Cronopios del autor: Gracias por leerme.

ADVERTENCIA: Yaoi.

Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.

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Hyakkoryōran

Por St. Yukiona.

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Selección

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Han pasado tres semanas desde que llegaron a los Vegetales. Mila se ha acostumbrado. Aún siente un poco el estómago lleno gracias al gran festín que disfrutaron durante la noche de su bienvenida. Todos parecen ser muy hospitalarios y amables. Reconoce lugares y puede seguir perfectamente su nueva rutina que se inclina hacia entrenar y hacer tareas de campo.

Despierta muy temprano por la mañana cuando Yuuri ya se encuentra de pie preparando té para ambos, sus cuerpos en calor de forma irremediable y después salen a correr. Maestro y alumna han hecho una serie de obstáculos a lo largo de una extensión del bosque vecino. Pusieron trampas y blancos para que Mila entrene, y al finalizar ese calentamiento matutino siempre tienen un combate de taijutsu. La pelirroja no puede dejar de sorprenderse la facilidad con que Yuuri siempre suele terminar los encuentros en menos de diez golpes, los ha contado cuidadosamente. Cuando ella está exhausta es apenas media mañana y Yuuri la carga en su espalda. Regresan a casa para desayunar y posteriormente ella se queda en casa para limpiar y estudiar mientras Yuuri responde a sus obligaciones como ninja, la pelirroja no entiende cómo es que su maestro siendo un jounin de Konoha debe de responder a responsabilidades del país donde están, supone que es por cosas diplomáticas pero no es tan curiosa como para cuestionar al moreno.

Cuando Yuuri regresa ya es bien entrada la tarde, y usualmente lo hace silencioso y con gesto pensativo, hay ocasiones en que regresa con la ropa hecha un desastre, otras en las que incluso advierte que se ha bañado y otras tantas su aroma es el de cerveza. Ella simplemente lo recibe y le cuenta sobre las novedades: Fue al pueblo a cambiar papas por hortalizas, o compró esto, o aquello, o terminó de leer aquel libro y tiene anotaciones que mostrarle. Yuuri la escucha con atención, más tarde cuando la noche comienza a caer es que regresan a su entrenamiento y Yuuri la lleva aún más adentro en el bosque donde no ocasionaran daños y entrenan, ahora sí, seriamente: Jutsus de fuego, jutsus de tierra, genjutsu y, lo que más le emociona a Mila, el control de la seda.

Es cierto lo que le ha dicho su maestro, no es solamente mover las manos y hacer los jutsus para tirar de un pedazo de tela, es toda un arte que le ha costado horas de llanto porque el esfuerzo muchas veces termina por hacerla caer exahusta, ni siquiera han comenzado el tejido y ella llora porque el primer paso es hacer que su chakra sea visible y con esto pueda empezar a tejer. El método para forzar al chakra y extraerlo es doloroso, largo y complicado. Yuuri es estricto. Tiene sus bases en el principio de los hilos de chakra para la técnica de los titiriteros o maestros shinobis de los títeres. Cuando se tiene la práctica y el dominio es tan sencillo como chasquear los dedos pero en un principio es tan doloroso y mortificante pues no hay heridas visible, todo lo lastimado queda por dentro.

A Mila le flipa cada vez que su maestro le dice: "Hoy lo haremos", pero al mismo tiempo el miedo le hace temblar las rodillas, sin embargo es la adrenalina disparada la que hace que todo dolor quedé almacenado en un estrecho de su cabeza, ella se prepara abriendo sus manos, separando sus dedos y concentrando la mayor cantidad de chakra en la punta de sus dedos al grado que siente las uñas a punto de reventar. Yuuri se acerca con sus dedos, delicados y pálidos, hasta los de su alumna y une sus puntas. Los chakras conectan casi al instante y empieza a tirar. La primera vez que Mila logra ver su chakra, casi cuatro días después de haber estado intentando por horas sin resultado, ella se queda fascinada, un destello azul cerúleo se desprende y se estira, que arde, duele, y lo compara apenas con la angustia de parir a un hijo (aunque nunca ha dado a luz). Pero conforme pasan los días y los intentos, Yuuri se aleja más y más, y el chakra se estira, más y más.

—Mi capacidad máxima para manipular mi seda es de veinte metros, a esa distancia la puedo estirar tanto como quiera y la puedo endurecer casi al mismo peso que una piedra sólida, si me alejó un poco más de veinte metros quizás la pueda seguir manipulando pero no será igual de elástica o resistente —explicó Yuuri en algún momento y Mila pareció fascinada—. Pero eso se debe a que desde un principio pude expandir mi chakra de manera considerable e invertí mucho tiempo y energía al momento de tejer la tela —inquirió y Mila tiene esas palabras en su cabeza.

Los entrenamientos suelen durar de forma general hasta la madrugada, a excepción de cuando es el control de chakra para el control de seda, ahí es hasta que Mila no puede más y acaba de rodillas suplicando que pare. Yuuri se detiene, y le da un par de palmadas para consolarla aunque en dos ocasiones a ella le han sangrado las uñas. Pero soporta y eso hace sentir al moreno orgulloso. Sin sufrimiento, no hay poder, y Mila es fuerte. Necesita ser fuerte.

Cuando los entrenamientos paran antes de lo habitual Yuuri carga a Mila en su espalda del mismo modo en que lo hace por las mañanas cuando salen a correr y ella queda exhausta, aunque no se esfuerza del mismo modo en un entrenamiento y otro, Yuuri sabe mejor que nadie que hay dos tipos de fatiga: la emocional y la física, y en ambos casos el deterioro en el cuerpo es terrible y notorio.

Cierta noche durante esa tercera semana en que se encuentran en Vegetales, después de haber acabado su rutina de entrenamiento Mila no se durmió como siempre lo hacía, por el contrario, se mantiene despierta viendo las puntas de sus dedos, están moradas al igual que sus uñas, de hecho ha perdido tres y tiene pequeñas vendas de algodón que ayudan a que no se infecten las heridas. No importa si pierde todas o alguno de sus dedos en el proceso, ella dominará esa técnica. Sin embargo, escucha la puerta principal cerrarse y ella se incorpora casi de golpe, Yuuri duerme en la habitación de al lado y no lo ha escuchado salir de ahí, cuando se asoma por la ventana con discreción ve pasar a su sensei con una lámpara de papel que le ilumina el camino, se vuelve a internar al bosque.

No es la primera vez que lo ve hacer lo mismo, regresa bastante más tarde y eso sí le pica la curiosidad. Se incorpora y se viste, se siente agotada pero quiere saber qué clase de entrenamiento hace su sensei cuando no está en casa. Escabulléndose por los rincones que el camino escarpado y accidentado del bosque le ofrece para recorrer, sigue el rastro que Yuuri va dejando, debe de tener mucho cuidado porque Katsuki es un ninja ELITE y la puede detectar con facilidad pero al parecer hasta ese momento ha tenido éxito.

Cuando no está corriendo se da cuenta que el bosque es un sitio bastante particular: hay espesa vegetación y el olor a humedad es penetrante. De hecho, todo el pueblo y el palacio huelen de la misma manera, y tiene sentido porque la aldea junto con el castillo y las inmediaciones están rodeados por un bosque profundo y denso, no le sorprende a Mila que ahí se escondan alguna de esas horribles bestias. Hay árboles gigantes, la vista se le acaba tratando de verles el final de la copa y flores de colores brillantes que jamás ha visto. Frutos enormes que tendrían que ser comidos entre dos personas y plantas con hojas en forma de todo tipo. Crecen altas y se expanden por todos lados, es una vista onírica las circunvalaciones de ese país. Antes había estado ahí pero el tiempo que paso fue mínimo, no le gusta pensar mucho en ello, porque de hacerlo terminaría pensando en Georgi y su horrible muerte. Es por reflexionar sobre ello cuando no se da cuenta que Yuuri ya no está más delante de ella, debe saltar a un árbol y moverse para volverlo a ubicar pero antes de que pueda hacer algo más, encuentra a Yuuri sentado en forma de loto entre los árboles. De hecho, se cubre la boca para evitar que salga un jadeo porque a su maestro lo cubre una planta que brota a su alrededor. La planta se cuela por el interior de la ropa que usa el usuario de aquel kekkei genkai tan especial. Mantiene su postura calmada con sus manos extendidas sobre sus rodillas flexionadas, todo él luce relajado a pesar que su espalda es recta. Sus ojos cerrados. En su cuello terminan las enredaderas y algunas pequeñas flores blancas empiezan a brotar entre las ramas.

De a poco Mila nota como la piel pálida de su sensei empieza a adquirir un tono que lentamente se vuelve verde. No se mueve, parece que está en medio de un trance y Mila se siente atraída a esa estampa: no parece un humano pero tampoco es una planta, la naturaleza se lo está tragando, ni siquiera está segura que se encuentre respirando y algo le perturba de todo aquello.

El ambiente alrededor de Yuuri de pronto parece responder a una respiración que no proviene de ese cuerpo, sino de todo el bosque. El suspiro colectivo de la vida que le rodea. Mila está ida, se está yendo junto con ese cuerpo de pronto ha dejado de ser un hombre. Un cuervo grazna en el cielo y la pelirroja alza la mirada un poco angustiada pues no se percató de la presencia del animal, alza su cabeza buscando aquello que ha hecho el espectral ruido, cuando baja la mirada nuevamente a su sensei esos enormes ojos oscuros con tintes carmesí le miran fijamente. La atraviesan y ella se queda plantada con sus manos contra el árbol donde se ha escondido para no ser atrapada por su sensei.

—Acércate, Mila.

Ella brinca en su lugar, si no se ha movido, ni siquiera ha respirado de la impresión. Yuuri la detectó y ella observa con atención a su maestro. Yuuri sigue en la misma posición de antes sin moverse. Arriba sobre su cabeza y más allá de la copa de los árboles que se mesen con trémula calma el cuervo vuelve a graznar. Traga saliva y tímidamente sale de su escondite. Yuuri no abre los ojos, sigue en la misma postura y el corazón de la pelirroja late con una extraña desazón pues se siente observada, sobre todo por aquella ave rapaz que sigue posada sobre el hombro de su sensei. La propia ave parece una estatua de eslita y granito junto a su sensei.

—Perdón, sensei.

No recibe respuesta, y ella cambia su peso de un tobillo al otro sin saber qué decir o hacer hasta que se sienta frente a Yuuri, cruzando sus piernas y relajando su cuervo. Es la pose que tiene Yuuri, ella lo imita y se da cuenta que mantener la espalda así de recta duele pero persiste. Cierra sus ojos concentrándose y cuando los abre, Yuuri le observa con fijeza, traga saliva la niña.

—Lo siento... —repite y Yuuri sonríe con debilidad antes de volver a cerrar sus ojos, está replegando el ninjutsu al que se ha sometido. Mila ladea el rostro maravillada aún por el modo en que el verde de la piel de Yuuri retrocede con calma, las flores que de la nada han brotado caen como si hubiese llegado su otoño y una vuela hasta el frente de Mila. Ella la recoge y la huele, es delicioso ese aroma, es el aroma de su sensei—. ¿Está meditando?

—Hablo con el bosque, Mila.

Ella ladea nuevamente el rostro. Yuuri sonríe y vuelve a cerrar sus ojos mientras la enredadera que poseyó el cuerpo de su maestro lentamente se regresa a la tierra de donde vino. Katsuki se mantiene sin moverse y jadea ante las espinas que le raspan la piel debajo del uniforme, pero suspira apenas queda liberado, deja caer los hombros y vuelve a sonreír lentamente. No está molesto y eso es lo que le asusta a Mila, ella ha aprendido en casa que las personas que más sonríen son las que más pena traen escondida, las que más cosas llevan a cuestas.

—Eso... se ve doloroso.

—Lo es un poco —confiesa con calma el mayor acercando su mano a la palma de Mila que mantiene aquella flor, posa su propia mano sobre la de la menor y un resplandor azul fluye entre ambas manos. Cuando Yuuri despega lentamente su mano de la mano de la menor ella con emoción nota como la flor se multiplica, una y otra y otra vez hasta que Yuuri aparta por completo la mano y la alza de golpe haciendo que las flores se eleven por los aires rodeándolos como una fina de capa de nieve de pétalos. Los ojos de Mila brillan asombrados y la respiración la contiene porque teme que cualquier movimiento terminará por romper esa bella estampa.

—Es el mismo jutsu que hizo... —Mila inicía hablando emocionada pero se queda callada cuando se da cuenta de lo que estaba a punto de decir.

—Sí, es el mismo jutsu que hice para Georgi... —farfulla Yuuri mirando su propia obra—. Lo usaba el clan de mi madre para honrar la memoria de los caídos, el jutsu lo ha hecho mi bisabuelo cuando su hijo más joven murió... después se pasó de generación en generación... no se le dedica a cualquiera, sólo a los hijos del clan Sakurakouji y a los shinobis más valientes... Georgi y ustedes fueron tremendamente valentes, Mila... —inquiere Yuuri sonriéndole, llevando su mano para tomar su mentón y acariciarlo en forma paternal—. Estás aquí valientemente, en un país lejano y desconocido para mejorar, Mila... para mejorar en nombre de todos esos que no pudieron hacerlo... y eso es más de lo que cualquiera haría... —trata de sonreír pero no puede pero las palabras las ha dicho con semejante sinceridad que ahora la niña sonríe grande, el rostro ilumina esos preciosos ojos claros y restriega el llanto silente que ha empezado a derramar.

—Sensei... usted es magnífico —dice sincera y Yuuri le acaricia la cabeza para reconfortarla, le arranca una risa y ambos se quedan un rato más ahí.

—Entonces... ¿es cierto que puede hablar con las plantas, sensei? —pregunta la pelirroja después de un rato de meditación. Yuuri vuelve a deshacer el ninjutsu y en esta ocasión su gesto de incomodidad es menos notorio.

—Sí, es parte del kekkei genkai... aunque depende mucho cómo es que te introduzcas... las plantas son seres vivos que tienen memoria, aunque una memoria más básica y primitiva que la del ser humano —comenta—. Tienen personalidad pero no una consciencia... las plantas son tan básicas y complejas al mismo tiempo que ellas reconocen los lugares: si hay sol, si hay sombra, si la persona que las atiende es la misma que siempre y qué tipo de persona es... una persona mala jamás podría tener un jardín... o al menos no una persona con el alma contaminada.

Mila piensa en su abuela a la que se le morían todas las plantas, y estaba totalmente de acuerdo pues su abuela no era para nada amable.

—Eso es impresionante, sensei —responde—. Es muy útil en espionaje, y combinado con la seda y luego esa "Ventana del zorro", es todo un shinobi impresionante, sensei —aclara ella y Yuuri suspira avergonzado, aún no es capaz de recibir halagos tan abiertamente sin sentirse totalmente abochornado.

Aclara su garganta y suspira.

—En realidad, todos pueden hablar con las flores.

—¿Hasta yo podría hacerlo?

Yuuri no puede evitar reír bajito y afirmar, la risa de Yuuri-sensei es sin duda alguna una de esas maravillas que se pueden disfrutar de vez en vez. Ella atusó su cabello cuidadosamente concentrándose en aquella nueva técnica.

—Pensé que eso era posible únicamente por su kekkei genkai, sensei.

—Todos pueden hablar con las flores, pero solo los que poseen mi kekkei son capaces de escucharla de forma viva —comenta sonriendo—. El clan de mi madre solía comunicarse con estas para saber si había plagas o cuando era el momento propicio para hacer la cosecha —cuenta con una sonrisa—. Cuando empezaron las guerras y el País tuvo que aliarse nos volvimos un país de tráfico de información, no podíamos pelear, pero manteníamos nuestra seguridad a cambio de información... las plantas fueron fundamental para ello... no podrás hablar con ellas como lo hago yo sin embargo, te puedo enseñar algo especial, Mila. Algo que solo mi clan aprende. Una técnica secreta —deja un dedo sobre sus labios y Mila lo imita esperando paciente y emocionada, sensei era una fuente sin fin de conocimiento.

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—¿Te sientes mejor? —pregunta Minako al shinobi que tiene en su silla de trabajo. El ninja gruñe ofuscado tirando de golpe de la camisa que se pone a trompicones porque no le gusta andar por ahí sin ropa.

Yuri espera a su sensei en una esquina con sus manos detrás de su espalda. Él también tuvo que pasar por las manos de la doctora ninja más hábil de toda la aldea.

—Deberías ser más maduro, Nikiforov-idiota —dice la castaña sin moverse la lengua y camina hacia su escritorio para escribir en la bitácora—. Y tú no permitir que tu maestro se sobre-esfuerce, y dejar de sobre-esforzándote...

—¡Estamos aquí perdiendo el tiempo mientras el débil de Katsuki está allá afuera cazando las bestias! —grita Yuri impaciente, le ha comido la cabeza la idea de que es un débil bueno para nada y por eso debe entrenar, en el proceso la bola de nieve y depresión que era Viktor Nikiforov lo ha seguido y ambos han estado entrenando como si no hubiera un mañana.

La castaña observa al niño y después a su supuesto sensei. La mujer suspira acomodándose los lentes.

—Yuri, suficiente —murmura Viktor mientras que se terminaba de abrochar el chaleco táctico color verde—. Gracias Minako —reza saliendo de la consulta, el rubio se siente traicionado pues Viktor parece sencillamente aceptar las palabras de la sensei, chasquea la lengua y corre detrás de su maestro.

Minako los observa en silencio, es un cuerpo que ha sido desmembrado el equipo de Viktor, primero Georgi, ahora Mila y Yuuri, solo quedan dos integrantes y la doctora confía en que el albino podrá sobreponerse porque si no tendría que hacer la recomendación que fuera revocado de su puesto pues podía poner en riesgo a alguien. Tanto Viktor como Yuri llegaron exhausto sin un gramo de estamina o rastro de chakra, pues habían pasado los últimos días entrenando sin parar ni para comer ni para descansar, era la forma en que Viktor lidiaba con su furia, con su impotancia, con su enojo y candor. Usualmente Yuuri se encargaba de eso, y ella lo sabía de primera mano, pero ahora sin Yuuri siendo su catalizador.

Yuri era alguien que iba por el mismo camino de su sensei y no sabía Minako que tan bueno o provechoso sería tener dos bestias, además de las otras bestias que rondaban a las afueras.

—Viejo, viejo —llamaba Yuri pero Viktor no se detenía caminaba con los ojos fijos en la salida, el niño lo detuvo de la mano y el albino gira su mirada—. ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

—Yendome a casa, Yuri, ya fue suficiente... —hay un poco de sensatez en él y es la que sale a relucir, acaricia la cabeza rubia del menor pero éste se resiste en dejarlo ir.

—¡Pero prometiste que me entrenaría! —exige—. Tú lo prometiste...

Viktor lo observa con mayor fijes, se flexiona para dejar una mano sobre el pequeño hombre, en un movimiento podría romper con facilidad la clavícula del niño si quisiera hacerlo, no obstante lo mira a los ojos.

—Yuri... en estos mo-

—¡¿Eres un estúpido o qué?! —grita el niño llamando la atención de varias personas—. Mila y Katsuki están allá afuera... ¿y nosotros qué estamos haciendo? Perdiendo el tiempo... esos dos nos llevan cuatro días de ventaja —el niño se golpea el pecho airado por sus propias palabras—. Quiero... quiero volverme alguien lo suficiente fuerte como para ser considerado...

"Como para ser considerado como un aliado por alguien tan fuerte como Katsuki Yuuri", piensa con los ojos llenos de temor, llenos de frustración y enojo. Muerde sus labios esperando una respuesta. Y Viktor lo entiende, lo capta enseguida. Sus labios se entreabren.

Ha estado sumergido en el peor de las pesadillas, siempre manteniendo múltiples posibilidades en su cabeza y parece irreal que la peor de todas sea la acertada, sea la que viva, esa donde Yuuri se va lejos y no lo puede proteger. Pero el niño frente a él, lo necesita. Lo necesita tanto como él mismo también lo necesita, porque si no ocupa su cabeza en algo terminará corriendo detrás de Yuuri, pero es apenas cuando Yuri habla que se da cuenta de un pequeño detalle: Algo no estaba considerando. Ir con su padre era una pésima idea en esos momentos, y su cabeza va a comenzar a volar y Yuri vuelve a tirar de su mano. Viktor baja sus ojos hacia el rubio y otro detalle brilla en su cara.

Su padre no le iba a decir nada sobre la situación de Yuuri y su repentino traslado a Vegetales, dudaba que algún ANBU fuese a decir algo más que nada, y Yuuri se había llevado a Mila, él había elegido a sus colaboradores, era tiempo de que Viktor eligiera los suyos. Acomoda la banda en su frente y tuerce levemente los labios.

—Te vas a volver en el shinobi más fuerte, porque se lo debes a Georgi. Y se lo debes a Mila, sin embargo mientras más poder tiene un ninja... más enemigos termina por acarrear... —y a más peligros se expone, piensa en la situación actual. Pero Yuri no parece titubear, en cambio el niño toma del cuello del chaleco al mayor y lo atrae contra sí.

—Lo haré maldito, viejo.

Viktor tuerce la sonrisa. Es la clase de convicción que le gusta ver en los jóvenes.

—Entonces... vamos a hacer esto, Yuri...

Mira, Yuuri... yo también voy a hacer historia.

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Encriptación por medio de las flores.

La mejor forma para enviar mensajes ocultos. Nadie a excepción del clan Katsuki, el Sakurakouji y dos más dentro de vegetales lo conocía. Era una tradición exclusiva de ese país así como el uso de la seda de chakra o los interesantes kekkei genkai de sus distintos clanes.

Es un procedimiento infernal. Incluso un poco más que el propio tejido de chakra. Tiene que leer un cerro de libros, y aprender sellos nuevos, sin contar que debe aprender el nombre de muchas flores y que sensación emite cada una al ingresar un poco de chakra en ellas. La agota, la drena, y hay veces en que planea desistir pero Yuuri no se lo permite.

Han pasado ya dos semanas más. Pronto se cumplirá el mes. Yuuri sigue haciendo incursiones al bosque a media noche. Mila lo acompaña y ambos meditan en silencio hasta que pasan dos o tres horas y deciden volver. La rutina de Mila se vuelve aún más pesada de lo que ya era. Hay días en los que se queda completamente sola porque su maestro sale con el grupo Elite ninja del país en búsqueda de aquellas bestias.

Le han llegado cartas de sus padres, de Viktor y de Yuri, le cuenta a Yuuri todo lo que les cuentan en las cartas a ella, aunque su sensei luce animado, le da cierta pena mencionar a Viktor pues de algún modo reconoce que sus dos maestros eran una especie de pareja, de hecho, recuerda con ilusión la última vez que estuvieron entrenando todos juntos y Viktor y Yuuri rodaron por el pasto riendo alegremente. Duda que esa escena se repita, sobre todo cuando en una carta Yuri le cuenta que ha visto a Viktor muy a menudo con la capitana Sara. A Mila le hierve la sangre tras la noticia, la pelirroja decide hacer la carta bolita y tirarla de lado mientras abraza la almohada. Porque es injusto que Viktor-sensei le haga eso a Yuuri-sensei, sobre todo cuando Yuuri ha estado trabajando tan duro.

Hay ocasiones en que Yuuri-sensei se tiene que ir apenas llegan de meditar, y regresa bastante maltratado para dormir un par de horas y reponerse para entrenar con Mila. La niña no entiende cómo lo hace pero su maestro es especialmente genial. Lo admira y odia que Viktor-sensei sea un idiota.

—¿Te hizo enojar, Yuri? —pregunta esa tarde el moreno recogiendo la bola de papel que es la carta que recién le ha llegado a Mila, la niña se sobresalta y se sonroja apenada porque seguramente la escuchó maldecir, pero palidece al instante cuando ve como su sensei desdobla la carta. Pero no la lee la deja sobre el escritorio que hay en la alcoba de Mila.

—Sí... es... un idiota —bufa Mila encogiéndose.

—Debo de salir, tal vez regrese hasta dentro de dos días o tres, Mila —masculla y recién nota Mila que Yuuri está usando un traje ninja del país de los Vegetales, aunque no usa la banda de aquel país, sino la de Konoha, la lleva colgando de su cintura y la chica se siente tranquila, le sentaría fatal ver a su maestro con la banda de algún otro lugar que no fuese la de la villa a la que ellos pertenecen. Porque sin importar que Yuuri naciera en Vegetales, él era de Konoha, él era un camarada de la aldea oculta entre la hoja.

—De acuerdo, sensei —responde con una sonrisa la chica. No es la primera vez que eso ocurre.

—Dejé un nuevo ramo de flores y el libro con los nombres en ella... —comenta Yuuri antes de despedirse con un movimiento de mano.

Mila se apresura a incorporarse de la cama para salir detrás de su maestro y antes de que pueda dar otro paso atrapa en el aire un pergamino de invocación.

—Ahí te dejé las instrucciones para que sigas entrenando... no te internes en el bosque sola, Mila —ordena Yuuri antes de salir por completo de casa. Mila lo despide en el umbral y corre al comedor para encontrar un nutrido ramo de flores que jamás ha visto pero que lucen bellísimas.

Deja el scroll frente a ella en la mesa, aspira fuerte y se concentra. Lo primero es liberar el sello que impide que cualquier persona abra ese pergamino, deja dos dedos frente a ello.

—Disipar —ordena y el sello cede casi de inmediato, las mejillas se le ruborizan. Ha empezado a mejorar y nadie se lo puede negar.

En el interior del pergamino ya abierto hay varios pétalos de flores que antes ya estudió y pintado sobre el pergamino un circulo de invocación. Mila se debe concentrar aún más, hace un par de jutsus con sus manos para después depositar ambas sobre los pétalos se concentra todo lo que puede, y siente como la energía casi extinta de las flores se evapora pero absorbe el mensaje. Lo ve claramente en su cabeza, como las palabras se van dibujando como si alguien las escribiera al mismo tiempo que las va leyendo. Aunque son claras le cuesta trabajo leerlas. Tarda alrededor de cinco minutos hasta que el mensaje queda presente y remarcado.

"No te esfuerces"

"Descansa"

Mila gime dejando ir el mensaje y los pétalos se evaporan en pequeñas flamas azules que no queman el papel, el mensaje encriptado desaparece y se siente terrible que ha tardado tanto para cuatro palabras simples, además de que invirtió un montón de chakra. Y su maestro le pedía que descansara. Ella gruñe y maldice, nadie aprecia sus esfuerzos. Aunque se va a su habitación, regresa enfurruñada recogiendo su scroll, su libro de anotaciones nuevo y las flores. Seguirá estudiando.

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Atrapar a la bestia no fue tan complicado como había creído en un principio. Lo complicado fue rastrearla. Quedaban dos bestias, y si lograban atrapar a esa la otra sería mucho más fácil de rastrear, sin embargo, en los terrenos de espeso bosque que rodeaba los Vegetales era complicado, sobre todo porque esas bestias que no tenían mucha consciencia solían incluso lastimarse a sí mismas.

La acorralaron en un peñasco, y la bestia no dudó en aventarse al vacío. Yuuri tuvo que hacer uso de su kekkei touta y crear en cuestión de segundos un bosque de espinas al fondo de aquel peñasco para que atraparan a la bestia y de paso la envenenaran hasta la muerte. El resultado maravilló a sus compañeros pues fue bastante rápido y efecto aunque el costo a su cuerpo fue igual de espectacular o incluso peor por el uso del chakra, además de que él mismo se había envenenado al crear el veneno en su propio cuerpo y después transferirlo por medio de la tierra a las raíces de aquellas plantas que dieron fin a la bestia. Lo llevan cargando hasta el palacio de la Camelia y ahí su propio cuerpo alivió el veneno, era su kekkei touta actuando. Para cuando llegó el momento de presentar la bestia a los ojos de la daimyo ella lucía emocionada observando el cadáver de la bestia dejado a sus pies en el salón del trono.

Yuuri la observaba a ella con desconfianza y cierto resentimiento recargado de un pilar.

—El Kekkei Touta te exige mucho, ¿no? —pregunta ella rodeando el cadáver que acaricia y después abraza—. Mi pequeño... no sufrió mucho, le diste una muerte rápida... —alude con cierta nostalgia la mujer—. Gracias, querido Yuuri.

El resto del equipo de cacería y rastreo sigue ahí, hincados con la cabeza baja ante su líder.

—Hace tres días no volvemos a casa... deja que nos vayamos —pide Yuuri.

—Adelante —da la señal, y los cazadores salen. Yuuri se queda al final y observa en silencio a la mujer que le devuelve la mirada—. ¿Por qué no te has ido?

—¿Qué harás con la bestia?

—Regresarla a donde pertenece —responde y la puerta se vuelve a abrir, entran otros shinobis, uno de ellos llevaba una especie de pergamino de un tamaño similar al largo de una pierna humana.

Yuuri no dice más y tras una leve reverencia anda hacia el exterior.

—Querido Yuuri...

El aludido se detiene girando su mirada.

—¿Te gustaría ver? —pregunta ella jugueteando con sus dedos detrás de su espalda—. Después de todo prometiste traerme a todos mis bebés —se refiere a las bestias, piensa Yuuri con cierto asco al reflexionar que la mujer alude a esos monstruos como sus hijos—. Pero también prometiste ayudarme con la independencia de tu país... creo que podemos ir viendo qué función vas a cumplir, querido Yuuri —masculla ella mientras se acerca hacia el shinobi de Konoha que aspira hondo por la nariz.

—No te acerques mucho... aún estoy transpirando veneno —advierte él, pero a la mujer no le importa pasar su delgada mano por el hombro de Yuuri y éste cierra lentamente los ojos desviando el rostro.

El hedor que desprende Chihoko es fuerte, incluso más de lo que era la última vez que la vio.

—¿Te doy asco, Yuuri querido?

Él no responde, por cortesía y por estatus, no responde.

—¿No te da curiosidad? —la voz de ella penetra en sus oídos y sus ojos se encuentran con los oscuros de ella.

La mujer solo tiene que tirar un poco del brazo del shinobi para arrastrarlo por el pasillo. De reojo Yuuri observa como los hombres de antes han invocado un set de cuchillas y sierras, han empezado a desmembrar al cadáver del animal pero las puertas se cierran antes de que pueda ver algo más. Lo que le sorprende es la facilidad con que han cortado el cuerpo, recuerda que si algo habían descubierto en Konoha fue que esas bestias se alimentaban de cadáveres, sin embargo antes de que se cierre por completo la puerta uno de aquellos shinobis ha mordida la carne del monstruo, jadea girando su atención hacia Chihoko que parlotea mientras tira de él.

Pasan por varios pasillos, de hecho bajan por unas escaleras que parecen interminables y Yuuri se guía de la mano que le sostiene fuerte. La apresa y se le entierran las uñas como si fueran garras. De pronto los pasos ligeros y suaves de la mujer Yuuri los siente más pesados, y hasta siente que la respiración de ella se vuelve más jadeante y ruidosa, incluso puede escuchar tela rasgarse y el olor que antes era fuerte se acentúa aún más mareando un poco al ninja. Cuando la luz los recibe al otro largo del otro pasillo Yuuri se queda brevemente pasmado. La persona que le lleva de la mano ya no es la preciosa Chihoko, ya no es la preciosa Daymio, esa harpía venenosa ha mostrado su verdadera naturaleza y Yuuri no aparta la mano aunque por dentro su instinto le grita que es momento para huir. Pero ha prometido contribuir con esa independencia y lo va a hacer.

Chihoko es una bestia antropomorfa que ha roto la tela del kimono. Apenas ha crecido centímetros más que Yuuri, y guarda una apariencia humana, sin embargo su rostro posee características similares a la de las bestias que antes ha derrotado Yuuri. Un solo cuerno le parte la frente y se eleva peligroso. Se tiene que encorvar un poco y los ojos oscuros observan fijamente a Yuuri.

—Son mis bebés, Yuuri querido —dice ella y la voz suena espectral, logra que incluso a un ninja experimentado como él se le erice la piel de la nuca y del cuerpo por completo.

Hay saliva escurriendo por las fauces que se han hecho pronunciadas, y se elevan sus pómulos bestiales en una sonrisa escabrosa. Se relame la garra con la que ha apretado la mano de Yuuri para llevarlo ahí, y apenas nota Yuuri que ha sangrado su mano pero parece que se está curando así misma.

—Tu kekkei touta es maravilloso, Yuuri querido —infiera ella acercándose.

Y Yuuri no se mueve, ni siquiera cuando la tiene delante de él, olisquéandolo.

—Y hueles a flores... y a vida... —aspira más fuerte. Ella cierra los ojos bestiales y lentamente el pelo cae. El kimono regres a asu lugar ancho y rasgado, su cuerpo vuelve a ser pequeño y se encuentra parada descalza sobre un puñado de pelaje oscuro. Yuuri lo ha visto con sus propios ojos y algo hace "clic" en su cabeza.

—Las bestias...

—Son mis bebés, Yuuri —toca su vientre de forma maternal la mujer sin importarle que el cuello del kimono que se ha rasgado caiga por uno de sus delgados hombros, ella camina lentamente hacia la puerta que hay delante de ellos. Ella hace un jutsu con su mano y la puerta se abre, invita a pasar a Yuuri y éste sabiéndose en el infierno pasa.

La mira con desconfianza y sus labios se quedan entreabiertos, entre sorprendido y horrorizado, traga saliva y sus ojos saltan de un lugar a otro. Es un cuarto enorme, largo, hay alrededor de seis tanques grandes de vidrio repletos hasta el tope de una sustancia líquida color verde. Al fondo puede ver unas jaulas donde algo se mueve. Yuuri ingresa y camina hasta uno de esos tanques. Acaricia el vidrio y sus ojos siguen debatiéndose ante cual emoción mostrar.

Cada tanque tiene bebés en su interior, bebés con cuernos y con pequeñas garras en lugar manos. Pero se queda sin aliento cuando al ver el siguiente tanque reconoce un rostro familiar, bastante familiar y en el siguiente tanque hay otro rostro que también le sabe nombre.

—Son las hijas del Daimyo... son las hijas de tu tío —acusa Yuuri pero la presión se le baja cuando en el último estanque de esa fila. Encuentra una pequeña bestia que está más desarrollada que el resto. Sus dos manos se pegan al vidrio grueso, y siente el corazón en el cuello—. Georgi... —lo dice pero sin producir un solo sonido.

—Debido a mi propio kekkei genkai me puedo transformar en una bestia, pero no puedo dar a luz a niños sanos, a niños humanos... a menos que me acueste con un humano—la reflexión y el pensamiento desesperado de Yuuri se interrumpen con la voz de Chihoko que está cerca de él—. Siempre quise una familia... pero ¿quién se quiere acostar con una bestia cómo yo que en la oscuridad pierde el control sobre su propio poder? —Cuestiona la mujer—. Cuando me hice del poder asesinando a mi tío obligué a los hombres a... tú sabes... ellos me dieron su semen y aunque lograba quedar embarazada... mis bebés... —hizo un leve puchero.

Y Yuuri se da cuenta que todo el palacio siempre está bien iluminado y más allá de eso, no ha visto a casi ningún niño en ese país, gira su mirada hacia la mujer.

—¿Y qué tienen que ver estos niños en esto? —siente una rabia tan grande, incluso una rabia superior a la que ha sintió ante la muerte de sus padres.

—Mis bebés se mueren a los pocos días de nacidos... —dice ella acariciando uno de los enormes tubos que parecen de ensayo. Mira a la niña que ahí duerme y emite burbujas dando señales de vida, Chihoko sonríe—. Pero si pongo su corazón en el cuerpo de un niño, quizás su estómago y sus pulmones... si sustituyo todo y uso los cuerpos de los niños... ellos pueden vivir... ellos pueden vivir y... ayudan a mamá —comenta con un brillo de emoción genuina. Chihoko recarga su frente del cristal.

Yuuri no puede salir de su estupefacción pues ve los otros tanques y después las jaulas, donde nota a unas bestias dormir, unos pequeños cachorros de esos letales monstruos. Algo en él se remueve y aprieta los labios. Son niños. Por dios santos. Son niños. Y se siente mariado.

—¿Qué quieres de mí?

—Tu kekkei touta, querido Yuuri... —ella vuelve a mirar hacia la pequeña niña que en posición fetal se encuentra suspendida en ese líquido. Hay monitores que están avisando los signos vitales y bitácoras. Yuuri mira a Georgi y vuelve su mirada hacia Chihoko—. Mis bebés son capaces de sobrevivir pero... no tienen consciencia.

—No sé cómo te pueda ayudar con eso... yo sólo puedo manipular plantas, no seres vivios.

—Pero eres capaz de hacer la vida donde no la hay, tu segregas vida y muerte —toma la mano de Yuuri y entierra sus uñas, Yuuri gime alejando su mano para ver como brota sangre pero la herida al no ser profunda empieza a cicatrizar.

Se asusta un momento, hay cosas que no domina y desconoce de su kekkei touta. De hecho lo descubrió sin querer antes de salir a Konoha.

—En un principio creí que alimentando a mis bebés con las flores que hacía el clan de tu madre iban a poder sobrevivir y tener consciencia propia, sin embargo... ellos comieron, y comieron, y comieron y siguieron comiendo hasta que aniquilaron todo y no se pudo hacer nada... después creí que Hiroko nos podría ayudar pero... no conté con que muriera... te mande a traer sin saber sobre tu kekkei touta, te quería para cultivaras esas flores pero... el universo se alineó Yuuri.

El muchacho seguía en silencio mirando a Georgi, después a las niñas y a Chihoko.

—Pedirte tu semen sería algo fácil... sin embargo, tu semen aunque está cargado de tu material genético no siempre es efectivo que se transmitan todo el material por medio de este... tu bisabuela fue usuario de este mismo kekkei touta pero ni tu abuelo ni sus hermanos o tu madre o sus hermanos fueron capaces de despertar el kekkei touta, así que nada me garantiza que solo con tu semen puedas darme lo que quiero... —ella empuja a Yuuri contra uno de los tanques que vibra al golpe. Yuuri gime y la mira, la fuerza que ha utilizado no es como la de una mujer, ni siquiera se asemeja a la de Viktor. Ella le mira fijamente. Siente la mano de la mujer en su entrepierna pero esta no reacciona de ninguna manera.

—Además... ¿te gustan los hombres, no? —Yuuri sigue sin inmutarse—. Me lo dijo tu abuelo... —el pene flácido de Yuuri queda libre—.Tú eres capaz de otorgar vida, tu ADN debe estar plagado de esa particularidad así que... usaremos tu ADN lo mezclaremos con material genético de algún shinobi de carga fuerte y... —se toca el vientre—. Haremos que mis bebés no se mueran... ellos se mueren porque sus cuerpos son débiles y no pueden soportar la carga genética que yo les transmito.

—¿Y por qué no buscas un hombre de tu propio clan? —gruñe Yuuri sintiéndose enfermo en ese lugar.

—Porque ellos están muertos, Yuuri querido... el país de las bestias, a donde pertenezco yo, fue exterminado durante la última guerra... el hermano del daimio anterior me recogió, sintió pena por la pobre niña huérfana y me acogió para quedar bien ante la gente...

Yuuri suspira y comprende que la cabeza de Chihoko está llena de venganza. No hay motivos sinceros, sólo egoísmo, no quiere pensar cuánta gente ha lastimado.

—¿Y qué te hace pensar que funcionará?

—Nada me da fundamentos para pensar que funcionará, pero al menos lo habré intentado... además... —ella parece de pronto feliz. Abre un closet y dentro Yuuri es capaz de ver probetas de ensayo con un líquido en su interior, un líquido oscuro, algunos brillantes, otros más opacos. Todos tienen etiquetas. Yuuri se acerca silenciosamente hasta que puede darse cuenta que eso es sangre.

—Mis bestias, las que podemos controlar han atacado a ciertos shinobis en ciertas aldeas... han traído de regreso muestra de su sangre y yo las he almacenado... —acaricia los tubos de enesayo y éstas tiemblan al toque provocando una melodía que le hiela la sangre al propio Yuuri, sobre todo cuando ve el nombre de Viktor Nikiforov. Y entonces recuerda que cuando Georgi murió Viktor dijo haberse separado del grupo porque había otro shinobi. La intensión de Chihoko fue desde el principio recaudar ADN de Viktor pero además... miró hacia donde el cuerpo de Georgi flotaba. La bestia no se había comido al niño. Lo había llevado con Chihoko y ahora era parte de ese escabroso plan.

Por eso los constantes ataques a Konoha, al ser una aldea ninja así de grande había muchos shinobis con habilidades impresionantes, baja la mirada y se maseajea la sien.

—¿Cuántas personas saben de esto?

—Los que lo saben y no están de acuerdo ya murieron.

Hubo una punzada en su cuerpo, un espasmo que lo hace retroceder. Matar a Chihoko a esas alturas es un poco inútil, pues aunque siente una rabia creciente que le está provocando exudar veneno literalmente debe controlarse.

—Dame unos días... después de que hago ataques con veneno siempre terminó segregando por dos o tres días... sería peligroso —murmura él.

Los ojos de Chihoko se abren con desmesura y después ríe emocionada mientras cierra la puerta donde están los frascos con muestras de sangre.

—¿Por qué estás ayudando, Yuuri?

El shinobi alza la mirada.

—Prometiste no tocar a Mila, ni seguir atacando Konoha... además, tienes un punto, estar subyugado a aldeas y países más grandes siempre termina en tragedias como estas... —mira directamente a Chihoko, alza su mano para acomodar el kimono de la mujer y ésta se sorprende, ahora le mira con desconfianza, los dedos de Yuuri no rozan la piel de ella para no transmitirle el veneno—.Me siento culpable y en deuda con este país... después de que te ayude con esto, de que Mila se vaya... yo me quedaré, te apoyaré pero... no harás ninguna estupidez como la de atacar aldeas para conseguir más... "muestras" —dijo Yuuri mirando hacia el clóset—. Necesitas de verdad orientación al respecto de tus decisiones militares... o terminarás llamando la atención de las aldeas más grandes, aunque tengas a tus bebés, y a grandes shinobis aquí... sin una buena estrategia la aldea de la Arena o Konoha terminarán por eliminarte...

La mujer no cabía en sí, se sentía extraña, como haber ganado un premio sin siquiera esforzarse en obtenerlo, pero no haberse esforzado no le impedía no sentirse dichosa al respecto.

—Osea que...

—Debo de volver, Mila ha estado sola mucho tiempo.

—Querido Yuuri... —murmura ella y su mano sostiene la de él.

Yuuri sin querer centra el veneno en la palma de su mano y la retira lentamente.

—No quiero lastimarte, Daimyo...

Los ojos de ella brillan y se siente capaz de llorar, de alegría y felicidad, por fin, su futuro empezaba a tener forma.

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St. Yukiona.

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.

(Por cierto, ¿Ya me siguen en mis redes sociales? Facebook donde comparto cositas de anime: /tiayukiona y mi Insta donde les platico de mis viajes: Styukionna, espero me sigan y poder compartir más tiempo juntos. ¡Saludos y besotes, Mazapanes!).