CAPÍTULO 15

« ¡Asesino!», gritaban los guardias. « ¡Asesino!», gritaban los señores y las damas de la corte. « ¡Asesino!», gritaba el pueblo de la Ciudad Resplandeciente. Y lo único que podía hacer Corazón de Hierro era sujetarse la cabeza entre las manos ensangrentadas. La princesa lloraba y suplicaba, primero a su marido, para que rompiera su silencio y explicara lo que había hecho, y luego a su padre, para que tuviera piedad. Pero al final no hubo manera. El rey no tuvo más remedio que sentenciar a Corazón de Hierro a morir en la hoguera. La ejecución se llevaría a cabo al alba del día siguiente...

De Corazón de Hierro

—¿Verdad que ha sido una fiesta encantadora? —preguntó Kate, indecisa, rompiendo un silencio de una hora.

Carlisle apartó la mirada del lúgubre paisaje y procuró concentrarse en su hermana pequeña.

Iba sentada frente a él, en el carruaje alquilado, y parecía deprimida, lo cual sin duda era culpa suya. Hacía tres días que Esme había abandonado bruscamente la fiesta de los King. Carlisle no se había enterado de su ausencia hasta mucho después de la comida del día en que hicieron el amor en el corredor. Para cuando descubrió que había huido, ella le llevaba dos horas de ventaja.

Aun así, la habría seguido si Kate no hubiera logrado hacerle entrar en razón. Su hermana le había suplicado que se quedara, haciendo hincapié en el escándalo que causaría si salía en pos de lady Esme transcurrido tan poco tiempo tras su partida. A él, personalmente, le importaban un bledo las malas lenguas. Pero a Kate no. Había pasado bastante tiempo con varias señoritas inglesas de buena familia. Y un escándalo cercenaría aquel principio de amistad.

Carlisle había sofocado su intenso deseo de salir en persecución de Esme, de atraparla y abrazarla hasta que entrara en razón y se quedara con él. Se había quedado allí de brazos cruzados, conversando de banalidades con muchachas de risilla disimulada e insípidas matronas. Había vestido sus mejores galas, jugado a juegos idiotas y comido exquisitos manjares. Y de noche había soñado con la lengua acida de Esme y con sus pechos cálidos y tersos. Se había refrenado durante tres días, hasta que los invitados comenzaron a marcharse por fin y Kate consideró apropiado que ellos también abandonaran King House. Habían sido tres días de calvario, pero no era culpa de ella, y él era un cafre por ser un compañero de viaje tan aburrido.

Intentó compensar las horas de silencio que había soportado su hermana.

—¿Lo has pasado bien?

—Sí. —Ella sonrió, aliviada —. Al final me hablaban muchas de las otras señoritas, y las hermanas Denali me han invitado a ir a tomar el té con ellas una tarde, en Londres.

—Deberían haber hablado contigo desde el principio. —Tenían que empezar a conocerme, ¿no? En realidad, esto no es tan distinto de nuestro país.

—¿Te gusta Inglaterra? —preguntó él suavemente. Kate titubeó; luego se encogió de hombros

—Supongo que sí. —Se miró pensativa las manos, posadas sobre el regazo —. ¿Qué me dices de ti? ¿Te gusta Inglaterra lo bastante como para quedarte con lady Esme?

Carlisle no esperaba una pregunta tan directa, aunque no debería haberle pillado por sorpresa. Kate era una chica muy intuitiva. Cuando llegó a Londres, él pensaba quedarse lo justo para resolver sus negocios con el señor Wegdwood y hacer averiguaciones sobre la masacre de Spinner's Falls. Ahora sus tratos estaban zanjados y esperaba poder hablar pronto con Thornton para aclarar de una vez por todas lo sucedido en Spinner's Falls. ¿Y luego qué?

—No lo sé.

—¿Por qué?

Miró a Kate con impaciencia.

—Para empezar, no se ha quedado lo suficiente como para que hablara con ella.

Kate le miró un momento; luego preguntó, vacilante: —¿La quieres?

—Sí. —Contestó sin pararse a pensar en ello, pero descubrió que era cierto. De algún modo, sin darse cuenta siquiera, se había enamorado de la quisquillosa lady Esme. Aquella idea le resultaba extraña y al mismo tiempo perfectamente natural, como si hubiera sabido desde el principio que ella era la mujer que necesitaba. Era un sentimiento gozoso, como si toda su vida hubiera estado esperando aquella pieza que faltaba.

—Deberías decírselo, ¿sabes?

Él miró a su hermana con exasperación.

—Gracias por darme lecciones de amor. Se lo diré en cuanto me permita atraparla.

Ella se rio por lo bajo.

—¿Y luego qué harás?

Carlisle pensó en Esme y en cómo discutía con él cada vez que tenía ocasión. Pensó en lo lejos que estaban en rango social. Pensó en el temor que ella intentaba ocultar, siempre con éxito al parecer, excepto con él. Pensó en lo sobresaltada que parecía cuando se deshacía entre sus brazos, como si no lograra concebir que se le escapara el control de cuanto la rodeaba, incluido su cuerpo. Y pensó en la tristeza que veía a veces en sus ojos. Quería abrazar aquella tristeza, acunarla y reconfortarla hasta que se convirtiera en felicidad. Quería volver a sentir el contacto de sus manos, como la noche en que ella le vendó los pies heridos, serenándole y extendiendo un bálsamo sobre su alma. Esme le había ofrecido consuelo. Le había ayudado a sanar.

Y él sabía lo que haría. Sonrió a su hermana.

—Me casaré con ella, por supuesto.

—¿Por qué no ha vuelto aún el señor Cullen? —preguntó Seth.

Esme levantó la vista a tiempo de ver a su único hijo acercar un trozo de papel al fuego de su alcoba. El papel prendió y Seth lo dejó caer justo antes de que la llama tocara sus dedos. La hoja quemada cayó con un aleteo, aterrizando, por suerte, en la chimenea y no en la alfombra.

Esme, que estaba escribiendo una serie de instrucciones de última hora para la fiesta de esa noche, se detuvo.

—Cariño, ¿te importaría no prender fuego a la habitación de mamá? No creo que a Harris le haga mucha gracia.

—Ay.

—Y preferiría que no te quemaras los dedos. Son bastante útiles, ¿sabes? Y puede que los necesites más adelante.

Seth sonrió al oír aquella bobada y se acercó para treparse a una silla, cerca de su escritorio. Ella hizo una mueca cuando arañó con los zapatos la tapicería de raso de la silla, pero decidió no decir nada. Era agradable tenerle allí de nuevo, a su lado, después de haber pasado tanto tiempo separados.

El pequeño se recostó en el escritorio, con la barbilla sobre los brazos cruzados.

—Tendrá que volver pronto, ¿verdad?

Esme volvió a mirar lo que estaba escribiendo y procuró mantener una expresión serena. No tenía que preguntar a quién se refería Seth: su hijo era un muchacho tenaz, y obviamente no renunciaría fácilmente a hablar de su vecino (y amante de su madre).

—No lo sé, cielo. No sé qué planes tiene el señor Cullen.

Seth arañó con un dedo su cartapacio y arrugó la nariz al hacer con la uña una muesca en el papel.

—Pero ¿va a volver?

—Supongo que sí. —Esme respiró hondo —. Creo que la cocinera estaba haciendo pastelillos de pera. Podrías ir a ver si ya están listos.

Normalmente, la mención de los pasteles recién hechos servía para distraer de inmediato a su hijo. Ese día no fue así.

—Espero que vuelva. Me cae bien.

A Esme se le encogió el corazón. Tres simples palabras y acababa casi reducida al llanto. Dejó la pluma a un lado con cuidado.

—A mí también, pero el señor Cullen tiene su vida. No puede estar siempre aquí, entreteniéndote, o entreteniéndonos.

Seth seguía mirándose la uña, y su labio inferior comenzó a temblar.

Ella intentó poner una voz alegre.

—Además, siempre tendrás a lord Vale. También te cae bien, ¿no? Puedo ver si quiere acompañarnos a Hyde Park. —El labio de su hijo se desplazó más aún hacia delante—. O... o a alguna feria. O tal vez incluso a pescar.

Seth ladeó la cabeza y la miró con escepticismo.

—¿A pescar?

Esme intentó imaginarse a Edward con una caña de pescar y junto a un río. Pero aquel Edward imaginario resbaló de inmediato, agitó los brazos frenéticamente y se cayó al río.

Esme hizo una mueca.

—Puede que a pescar no.

Seth había vuelto a hacer marcas en forma de media luna sobre su cartapacio.

—Lord Vale está bien, pero no tiene un rifle tan grande. Un buen motivo, desde luego.

—Lo siento, cariño —dijo ella en voz baja.

Miró los papeles esparcidos sobre su mesa, las instrucciones que estaba escribiendo, y se le emborronó la vista. Tenía la sensación de que se le estaba rompiendo el corazón. Maldito fuera Carlisle por haber entrado en sus vidas. Por buscarla en el salón de la señora Cope aquel primer día, por hablarle a su hijo con tanta ternura, por hacerla sentir otra vez.

Sofocó un gemido al pensarlo. Ese era el verdadero problema. Carlisle la había hecho sentir de nuevo, había resquebrajado el caparazón endurecido que rodeaba sus sentimientos y la había dejado indefensa y vulnerable. Ahora estaba en carne viva, y su piel era demasiado blanda. ¿Cuánto duraría aquella sensación? ¿Cuánto tardaría en crecerle otra concha? Miró a Seth, su precioso hijo. Estaba creciendo tan deprisa... Le parecía que ayer mismo era un tierno bebé, y de pronto, sin embargo, le preocupaba que arañara los muebles con sus grandes zapatos. ¿Quería ella acaso volver a acorazar sus emociones?

Movida por un impulso, se inclinó hacia delante y su cabeza casi tocó la de Seth.

—Todo saldrá bien. De veras. Yo me aseguraré de ello. Seth contrajo un lado de la cara pensativo.

—Pero ¿no pueden ir bien las cosas con el señor Cullen?

—No, cariño. —Se irguió y se volvió para que Seth no viera su mirada triste—. Creo que no.

—Pero...

Ambos levantaron la vista cuando se abrió la puerta y tante Cristelle entró en la habitación. La anciana señora lanzó a Esme una mirada demasiado afilada, como siempre.

Su sobrina se volvió hacia Seth.

—Tengo que hablar con la tía. ¿Por qué no vas a ver si están hechos ya los pasteles de pera? Puede que la cocinera te deje probar uno.

—Sí, señora. —A Seth no le alegró que le despidiera, pero siempre había sido un niño obediente. Se bajó de la silla e hizo una media reverencia a su tía antes de salir de la habitación.

—Te ha echado muchísimo de menos. —Cargadas de reproche, las arrugas que rodeaban la boca de tante Cristelle se hicieron más pronunciadas —. No creo que sea bueno que esté tan apegado a ti.

Aquella conversación era ya vieja, y normalmente Esme le habría llevado la contraria, pero ese día no tenía ánimos. Recogió sus papeles sin decir nada. Oyó tras ella el golpeteo del bastón de tante Cristelle sobre la alfombra persa y sintió luego la frágil mano de la anciana sobre su hombro. Levantó la vista hacia sus ojos llenos de sabiduría.

—Lo que vas a hacer esta noche es lo correcto, no temas. —Tante Cristelle le dio una palmadita (un gesto de cariño extremo) y salió del cuarto.

Dejando de nuevo a Esme con los ojos arrasados de lágrimas.

Cuando el carruaje se detuvo por fin ante la casa de Carlisle, hacía horas que había oscurecido. El viaje de regreso a Londres había durado más de lo previsto: habían salido tarde y en una de las posadas tuvieron que esperar largo rato para obtener caballos de refresco. Y luego, al enfilar la calle donde vivían, había un extraño embotellamiento de carruajes. Alguien debía de estar dando

un baile. Al apearse y volverse para ayudar a Kate, Sam se dio cuenta de que la casa contigua tenía todas las luces encendidas. La casa de Esme.

—¿Está dando una fiesta lady Esme? —preguntó Kate. Vaciló ante los escalones —. No sabía que fuera a dar una, ¿tú sí?

Carlisle sacudió lentamente la cabeza.

—Obviamente, no estamos invitados.

Vio que su hermana le lanzaba una rápida mirada.

—Puede que la planeara antes de conocernos. O... o que no esperara que volviéramos tan pronto del campo.

—Sí, será eso —dijo él agriamente.

Aquella pequeña bruja quería darle un escarmiento, demostrarle que no había sitio para él en su vida londinense. Carlisle sabía que no debía picar el anzuelo, pero ya había cerrado los puños y las piernas le hormigueaban, listas para entrar en casa de Esme y encararse con ella. Hizo una mueca. No era el momento.

Relajó los puños y le ofreció el brazo a su hermana.

—¿Vamos a ver si la cocinera puede prepararnos una cena fría?

Ella le sonrió.

—Sí, vamos.

Carlisle la condujo por los escalones de entrada sin dejar de prestar atención a la casa vecina y a los invitados elegantemente vestidos que iban llegando a la fiesta de Esme. Condujo a su hermana al comedor, pidió una cena sencilla y hasta pudo conversar con ella mientras comían. Pero tenía la mente en otra parte: se imaginaba a Esme con su vestido más elegante, su escote brillando, blanco y sensual, a la luz de millares de velas.

Después de comer, Kate se excusó bostezando. Carlisle fue a la biblioteca y se sirvió una copa de coñac francés. Se detuvo un momento y levantó la copa a la luz. El líquido era de un ámbar translúcido. Cuando él era niño, su padre bebía licores caseros, comprados a una familia que vivía a diez millas de ellos, cruzando el bosque. Carlisle dio un trago una vez. La bebida, clara como el agua y ardiente, le quemó la garganta al tragarla. ¿Habría bebido su padre coñac francés alguna vez? Tal vez una, al ir a visitar al tío Marcus a la gran ciudad de Boston. Pero habría sido una cosa exótica, algo especial que saborear y recordar durante días.

Carlisle se dejó caer en un sillón dorado. Aquél no era su sitio, eso ya lo sabía. Había un abismo demasiado grande entre la vida que había llevado de niño y la que llevaba ahora. No se podía cambiar tanto en una sola vida. El jamás encajaría en la alta sociedad inglesa, ni quería hacerlo. Aquélla era la vida que llevaba Esme. Las hermosas mansiones en la ciudad, el coñac francés, los bailes que se prolongaban hasta bien pasada la medianoche. El océano que se extendía entre los mundos de ambos (tanto metafórica como físicamente) era demasiado ancho. Carlisle sabía todo eso, pues lo había pensado muchas veces antes.

Y sin embargo no le importaba.

Engulló el resto del coñac y se levantó resueltamente. Necesitaba ver a Esme. Por más distintos que fueran sus mundos, ella era una mujer y él un hombre. Algunas cosas eran elementales.

Al salir vio las luces aún encendidas en la casa de al lado. Los cocheros esperaban acurrucados en los pescantes, unos cuantos palafreneros se habían apiñado y se pasaban una botella entre ellos. Carlisle subió saltando los escalones de la casa de Esme y se encontró con un fornido lacayo. El hombre hizo ademán de cortarle el paso.

Carlisle le miró con dureza.

—Soy el vecino de lady Esme.

Aquello no era una invitación, claro, pero el lacayo pareció ver su mirada de determinación y decidió que no merecía la pena discutir.

—Sí, señor. —Le abrió la puerta.

Carlisle cruzó el umbral e inmediatamente se dio cuenta del peligro. En el vestíbulo sólo había unos cuantos criados, pero la escalera, grande y curva, estaba atestada de gente. Comenzó a abrirse paso por ella, pasando junto a grupos que hablaban animadamente.

El salón de baile de Esme estaba en la planta de arriba y, al acercarse, el bullicio se intensificó y el aire fue haciéndose más denso y caliente. Carlisle sintió que empezaba a sudar por el cuello. No se había encontrado rodeado de tanta gente desde el baile de los Denali, en el que había sucumbido a sus demonios de la forma más ignominiosa. Aquí no, le pidió al cielo.

Cuando logró entrar en el salón respiraba entrecortadamente, como si hubiera corrido millas. Pensó por un momento en volver atrás. Esme había hecho encender miles de velas de cera en el salón de baile, colocadas en lámparas provistas de espejos e izadas al techo. El salón brillaba, chispeante, como un país de hadas. De las paredes y el techo colgaban lazos de seda escarlata, con guirnaldas rojas y naranjas prendidas en los nudos. Era un salón muy bello y elegante, pero a él no le importaba. Su mujer estaba en alguna parte, en aquella habitación, y pensaba encontrarla y abrazarla.

Inhaló con cuidado por la boca y se adentró entre la sudorosa y burbujeante muchedumbre.

Oía el vago sonido de unos violines tocando, pero las risas y la algarabía tapaban su música. Un caballero vestido de terciopelo púrpura se dio la vuelta y chocó con el pecho de Carlisle. Sangre y gritos, los ojos abiertos de par en par en una cara blanca, bajo la cabellera arrancada. Cerró los ojos y apartó al hombre de un empujón. Más adelante había un hueco entre el gentío, allí donde los bailarines se movían con majestuosa elegancia. Llegó al borde de la pista de baile y se detuvo, jadeante. Una señora vestida de seda amarilla le miró fijamente y le susurró algo a su acompañante por detrás del abanico. Malditos fueran todos aquellos gordos y emperifollados aristócratas ingleses. ¿Cuándo habían conocido ellos el miedo, cuándo habían sentido salpicar la sangre de un compañero de armas? La sorpresa en la cara de un joven soldado cuando una bala le voló media cara.

Los danzantes se detuvieron, tan poco faltos de aliento como si llevaran cinco minutos sentados. Parecían aburridos y exangües, como si apenas pudieran tomarse la molestia de sostenerse en pie. La muchedumbre se apretaba a su alrededor, y tuvo que cerrar los ojos y concentrarse para no empujar a quienes se hallaban más cerca. Respiró hondo e intentó pensar en los ojos de Esme. Se los imaginó entornados por la exasperación, y estuvo a punto de sonreír.

Entonces los abrió y lord Vale se situó en medio de la pista de baile, ahora casi vacía.

—¡Amigos! Amigos, ¿pueden prestarme atención?

El amasijo de cuerpos se tragó su voz retumbante. Aun así, las conversaciones comenzaron a decaer.

—¡Amigos, tengo algo que decirles!

Un grupo de jóvenes caballeros se puso delante de Carlisle, impidiéndole ver. Apenas parecían tener edad de afeitarse.

—¡Amigos! —gritó de nuevo Vale, y Carlisle captó un destello de escarlata.

Su corazón galopaba. Alargó una mano para empujar un hombro acolchado, y el jovenzuelo de delante se volvió para mirarle con enfado. Carlisle respiró hondo y notó un olor a sudor. Sudor de hombres, agrio y ardiente, el olor del miedo. El prisionero Newton agachado bajo una carreta mientras la batalla arreciaba a su alrededor. Desde aquel escondite, su mirada se topó con la de Carlisle. Y Newton sonrió y le guiñó un ojo.

—He de anunciarles algo que me complace enormemente.

Carlisle comenzó a avanzar, ignorando el hedor, ignorando sus demonios, ignorando la certeza de que llegaba ya demasiado tarde.

—Lady Esme Platt ha accedido a ser mi esposa.

La multitud aplaudió mientras Carlisle se abría paso entre los hombres, vivos y muertos, que se interponían entre Esme y él. Salió a la pista de baile y vio a Esme sonriendo cortésmente junto a Vale. El vizconde tenía los brazos levantados con aire triunfal. Entonces ella giró la cabeza y su sonrisa se borró al verle a él.

Carlisle echó a andar hacia ellos sin pensar en nada, salvo en matar a alguien.

Vale le vio. Entrecerró los ojos y con la cabeza hizo una seña a alguien que había detrás de Carlisle.

Carlisle sintió que le agarraban los brazos y tiraban de él. Y entonces dos fornidos lacayos comenzaron a sacarle del salón mientras un tercero despejaba el camino. Sucedió todo tan deprisa que ni siquiera tuvo tiempo de llamar a Esme. Al llegar a un lado del salón de baile volvió por fin en sí y comenzó a retorcerse violentamente, sorprendiendo a uno de los lacayos. Desasió un brazo y lanzó un puñetazo al lacayo, pero antes de que lograra golpearle alguien le empujó desde atrás. El lacayo que aún le sujetaba le soltó de pronto, y Sam se precipitó hacia el pasillo, desplomándose a medias. Se irguió y se dio la vuelta, y el puño de Vale impactó en

su mandíbula.

Carlisle se tambaleó hacia atrás y cayó de culo. Vale se cernía sobre él con los puños aún cerrados.

—Eso por Esmi, hijo de puta. —Se volvió hacia los lacayos que esperaban a su espalda —. Llevaos a esta basura y arrojadla a...

Pero Vale no acabó la frase. Carlisle se levantó velozmente y cargó contra él, agarrándole de las rodillas. Vale cayó con estruendo con Carlisle encima. Varias mujeres chillaron y la gente se apartó de ellos.

Entonces empezó a incorporarse sobre Vale, pero el vizconde se revolvió y ambos cayeron rodando hacia las escaleras. Una señora chilló al huir escalera abajo, empujando a las invitadas que tenía delante. Sus faldas barrían los peldaños despejados repentinamente.

Carlisle se agarró a la barandilla para detener el impulso de la caída. Se detuvo en equilibrio, con los hombros sobre el primer escalón, hasta que Vale le lanzó una patada al estómago indefenso y él tuvo que soltar la barandilla para protegerse. Se deslizó cabeza abajo, pero logró agarrarse al brazo del vizconde, arrastrándole consigo. Cayeron sin control por las escaleras, entrelazados en un mortífero abrazo. Cada peldaño se clavaba dolorosamente en la espalda de Carlisle mientras bajaban. Ya no le importaba sobrevivir o no a aquel encuentro. Sólo quería asegurarse de llevarse por delante a su enemigo. En medio de la escalera chocaron contra una barandilla y su descenso

se detuvo. Carlisle rodeó con un brazo un poste de madera y comenzó a lanzar a Vale furiosas patadas que le acertaron de lleno en el costado.

Éste se arqueó por la fuerza del impacto.

—¡Diablos!

Se retorció y apretó con el brazo la tráquea de Carlisle, empujando con fuerza hasta que comenzó a ahogarlo. Entonces acercó la cabeza a la suya y habló en voz baja, con el rostro oscurecido por la ira.

—Estúpido indiano de mierda. ¿Cómo te atreves a poner tus sucias manos en...?

Carlisle soltó la barandilla y le golpeó las orejas con ambas manos. Vale se tambaleó hacia atrás, soltándole la garganta, y Carlisle boqueó penosamente, intentando recuperar el aliento. Pero iban resbalando por las escaleras. El vizconde le golpeaba, lanzaba puñetazos a su cara, a su tripa y sus muslos, y Carlisle se sacudía con cada golpe, pero curiosamente no sentía nada. Todo su ser estaba lleno de rabia y dolor. Golpeaba a su oponente, acertándole allí donde podía. Sintió que sus nudillos chocaban con el pómulo de Vale y notó el húmedo chasquido al romperse la nariz de su contrincante. Aterrizó de espaldas en el descansillo. Vale estaba sobre él, en clara ventaja, pero a Carlisle le importaba muy poco. Lo había perdido todo, y en ese momento aquel hombre era el causante de todas sus desgracias. Vale podía tener razones para estar furioso, pero él tenía la rabia de la desesperación, pura y simplemente. No había comparación.

Carlisle se irguió bruscamente, moviéndose entre los golpes de Vale. Sentía su impacto en su cara, pero atravesó los golpes. Sentía sólo la necesidad de matar. Agarró a Vale y le tumbó en el suelo, y empezó a golpearle, estrellándole los puños en la cara. Era una sensación maravillosa. Sintió el crujido de un hueso, vio un chorro de sangre, y no le importó. No le importó.

No le importó.

Hasta que captó un movimiento por el rabillo del ojo. Se irguió un poco y se quedó paralizado, el puño cerrado y manchado de sangre a sólo unos centímetros de la cara de Esme.

Ella dio un respingo.

—No lo hagas.

Carlisle miró con fijeza a aquella mujer a la que le había hecho el amor, a aquella mujer en la que había vertido su alma. La mujer a la que amaba. Ella tenía lágrimas en los ojos.

—No lo hagas. —Alargó una mano pequeña y blanca y envolvió con ella su puño tumefacto y ensangrentado —. No lo hagas.

Bajo él Vale resoplaba.

Ella miró a su prometido y sus lágrimas se desbordaron.

—Por favor, Carlisle, no.

Carlisle sintió vagamente que el dolor daba comienzo en su cuerpo y su corazón. Bajó la mano y se levantó bruscamente.

—Maldita seas.

Bajó tambaleándose el resto de las escaleras y salió a la fría noche.