Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


[15]


... aunque manteniendo apartada a la "gente nueva", que Nueva York comenzaba a temer y, hacia la que sin embargo, se sentía atraída...

Edith Warton,
"La edad de la inocencia"


Era un día hermoso, de cielo azul y brisa suave, perfecto para navegar.

Hinata apartó las pesadas cortinas, abrió las ventanas batientes y aspiró con fruición el aire de mar. La invadió una oleada de optimismo inesperado y sonrió; en ese momento creyó que quizá no todo estuviese perdido. Si pasaba momentos agradables en Newport con Karin y Naruto, incluso navegando en el Colleen, quizás encontrara un terreno en común con su esposo. De pronto, Hinata sintió el extraño deseo de transformar en verdad las promesas hechas en la iglesia, por razones que aún no lograba definir.

—Natsu, ¿qué me pondré para salir a navegar? —preguntó, volviéndose.

—Sin duda, la ropa de hilo blanco —afirmó Natsu.

—De acuerdo. Saca el vestido de hilo blanco, y tal vez el sombrero azul de paja, ese pequeño con la cinta de lunares.

—Sí, señora Uzumaki.

Hinata regresó junto a las ventanas; la brisa agitaba las cortinas. A lo lejos, al extremo de los muelles de Fenian Court, vio que habían sacado al Colleen de la caseta; la embarcación se balanceaba, mientras una docena de marineros lo preparaba para zarpar.

Excitada, se imaginó en la proa mientras la brisa le agitaba el cabello y la ropa. Y a Naruto junto a ella, señalándole lugares de la costa, al tiempo que Karin y Hinata reían de los inútiles intentos de sujetarse los sombreros. Sería un día maravilloso. Lo que era más importante aún, le daría la oportunidad de pisar ese terreno sagrado sobre el que se movía la familia Uzumaki.

Natsu le dio el vestido de hilo blanco y Hinata, impaciente, se lo puso a toda velocidad.

—¿Está listo? —preguntó Naruto al primer ayudante cuando llegó al extremo del muelle para observar su tesoro. El Colleen era una verdadera belleza: cuarenta y cinco metros de bronce lustroso y madera de teca. Se lo conocía como el yate más veloz de la costa este y, si alguien lo dudaba, le bastaba asomarse al cuarto de trofeos.

—¡Naruto! —gritó Karin desde la proa; estaba muy bonita con su vestido corto rosado, adornado con cintas azul marino—. ¿Quieres que mande a un criado a buscar a Hinata? ¡Todavía no llegó!

El primer ayudante confirmó a Naruto que estaban listos para zarpar. Naruto asintió y caminó hasta la planchada.

Karin corrió al encuentro de su hermano.

—¿Envío a buscarla? —preguntó.

Naruto dirigió una mirada sombría hacia la casa.

—¿Te dijo que vendría?

—No, supongo que ya vendrá. ¿Esta mañana no te dijo si quería venir?

Sin mirarla, su hermano respondió:

—No, no lo dijo.

—Oh, bueno, quizás está demasiado cansada. —Karin pareció desilusionada.

Naruto no respondió. Se limitó a contemplar la casa con aire pensativo.

—Cuando tú saliste, ¿Hinata aún dormía?

—No lo sé, Karin. No porque sea mi esposa puedo leerle el pensamiento. —replicó.

—Yo no te pregunté si podías leerle el pensamiento. —dijo Karin con calma—. Te pregunté si dormía cuando tú saliste.

—No lo sé. —hizo un gesto escueto al primer ayudante, en respuesta a una pregunta muda—. Mira, Karin, —dijo en tono irritado—, tienes que entender algo. Tu cuñada proviene de un mundo muy diferente al nuestro. No creo que a las damas como ella les agrade navegar, pues las salpicaduras del mar les estropean los vestidos y el viento las despeina.

—Hinata no es así. — Karin se puso seria—. ¿No crees?

Naruto volvió a mirar hacia la casa.

—Anoche anuncié este paseo. Si no está aquí, —afirmó en tono indiferente—, es porque no quiere. —Hizo un gesto afirmativo al primer ayudante y dijo—: Zarpemos. Diez minutos después navegaban por el estrecho de Rhode Island.

El entusiasmo impulsó a Hinata a correr cruzando las puertas ventanas y el prado de Fenian Court hasta la cima de la colina, desde donde podía ver el muelle. Sujetándose el sombrerito que había colocado con gracia sobre la cabeza, oteó el embarcadero buscando el enorme yate que minutos antes había divisado allí. Ya no estaba.

Se llevó la mano a los ojos para ver el mar, y la sonrisa se borró de su rostro. A lo lejos, en el estrecho, se veía la silueta inconfundible del Colleen cortando las olas azules como un glorioso fantasma blanco.

Se le oprimió el corazón.

Se llevó a los labios la mano con que se había protegido los ojos. Habían zarpado sin ella. Se le hizo un nudo en la garganta intentando negar lo que sentía. Si lo pensaba descubriría numerosos motivos por los que podrían haberla dejado. Por más lógica que empleara no podía dejar de lado el que más la ofendía. Sencillamente, habían partido sin pensar en Hinata. No la querían.

Sin embargo, Karin no era capaz de hacer algo semejante. La noche anterior, había insistido en incluirla en el paseo. Se trataba de Naruto. Era su esposo el que la excluía.

"¿Cuánto tiempo tendré que seguir pagando por no haber asistido al debut de Karin?", pensó, y sintió que se le congelaba el corazón. Naruto lo había hecho para herirla como lo habían hecho con Karin.

Al comprenderlo, dejó caer los hombros. Naruto sólo la quería para llevarla del brazo como un adorno, para favorecer el ascenso social de la hermana. Quería una guía femenina para karin. De ningún modo como parte de la familia. Hinata tendría que cumplir su deber, y Naruto viviría su propia vida: las dos cosas nunca serían una sola.

Se asomaron lágrimas a los ojos de Hinata y se las tragó como una píldora amarga. Naruto había fijado los límites del matrimonio; quizás eso era lo justo. En última instancia, las cosas serían más fáciles cuando llegase la anulación. Hinata no tendría que sufrir por haberse encariñado demasiado con la familia y, en particular, por haberse enamorado de Naruto. Por un breve lapso, se dejó llevar por la culpa, quiso creer en los votos matrimoniales, aunque supiese que eran falsos. Ya no.

"Que siga tratándome como si yo no tuviese sentimientos —pensó—, y yo le demostraré que es así. Seré fría, concienzuda y cortés. Y nada más."

No obstante, al contemplar la elegante silueta del Colleen surcando las aguas profundas del estrecho, las lágrimas volvieron a asomar. Se imaginó a Naruto suelto y feliz, tal vez de pie en la proa, el viento salado azotándole el cabello, y la asaeteó un dolor insoportable. Su esposo no quería compartir con ella esos placeres. Se había casado con un hombre de corazón de piedra. Lo único que le importaba eran los negocios... ¡Y al demonio con las necesidades de Hinata!

Las lágrimas rodaron por las mejillas de ella y ya no pudo contenerlas. Apenas acababan de casarse y Naruto había vuelto a provocar una herida en el corazón de Hinata, sin darle tiempo a que se cicatrizaran las anteriores.

Derrotada, abandonó toda pretensión de fingimiento y decidió acorazarse para protegerse de los golpes que podrían sobrevenir.

"La próxima vez —se prometió, enjugándose las lágrimas con una violencia hasta entonces desconocida para ella—, no dejaré que Naruto me importe tanto, no permitiré que vuelva a herirme. ¿Supone que se casó con una doncella de hielo?: pues se llevará una sorpresa. No sabe cuán fría puedo llegar a ser."

Más tarde, Hinata decidió que no se quedaría enclaustrada y triste dentro de la mansión. Se compuso, y fue a caminar por los impecables jardines de Fenian Court, disfrutando de su belleza y convenciéndose de que no podía tener mejor compañía que los pájaros y las estatuas romanas.

Para su sorpresa, Karin la encontró. Vino corriendo desde la casa y Hinata supo que el Colleen estaba atracado en el muelle desde hacía rato.

—Hinata, ¿pasaste una mañana agradable? —preguntó un tanto agitada la muchacha cuando la vio.

—Estuve cosiendo. Ahora estaba tomando un poco de aire...

—¿Puedo acompañarte?

Hinata sonrió. No podía culpar a Karin por lo que hacía el hermano.

—Claro. —cariñosamente, deslizó el brazo por el de la chica.

—¿Viste el mirador? —la muchacha se apartó un mechón rebelde que había escapado del moño.

Hinata se impresionó del aspecto encantador de la chica.

—No. ¿Dónde está?

Karin señaló hacia el océano que parecía una líquida joya azul bajo el sol del atardecer.

—Allá. ¿No lo ves?

A la derecha de un punto en que el mar rompía en espuma blanca sobre un montón de rocas, donde la bahía estaba calma como un espejo, en el extremo de un largo muelle había un mirador.

—Hay que pasar por la caseta de los botes. En esa parte el agua es tranquila. No te preocupes, es seguro.

—Vayamos, entonces. —Hinata se encaminó hacia el lugar. Sería el sitio ideal para abordar el tema que Naruto quería que conversase con Karin. Podrían hablar en privado y Hinata mencionaría el delicado asunto de los vestidos cortos.

El mirador abierto estaba construido en un estilo chino Chippendale que al acercarse el Centenario estaba poniéndose de moda. Entraron en el inmenso galpón donde se guardaba el Colleen, cruzaron el largo embarcadero y se acomodaron en una otomana mullida con almohadones tapizados de chintz. Conversaron sobre el tiempo, sobre lo imponente que se veía Fenian Court desde el mar: como un enorme monolito blanco de mármol alzándose entre colinas cubiertas de hierba bien cuidada. Mientras conversaba con Karin, por el calado del mirador Hinata contempló la salvaje belleza del mar, y supo que en adelante éste sería su lugar preferido.

—Hinata, ¿algo te aflige? Pareces... preocupada.

Hinata miró a karin, sorprendida de su perspicacia. El modo de ser directo de la muchacha le resultaba refrescante, en contraste con el ambiente del que provenía. Hinata no estaba habituada a esa franqueza, a ese estilo de los Uzumaki. A pesar de toda su riqueza y sus posesiones, los Uzumaki carecían de pretensiones.

—Oh, no, Karin, estoy bien. —contestó, dirigiéndole una sonrisa radiante. Aún se sentía lastimada por el abandono de la mañana, aunque hizo a un lado esos sentimientos pues no quería cargar a Karin con ellos. Por otra parte, tenían que resolver los problemas de Karin, no los propios.

Abordó el tema con delicadeza.

—Esta noche iremos a la fiesta de los Varick, ¿sabes?

Karin asintió y se apartó el mechón rebelde de la frente.

—Sí. Estoy segura de que tú y Naruto lo pasarán de maravillas.

—Tú también irás. ¿No lo sabías?

—Yo... en realidad, yo no debería ir... —los ojos de Karin se ensombrecieron. En ese instante, el color de esos ojos era idéntico al del fuego.

—Karin, es importante que vayas. Quiero presentarte a mis conocidos. Sé que Naruto desea que asistas.

—Perdóname, no podría. —Karin desvió la mirada hacia el mar.

Hinata no respondió. Pensaba cómo decírselo. Estaba encantadora con el vestido de hilo rosado, que resultaba demasiado infantil para ella. Tendría que usar algo más apropiado para su edad, similar a la ropa que usaba Hinata. Luego de descubrir que la habían dejado, Hinata se había puesto un vestido de tafetas verde. Era simple, pero llegaba hasta el suelo e incluso tenía una pequeña cola, según los dictados de la moda.

—Karin, —comenzó, con cierta turbación—, estás demasiado crecida para usar vestidos cortos. Pienso que ya es tiempo de que uses alguno de los vestidos que te compró tu hermano en Worth. Según tengo entendido, todavía están en los baúles, envueltos en papel de seda.

De los ojos carmesí escapó una lágrima. Karin la enjugó con rabia.

—No quiero. ¿Te parece que luzco muy mal? —en ese momento, la muchacha tenía una expresión rebelde muy parecida a la de su hermano.

Hinata se acercó más a la muchacha.

—Aunque no hayas tenido un debut, no puedes ser una niña para siempre. Ya eres demasiado mayor para usar esa clase de vestidos. Sé que es difícil, en especial por lo que sucedió con tu presentación, aunque tendrás que aceptarlo.

—Ordenaré otros. —Karin se miró el pecho—. Lo ocultaré todo. Yo... —de pronto, estalló en sollozos.

Hinata la rodeó con los brazos y la dejó llorar sobre su propio hombro.

—Comprendo. —susurró, con los labios sobre la cabeza de la muchacha, recordando lo difícil que era a esa edad, y cuánto pesaban las penas. Se acordó de sí misma, unos años atrás. En ese entonces se sentía segura en el seno de una familia unida y afectuosa. Después, todo lo que había dado por descontado resultó falso. También Hinata comenzó a llorar, en parte por Karin, en parte por Hanabi, y también por sí misma.

Contempló a través de las lágrimas la imagen borrosa de Karin que lloraba apoyada en su hombro, y no pudo evitar compararla con Hanabi. Las dos muchachas se habían visto obligadas a cuestionar todo cuanto las rodeaba, incluso su propia valía personal, a muy tierna edad. Hinata abrazó y acarició a Karin y decidió con más firmeza que tanto Karin como Hanabi superarían las circunstancias adversas y lograrían el éxito.

"Sí, lo lograrán", pensó.

—Karin, —dijo con dulzura—, el mundo no siempre es justo. Sin embargo, no puedes permitir que eso te derrote. Esta noche, tienes que venir con nosotros. Te prometo que tanto Naruto como yo haremos todo lo posible para que no vuelvan a herirte.

—Me dirán "mocosa", como llaman a las criadas irlandesas. —sollozó.

—No lo harán. No se atreverían. —"En especial ahora, que experimentaron en carne propia el daño que podría acarrearles la ira de Naruto", pensó Hinata con ironía.

—Tengo miedo. ¿Y si las mujeres se ríen de mí? ¿Y si los hombres no me invitan a bailar porque... porque soy irlandesa y me desprecian?

Hinata la besó en la coronilla y la abrazó con fuerza.

—Karin, las cosas están cambiando. Te aseguro que serán corteses contigo. Además, creo que cuando esos jóvenes vean lo bonita que eres, se darán cuenta de que no tienen por qué menospreciar a los irlandeses.

—¿Es por eso que te enamoraste de Naruto? ¿Porque es muy apuesto? —Karin hipó, y aceptó el pañuelo que Hinata sacó de la manga.

Hinata, tomada por sorpresa, sólo atinó a decir:

—Sin duda, Naruto es muy apuesto.

—Y si no lo fuese, ¿igual lo amarías?

Hinata frunció el entrecejo, buscando el modo de eludir la pregunta. Karin quería seguridad y, con todo, era imposible seguir acumulando mentiras. No amaba a Naruto.

—Tu hermano es tu hermano, Karin. Es difícil separar cada una de las cualidades que identifican a Naruto Uzumaki. —Hinata miró a la muchacha y dijo algo que en realidad pensaba—: No obstante, tengo que confesarte una cosa. Pese a que Naruto es un hombre más guapo que el común de los hombres, posee una fuerza que me atrae. Si fuese menos guapo, no sé si sentiría otra cosa por él.

—¡Sabía que lo amabas! ¡Lo sabía! —impulsiva, Karin rodeó a la cuñada con los brazos y la estrechó.

Hinata permaneció inmóvil: odiaba la cadena de falsedades que ella misma y Naruto habían forjado en torno de los dos.

—Bueno, creo que podríamos ir a tu habitación y elegir alguno de esos vestidos encantadores de París para la fiesta de esta noche.

Karin se apartó y se secó los ojos.

—Aún tengo miedo. —miró a Hinata y ensayó una sonrisa temblorosa—. Te haré caso, porque creo que tú sabes lo que dices.

—Verás que crecer no es tan terrible. —Hinata le dirigió una sonrisa desmayada. De acuerdo con su propia experiencia, lo único bueno de madurar era que se adquiría más habilidad para adormecer el dolor. Sin embargo, no deseaba para Karin una existencia tan melancólica.

En algún lugar existiría el caballero de brillante armadura dispuesto a salvar a esta criatura bella y salvaje.

—Hinata, ¿de verdad crees que algún caballero me invitará a bailar esta noche? —la muchacha le dirigió una mirada tan preocupada que Hinata no pudo menos que reír.

Apartó el rizo rebelde y le respondió:

—De verdad, Karin. El único problema que preveo es que no sabrás a cuál elegir.

Hinata se vestía para la fiesta cuando oyó un golpe en las puertas doradas que separaban su dormitorio del amo. Por tonto que pareciese, ella y Natsu se quedaron inmóviles como si hubiese llamado el verdugo.

—Señorita, ¿abro? —susurró Natsu.

Hinata guardó silencio: aún le dolía lo sucedido a la mañana. Había tenido todo el día para prepararse para el reencuentro con Naruto; adoptó una máscara de frialdad y dijo:

—Por favor, abre. —fastidiada porque la doncella, asustada, hablaba en susurros.

Mientras Natsu obedecía, Hinata se miró en el espejo. Quedó satisfecha: tenía un aspecto frío e inaccesible. El vestido, muy suntuoso, era de seda azul, como las plumas de los pavos reales, sujeto a los lados con grandes moños verde pálido y ramilletes de rositas de seda de color rosado intenso. Las sandalias, del mismo tono que el vestido, asomaban bajo la espuma del Guipure de las enaguas blancas. El atuendo tenía un estilo más suntuoso que el de la ropa de día, aunque al sentarse comprobó que el polisón no le dificultaba demasiado los movimientos. Lo único que faltaba era trenzar y sujetar en una corona el cabello, que aún se le derramaba por la espalda como un claro torrente.

"No importa", pensó, e indicó a Natsu que abriese la puerta.

Como esperaba, allí estaba Naruto, vestido con el traje de noche: frac negro, y chaleco de piqué blanco. El atuendo formal le sentaba de maravillas, y Hinata se sintió atraída al ver que esa boca dura esbozaba un saludo y los ojos se fijaban en los de ella, cortándole el aliento. Sin poder evitarlo, pensó que debía de tener el mismo aspecto cuando salía con la amante.

Entró en el dormitorio de su esposa como si fuesen sus propios dominios. En los ojos de Naruto se reflejó la sorpresa y algo más que Hinata interpretó como un brillo de aprobación. Se fijó especialmente en el cabello suelto en cascada sobre la espalda, que contrastaba con el suntuoso atavío.

—Señora Uzumaki, ¿quiere que la espere en el vestidor? —dijo Natsu, nerviosa por la presencia del amo.

Los esposos miraron a la doncella como si hubiesen olvidado que estaba presente. Naruto esbozó una sonrisa maliciosa.

—Hinata, creo que no le agrado a tu doncella. Cuando entro en la habitación, siempre trata de escabullirse.

—¡Oh, no, señó! ¡Usted es un buen patrón, es! —dijo Natsu. No obstante, retrocedió un paso.

Naruto rió: era evidente que se divertía a costa de Natsu.

"¡Qué bribón!", pensó Hinata.

—Puedes irte, Natsu. Ve abajo y come algo.

Yo misma me arreglaré el cabello.

Natsu asintió, y luego miró a Naruto.

—Está bien. Ve, Pegeen. —dijo, imprimiendo un tono afectuoso al sobrenombre irlandés, como si se apenara por haber asustado a la muchacha—. De hecho, abajo hay una sorpresa para ti. Acaba de llegar Tokuma, tu esposo. Como oí decir que eran muy unidos, le mandé venir desde Manhattan. Ve al encuentro de tu amor verdadero, y pon un poco del rubor de una rosa irlandesa en esas bonitas mejillas.

Natsu boqueó. Estaba tan impresionada que casi no atinaba a hablar.

—¡Caramba, gracias, señó Uzumaki!

—No tolero la separación entre marido y mujer. De modo que, ve con él. Estoy seguro de que te echó de menos.

—¡Oh, gracia, señó Uzumaki!

Naruto hizo un gesto de asentimiento y la despidió. Natsu se fue con una expresión que era mezcla de admiración, agradecimiento y temor.

—Eso fue muy considerado de su parte. —dijo Hinata cuando la puerta se cerró tras la doncella y quedaron solos. Le costaba creerlo. Naruto Uzumaki era impredecible. En ocasiones, se comportaba como un bribón; en otras, como un santo.

—No es nada. —respondió, volviendo a adoptar un aire serio.

Aunque tratara de quitarle importancia, el hecho era significativo. Por primera vez, Hinata lo veía tener un gesto bondadoso hacia alguien ajeno a la familia. Era evidente que, a pesar de todas las bravatas, Natsu le agradaba: elogió el aspecto de la muchacha y había mandado a venir al esposo desde Nueva York.

Hinata se negaba a reconocer el dolor que le oprimía el corazón, pero fue imposible. Su marido era más amable y amistoso con la doncella que con su propia esposa. Tendría que sentirse agradecida de que Naruto quisiese y protegiera a los suyos. En el alma de Hinata brotó una horrible sospecha: nunca sería capaz de brindarle a ella esa clase de afecto, sin mencionar el amor y la preocupación.

Cuando comprendió el motivo, sintió que la desesperación la abrumaba. A los ojos de Naruto, Hinata no tenía ningún valor. Natsu era valiosa porque era irlandesa, y el hecho de serlo la convertía en algo así como una pariente lejana de Irlanda. Naruto tomaba en cuenta un vínculo que jamás tendría con su esposa. Hinata Hyuga era una extraña, no merecía ser uno de ellos porque provenía de un ambiente distinto, y había recibido una educación diferente. Sin embargo, del mismo modo que las mujeres pobres no podían remediarlo, Hinata tampoco podía dejar de ser quien era. Le resultó duro admitir que este absurdo matrimonio se había fraguado para que aceptaran a los Uzumaki en el círculo social al que Naruto en realidad rechazaba. También era irónico que su esposo no quisiera separar al marido de la mujer: Hinata no podía imaginar a dos personas más separadas que ella misma y Naruto.

—Karin está aguardándonos en la sala. Está lista para salir. —dijo Naruto, interrumpiendo los tenebrosos pensamientos de la esposa.

Lo vio cruzar el dormitorio, y trató de disimular la frustración y la decepción.

"No puedo ser una persona distinta de la que soy —pensó—, por más que me esfuerce. Si Naruto no me acepta, será mejor que enfríe mi corazón, que recuerde que este matrimonio es sólo una cuestión de negocios, y continúe con la farsa."

—¿Karin ya está vestida? —preguntó, recordando la conversación de esa tarde.

—Sí: está hermosa. Te lo agradezco.

Aún resentida porque la habían dejado en tierra esa mañana y decidida a no permitir que la ofendiera otra vez, Hinata exhaló un suspiro de alivio. Sin duda, si no hubiese podido convencer a Karin de que usara uno de los vestidos de Worth, las cosas habrían sido difíciles para la muchacha y también para ella misma. Echó el cabello sobre los hombros y trarando de adoptar un tono helado, dijo:

—Bueno, gracias por decirlo; ahora necesito que me deje sola. Aún tengo que peinarme.

—Déjalo por el momento. Ven aquí. —se sentó en una silla y apoyó el bastón sobre el regazo. Tenía un aspecto decididamente masculino en contraste con el satén rosado y las colgaduras doradas.

Hinata, trarando de no revelar su ansiedad, cruzó la habitación. Estaba ansiosa. La invasión de Naruto en su dormitorio le hacía rechinar los nervios. No quería demostrarle lo que sentía pero el recuerdo del abandono de esa mañana le tiñó las mejillas de un vivo sonrojo.

Cuando estuvo junto a su esposo, Naruto sacó del bolsillo del pecho una caja alargada. Se la entregó sin mayores ceremonias.

—Es una muestra de gratitud por ayudar a Karin. Me la enviaron esta tarde desde Boston. Si las cosas siguen marchando bien, puedes esperar más regalos como éste.

Mientras abría la caja forrada de cuero, a Hinata le temblaban las manos. Contuvo el aliento al ver un collar resplandeciente de diamantes. Estaba tan sobrecargado que era casi imposible contar los diamantes.

—Hinata, puedes quedarte con él incluso después de la anulación. Es mi reconocimiento por una tarea bien hecha.

Hinata Cerró la caja. La decisión de permanecer fría e indiferente amenazó con quebrarse. Las palabras de Naruto eran un insulto y esa actitud le atenazó el corazón. Quiso gritar, abofetearlo. Se contuvo y rogó que nunca la obligara a mostrar la veta de frialdad que la mantenía a salvo.

—Lo siento, no puedo aceptado. —le extendió la caja; el rostro de Hinata era una máscara de mármol—. Si me disculpa, tengo que peinarme.

Naruto ocultó su propia sorpresa y preguntó en tono aparentemente tranquilo:

—¿Por qué lo rechazas?

Hinata realizó un ímprobo esfuerzo para controlar el dolor y la humillación. No le gustaba ese collar: lo odiaba. Porque esa joya deslumbrante y costosa era un recordatorio del verdadero significado de ese matrimonio. Naruto Uzumaki creía poder comprarlo todo con sus millones. Ya era tiempo de que alguien lo desengañara de esa idea.

Hinata lo miró en los ojos. En la expresión de la joven había algo más que reproche y un aire de superioridad social. Dijo con amarga satisfacción:

—Señor Uzumaki, en el ambiente del que provengo obsequiar joyas es algo que no se acostumbra entre desconocidos.

Esta vez, Naruto no pudo ocultar la sorpresa. En tono ominoso, replicó:

—Tú no eres una desconocida: eres mi esposa.

—Sólo de nombre.

La miró de hito en hito, sin encontrar de inmediato una respuesta. Apretando la caja de cuero, le espetó:

—Entonces, ¿qué haré? ¿Lo tiraré por la ventana? Ya que no lo quieres, ¿qué me propones hacer con él?

—Quizá la amante de usted quiera agregarlo a su colección. —en cuanto las pronunció, se arrepintió de esas palabras.

En los ojos de Naruto se gestaba una tormenta. Abrió la caja y dejó caer en la mano la cascada de diamantes. Dijo en tono ácido:

—No, no. Creo que Amaru ya tiene bastantes.

—¿Ése es el nombre? —maldijo el temblor de su voz.

—¿Tanto te interesa, amor mío?

Hinata cerró los ojos. Este hombre era imposible. Al parecer, tenía la facultad de decir cosas que le provocaban el deseo de abofetearlo.

Le dio la espalda y dijo:

—Ahora, tengo que terminar de arreglarme, de modo que...

—No. —se levantó y la tomó del brazo. Sin el bastón, se balanceó y tuvo que sujetarse de la cintura de Hinata para conservar el equilibrio—. Quiero saber por qué rechazas mi regalo.

—Por favor. Tengo que...

—Dímelo. —la sacudió, apretando la mano sobre la cintura encorsetada.

Hinata trató de soltarse, y no pudo. Se le ocurrió hacerle caer; el recuerdo de la experiencia en Delmonico le indicó que era preferible forcejear con él de pie que tendida en el piso.

—Vamos, señora Uzumaki. —dijo enfadado, mientras Hinata se debatía—. Dime por qué lo rechazas.

—No quiero ese regalo por las razones que hay tras él. —siseó Hinata, ya perdido el control. Subió a la superficie toda la cólera que había sentido al ver al Colleen navegar en la lejanía, mientras ella permanecía en tierra—. No me agrada que sea tan caro. No me gusta su frialdad. No me gusta de quién proviene.

Había recibido lo que merecía, aunque las palabras de Hinata parecieron golpearlo. Furioso, la estrechó en un abrazo rudo y le plantó los diamantes ante la cara.

—Hinata, esto fue escogido para ti. Tendrían que gustarte. Estas joyas son tan frías como tú.

Hinata lo miró: en ese instante lo odiaba.

—Naruto, no usaré esas joyas vulgares. Como ve, hay algunas cosas que ni aun su dinero puede comprar.

Los ojos de Naruto lanzaron chispas de furia.

—Es cierto, existen cosas que no puedo comprar. Por ejemplo, el derecho de tocarte con estas vulgares manos irlandesas. No te preocupes, pequeña Knickerbocker: llegará el día en que quizá decida no molestarme en comprar ese derecho. Me limitaré a ejercerlo.

Atónita, Hinata abrió la boca. Miró las manos que le sujetaban la cintura y la asaltó una súbita punzada de pánico.

—Hinata, yo consigo todo lo que deseo. De un modo u otro. —murmuró.

—¿Y a mí? —jadeó la joven—. ¿Me desea a mí?

Naruto no respondió. Haciendo un esfuerzo, la soltó. Se acercó a la cama y arrojó el collar sobre el cobertor de satén.

—Llama a la doncella y termina de arreglarte. —ordenó—. Tenemos que llevar a Karin a esa maldita fiesta.

A Hinata le pareció increíble que pudiese cerrarse con tanta rapidez. Naruto le dirigió una mirada fría; su esposa se recogió la falda de seda y corrió hacia el vestidor.

Hinata pensó: "¿Cómo haré para soportar una velada con este bruto... sin hablar siquiera de un año entero de matrimonio?".

Cuando el coche de los Uzumaki llegó a la Maisonsur—Mer, el baile ya había comenzado. La mansión de los Varick también era estilo "Luis", pero Hinata no hubiese podido determinar si era Luis XIV, XV, o XVI. En Newport, todos los estilos "Luis" comenzaban a mezclarse en una interminable cascada de dorados y mármoles.

El salón de baile estaba lleno, teniendo en cuenta que apenas comenzaba la temporada, y Hinata comprendió el motivo al percibir el rumor que lo recorrió cuando entró del brazo de Naruto. Era evidente que muchos de los invitados habían ido a Newport después de la boda de Uzumaki para no perderse la diversión. La audaz boda de Hinata Hyuga era considerada un espectáculo.

Hinata aspiró una honda bocanada de aire y trató de cobrar ánimo cuando el mayordomo anunció en voz alta: "¡El señor y la señora Uzumaki! ¡Y la señorita Uzumaki!". Aun así, era difícil. Luego del episodio en el dormitorio, habían pasado al menos diez minutos hasta que dejaron de temblarle las manos.

Natsu le arregló el cabello en varias trenzas que unió en un moño sobre la nuca. En señal de rebeldía, se puso en torno del cuello las perlas de los Hyuga.

El viaje en el coche había resultado insoportable. Se vio obligada a sentarse frente a Naruto, e incluso en la oscuridad Hinata percibió esa mirada penetrante fija sobre su cuello con ferocidad.

—¡Querida Hinata! Me alegro de que hayas podido asistir esta noche. —Kurenai Varick, una de las últimas grandes damas de la alta sociedad, se adelantó a saludarla. Era una mujer bien parecida, de unos cincuenta años, que llevaba un vestido de satén blanco y las esmeraldas que el marqués de Lafayette había obsequiado a los Varick en su último viaje a Norteamérica.

—Señora Varick, fue muy amable de su parte el invitarnos. Me gustaría presentarle a mi nueva familia. —Hinata dirigió a Karin una sonrisa tranquilizadora. La chica parecía aterrada.

Hinata se volvió hacia Naruto, y vio cierto indicio de tensión en el entrecejo. Kurenai Varick lo observaba como si no pudiese aceptar a un invitado irlandés en su propio salón. No obstante, cuando la dama giró hacia Hinata, la joven descubrió una chispa en los ojos de la mujer que revelaba cuánto la divertía el escándalo.

—Creo que ya conoce a mi esposo, Naruto Uzumaki. —murmuró Hinata, enfadada por la actitud de la mujer.

Kurenai Varick compuso una expresión cortés y extendió la mano.

—Felicitaciones, señor Uzumaki. Por cierto, se llevó lo mejor de nosotros... me refiero a Hinata.

Hinata se preguntó cómo lo tomaría Naruto, y se sorprendió al ver que dedicaba a Kurenai Varick una sonrisa maliciosa.

—Señora, estoy por entero de acuerdo con usted. —respondió. Hizo una inclinación y rozó con los labios el dorso de la mano de la mujer.

Sorprendida, Kurenai Varick alzó una ceja. La dama no estaba habituada a semejante descaro, aunque Hinata no pudo determinar si Naruto le agradaba o no. Cuando la mujer se miró la mano, Hinata creyó sorprender una chispa de placer que le suavizaba los rasgos. Aunque irlandés, no cabía duda de que Naruto Uzumaki era un hombre en extremo apuesto y, por más fría que fuese la señora Varick, lo que le corría por las venas no era hielo sino sangre.

—Y ésta es mi flamante cuñada, la señorita Karin Uzumaki. —Hinata oprimió el brazo de Karin y la empujó hacia adelante con suavidad.

Kurenai se recompuso, apartando la vista de Naruto y se dispuso a saludar a Karin con aire cortanre. Sin embargo, no era fácil pasar por alto a Karin. era bella, ataviada con una creación de Worth con cola flotante y el cabello adornado con perlas, Karin era una imagen de inocencia de la que hasta un Knickerbocker estaría orgulloso. Kurenai Varick echó un vistazo a la muchacha y no pudo reprimir una sonrisa.

—Señorita Uzumaki, es un placer conocerla.

—S—s—s—s—señora Varick —respondió Karin, nerviosa, haciendo una ligera reverencia.

—Niña, la señora Anders tiene los carnets de baile. —la dama se dirigió a Hinata—. ¿Quiere que presente a Karin?

Hinata saboreó la primera victoria.

—Eso sería muy amable de su parte.

—Será un placer, querida. —Kurenai Varick echó una última mirada a Naruto y luego, con aire frío, tomó a Karin del brazo y la condujo hacia un grupo de invitados en el primer baile en sociedad de la muchacha.

—Si la ofendieran...

Hinata oyó el ronco susurro y vio que Naruto miraba a Karin que, acompañada por la dama, se abría paso entre los invitados.

—No lo harán. No se atreverían. Le agradó a la señora Varick, y aunque se la considera una excéntrica, —se habla de cierto joven, en Nueva York—, la ascendencia de los Varick es intachable. Eso es sobremanera importante para los Cuatrocientos.

Su esposo la miró.

—¿Y Mei Terumi Astor?

La joven esbozó una leve sonrisa.

—Mei Astor la aceptará. Después de nuestra boda, no tiene otro remedio.

Sus miradas se encontraron. Algo chispeó por un instante en la de Naruto, a pesar de que la joven no supo si era odio, nostalgia o triunfo. Se limitó a decir:

—Bien. —y le ofreció el brazo para acompañarla al salón.

La velada prosiguió sin dificultades. Karin ganó varios admiradores y casi no dejó de bailar un solo vals. La actitud de Naruto, si bien algo indiferente, fue solícita y Hinata se sintió satisfecha de sentarse en un rincón y observar, mientras su esposo se mantenía de pie detrás de ella.

Todo salió de acuerdo con lo planeado. El baile era lo bastante pequeño para que Karin pudiese causar buena impresión y lo suficientemente importante para que esa buena impresión llegara a Manhattan. Hinata estaba complacida hasta que, de súbito, se hizo un silencio en el salón. Tras los abanicos de plumas se ocultaron murmullos y risitas, y Hinata se incorporó para ver la causa de la conmoción. Cuando oyó al mayordomo anunciar: "¡Damas y caballeros, presento al señor Kiba Inuzuka!", la joven estuvo a punto de caer en brazos de Naruto.

Adoptó una expresión cautelosa e inescrutable, en parte porque sabía que un tercio de la concurrencia la observaba y los otros dos se dividían entre los que miraban a Kiba y los que veían cómo la observaba Naruto.

Acongojada, dirigió la vista hacia la entrada. Ahí estaba Kiba, escrutando a los invitados. Era un hombre apuesto, alto y de cabello castaño, de facciones germánicas agradables aunque no demasiado finas, y vivaces ojos oscuros. Cuando esos ojos se posaron sobre Hinata, en ellos relampagueó la ira sólo atemperada por el gesto petulante de los labios.

La ignoró, y entró en el salón. La orquesta volvió a tocar un vals y los bailarines fingieron que nada había sucedido.

—El señor Inuzuka no estaba en nuestra boda, ¿verdad? —Naruto le apoyó una mano en el hombro. Para cualquier observador, parecería un gesto habitual de cariño si bien Hinata sabía que no era así.

—No, no estaba. —respondió Hinata en tono frío.

Naruto habló en voz baja, para que sólo ella lo oyera.

—¿Acaso no sabía que pensabas casarte? —el tono no tenía rastros de ironía.

—Tendría que habérselo dicho, —respondió la joven detrás del abanico francés—, él estaba en Salzburgo. No encontré manera de comunicárselo a tiempo.

—De modo que eso fue lo que al fin selló tu destino. No pudiste convocar al caballero Knickerbocker para rescatarte, antes de que el caballero endemoniado te arrastrase ante el altar.

Hinata no respondió.

Naruto se inclinó hacia ella y susurró:

—Tengo entendido que te propuso matrimonio en varias ocasiones. Siempre me extrañó que él no pudiese convencerte y yo sí.

—Kiba me quería como esposa, no como un instrumento de venganza. Las intenciones de él eran por completo diferentes de las de usted. —susurró Hinata de modo que sólo su esposo la oyese. Y añadió para sí: "La propuesta de Naruto es para un año y, en cambio, la de Kiba, para toda la vida".

—Tal vez mis intenciones no hayan sido tan diferentes. —la mirada de Naruto se hundió en la piel pálida del hombro donde el vestido azul se había deslizado.

Bajo el peso de esa mirada, Hinata no pudo responder. Comprendió que en ese momento no podía decir nada sin arriesgar el futuro de Karin, y giró para poder obtener una visión mejor del salón. Para su horror, ante ella estaba Kiba, con expresión enfadada y cortés al mismo tiempo.

—Señora Uzumaki. —lo pronunció como un insulto. Se inclinó y le besó la mano—. ¿Me concedería este vals?

—Yo... no sé. —levantó la vista hacia Naruto y comprobó un inmediato disgusto en su mirada.

—No tiene inconvenientes, ¿verdad, viejo? —dijo Kiba a Naruto, levantando a Hinata. No intentó ocultar el desprecio que sentía.

Naruto guardó silencio, cosa que atemorizó aun más a Hinata.

Tocó el brazo de su marido.

—Naruto, permítame bailar una pieza con él. —murmuró—. Piense en Karin. Todos esperan que baile una pieza con Kiba.

Vio que apretaba la cabeza de oro del león como si fuese el cuello de Kiba. Sin hablar, Naruto se apoyó en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Hinata compuso una sonrisa cortés y tomó el brazo de Kiba. Éste dirigió a Naruto una mirada hostil; luego la sujetó por la cintura y la guió hacia el grupo de bailarines.

Hinata saludó con la cabeza a las caras conocidas en la pista de baile. Al parecer, todos chocaban con ellos, ansiosos de pescar siquiera un retazo de la conversación.

—Esta semana hace un tiempo espléndido en Newport. Más tibio de lo esperado. —Kiba dirigió una sonrisa gentil a una dama, y luego se volvió hacia Hinata con expresión airada.

—Sí. —respondió la joven, sin saber hacia dónde se dirigía la conversación.

—Señora Uzumaki, quiero felicitarte por tan excelente matrimonio.

La joven aspiró. Al menos ahora sabía a dónde apuntaba.

—Sé que tu madre envió un telegrama. No hubo tiempo de avisarte a ti. Lo siento. —le pareció preferible aplacarlo e ir directamente al centro de la cuestión. Nunca había visto a Kiba tan enfadado. No imaginó que podía ser tan apasionado.

—Llegué tan pronto como pude, sin embargo ya era tarde. —dijo en tono agudo.

—Por favor, Kiba, no te enfades. —lo miró con una expresión contrita en los ojos grises—. No tuve elección.

—¡Me tenías a mí! —susurró el joven, furioso.

Kiba saludó con la cabeza a Kurenai Varick, que los observaba desde el otro extremo del salón. Luego, volvió la atención hacia Hinata, y ésta dijo:

—Kiba, si bien eres perfecto, no eres el hombre para mí. Ya te lo he dicho antes.

—¿Y acaso ese pobre irlandés sí?

Esa pregunta hizo que Hinata equivocara el paso. Se tambaleó por un momento, y Kiba la sostuvo con sus brazos fuertes.

—Hinata, lo tenemos todo en común: nuestras familias, nuestro ambiente, nuestras ideas. Deberías de haberte casado conmigo antes de que fuese demasiado tarde.

—Kiba, no sabes nada de mí. Nunca habría resultado.

—¡Que no sé nada de ti! —el semblante se tornó sombrío. Miró alrededor y compuso rápidamente la expresión—. ¿Acaso Uzumaki sí te conoce? ¿En una semana, te conoce mejor que yo? Tendría que matarlo. Sé qué fue lo que hizo ese desgraciado irlandés para conocerte mejor.

—No lo llames así. —dijo Hinata, incapaz de seguir fingiendo—. No vuelvas a llamado de ese modo.

El joven la miró incrédulo.

—¿Además lo defiendes? La Señora Mei Astor me contó que casi tuvo que arrastrarte hasta el altar, Quiere que consideres la posibilidad de una anulación. —la acercó más—. Yo también.

—Kiba, no pediré la anulación. No sé qué más puedo decirte. Me casé con Naruto Uzumaki y continuaré casada con él. —claro que eso era sólo una verdad a medias. No podía explicarle que cuando el matrimonio se disolviese, volvería a rechazar la propuesta de Kiba. No tenía sentido lastimarlo más aún.

—¿Acaso tendrás un hijo de ese irlandés?

Hinata lo miró alarmada, sintiendo que se ruborizaba de vergüenza.

—¿Eso es lo que piensan todos? ¿Que me casé con Naruto porque...

Kiba rió con, amargura.

—¿Y qué pretendes que pensemos? Uzumaki te obligó a casarte, y no es posible que sea por dinero pues yo también tengo dinero. Mucho. Hinata, podrías haberte casado conmigo. Por desgracia yo siempre me comporté como un caballero. —sin perder el compás, Kiba la arrastró con rudeza hacia un rincón.

Durante largo rato, Hinata permaneció en silencio dejándose llevar. Luego, dijo en voz suave:

—Kiba, las cosas no son como tú crees. En pocos meses, lo comprobarás.

—Sí, en nueve meses. —le oprimió la cintura.

—No me casé con él por ese motivo.

—Y entonces, ¿por qué? —echó hacia atrás la cabeza castaña y rió. La cólera de Kiba se renovó y volvió a apretar a Hinata contra sí—. No me digas que lo amas, porque jamás lo creería.

Hinata lo miró y de pronto comprendió por qué jamás podría ser feliz con Kiba. Con ese modo de ser superficial, no tenía nada que ver con ella. Hinata quería amor. Kiba, lo que la sociedad consideraba mejor; La joven deseaba aceptación, él, perfección. Hinata quería llorar apoyada en el hombro del hombre y compartir con él las penas que le desgarraban el alma. En cambio, él quería usar corbatas caras.

—Vamos, di me que amas a Uzumaki. —exigió, mientras sonreía a los otros invitados.

Hinata se limitó a mirarlo.

Kiba sonrió.

—Sabía que no podrías decirlo. —los ojos oscuros se llenaron de una expresión triunfal—. No es posible que ames a un hombre como ése.

—Me atrae desde el momento en que lo conocí. —ignoraba por qué sentía la necesidad de justificarse. Supuso que lo decía más para su propia comprensión que para la de Kiba.

—Ah, pero eso no es amor.

—No.

—Hinata, si me dices que lo amas, te dejaré en paz. Si no, te perseguiré por el resto de tu vida para lograr la anulación.

—Lo amo. —Hinata se negó a mirarlo: de súbito, se sintió invadida por la emoción. En apariencia, era la peor mentira que había dicho en su vida y, sin embargo, no la sentía como una mentira. Era peor, y la colmó de un pánico atroz.

Para horror y deleite de los invitados, Kiba se detuvo en medio de la pista de baile. Atrajo a Hinata hacia sí, olvidando el escándalo por un instante.

—¿Tratas de hacerme creer que te enamoraste de ese maldito irlandés? ¿Que me rechazaste porque en realidad prefieres a ese desgraciado? —susurró, furioso.

—Sí. —dijo Hinata, casi sin aliento.

En la vida de Kiba Inuzuka no habían existido muchos rechazos. Hinata supuso que sus propias negativas eran la causa principal de que fuese tan insistente. La negativa era algo difícil de aceptar para él, al volver a mirarlo comprendió que tenía que hacerlo. Kiba había confiado en que obtendría lo que deseaba. Había sucedido lo peor.

Sin agregar otra palabra, hizo una inclinación y se abrió paso entre la gente. Se marchó con expresión pétrea, sin siquiera saludar a la anfitriona.

Hinata sintió en su espalda las miradas, como cuchillos. Casi no pudo contener las lágrimas y corrió hacia la terraza aspirando el aire del mar en ávidas bocanadas. Odiaba haber lastimado a Kiba. Pese a todos sus defectos, tenía derecho de estar indignado. El casamiento repentino de Hinata había sido un golpe duro para él. Y ahora le había mentido. ¿En realidad, había mentido? Las lágrimas siguieron brotando y Hinata trató de no pensar en el motivo de ese llanto. Por supuesto, no era cierto. No podía amar a Naruto pues casi no lo conocía. No obstante, por primera vez consideró la posibilidad de enamorarse de su esposo. Y esa posibilidad le quitó el aliento.

—Hinata, no tendrías que preocuparte. El éxito de Karin fue fulminante. Muy pronto, podrás volver a los brazos de Kiba.

La voz fría la sobresaltó. Se dio la vuelta y vio a Naruto de pie junto a ella en la terraza oscurecida. Contra su propia voluntad, se estremeció.

El hombre lanzó una carcajada.

—A juzgar por la apresurada partida del señor Inuzuka, creo que la paciencia no es una de sus virtudes.

—Quería casarse conmigo. —respondió Hinata con serenidad—. Fue una crueldad no informarle de mi matrimonio.

—Se sobrepondrá.

La dureza de Naruto la dejó helada. Se preguntó cuándo la dirigiría hacia ella, y si lograría destruirla.

—Naruto, al parecer, la presencia de Kiba lo ha perturbado.

—Ese sujeto representa todo lo que me disgusta en ti, á mbúirnín.

—¿Y qué es lo que le disgusta en mí? —preguntó, disimulando la ira tras una fachada de cortesía. Le había dicho algo en gaélico. ¿Sería un insulto?

—Lo que odio son tus privilegios. Odio el hecho de que provengas de un grupo de personas bien protegidas que parecen tener todos los derechos. Me desagrada la falta de privaciones de los Knickerbocker.

Hinata le dio la espalda con el rostro contraído de furia y lágrimas contenidas en los ojos grises.

—Cuando yo tenía dieciséis años, un incendio destruyó a mi familia. Mis privilegios no me protegieron de eso. Ni de mi tío, si lo recuerda usted.

Naruto calló largo rato, contemplando a Hinata en la oscuridad. En su semblante se mezclaban el deseo de venganza y la piedad.

—Esa noche, cuando Hizashi te trajo hasta mi casa, mojada y embarrada, no fue la primera vez que te vi, Hinata. Ya te había visto antes, ¿lo sabías?

Los hombros de Hinata se tensaron y se Secó las mejillas húmedas.

—Fue hace un año. —murmuró Naruto, poniendole las manos en los antebrazos—. Yo estaba en Delmonico, en uno de los comedores, no recuerdo en cuál. En mitad de la comida, se acercó Lorenzo. Nos dijo a Menma y a mí que llegaba un grupo de personas que ocupaba un palco en la Academia de Música. En los términos más corteses nos pidió que cambiáramos de mesa. —Naruto hizo una pausa—. Claro que Lorenzo demostró mucho tacto, aunque ambos sabíamos por qué teníamos que cambiar de mesa. Esas personas no estaban acostumbradas a ocupar el mismo salón que unos irlandeses. —las manos eran como prensas sobre los brazos de Hinata —. ¿Sabes quién fue la primera persona que entró en el salón después que nosotros nos fuimos? Tú, y ese canalla que acaba de irse tan deprisa de esta fiesta. Nunca lo olvidaré: ni siquiera me viste cuando pasé junto a ti en la entrada. Estabas preocupada por Kiba. Yo te vi. Eras hermosa, quizá la mujer más hermosa que vi en mi vida. Y por cierto, la más fría. De sólo mirarte, sentí que me congelaba. —la apretó contra su pecho—. Hinata, si no fuese por Karin, te habría dejado en paz. Cuando supe que tenía que hacerlo, gocé bajándote del pedestal. Al fin, puse de rodillas a esta sociedad. Por una vez, se ven obligados a tenerme en cuenta.

Hinata escuchó la historia de Naruto, y la ironía de esa anécdota la acongojó. No recordaba aquella noche en Delmonico con Kiba, porque habían sido muchas. Si habían separado a los "indeseables", no fue por exigencia de Hinata que ni siquiera lo sabía. Lo peor era que Naruto había interpretado mal la situación. Al verla del brazo de Kiba creyó que Hinata se sentía feliz con la vida que le había tocado en suerte. ¡Qué mentira! Estaba con un hombre al que sabía que nunca amaría, y soportaba otra "brillante" velada social mientras en su interior seguía tejiendo fantasías acerca de un hombre sin rostro y una sencilla casita blanca. Soñaba con hijos, un hogar y una chimenea, y sólo tenía vestidos de Worth y soledad. No era asombroso que pareciese fría: tenía mucho que ocultar. Y nadie con quién compartir nada.

—Naruto, el pedestal era una ilusión. En torno de mí nunca hubo otra cosa que aire. —susurró, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—No. —replicó su esposo con convicción aquello no fue una ilusión—. Mira la reacción de la sociedad ante nuestra boda. Eres la diosa caída. Y todo por mi culpa.

Cuando se hizo silencio, llegó la melodía del Danubio Azul a través de las puertas abiertas. La música de los violines fue llevada por la brisa hasta el mar.

—Ve al salón a bailar: Sé que este es tu vals preferido. —dejó caer las manos y retrocedió—. No quisiera quedarme hasta muy tarde. Me parece prudente que Karin se retire temprano.

—No bailaré este vals. —se sujetó la falda y se volvió para entrar al salón.

Naruto le tocó la cintura y la hizo volverse.

—¿Por qué no quieres bailarlo? —preguntó.

—Hace mucho tiempo me prometí a mí misma que sólo bailaría este vals con el hombre que ame. —sin advertirlo, miró el bastón de su esposo, También Naruto pareció comprender que él nunca sería ese hombre.

—Como Kiba se fue, al parecer no nos queda otra elección que marcharnos.

—No. —musitó Hinata, disimulando la desesperación—. ¿Busco a Karin?

Su esposo asintió. Hinata nunca había visto una expresión tan dura en el rostro de Naruto.

Karin los observó desde el pasillo; le pareció estar a muchos kilómetros de donde estaban. Su hermano y su esposa se daban las buenas noches en el extremo opuesto del vestíbulo, y ella pudo distinguir cada una de las expresiones mientras se despedían.

La fiesta de los Varick terminó temprano, y volvieron a Fenian Court en silencio. Karin no comprendía la causa de ese clima opresivo, sin embargo, ahora, mientras los observaba desde lejos, comenzó a entender los temores de Menma.

Naruto acompañó a Hinata hasta la puerta del dormitorio de la joven. Intercambiaron unas pocas palabras, y luego Hinata desapareció dentro de la habitación; entonces Karin vio la figura rígida de su hermano que se dirigía a su propio dormitorio. Hubo un instante en que la muchacha creyó que Naruto quería besar a Hinata del mismo modo que lo había visto besar a Amaru. Tal vez fuese un movimiento de la mano de Naruto en la cintura de Hinata, o sólo la imaginación desbordada de Karin. Fuera lo que fuese, el beso no ocurrió y los esposos se refugiaron cada uno en la helada soledad de su propio dormitorio.

Los ojos carmesí de Karin se ensombrecieron al comprender que el brillante matrimonio de su hermano tenía dificultades. Frunció el entrecejo tratando de imaginar un modo de salvarlo. Se le ocurrió una idea; el ceño de la muchacha se aclaró y corrió a su habitación a escribirle a Menma.

La carta comenzaba:

Mañana, tomaré medidas drásticas...

.

.

Continuará...