Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Capítulo 16 Culpa

La princesa Surcease se tomó la sopa ¿y qué había al fondo del

cuenco sino el anillo de plata? El rey mandó llamar a voces al cocinero

jefe, y el pobre hombre fue llevado de nuevo a rastras ante la corte.

Pero por más que le interrogaron, él juraba y perjuraba que no sabía

cómo había ido a parar el anillo a la sopa de la princesa. Al final, el

rey tuvo que mandarle de vuelta a las cocinas. Todos los cortesanos

comenzaron a cuchichear, preguntándose quién habría rescatado el

anillo de plata. Pero la princesa Surcease guardaba silencio. Se

limitaba a mirar pensativa a su bufón...

De Jack el Risueño

Bella se despertó a la mañana siguiente al oír a Wolf arañar la puerta. Se volvió y miró a

Vale. Estaba tumbado con un brazo echado sobre la cabeza y el largo cuerpo destapado a medias.

Durante las dos noches anteriores, había descubierto que tenía el sueño intranquilo. A menudo, mientras dormía, la rodeaba con el brazo o la pierna, y a veces ella se despertaba con su cara pegada al cuello. Más de una vez Edward se daba la vuelta y arrastraba consigo todas las mantas. A ella no le importaba. Por dormir con él, merecía la pena quedarse sin mantas.

Pero, tras su angustiosa confesión de la noche anterior, Edward necesitaba más descanso.

Bella se desarropó con cuidado y se levantó. Encontró un corpiño sencillo y una falda que

ponerse, se envolvió en el manto y salió sigilosamente del cuarto con Wolf. Bajaron las escaleras y cruzaron los pasillos en penumbra, hasta la cocina.

Allí se detuvo. La cocina tenía el techo ancho y abovedado, enyesado y pintado con cal blanca, ya descascarillada. Parecía muy antiguo. Vio que en un rincón se habían tendido dos jergones.

Webber dormía profundamente en uno, y el señor Yorkie levantó la cabeza en el otro. Bella le saludó en silencio con una inclinación de cabeza y salió por la puerta de la cocina.

Fuera, Wolf correteó alegremente en círculos antes de detenerse a hacer sus cosas. Había allí un largo prado en pendiente, agreste y descuidado, y más allá jardines en bancales que antaño sin duda habían sido espléndidos. Bella echó a andar en aquella dirección. Hacía un día precioso y el sol radiante de la mañana comenzaba a disipar la niebla baja de las verdes colinas. Entonces se detuvo y miró hacia el castillo. A la luz del día no era tan aterrador. Construido en piedra de color rosa pálido, tenía altos gabletes escalonados, en estado casi ruinoso, y varias chimeneas que sobresalían aquí y allá. Las torres redondas y almenadas que partían de las cuatro esquinas daban al conjunto un aire sólido y antiguo. Bella no pudo evitar pensar que el castillo tenía que ser muy frío en invierno.

—Tiene quinientos años de antigüedad —dijo una voz grave y rasposa tras ella.

Bella se volvió en el instante en que Wolf se acercaba corriendo y empezaba a ladrar.

Sir Jasper iba acompañado de un perro tan grande que su cabeza le llegaba por encima de la cintura. El animal tenía el pelo lanudo y gris. Wolf se detuvo delante de él, ladrando

frenéticamente. El perrazo no se movió. Se limitó a mirar al terrier desde lo alto de su largo hocico, como si se preguntara qué clase de perro era aquella cosita que tanto ladraba.

Sir Jasper miró ceñudo al perrito un momento. Esa mañana se había peinado y recogido el pelo hacia atrás, y llevaba tapado el ojo herido con un parche negro.

—Vaya, muchacho —dijo con fuerte acento escocés —, cuánto ladras.

Se agachó y le tendió el puño a Wolf, que se acercó a husmearlo. Bella vio con un leve

estremecimiento de horror que le faltaban el dedo índice y el meñique de la mano derecha.

—Es muy valiente —dijo sir Jasper—. ¿Cómo se llama?

Wolf.

Él asintió con la cabeza, se levantó y miró prado abajo. Su perro suspiró y se tumbó a sus pies.

—Anoche no era mi intención asustarla, señora.

Ella le miró. Desde aquel lado, con las cicatrices casi ocultas, podría haber sido guapo. Su nariz era recta y arrogante, su mentón firme y no poco tenaz.

—No me asustó. Sólo me sobresalté porque apareciera tan de repente.

Él volvió por completo la cara hacia ella, como desafiándola a dar un respingo.

—Sin duda así fue.

Bella levantó la barbilla, negándose a ceder terreno.

—Edward cree que le culpa usted por esas cicatrices. ¿Es cierto?

Contuvo el aliento, asombrada de su propia osadía. Si hubiera sido sólo por ella, jamás se habría atrevido a encararse con él. Pero necesitaba saber si aquel hombre iba a herir aún más a su marido.

Él le sostuvo la mirada, sorprendido quizá por su sinceridad. Bella habría jurado que muy

pocas personas se atrevían a mencionar sus cicatrices delante de él.

Por fin desvió de nuevo los ojos para mirar los jardines desolados.

—Si lo desea, hablaré con su esposo de mis cicatrices, milady.

Edward despertó solo, con los brazos vacíos. Tras apenas un par de noches, ya le parecía

extraño. Una sensación poco grata. Debería tener a su dulce esposa a su lado, sus suaves curvas junto a su cuerpo, más duro, envuelto en el olor de su cabello y de su piel. Dormir con ella era como un elixir revitalizador: ya no se pasaba la noche dando vueltas en la cama. ¡Maldición! ¿Adónde habría ido?

Se levantó y se vistió rápidamente, maldiciendo los botones de su camisa. No se puso la corbata y se echó encima una casaca antes de salir de la habitación.

—¡Bella! —gritó como un loco en el pasillo. El castillo era tan grande que ella no le oiría a

menos que estuviera cerca. Gritó de todos modos —: ¡Bella!

Al llegar abajo se dirigió a la cocina. Yorkie estaba allí, atizando el fuego. Tras él, la

doncellita de su mujer dormía en un jergón. Edward levantó las cejas. Había dos jergones, pero de todos modos...

Yorkie se limitó a señalar en silencio la puerta de atrás.

Edward salió, y el resplandor del sol le obligó a entornar los ojos. Entonces vio a Bella.

Estaba hablando con Withlock, y al verlos sitió una punzada de celos. Éste podía ser un ermitaño cubierto de cicatrices, pero siempre había tenido buena mano con las mujeres. Y Bella estaba muy cerca de él.

Edward se acercó a ellos. Al verle, Wolf anunció su presencia ladrando una vez y corriendo

hacia él.

Withlock se volvió.

—¿Por fin en pie, Masen?

—Ahora me llamo Vale —refunfuñó Edward, y rodeó la cintura de Bella con el brazo.

Withlock observó aquel gesto y arqueó la ceja encima del parche del ojo.

—Por supuesto.

—¿Has desayunado ya, esposa mía? —Edward se inclinó hacia Bella.

—Aún no, milord. ¿Quieres que vaya a ver qué hay en la cocina?

—He mandado a Wiggins a una granja vecina a comprar un poco de pan y unos huevos —

masculló Withlock. Tenía las mejillas un poco coloradas, como si su falta de hospitalidad empezara a avergonzarle. Añadió con hosquedad—: Después del desayuno puedo enseñaros lo alto de la torre. Desde allí hay una vista maravillosa.

Edward sintió estremecerse a su esposa y recordó cómo se aferraba a un lado de su alto faetón.

—Quizás en otra ocasión.

Bella se aclaró la garganta y se apartó suavemente de Edward.

—Si me disculpan, caballeros, quiero ir a ver si hay alguna sobra para Wolf en la cocina.

Edward no tuvo más remedio que hacer una reverencia cuando su esposa se inclinó ante ellos y echó a andar hacia el castillo. Withlock se quedó mirándola, pensativo. —Tu esposa es una mujer encantadora. Y muy inteligente.

—Mmm-hmm —respondió Edward—. No le gustan las alturas.

—Ah. —Withlock se volvió y le calibró con la mirada—. No pensaba que fuera tu tipo.

Edward arrugó el ceño.

—Tú no sabes cuál es mi tipo.

—Desde luego que sí. Hace seis años, eran las pechugonas con poco cerebro y menos

escrúpulos.

—Eso era hace seis años. Desde entonces han cambiado muchas cosas.

—Sí, han cambiado muchas cosas —repuso Withlock. Echó a andar hacia los exuberantes

bancales del jardín y Edward le siguió—. Tú eres vizconde, Emmett Saint Aubyn está muerto y yo he perdido la mitad de la cara, de lo cual, por cierto, no te culpo.

Edward se detuvo.

—¿Qué?

Withlock se paró y se volvió para mirarle. Señaló el parche de su ojo.

—Esto. No te culpo por ello, nunca te he culpado.

Edward apartó la mirada.

—¿Cómo es posible que no me culpes? Te sacaron el ojo cuando me derrumbé. —Cuando

gimió de horror por lo que los indios les estaban haciendo a sus compañeros de cautiverio.

Withlock se quedó callado un momento. Edward no soportaba mirarle. El escocés había sido un hombre muy guapo. Y, aunque taciturno, nunca había sido un recluso. Solía sentarse junto al fuego con los demás y reírse de sus toscos chascarrillos. ¿Había vuelto a sonreír Withlock desde entonces?

Por fin dijo:

—Estábamos en el infierno, ¿no es cierto?

Edward apretó la mandíbula y asintió con la cabeza.

—Pero eran humanos, ¿sabes? No demonios.

—¿Qué?

Withlock tenía la cabeza echada hacia atrás y su único ojo cerrado. Parecía estar disfrutando de la brisa.

—Los indios hurones que nos torturaron. Eran humanos. No animales, ni salvajes; simplemente humanos. Y fueron ellos quienes decidieron sacarme un ojo, no tú.

—Si yo no hubiera gemido...

Withlock suspiró.

—Me habrían sacado el ojo de todos modos, aunque no hubieras proferido ni un solo sonido.

Edward le miró con fijeza.

El otro asintió.

—Sí. Los he estudiado desde entonces. Es su forma de tratar a los prisioneros de guerra. Los torturan. —La comisura de su boca que no estaba deformada por las cicatrices se torció hacia arriba, a pesar de que no parecía divertido—. Del mismo modo que nosotros colgamos del cuello a críos por robarle la cartera a un adulto. Son sus costumbres, es así de sencillo.

—No entiendo cómo puedes asumirlo tan desapasionadamente —dijo Edward—. ¿No sientes ira?

Withlock se encogió de hombros.

—Estoy acostumbrado a observar. En todo caso, no te culpo. Tu mujer ha insistido mucho en que te lo dijera.

—Gracias.

—Creo que debemos añadir la lealtad y la determinación a la lista de virtudes de tu esposa. No me explico cómo la encontraste.

Edward refunfuñó algo.

—Un crápula como tú no se la merece, ¿sabes?

—El hecho de que no me la merezca no significa que no vaya a luchar por conservarla a mi lado.

Withlock asintió con la cabeza.

—Muy sensato por tu parte.

Emprendieron de nuevo la marcha al unísono. Siguió un breve silencio del que Edward disfrutó extrañamente. Withlock y él nunca habían sido muy amigos: sus intereses diferían demasiado y sus personalidades tendían a chocar. Pero Withlock había estado allí. Había conocido a los muertos, había marchado a través de aquellos bosques infernales, con la soga al cuello, y había sido torturado a manos del enemigo. No había nada que explicarle, nada que esconder. Había estado allí y lo sabía.

Llegaron al segundo bancal, donde Withlock se detuvo a contemplar la vista. A lo lejos se veía un río; a la derecha, una arboleda. Era una campiña muy hermosa. El perrazo que les seguía suspiró y se echó junto a su amo.

—¿A qué has venido? —preguntó Withlock con calma—. ¿A buscar mi perdón?

—No —contestó Edward, y luego titubeó, pensando en la confesión que le había hecho esa noche a Bella—. Bueno, quizá. Pero no es el único motivo.

Withlock le miró.

—¿No?

Edward se lo contó. Le habló de Carlisle Cullen y de aquella maldita carta. De Michael Newton, riéndose en la prisión de Newgate. De la afirmación de Newton de que el traidor era uno de los prisioneros. Y, por último, del intento de asesinato de lord King, justo después de que él lo convenciera para colaborar.

Withlock escuchó su relato en silencio, atentamente, y al final sacudió la cabeza y dijo:

—Tonterías.

—¿No crees que hubiera un traidor y que nos vendiera?

—Oh, eso no me cuesta creerlo. ¿Cómo, si no, se explica que un destacamento tan numeroso de indios hurones estuviera esperando para tendernos una emboscada en esa senda? No, lo que no creo es que el traidor fuera uno de los prisioneros. ¿Cuál podría ser? ¿Crees que fui yo?

—No —respondió Edward, y era cierto. Nunca había pensado que Withlock fuera el traidor.

—Entonces sólo quedáis tú, Black y Uley, a menos que creas que fue alguno de los que

murieron. ¿Te imaginas a algunos de ellos, vivos o muertos, traicionándonos?

—No, pero maldita sea... —Edward levantó la cara hacia el sol—. Alguien nos traicionó. Alguien les dijo a los franceses y a sus aliados indios que íbamos a pasar por allí.

—Estoy de acuerdo, pero sólo cuentas con la palabra de un asesino medio loco que estaba

entre los cautivos. Déjalo ya, hombre. Newton estaba jugando contigo.

—No puedo dejarlo —respondió Edward—. No puedo dejarlo, no puedo olvidarlo.

Withlock suspiró.

—Considéralo desde otra perspectiva. ¿Por qué haría tal cosa uno de nosotros?

—¿Traicionarnos, quieres decir?

—Sí, eso. Tuvo que haber un motivo. ¿Simpatía por la causa francesa?

Edward negó con la cabeza.

—La madre de Emmett Saint Aubyn era francesa —añadió Withlock desapasionadamente.

—No seas necio. Emmett está muerto. Le mataron casi tan pronto como llegamos a esa

maldita aldea. Además, era un inglés leal y el mejor hombre que he conocido.

Withlock levantó una mano.

—Eres tú quien se empeña en esto, no yo.

—Sí, así es, y se me ocurre otra razón para traicionarnos: el dinero. —Edward se volvió y miró el castillo con intención. No creía que Withlock fuera un traidor, pero su insinuación acerca de Emmett le había exasperado.

Withlock siguió su mirada y se rió. Su risa sonó herrumbrosa por la falta de uso.

—¿Crees que, si hubiera vendido al regimiento a los franceses, mi castillo estaría en ese

estado?

—Puede que tengas guardado el dinero.

—El dinero que tengo lo heredé o lo he ganado. Es mío. Si alguien lo hizo por dinero,

seguramente estaba endeudado o será rico. ¿Qué me dices de tus finanzas? Solía gustarte jugar a las cartas.

—Se lo dije a Carlisle y te lo digo a ti: hace mucho tiempo que saldé las deudas de juego que tenía entonces.

—¿Con qué?

—Con mi herencia. Y mis abogados tienen papeles que lo demuestran, para tu información.

Withlock se encogió de hombros y echó a andar de nuevo.

—¿Has hecho averiguaciones sobre la situación financiera de Black?

Edward siguió paseando a su lado.

—Vive con su madre en una casa, en Londres.

—Corrían rumores de que su padre había perdido dinero en una transacción bursátil.

—¿De veras? —Edward le miró—. La casa está en Lincoln Inns Field.

—Una zona muy cara de Londres para un hombre sin herencia.

—Tiene dinero suficiente para viajar por Italia y Grecia —comentó Edward.

—Y por Francia.

—¿Qué? —Edward se detuvo.

Withlock tardó un momento en darse cuenta de que se había detenido. Se volvió, varios pasos más adelante.

—Jacob Black estuvo en París el otoño pasado.

—¿Cómo lo sabes?

Withlock ladeó la cabeza, clavando su ojo en él.

—Puede que viva aislado, pero mantengo correspondencia con diversos naturalistas de

Inglaterra y el continente. Este invierno recibí una carta de un botánico francés. En ella describía una cena a la que asistió en París. Uno de los invitados era un joven inglés llamado Black, que había estado en las colonias. Creo que debe ser nuestro Jacob Black, ¿tú no?

—Es posible. —Edward sacudió la cabeza—. ¿Qué estaría haciendo en París?

—¿Ver monumentos?

Edward enarcó una ceja.

—¿Siendo los franceses nuestros enemigos?

Withlock se encogió de hombros.

—Algunos considerarían subversiva mi correspondencia con mis colegas franceses.

Edward sonrió, cansado.

—Todo esto es un lío. Sé que ando persiguiendo vagas conjeturas, como mínimo, pero no

puedo olvidar la masacre. ¿Tú sí?

Withlock sonrió con amargura.

—¿Con el recuerdo grabado a fuego en la cara? No, nunca podré olvidarla.

Edward levantó la cara hacia la brisa.

—¿Por qué no vienes a visitarnos a mi esposa y a mí a Londres?

—Los niños lloran cuando me ven, Vale —afirmó Withlock sin inflexión.

—¿Vas alguna vez a Edimburgo?

—No. No voy a ninguna parte.

—Has hecho de tu castillo una prisión.

—Haces que parezca un drama teatral. —Withlock torció la boca—. No lo es. He aceptado mi destino. Tengo mis libros, mis estudios y mi escritura. Estoy... conformado.

Edward le miró con escepticismo. ¿Conformado con vivir en un enorme y frío castillo, con la única compañía de un perro y un criado gruñón?

Withlock pareció adivinar que se disponía a llevarle la contraria. Se volvió hacia la mansión.

—Vamos. Aún no hemos desayunado y sin duda tu mujer nos espera.

Echó a andar.

Edward masculló una maldición y le siguió. Withlock no estaba dispuesto a abandonar su nido y no tenía sentido discutir, mientras no estuviera preparado. Edward sólo esperaba que lo estuviera alguna vez.

—Ese hombre necesita urgentemente un ama de llaves —dijo Bella mientras el carruaje

se alejaba del castillo de sir Jasper. Webber ya había empezado a dar cabezadas en un rincón.

Vale le lanzó una mirada divertida.

—¿No te han gustado sus sábanas, querida?

Ella apretó los labios.

—Las sábanas estaban mohosas, había polvo por todas partes, la despensa estaba casi vacía y el criado era odioso. No, no me ha gustado.

Vale se rió.

—Bueno, esta noche dormiremos en sábanas limpias. La tía Esther dijo que estaba deseando vernos en nuestro viaje de regreso. Creo que quiere saber algo más sobre Withlock.

—No hay duda.

Bella sacó su bordado y empezó a hurgar entre sus hilos de seda, buscando un tono de

amarillo limón. Creía que le quedaban algunos trozos sueltos, y era el tono perfecto para realzar la melena del león.

Miró a Webber para asegurarse de que dormía.

—¿Te dijo sir Jasper lo que querías saber?

—En cierto modo. —Se quedó mirando por la ventanilla y ella aguardó mientras enhebraba con cuidado la aguja—. Alguien nos traicionó en Spinner's Falls y estoy intentando descubrir quién fue.

Ella arrugó un poco el ceño al dar la primera puntada, lo cual no era hazaña pequeña, en un carruaje en marcha.

—¿Crees que fue sir Jasper?

—No, pero pensaba que tal vez pudiera ayudarme a averiguar quién fue.

—¿Y te ha ayudado?

—No lo sé.

Su respuesta debería haber sonado a decepción, pero Edward parecía bastante contento.

Bella se sonrió mientras trabajaba en la melena del león. Tal vez sir Jasper le hubiera dado

cierta paz.

—Dulce de leche —dijo al cabo de unos minutos.

Edward la miró.

—¿Qué?

—Una vez me preguntaste cuál era mi comida favorita. ¿Te acuerdas?

Él asintió con la cabeza.

—Pues es el dulce de leche. Cuando era niña, lo tomábamos todos los años por Navidad. La cocinera lo coloreaba de rosa y lo decoraba con almendras. Yo era la más pequeña, así que me daban el plato más chico, pero estaba increíblemente suave y delicioso. Todos los años lo esperaba con ilusión.

—Podemos tomar dulce de leche rosa todas las noches para cenar —dijo Vale.

Bella sacudió la cabeza, intentando no sonreír al oír su impulsivo ofrecimiento.

—No, si hiciéramos eso dejaría de ser especial. Sólo puede ser en Navidad.

Un estremecimiento de felicidad la recorrió al pensar en planear las Navidades con él. Iban a pasar muchas Navidades juntos, se dijo. No se le ocurría nada más maravilloso.

—Sólo en Navidad, entonces —dijo Vale frente a ella. Tenía una expresión solemne, como si estuviera ultimando un contrato comercial—. Pero insisto en que tengas un cuenco entero para ti sola.

Ella soltó un bufido y se descubrió sonriendo.

—¿Y qué voy a hacer con un cuenco entero de dulce de leche?

—Podrías darte un atracón —contestó, muy serio—. Comértelo todo de una vez, si quieres. O podrías guardarlo, limitarte a mirarlo y pensar en lo bueno que está, en lo cremoso y dulce que es...

—Pamplinas.

—O puedes comerte una sola cucharada cada noche. Una cucharada y yo sentado al otro lado de la mesa, mirándote con envidia.

—¿No habrá un cuenco para ti también?

—No. Por eso el tuyo será tan especial. —Se reclinó en su asiento y cruzó los brazos. Parecía muy satisfecho de sí mismo—. Sí, así es. Te prometo un cuenco entero de dulce de leche rosa cada Navidad. Para que luego digan que no soy un marido generoso.

Bella hizo girar los ojos al oír aquella bobada, pero sonrió. Estaba deseando pasar sus

primeras Navidades con Edward.

Ese día viajaron sin contratiempos y llegaron a casa de la tía Esther mucho antes de la hora de la cena.

De hecho, cuando su carruaje se detuvo delante de la casa de Edimburgo, la tía Esther estaba despidiendo a otra pareja que sin duda había ido a tomar el té. Tardaron un momento en reconocer a Paul y a su esposa. Bella miró a su primer amor. Había habido un tiempo en que la sola visión de su bello rostro la dejaba sin aliento. Había tardado años en recuperarse del abandono de Paul. Ahora, el dolor de su pérdida le parecía mortecino y en cierto modo ajeno a ella, como si aquel compromiso roto le hubiera sucedido a otra muchacha, joven e ingenua. Le miró y lo único que pudo pensar fue, menos mal. Menos mal que no se había casado con él.

A su lado, Vale masculló algo en voz baja y se apeó bruscamente del carruaje.

—¡Tía Esther! —exclamó, sin reparar aparentemente en la otra pareja. Se acercó a ella y se las arregló para empujar a Paul. El otro, más bajo, se tambaleó, y Vale acudió en su ayuda.

Pero pareció chocar de nuevo con él, porque Paul cayó de culo a la calle llena de barro.

—Ay, Dios —masculló Bella sin dirigirse a nadie en particular, y se bajó a toda prisa del

carruaje antes de que su marido matara a su ex amante a fuerza de «amabilidad». Wolf también se apeó de un salto y corrió a ladrar al hombre caído.

Antes de que ella llegara, Vale ofreció la mano a Paul para ayudarle a levantarse. Paul,

el muy idiota, la aceptó, y Bella estuvo a punto de taparse los ojos. Vale tiró con demasiada fuerza y Paul salió despedido como un corcho y se tambaleó contra Vale. Al mismo tiempo, éste inclinó la cabeza hacia él y la cara de Paul se puso de pronto de un gris ceniciento. Se apartó de Vale de un salto y, declinando su mano, ayudó apresuradamente a su esposa a subir al carruaje.

Wolf dio un último ladrido, muy satisfecho de sí mismo por haberle ahuyentado.

Vale se inclinó y le dio unas palmaditas al tiempo que murmuraba algo que hizo al perro

menear el rabo.

Bella exhaló un suspiro de alivio y se acercó a ellos.

—¿Qué le has dicho a Paul?

Vale se irguió y la miró con inocencia.

—¿Qué?

—¡Edward!

—Bueno, está bien. Nada de especial. Le he pedido que no vuelva a visitar a mi tía.

—¿Se lo has pedido?

Una sonrisa satisfecha jugueteaba en torno a su boca.

—No creo que volvamos a ver a Paul Lahote ni a su esposa por aquí.

Ella suspiró, aunque en el fondo le alegraba que él se preocupara por sus sentimientos.

—¿Era necesario?

Vale la tomó del brazo y contestó en voz baja:

—Oh, sí, cariño mío, claro que sí.

Después la condujo hacia la tía Esther y añadió alzando la voz:

—Hemos vuelto, tía, y traemos noticias de sir Jasper, el ermitaño.