Capítulo 9
Regocijo en Uruk
El templo quedó sumido en silencio y el agua recorría los canales artificiales creados por los sacerdotes. Gilgamesh miró en silencio a Enkidu y se separó de su lado. Ese tipo de actos lo hacían sentir incómodo, como si Enkidu tuviese una especie de poder sobre él y eso no podía ocurrir. Él era quién lo gobernaba y Enkidu era por él y para él. Enkidu lo había dicho y así sería.
—Ahora debemos ir al templo de Aruru. He ordenado que hoy sea el templo más hermoso. Pedí que rodearan de rosas y jarras de oro sus puertas. Quiero agradecer a Aruru por crearte—dijo Gilgamesh sintiendo el sol en sus brazos, una vez que salieron del templo de Ninsun.
Cuando Enkidu escuchó el nombre de su diosa creadora, una desagradable sensación le revolvió el estómago. Se limitó al silencio y ambos se dirigieron al carruaje. En el camino, con el avanzar de la tarde, podían ver algunos sacerdotes ir y venir con bultos de comida en sus hombros o caballos. Algunos comerciantes que se apartaban al ver a los guardias al lado del transporte real y una que otra casita con sus fincas. Los sacerdotes de otros templos saludaban al rey con las caras tapadas en velos de colores, adornados con coronillas de oro y flores de vibrantes colores. Enkidu bebió vino durante toda la travesía y Gilgamesh se ensimismaba al ver sus labios enrojecidos por la bebida. Gilgamesh sabía que a Enkidu le encantaba el vino, tanto que muchas veces en encuentros sexuales, Enkidu se encontraba completamente ebrio, lo que encendía los ánimos notoriamente. Se contentó ante ese recuerdo y cuando el carruaje se detuvo, ambos descendieron hacia el templo de Aruru.
El templo, al igual que el de Ninsun, se encontraba a oscuras, con la diferencia de que en su interior, existía una enorme cantidad de plantas y pequeños riachuelos artificiales recorriendo las paredes de piedra, produciendo un gorgoteo agradable. El trono de Aruru se encontraba vacío, iluminado por el tragaluz. Gilgamesh se acercó cautelosamente a ver el trono, mientras que Enkidu por su parte, mantuvo la distancia y sólo se limitó a agachar la cabeza, con los brazos cruzados.
—Aruru, diosa creadora, que utilizaste el barro y la sangre de Kingu para crear a la humanidad—dijo Gilgamesh, con un tono de voz fuerte y seguro—. He acudido a tu templo, para llenarlo de joyas de oro y lapislázuli, de espadas enchapadas en piedras hermosas, flores y aceites aromáticos sólo por la gloria de tus divinas manos, quienes han dado vida y forma a Enkidu. Mi agradecimiento es infinito y supera toda la devoción que en este templo derraman tus sacerdotes y fieles. Mi fe inundará este templo en abundancia y riqueza hasta el fin de los días.
Cuando Gilgamesh terminó de hablar, se volteó a ver a Enkidu. Él no parecía a gusto en el lugar y Gilgamesh se extrañó de ello. Ambos esperaron unos minutos, pero Aruru no hizo aparición. Enkidu reverenció el trono vacío y se retiró del templo, esperando a Gilgamesh afuera.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Gilgamesh, una vez que ambos se encontraban nuevamente en el carruaje que los llevaría al palacio de Uruk. Antes de adentrarse, Enkidu había tomado una de las flores que adornaba el templo en sus manos y suspiró:
—Mi vida ante Aruru es frágil. En este mundo poseo tu fuerza y destreza. No hay problema en debatirme incluso con leones o bestias más grandes, pero Aruru tiene el control absoluto de mi vida. Ella puede arrancármela si así lo desea y eso es aterrador.
Gilgamesh bebió vino desde la tinaja directamente, aprovechando que sólo estaba con Enkidu y respondió:
—Pero no debes temer de tu diosa creadora. Aruru sólo posee el poder de dar vida y no quitarla. Ereshkigal es la única que tiene las llaves del inframundo.
Enkidu asintió, pero no parecía más tranquilo.
—La muerte puede venir de la persona que menos te lo esperas, Gilgamesh. Ereshkigal sólo abre sus puertas y ya. Son los emisarios de la muerte quienes envían a sus víctimas ahí.
—Suena como una advertencia—susurró Gilgamesh, limpiando la comisura de sus labios del exceso de vino.
Enkidu sonrió dulcemente y negó:
—No, no es una advertencia, no te estoy amenazando. No tengo intención alguna de que ninguno de los dos conozca los dominios de Ereshkigal.
El carruaje llegó a Uruk y siguieron su rumbo hacia el palacio, en un silencio tranquilo. Enkidu observaba las casas con atención: le gustaba ver el color de las flores y los adornos brillantes que colgaban de los techos.
Una vez que llegaron a las caballerizas, ambos descendieron y se dirigieron a las escalinatas.
—Gil… estoy agradecido de que me hayas llevado donde tu madre.
—Tenía que hacerlo. Ella ahora te protegerá ante los dioses.
—Eso espero…
Gilgamesh continuó subiendo hasta que llegaron al primer salón del trono. Ahí se encontraba un sinfín de músicos y odaliscas bailando al ritmo de los tambores. Siduri se acercó y le habló:
—Su alteza, ahora tiene un almuerzo con el concilio de sabios usted y el consejero Enkidu. Deben continuar y se hallarán con ellos.
Cuando Gilgamesh alzó una palma para que Siduri desapareciera, se acercó a Enkidu y le susurró en su oído:
—He ordenado a Siduri que preparara esta fiesta por tu ascenso a consejero. Tendrás que comenzar a actuar como tal.
Enkidu se aclaró la garganta y le contestó también en un susurro.
—No tengo idea de cómo hacer eso. Ya quiero quitarme esta ropa.
Gilgamesh soltó una risa ronca y palpó discretamente la cintura de Enkidu bajo su hermosa cabellera verde.
—En la noche… en la noche.
Enkidu vio cómo Siduri iba vestida diferente a casi todas las mujeres presentes en el salón: un vestido color verde profundo que se ceñía cómodamente a su figura, sin sugerir nada. Su cabello era oculto por un velo blanco y su boca tenía una tela transparente color siena, adornada con pequeños y sutiles detalles dorados. En su distracción, Enkidu no se percató cuando Kinnamu se unió a ellos, caminando con la vista gacha detrás de ellos. Entraron a una instancia de paredes altas y doradas con hermosos dibujos hechos con piedras pequeñas, que destellaban con los rayos del sol que se colaban de pequeñas ventanas talladas en las paredes. Unos adornos de metal cantaban con el danzar del viento y el aroma era increíble: la mesa servida a nivel de suelo estaba llena de delicias que Enkidu solía ver en sus comidas: dátiles caramelizados en miel, coco asado con salsa de manzanas, carnes cocidas lentamente a fuego, panecillos frescos y crujientes de aromas increíbles. Enkidu tenía hambre y aquello abrió más su apetito. Algunas cortesanas guiaron a ambos a la mesa y Gilgamesh detuvo a Kinnamu, lo cual provocó una expresión de desconcierto. Kinnamu era la concubina que acompañaba a todo acto oficial a Gilgamesh, pero esta vez, Gilgamesh quería centrarse en el consejo y no en sus mujeres. Cuando Gilgamesh y Enkidu se sentaron a la mesa, las copas fueron llenadas con vino y los platos con carnes, pan y frutas.
Enkidu realmente se estaba conteniendo para no comer como un bestial. Él sabía que sus costumbres debían cambiar con el tiempo, porque ahora que era parte del poder ejecutivo de Uruk, debía actuar como la refinada realeza y él era más bien un hombre salvaje viviendo como la mascota extraña de Uruk. Miró a Gilgamesh, quién comía dátiles con una elegancia propia de él y miró su propio plato. Con su mano derecha tomó una manzana cortada y sazonada con algo picante y vio que la cantidad de pulseras y anillos le incomodaban de sobremanera. Decidió ir por un trozo de pan y comió, algo decepcionado por no poder tomar la manzana. "mancharé los anillos" "las pulseras se enredarán con mis cabellos" "la corona me molesta la nuca".
Al final de aquel almuerzo, Enkidu no comió más que un durazno y un trozo de pan, lo cual no fue suficiente para balancear el exceso de vino que sí pudo tomar.
Tenía una sonrisa de par en par, sus ojos a medio cerrar indicaban su ebriedad, al igual que los movimientos azarosos de sus dedos. Gilgamesh miraba a Enkidu de manera cómplice, ya que él mismo también estaba mareado. Quería pasar un brazo por sus hombros y reírse junto a él de nimiedades, como, por ejemplo, de cómo apretaba la túnica a uno de los regordetes del consejo o de lo mal maquillada que estaba una de las consortes, que parecía que hubiese llorando antes de presentarse a servirles el almuerzo.
El consejo no habló sobre ningún tema importante: los canales de regadíos, el templo de Anu, las cosechas y las reservas para el invierno. Sólo hablaron de cosas felices, de mujeres, de hijas buenas, de hijos fuertes.
Uruk era una ciudad preciosa y naciente, tanto así que era la más rica y fructífera de toda Babilonia. Sus campesinos sembraban los suelos y sus cosechas eran multiplicadas. El agua siempre pura, fluía por las venas de la tierra, alimentando cada hogar de Uruk. Los niños jugaban sanos y fuertes, las mujeres eran fértiles, los hombres tenían buen juicio y destreza. Los templos siempre estaban limpios y llenos de sacerdotes que entregaban la vida a sus dioses.
El único gran problema de Uruk era Gilgamesh y la solución, Enkidu.
Ahora ambos chocaban copas llenas de vino y las bebían, completamente felices.
Los dioses no eran ciegos. Ellos sabían lo que ocurría en Uruk, pero observaban, cautos, esperando cualquier indicio. Y una de ellos estaba especialmente interesada en qué ocurriría.
