Capítulo 15
—¡Corre!
El terror que sintió en la voz de Aelfread sacó a Candy del estado de pánico que la había inmovilizado por un instante. Dejó caer la bolsa, se dio la vuelta y emprendió una carrera frenética.
El camino hacia el bote se le hizo eterno. Cuanto más rápido corría, con mayor profundidad se hundían sus pies en la arena blanda, y más lento resultaba el avance. Candy recitaba una plegaria en la que se mezclaban peticiones de perdón a Dios por haber escapado a esta playa y promesas de no hacerlo jamás. A cada paso que daba esperaba sentir una mano sujetándola desde atrás o ser derribada, pero logró llegar al bote sin problemas. Una vez allí, no lo pensó dos veces y de un empujón sacó la embarcación de la arena y la impulsó hacia el agua, luego la sujetó y se volvió para mirar a Aelfread.
Esta la seguía a unos veinte pasos y, tal como lo temía Candy, su falda no le permitía avanzar mucho. Los hombres la estaban alcanzando. Sus piernas largas parecían recorrer la distancia dos veces más rápido que los pequeños pasos de Aelfread. El hombre que la seguía más de cerca le daría alcance en unos minutos y Candy empezó a buscar frenéticamente algo para lanzarle. Un grito de Aelfread le anunció que era demasiado tarde. Cuando miró atrás, la mujer ya había caído en las garras del primero de sus perseguidores.
Maldijo, cogió uno de los remos y salió corriendo hacia ellos. Levantó el remo por encima de su hombro, preparándose para golpear al asaltante de Aelfread, pero otro hombre se le aproximó. Candy lo golpeó y él cayó como el trigo segado por la hoz, pero un tercero se abalanzó sobre ella antes de que alcanzara a levantar de nuevo el remo para golpear al atacante de Aelfread, quien, embistiendo con la cabeza, golpeó a Candy en el estómago, enviándola hacia atrás y dejándola sin aire.
—¡Candy!
Oyó el grito de Aelfread, pero no tenía aire para responder. Jadeaba tratando de respirar y se arrastró como pudo hacia ella, mientras la mujer apartaba de un empujón a su captor y gateaba por la arena en dirección a Candy. Sus captores permanecieron de pie, observándolas en silencio.
—¿Estás bien? —le preguntó preocupada Aelfread, tomándola por los hombros mientras Candy jadeaba desesperada, en busca de un aire que no parecía encontrar—. Calma —le dijo tranquilizándola y retirando el cabello de su cara—; te has quedado sin aire, pero pronto podrás respirar.
Candy intentó asentir, pero no pudo dejar de jadear. Finalmente, la primera bocanada de aire logró entrar en sus pulmones y se dejó caer aliviada sobre la arena, respirando por segunda vez.
—¡Tranquila! —Aelfread le tomó la cabeza para apoyarla en su regazo mientras se recuperaba. Luego sus ojos se congelaron como la superficie de un lago en medio del invierno y levantó la cabeza para observar a la media docena de hombres que las rodeaban—. Es MacGregor, sin duda —dijo con tono acusatorio.
—Ni más ni menos —respondió con cierta calma el que había atacado a Candy al ver que la mujer no estaba realmente herida—. Han sido muy amables presentándose aquí para que las recogiéramos. Planeábamos esperar hasta el anochecer para remar hasta una playa más accesible y entrar en el torreón hasta encontrarlas. Nos han ahorrado muchos problemas.
Un gemido de dolor hizo que MacGregor mirara al hombre que Candy había derribado. Hizo una mueca de malestar, se dio la vuelta y agregó:
—Aunque podían haber tenido la amabilidad de no golpear a Iam; es uno de mis hombres.
—¿Es usted MacGregor?
Candy sintió la sorpresa en la voz de su amiga. No tenía la apariencia de un hombre cruel o malvado. Tampoco parecía escocés, ni por su aspecto ni por su acento. Su cabello era rubio, su piel clara, su figura estilizada y esbelta. Su ropa estaba impecable a pesar de que había luchado. Parecía un cortesano, pensó Candy, dejándose caer lentamente hasta quedar sentada.
—A su servicio —respondió, haciendo una reverencia burlona. Luego arqueó una ceja—. ¿Salieron solas, señoras mías, o Ardley las está siguiendo?
Ellas se miraron, pero permanecieron en silencio.
—¿Así que no quieren hablar? —concluyó—. Bien, quizá debamos regresar a nuestro pequeño escondite. Traed el bote —ordenó; luego emprendió la marcha nuevamente hacia la playa, dejando a sus hombres a cargo del bote y las mujeres.
—¿Qué quieres decir con que no están por ningún lado? —Albert miró sin entender a Stear y le preguntó, molesto—. ¿Habéis buscado por todas partes?
—Sí, mi señor. Hemos revisado cada rincón de la isla.
Albert estaba contrariado tras la respuesta de su hombre cuando lord Shropshire se acercó de repente; la preocupación era evidente en su rostro.
—¿Debo entender que ha perdido a lady Candy?
—¡No! —respondió Albert bruscamente; luego se calmó un poco y añadió—: Lo más probable es que haya salido a tomar un poco de aire fresco. No le gusta estar mucho tiempo encerrada.
—O tal vez se escapó cuando supo que yo había llegado a la isla—murmuró el inglés, pensativo.
Albert lo miró como si fuera un idiota.
—¿Por qué diablos haría algo así?
—¿Por qué no me lo dice usted? —repuso el hombre con calma.
Albert miró al hombre sin entender.
—¿Qué dice? Está hablando en clave. Ella ni siquiera sabe que usted está aquí. Shropshire levantó las cejas, sorprendido.
—¿Está seguro de que no lo sabe?
—Sí, estoy seguro. Por favor, siéntese y termine su cerveza. Ahora no tengo tiempo para sus juegos.
Albert le hizo un gesto para que se apartara como si fuera un niño fastidioso y se dirigió a Stear.
—¿Habéis buscado en la cabaña de Tom?
—Ordené que buscaran en cada cabaña, mi señor. No están en la isla.
—Habrán ido al continente —sugirió perplejo Jimmy—. Pero ¿por qué?
—Aelfread jamás se iría a ningún sitio sin avisarme —rugió Tom, negando con la cabeza, molesto y frustrado—. ¡Diablos! Ella no iría a ningún lado sin decírmelo.
—Ardley —empezó a decir Shropshire lentamente cuando uno de sus hombres se inclinó para murmurarle algo.
—Ahora no, hombre. Necesito encontrar a mi esposa.
—MacGregor pudo haber... —empezó a decir Archie, pero dejó de hablar cuando Albert se volvió hacia él y le dirigió una mirada reprobatoria. Incómodo, Archie tragó saliva y se encogió de hombros—. Bien, sabíamos que no aceptaría la pérdida, y que intentaría algo. Tal vez la haya raptado.
—¿En mi propia habitación? ¿Bajo nuestras propias narices?—bramó Albert.
Stear negó con la cabeza.
—No. Nadie ha bajado ni subido esas escaleras después de que fui a buscarte para avisarte de la llegada de lord Shropshire, Albert. Lo habríamos visto.
Se hizo un silencio y todos los hombres se miraron incómodos, luego Shropshire abrió la boca de nuevo como para hacer un comentario, pero Paulina lo interrumpió.
—O alguien se las llevó en nuestras propias narices, o ellas salieron por sus propios medios —dijo la hechicera—. Estoy casi segura de que las dos están cansadas de la sobreprotección y se escaparon para una dar un paseo por la playa; Candy tenía la costumbre de dar un paseo largo por el río cuando se sentía triste o sofocada. Pero si no están en la isla... ¿Seguro que han buscado por todas partes?
Stear estaba furioso. No podía soportar que se pusiera en duda su trabajo cuando había dicho mil veces que había buscado por todas partes.
—Por supuesto. Revisamos cada pulgada... Excepto la playa del acantilado — agregó súbitamente. Le dirigió una mirada interrogante a Albert y éste se apresuró a negar con la cabeza.
—No, no le he mostrado esa parte aún —murmuró.
—Alguien pudo hablarle de ella. Por ejemplo, Aelfread —sugirió Archie.
Todos miraron a Tom, quien se había hundido en la mesa y ahora miraba malhumorado a lo lejos, con el corazón y el rostro sumidos en la desdicha. No podía sacarse las palabras de Archie de la cabeza. ¿Y si las dos mujeres habían sido raptadas por MacGregor? Aelfread era una mujer tan diminuta... Y estaba esperando un hijo. Además, era tan sólo la esposa de un miembro del clan. Ya estaba mal lo que pudieran hacerle a Candy, pero Aelfread no tenía ningún título que la protegiera. Podría ser sometida a abusos terribles, tal vez su cuerpo pasaría por todos los hombres del clan MacGregor para...
—¡Tom! —Albert tuvo que gritarle tres veces para llamar su atención. Una vez que su amigo salió del acceso de terror que se había apoderado de él, Albert le preguntó—: ¿Conoce Aelfread la cueva?
El gigante parpadeó y se detuvo a pensar en la pregunta. Entonces, el horror desapareció lentamente de su mente y la ira tomó su lugar, inundándolo hasta los pies.
—¡Maldita sea! —rugió, dirigiéndose a zancadas hacia las escaleras. Todos salieron tras él, incluyendo al emisario—. ¡Mataré a esa jovenzuela traviesa!
—La marea inundará la cueva —señaló Stear mientras subían las escaleras y sus palabras hicieron que Tom y Albert subieran con mayor lentitud.
—Sí, pero creo que aún tenemos tiempo —murmuró Albert pensativo. Titubeó y luego miró a George—. Reúne algunos hombres y diles que saquen los botes de la playa del acantilado. Veremos si están todos en la cueva o si falta alguno; las esperaremos en la playa. —Y un instante después añadió—: Tom y yo tendremos tiempo para calmarnos un poco.
George bajó las escaleras y se dirigió a las puertas del torreón.
Albert salió de inmediato hacia arriba y se detuvo al comprender que Shropshire los estaba siguiendo.
—Tendrá que esperar aquí —anunció. Luego miró a Archie—. Acompáñalo.
Continuó subiendo las escaleras, entró en la habitación y se acercó a la entrada del túnel. Momentos después, Jimmy, Stear y Tom ya estaban contando los botes en la cueva.
—Nueve —murmuró Stear cuando terminó de contar.
—Falta uno —dijo Jimmy, orgulloso al oír esto, y Albert hizo una mueca de disgusto: la afición de sus hombres por celebrar cada pequeña muestra del espíritu rebelde de su esposa se estaba convirtiendo en una molestia.
—Es una pena —bramó Tom, atrayendo la mirada curiosa de los otros hombres.
—¿Por qué? —preguntó Stear.
—Quiero decir que tendré que matar a Aelfread —respondió con indiferencia y explicó—, es el castigo que se merece por esta falta.
Albert le devolvió una sonrisa y le dio una palmadita en el hombro en señal de solidaridad. Sus propios demonios lo habían torturado mientras consideraba la posibilidad de que MacGregor hubiera raptado a su esposa. Ahora que sabía que sólo era una travesura, entendía el extraño comportamiento de su amigo.
Estaba tan aliviado, que pensó que corría el riesgo de decir o hacer algo completamente desatinado; sería mejor que mantuviera la boca cerrada hasta que se tranquilizara, concluyó.
—Bien... —dijo Stear mientras se limitaban a contemplar la cueva vacía—. Supongo que será mejor que bajemos al puerto y esperemos a que George regrese con ellas.
Albert asintió en señal de alivio y se dio vuelta para subir los escalones. Se detuvo cuando vio a Archie entrar en la cueva con el lord inglés.
—¿Qué diablos...?
—Sé que preferías que esperáramos en el salón principal —se apresuró a decir Archie—. Pero creo que querrás oír lo que lord Shropshire tiene que decirte.
Candy se detuvo a la entrada de la cueva y miró con curiosidad a MacGregor. Éste se puso de pie y frunció el ceño al ver los cuatro botes en el reducido espacio. No era realmente una cueva, sólo un hueco de unos dos metros y medio en la roca. Al recordar que Aelfread le había dicho que generalmente dejaban dos botes allí, concluyó que sólo habría un pequeño espacio para que alguien se refugiara durante una tormenta. Ahora había cuatro, lo que dejaba sólo un espacio de unos cuarenta centímetros de ancho y dos metros y medio de profundidad; si alguien se resguardaba allí, debía hacerlo de pie, ni siquiera podría sentarse.
Candy supuso que los dos botes adicionales eran de los MacGregor. Las embarcaciones dejaban muy poco sitio y se preguntó cómo habrían podido esconderse seis hombres en un lugar tan estrecho mientras Aelfread y ella estaban en la playa. Y ahora que lo pensaba, sería imposible ocultar ahí otro bote, además de otras dos personas. No pudo contener una sonrisa burlona cuando notó la frustración de MacGregor. Parecía que las cosas no estaban saliendo como él quería.
—Vosotros dos, esconded el bote.
Su gesto se tornó molesto cuando sus hombres lo miraron inexpresivos.
—Llevadlo de nuevo al agua y hundidlo, o cavad un hoyo y enterradlo —ordenó tajante—. Aquí no hay espacio para ocultarlo.
Los dos hombres asintieron y salieron por donde habían entrado.
—Apresuraos —les gritó. Luego se dirigió al hombre que sostenía a Iam, que estaba inconsciente—. Déjalo y ven aquí, Willie —dijo impaciente.
Se volvió para examinar la cueva de nuevo y miró el techo mientras el hombre cumplía sus órdenes.
—Tendremos que acomodar estos botes arriba —anunció cuando el hombre se acercó—. Así quedará más espacio.
Observó al hombre que vigilaba a Candy y a Aelfread.
—Roy, ayúdale. Me encargaré de las mujeres.
El hombre que las había escoltado desde la playa las soltó y cruzó la cueva mientras MacGregor salía. El jefe del clan se ubicó entre las mujeres y vio que sus hombres acomodaban los botes contra la pared, con las proas hacia arriba. Eso les permitía alinear dos botes en cada pared, dejando un pequeño espacio libre en el centro de la cueva; estaría muy atiborrada, pero mucho menos que antes.
—Ahora entrad vosotras.
Candy y Aelfread se miraron, luego se dirigieron resignadas a la zona recién despejada, y los hombres se hicieron a un lado para abrirles espacio. MacGregor las siguió; sus hombres arrastraron a Iam y lo dejaron en un rincón de la cueva.
—Bien, ahora llamad a los otros dos antes de que los vean. Y traed también el vestido de lady Candy —añadió mientras los hombres salían.
Candy advirtió entonces que sólo llevaba su camisola mojada; lo había olvidado por completo. Se sintió muy incómoda por la manera en que la delgada tela se adhería a su piel húmeda.
Percibió en Aelfread una mirada solidaria y forzó una sonrisa. Luego se volvió a MacGregor, quien las miraba atentamente. Levantó orgullosa la barbilla al ver que los ojos del hombre la recorrían lentamente de arriba abajo.
Intimidado por la expresión desafiante de la mujer, MacGregor concentró la mirada en sus pies.
—¿Desean sentarse, señoras? —sugirió con fingida galantería—. Ojalá pudiera ofrecerles un asiento, pero me temo que tendrán que conformarse con la arena.
Candy vaciló y se acomodó en el suelo arenoso de la cueva, cerciorándose de que su camisola no se levantara al hacerlo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Aelfread cuando se sentaron en la arena.
—Esperaremos —respondió sereno MacGregor y se recostó sobre el bote que había detrás—. Debo admitir que si bien aprecio que nos facilitaran las cosas viniendo hasta aquí, realmente habría sido más conveniente que hubieran llegado más tarde. Me temo que no podremos salir hasta que caiga la noche, y no recibiría con agrado la llegada de quienes vinieran a buscarlas.
—Mis disculpas —dijo Candy con desgana y mordacidad. Luego preguntó con dulzura—. ¿Por qué no nos deja ir? Le prometo que regresaremos más tarde.
Una pequeña sonrisa arqueó los labios del hombre.
—Y traerán a Ardley con ustedes, sin duda.
MacGregor sonrió ampliamente cuando Candy se limitó a encogerse de hombros.
—Bien, tengo que aceptar que, aunque sorprendido por su aparición, estoy complacido.
Candy lo miró con desdén y el hombre añadió:
—Confieso que me habían dicho que eras una pequeña troglodita repulsiva. Y aquí estás, completamente excitante y atractiva. No hermosa a la manera tradicional, pero muy atractiva.
Candy sintió que Aelfread la miraba preocupada y recordó lo que le había dicho: si MacGregor la atrapaba, deshonrarla sería su venganza. Candy apartó ese pensamiento de su mente, temiendo que el miedo no la dejara pensar. Carraspeó y refunfuñó:
—Si le habían dicho que era tan poco atractiva, ¿por qué se molestó en venir a buscarme?
—Ah, bueno, los matrimonios rara vez se basan en el atractivo de la novia, ¿no le parece? —se apresuró a responder—. Y nosotros nos casaremos. Aunque debo advertirle, yo no soy tan estúpido como su actual esposo.
Candy estaba estupefacta, pero se encogió de hombros, indignada.
—Un hombre tiene que ser muy estúpido para no saber dónde está su esposa, y dudo mucho que Ardley le diera permiso para holgazanear en un bote con su criada como única compañía.—Miró a Aelfread y sonrió—-. Le agradezco que pronunciara el nombre de su señora. Confieso que no estaba seguro de lo que tenía en mis manos cuando vimos el bote navegar por los acantilados. Estaba un poco preocupado cuando llegaron a la orilla, pero al oír que usted la llamaba por su nombre, supe que los dioses me habían favorecido hoy. —Luego miró a Candy y le confesó—: Temo que sin esa ayuda no habría sabido quién era usted.
Casi pudo oír a Aelfread maldiciéndose en silencio. Candy se disponía a tranquilizar a su amiga, pero las palabras de MacGregor la interrumpieron.
—Usted sabrá por qué estoy tan agradecido cuando entienda que podría haberlas asesinado para no correr el riesgo de que se llevaran la bolsa que las vi recoger. Por supuesto, cuando supe quiénes eran abandoné la idea de matarlas.
—¡Qué suerte hemos tenido! —musitó Candy y luego intentó parecer razonable—. Aunque sé que inicialmente usted iba a ser mi esposo, mi señor, me temo que eso es sencillamente imposible en este momento. Albert y yo estamos casados legalmente. Somos marido y mujer.
—Se anulará —anunció haciendo un gesto con la mano, como queriendo decir que el matrimonio no tenía ninguna relevancia.
Candy tardó un momento en controlar su irritación ante semejante atrevimiento, y luego le aseguró:
—No se puede anular, mi señor. Ya ha sido consumado de manera completa y satisfactoria.
El hombre se encogió de hombros.
—Aún así será anulado.
—¿No me está oyendo? Le estoy diciendo que... —y se detuvo para intentar una táctica diferente—. Mi señor, sé que mi cuñada firmó algunos contratos y acuerdos con usted, pero ella no tenía ningún derecho, pues no era mi tutora. Mi hermano es mi tutor —afirmó, anhelando que eso fuera cierto y que Anthony estuviera aún con vida—, y como tal es el único que tiene el derecho legal de acordar mi matrimonio y de firmar contratos para tal efecto. El contrato que firmaron usted y mi cuñada no era legal. Usted no tiene derecho a casarse conmigo.
—Tampoco lo tenía Ardley y aún así lo hizo.
—Sí, pero... —Candy se detuvo frustrada, y luego confesó—. Mi señor, seré franca con usted. Soy muy feliz en mi matrimonio. No deseo cambiarlo.
—Es una pena. Nos casaremos a pesar de sus deseos.
—Es como hablar con una roca —le dijo bruscamente.
—Sí, me han dicho que puedo llegar a ser terco —afirmó con una mueca comprensiva y luego se encogió de hombros—. Ya que va a ser mi esposa, tendrá que aprender a aceptarlo.
MacGregor soltó una carcajada al notar el rencor de Candy, quien apretó los dientes. Luego se incorporó y tuvo la temeridad de acariciarle la cabeza como a un perro.
—Tranquilícese. La ira la agotará, y más tarde va a necesitar toda su energía —le dijo y salió de la cueva.
—Lo siento.
Candy se volvió irritada hacia su amiga.
—No digas eso. No fue culpa tuya. Por si no lo recuerdas, me pediste que regresáramos.
—Sí, pero...
—¡No me vengas con peros! —repuso Candy malhumorada—. Descansa —le dijo mirando al hombre que habían apoyado en el rincón. Aunque todavía parecía inconsciente, Candy bajó la voz y susurró—: Faltan horas para que caiga la noche y necesitaremos todas nuestras fuerzas.
Aelfread vaciló y luego exclamó:
—¡La cueva!
—Sí
Aelfread asintió.
—¿Cuándo?
—Cuando nos lleven a los botes.
Permanecieron un instante en silencio y Aelfread le preguntó:
—¿Nadas bien?
—Me defiendo —dijo Candy con tono grave—. ¿Puedes encontrar la entrada en la oscuridad?
Su silencio hizo que Candy la mirara y viera la duda en su rostro.
—¡Ay, Dios! —exclamó desalentada.
—Quizá pueda encontrarla —se apresuró a decir Aelfread. Candy suspiró resignada.
—Tendremos que intentarlo durante el día.
—¿Correr hasta allí? No es nada fácil.
—No digo que sea fácil —respondió Candy irritada—. Sólo digo que debemos hacerlo.
—¿Cómo?
—No lo sé. Tendré que pensar en ello.
Aelfread iba a comentar algo, pero lo pensó dos veces y se acomodó en su sitio, mientras Candy rumiaba sus pensamientos.
Sólo pudo hacerlo por unos instantes, pues MacGregor regresó a la cueva en compañía de sus hombres. Llevaba su vestido en una mano, pero la cuerda que sostenía en la otra le produjo a Candy una sensación de vacío en la boca del estómago. Se detuvo frente a ellas, las observó un momento en silencio y se echó el vestido al hombro. Sacó un cuchillo del cinturón, cortó la cuerda en cuatro pedazos, y les pasó un par a dos de sus hombres. Candy comprendió que estaban perdidas cuando ordenó que las ataran.
—Mis disculpas —murmuró MacGregor, inclinándose frente a ellas, mientras los hombres seguían sus instrucciones.
—Será incómodo, lo sé, pero aún faltan varias horas para que anochezca. Hemos viajado toda la noche y nos vendría muy bien un descanso. Dormiré mejor sabiendo que no escaparán. Y no es que piense que serían ustedes capaces de intentarlo — añadió con una sonrisa de oreja a oreja—. Estoy seguro de que no son tan tontas, porque saben que, aunque escaparan no tendrían adónde ir. Aun así, dormiré mejor sabiendo que no pueden intentarlo.
Candy no dijo nada, y se limitó a mirarlo con impotencia.
MacGregor la observó con una sonrisa, y le rasgó el vestido con su cuchillo mientras las dos mujeres permanecían atadas de pies y manos.
—Una vez más, le presento mis disculpas —murmuró rasgando una tira larga de su túnica—. Es un hermoso traje, pero creo que sería mejor si... —Hizo una pausa para entregarle la tira al hombre que la había atado— ... las dos estuvieran amordazadas—terminó de decir, mientras el hombre le metía la tela en la boca—. Si alguien decide inspeccionar la cueva, es mejor que no se sientan tentadas a informarles de nuestra presencia.
Candy se limitó a mirarlo con furia pues no podía responderle, mientras el otro sujeto desgarraba otra tira de su vestido para amordazar a Aelfread.
MacGregor se cercioró de que las dos mujeres fueran atadas a su satisfacción, y luego se dirigió a sus hombres.
—Nos turnaremos para vigilar la playa. Uno de nosotros permanecerá despierto mientras los demás descansamos. Willie, serás el primero en hacer guardia. Si ves algún bote nos despiertas. Emprenderemos nuestro viaje de regreso cuando caiga la noche.
Albert sintió un escalofrío en la espalda al escuchar a Archie. Se tragó el miedo que le invadió, y se dirigió a Shropshire:
—Dígame.
—Tal vez no sea nada —advirtió el inglés—; incluso es posible que lo que tengo que decirles no esté relacionado con la desaparición de lady White...
—Ardley —lo corrigió Albert con brusquedad—. Ahora es lady Ardley. ¿Y qué es eso tan importante, que quizá tenga relación con su desaparición?
—Lady Ardley. —rectificó el hombre y luego prosiguió—: Vimos una cabaña cuando llegamos a la playa del continente. Había un viejo con una barba que le llegaba hasta aquí —dijo señalando su cintura.
—Debía de ser Scatchy —murmuró Stear.
—Estaba muerto —anunció Shropshire casi disculpándose—. Tenía una incisión en la garganta.
—¡MacGregor! —exclamó Jimmy.
Albert se apartó, estaba pálido. Miró sin entender el agua oscura que cubría la caverna.
Stear observó con preocupación la palidez de Albert y procuró tranquilizarlo.
—Es probable que no haya sido MacGregor.
—Stear tiene razón —se apresuró a decir Jimmy, acercándose—. ¿Qué habría sacado con asesinar a Scatchy?
Albert permaneció un momento en silencio y se dirigió lord Shropshire.
—¿Vio algún bote en la cabaña?
El hombre negó con la cabeza.
—Scatchy tenía dos botes —señaló Tom con preocupación.
—También había varios caballos atados —dijo el hombre.
—¿Cuántos? —preguntó Albert con tono grave—. Scatchy no tenía caballos; era un pobre pescador.
—Unos seis o siete.
Todos permanecieron en silencio mientras pensaban en las implicaciones de aquellas noticias. Stear frunció el ceño y le lanzó una mirada inquisitiva a Albert.
—¿Acaso estás pensando que MacGregor conocía la existencia de la cueva, mató a Scatchy, robó el bote, vino hasta aquí y luego se escabulló por las escaleras para raptar a lady Candy?
Albert hizo un gesto negativo.
—No. Eso no explicaría la ausencia de Aelfread ni el bote que falta.
—Sí —exclamó Tom aliviado—, las mujeres debieron de escapar por sus propios medios.
—Sí —coincidió Albert, aunque no parecía tranquilo.
—Bueno, entonces todo está bien, ¿no es así? —sugirió Archie con incertidumbre —. Quiero decir que aunque MacGregor asesinara a Scatchy y se llevara sus botes, es imposible que llegara a la isla.
Los hombres que estaban de guardia lo habrían visto. Seguramente está escondido, esperando a que caiga la noche para entrar en acción. Todo saldrá bien, siempre y cuando las encontremos antes del anochecer; especialmente ahora que ya conocemos los planes de MacGregor.
Albert se dirigió de nuevo a Shropshire.
—¿Hacía poco que había muerto ?
Shropshire comprendió preocupado y respondió mientras negaba con la cabeza.
—No, yo diría que lo mataron por la mañana; creo que estaba desayunando.
—¡Eso es! —exclamó Archie aliviado—. ¿Lo veis? Lo más seguro es que esté escondido en el continente, esperando a que anochezca para ejecutar su plan.
—Esta mañana había una niebla muy espesa y seguramente la aprovecharon para ocultarse —señaló Albert, desconsolado.
—Sí —coincidió Stear—. Es probable que no los hayamos visto por la bruma, pero no era tan densa como para que nuestros hombres no hubieran podido ver un bote acercarse a la costa. El guardia los habría visto si hubieran intentado desembarcar.
—No si desembarcaron en la playa del acantilado —señaló Albert afligido—. Nunca asignamos guardias allí.
—Sí, pero es imposible llegar hasta aquí desde la isla —se apresuró a agregar Stear—; desde allí, sólo podrían llegar hasta el castillo por el acantilado. MacGregor sería un tonto si intentara escalar el acantilado.
—Su plan podría ser desembarcar en la isla, que no está vigilada y esperar allí hasta que anocheciera para luego dirigirse hacia aquí por mar, a la otra playa, no a la del acantilado. Por la noche nadie le vería.
—Sí —dijo Stesr con tono grave—. Eso sería lo más inteligente.
—Pero si lo hizo —empezó a decir Albert, consternado—... significa entonces que Aelfread y lady Candy han...
—... caído precisamente en sus manos —concluyó Tom.
CONTINUARA
