Capítulo XVI

La habitación

Durante los dos meses de interminable espera por alguna señal, Josefina se había hundido en una especie de tristeza amodorrada, un pantano de inacción que era a la vez un laberinto sin final. Quería hacer algo, ¿pero qué? Temía que cualquier paso que pudiera dar, al igual que la ida a la iglesia y al mercado aquella vez, fuera más bien contraproducente.

Pero la visita del padre Felipe le devolvió la fe en lo improbable y con eso, le regresaron las fuerzas que la otra noche la habían acompañado para irse sola a caballo hasta el cuartel para enfrentarse a Monasterio y de paso, hasta atacarlo físicamente cuando fue necesario.

Y es que a veces, es necesario hacer cosas de las que no nos creíamos capaces.

No podía demostrarlo, por supuesto. Todo debía ser igual que siempre en los días faltantes (o sobrantes) para que llegara el 11 de mayo, las mismas horas en la biblioteca, los mismos intentos fallidos al piano, cuando por dentro, su mente se encargaba de diseccionar por milésima vez el mensaje del cura.

Primero, Diego estaba vivo y bien, o al menos mayormente recuperado de la herida que hubiera podido recibir. Solo este pensamiento bastó para bajarle enormemente el volumen a su mido. Él estaba vivo.

Gracias, Dios.

Segundo, le había dado la posibilidad de abortar el plan antes de siquiera ponerlo en marcha, de quedarse segura en casa. Un buen gesto de su parte (como todos los suyos, como siempre), pero hasta él mismo sabía que era una formalidad. Cualquier estrategia por arriesgada que fuera que él y el padre Felipe hubieran logrado urdir quién sabe cómo, no había manera de que ella se mantuviera al margen.

Tercero, no habría guardia fuera de su ventana el día pautado. Entonces, había alguien más en esto. No era de extrañar, considerando que la gente del pueblo y por supuesto los sirvientes del rancho estaban a favor del Zorro. ¿Pero quién, cómo lo habían contactado, cómo se desharían del soldado, estaban algunos lanceros también de este lado? Lo dudaba. Bernardo era la opción más lógica, pero el padre no lo había mencionado. Por eso, Josefina lo veía traerle el té, ayudarla a bajar del librero los tomos que estaban más arriba, volver del mercado y traerle los duraznos más dulces, y se preguntaba, ¿eres tú, Bernardo? ¿Sabes de esto? ¿Sabes que tu amigo y patrón, y yo, nos vamos y te dejaremos aquí?

No había vuelta atrás, nos vamos, adonde fuera. A las montañas, a Texas, ya había sopesado varias ideas. Nos vamos, ya lo veía como un hecho. Eso, hasta dos días antes de la fecha.

El libro de poesía en francés era otra excusa más para pasar el tiempo, esta vez en su habitación, cuando una discusión acalorada le llegó desde algún punto de la casa. Su portero y guardaespaldas particular la siguió por el pasillo y escaleras abajo.

"…lárguese de mi propiedad ahora mismo, ¡fuera!"

Un instante después, la última persona que hubiera querido toparse emergió de la biblioteca.

Cara a cara de nuevo con él, otra vez la mano del miedo agarrándole el corazón y estrujándoselo como a una naranja para jugo.

¿Sabe algo?

No sabe nada.

Había que sacar fuerzas de cualquier sitio.

"¿Y usted qué hace aquí?"

Monasterio tenía una expresión neutra, al menos no de triunfo o burla.

"Buenas tardes, señora. No es que le deba explicaciones a usted por supuesto, pero pasaba a saludar a su suegro. Y a asegurarme de que todo marche bien por acá."

"Pues no sé si se da cuenta, pero sus saludos no son bienvenidos. Adiós."

"Espere."

Las rodillas literalmente le flaquearon.

¿Sabe algo?

No sabe nada.

No bajes la mirada, míralo. No tienes nada que esconder.

"Tú, largo." El soldado desapareció en un santiamén. Ahora el Capitán parecía fastidiado; sin embargo, habló: "Iré al grano-"

Sabealgo

Nosabenada

Sabealgo

Nosabenada

"Si bien fue usted quien comenzó a agredirme aquella vez, debo asegurarle que de mí se podrán decir muchas cosas: que soy estricto; autoritario, incluso; ambicioso, tal vez. Pero nunca podrá decirse que le he levantado la mano a una mujer. Así que le ruego me disculpe si le hice daño. Eso es todo."

Otra cosa que seguro podría decirse de Monasterio, es que probablemente no estaba acostumbrado a pedir perdón.

"Yo lo… agredí, porque se dirigía usted con una pistola en la mano a buscar a mi esposo, y créame que lo haría de nuevo. Y si hablamos de daño, daño es esta persecución que nos tienen a todos."

"Persecución amparada por la ley, señora, y que le reitero, fue el mismo De la Vega quien se la buscó. Pero no me interesa seguir discutiendo con ninguno de ustedes así que, buenas tardes."

Josefina respiró de nuevo al verlo cerrar la puerta de la casa tras de sí. Su alivio no duró mucho: justo dos días antes, se aparecía ese hombre en la casa. ¿No podría ser que-

No sabe nada.

No sabe nada.

Repítelo.

No sabe nada.

(…)

Le parecía que todas las cosas a su alrededor gritaban de susto y emoción: el armario, que era también puerta al pasadizo ya no tan secreto; el piano, la chimenea, la alfombra, las cortinas y hasta el pastel de pollo y vegetales que hizo Cresencia para la cena. Todo ardía, todo saltaba y todo daba vueltas en este 11 de mayo a las siete de la noche.

"Señora, ¿le llevo la cena a don Alejandro o se la lleva usted?"

"Yo se la llevo Cresencia, gracias."

Hacía tiempo que no venía a la sala a comer. Don Alejandro ahora se pasaba el día entero o metido de cabeza en el trabajo del rancho, o en los negocios, o en su habitación. Estaba él también en su propio laberinto, en su infierno personal, su único hijo desaparecido y con la guillotina pendiéndole sobre la cabeza.

Si pudiera decirle que Diego está bien-

¿Qué te dijo el padre Felipe al respecto?

Que no le diga ni a él pero-

Podría hacer algo queriendo ayudarlos y más bien arruinarlo todo.

Pero-

Sin preguntas. Espera y confía. Y mantén la boca cerrada.

Bajo la mirada del soldado en el corredor, tocó varias veces antes de entrar, como todas las noches.

"¿Don Alejandro?" Y como todas las noches, estaba sentado en su escritorio de madera pulida, sea leyendo papeles o escribiendo, o sin hacer nada en concreto, solo… ahí. "Le traje la cena. Cresencia hizo el pastel que a usted le gusta."

Algunos días no respondía, como si ni siquiera percibiera su presencia. Otras veces, como esa noche, asintió y siguió leyendo algún papel amarillento.

Era increíble. Ese señor que siempre veía de lejos, el hacendado millonario, justo y recto aunque a veces de malas pulgas, desde el primer día que pisó su casa la había aceptado y tratado hasta con cariño y, tal como lo dijo hacía… ¿cuánto? (demasiado): como a una de la familia. Nunca podría agradecérselo lo suficiente, y ahora…

Mantén. La boca. Cerrada.

"Buenas noches," se volvió para irse.

"Josefina."

Lo miró desde la puerta. Tenía el mismo semblante decidido de siempre, pero ahora y desde hacía ya semanas, los ojos tristes.

"¿Sí?"

"Gracias. Hija."

"De nada." Tuvo que irse en seguida para no llorar.

(…)

Las ocho ya eran horas de estar en su habitación/la habitación de Diego. Su reloj de bolsillo, ese que trajo de España, estaba expuesto sobre el escritorio como pieza de museo: las ocho y dos minutos exactamente.

El vértigo llegó, pero un vértigo que la empujaba hacia adelante, tal vez la adrenalina que hace actuar a la gente en momentos extremos o de peligro.

Se acercó a la ventana a cerrar la cortina, como todas las noches. El soldado estaba ahí afuera.

Como decía tío Pedro: para luego es tarde.

Lo primero era zafarse del vestido y sustituirlo por algo más adecuado. Si tenía que bajar un piso entero de la casa trepada sabe Dios cómo, luego correr y saltar una cerca, lo peor que podía hacer era andar en falda. Podía considerarse una locura, pero de seguro no lo era tanto como escaparse de una casa infestada de lanceros para ir a reunirse con un prófugo de la justicia. Destapó uno de los baúles y hurgó hasta encontrar los pantalones color azul marino, casi negro. Les cortó medio metro de piernas y se los ciñó con un cinturón. Poco estético… no, un horror, diría doña Graciela, pero totalmente práctico.

Zapatos bajos y una blusa negra manga larga que había sido de su tía: tonos que se confundieran bien en la noche sin luna. Casi se ríe de pensar que si el Zorro se vestía de negro para salir, tenía sentido que su esposa lo hiciera también.

Un moño en el pelo, que no le estorbase ningún mechón rebelde. Una almohada y ropa acomodadas debajo del cubrecama; no estaba de más una precaución de esta clase, simple pero efectiva y que podría comprarle un precioso minuto de ventaja en caso de-

No. No habrá imprevistos.

Siempre hay imprevistos, la vida está llena de ellos. Mejor piensa en lo que harás si surge alguno.

¿Cómo cuál?

No se atrevía a pensar en eso. La cara de Monasterio se le aparecía entre ceja y ceja.

¿Y si me atrapan?

Al menos será luchando.

Se miró al espejo una vez más. Sí, una última cosa.

Se quitó los anillos y los ensartó en un hilo de tejer que se colgó al cuello, para esconderlos debajo de la blusa, tal como antes en la taberna.

Apagó la lámpara y se sentó en el borde de la cama con el reloj en la mano. Estaba tan oscuro que apenas veía las manecillas de oro, pero sí, eran las ocho cincuenta.

Si me atrapan, al menos será luchando, repitió.

Los gritos de las cosas a su alrededor dieron paso a una quietud en suspensión, la calma antes de la tormenta, como dicen.

…en la prosperidad y en la adversidad…

Las ocho cincuenta y cinco.

¿Le temblarían las manos llegado el momento? Era propensa a volverse una gelatina cuando la atacaban los nervios.

No. Eres fuerte.

Soy débil.

Mentira. ¿Lo amas?

Lo amo.

¿Para todo?

Para todo.

Entonces, adelante.

Aún faltaba media hora.

Josefina se puso a desentrañar el silencio a su alrededor.

Y esperó.

(…)

Nota: la parte en que se despide (por así decirlo) de don Alejandro, ¡oh Dios! Estaba en un café escribiendo y estaba sonando una canción que no sé cuál es, pero ahí mismo se me salieron las lágrimas mientras escribía, cuando le dice "gracias. Hija." (*llora*) ¡Gracias por leer!