El mayordomo se encontraba mirando la ventana del primer piso de la mansión, se sentía devastado al no haber recibido noticias de su señora ni por Seiya ni por Jabú ni por el Santuario ni por ningún lado. El hombre se agarró la calva totalmente fastidiado, hasta que una energía apareció con mucha agresividad detrás de él.

_ ¡Ah! – se tiró al suelo hasta pegarse a la pared. - ¡¿Quién eres tú?!

Con su omnipresencia, el mismísimo Fuego que ardía en vigor.

_ ¿Eres tú el señor Tatsumi?

_ Sí… sí… y tú-tú-tú ¿quién eres?

_ Por favor, permíteme ayudarte. – el joven trigueño estiró su mano para ayudar al mayordomo. – Soy el prometido de Atenea, Saori como era su nombre humano.

_ ¿Su prometido?

_ Ella estuvo muy angustiada por ti todo este tiempo, me disculpo por no haberte contactado antes, el día de mañana es nuestra boda y me mencionó que realmente deseaba tu presencia, ya que eres un padre para ella y por lo tanto eres un padre para mí.

_ Señorita Saori. – las lágrimas de emoción salían por los ojos de Tatsumi. - ¿¡Se va a casar!? ¡Pero no he hecho ningún preparativo! – se paró inquieto. - ¿Y tú… quién es el que tiene el honor de casarse con mi ama?

_ Soy Hefesto, el Dios de la Forja, el responsable de que ella tenga una armada tan poderosa. ¿Podría pedir su mano a usted, señor Tatsumi?

_ "El aura de este hombre es impresionante, llena de bondad…" – pensó y luego le volteó la cara. – ¿La harás feliz?

_Por supuesto. – sonrió-.

_ Está bien. – se volteó tranquilo.

_ Antes de llevarte conmigo, me gustaría que me contaras todas las cosas que a ella le gustan, deseo conocerla en todos los aspectos. – se acercó Hefesto a ver un cuadro donde ella estaba con un anciano. – Ese hombre… - dudó un poco.

_ Es el abuelo adoptivo de Atenea, Mitsumasa Kido.

_ Ya veo… - miró un poco desconfiado Hefesto. – Pues cuéntame lo que sepas.


Caminaron hacia la casa de Capricornio, en cuyo centro se observaba una estatua del primer caballero que obtuvo la armadura arrodillado ante Atenea como signo de lealtad absoluta. Los jóvenes no le dieron mucha importancia, hasta que el caballero de dicha escultura empezó a girar su dirección.

_ ¿¡Pero qué…!? – decía atónito Seiya.

Aquella figura apuntaba en su pose a Hugo de Copa, por lo que todos se extrañaron.

_ Probablemente se refiere a esto. – el joven sacó la cabellera de Saori de su caja.

_ ¿¡Por qué tienes esto!? – se alteró Pegaso. - ¿¡Qué le pasó a Saori!?

_ Calma Seiya, Saori lo mandó hoy hacia el santuario. – contestó Hyoga.

_ Proaulia. – dijo impactado el castaño. - ¡Muchachos, se va a casar mañana!

_ ¿¡Qué dices!? – contestaron todos.


_ Con que las camelias son sus flores preferidas… - sonrió Hefesto. – Y su color preferido es el lila. Ama el piano, eso sí lo sabía, disfruta el teatro, el cabalgar…

_ ¡Más le vale cuidar de la señorita Saori o se las verá conmigo! – dijo amenazante Tatsumi.

Cuando el Dios volteó sus ojos a observarlo tras su advertencia, el mayordomo sudó nervioso.

_ ¿Hacerle daño? Si estoy profundamente enamorado de ella… Bien señor Tatsumi, vayamos a verla, debes estar ansioso. Pero tengo dos preguntas más antes de que nos vayamos. ¿Hace cuántos años dices que falleció aquel anciano?

_ Hace once años.

_ Bien… - miró con sus ojos brillantes como el fuego aquel trigueño. – Y mi otra pregunta es… ¿Cómo percibiste que el aura divina que entraba era de otra presencia y no de tu ama?

_ Pues… - sonrió el mayordomo. – El cosmos de la señorita Saori al igual que la de usted, Dios Hefesto, denota una gran bondad. Pero… - este se sorprendió por el signo adversativo. – La vuestra tiene una esencia un poco triste.

_ Triste, ¿eh? – pensó en voz alta el Dios. – Vámonos, señor Tatsumi.


La noche había llegado a su consuelo, la joven descansó pensando en que no habría marcha atrás a partir del día que venía. Pero esa era su misión, su deber con todos los humanos y su sacrificio. Rio suavemente en tono de burla, qué egoísta podía ser ella, seguir enamorada de aquel humano que se había marchado, seguir pensando en que no podría ser feliz nunca a pesar de tener a alguien como Hefesto a su lado. No podía ser mala y decir que el Dios no la merecía, incluso pensó que ella no lo valía. Miró a la ventana y vio una pequeña ave, le extrañó que se aparezca a esas alturas de la noche, se acercó y vio como esta se encendía en llamas, la impresión le dio un gran susto.

_ Ikki. – pensó.

Salió despacio de aquel lugar, cubierta con una caperuza, con temor a que la descubran. Al llegar a aquel hermoso lago con cascada el fénix apareció.

_ Atenea… - se arrodilló delante de ella.

_ Ikki, has venido.

_ Quería saber cómo se encontraba.

_ Debes saberlo, has sido indetectable para los guerreros del fuego. Ikki… - ella se agachó hacia él frotando su rostro con ternura. – Siempre tan imprudente, esto te pudo haber costado la vida.

_ Atenea, ¿has decidido casarte? – ella asintió.

_ Es lo mejor para todos y para defender nuestro mundo. – ella se paró. – Así no se perderán más vidas humanas y no habrán más guerras santas, en caso de haberlas seremos victoriosos.

_ "Se sacrifica nuevamente…" – pensó el fénix apenado. - ¿Te hace feliz?

Saori volteó a mirarlo y sonrió dulcemente.

_ Por favor, no permitas que atenten contra este matrimonio. No pueden saber que he visto a alguno de mis caballeros, volveré al santuario después de haber cumplido mi promesa.

_ Como ordene, Atenea.


Las piernas no les daban más para la velocidad con la que llegaron a la casa de Acuario, aunque Hyoga era el único con el corazón afectado.

_ ¡Maestro Hyoga! – un grito los hizo parar bruscamente, chocando uno con otro.

Todos cayeron al suelo adoloridos.

_ ¿Fye? – preguntó el cisne.

_ ¡Discúlpeme por favor! Lamento interrumpirle, pero junto a ustedes apareció alguien más en el santuario. – todos se extrañaron.

_ ¡Seiya! – gritaba la joven que ni voz tenía de lo mucho que había corrido.

_ ¿Seika? ¿Qué haces aquí?

_ No lo sé, yo estaba en el bosque con ustedes, es lo último que recuerdo.

_ A decir verdad yo también lo he olvidado… - comentó Shiryu.

_ Es verdad, ¿no estábamos en Japón? – preguntó Shun.

_ Hermana… No quiero verte por ahora. – se volteó el castaño.

_ ¡Espera! ¡Tienes que escucharme! ¡Artemisa me dio la oferta, yo lo hice por protegerte! Lo lamento… Seiya en serio.

_ Me traicionaste.

_ Te juro que no, las cosas no han sido así.

_ Seiya, debemos apurarnos. – comentó Hugo.

_ Adiós Seika.

Los caballeros: Hyoga indiferente, Shiryu decepcionado, Shun triste y los demás se voltearon a proseguir su paso; a lo que la joven se quedó parada mirando cómo era dejada atrás. Cayó arrodillada al piso y se echó a llorar.

_ Seiya, ¿no crees que has sido muy duro con ella? Después de todo, han vivido separados muchos años, es normal que ella haya querido apoderarse de tu tiempo. Además, ¿no ha sido decisión de Atenea borrarte la memoria?

El castaño no contestó y se quedó pensativo ante el comentario del cisne. Finalmente llegaron a la casa de Piscis, la pasaron sin problemas. Cuando estaban caminando vieron las escaleras infestadas de rosas, pararon sin saber qué hacer. Entonces Kanon de Géminis caminó entre ellas mientras desaparecían de su alrededor.

_ Kanon. – dijo Seiya.

_ Ha pasado un tiempo, Pegaso. Infórmame por lo que has pasado y lo más importante… - los ojos de Kanon se pusieron amenazantes. – dónde está Atenea…

_ Yo… A mí Saori me borró la memoria. – todos se sorprendieron. – Por decisión de los Dioses. Estuve deambulando con mi hermana por muchos lugares no concurridos con el fin de que no me contacte con nadie del santuario. Finalmente, en uno de estos yo… Me encontré con ella, vive en una cabaña en un bosque olvidado de Japón junto al Dios Hefesto y sus guerreros.

_ ¿Ella se encuentra bien?

_ Se casará mañana, Kanon.

_ ¿¡Mañana!? No podemos alistar una armada en tan poco tiempo, ni Jabú ni Ban han regresado para informarme cómo estaba la situación.

_ ¿Jabú? – se extrañó Shun. – Él regresó con nosotros…

_ ¿Qué dices? – se sorprendió el gemelo. – ¿Ban?

_ Estaba solo, subía con nosotros y se retiró apurado. – contestó Shiryu.

_ Esto es malo. – una gota de sudor pasó por Kanon. – Si ha venido solo…

_ Nos dijo que lo alcanzáramos… - dijo Seiya pensativo y sorprendido. - ¡No puede ser, ha ido solo!

_ Vámonos. – dijo Kanon sin pensarlo dos veces y empezó a correr rumbo a la salida de las doce casas. – No hay tiempo, lo siento esta es la manera más rápida. ¡Otra Dimensión!

Todos gritaron mientras se eran succionados por el portal de Kanon, luego él se introdujo en este mismo.


Eran las 8 de la mañana en Japón y la 1 de la mañana en Grecia. Era el día del Gamos, Atenea marchaba con su caperuza puesta a la cascada hacia el santuario de Artemisa.

_ Espera, Atenea. – dijo Hefesto. – Quería darte esto antes del matrimonio.

En las manos del herrero yacía un objeto semejante a una pulsera dorada que tenía bordes como llamas de fuego. Esta decía "Ἀθήνα, πριγκίπισσα της Ελπίδας", lo cual significaba "Atenea, la princesa de la esperanza." Saori se conmovió ante tal regalo.

_ Elegí una pulsera para brazo debido a que quisiera ser yo el que sostenga este cada que lo necesites, mi princesa. – él beso su mano. – Estoy muy feliz de que haya llegado este día.

Ella lo abrazó tiernamente mientras una lágrima caía por su mejilla. ¿Cómo podía ser tan amada? ¿Merecía todo lo que recibía? Finalmente se fue feliz a cumplir parte de la ceremonia.

Pasó a la fuente central donde había estado dos años atrás con Pegaso, se sentó ahí y se despojó de sus prendas. Las criadas de la Diosa de la Luna la estaban ayudando a bañar su cuerpo con una hidria que contenía agua. Esta tenía una figura de lo que era el matrimonio en la antigua Grecia. Su baño acabó y partió al mundo terrenal nuevamente.

Una parte del bosque como un altar, donde se suponía habían olivos y laureles, estaba lleno de grandes camelias, las flores que adoraba. Una hermosa corona fue colocada en la cabeza de Atenea por Helena. Se notaba que Hefesto había pensado en todos los detalles.

Aunque lo negara, aunque aquel hombre que la esperaba en el altar no era el que había soñado, se sentía inexplicablemente feliz.

_ "Saori, no te cases por favor…" – la voz de Pegaso llegaba a ella. – "Saori, yo te amo".

_ "Seiya…" – paró por un segundo Atenea.

Siguió su paso y cerró los ojos. Ambos Dioses con coronas, señalando su destino. La ceremonia se dio a cabo y se besaron para concretar el matrimonio.

Ella se había casado.


El caballero de reloj Zephyr mostraba lo que estaba pasando a los de bronce a través de su poder de visión.

_ Lo siento Seiya, llevé tu voz con mi telepatía pero no fue suficiente. – dijo Kiki.

El castaño lloraba desconsolado.

_ Nuevamente haces tonterías por nosotros, Saori. – decía Seiya.

_ Debemos tomar el primer avión a Japón, no podemos llegar de otra forma, seríamos detectados. – dijo Kanon. – Me parece que fénix está ahí.

_ ¿¡Ikki está ahí y por qué no lo ha impedido!? – se exaltó.

_Probablemente haya sido deseo de Atenea. No te exaltes, Pegaso, llegaremos pronto.


Helén, padrino de Hefesto en la boda. Artemisa, madrina de Atenea y junto a Zeus niño los únicos Dioses presentes. Todos estaban sentados en una gran mesa en la cabaña. Una sonrisa amarga por el rostro del caballero de martillo se hizo notar.

_ ¿Por qué ese rostro Helén? – le habló Hefesto. - ¿Crees que el matrimonio va a esclavizarme? – dijo en broma.

_ No es eso. - sonrió triste. – Estoy muy feliz por usted.

_ Te quiero, amigo. – lo abrazó el Dios.