiga ya había saltado. El bote estaba en aguas más profundas de lo que había pensado, y cubría mucho más de lo que ella creía, como pudo comprobar cuando el agua helada casi la tapó por completo. Apenas había logrado reponerse del impacto del agua fría, cuando un segundo grito de Aelfread llamó su atención. Impulsado por un leve viento que se había levantado, el bote se dirigía raudo en la misma dirección por la que habían venido.
Candy maldijo, nadó con la rapidez que le permitía su túnica empapada, y logró agarrarse al bote y tirar de él para llevarlo de nuevo hacia la playa. La embarcación se movió más fácilmente de lo que esperaba, y logró llevarla hasta un banco de arena, donde encalló.
Jadeando a causa del esfuerzo y del frío, Candy masculló en voz baja una andanada de obscenidades mientras daba tumbos en dirección a la playa. Cuando pisó tierra firme, vio que Aelfread había saltado a la playa sin una gota de agua en su cuerpo y que había tirado del bote hasta dejarlo más cerca de la orilla. Miró a Candy y estalló en carcajadas mientras daba palmetazos en el agua.
Candy la miró enfadada y Aelfread intentó contener la risa, aunque sin mucho éxito.
—Lo siento, pero nunca pensé que conocieras semejantes palabras, tú, que eres una dama.
Sonrojada, Candy negó con la cabeza y exhibió una sonrisa, leve al principio y finalmente generosa.
—Las aprendí de mi hermano. Tiene toda una colección de palabras para este tipo de ocasiones.
Aelfread sonrió y apoyó las manos en sus caderas.
—Bien, será mejor que te quites el vestido y lo pongas a secar.—Observó detenidamente la playa y anunció—: Tendremos que llevar el bote hasta la playa.
—¿Por qué?
—La marea está subiendo.
—¿Tan pronto? —Candy observó desconsolada el mar.
—Sí.
—Entonces cubrirá la entrada de la cueva.
Aelfread asintió.
—Pero... nos quedaremos atrapadas aquí—señaló Candy.
Aelfread afirmó sonriendo.
—Me temo que durante un buen rato. Pero de todos modos habíamos planeado hacer una merienda y disfrutar de una zambullida.
—Sí —murmuró Candy y la preocupación que se reflejaba en su rostro se convirtió luego en desconsuelo—. ¡Diablos!
—¿Qué?
—El pan. —Fue todo lo que dijo. La otra mujer entendió.
—Supongo que ahora no está solamente aplastado —dijo consternada—. Creo que no estábamos destinadas a comer pan hoy.
—Sí —exclamó Canfy suspirando.
—Por lo menos aún tenemos las manzanas. —Aelfread las sacó de su corpiño y Candy soltó una carcajada; luego se dedicó a desatar los lazos de su vestido.
Aelfread se guardó las manzanas rojas y maduras en un bolsillo y dejó a Candy desvistiéndose mientras ella exploraba la playa.
—¡Candy!
Apenas había acabado de quitarse el jubón cuando Aelfread gritó su nombre. Su voz tenía un tono de preocupación. Candy dejó su vestido en la proa del bote y caminó hacia su amiga. Cuando estuvo a su lado, miró en la dirección que señalaba Aelfread y descubrió, extrañada, una bolsita de cuero tirada en la arena.
—¿Qué es? —preguntó Candy, agachándose a recogerla.
—Alguien ha estado aquí.
Candy sintió el miedo en la voz de su amiga; levantó las cejas y empezó a abrir la bolsa.
—Es probable que el hombre que cuida los barcos la haya dejado aquí la última vez que vino a inspeccionarlos.
—Lo hacen a comienzos de mes, y ya estamos a mediados.
—Tal vez la dejaron olvidada a principios del mes y no supieron dónde la habían perdido —sugirió Candy con despreocupación, encogiéndose de hombros. La bolsa se abrió; contenía granos de maíz.
—No.
Candy la miró y notó el estremecimiento de temor en su voz.
—Alguien ha estado aquí.
—Y no hace mucho —murmuró Candy, recogiendo un puñado de granos secos—. Si la bolsa hubiera sido arrastrada hasta la playa, el maíz estaría húmedo. Y si llevara aquí mucho tiempo, estaría completamente podrido... Eso significa que alguien se la ha dejado aquí hoy. —Su mirada se deslizó hacia el pequeño tramo de playa—. Yo no veo a nadie.
—¿Ves ese árbol grande que está contra la pared del acantilado? ¡No mires! — vociferó Aelfread cuando Candy miró en esa dirección—. Mira con disimulo. —Esperó un momento hasta que Candy miró furtivamente la pared del acantilado.
—Sí, ¿y qué?
—Hay una cueva detrás que no está completamente oculta. Es allí donde esconden los botes —le informó Aelfread con calma.
—Si no está oculta por completo, es probable que alguien la haya descubierto.
—Y que esté allí en este instante —dijo Aelfread con tono grave.
—Será mejor que regresemos al bote —sugirió Candy con cierta preocupación—. Quienquiera que haya dejado esto abandonado ya podría haberse marchado. Sin embargo, creo que deberíamos regresar, contar nuestra aventura y pedir a Albert que envíe a alguien a inspeccionar la cueva.
Candy observó de nuevo la pequeña bolsa que sostenía en su mano y suspiró.
—Tal vez no sea nada. Seguramente uno de nuestros hombres vino hoy y la dejó. Tú misma dijiste que no hay manera de escalar esta pared.
—No, nadie podría hacerlo. —Aelfread miró fijamente el agua—. Pero tengo un mal presentimiento. —Su mirada se posó de nuevo en Candy—. Debemos comportarnos como si no hubiera sucedido nada. Vuelve al bote y actúa como si simplemente fueras a extender tu vestido; yo te seguiré. Prepárate para saltar al bote y alejarnos cuanto antes.
—Creo que tú deberías subir primero —sugirió Candy preocupada—. Te será más difícil correr, pues llevas puesto el vestido, y pesa mucho. Yo sólo llevo el jubón.
—Sí, pero no es a mí a quien buscan. Yo soy simplemente tu súbdita.
—Tú no eres una súbdita —respondió Candy indignada—. Eres la esposa de uno de los mejores guerreros de mi esposo. También eres mi amiga.
—Mi señora, ya sea que trabaje en el castillo o que simplemente viva en la aldea, te has convertido en mi ama desde el día en que te casaste con el jefe de mi clan. Y juré defender con mi vida a mi señor y a su familia el día de mi matrimonio.
—¿Y qué hay de la vida de tu hijo? —argumentó Candy con terquedad.
—Mientras más discutamos aquí, más vulnerables seremos —dijo Aelfread a secas —. Además, si no fuera por mí, no estaríamos aquí. Si te sucediera algo, nunca podría perdonármelo. Ahora, por favor... ve hacia el bote.
Candy la miró por un instante y dejó escapar un suspiro de exasperación.
—Está bien, pero debo decirte, Aelfread Ardley, que si mi matrimonio te convierte en mi súbdita, haces mal en atreverte a discutir conmigo.
A pesar de la reprimenda, Aelfread sonrió y murmuró:
—Nunca he dicho que sea una buena súbdita —y su sonrisa se desvaneció. —¡Vaya!
Candy estiró la mano y le dio un apretón a Aelfread, luego se dirigió lentamente hacia el bote, balanceando la pequeña bolsa de la manera más despreocupada posible. Sin embargo, sólo había recorrido la mitad del trayecto cuando escuchó el grito de advertencia de Aelfread. Se dio la vuelta y la vio correr hacia ella, mientras varios hombres se lanzaban desde los árboles para perseguirla.
CONTINUARA
