Milady,
Hoy ha sido un día muy tranquilo, comparado con todo lo que pasó ayer. Es verdad que he estado en tensión por si mi padre me llamaba a su despacho para preguntarme por K., pero al parecer L. ha decidido seguir guardando el secreto por el momento. No me fío de ella, sin embargo. Puede que sea solo la calma que precede a la tempestad.
Ayer por la noche, cuando todo se hubo tranquilizado tras la pelea contra el robot, llamé por teléfono a M., porque no había tenido ocasión de verla después.
–Hola, M., ¿cómo estás?
–¡AlterEgodeCatNoir! –exclamó ella–. ¿Cómo estás tú? Cat Noir me dijo que el robot no te hirió, pero...
–Estoy bien –la tranquilicé–. Cat Noir me salvó justo antes de que se derrumbara el puente. No tienes por qué preocuparte, de verdad.
La oí respirar hondo al otro lado.
–Me alegro mucho de que estés bien –dijo en voz baja–. De verdad.
Sonreí.
–K. me ha dicho que Cat Noir tuvo que salvarte a ti también porque no quisiste marcharte sin mí –le dije–. Quería pedirte disculpas por haber salido corriendo de esa manera. Lo último que quería era ponerte en peligro.
–No pasa nada –murmuró ella–. Pero ¿por qué lo hiciste?
Había tenido tiempo para preparar una excusa convincente, así que contesté:
–Lo siento mucho, me asusté. Pensé que no me daría tiempo a subir la escalera porque era el último, así que decidí esconderme bajo el puente. No fue mi decisión más brillante. Seguro que ahora piensas que soy un cobarde.
Muchos de mis amigos lo piensan, de hecho, por mi tendencia a desaparecer ante las primeras señales de peligro. Es triste que tengan ese concepto de mí, pero lo cierto es que resulta útil para que nadie sospeche que en realidad soy un superhéroe.
Pero me da un poco de vergüenza que M. lo piense también. Ella cree que es torpe y tímida, pero en el fondo es muy valiente. Y tengo que confesar que quizá presumo un poco ante ella cuando soy Cat Noir. Porque no tengo ocasión de hacerlo cuando soy yo mismo, supongo.
–¿Cobarde, tú? –repitió M, como si la idea le resultara absurda–. ¡Para nada!
–De todos modos debería haberme parado a pensar –insistí–. Si lo hubiese hecho, a lo mejor me habría dado cuenta de que me seguías. Pero lo cierto es que me pilló por sorpresa porque no me lo esperaba.
Pretendía que fuese un cumplido, transmitirle de alguna manera que creo que es muy valiente, pero ella se quedó en silencio un momento.
–Tienes razón –susurró entonces con timidez–, supongo que debería ser K. quien estuviese pendiente de ti, y no yo...
Fruncí el ceño un poco desconcertado, preguntándome si estaba insinuando que K. no es tan valiente. Eso es absurdo porque ambos sabemos que K. no le tiene miedo a nada.
Y entonces lo comprendí de golpe. Me estaba diciendo que K. es mi novia y ella no, y por tanto no tiene derecho a preocuparse por mí.
Y mira... no, por ahí no paso. Porque yo no soy el novio de M. tampoco y me preocupo por ella de todos modos, y tengo derecho a hacerlo porque me importa de verdad.
Verás, hace unos meses el padre de M. fue akumatizado y la encerró en una especie de prisión mágica para protegerla de la decepción y del mal de amores. Intenté razonar con él (y no creas que es fácil mantener la calma ante una bestia peluda de grandes colmillos que intenta machacarte por haberle roto el corazón a su hija), y una de las cosas que dijo me molestó especialmente.
Le pregunté si su intención era mantener a su hija en soledad el resto de su vida y respondió que no, que algún día llegaría alguien que la amase de verdad, y solo él sería digno de rescatarla.
Básicamente me estaba diciendo que, como yo no estaba enamorado de ella, tenía que dar media vuelta y marcharme y renunciar a salvarla. Como si la amistad no contara para nada. Como si solo estuvieses destinado a amar a una única persona en tu vida y solo pudieses contar con esa persona, y mientras tanto estuvieses obligado a pasar todo el tiempo en soledad.
Y no lo acepto. Por supuesto que seguí luchando por salvarla (aunque, para hacer honor a la verdad, su padre me dio una buena paliza, y si tú no hubieses aparecido no lo habríamos conseguido), porque no podía abandonarla sin más. Aunque estuviese enamorado de ti, aunque ahora esté con K., no voy a renunciar a mis amigos jamás.
Y M. no tiene por qué hacerlo tampoco. Si me aprecia hasta el punto de jugarse la vida por mí... bueno, es una idea que me resulta agradable y aterradora al mismo tiempo, porque realmente valoro mucho su cariño, pero por otro lado no quiero verla en peligro.
En todo caso, no tiene por qué avergonzarse. Yo también haría lo mismo por ella.
–M. –le dije–, me he expresado mal. Lo que quiero decir es que fuiste increíblemente valiente y generosa. Yo ya sabía que lo eras, pero si digo que no me lo esperaba es porque no sabía que lo fueras hasta ese punto. Nunca dejas de sorprenderme. Para bien, quiero decir.
Calló un momento, y la oí tragar saliva al otro lado del teléfono, emocionada.
–Gracias, AlterEgodeCatNoir –susurró. Dudó un momento antes de añadir–: Aún así sigo pensando que no debería haberte seguido, porque atraje la atención del robot y nos puse en peligro a los dos. Lo siento mucho.
Me parecía absurdo que fuese ella quien pidiese disculpas, así que respondí de inmediato:
–El robot estaba siguiendo a Cat Noir, no a ti. Tú no tienes la culpa de nada.
–Bueno, a lo mejor no, pero me siento responsable de alguna manera por todo el desastre de esta tarde. Si no te hubiese invitado a venir al barco, K. y tú no os habríais puesto en peligro. Y L. no habría descubierto que estáis saliendo juntos.
–Lo primero no podías preverlo, M. –repliqué–. Después de todo, los akumas y los sentimonstruos pueden atacar en cualquier parte, en cualquier momento. Y en cuanto a lo segundo... –Suspiré–. Casi todos en la clase lo saben, así que L. se iba a enterar tarde o temprano.
–Pero ¿y si se lo dice a tu padre?
Reflexioné.
–Bueno, pues hablaré con él al respecto –respondí por fin–. Iba a acabar por descubrirlo en algún momento. En realidad bastaría con que alguien nos viese juntos por la calle y nos sacase una foto.
(Inciso para aclarar que hay mucha gente que me conoce. Sin la máscara, quiero decir. Imagino que con todas estas pistas ya podrías averiguar mi identidad si te lo propusieras, y ahora siento curiosidad por saber cómo reaccionarías. Sospecho que te sería más fácil aceptarlo ahora que no nos recuerdas ni a mí ni a mi alter ego, porque en el momento en que escribo estas líneas tengo la sensación de que crees que somos tan diferentes que te parece imposible que seamos la misma persona. Recuérdame, si tienes ocasión, que te cuente lo que sucedió cuando nos enfrentamos a Desperada. Te vas a reír. Yo a veces me río también al recordarlo. O a lo mejor me río por no llorar, porque no estuve especialmente inspirado ese día, la verdad).
–Lo cierto –continué– es que estaba empezando a cansarme de tantas mentiras. A veces es mejor enfrentarse a la realidad en lugar de darle la espalda.
–¿Y si tu padre te prohíbe seguir viendo a K... qué vas a hacer?
La verdad incómoda es que no tengo la menor idea.
–Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él –respondí sin embargo.
–¿De verdad te parece que eso es lo mejor? –preguntó ella, dudosa.
Sonreí.
–Algunos secretos, M., son demasiado grandes para esconderlos en una caja –le dije.
Me pareció que sonreía también.
De todos modos, y como en teoría yo no había visto nada de lo que había pasado entre M. y Cat Noir en el río, no podía preguntarle al respecto. Así que charlamos un rato más y nos despedimos.
Poco después me transformé para ir a verla como superhéroe, a pesar de las protestas de Plagg, que consideraba que el tiempo que había pasado con M. era más que suficiente para un solo día. Pero no le hice caso porque, aunque sé que ella no salió herida del ataque, aún recuerdo la forma en que se echó a llorar entre mis brazos. No sabía si era buena idea visitarla para preguntarle, ni estaba seguro de cómo iba a plantearlo sin que sonara extraño. Pero tenía que intentarlo.
Cuando aterricé en el tejado de la casa de M. vi que había luz en las ventanas, lo cual significaba que no se había ido a dormir todavía. Llamé suavemente al cristal y enseguida asomó ella. Aunque estaba en pijama, parecía muy despierta. Me miró con los ojos abiertos de par en par.
–¡Cat Noir! –exclamó–. ¿Qué haces aquí?
–Estaba de patrulla por el barrio –mentí–, y decidí pasarme para ver cómo estabas.
Me miró con cautela, como si no estuviese segura de qué debía decir.
–Espera un momento –respondió al fin.
Entró de nuevo en la habitación y unos segundos después salió al balcón con una bata sobre el pijama. Se reunió conmigo junto a la barandilla y juntos contemplamos el cielo nocturno en silencio.
–Así que –dije al fin–, ¿te encuentras mejor?
–Sí. Sí, muchas gracias. Vaya, me llevé un buen susto, pero puede que haya reaccionado de forma exagerada. Te pido disculpas.
De nuevo tuve sensaciones contradictorias. Por un lado me alegraba de que ella estuviese más tranquila. Por otro, quería decirle que no tenía por qué disculparse por desahogarse conmigo. En el fondo creo que me gustaría que lo hiciese otra vez. No me refiero a que me guste verla llorar, para nada. Es solo que... siento que su tristeza sigue ahí, pero ha vuelto a esconderla.
Mi madre solía decir que las cosas malas crecen en la oscuridad, y que si quieres acabar con ellas lo primero que tienes que hacer es sacarlas a la luz.
Quizá por eso, porque recordé a mi madre en aquel momento, decidí dar un paso adelante en lugar de aceptar sus excusas sin más.
–M., no tienes que disculparte –le dije–. Si necesitas confiar en alguien... o simplemente consuelo o compañía... para cualquier cosa... sabes que puedes contar conmigo. –Ella me miró, indecisa. Le sonreí y añadí–: Para eso están los héroes... y los amigos.
Tragó saliva y parpadeó rápidamente, pero desvió la mirada.
–Gracias, Cat Noir –dijo solamente.
Esperé, pero no añadió nada más. Un poco decepcionado, me dispuse a despedirme de ella. Estaba claro que no le apetecía seguir hablando, y yo no quería molestarla más. Antes de marcharme, sin embargo, le hice una última pregunta:
–¿Estás... enfadada conmigo por algo? –Se volvió para mirarme, sorprendida–. Quiero decir... si he hecho algo que te ha molestado...
–¡No! –exclamó ella–. No, tú no has hecho nada malo. Nunca. Es solo que... –inspiró hondo– no estoy pasando por un buen momento y...
–¿Puedo ayudar?
–¡No! –respondió M. rápidamente.
Debió de captar mi expresión dolida, porque se ablandó... y fue casi peor. Me miró con la expresión más desconsolada que le he visto nunca y susurró, al borde de las lágrimas:
–Nadie puede ayudarme.
Pero no lloró. Se quedó ahí, junto a la barandilla, temblando, con la cara pálida y los ojos húmedos. Di un paso al frente para abrazarla y retrocedió de forma instintiva. Me quedé quieto para no asustarla. Cruzamos una larga mirada y vi en sus ojos que tenía mucho miedo, pero que por alguna razón no podía confiar en nadie. Ni siquiera en Lk, o en A., o en sus padres. Y por supuesto, ni siquiera en mí.
De modo que me tragué mis ganas de seguir preguntándole. Solo abrí los brazos y volví a mirarla en silencio.
Ella dudó un momento, pero finalmente aceptó la invitación.
La abracé con todas mis fuerzas. No sé si aquello serviría de algo, pero era lo único que podía hacer.
Así que nos quedamos un momento en silencio, abrazados. Ella no lloraba, pero respiraba profundamente, como si intentara recuperar la calma.
Por fin le pregunté en voz muy baja.
–¿Era esto lo que necesitabas?
–Sí –susurró ella–. Gracias, Cat Noir.
–Para eso están los amigos –repetí con suavidad.
Y no tengo mucho más que contar. Creo que iré más veces a ver a M., si ella no me echa, aunque solo sea para estar a su lado y abrazarla cada vez que lo necesite.
De momento, al parecer es lo único que puedo hacer por ella.
Siempre tuyo,
Cat Noir
NOTA: Supongo que es frustrante que Marinette no termine de abrirse a Cat Noir, pero hay una razón poderosa. Si nada se tuerce, en cinco o seis capítulos la descubriremos por fin ;-)
