No tenía edad para beber. Eso fue lo primero que pensé cuando dejé de mirar el arma y me fijé en la persona que la empuñaba. Era una niña. No era más que una niña.
— Entra.
Retrocedí. La chica cerró la puerta detrás de sí y me obligó a adentrarme en el salón, lejos de toda puerta o ventana.
— Tienes un móvil encima, ¿verdad? Dámelo.
No iba a discutir con una adolescente con un arma. Se lo di. Ella lo miró con una mueca e hizo una observación en voz baja sobre su alta gama antes de dejarlo caer a sus pies y pisotearlo con sus botas despellejadas hasta que quedó inutilizable.
— ¿Quién eres?—pregunté.
— Cállate.
— ¿Quién eres?—repetí.
— ¡Que te calles! Soy la que va a acabar con siglos de tiranía. ¡Viva la revolución!
La palabra 'revolución' sonaba tan ridícula en una criaja como ella, pensé, con su carita de niña que trataba de compensar llenándose las orejas de aros, poniéndose sombra de ojos y vistiendo de negro. TILL THE WORLD ENDS, decía su camiseta.
— Vale, vale. No te pongas nerviosa.
— Tú eres quien debería estarlo—me amenazó ella—. He llamado a mis hermanos. Estarán aquí en cualquier momento. Y cuando vengan te destruiremos.
¿Dónde estaban mis guardaespaldas cuando más los necesitaba? Ah, sí, les había pedido que me dejaran en paz y ellos habían obedecido. Había que ser imbécil...
— ¿Cómo has entrado?
— Eso no importa.
— Me sorprende que no te hayas matado, saltando desde tan alto—miraba sus pantalones vaqueros, llenos de barro, y el rasguño en una de sus manos. Ésta ha saltado la valla, pensé, y me había destrozado los rosales.
Ella miró el estropicio que se se había hecho y apretó los labios avergonzada.
— ¡¿No te he dicho que te calles?!
— No sé qué te crees que estás haciendo, pero si te vas ya no presentaré cargos contra ti y no te pasará nada.
— ¡Cuando esto acabe no tendrás ningún tribunal al que acudir, nadie te dará palmaditas en la espalda! Has estado ya muchos siglos haciendo lo que querías sin que nadie te frenara, ¡pero ahora el pueblo va a reclamar lo que...!
— ¿Podrías ser al menos algo más original con las consignas?
— ¿Cómo te atreves a hablarme así?
— ¡Llevo una semana horrible y hablaré como me dé la gana!
— Inglaterra—dijo ella despectivamente—. La jodidamente orgullosa Inglaterra...Ni siquiera ahora que tu fin se acerca puedes dejar de hacerte el gallito, ¿eh?
— Eso está por ver.
— Claro. Cómo se va a acabar el idilio, ¿no? Igual que cuando poseías la mitad del globo. No creías que te ibas a quedar solo, ¿verdad?
Aunque la pistola no dejaba de intimidarme, y más en manos de una personita que a esa edad debía de tener demasiados cambios de humor, aquello me empezaba a tocar las narices. Estaba teniendo, como había dicho, una semana horrible y lo último que necesitaba era que además de apuntarme con un arma metieran el dedo en una herida del pasado.
— Mira cómo se pica—sonrió ella—. Siempre duele cuando te bajan los humos, ¿eh?
— ¿Podrías limitarte a amenazarme con la pistola? No estoy de humor para esas mierdas...
— Pues has elegido el lugar equivocado para esconderte—la niña miró a su alrededor, incluso se paseó para mirar los cuadros, las esculturas, las fotografías—. Sí que te quieres a ti mismo, tío. Míralo, con Shakespeare...
— Es el conde de Essex. ¿Qué tal si antes de hablar abres un libro de Historia?
— ¡Claro! ¡Un producto fabricado por vosotros y vuestros acólitos para blanquear vuestra imagen! ¡No, gracias!
— ¿Has aprendido esa palabra tú solita o la has tomado de la retórica de esos papanatas y asesinos a los que sigues?
Volvió a apuntarme con el arma y me quedé callado.
— ¡Sé muchas palabras, listo! ¡Voy a la biblioteca todo el tiempo! ¡He leído muchos libros! ¡Así es como aprendí que vosotros, que os hacéis los buenos, habéis hecho cosas horribles en el pasado!
— ¿No acabas de decir que son todo mentiras?—no me resistí a apuntar.
Ella se sonrojó.
— ¡A ver, cada país falsea su propia historia y la de los que le caen mal, pero...!
— Chillar no hará que tengas la razón—pero realmente quería que chillara. Así alguien tarde o temprano la oiría y acudiría en mi auxilio. Estaba arriesgando el cuello, pero si la provocaba un poco más...
— ¡No estoy chillando!—se debió de dar cuenta de que estaba hablando demasiado alto y bajó drásticamente el volumen—. ¿Quieres que te meta una bala entre ceja y ceja? ¿Eso es lo que quieres?
— De acuerdo, cálmate. Yo solo lo decía...
— Bien. Porque sé que estás solo.
Se apartó un momento de mí para mirar por la ventana, un poco como si no estuviera muy segura de lo que decía.
— Y una cosa, no somos una panda de asesinos, ¿vale?
— Me estás apuntando con una pistola.
— Pero si colaboras no la usaré.
— Ya. ¿Y Sealand qué os hizo? ¿No dejó que masacrarais a su gente?
No pudo aguantarme la mirada mucho tiempo.
— Todas las revoluciones tienen sus bajas, ¿de acuerdo? No hay nada que pueda hacerse. Nosotros hemos matado a uno de los vuestros, igual que vosotros estáis matando a los nuestros. Hay...que hacer sacrificios por el bien de la humanidad.
— ¿Qué bien sale de matar a unas personas que vivían en una plataforma en el mar sin hacerle daño a nadie?
— ¡Je! Tiene gracia que me vengas ahora con esas. Tú que en India castigabas a los desertores y a los rebeldes a morir atándolos a un cañón y disparando...Los campos de concentración en que metías a la población boer y a los keniatas en África...Las torturas en Aden, no hace mucho...Las hambrunas en Bengala e Irlanda...
— Yo no tomé todas esas decisiones.
— Pero tampoco hiciste nada por pararlo. Te encantaba, ¿verdad? Hacerle eso a los demás. Ver cómo otros mataban por mantener tu poder. Te haría sentir todo un machote, ¿a que sí?
— La gente de Sealand, el propio Sealand, ni siquiera sabían que existíais...
— Pues...¡quizás fue un error, pero...!
— Ya...
— ...¿Y cómo sé que no lo ordenaste tú? Como el asesinato de Kennedy, de Lady Di, el 11-S y todas esas...
— Espero que no lo digas en serio.
— No podemos estar seguros de lo que nos contáis. Sois todos unos mentirosos.
— Pero te crees todo lo malo que oyes, ¿no, Sarah?
Ella dio un bote, sorprendida de que supiera su nombre. Se fijó en la dirección en la que miraban mis ojos, a su muñeca, y descubrió que ahí estaba su nombre, en una pulsera de cuentas cuadradas adornada con detalles plateados y violetas. Rápidamente se la quitó, la guardó en el bolsillo de su chaqueta de cuero y me siguió apuntando.
— Te lo advierto...
Volvió a mirar por la ventana. Quienes quiera que fueran sus hermanos se retrasaban notablemente.
