Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«12»


El viento aullaba a través de las ruinas del castillo. Las ráfagas eran tan violentas que de vez en cuando dejaban ver la luna, pero la lluvia aún era tan intensa que, iluminado por la luz fantasmagórica, Hinata apenas logró distinguir el solitario árbol inclinado por el viento. Los relámpagos caían a cierta distancia, pero los truenos eran tan sonoros que parecían más próximos.

Si no tuviese tanto frío y hambre y no se sintiera tan incómoda, envuelta en sus ropas empapadas y acurrucada en un armario, rodeada por las tres paredes de piedra que quedaban en pie, Hinata tal vez habría considerado que todo era una suerte de aventura. «¿Es que hay armarios en los castillos?», se preguntó.

Fuera cual fuese el uso que le habían dado al espacio hacía siglos, medía alrededor de un metro de ancho y un metro y medio de largo; pero al menos el cielorraso era de piedra, todavía no se había derrumbado y el suelo, también de piedra, estaba seco.

Puede que antaño poseyera una puerta, pero esta se había podrido hacía tiempo. Había estado sentada allí durante lo que le parecieron horas, y el tiempo pasaba con lentitud exasperante. Nunca lograría encontrar el camino de regreso a Konoha Park en medio de la oscuridad y la lluvia; tendría que esperar en ese lugar hasta que amaneciera, a menos que alguien la rescatara, pero ¿cuán probable era eso? Kurenai se

inquietaría; quizá Narutoc no sabría ni le importaría que ella hubiera estado ausente tanto tiempo.

Antes, mientras observaba cómo una gruesa cortina de lluvia se abatía sobre ella, se había sentido intimidada pero también excitada. Nunca había visto algo así; intentó escapar de la tormenta pero no lo logró.

Se detuvo cuando la lluvia caía sobre ella, y Rebel no supo qué hacer al descubrir que apenas veía unos pasos más allá en cualquier dirección. Hinata se había preguntado si la yegua sería capaz de encontrar el camino a casa si le daba rienda suelta, o si se perdería irremediablemente. Entonces oyó el aullido del perro... o al menos confió en que fuera el perro y no otra cosa.

Se debía a esos malditos rumores sobre Naruto y su mascota, que era lo bastante grande como para ser medio zorro. El perro con el que se había topado ese día era todavía más grande, pero no la había amenazado. Ambos perros debían de ser una raza típica de esa zona, una que nunca había visto en Leicestershire. Pero era evidente que alguien los estaba criando así de grandes allí en el norte y Naruto podría haberlo mencionado en vez de dejar que ella pensara que algunos lobos o zorros andaban por ahí.

Hizo girar la yegua y regresó en busca del perro; durante un momento se le ocurrió una idea extravagante: que el perro la estaba llamando. Tal vez intentaba conducirla hasta su hogar, donde habría personas y un fuego para entrar en calor. Se conformaría con lo que fuera para escapar de la lluvia, pero no había contado con refugiarse en la guarida de un animal. El gran montículo junto al que el perro había estado sentado presentaba un agujero al otro lado y, cuando lo alcanzó, Hinata vio que el animal desaparecía en el interior.

Desmontó y trató de atisbar dentro del agujero, pero el interior era demasiado oscuro para ver algo. No tenía la menor intención de meterse en la guarida, incluso si allí estaba seco. En vez de eso dirigió la mirada al norte, donde había visto las ruinas del castillo: quizás allí podría hallar refugio. Debido a la lluvia torrencial y las nubes bajas no lograba ver el castillo, pero si cabalgaba hacia el norte quizá lo encontraría. O el perro la conduciría hasta allí si le explicaba...

Era una idea absurda, pero aun así, dirigió la voz al interior de la guarida.

—No gracias, amigo, prefiero refugiarme en las ruinas. ¿Te gustaría acompañarme?. Volvió a montar, el perro asomó la cabeza por el agujero y observó cómo se alejaba.

Ella miró hacia atrás para ver si la seguía, pero ya casi no lograba ver nada a sus espaldas.

Cuando alcanzó las ruinas se llevó una decepción. Solo quedaban algunos muros en pie, y la zona estaba sembrada de bloques de piedra rotos caídos de los muros. Un árbol bastante grande se elevaba en lo que antaño fue el patio o quizá una gran sala.

Maneó a Rebel debajo del árbol, donde la yegua hallaría un poco de protección de la lluvia, y empezó a abrirse paso cuidadosamente a través de las piedras resbaladizas y cubiertas de musgo, en busca de refugio.

Los restos de una escalera debían de conducir a una planta más alta, pero allí arriba ya no había nada excepto viento y lluvia. Confió en encontrar una escalera que condujera a una bodega, pero la lluvia aún caía de manera torrencial y limitaba la visibilidad. Sin embargo, distinguió una mancha cuando de repente el perro pasó corriendo a su lado. Se apresuró a seguirlo un poco más allá de la ruinosa escalera, donde el perro se sentó y la esperó. Fue entonces que descubrió su escondrijo a un lado de la escalera.

Entró en el pequeño recinto e invitó al perro a imitarla, pero este ya había escapado.

¿La había conducido hasta esa habitación adrede o solo se había sentado para ver qué haría? De todos modos, ella gritó: «¡Gracias!», y luego retrocedió cuanto pudo hacia el fondo del estrecho habitáculo. Aunque estaba lleno de musgo, se apoyó contra la pared y cerró los ojos, agradecida por encontrarse en un lugar seco y no montada en su yegua.

Oyó el sonido de un caballo que se acercaba antes de ver la tenue luz. La lluvia aún era torrencial. Se apresuró a ponerse de pie, se acercó al umbral de su escondrijo y vio una inmensa figura encapuchada que sostenía un farol y conducía su caballo hasta el árbol donde la pobre Rebel estaba atada. ¡Salvada! Experimentó un gran alivio, aunque podía tratarse de alguien que solo estaba buscando a su perro.

—¡Hola! —gritó.

—Tuve la sensación...

Naruto. Reconocería su voz en cualquier parte, la de la única persona que no quería que la rescatase. Y ¿qué diablos estaba haciendo allí, en vez de estar en la cama?

La idea de volver a empaparse la horrorizaba, pero supuso que Naruto no tendría ganas de permanecer allí más tiempo del necesario, así que dijo:

—Saldré si me aseguras que puedes encontrar el camino de regreso a Konoha Park en la oscuridad.

Él no contestó, y Hinata se prometió no ponerle más condiciones. No tenía ganas de volver a quedarse bajo aquella lluvia torrencial si no era imprescindible, pero cuando él se acercó y le tendió el farol antes de regresar junto a los caballos comprendió que a lo mejor no regresarían a la casa señorial de inmediato y depositó el farol en el rincón trasero del escondrijo, donde no fuera un estorbo.

Regresó al umbral, pero fuera estaba tan oscuro que no vio a Naruto ni a los caballos. ¿Estaba buscando una habitación intacta aún más grande? No, para eso necesitaba el farol. Supuso que estaría desensillando los caballos, pero primero debería haber examinado la habitación, porque no era lo bastante amplia como para albergarlos a ambos.

Cuando volvió a aparecer en el umbral, Hinata retrocedió para dejarlo pasar. Naruto tuvo que agacharse para entrar en el escondrijo; la cabeza de ella casi rozaba el cielorraso, así que allí dentro él no podría enderezarse. Le arrojó dos sacos de cuero, depositó un segundo farol apagado junto a la entrada y se despojó de su abrigo, que dejó fuera porque estaba empapado. Ella notó que el abrigo había impedido que la

lluvia mojara sus ropas y sus cabellos.

—¿No nos conducirás a casa esta noche? Conoces el camino, ¿no?

—Sí, pero es peligroso. El terreno está embarrado, el río se ha desbordado y allí fuera hay profundos charcos de agua. No estoy dispuesto a correr ese riesgo.

Hinata recordó lo que Chõbee Akimichi le había contado acerca de uno de los antepasados de Naruto, que había muerto en un accidente durante una tormenta como esa; que él se preocupara tanto por su seguridad como para esperar hasta el amanecer antes de conducirla a casa la conmovió.

Pero entonces él añadió:

—No estoy dispuesto a poner en peligro a Royal; podría resbalar y romperse una pata. Tengo suerte de que hayamos llegado hasta aquí sin que eso ocurra.

¡Por supuesto, no estaba pensando en ella en absoluto! Rechinó los dientes y esperó que él se quedara en el otro extremo del pequeño recinto, que era demasiado estrecho como para moverse con libertad.

—Extiende las mantas antes de sacar la comida del saco.

¡Había comida! Hinata se apresuró a extender las mantas en el suelo de piedra y se sentó en la parte trasera del escondrijo antes de coger el otro saco. Encontró un pequeño pastel de carne y empezó a comer. Él podría haberse sentado frente a ella, pero en vez de eso se tendió en una de las mantas y se acurrucó a su lado, apoyado en un codo y con la cabeza casi rozando la pared. ¡Sus piernas ya estaban ocupando demasiado espacio!

Antes de protestar ella se volvió con rapidez.

—Si te tumbas aquí dentro no hay suficiente espacio para los dos.

—Hay de sobra. Tú también puedes tenderte, solo acurrúcate a mi lado. Incluso te he traído una almohada.

Ella supuso que se refería a su brazo, aunque de momento seguía apoyado en él y tampoco hizo amago de moverse. Estaba en una situación incómoda, atascado en un pequeño espacio con su enemiga. Desde luego que no estaría complacido. Y su pierna... Ella echó un vistazo con preocupación a su muslo izquierdo.

—¿Te duele la pierna? Los puntos no se habrán vuelto a abrir, ¿verdad?

—¿Te gustaría que me quitara los pantalones para que puedas echar un vistazo? —Ella debió de adoptar una expresión muy sorprendida, pues él añadió—: La herida está bien vendada. Y, gracias a tus cuidados, ya no me duele mucho.

¿Le estaba dando las gracias? Se quedó incrédula hasta que él añadió:

—Puedes considerar que este rescate es un pago por curarme. Ahora puedes volver al hogar.

Se refería al hogar de ella, no al de él, pero ya no se sentía tan hambrienta, así que procuró que el comentario no ensombreciera su estado de ánimo.

—¿Cómo lograste encontrarme?

Kurama me indicó el camino.

—¿Dónde está?

—Quizás aún ladrándole a la madriguera de zorro que se encuentra un poco más al sur. Cabalgué hasta aquí un verano y cuando se desencadenó una tormenta repentina yo también me refugié en estas ruinas. Es el único refugio existente en esta zona, así que imaginé que tú podrías haber encontrado la última habitación intacta del castillo.

Ella no diría que estaba intacta, pero se dio cuenta de que el cuerpo fornido de Naruto evitaba que gran parte de las ráfagas de viento llegaran a ella. ¿Era por eso que se había tumbado en el suelo? En ese caso sería bastante caballeresco de su parte.

Un perro empezó a ladrar.

—Allí está, buscándome.

¿Era Kurama el que de repente ladraba allí fuera? ¿O es que el perro rojo todavía se encontraba en la ruina, perturbado por la voz de Naruto y percibiendo una amenaza?.

Pero era evidente que Naruto suponía que se trataba de Kurama y llamó repetidamente a su mascota. Si era Kurama, quizás había captado el olor del otro perro porque soltaba aullidos melancólicos, como si lo llamara.

—¡Entra aquí! —gritó Naruto por fin.

Cuando Kurama entró en el escondrijo, se sacudió el pelaje mojado antes de tenderse a los pies de Naruto con un gemido; Hinata soltó un chillido. Naruto gruñó y Hinata puso los ojos en blanco al tiempo que se secaba la cara.

Naruto la observaba con mirada curiosa.

—¿Cómo encontraste estas ruinas en medio de la lluvia?

—Con ayuda.

—¿De quién?

—De espíritus de brujas. —Ella le lanzó una sonrisa traviesa; él resopló, así que ella añadió—: Cuando empezó a llover acababa de pasar por aquí, así que no resultó difícil volver.

Hinata supuso que él no la creería si le decía que un perro le había indicado el camino.

—Tu doncella estaba desesperada cuando después de unas horas no habías regresado de tu cabalgada. La mayoría de los hombres de mi finca están buscándote. Creí que por fin habías recuperado la sensatez y abandonado Konoha Park para siempre.

En ese caso, ¿por qué él mismo se había molestado en buscarla? Pensó en preguntárselo, pero imaginó que causaría una discusión y eso era lo último que quería que ocurriera en ese espacio tan reducido... ¡Allí no podía marcharse ni dar portazos, precisamente!

—Al menos no te encuentras en tierras de los Shaw.

¡Menos mal, un tema neutral!

—¿Todavía nos encontramos en las tuyas?

—No. Que yo sepa, quienquiera que sea el dueño de este tramo al noroeste de Konoha nunca lo ha ocupado ni cultivado.

—¿Estás seguro? —preguntó, pensando en el propietario del perro.

—En realidad, no. Hace varios años que no paso por aquí. Diablos, incluso puede que entretanto Ian Shaw lo haya comprado.

—Lo dices como si fuera algo malo. ¿O pensabas cortejar a tu vecina Shaw con el fin de unir tus tierras a las suyas?

—Es una muchacha bonita.

Hinata esperó, pero al parecer él no pensaba decir nada más, así que le hizo una pregunta directa.

—¿La amas?

—Apenas la conozco. Solo hubiese supuesto una boda útil, con el fin de ampliar Konoha Park y dirimir un par de disputas.

—¿Por tierras?

—Hace diez años Ian Shaw prometió dispararle a cualquier Uzumaki que pisara sus tierras. Yo prometí que me encargaría de meterlo en la cárcel si lo intentaba, pero la hostilidad entre nuestras familias no comenzó a causa de las tierras. Nuestros antepasados de cinco generaciones atrás se batieron a duelo; en aquel entonces luchaban con espadas. Mi antepasado perdió una mano en dicho combate, lo que debería haber puesto fin a la disputa, pero no fue así. Después las tías abuelas de nuestras tías abuelas se enzarzaron en una pelea corporal y eso provocó un escándalo que duró décadas. Esos son los dos principales encontronazos que conozco; puede que hubiera otros, pues al parecer la hostilidad se inició mucho antes que eso, alrededor de la época en la que comenzó a circular el rumor sobre la tristemente célebre maldición de los Uzumaki. Según la historia, los Shaw vilipendiaron y después rehuyeron a mi antepasado por alardear de su amante de clase baja ante sus narices.

Jiraya era un hedonista al que lo único que le importaba eran sus caprichos y sus placeres, la proverbial oveja negra de la familia.

Ella meneó la cabeza.

—¿Y realmente crees que Shaw hubiese permitido que cortejaras a su hija, dadas todas esas desafortunadas historias entre vuestras familias?

—¿Por qué no habría de permitirlo? —Naruto se encogió de hombros—. Pues de eso se trata, exactamente: de historias desafortunadas muy antiguas. Shaw dejaría de inquietarse por nuestras fronteras si su hija se convirtiera en señora de Uzumaki.

Además, considero que es un tonto.

—¿Estás seguro de que su hija no es tonta también?

—Dudo que me hubiese importado.

¡Qué cosa más triste acababa de decir!

—¿De verdad aspiras a tan poco?

—¿Qué más hay?

—La felicidad, el amor, los hijos...

—Eso suena a lo que tú también podrías aspirar.

—¿Y tú no?

—El amor es pasajero, al igual que la felicidad. Aunque sí me gustaría haber tenido hijos. Solo que no tengo prisa.

—Eres un cínico... o al menos no eres muy optimista, ¿verdad? La felicidad y el amor son posibles. Que duren depende exclusivamente de ti. Podrías estar de acuerdo con eso, ¿no?

—Ambos requieren trabajo —contestó Naruto, resoplando.

—Más que trabajo un poco de esfuerzo. O tal vez nada excepto aceptación. A veces debes creer que puedes alcanzar algo para alcanzarlo.

Él arqueó una ceja.

—¿También eres una filósofa? Estás llena de sorpresas, ¿verdad?

Ella no se dejó amilanar por el tono desdeñoso.

—Y en cuanto a que no te importa si tu esposa es una tonta o no lo es, dudo mucho que quieras que tus hijos hereden dicha característica, así que esa afirmación no es cierta. Te importaría.

—No tengo la oportunidad de averiguarlo, ¿verdad?

Hinata se puso tensa. El tema volvía a referirse a ellos y ese no era el lugar indicado para retomar esa discusión, dado que ella no podía moverse sin tocarlo; sus rodillas rozaban el cuerpo de él, y las piernas de Naruto estaban en contacto con su lado derecho y su cadera. Ni siquiera lograría salir de allí sin arrastrarse por encima de Naruto.

Sabiamente, no mordió el anzuelo. Abrió el saco que contenía las mantas, sacó dos más y le entregó una. Él la dobló para usarla a guisa de almohada y apoyó la cabeza.

Aún debía mantener las rodillas plegadas, de lo contrario la lluvia le mojaría los pies.

—Trata de dormir —dijo él—. Amanecerá dentro de pocas horas. Y si los fantasmas te despiertan, ignóralos.

—¿Qué fantasmas? —exclamó ella.

—Dicen que los fantasmas merodean por algunas de las ruinas de estos viejos castillos y atalayas. Jamás lo he creído, pero nunca se sabe...

—¿Estas ruinas tienen fama de albergar fantasmas?

—No lo sé. Pero en todo caso los fantasmas son inofensivos, así que nada de gritos.

Los gritos me provocan un mal despertar.

Ella puso los ojos en blanco; si no hubiese añadido eso tal vez hubiera creído que hablaba en serio. No lograba adivinar qué se proponía esa noche, tomándole el pelo, contando mentiras obvias... casi como si hubiera empezado a sentirse cómodo con ella, incluso mientras no dejaba de tratar de ahuyentarla.

Pero no quería tenderse junto a él, aunque él hubiera cerrado los ojos para indicarle que la conversación había llegado a su fin. Y Hinata no creyó que pudiera dormir sentada, por más que quisiera. Ya no tenía frío, de hecho la idea de dormir a su lado hacía que empezara a sentir calor, pero se cubrió con la otra manta y se tendió de lado, de espaldas a él.

También tuvo que plegar las rodillas, porque las piernas de él impedían que hiciera otra cosa, pero no había bastante espacio de su lado para doblar las rodillas sin presionar el trasero contra el de Naruto. Estaba mortificada; confiaba en que él estuviera dormido y no notara que lo estaba tocando y que no dejaba de revolverse para acomodarse, sin lograrlo.

—Si no te quedas quieta dentro de un segundo esta noche no dormiremos. Ella no estuvo muy segura de lo que quiso decir con eso, pero dejó de moverse en el acto. Lo último que pensó, antes de quedarse dormida, fue que resultaba agradable sentir la tibieza de él mientras el viento aullaba y la lluvia seguía cayendo en el exterior.

Cuando Hinata despertó descubrió que sus miembros y los de Naruto estaban completamente entrelazados. ¿Cómo diablos habían dormido así?. Pensó que debía de haberse vuelto hacia él mientras dormía, porque su cabeza estaba metida entre el brazo de él y su pecho; una de las piernas de él estaba estirada y el pie asomaba fuera del escondrijo, pero había dejado de llover. Su otra pierna estaba doblada entre las de ella. Estaba convencida de que su pierna, por encima de la cual se apoyaba la de Naruto, estaba completamente entumecida, pero no quiso averiguarlo porque se sentiría mortificada si él despertaba y la descubría en esa posición: acurrucada contra él como si quisiera dormir entre sus brazos.

—El ruido no te despertó.

Ella cerró los ojos, como si eso pudiera impedir que el rubor le cubriera las mejillas.

—¿Qué ruido? —preguntó, pensando en los fantasmas que él había mencionado.

—Los caballos se aparearon durante la noche.

—¿Se aparearon? —exclamó Hinata.

Cuando él se irguió sobre el codo, la cabeza de ella se deslizó hasta su antebrazo, permitiendo que Naruto bajara la vista y la contemplara.

—¿No estás disgustada?

—Al contrario. Un día quiero poseer mi propio criadero de caballos. Eso será un buen comienzo.

—¿Quién te ha dicho que podrás quedarte con el potrillo? Cobro quinientas libras por hacer que Royal se aparee.

—Puesto que no hice un contrato contigo para que se aparee con mi yegua, y tú tienes la culpa por no manear a tu semental, puedes olvidarte de esos honorarios.

—No me digas —dijo Naruto, y recorrió la mejilla de ella con el dedo—. Pero los maridos y las esposas encuentran otras maneras de negociar.

—Todavía no estamos... —«casados», quiso decir, pero él cubrió los labios de ella con los suyos.

Hinata no intentó apartar la cara, no cuando estaba en juego su futuro criadero de caballos. Después dejó de pensar en ello por completo.

El sabor de él era embriagador; ella entreabrió los labios y dejó que la lengua de él penetrara en su boca, le deslizó una mano alrededor de la nuca por debajo de la coleta y lo acarició. Naruto deslizó la mano a lo largo de su cuello hasta uno de sus pechos, solo rozando el pezón, que se endureció de inmediato. Un delicioso hormigueo le recorrió todo el cuerpo y solo entonces él le rodeó un pecho con la mano y lo presionó con suavidad.

Hinata podría haber soltado un gemido; el roce de su mano era tan placentero... Podría haberle dicho que no la retirara, pero en todo caso sus besos se volvieron más profundos y apasionados, y su rodilla se introdujo entre las piernas de ella hasta presionarle el pubis; entonces sí soltó un gemido, pero los labios de Naruto lo apagaron. Sin embargo, la placentera sensación que él acababa de provocarle no se desvaneció y Hinata sintió un intenso impulso de restregar su cuerpo contra el del vizconde. Excitada y abrumada a medida que él introducía y retiraba la lengua de su boca y le acariciaba los pechos, se sintió invadida por un impulso incomprensible. Pero el estrecho espacio en el que se encontraban impedía sus movimientos; impedía obtener lo que ella deseaba. Estaba atrapada bajo el cuerpo de Naruto, pero en realidad, él

podía...De pronto, los besos se interrumpieron.

—No —dijo él—. Por más que lo desees no te haré el amor, porque de lo contrario jamás te marcharás de Konoha Park.

Hinata tardó un momento en comprender que él estaba alardeando de su destreza sexual. ¡Incluso sonrió al decirlo! Ella arqueó una ceja.

—¿Crees que eres tan bueno en la cama?

—Me han dicho que sí, al menos en la cama. Pero ¿en este lugar decididamente primitivo? Tal vez... —indicó, encogiéndose de hombros.

Ella tuvo ganas de reír... o de golpearlo con algo. ¿Hablaba en serio o volvía a tomarle el pelo? Su sonrisa sugería esto último y volvió a pensar que él debía de sentirse más cómodo con ella, que incluso ella podría haber empezado a gustarle un poco. Fue un pensamiento repentino, pero enseguida lo dudó, teniendo en cuenta todo lo dicho y lo hecho. Entonces soltó un grito ahogado: ¿acababa de acusarla de desearlo?

—¿Qué te hace pensar que quiero...?

Él le apoyó un dedo en los labios para silenciarla.

—Protestar es inútil, lo veo en tu mirada, en la suavidad de tu toque, pero te equivocas si crees que, mágicamente, hará que te ame —precisó, y se incorporó, al parecer dispuesto a marcharse.

Furiosa porque unos besos tan asombrosos pudieran terminar así, ella dijo:

—Pues no me echarás la culpa a mí por lo que acaba de ocurrir.

—No lo hago, culpo a tu yegua. Hacía mucho tiempo que no oía a dos caballos apareándose. Es bastante primario.

Al decirlo la miró a los ojos de un modo que la hechizó. En ese momento, el brillo feroz que a veces se asomaba a su mirada no era peligroso, era muy apasionado y durante un instante creyó que él la deseaba, pero también descartó esa idea.

Él volvió a sonreír, pero esa vez parecía burlarse cuando añadió:

—Es evidente que no me importaría tenerte en mi cama, pero te lo advierto: nunca confiaré en ti fuera de la cama, nunca hallarás la felicidad en este lugar, Hinata Hyuga. Hijos, tal vez más de los que desees, pero nada más. Todavía estás a tiempo de huir.

Sí, claro que sí. Al menos eso creía. Quizá debiera decirle que su tío la había amenazado con encerrarla en un manicomio. O a lo mejor debería envenenar a Naruto, tal como quería su primo. En ese preciso instante estaba muy dispuesta a hacerlo.

Cuando él salió fuera para ensillar los caballos Hinata se puso de pie, volvió a meter las mantas en el saco vacío y cogió el otro. Sin embargo, se detuvo y vació el saco de comida: se la dejaría al perro rojo en caso de que aún se encontrara por allí o por si regresaba a las ruinas tras su marcha. No tenía hambre. Esperó que Naruto sí.

Ya había notado que lucía el sol; salir fuera y disfrutar de su tibieza era maravilloso.

Todo cambiaba cuando lucía el sol; durante la noche el paisaje presentaba un aspecto tan intimidante... y ahora parecía lozano y hermoso, si bien algunos grandes charcos sembraban el patio. Miró en derredor pero no vio al perro rojo, aunque Kurama correteaba por todas partes, olfateando.

—Me alegro de haberte encontrado.

¿De verdad acababa de oír esas palabras? Como Naruto le daba la espalda mientras ajustaba las cinchas de los caballos, no podía estar segura. Insinuaban algo muy distinto de lo que había dicho en el escondrijo.

—¿Por qué? —preguntó, jadeando.

—Porque si hubieras muerto en los brezales el príncipe habría obtenido exactamente lo que desea: un motivo para privarme de todos mis bienes y meterme en la cárcel o ahorcarme.

¡Un tema muy poco romántico! Ella ya debería saber que no tenía que atribuir significados a sus palabras que no podían ser ciertos.

Pero, con respecto a lo que realmente quiso decir, ella contestó:

—Lo dudo. De momento, el príncipe pretende tener autoridad moral y recibe apoyo por intentar salvar vidas. No te acusaría y te encarcelaría por algo que no has hecho.

Naruto soltó una carcajada desdeñosa.

—A lo largo de los siglos, los miembros de la familia real han recurrido a cualquier medida...

—Y dicho sea de paso, ¿por qué no abandonaste la búsqueda anoche? Debes de haber cabalgado durante horas bajo la lluvia.

—Así es... y estuve tentado de hacerlo.

Eso no suponía exactamente una respuesta, pero él le tendía la mano para ayudarle a montar en la yegua. Hinata se acercó pero hizo caso omiso del gesto, porque era capaz de montar a Rebel ella sola. No resultaría muy elegante, pero por otra parte nada de esa situación lo era.

Apoyó un pie en el estribo y volvió a preguntar:

—Entonces ¿por qué no... abandonaste? —exclamó cuando él le apoyó las manos en el trasero y la empujó hacia arriba.

—Por auto preservación, tal como acabo de explicarte —contestó, y se dedicó a sujetar las provisiones a la silla de montar.

Cuando ambos ya estaban montados y se alejaban de la ruina ella miró hacia atrás, preguntándose si el bonito perro rojo aparecería para observar cómo se alejaban, y volvió a preguntarse dónde viviría.

—¿Ian Shaw cría perros?

—No.

—¿Estás seguro?

—Me aseguré de ello cuando encontré a Kurama.

Así que el perro debía de estar perdido. Hinata supuso que algún día podía regresar cuando no lloviera y ayudarlo a encontrar el camino a casa. Era lo mínimo que podía hacer después de que el perro le ayudara a encontrar refugio durante la tempestad.

.

.

Continuará...