CAPÍTULO 15

Desconcertada y confusa, intento abrir los ojos lentamente. ¿Qué diantres ha pasado? Solo recuerdo que no me encontraba bien. Ahora me encuentro en la habitación, no estoy sola. En el sillón que está junto a la ventana se encuentra Sasuke, con las manos apoyadas en las rodillas mirando el vacío.

Mirándolo así, parece innocuo y adorable hasta cierto punto. ¡Oh, vamos! No puedo haber pensado eso. Debería odiarlo, no encontrarlo adorable. No me muevo, solo quiero que se dé cuenta de que lo estoy observando. Quiero disfrutar un poco más de este Sasuke indefenso y carente de frialdad.

Observo ese rostro cansado y preocupado. Su mirada está triste, no tiene ese extraño resplandor que he podido comprobar solo en nuestros momentos de paz. Entrecruza los dedos y suspira. Parece frustrado, quién sabe si será por mí. Solo le importa él mismo y no se preocupa de nadie más.

Inesperadamente alza la mirada y es entonces cuando tiene lugar la colisión entre dos universos completamente diferentes, pero que sin embargo, se complementan a la perfección. Nos miramos, pero nadie de los dos parece dispuesto a hablar. Se levanta y avanza hacia la cama con cautela, como si esperara una reacción por mi parte, la cual no llega. Me desplazo ligeramente hacia atrás y se sienta, coge mi mano entre las suyas y la besa. Un beso dulce que provoca una vibración que recorre todo mi cuerpo. Inexplicable, imposible.

—¿Cómo te sientes? —Estoy bien. Estamos en un aprieto, como si ninguno de los dos subiera qué decir. Me pregunto cómo es posible encontrar la guerra y la paz el mismo día, en el mismo momento.

—¿Te apetece un baño caliente? —Pregunta mientras agacha la cabeza hacia mi mano, todavía entre las suyas. Con el pulgar masajea el dorso y yo me pregunto qué es lo que ha cambiado en tan poco tiempo. No parece la misma persona fría e imperturbable de hace unas horas.

—¡Estás enfadado conmigo! —Afirmo. Intento retirar la mano, pero él la bloquea. —Déjame que cuide de ti… —Suplica alzando la mirada.

Estoy estupefacto, no logro dar crédito a este cambio tan radical. Algo me empuja a descubrirlo, sin embargo, también quiero atenciones insanas por su parte. Aun sabiendo que todo esto es un error, no puedo prescindir de él. Intento levantarme y rápidamente se acerca cogiéndome entre sus brazos. Dejo que me lleve al baño como si fuera una reliquia valiosa. Es una sensación única y agradable. Apoyándome delicadamente sobre el borde de la bañera me besa en la frente.

Mi corazón grita, ¡cuida de mí! Cuando toca el extremo de la camiseta tiemblo ligeramente y no comprendo el motivo. —Levanta los brazos. —Ordena con voz cálida y yo obedezco sin rechistar. Dejo que me desnude, ninguna palabra, solo miradas que se cruzan. Si bien es una situación absurda, parece tener mucho sentido.

No estoy segura del motivo de todo esto, y tal vez en este preciso momento no me importa. Comprueba el agua con la mano y luego me incita a entrar, lo cual hago con mucha calma, desnuda, vulnerable ante sus ojos sin el mínimo recato. La temperatura del agua como siempre es ideal, sin embargo, esta vez un nuevo olor me invade. Parece orquídea. Sí, estoy casi segura.

—¿Puedo entrar? No me puedo creer que Alexander pida permiso. No sé si estoy soñando. Estoy realmente muy desconcertada, pero ante la duda decido asentir.

Admiro su tórax mientras se quita la camiseta negra ajustada, y luego, cuando lleva sus manos a los pantalones, trago saliva. No debería encontrarme en esta situación, es un error garrafal. Aparto la mirada y con las manos toco la superficie del agua. Él está junto a mí. A saber si es otro de sus modos para vengarse. Tal vez está buscando de seducirme para luego dejarme a medias.

—¿Qué ha cambiado en ti, Sasuke? —Pregunto de buenas a primeras mientras entra en la bañera. No responde, me aparta dulcemente para colocarse. Me tenso cuando entro en contacto con su piel y el pánico aumenta. Sus manos acarician mis brazos hasta llegar a los hombros para después obligarme a apoyarme contra su pecho.

—¡Todo! —Afirma. No lo entiendo, ¿qué ha podido pasar en tan poco tiempo? Tengo el presentimiento que no quiera decirme el motivo, pero no me rindo.

—¿Por qué?

—¡Porque sí! —Corta de raíz. Resoplo levantando los ojos al cielo. No es posible tener una conversación con él, continúa siendo vago. Se acabó, si no quiere hablar conmigo quiere decir que ni siquiera podremos tener este momento de paz. Intento levantarme apoyándome en el borde de la bañera, pero sus manos rápidamente detienen mis movimientos agarrándome por la cintura.

—Por favor, quédate aquí conmigo… —Susurra.

—Si no me dices el motivo de este cambio, no. Suspira soltándome y deslizando sus manos hasta mis hombros. Los acaricia, los masajea. Está intentando distraerme, pero no funcionará esta vez.

—Háblame, dime lo que ha pasado. Mi voz apenas se siente. Me vuelvo mirándolo a los ojos y veo preocupación.

—Te has desmayado. Está preocupado e intuyo que hay algo más grave detrás.

—De acuerdo, he perdido el conocimiento. ¿Qué más? —Pregunto sospechosa. Coge la esponja humedecida y la desliza sobre mis piernas.

—No sabía cómo ayudarte, me quería morir. Apoya la barbilla sobre mi hombro y me abraza. —Lo siento por lo que te he hecho pasar. Perdóname por no poder devolverte tu libertad, perdóname si te he tratado mal. No y no, me niego a creer que esto forme parte de su carácter. Nunca lo he visto en este estado y no me puedo creer que se arrepienta. Me aparto bruscamente y me vuelvo hacia él.

—¡Dime lo que está pasando, quiero la verdad! —Digo seria entrecerrando los ojos. Mantiene el contacto físico, si bien la expresión preocupada no desaparece.

—Llamé a un médico. Te vistió y extrajo sangre para los análisis… Estaba tan preocupado que estaba enloqueciendo… No te despertabas, había pasado un día y tú seguías durmiendo.

—¿He dormido un día entero? Asiente mientras intenta atraerme hacia él. Todavía aturdida y desconcertada dejo que me apoye contra su pecho y pienso. Estoy enferma, tal vez sea esto lo que intenta decirme.

—¿Qué ha dicho el médico? No responde. Espero. Cuento en silencio, pero me rindo.

—¡Por el amor de Dios, dímelo! —Ordeno. Me vuelvo, lo miro mientras mantiene la cabeza agachada.

—¡Dime lo que te ha dicho el médico! —Insisto. Levanta la mirada, lo veo, esa extraña luz que brilla en sus ojos. Triunfo. Satisfacción. Felicidad.

—¡Estás embarazada, Sakura! —Confiesa mientras la mitad de sus labios adopta una ligera sonrisa.

—¡¿Puedes repetir, creo que no he entendido bien?! No, ¡qué va!, solo me está tomando el pelo, no va en serio. Y sin embargo su mirada lo parece. Intento respirar profundamente, pero las manos me tiemblan, tiemblo entera. Estoy a punto de enloquecer y no quiero. Tengo que estar lúcida, razonar y entender si me está mintiendo.

—No puedo estar embarazada… —Protesto en voz alta. Arquea la ceja mientras se apoya al borde y golpetea el dedo sobre la superficie. Claro que es posible. He hecho el amor con este…. Oh, ni siquiera sé cómo identificarlo. Me estoy desquiciando y el instinto homicida aumenta cada vez más. Me sonríe socarrón, no puedo creerlo.

—¡Dime qué estás bromeando! —Digo poniéndome en pie con los brazos cruzados.

—No pues haber caído tan bajo para tenerme aquí. —Ha pasado, no lo tenía programado. —Se justifica con una indiferencia que me asesta el golpe de gracia. Salgo de la bañera como una furia y agarro la primera toalla que encuentro. No, y no. no puede hacerme esto.

—Sakura, detente inmediatamente, ¿adónde crees que vas? Ante estas palabras me vuelvo mirándolo en el modo más feroz que existe.

—Tú… Tú eres… —Grito furiosa conmigo misma por no haber sido capaz de acabar la frase. Dilo, es un monstruo. Me arropo con la toalla y voy a la habitación con paso apresurado. Me sigue en silencio e intenta tocarme, algo que no le consiento. Me aparto y voy rápidamente hacia el armario. No sé lo que estoy haciendo, tal vez tomarme tiempo para asimilar lo que ha dicho. Embarazada. Una palabra que sigue resonándome incesantemente.

—¡Maldición, Sakura, detente! Agarro los vestidos y los arrojo al suelo. Chillo a más no poder y pierdo el control. Me vuelvo hacia él gritando y golpeando los puños reiteradamente en su pecho. No debía hacerme esto, no quiero un niño, no así, no ahora.

—¿Por qué me haces esto? Me desahogo, lloro entre gritos y no consigo detener mis movimientos. Responde envolviéndome entre sus brazos y apretándome contra su pecho.

—Perdóname. —Susurra. Me mece y entre sollozos consigo mascullar.

—Te odio.

Me ha apartado de mi vida, de las decisiones importantes que solo yo debía tomar. Y ahora le pertenezco para siempre. Él lo sabía, estaba seguro que sería suya para siempre. Me coge por el brazo y la toalla se me resbala. Se acerca a la cama y me posa en ella para después posicionarse junto a mí.

Estoy exhausta, cansada de luchar y consciente de que no tengo escapatoria. —Tienes que creerme, no he tramado… Lo interrumpo poniéndole la mano delante de la boca y retomando un poco el control.

—No te creo. Cualquier cosa que digas no me hará cambiar de idea. Querías atarme para siempre y lo has conseguido. Tendrás un hijo mío, tendrás mi persona, mi cuerpo, pero mi corazón… ¡eso sí que no te pertenecerá nunca! — Digo con absoluto desprecio. Aumenta el agarre alrededor de mis muñecas mientras en su rostro aparece esa expresión penetrante.

—Tú eres solo mía y no por la criatura que esperas. Nosotros nos pertenecemos porque nuestros corazones se han elegido, pero tú prefieres rechazarme y no aceptar la realidad. Está loco si cree que todo será cómo quiere él.

—Déjate de frases poéticas, ¡no me embaucarás! —Digo molesta. Me atrae hacia sí y me pongo tensa. —Se acabó, maldición. No te viene bien ponerte nerviosa, el médico ha dicho que tienes que reposar…

—¿Qué significa? —Corres el riesgo de abortar… Repentinamente estar embarazada ha pasado a un segundo plano. Algo dentro de mí se activa y la preocupación de perder el niño aumenta cada vez más. No había programado tener un niño, y mucho menos con él. Sin embargo, ahora la situación ha cambiado. Estoy embarazada y esto lo cambia todo. Tengo algo más importante de lo que encargarme y cuidar, o mejor dicho, tengo a alguien: mi hijo.