Sasuke esperó, con sus ardientes ojos oscuros, a que ella le explicara los misterios del mundo.
—Es lo más divino que puedas imaginar —tanteó ella.
—No quiero escucharte hablar de divinidades. Lo que quiero es saber qué se siente. ¿El amor es como el deseo?
—Hay personas que lo piensan.
—Pero tú no.
Una gota de sudor se deslizó por la espalda de Sakura a pesar de que las nubes ocultaban el calor del sol.
El problema de las preguntas de Sasuke Uchiha era que tenían respuestas imposibles.
Y que ella debía contestarlas.
Que todos debían… Pero
no era posible, porque todo el mundo, sencillamente, lo sabía.
Todos excepto Sasuke.
—El deseo forma parte de ello —explicó lentamente—, anhelas el cuerpo de tu amado. Pero también necesitas su corazón y su mente, y te gustan todas las bobadas que haga, sin importar lo absurdas que sean. Te pones de buen humor cuando entra en la misma habitación que tú y te entristeces cuando se aleja. Quieres estar con él, verle, tocarle y escuchar su voz, pero también quieres que sea feliz. Eres egoísta y al mismo tiempo no lo eres.
—Yo puedo desear y echar de menos. Te encuentro hermosa y quiero tenerte.
Ella notó que se excitaba.
—Debo decirte que eres buenísimo para mi ego. Pero cuando no deseas a una mujer, ¿no sientes nada por ella?
—Absolutamente nada.
Sakura suspiró.
—Es por eso, Sasuke Uchiha, por lo que te digo que me romperás el corazón.
Sasuke volvió la vista hacia la ventana y observó París cubierto por las nubes.
—¿Desearte no es suficiente? ¿Un deseo tan intenso que haría cualquier cosa por satisfacerlo?
—Es precioso en el momento, pero creo que no llena a la larga.
—En el sanatorio aprendí que sólo importa el presente.
Sakura se imaginó a Sasuke, un joven larguirucho que todavía no había alcanzado la madurez física, perdido y solo.
Un chico confuso que le recordaba mucho a aquella muchacha que se vio abandonada a los quince años, vagando entre depredadores que esperaban convertirla en su víctima.
Incluso ahora, que poseía un nombre respetable y una fortuna, no lograba sentirse a salvo.
—Admito que yo también he aprendido a vivir el presente —dijo ella.
—También sientes deseo. —Sasuke le tomó los dedos con los suyos y se los apretó.
—Lo tuviste que notar en casa de la duquesa. —Sakura se ruborizó—. Por supuesto que siento deseo. Me hiciste alcanzar el éxtasis allí mismo, con las faldas por las orejas. ¿Cómo podría no sentirlo?
—¿Quieres volver a sentirlo?
La excitación la atravesó como un susurro.
—Si realmente fuera una dama, protestaría; diría que, por supuesto, no quiero volver a sentir tal cosa. Pero no sería cierto. Quiero volver a alcanzar ese éxtasis con todas mis fuerzas.
—Bien, porque yo quiero ver tu cuerpo.
Sakura tragó saliva.
—Ya has visto una buena porción.
Él le dirigió una sonrisa lasciva.
—Y me gustó. Pero quiero ver el resto.
Ahora mismo.
Sakura lanzó una mirada a la puerta.
—Sai podría regresar de un momento a otro.
—No se acercará por aquí hasta que salgamos.
—¿Cómo lo sabes?
—Conozco a Sai.
—¿Y la ventana?
—El estudio está demasiado alto para que nos vean desde la calle.
Sakura tuvo que admitir que él había desechado las objeciones primordiales.
Sabía que debía protestar más, pero en ese momento no lograba recordar por qué.
—¿Y si prefiero esperar?
—Entonces, esperaremos.
Sakura vaciló, sentía las piernas flojas, pero al mismo tiempo sabía que no había nada que la impulsara a abandonar aquella estancia, salvo un incendio.
Un incendio muy grande.
—Necesitaré que me ayudes con los botones —dijo.
La ropa de Sakura cayó capa por capa; fue como si se desprendiera de una
complicada envoltura hasta revelar su belleza natural.
Una a una, las prendas que vestía cayeron sobre el sofá del estudio en un revoltijo multicolor: el corpiño y la sobrefalda azul brillante, la enagua ligera de un azul más apagado, las dos enaguas de seda blanca, el cubrecorsé… hasta que, por fin, él mismo desató el propio corsé de lino.
Su erección comenzó a latir y supo que no quedaría satisfecho hasta verla totalmente desnuda.
Le desató la camisola y el lazo de los calzones.
Las livianas prendas de seda flotaron graciosamente hasta el suelo y Sakura dio un paso adelante, desnuda.
Trató de abrazarle pero él se apartó, obligándola a detenerse, confundida.
Al desnudarse, Sakura se había despeinado y los bucles caían ahora desordenados sobre sus hombros.
Tenía los brazos y los muslos suaves y redondos y la cintura muy estrecha tras años utilizando corsé.
Las caderas eran rotundas y
marcadas, igual que las nalgas.
Sasuke ya había visto antes el oscuro vello púbico, cuando le subió las faldas en la salita de la duquesa,
pero ahora, bajo la luz del día, era todavía más hermoso.
Ante aquel profundo escrutinio, Sakura se sonrojó y cruzó los brazos cubriéndose los pechos.
Sasuke se apoyó en el respaldo de la silla y se deleitó en su belleza.
—No quiero que te escondas de mí.
Sakura vaciló, luego comenzó a girar y dio vueltas y vueltas con los brazos estirados.
Era tan hermosa con los rizos desordenados, con la boca curvada por la risa, con los ojos verdes brillantes bajo la luz del atardecer.
Las nubes se agolparon y comenzó a llover, pero eso no apagó el resplandor en la estancia.
Sakura se rio de nuevo.
—¿No crees que la vida es muy extraña? —preguntó ella—. En un momento eres una acompañante sin un chelín en el bolsillo y al siguiente eres una rica bohemia en París. De ser casi una esclava, he pasado a comprar regalos para mi amante.
Sus palabras fluyeron sobre él como el agua en el cristal.
Más tarde recordaría cada una de ellas en el preciso orden en que las había dicho, pero jamás las
comprendería mejor que en ese instante.
La vio recoger la tela que Cybele había dejado caer y envolverse en ella.
Los diáfanos pliegues capturaron sus caderas y sus pechos, pero no los ocultaron a sus ojos.
Ella siguió girando a su alrededor sin dejar de reírse.
Sasuke asió la tela cuando pasó junto a él y la utilizó para acercarla.
De pronto, Sakura cayó entre sus brazos todavía riéndose.
El primer beso sobre sus labios entreabiertos interrumpió la risa y notó que se derretía contra él.
Sakura le había visto perder el control, en su peor momento, y aún así había acudido allí, con una disculpa y un regalo.
Sasuke vislumbró el destello dorado del alfiler en su pecho y el corazón le latió debajo con más intensidad.
Otras partes de su cuerpo también palpitaban con fuerza.
La alzó contra su cuerpo.
Le gustaba tenerla, flexible y desnuda, entre sus brazos.
Si Sakura hubiera sido una cortesana, la habría inclinado sobre la silla y la habría tomado sin demora.
Pero aunque su marido le hubiera enseñado los placeres de la cama, ella no conocía nada de los crudos coitos de las prostitutas.
Le sonreía con confianza absoluta, como un capullo floreciendo.
La frágil confianza de Sakura estaba en sus manos.
Le había gruñido que no le
protegiera, pero su instinto le impulsaba a protegerla a ella.
Estaba sola en el mundo, era muy vulnerable y ni siquiera se daba cuenta.
Sasuke deslizó las manos por su cuerpo, deseándola con todas sus fuerzas pero conteniéndose.
Pensar que podía ocurrirle algo, que otros hombres podía exigirle
determinadas cosas, hizo que sus pensamientos se enredaran en un frenesí.
—Bésame —le pidió.
Sakura sonrió sobre sus labios.
Le rodeó el cuello con los brazos y ambos quedaron envueltos en la diáfana tela.
Sabía a miel caliente e increíblemente dulce.
Algo respondió a ella en su interior. Reconoció el deseo, pero había algo más.
Deslizó las rodillas entre las de ella mientras la besaba.
Le puso las manos en las nalgas y la alzó más arriba de los muslos.
Luego la dejó caer suavemente, poco a poco, contra su pierna, dura como una piedra.
Sakura pareció sorprendida y emitió un suave gemido.
Sasuke le sostuvo las caderas con facilidad para comenzar a mecerla contra sus músculos, enseñándole cómo darse placer a sí misma.
Su perfume, dulce y excitante,
le envolvió.
La besó y permitió que disfrutara a solas de la extraña sensación de la
tela contra su sexo.
Ella siguió moviéndose, jadeando, con las mejillas encendidas y sudorosas.
Sasuke se dio cuenta de que Sakura jamás había buscado el placer a solas.
Aquello era nuevo para ella y le provocaba un encantador asombro.
La observó dejar caer la cabeza
hacia atrás y cerrar los ojos.
Los rizos cayeron sobre su espalda al tiempo que separaba los labios, transida por el deseo.
—Sasuke —susurró—. ¿Cómo es posible que intuyas tan bien… lo que deseo?
Él lo sabía porque su cuerpo se lo decía.
A él le gustaba excitar a las mujeres con sus caricias, igual que ahora a Sakura; le gustaba ver cómo sus ojos se nublaban de placer.
Las mujeres se mostraban más hermosas que nunca cuando se dejaban llevar por el éxtasis.
Y a él le gustaba su olor, su sabor, el sonido de sus suspiros, el calor de
sus cuerpos bajo las manos.
Eso significaba que Sasuke podía estar en el estudio de Sai, totalmente vestido, y conseguir que Beth se volviera loca de placer.
A él le gustaba poder hacerlo,
conseguir que ella abriera los ojos y dejarla sin aliento antes de que gritara alocadamente llevada por el deleite.
Apartó un rizo de su frente con los labios.
La deseaba de todas las maneras
posibles, pero disfrutaba del lento proceso de la seducción, quería mostrarle uno a uno los goces que le esperaban, y ser testigo de cómo aprendía a anhelarle.
Una noche la poseería.
Entonces, Sakura le desearía tanto que él conseguiría que fuera suya para siempre.
Sasuke no comprendía el amor, pero sabía que tener a Sakura en su vida merecía cualquier tipo de esfuerzo.
Ella le había dicho que no la primera vez que le pidió que se casara con él; le había explicado cortésmente que ella no sentía inclinación por casarse, pero Sasuke la haría cambiar de idea.
Sasuke Uchiha había aprendido cómo obtener lo que realmente quería.
Los gritos de Sakura resonaron contra el alto techo del estudio.
Ella le cogió la cara entre las manos y le besó con firmeza.
—Gracias, Sasuke —susurró.
Él le clavó los dedos en el trasero y le devolvió el beso, saboreando en sus labios el orgasmo que comenzaba a desvanecerse.
Sakura también le había dado las gracias en la salita de la duquesa, pero era ella quien había aquietado a la bestia que tenía en su interior.
Era él quien debía agradecer la paz que le proporcionaba, aunque sólo fuera por unos preciosos
instantes.
/
Me he convertido en una mujer realmente decadente —escribió Sakura en su diario unos días después—. Me paso los días esperando a ver qué travesura podemos realizar juntos Sasuke y yo.
Ayer nos escoltó a Ino y a mí a Drouant, ese nuevo restaurante de moda alque acuden todos los que quieren ser vistos.
Sasuke no habla mucho cuando estamos acompañados y jamás dice nada mientras Ino y yo parloteamos como cotorras…
mejor dicho, mientras Ino me cuenta todo lo que se le ocurre sobre la gente que ve, y yo la escucho con deleite.
Sasuke me apretó la mano por debajo de la mesa durante toda la comida. Ino lo sabía…, por supuesto que lo sabía. Parece encantada por las atenciones que Sasuke tiene hacia mí.
Pero si supiera de qué manera me sostuvo la mano, podría no sentirse tan satisfecha.
Sasuke no puede limitarse a hacer algo tan simple como agarrarme la mano. Desliza el pulgar sobre mi muñeca, dentro del guante, buscando ese punto en concreto que, cuando lo toca, me hace estremecer de pies a cabeza. Acaricia mi palma con dedos suaves que luego entrelaza con los míos para apretarlos con firmeza.
Como si quisiera mostrarme que el sitio de mi mano está en la suya.
Come con serenidad su lenguado meuniére, o cualquier otro manjar que Ino nos haya recomendado, sin decir una palabra.
Sasuke y yo somos amantes… ¡Qué extraño me resulta escribirlo! Y, aún así, no hemos consumado nuestra relación.
No como se entiende que debe ser consumada una
relación sexual.
En el estudio de Sai pensé que se quitaría la ropa y me tomaría en el
sofá, pero no lo hizo.
No se quitó la chaqueta, ni siquiera se aflojó la corbata, fui yo la que se recostó sobre él completamente desnuda.
Muy decepcionante. Sin embargo, sentir la fricción de la tela de su pantalón contra mi sexo fue una sensación extraña pero agradable.
Jamás me había imaginado nada tan decadente; me sentí salvaje y caprichosa.
Habría hecho cualquier cosa en esa estancia, todo lo que él me pidiera, pero se limitó a sugerirme que me vistiera y que me fuera a casa antes de que Ino imaginara dónde estaba.
Lo hice, pero la manera en que me besó al despedirnos prometía más aventuras en un futuro cercano. Y, Santo Dios, así fue. Hoy mismo he
tenido una cita con él…
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
Gracias por leer y comentar
Dark-nesey
Guets
No hago esto por seguidores, pero gracias por comentar, sólo espero que disfruten la adaptación.
