Capítulo 14
La tentación de Draco.
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La biblioteca de San Mungo se había convertido en su lugar seguro. El movimiento de las hojas de los libros al pasar y el rasgar de las plumas siempre le habían traído paz a Luna.
No era que quisiera huir, pero necesitaba estar lejos de todos los habitantes de su casa al menos por un rato.
Pasó la página de su libro sin darle mucha atención a las palabras, mientras pensaba en todos los problemas con los que debía lidiar esos días. En unas horas sería la fiesta de cumpleaños de Tabitha en el sótano del Canto del Fénix, y siendo completamente honesta, no le apetecía en lo más mínimo asistir. Pero sé presentaría de todas formas. Quería estar presente para poder mantener vigilada a Ginny y a su adorado acompañante.
No dudaba que Harry tendría un comportamiento adecuado, pero no se fiaba mucho de su mejor amiga. Jamás la había visto tan risueña por un chico y le preocupaba que en el calor de la fiesta pudiera hacer algo que luego lamentara.
Había pensado en esa posibilidad esa misma mañana cuando Ginny se marchó con ella para ir a ver a Taby, no sin antes despedirse de Harry, prometiéndole que se verían en la noche. Había sido una escena que daba vergüenza ajena, con exceso de sonrisas y risas, aunque a los dos principales involucrados parecían no notarlo.
Su amiga se estaba ilusionando, mostrando por primera vez interés en un muchacho. Y Luna así se lo advirtió a Harry cuando después de decirle a Ginny que se había olvidado de algo, regresó a la cocina para enfrentarlo.
Al principio el Guerrero se hizo el desentendido pero era más que obvio que aquella información le alegraba.
—¿Ocurrió algo?—le había preguntado Harry en cuanto la vio entrar en la cocina. Se mostraba tranquilo, y Luna supo que había estado esperando ese momento, ya se departe de ella o de Nick.
—No sé, dímelo tu—se cruzó de brazos con la vista fija en el.
—Yo no sé qué te….
—Dime Guerrero. ¿Qué es para ti una cita? ¿Entiendes lo que puede significar para algunas personas?
Vio a Harry apretar los labios. Podía ver la lucha en sus ojos verdes. Esos ojos que cada día se volvían más expresivos a pesar que su propietario se esforzara en evitarlo.
—Mira, tal vez para ti es una estupidez de humanos, pero Ginny está emocionada—Continuó hablando Luna al ver que Harry se había quedado sin palabras.—¡y que los dioses nos proteja! Le gustas, y mucho. Sé que esto puede ser incomprensible para ti. Pero para ella es muy importante. Jamás la había visto así por un chico.
—¿De verdad?
Había una chispa en sus ojos. Algo peligroso que hizo que Luna se pusiera en guardia y lo apuñalara con su dedo índice.
—Guerrero, no sé que eres. Porque alma no es precisamente algo que te falte—Luna lo miró de pie a cabeza y lo cortó en cuanto lo vio intentar contradecirla—No me importa, Guerrero. Pero rompe el corazón de mi amiga, y no habrá Hades, Albus o Perséfone que te proteja.
Luna se había marchado antes de que él pudiera defenderse, si es que lograba encontrar su voz.
—¿Aún por aquí?
Luna se distrajo de sus recuerdos al escuchar una voz a su lado. Al voltear se encontró con un chico alto, muy delgado y de extremidades muy largas. Su cabello castaño, alborotado y rizado, parecía tener destellos rojos bajo la luz de las arañas de la biblioteca. Su rostro lleno de pecas le dedicó una sonrisa algo tímida. Como siempre, llevaba un par de libretas de apuntes bajo el brazo y gruesos volúmenes empolvados entre las manos.
—Hola Rolf —le devolvió la sonrisa cordialmente al tiempo que liberaba el otro lado de la mesa que estaba ocupando, para que el chico pudiera dejar sus cosas. Así lo hizo, agradeciéndole con otra sonrisa mientras tomaba asiento frente a ella.
—Creí que ya habías comenzado tus vacaciones. —comentó al tiempo que ordenaba metódicamente todos sus útiles, notas y libros en su lado de la mesa como hacía siempre.
—Así es, pero quería repasar algunas cosas.
—Eres demasiado aplicada—rió su joven compañero.
—Mira quién habla—señaló como alineaba sus plumas y tintero—¿quieres una cinta métrica para asegurarte que tus plumas están a la misma distancia una de la otra?
Scamander arrugó la nariz mientras sus mejillas se coloreaban un poco. Pero el bochorno le duro poco, rápidamente comenzó a parlotear sobre lo aburrida que le había parecido su ultima clase del día.
Luna adoraba su interminable charla, aunque preferiría comerse un escorbuto de cola explosiva antes de admitirlo en voz alta.
Rolf Scamander era todo lo que ella alguna vez soñó ser. Como su padre, y como su famoso abuelo, Newt Scamander, el chico estudiaba para ser magizoólogo. Ese era su sueño y lo estaba cumpliendo. Luna lo envidiaba mucho por eso.
Aquella profesión siempre la había atraído. Desde muy pequeña había sentido una gran curiosidad por las criaturas mágicas. Cuando los amigos de su padre le preguntaban que quería ser cuando fuera grande, ella no dudaba ni un segundo, y aseguraba que sería la más famosa magizoólogo mujer de la historia.
Así había sido hasta el momento que había visto a su madre biológica por primera vez.
Cuando eras semidiosa, aprendes algo rápido: tu padre o madre divina nunca pondrán mucho interés en ti, a menos que te necesiten.
Luna conoció a su madre cuando tenía once años y estaba a punto de entrar en Hogwarts. No se sorprendió al verla, su padre siempre le había contado la verdad de su origen. Pero lo que si la tomó por sorpresa fue saber la razón de su visita
Los dioses eran seres egoístas por naturaleza, ella no había estado esperando un abrazo ni nada de eso, pero nunca había estado lo suficientemente preparada como para recibir la misión que le tenía su madre ausente.
Cuidar a la triste Ginny Weasley hasta que la vida de esta llegara a su fin.
Había sido una idea aterradora para una niña de once años. Ginny era una huérfana pálida y de ojos tristes que había visto solo un par de veces en la vida, y a partir de ese momento estaba atada a ella.
Nunca le tuvo rencor a la joven pelirroja por eso. Era su amiga. Su adorada amiga, la cual con el tiempo se había vuelto como una hermana. Pero en aquel momento todos sus sueños se acabaron. Los magizoólogos debían viajar y nunca permanecía demasiado tiempo en un lugar. No podía seguir con ese sueño si debía cuidar a Ginny. Con tristeza y resignación había llevado sus estudios al área de la medicina, ahora estudiaba en la universidad de San Mungo y había sus prácticas en el hospital, compartiendo casa con Ginny. Siempre estando cerca por si su amiga la necesitaba.
No se quejaba ni tampoco se amargaba por como habías ocurrido las cosas. Ser sanadora siempre le había interesado, era su segunda opción. Así que tampoco debía lamentarse, porque le gustaba y también le era útil. Además, hacia mucho que Ginny había dejado de ser la única razón por la que no abandonaba Londres.
Pero a pesar que se repetía esas cosas casi a diario, no podía dejar de disfrutar secretamente cuando Rolf hablaba de las maravillas de su profesión.
Como no envidiarlo y amarlo al mismo tiempo cuando estaba a nada de graduarse, y en cuanto tuviera el diploma en la mano, se subiría en su propio barco de vela a buscar criaturas mágicas en lo más profundo del océano, donde ningún otro mago había estado.
—…y Markus dijo que las mordidas de Kelpie podían ser tratadas con díctamo. ¿Puedes creerlo?—agitó la cabeza, aunque seguía sonriendo— Espero que nunca lo muerda uno, porque estará en un buen lio si trata de curarla con eso.
Luna asintió dándole toda la razón. Rolf estaba en la academia de San Mungo tomando cursos sobre curaciones de heridas provocadas por bestias fantásticas. Luna había tomado esos cursos el semestre pasado, solo por diversión (nunca admitiría que lo había hecho por si algún día tuviera la libertad de seguir sus sueños). Ahí se habían conocido, y desde entonces se habían vuelto buenos amigos.
Luna le gustaba su compañía. El estaba tan completamente apartado de su mundo, que era como respirar aire fresco. A veces se sentía un poco mal por sentirse de esa forma, pero no podía evitarlo, el mundo le parecía un tren a toda velocidad y ella solo quería bajarse.
—¿Y tu como has estado?—Rolf la miró con autentico interés.
Luna se encogió de hombros
—Como siempre, nada nuevo que contar.— Lo malo de estar hasta el cuello de asuntos utrasecretos era que nunca podía decir nada cuando le preguntaban como estaba.
—¿Enserio?
—Mi vida es muy aburrida—le sonrió pasando las páginas de su libro.
—Ya veo…
Rolf Scamander le sonrió. De un tiempo hasta esa parte la había notado cansada y aunque lo negara, sabía que algo le preocupaba. Le gustaría que Luna le hablara de sus cosas y así saber cómo podía ayudarla. Pero sabía que no eran lo suficientemente cercanos, y no quería molestarla con preguntas indiscretas.
Sacó una pequeña cajita envuelta en papel rojo de la mochila y la colocó sobre el libro que ella leía.
—¿Y esto?—preguntó desconcertada.
—Un regalo—respondió restándole importancia al asunto—No sé si te veré de nuevo antes de navidad, así que decidí dártelo ahora.
—Oh Rolf, no tenías porque….yo no tengo nada para darte a ti.
—Eso no importa, no tienes que regalarme nada—le aseguró—vamos, ábrelo
Al verla sonreír mientras abría el obsequio, tuvo el impulso de decirle que con su sonrisa le bastaba, pero él no era el tipo de chico que soltaba esas cursilerías aunque estas calentaran su corazón cada vez que le veía. Además, no sabía si Luna se tomaría para bien un comentario como ese.
—Rolf—murmuró al sacar unos pendientes con formas de rábano de la cajita. No eran de verdad, pero las pequeñas piedrecillas daban la ilusión de que si lo eran.
—El otro día los vi en el escaparate de una tienda y de inmediato supe que eran para ti.— mintió descaradamente, ya que el mismo los había mandado a hacer hacia unas semanas. Aún recordaba la mirada sorprendida del dueño de la tienda cuando le dijo lo que quería.
—Lo recordaste.—lo miró con una sonrisa inmensa, haciendo que el corazón de Rolf se disparase como loco.
—Sí, lo recordé.— Respondió con las mejillas sonrojadas y la mirada fija en sus manos de dedos largos y ásperos. Meses atrás Luna le había contado alguna de sus rarezas adolescentes, y una de ellas había sido sus pendientes de rábanos que tanto habían escandalizado a sus compañeras de curso. Luna lo había mencionado al pasar, pero Rolf lo recordaba, como todo lo que salía de su boca.
—Gracias.
—No fue nada
Le dedicó la sonrisa más grande hasta que este desvió su atención a sus libros, completamente abochornado. Por un segundo, con aquellos perfectos pendientes de su mano, quiso invitarlo a la fiesta de esa noche, presentárselo a Ginny y pasar un agradable momento con todos sus amigos. Pero se contuvo. Guardó su regalo en su bolso mientras se despedía de él, deseándole unas agradables fiestas.
Aquel chico tenía toda una vida por delante. Vivía en un mundo sin demonios del infierno ni dioses egoístas. Podía ir y venir a su antojo, y ella no podía llevarlo con sus amigos, cerca de demonios, dioses y guerreros.
Además, a Nick no le causaría gracia su presencia. Ya las cosas estaban lo sufrientemente mal como para que ella apareciera acompañada de un chico a la fiesta de Taby.
Tomó los libros que había estado leyendo y fue a dejarlos en sus respetivos estantes. Estaba dejando el último cuando lo sintió. La temperatura del lugar subió unos cuantos grados, pero a pesar de eso su piel se puso de gallina.
—Tienes que aceptar que tiene su encanto.
Apretó los ojos un momento antes de armarse de valor y voltear a ver a la mujer que acababa de aparecer a su lado. Más alta que cualquier otro humano, el cabello rubio apretado en un moño y usando una túnica de bruja color gris, su rostro habitualmente severo intentaba mostrarse amable.
—Madre.
—No seas tan efusiva, querida—El tono irónico era obvio, pero Luna prefería ignorarlo. Su relación era bastante rara como para iniciar disputas cada vez que Atenea se dignaba a bajar de su pedestal y ensuciarse los zapatos caminando entre los humanos.
Ser hija de una diosa podía ser divertido para algunos, como por ejemplo para los retoños de Afrodita, que pasaban sus días tomando sol y embelleciendo las revistas de moda y espectáculo. Pero no cuando eras la hija de Atenea…. La diosa de la sabiduría no tenía ningún hijo a menos que lo necesitara para alguna misión. Luna era la primera en décadas, lo sabía e intentaba no pensar mucho en eso.
—¿A ocurrido algo con Calixto o el Cofre de Almas?
—Le interesas sentimentalmente—comentó Atenea mirando hacia donde estaba Rolf estudiando.
Luna lo miró entre los estantes, estaba jugando con su pluma mientras leía sus notas. Sabía que a Atenea los sentimientos de un humano y hasta de su propia hija le interesaban un comino. La diosa solo lo había mencionado para apartar la conversación de las preguntas directas de Luna. Seguramente sabía lo que estaba por pasar, los dioses siempre sabían lo que estaba por pasar, pero por alguna estúpida razón habían pactado solemnemente nunca intervenir de forma directa. Ellos guiaban con ambigüedad, mandando a otros a hacer el trabajo sucio.
Más joven, Luna había imaginado al mundo como un inmenso tablero de ajedrez y a los dioses como los jugadores. Lo malo era que sus amigos y ella eran los peones, y era cuestión de tiempo para que los echaran del tablero de una patada.
—No le intereso sentimentalmente—. Intentar sacarle la verdad a su madre era una completa pérdida de tiempo.
—No me sorprende que no lo notes. Mis hijos nunca han estado muy inclinados a interesarse por esos asuntos.
— Rolf es un amigo.
—No me pondré a discutir contigo sobre un tema tan frívolo, hija—Atenea no tenía tacto, ni paciencia. Luna agradecía a las Moiras haber sido parecida en carácter a su padre.
—¿Entonces para que mencionarlo?—gruñó colocando el último libro en su lugar.
—Solo entablaba una conversación con mi hija.
Luna la miró fijamente
—¿Por qué?
—¿Necesito una razón?
Cuando era muy pequeña su padre le había dicho que su madre se había marchado. No había dado demasiados detalles al principio ¿cómo hacerlo?. "Se fue" había contestado cuando ella fue lo suficientemente grande como para notar que a su pequeña familia le faltaba un integrante.
Tiempo después cuando fue lo suficientemente mayor para entender todo, la idea del abandono no parecía tan mala comparada con la verdad completa.
Una madre desinteresada y desamorada, en comparación, parecía mucho mejor que una madre que solo te había dado la vida para que fueras una pieza de su brillante plan. Como quien va a la tienda a comprar unos clavos para su nueva construcción.
—No me interesa tener una conversación, madre. Necesito respuestas.—Si ella la veía solo como un instrumento, Luna no se molestaría en ser educada ni cariñosa—Tengo demasiadas dudas. ¿Dónde está Calixto? ¿Sabemos si atacara pronto? ¿Por qué esta tan callado? No ha hecho nada desde que envió a ese demonio a ofrecerle trabajo a Harry, eso me pone nerviosa. ¡Ah, por cierto! ¿Qué diantres le pasa a Harry? ¿Cómo es posible sea como es? Hermione es una piedra sin emociones y Astoria solo adsorbe sentimientos ajenos, pero el… el actúa como si tuviera alma propia ¿Cómo es eso posible, madre? ¿Acaso no se supone que los guerreros no tienen alma?
Atenea no se ofendió al escuchar el tono exigente con que Luna soltaba todas aquellas preguntas. Todo lo contrario, sonrió orgullosa.
—La búsqueda interminable por el conocimiento…
—Madre—Luna la miró con mala cara.
—No sé qué está haciendo Calixto, si lo supiera ya te lo hubiera dicho, querida—Luna lo dudaba—Pero en lo que respecta al Guerrero, eso si te lo puedo contestar.
—¿De verdad?
Sin decir nada, Atenea tomó su mano por primera vez en su vida. Su piel era suave y cálida, y por un segundo se preguntó cómo sería ser abrazada por su madre, mientras la biblioteca se desvanecía a su alrededor.
Cuando sus pies volvieron a tocar suelo firme, se encontró en un inmenso invernadero, el doble de grande de cualquiera que pudiera haber en su antiguo colegio. Con inmensas plantas, bellas y muy exóticas, todas con flores de aromas dulces y colores brillantes. Miró a su alrededor y no encontró a su madre, aunque su mano aún sentía la calidez de su contacto. Lo que si vio fue una mesa redonda de jardín en un rincón del lugar, sobre ella estaba preparado todo un servicio de té que hubiera hecho hervir de envidia al mismísimo Sombrerero Loco.
Un juego de té finísimo y extremadamente delicado estaba listo para ser usado. La mesa rebosaba de pastelillos y masas finas que olían de maravilla, que le recordaron a Luna que se había saltado el almuerzo.
De pronto la puerta del invernadero se abrió y un hombre y una mujer entraron. Reconoció de inmediato a Albus, con su caminar pausado y su túnica celeste brillante que seguramente Hades reprobaba completamente.
La mujer estaba llorando, con esa elegancia que Luna solo había visto en las películas muggles. Tenía un hermoso vestido color blanco y su cabello parecía una cortina sedosa que llegaba hasta sus muslos. A pesar de tener los ojos rojos, las mejillas surcadas de lagrimas y la naricita respingona un poco roja, Luna no pudo dejar de ver la divinidad de su rosto perfecto.
No necesitaba presentación, solo una belleza natural como aquella podía ablandar el corazón de hielo del dios del inframundo.
Intentó disculparse por su presencia, pero Perséfone y Albus la ignoraron. Pronto comprendió que ella era una simple observadora y que todo aquello era un recuerdo.
—Mi pequeña, Calix no te odia, ni tampoco ha elegido a Hades por encima de ti. —intentaba consolarla Albus mientras le entregaba un pañuelo.
Ella lo aceptó sin dejar de negar con la cabeza.
—El ya no me quiere… ya es un hombre y no me necesita.—hipo secándose las lagrimas.
Albus comenzó a servir el té mientras intentaba decir palabras amables para calmar a la diosa de la primavera. Pero al parecer se equivocó en algo, ya que la diosa comenzó a llorar con más fuerza.
—¡Los maldigo! —chilló poniéndose de pie. —¡Maldigo a todo el mundo!
—Perséfone….pequeña, no digas algo que luego lamentes—la voz calmada de Albus no podía hacer mucho con la furia cada vez mas ascendente de la diosa.
—¿Por qué Albus? ¿Por qué? ¿Acaso he sido mala hija? ¿Mala esposa? —Le increpó, como si él fuera el culpable de todo— Cuando Hermes trajo a Calixto creía que era una recompensa por todos mis sufrimientos. Pero míralo ahora. Solo hay rencor en su corazón ¿Cómo amar a un hijo así?
—¿Tal vez es ahora cuando mas amor necesita?—se atrevió a decir el anciano tendiéndole una taza de té. Perséfone la rechazó apartándose de la mesa y acercándose a una de las ventanas abiertas del invernadero.
—¿Cómo amar a un ser como él?
—Hermes te lo advirtió Perséfone.—Albus intentaba ser amable, pero Luna detectó una nota de severidad en sus palabras—Calixto es un hibrido como jamás hemos visto, a estas alturas dentro de él hay muy poca humanidad.
—Tú dijiste que podía crecer y volverse un buen hombre.
—Lo dije, si. Pero nunca imaginé que la influencia que Hades podía tener sobre él sería más fuerte que la suya, mi señora.
—¿Le echas la culpa a mi esposo?—se dio la vuelta para fulminarlo con la mirada.
Luna dio un paso atrás, pero Albus no.
—Conoces a tu marido, Perséfone.—respondió con tranquilidad—Pero no puedo darle toda la responsabilidad a él. Calixto tomó sus decisiones, rechazó la humanidad que le quedaba y ahora debe vivir con eso. Jamás tendrá buenos sentimientos. La bondad y la empatía serán solo palabras para él.
— Calix ahora ni siquiera me mira, me he vuelto alguien sin importancia para el.—ya no lloraba, pero su mirada era la más triste que Luna había visto jamás— Yo solo quiero un hijo, Albus ¿pido demasiado?
Luna no pasó por alto el hecho de que a Perséfone le importaba un pepino la maldad de Calixto, y solo le interesaban sus propios problemas.
—Claro que no, pequeña.—Albus parecía ser un padre amoroso para Perséfone
—Pues para el resto del mundo parece que si.—se secó las mejillas con el pañuelo—¿Por qué mi madre me odia tanto como para maldecir mi matrimonio? Puedo tener hijos con cualquier hombre o dios en la faz de la tierra o el cielo, cualquiera menos con mi marido. ¡Es tan injusto! Y ella se atreve a decirme que busque un amante y que así tenga el hijo que tanto deseo ¿Cómo puede decir algo tan horrible? ¿Tener un amante? ¿Yo? Jamás haría algo semejante. Hades me ha sido fiel desde el día que nos conocimos. Nunca podría hacerle algo así a mi amado Hades.
Perséfone volvió a mirar por la ventada mientras Albus bebía su té, sin dejar de insinuarle a la diosa que intentara nuevamente acercarse a Calixto. Luna sabía lo que el anciano intentaba hacer. Tal vez si Calixto no hubiera sido abandonado por Perséfone en su peor momento tal vez, solo tal vez, con su ayuda y amor materno, él hubiera intentado potenciar esa pequeña luz que agonizaba en su interior y las cosas hubieran resultando muy diferentes.
La joven semidiosa se preguntaba qué tan antiguo era aquel recuerdo, cuando Perséfone soltó un chillido de emoción. Luna frunció el seño, mirando hacia donde la diosa miraba. Más allá, solo había tierra árida, el inframundo en toda su gloria. Desentonando muchísimo con la belleza viva de las flores del jardín de Perséfone.
Pero la diosa no miraba la llanura muerta del inframundo, sino al grupo de niños con armadura que luchaban uno contra otro, mientras las Furias les gritaban ordenes en lo que para Luna le parecía ser el peor método de entrenamiento del mundo.
Le revolvió el estómago la imagen que tanto hacia sonreír a la diosa. Era una veintena de niños que no llegaban a los diez años, con espada y escudo en mano. Peleaban como animales enfurecidos y muchos caían al suelo y no volvían a levantarse.
—Tú me darás un hijo, Albus— sentenció Perséfone dándole la espalda a la sanguinaria escena de entrenamiento.
—¿Perdón?—el anciano la miró sorprendido por primera vez en mucho tiempo.
—Quiero uno de esos—señaló la ventana, a los Guerreros. Albus no tuvo ni que asomarse para saber de qué le estaba hablando.
—Esos niños están huecos por dentro—le explicó después de soltar un suspiro de cansancio—No tienen alma, querida. Jamás te devolverán ninguna muestra de amor, ni te verán como una madre.
El labio inferior de Perséfone tembló mientras miraba al anciano con ojos suplicantes.
—Entonces dame uno que si tenga alma.
De pronto Luna se sintió caer, rodeada por la oscuridad. Lo único que la mantuvo calmada fue el agarre de la mano de su madre. Firme y cálido que la guiaba.
Reapareció en un prado hermoso rodeada de flores silvestres. Unas ninfas correteaban en unos pastizales ya amarrillos por culpa del fuerte sol que se alzaba sobre sus cabezas. Era pleno verano, las abejas zumbaban entre las flores y los pájaros volaban felices en un cielo despejado.
Veía todo desde una pequeña colina donde un inmenso árbol daba sombra en aquel día tan caluroso.
Perséfone estaba allí. Sentada sobre una de las raíces del árbol, tarareaba alegremente al tiempo que una ninfa de tez verdosa decoraba su largo cabello con miles de florecillas de todos los colores.
—Hoy es el gran día Dudy— reía alegremente Perséfone. Dudy la miró con curiosidad, pero la diosa solo rió mas fuerte—No me mires así, no puedo decirte nada Dudy, es un gran grandísimo secreto. Cuando llegue Albus tú tendrás que irte.
Dudy arrugó la nariz y Luna supo que si Albus hubiera tardado dos minutos más, la ninfa se las hubiera arreglado para que aquella alegre y despreocupada Perséfone le contara todos sus secretos. Por suerte Albus apareció allí con una túnica color morada y una capa escarlata que no pegaba nada bien con ese caluroso día de verano.
En cuanto Dudy desapareció con el resto de las ninfas que andaban por ahí, Perséfone extendió sus brazos, y de su capa Albus sacó un pequeño bulto de telas blancas.
En cuanto estuvo en los brazos de Perséfone, Luna comprendió lo que había entre toda esa tela. Un bebé, uno diminuto que no debía tener ni una semana de vida.
—Las recolectoras me lo trajeron directamente a mí, Hades no sabe nada. Puedes quedártelo hasta el otoño, pero cuando regreses al inframundo, el debe tomar su lugar en el ejercito, o si no levantara sospechas.
—¿Niño o niña? —preguntó la diosa completamente fascinada con la imagen del bebé durmiendo en sus brazos. Ignorando nuevamente las palabras del anciano.
—Niño, como me lo pidió.
—¿Con que nombre nació?—preguntó, aunque rápidamente añadió— Aunque si no me gusta como se llama, se lo cambiare.
—Harry, querida. Se llama Harry.
—Hola Harry—la sonrisa de la diosa fue la más hermosa del mundo y estaba completamente dedicada al niño.— De ahora en adelante seré tu madre Harry. Y tu serás mío, solo mío.
Luna volvió a caer y no se detuvo, mientras a su alrededor pasaban escenas sin conexión. Vio a Perséfone pasando las noches junto a la cuna de Harry en el palacio de verano de su madre Deméter. También vio el amargo llanto que la dejó tumbada en la cama un día entero cuando regresó al inframundo y la mentira la obligó a fingir desinterés por el bebé que tanto amaba.
—Mi magia y la suya funcionaran como un escudo, pequeña—escuchó la voz de Albus por encima de la agitación de las imágenes—Nadie notará que aún conserva su alma y cuando crezca le enseñaremos a comportarse como los demás guerreros. Si somos cuidadosos no seremos descubiertos.
—¿Qué haremos cuando deje de ser un niño?—había miedo en la voz de Perséfone.
— Si todo sale como yo espero, el ganará su libertada y se podrá marchar.
—Y me abandonara.
—El no puede ser tu niño toda la eternidad.
—Pero…
—Parte de ser madre, también es permitir que tu hijo siga su propio camino.
Vio a Perséfone leyendo en voz alta en una pequeña habitación donde un Harry de cinco años la miraba embelesado. Los vio jugar en el verano en el palacio de Deméter otra vez, y luego caminando por lo que parecía una galería de arte en plena noche. Perséfone siempre lo pedía a él cómo su guardia cuando salía del palacio, o se reunía con Harry cuando este estaba en la biblioteca de Albus. Ella le había enseñado a leer y escribir, hasta se había arriesgado a dale clases de bailes, cosa en la que de verdad era malo…
Luna se sintió mareada. Se sostuvo de lo más cercano para evitar caerse. Cuando sus dedos tocaron una estantería supo que había regresado a la biblioteca de la universidad.
—¿Harry sabe la verdad?—miró a su madre, todavía intentando orientarse después de ese viajecito astral.
—Perséfone le contó la verdad hace unos días, aunque yo le dije que era mala idea.
—¿Por qué?
—No me pareció conveniente hacer que el chico le tuviera rencor precisamente ahora
—Pero él no ha abandonado la misión. ¿O sí?
—No, pero ha sido pura suerte.
—¿A qué se refiere?
—Aunque tu amigo el fantasma no le parezca, el enamoramiento entre Ginny y Harry nos ha venido como anillo al dedo, Luna.
—El quiere proteger a Ginny.—la comprensión la golpeo y se sintió culpable por haberlo tratado con tanto recelo.
Atenea asintió.
—Ten los ojos bien abiertos, hija. Esta noche los seguidores de Calixto están inquietos.
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Al morir tan joven, Nick Bones nunca había experimentado de primera mano ciertas actividades propias de la juventud. En vida, jamás había ido a una fiesta donde el entretenimiento principal no fuera un payaso mal pintado o un mago cuyo único talento fuera hacer animales con globos.
Cuando Ginny era pequeña ese tipo de reuniones mas adultas no lo preocupaban, pero su pelirroja protegida no iba a ser una niña para siempre. Las celebraciones familiares o en Hogwarts no le habían molestado jamás, pero desde que Ginny y Taby se habían hecho amigas, las fiestas de cumpleaños de esta última siempre le habían dado grima.
No sabía porque, pero la gran cantidad de personas bailando al ritmo de música ensordecedora le fastidiaba más que nada en el mundo. Sin olvidar que Taby parecía incapaz de beber con moderación y siempre hacia el ridículo. Lo que más le molestaba de eso era que solía arrastrar a Ginny con ella. No era que la pelirroja tuviera sus mismas mañas, pero siempre era ella la que tenía que cuidar de Taby y evitar que se metiera en problemas.
Habitualmente le dejaba el placer de acompañar a Ginny en esas ocasiones a Luna. Pero esa noche le fue imposible. Luna le había mandado un mensaje breve pero claro: "Esta noche Ginny nos necesita a todos para cuidarla"
Y ahora estaba en el sótano bien decorado del Canto del Fénix, observando todo desde un rincón, sin que nadie pudiera verle o hablarle.
El lugar ya estaba lleno, la mitad eran amigos de Taby, la otra mitad eran amigos de amigos que ni siquiera sabían quién era la festejada. A Nick le parecía la estupidez más grande. Tabitha se creía popular, pero era tan ignorada y solitaria como él.
Un grupo de magos con ropa de piel de dragón muy brillante tocaban canciones pasadas de moda en un pequeño escenario. Los habían contratado los hermanos de Taby como regalo para ella. Las mesas que rodeaban la pista de baile estaban llenas, y todos hablaban y reían al mismo tiempo de forma escandalosa, mientras bandejas desbordadas de comida y copas volaban a su alrededor. Si hubiera sido posible, Nick le hubiera dado dolor de cabeza.
La pista aún no estaba tan llena, pero algunas parejas ya estaban haciendo el ridículo, al igual que Taby, la cual ya iba por su tercer whisky de fuego y le decía a todo aquel que tuviera la mala fortuna de pararse muy cerca de ella, lo decepcionada que se sentía porque su ligue de esa semana le había avisado a última hora que no asistiría.
Nick rodó los ojos cuando la escuchó decir que todos los hombres eran unos idiotas. Ya había perdido la cuenta de las veces que la había oído decir algo semejante.
—¿Pueden ser más dulces?
Aunque intentaba desconectarse de la conversación de la cumpleañera, la exclamación poco sutil de Taby, logró captar su atención por esa vez. La chica estaba bebiendo rodeada por sus hermanos y un par de amigos, pero sus ojos estaban puestos en Harry, el cual avanzaba entre la gente hasta llegar donde una Ginny que parecía brillar con luz propia lo esperaba.
Su pelirroja, la que habitualmente usaba el cabello en una coleta y vaquero viejos, había llegado con un precioso vestido azul y el cabello rojo fuego suelto. Nick no podía recordar haberla visto tan hermosa como en ese momento, ni tan contenta. Desde lejos los vio saludarse con timidez y torpeza. Eran dos tontos que se gustaban tanto que daban vergüenza ajena.
No eran un secreto que no le hacía gracia aquella relación que parecía florecer con cada vez más rapidez. De todos los tipejos que había en la faz de la tierra, a ella tenía que gustarle precisamente ese.
Era un Guerrero de Hades. Después de tantos esfuerzos para mantener a Ginny alejada de los dioses, era precisamente ella que sin saberlo, se enredaba con alguien que estaba metido en ese peligroso mundo
Además estaba el hecho de que aquel tipo, en cuanto acabara su trabajo, se iría. Luna también lo pensaba, Nick lo sabía. Pero por algún motivo la rubia se negaba a darle la razón. Eso lo frustraba más que nada.
Luna tenía la influencia suficiente sobre Ginny como para acabar con aquel sin sentido con solo un par de palabras. Si se lo proponía, lograría que su amiga entrara en razón y desistiera del todo de aquel estúpido romance adolescente.
Pero Luna ya le había advertido que no haría nada de eso.
—No la voy a manipular, Bones.—le había dicho la noche anterior, cuando él se coló en su habitación al enterarse de que Ginny planeaba tener una verdadera cita con el Guerrero.
—Él le hará daño—le aseguró con completa seguridad.
—La protegeremos.
—No podemos, no del daño que él podría provocarle.
—Nick.—Luna intentó tocarle al escuchar la genuina preocupación en su voz, pero el solo se apartó.
—Es un ser sin alma que le romperá el corazón.
—¿De verdad lo crees?—Luna lo había mirado atentamente.—¿Lo has visto cuando esta cerca de ella? Hazlo y luego atrévete a decirme que te parece un ser sin alma.
Nick permaneció callado, molesto.
—Al principio no lo veía tan claro, Nick. Pero entre más tiempo pasa aquí, más obvio me parece. El no es como Hermione o Astoria. Es especial, y creo que por eso Albus convenció a Hades para que lo enviara aquí.
Allí quedo la conversación de la noche anterior. Nick no podía contradecir a Luna porque en el fondo le daba la razón. Albus no quería soltar la sopa, pero su instinto le decía que algo ocultaba el anciano. Algo que involucraba a Harry. Si tan solo supiera que era….
Que fuera el favorito de Hades no era algo tan extraño. Al dios le gustaba tomar al más fuerte y exprimirlo al máximo, para luego poder pavonearse por ahí como el dueño de un pura raza bien adiestrado.
Pero no lograba entender ese cariño que le tenía Albus al chico. Ni tampoco la inclinación que tenía Perséfone por su compañía.
Albus nunca le ponía demasiado interés a los guerreros. Y Perséfone jamás dejaría que uno Guerrero estuviera ante ella para algo más que no fuera mirarlo con asco y echarlo a patadas de la habitación. Las criaturas sin alma eran seres que los dioses preferían ignorar y mantener lejos de su vista…
No necesitaba ser un genio, ni darle demasiadas vueltas al asunto, Harry tenía alma. Podía sentirla, podía verla en aquel momento, resplandeciendo mientras Ginny tomaba la mano que él le ofrecía en medio de la gente que bailaban.
—Tiene alma.—Luna apareció a su lado con un vestido de los colores del arcoíris. Tenía una cerveza de mantequilla en la mano y sus grandes ojos fijos en Harry y Ginny, los cuales hablaban animadamente luego de superar la incomodidad del principio.
—Eso parece, pero con estos tipos no se puede estar seguro. Podría ser una ilusión hecha con magia o algo así.—intentaba convencerse a sí mismo con la terquedad que tanto lo caracterizaba.
—No lo es—murmuró Luna. Se tapaba los labios con su jarra de cerveza para que nadie notara que hablaba sola—Todo lo contrario, podemos ver su alma porque la magia del inframundo se está acabando.
—¿A qué te refieres?
—Mi madre me visitó esta tarde. Me advirtió que debo estar atenta esta noche, que algo está por pasar.
—Déjame adivinar ¿no se molestó en decirte que es eso grande que está por venir, o se limito a decir "Calixto?
—No tenía ni que decirlo. —rodó los ojos. —Mi madre es famosa por ser alguien de pocas palabras.
—Un encanto de persona.
—Como sea, ella por lo menos me contó algo sobre cierta estupidez cometida por Perséfone, que ahora juega a nuestro favor.
Nick permaneció en silencio mientras Luna le contaba la historia de Harry. De cómo Perséfone deseosa por tener un hijo había convencido a alguien tan sensato como Albus para que le proporcionara uno de forma tan discreta que al parecer el único que no sabía nada era Hades.
—Él tiene alma.
—Y se está enamorando de Ginny.
—¿Y eso es bueno?
—El amor es una magia muy poderosa y pura.—Lo miró con dulzura pero Nick la ignoro.
—Poderosa sí, pero ¿pura? … Bueno, eso depende del amor.
—Creo que este es unos de esos, Nick.
—¿De verdad lo crees?
—Necesito creerlo—Suspiró, parecía agotada y mucho mayor de lo que era.
—Lo siento— murmuró el fantasma mirando el piso.
—¿Por qué?
—Porque me he comportado como un completo idiota contigo estos últimos días.
—No pasa nada, eres mi idiota.—le sonrió.
Nick trató de sonreír cuando notó algo diferente en el aspecto habitual de la chica.
—Bonitos pendiente.
—Un regalo adelantado de navidad—dijo sin darle demasiada importancia.
Nick no preguntó quién le había dado un regalo tan caro y acertado. No lo necesitaba, lo veía con claridad. Veía como cada día aquel pobre infeliz de la universidad se enamoraba un poco mas de aquella inteligente semidiosa que por alguna absurda razón amaba a un chico muerto.
.
.
"Malfoy:
No tengo mucho tiempo en estos momentos, por eso seré breve. Me sorprendió mucho tu carta, no me imagino como acabaste metido en algo así. Pero como sea, eres un Malfoy, y los Malfoy suelen meterse en cosas extrañas.
He hecho preguntas de la forma más discreta posible, como me lo pediste. Y lamento comunicarte que no encontré a nadie que buscara a una niña con la descripción que me diste.
Al parecer al mundo mágico no se le ha perdido ninguna niña últimamente. Eso es bueno, compañero. Aún no se sabe nada de la menor de los Greengrass. Fue un caso que tuve hace años, muy similar al del niño Potter. Supongo que estarás bien enterado de ese último. Sirius aún me manda lechuzas de vez en cuando preguntándome si tengo algo nuevo. James solía hacerlo. Es muy triste todo lo que le pasó. Cada vez que debía escribirle para decirle que aún estábamos con las manos vacías, se me partía el corazón de solo pensar en la pobre Lily. Ella y mi esposa eran buenas amigas en el colegio, solían ir juntas a …."
Draco dejó la "breve" carta de Jacob Castle a un lado, junto a la respuesta de Amy Flower, la cual era igual de negativa como la de Castle.
Por lo visto nadie echaba en falta a una pequeña niña de pies descalzos y ropa mugrienta. Aquello le preocupaba todavía más. La niña debía estar aún más abandonada de lo que tan ingenuamente había querido creer. Nadie velaba por ella, y eso le revolvía el estómago.
Se dejó caer en el sillón de la oficina al tiempo que se masajeaba las sienes, buscando más opciones. Pero se quedaba sin ideas nuevamente y eso agravaba su dolor de cabeza. Su estado gripal había desaparecido gracias a las atenciones de Astoria, pero darle tantas vueltas al mismo asunto había hecho que una migraña se instalara en su cabeza.
Resopló mientras el murmullo de la gente que iba llegando a la fiesta de Taby se colaba por debajo de la puerta de la oficina.
Tabitha había sido un verdadero fastidio esos últimos días. Por suerte para todos, aquello acabaría en unas horas y no tendrían que soportar nada de eso hasta el próximo año.
Intentaba consolarse mientras se daba fuerzas para bajar y hacer acto de presencia, aunque fuera solo por un rato. La sola idea lo ponía de mal humor. Las fiestas no le gustaban, lo hacían sentir fuera de lugar.
La chimenea se agitó y en una repentina llamarada de fuego verde apareció su socio Ron, sacudiéndose la ceniza de los hombros.
—Escondido en la oficina ¿Por qué será que no me sorprende?—Ron le sonrió con una chispa de diversión en sus ojos azules.
—Creía que vendrías más tarde.—le respondió su comentario mostrándole el dedo medio.
—Bueno, no tenía nada que hacer.
Draco notó como se ponía repentinamente nervioso y evitaba mirarlo a la cara. Hacía días que había notado que Ron lo estaba evitando. No sabía porque razón, pero estaba seguro que tenía que ver con la fiesta privada que el pelirrojo se había montado la otra noche en la oficina.
Para Draco era incomprensible aquella actitud de parte de su amigo. Sabía que aquella oficina había visto más sexo que una habitación de motel de carretera. Hasta Neville con su cara de niño bueno había llevado chicas allí. Por eso mismo no entendía que ponía tan incomodo a Ron.
A menos que… ¿y si había regresado con Lavander? De solo pensarlo su dolor de cabeza aumentaba. Esa chica era insoportable. Además del hecho de que no le importaba estar en una relación formal con Ron y al mismo tiempo tirarle indirectas o mostrarle descaradamente el escote a Draco, o a un Sirius que salía corriendo cada vez que la veía llegar contorneando las caderas.
—Te veo después, si es que te decides a bajar.
Salió de la oficina antes que Draco pudiera dicer nada. El comportamiento del pelirrojo le daba mala espina…
"Otro misterio… genial" pensó con sarcasmo.
Se desperezó de mala gana. Si antes tenía dudas de bajar o no, ahora tenía que hacerlo por obligación.
Taby, Luna y Ginny habían llegado por la chimenea de la oficina hacia solo un rato, y Draco no había dejado de notar lo arreglada que estaba la hermanita de su mejor amigo. Jamás la había visto más bonita. Ron lo mataría si lo oía, pero Draco tenía ojos, al igual que cerebro. No tenía que ser un genio para no darse cuenta de la razón por la que de pronto la pecosa pelirroja se ponía un vestido y dejaba que la loca de Tabitha la arruinara con maquillaje.
Tendría que bajar y evitar que Ron le rompiera la cara a Harry por estar ligando con su hermanita.
Que bonitas eran las fiestas.
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Las luces parecían brillar con más intensidad con cada nota musical. Eran como miles de luciérnagas que daban vueltas sobre las cabezas de la gente que bailaban.
Astoria permaneció en medio de aquel hermoso caos. La gente reía, bailaba, era feliz… y Astoria lo adsorbía todo. Era sobrecogedor.
Se mecía en medio de la pista. Una pequeña parte de su mente recordaba las órdenes de Harry, pero parecían algo lejano, casi sin importancia. Sonreía mientras daba vueltas sintiendo el rose de las personas a su alrededor. Harry resplandecía de alegría mientras bailaba con Ginny más allá. Nadie estaba verdaderamente concentrado en la misión esa noche al fin y al cabo ¿para qué hacerlo? Hestia había protegido el lugar. Mientras Ginny permaneciera dentro del Canto del Fénix todo iría bien.
De pronto la música se suavizó un poco y la gente ya no hablaba a los gritos. Astoria salió de la pista de baile dando saltitos, haciendo que su falda acampanada danzara sobre sus rodillas, en un frufrú que le causaba mucha gracia.
Sabía que la miraban, todos lo hacían aunque fuera por un momento. Su blusa azul cielo y su falda naranja no combinaban ni con pegamento, como había dicho Tabitha cuando la vio por primera vez. Sabía que las amigas de la chica la veían raro, eso le divertía aun más.
Evitó la mesa de las bebidas, donde Taby, la feliz cumpleañera había instalado su cuartel junto a un grupo de chicas que parecían desvivirse por hacerla feliz.
No quería acercarse a ella. No era que su opinión acerca de su ropa le molestara. Mucho menos su comentario ponzoñoso que había soltado al verla alejarse. Un "Ridícula" no le afectaba. Pero la nube negra que parecía cernirse sobre ella a pesar de que todo el mundo se esforzaba por hacerla feliz, era como una enfermedad infecciosa, a la que Astoria se negaba a contagiarse.
No entendía como un chico con el cual solo había tenido un puñado de citas, podía influir tanto en el estado de ánimo de una persona. Taby parecía incapaz de pensar en alguien más además de aquel muchacho que la había plantado. Astoria sentiría pena si fuera posible que alguien más lo sintiera. Pero lo cierto era que la actitud de la chica solo amargaba a todos.
La guerrera se preguntaba si tuviera sentimientos propios podría sentir algo por las lamentaciones de Taby. Lo dudaba muchísimo. La chica tenía la mala costumbre de ser terriblemente grosera cuando estaba de mal humor. Eso agriaba el ambiente, y Astoria era incapaz de evitar adsorber todo aquello.
La única cosa que hacía que le tuviera al menos un poco de simpatía y evitaba constantemente que le pusiera veneno en la copa, era el hecho de que al parecer era incapaz de ser visceral con Ginny. A la pelirroja la adoraba, y siempre tenía una sonrisa para ella.
Astoria no sabía si era porque Ginny era su protegida, pero a ella también le gustaba la chica. Le gustaba su pequeña sonrisa traviesa cuando hacia una broma, y su voz suave cuando tarareaba por lo bajo cuando creía que nadie la escuchaba.
Se lo había comentado a Hermione en una ocasión, y esta solo había rodado los ojos sin mostrar el más mínimo interés. No le sorprendió aquella actitud. Hubiera sido un milagro que Hermione comprendiera algo más que las técnicas de combate.
Por esa razón acabó preguntándoselo a Harry, y este pudo darle una respuesta mucho más satisfactoria.
—Debe ser por Luna y todos los demás humanos.—dijo después de pensárselo un momento—Tanto aquí como en el bar, todo el mundo quiere a Ginny. Tú adsorbes esos sentimientos positivos que ella provoca en los demás. Eso crea la ilusión de cariño que le tienes.
Astoria pensó en dos cosas al oírlo decir aquello. Por un lado estaba el fuerte deseo que se equivocara, ya que no le gustaba la idea de que llegado el momento de tener sus propias emociones, perdería aquel bonito sentimiento que le despertaba estar junto a Ginny.
Por otro lado, no pasaba por alto el hecho de que Harry no se contaba así mismo en la lista de personas cuyo amor por Ginny producían tantos sentimientos bonitos alrededor de Astoria.
Aquello también la alegraba y la hacia reír, como el vaivén de su falda prestada. Harry era obvio cuando estaba cerca de Ginny, ridículamente obvio.
Se acercó a la mesa de bocadillos y se metió en la boca lo primero que encontró en una bandeja. Era suave y saldo, y su paladar lo odió. Aún así se lo comió mientras miraba con interés alrededor. Sentía la intimidad que solo una fiesta tan grande podía proporcionarle. Pero en la quietud y la alegría del momento, podía sentir una mirada clavada en su espalda. La había sentido hacia varios minutos pero todavía no lograba atrapar a su admirador, cuya identidad estaba segura de conocer.
Una nube llena de nervios y preocupación se detuvo a su lado cuando se llevaba otro bocadillo a la boca, esta vez de sabores más agradables.
Al alzar su rostro se encontró con el hermano mayor de Ginny, Ron. Tenía las manos en los bolsillos de los pantalones y una sonrisa despreocupada, que seguramente engañaba a cualquiera menos a la guerrera.
Estaba inquieto y ansioso. Astoria le devolvió la sonrisa al tiempo que usaba la mitad de sus fuerzas para comprender que lo tenía en ese estado, mientras que la otra mitad se esforzaba por dominar su rebelde capacidad de empatía.
No quería las emociones de Ron Weasley dentro de ella. Estaba demasiado cómoda en la alegría del lugar, como para adsorber esos agitados sentimientos.
—Hola Astoria—la saludó al tiempo que tomaba uno de los bollos de la mesa, aunque no se lo llevó a la boca.
—Hola Jefe— sonrió. Taby y Ginny solían decirle así con tono juguetón, así que Astoria le pareció bien hacerlo también.
—¿Te diviertes?
Astoria alzó una ceja. De todos los humanos con los que había interactuado, Ron era con el que menos había hablado. Por esa razón le extrañaba su repentino acercamiento.
Tal vez fuera por los comentarios de Tabitha, pensó al tiempo que le contestaba afirmativamente a la pregunta que le había hecho.
Cuando Taby descubrió que Astoria había, en cierta manera, cuidado de Draco cuando este enfermó de gripe común, la camarera no había dejado de mandar incomodas indirectas, en especial a Draco.
Astoria no entendía porque se hacía tanto escándalo. Draco no se cuidaba y alguien debía obligarlo a hacerlo. Ella había visto que nadie notaba aquello, así que había disidido actuar.
Se lo había contado a Harry para que este la ayudara a entender, y aunque al principio se mostró sorprendido, rápidamente descartó lo que fuera que hubiera pensado en primera instancia y se limitó a decir.
—Fue un acto muy amable de tu parte. Pero no te sorprendas por las ideas de Taby. Ella, como muchos otros humanos, no cree que la gente pueda hacer cosas buenas por otros sin estar esperando algo a cambio.
A Astoria aquello le parecía lamentable, pero tampoco le dio demasiadas vueltas al asunto. Ayudó a Draco llevándole las pociones que necesitaba hasta que su salud volvió a ser la de siempre, y ambos rieron juntos ante las insinuaciones de Taby.
Pero ahora Ron la miraba raro, y estaba segura que haría alguna pregunta sobre Draco. Pero no lo hizo, claro que no. Ron Weasley tenía otras cosas en la cabeza.
—¿Has venido con tus hermanos?
Ahí estaba. Reprimió una sonrisa. Otro tema bien comentado y discutido por todos en el Canto del Fénix.
A Ron Weasley no le gustaría ni pizca saber que Ginny pasaba el tiempo con Harry. El era un hermano sobreprotector y celoso, y todo el mundo sabía que a Harry le gustaba su hermanita.
—Sí, andan por ahí—se encogió de hombros despreocupadamente. Tomó otro bocadillo y con una sonrisa sin dientes de despidió antes que el pelirrojo tuviera tiempo de preguntarle por su hermano falso.
Sabía que Harry podía con Ron. No importaba que tan alto y musculoso fuera el pelirrojo, Harry podía hacerlo papilla. Pero aquella noche y frente a Ginny, Astoria no creía que fuera una buena idea armar lío. Ron no lo sabía, pero ya tenían demasiados enemigos como para tomarse el lujo de estar peleándose entre ellos por tonterías de la talla de "¿Cómo te atreves a meterle mano a mi hermana?"
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Nick veía a Luna girar en el lugar, haciendo que su falda flotara a su alrededor. Hacia un rato se había unido a Astoria, la cual bailaba tan ridículamente que el fingido parentesco parecía real.
Ambas bailaban a su ritmo, sin ni siquiera prestarle atención a la música. Luna se veía alegre y despreocupada, aunque él sabía que estaba más alerta que la Guerrera que se mecía a su lado.
Luna lo había perdonado, pero Nick no se sentía mejor por eso. Su mente no dejaba de dar vueltas a las cosas que la semidiosa le había dicho, y también las que no.
La revelación de que Harry había sido una especie de hijo adoptivo de Perséfone había hecho que Nick se sintiera incomodo al pensar en el guerrero.
No podía creer la irresponsabilidad de Albus y Perséfone. Criar a un chico humano con alma en las entrañas del infierno. Una locura absoluta. Era un milagro que el muchacho no es tuviera trastornado o algo así. No quería sentir lástima por él, pero era complicado. No podía ni imaginarse cómo debía ser estar allí abajo rodeado de personas carentes de sentimientos mientras era obligado a volverse un soldado y al mismo tiempo actuar como un hijo devoto de las personas que le habían arrebatado su vida en la tierra.
Bufó. No quería sentir nada por aquel idiota que bebía cerveza de mantequilla junto a Ginny mientras hablaban despreocupados.
Y más allá de todo eso, una parte de su mente no podía dejar de pensar en Luna. El rostro del compañero que le había regalado los pendientes seguía presente en sus pensamientos por muchas distracciones y otros problemas que tuviera.
Sin duda una relación con aquel idiota debía ser mil veces más sana de lo que fuera que ella y Nick tenían.
El podía ofrecerle mucho más. Mientras que un espíritu protector solo podía ser un ancla. Aunque Luna aseguraba que de alguna forma las cosas se arreglarían, Nick no era tan crédulo. No podía ser ayudado ni por los dioses. Lo muerto estaba muerto, ya no había vuelta atrás.
—Siempre que te veo, estas espiando jovencitas y pensando cosas negativas, Casparin.
Nick dio un paso atrás. A su lado había un hombre altísimo. Con vaqueros viejos y chaqueta de cuero negra, sonreía divertido mientras se despeinaba distraídamente su largo cabello rubio oscuro. Fue su sonrisa perfecta y con hoyuelos lo que hizo que Nick lo reconociera. A los dioses le gustaba cambiar de aspecto, pero siempre había algo que permitía reconocerlo.
—Eros.
Un dios entre humanos, una cosa rara si no fuera precisamente el. A Eros le gustaban los humanos. El y su madre todavía no habían abandonado a la humanidad. Aunque el dios odiaba con cada gramo de su inmensa divinidad aquella estúpida imagen del bebé en pañales tirando flechas, él aún no abandonaba sus tareas.
—Hola otra vez—su sonrisa parecía relajada mientras barría la multitud con sus ojos oscuros. Parecía buscar a alguien en especial. Y Nick temió lo peor cuando su mirada se detuvo al fin en Harry y Ginny, los cuales hablaban animadamente en una mesa.
La sonrisa se acentuó en su rostro de diablillo. A Nick no le gustó ni pizca, pero aún así se aseguró de no decir nada de lo que pensaba.
Había vigilado a la pareja desde el minuto uno, asegurándose que no hicieran nada más que tomarse de la mano.
—Esto está yendo innecesariamente lento—dijo entre dientes Eros más para el mismo que para Nick.
El fantasma frunció el seño al escucharlo. Para su gusto propio aquellos dos iban a velocidad luz. Ginny acababa de arreglarse el cabello coquetamente detrás de su oreja mientras bebía un trago. Harry por otro lado se inclinaba hacia ella para contarle algo en privado, que por la sonrisa de Ginny debía ser el chiste más divertido del mundo.
Nick rodó los ojos, intentando recordar las palabras de Luna. El amor era una herramienta poderosa, motivaba a las personas a hacer grandes cosas. Pero el desamor también.
Un corazón roto podía ser la chispa que comenzara una catástrofe. Harry podía tener alma, pero eso no lo convertía en el príncipe azul perfecto para Ginny. Era humano, al fin y al cabo. Podía meter la pata en cualquier momento.
—Deberías tener más fe.—le reprochó Eros con amabilidad—Esta noche más que nunca.
Las frases que encerraban significados importantes y los dioses. Nick resopló.
Con una sonrisa cálida que parecía iluminar el pequeño rincón en el que Nick se dedicaba a vigilar todo, Eros alzó su manota, y como si fuera lo más normal del mundo alborotó el cabello del fantasma.
El muchacho quedó petrificado en el lugar. Sentir contacto físico era algo muy escaso en su existencia. Luna era la única que lo había tocado desde su muerte. Eros le guiñó un ojo antes de caminar al escenario. Los músicos le hicieron espacio, como si hubieran estado esperándolo todo el tiempo, o al menos eso les hizo pensar Eros con su magia todo poderosa.
La música se detuvo y las luces perdieron su fuerte brillo. Eros le lanzó una última mirada risueña antes de comenzar a cantar.
Nick no recordaba el nombre de la canción muggle que entonaba y seguramente solo un puñado de invitados la reconocerían. Pero la voz del dios era suave, y el sentimiento que ponía en cada palabra lo llevaba lejos; a una noche cuando era muy pequeño y sus padres bailaban en la sala de su casa, iluminada por las llamas de la chimenea. La música salía de un tocadiscos que había pertenecido a su abuelo. Nick le había gustado mucho aquel aparato y solía pasar horas mirando como el disco de vinilo giraba. Aquella era una canción que ya era vieja cuando sus padres la bailaban.
El sótano quedó en silencio mientras el dios de los enamorados cantaba sobre el amor y su magia que todo lo podía. Pronto Nick notó como parecía que todos caían en una especie de dulce trance donde solo estaba aquella voz sobrenatural y la paz que provocaba en todo aquel que la oía.
Como el canto del fénix, calentaba los corazones y llenaba aquellos que eran buenos con valor…
Vio a Harry y Ginny bailando con aquella música, ajenos al mundo entero. Los vio sonreír. Ginny le contó en un susurro algo que hizo que brillaran sus ojos. Un recuerdo de su infancia, Nick lo sabía, la conocía demasiado bien.
Harry le respondió con un asentimiento, como si entendiera algo, como si de pronto todo estuviera claro en su cabeza.
Y la besó… ¡que los dioses los protegieran y no se equivocaran en esa ocasión!
Eros había lanzado en aquel lugar un hechizo de su propia cosecha. Ahora la valentía desbordaba los corazones de todos los enamorados.
.
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—Deberías invitarla a bailar.
Taby miraba a Draco con una sonrisa picara, tenía el rostro encendido y una copa en la mano. Por lo visto su séquito de admiradores se había aburrido de sus lamentaciones y la habían abandonado. Ahora iba por el lugar bebiendo y para mala suerte de Draco, se había olvidado momentáneamente del chico que la había plantado.
Cuando Draco al fin había encontrado el equilibrio perfecto apoyado en una de las columnas de madera, con una cerveza en la mano y sus ojos puestos en el trasero de Astoria Vryzas, aparecía Taby, la cual últimamente tenía un talento excepcional para atraparlo con la vista puesta en la prima de Luna. Como siempre, no perdía tiempo para comenzar a fastidiarlo.
Sabía que era su culpa. No era correcto, ni mucho menos educado comerse con los ojos a una de sus empleadas. No sabía que era, pero aquella noche no tenía control en sus pensamientos. Tal vez fuera el alcohol, tenía un calor en el estómago que lo hacía querer ver a Astoria moviéndose con la música. Aquella noche se veía fabulosa, con el cabello suelto y aquellos raros movimientos que hacía la moverse.
"No estás pensando con la cabeza que llevas sobre los hombros". Se recriminó con severidad.
Se suponía que había bajado solo para tener vigilado a Ron y salvar el pellejo de Harry.
Pero Ron ni andaba por ahí, ni Harry y Ginny parecían preocuparse por los celos fraternales.
Los había visto besarse mientras bailaban una canción lenta. Ahora la música era mucho más movida y había perdido de vista a la pareja, aunque se podía hacer una idea de lo que estaban haciendo.
Se alegraba por Ginny. Nunca había conocido persona como ella o su hermano que se merecieran tanto un poco de alegría. Si había una chica en el mundo que mereciera ser feliz, esa era la pequeña pelirroja que siempre lo saludaba con una sonrisa, no importara lo triste que estuviera.
Draco no tenía hermanas, pero hacía mucho tiempo había adoptado a Ginny como una. No le montaba incomodas escenas de guardabosque como lo hacía Ron, pero siempre se preocupaba por ella e intentaba ayudarla. Por lo menos Harry tenía pinta de ser buen tipo; con suerte las cosas irían bien entre ellos. Y con más suerte, el chico de gafas no sería como Ron, y no le rompería la cara a Draco por estar mirando con de demasiado interés las curvas de su hermanita Astoria.
—¿Por qué no la invitas?—insistió Taby arrastrando las palabras cuando Draco negó con la cabeza como respuesta.
—Yo no bailo…
—Sería difícil ver a un Malfoy bailando —risueño y despreocupado ser acercó William, uno de los hermanos de Taby. Con una conversación pomposa y sin el más mínimo sentido común como para saber que el whisky de fuego que le estaba entregando a su hermana no era una buena idea. Draco no lo soportaba, y menos desde que se enteró que era el nuevo secretario (es decir chupamedias) de su padre. Aún no le entraba en la cabeza como Lucius Malfoy había sido capaz de contratar a un sujeto semejante. Su padre era la persona más exigente que conocía, y William tenía pinta de cualquier cosa menos de un trabajador eficiente. —Hace tiempo que no nos vemos, espero que vayas a la fiesta navideña de la mansión Malfoy, Narcissa dice que será la mejor. Esta muy emocionada con….
Draco rodó los ojos sin disimulo. William era un idiota de talla mundial si no se había enterado de que Draco y sus padres no se hablaban desde que había acabado su compromiso con Parkinson.
Tabitha acabó su whisky con ganas e ignorando la cháchara poco interesante de su hermano, regresó a la carga con el tema que Draco mas quería que el alcohol le hiciera olvidar.
—Ella es guapa y te gusta, deberías invitarla a bailar.
—No sé de que hablas Taby.—le respondió un poco picado intentando apartarse.
—¿Y Sirius no vino?—Por suerte William era demasiado distraído como para darse cuenta de nada.
Draco apuró su trago para poder usar su vaso vacío como buena escusa para desaparecer.
—Este no es un buen momento para él, ya sabes…
—Sí, diciembre es jodido para el.— asintió hombre con inusual sentido común.
—Draco—intentó insistir Taby, pero el rubio ya había agitado su vaso vacio en sus narices y desaparecido más rápido que nadie camino a cualquier parte.
Definitivamente las fiestas no eran lo suyo. Estaba decidido a tomar su última copa y marcharse, terminado así con las conversaciones estúpidas de William y los irritantes intentos de Tabitha de convertirse en su celestina, cuando ocurrió lo que él sabía muy bien que ocurriría tarde o temprano.
Entre la gente y la música su mirada se encontró con la de Astoria. Había deseado que eso no ocurriera y al mismo tiempo si, preguntándose cuál sería su reacción.
Astoria se movía delicadamente con la música de la banda mientras caminaba hasta donde él se encontraba con su copa nuevamente llena. Draco, que había estado mirándola de lejos por largo rato, intentó fingir desinterés al tiempo que no podía apartar sus ojos de aquella cadera que se mecía y aquella blusa que parecía pedirle a gritos que la desabrochara.
Cuando al fin llegó a su lado, el muchacho supo que no podía fingir inocencia. Ella sabía donde habían estado sus ojos, y sus sonrisas no lo salvarían.
—Ven. Vamos a bailar.—le sonrió, arrebatándole su copa de las manos y dejándola sobre una de las mesas.
"Contigo tengo pensado otro tipo de baile". Ese pensamiento lo atravesó, haciendo que sus mejillas ardieran. Él no era Ron, el cual había visto desaparecer por la escaleras siguiendo a Hermione un rato atrás (el misterio de la chica misteriosa se había resuelto). El no podía pensar en algo así, menos que menos con alguien del trabajo, que además era pariente cercano de un ser querido. Ron y Sirius creían que era un mojigato, y tal vez lo fuera, pero no podía hacerlo sin que luego le remordiera la consciencia.
—Por favor—su sonrisa era compradora y casi logro tentarlo.
—No, yo no soy bueno bailando. Solo te pisaría los pies—No era una mentira.
—Pero no me importa. Correré el riesgo.
—Tal vez luego.— se apartó con mas brusquedad de la que se había propuesto. Tenía que salir de allí antes que hiciera algo más que bailar con Astoria.
Salió del sótano del Canto del Fénix con rapidez y no se detuvo hasta llegar al piso de arriba, dividido entre el deseo de salir a fumar un rato o usar la conexión de la chimenea para regresar a casa para darse una ducha de agua fría.
Tenía la cabeza hecha un lío. Sentía el corazón como loco en su pecho y su cabeza daba demasiadas vueltas como para echarle la culpa a un par de cervezas. ¿Qué le ocurría? Una tercera opción apareció muy clara en su imaginación: volver a bajar y besar a Astoria
—Estas como para un loquero—se dijo en voz alta mientras se encaminaba a la oficina, decidido a marcharse.
No entendía lo que le ocurría. Se sentía poseído por una fuerza externa que lo obligaba a pensar en aquella chica de vestimenta estrambótica y risa fácil. Agitó la cabeza mientras subía las escaleras de caracol. Una parte de si mismo sabía que nada lo obligaba a pensar en ella. Una parte de sus pensamientos se habían quedado con ella desde el momento que la vio jugando con uno de los servilleteros la mañana que la conoció. Primero era tan extraña que era imposible no sentir curiosidad. Y luego….
No había llegado a tomar el jarrón donde estaban los polvos flu cuando la puerta de la oficina volvió a abrirse y apareció una Astoria que lo miraba con curiosidad.
—¿Hice algo que te molestara?—parecía preocupada.
—Por supuesto que no. Simplemente quiero irme a casa—le sonrió intentado permanecer a saludable distancia.—Deberías regresar a la fiesta, parecía que te la pasabas muy bien.
Astoria sonrió mirándolo fijamente, diciéndole sin palabras que sabía lo mucho que él la había estado observando. Ante eso, Draco se sintió incomodo mientras pensaba en que ya se había convertido en todo un acosador.
—No quiero regresar a la fiesta sin ti…
—¿Por qué?
—No lo sé, quiero tu compañía—se encogió de hombros—¿tiene lógica?
—La verdad no—suspiró acercándose a la chimenea—No soy buena compañía ahora, Astoria.
La chica se acercó un poco, era mucho más baja que él, pero aquella noche llevaba unos tacos altísimos que los dejaba a ambos a la misma altura.
—¿Porque te doy miedo?— No había malicia alguna en su pregunta, hasta parecía preocupada.— ¿Por qué te apartas de mi?
—No te tengo miedo,— y como si fuera incapaz de controlar su lengua, añadió— simplemente soy muy consciente de mis actos. A diferencia de Ron, que seguramente en este momento se está acostando con tu hermana.
—¿Hermione y Ron?— Parecía sorprendida, pero no demasiado.— Entonces si no fueras consiente de tus actos ¿eso es lo que harías? ¿Me llevarías a la cama?
Aquellas palabras salieron de la boca de la chica de una manera que sorprendió a Draco por un momento. Otra mujer en su lugar las hubiera hecho sonar cargadas de furia y ofensa, o hasta provocativas. Pero Astoria volvía a sorprenderlo con su inusual personalidad.
Había tal grado de ingenuidad en su forma de hacer esas preguntas que lo dejó turbado.
—Lo siento si sonó a eso. Yo no...—¿Cómo diablos habían acabado hablando tan directamente de eso?
—¿Porqué te resistes? ¿Porque no haces lo que deseas? Puedes hacerlo, yo no te detendré.
—Que pueda no quiere decir que deba.— Le dijo con firmeza. Toda la vida había visto a su padre hacer lo que deseaba sin detenerse a medir las con secuencias. Acostarse con alguien que trabajaba para él había sido pan de todos los días. Desde hacía años había decidido que él no sería como su padre. Draco se negaba a seguir esos pasos, por muy hermosa que Astoria se viera en aquel momento. Aunque tuviera que taparse los ojos como un crío para vencer la tentación.
—Creo que eso es lo que me atrae de ti. Draco Malfoy—. Sonrió. —Eres alguien de buen corazón, hay pocos como tú.
Y antes que el chico pudiera replicar, asegurándole que no tenía nada de nobles sus pensamientos en ese momento, Astoria lo besó con ímpetu.
"Detente, apártala" gritó una vocecita en su cabeza. Pero fue acallada cuando Astoria hundió las manos en su cabello apretando cada centímetro de su cuerpo contra el suyo. De pronto en lo único que podía pensar era en el largo tiempo de celibato que se había autoinfligido.
Desde Pansy había dado un paso al costado en lo que se refería a las relaciones de cualquier tipo. Sirius le decía que esa actitud era infantil. Que era demasiado joven y que con esa actitud solamente desperdiciaba los mejores momentos de su juventud. Seguramente tenía razón, pero Pansy lo había dejado hecho papilla.
—Astoria esto no está bien. —Susurró apartándose un poco de esos labios carnosos que rápidamente comenzaron a dejar un reguero de besos en su cuello que hizo que su piel quemara. En aquel momento agradeció estar en la oficina y no en la fiesta rodeado de mirones.
—He descubierto que lo que está mal y lo que está bien, solo depende del punto de vista.— Sonrió juguetona antes de volver a besarlo en los labios.
Draco le regresó el beso sin pensárselo dos veces. Ella era impulsiva, dulce y honesta. Después de estar con Pansy, jamás hubiera creído que todas esas cualidades le eran tan atrayentes. Por mucho tiempo había querido y deseado lo que otros le ordenaban... De pronto tuvo una epifanía. Comprendió que por primera vez en la vida, la dulzura y los apasionados besos de Astoria eran algo que quería de verdad.
Apenas se conocían, era la prima de su mejor amiga, trabajaban juntos ¡era su maldito jefe!... Pero quería besarla hasta que le doliera todo el cuerpo.
—No puedo prometerte nada y eso me mata. —Murmuró contra sus labios. Aquella fuerza externa que lo obligaba a ser brutalmente honesto lo estaba orillando a abrirse en canal para aquella chica que apenas conocían, pero que ya se había acomodado entre sus brazos, como dueña absoluta de todo lo que sus manos rosaban y sus labios besaran— Yo no soy Ron, yo no sirvo para algo de una sola vez y al mismo tiempo no puedo darte más que eso...
Astoria alzó sus ojos para mirarlo con infinita dulzura.
—Por eso me atraes Draco Malfoy. Has sufrido pero aún quieres a las personas a tu alrededor. Harías lo que sea por ellos. Eres un humano bueno y sincero.
Draco sonrió a su pesar. Oír a Astoria llamarlo humano le causaba gracia. Si él era humano ¿ella que era? Una mujer hermosa. Pensó como un tonto.
—Déjame estar al menos una vez con alguien que sea bueno.— Su voz parecía una súplica y el beso que le siguió fue suave pero desesperado.
Sus palabras le encogió el corazón. ¿Qué tipo de idiotas habían pasado por su vida?
No sabía si él era tan bueno como ella creía. Ser bueno nunca había sido algo que le enseñaran de pequeño, más bien él mismo lo había aprendido en un desesperado intento de no perder a las personas que de verdad valían en su vida.
—Esto no está bien—repitió, luchando con el deseo desesperado de continuar hasta el final.
—¿Por qué?—lo miró a los ojos con impaciencia
—Quiero acerté tantas cosas.—admitió ante esa mirada.
La risa de la chica fue suave y juguetona mientras mordisqueaba su cuello con suavidad.
—Entonces házmelas—lo retó beso a beso
—No puedo—¡claro que puedes!—No aquí…
—Entonces llévame a donde si puedas—le dijo con sencillez alzando la cabeza para mirarlo a los ojos.
Había fuego en su mirada, un fuego que el mismo sentía en el pecho.
—Eres la prima de Luna…soy tu jefe—Eran escusas que sonaba mas y mas estúpidas entre mas se las repetía.
—¿Y qué? Me gustas
—Eres tan linda, joder, tan linda
—Malfoy, cállate y bésame.
Draco la obedeció.
Jamás había sentido algo parecido en toda la vida. Él no era ningún santo con promesa de castidad, ni mucho menos. Pero los besos de Astoria no tenían punto de comparación. Tal vez era porque hacía mucho que no disfrutaba de la compañía de una chica, pero cada vez que Astoria se apretaba contra su cuerpo, sentía que iba a explotar.
Pansy nunca se había mostrado tan activa y juguetona, ni siquiera al principio de su relación, eso debió darle una pista.
Astoria colocó su mano por debajo de su camisa y eso eliminó cualquier pensamiento lógico.
Cuando aparecieron dando giros en la chimenea de la sala del número doce de Grimmauld Place, cayeron en el piso alfombrado sin dejar de besarse ni un segundo. Draco sabía que estaban solos, su padrino Sirius iba a pasar unos días en la casa de un amigo. La casa era suya y no perdió ni un segundo en sacarse la chaqueta y lanzarla a un lado.
La lista de las razones por la que no debía hacer eso se había quedado en la oficina del Canto del Fénix, y desaparecieron de su mente totalmente cuando ella se sentó de horcajas sobre él. Eso hizo que ya nada le importara.
La mujer más infantil y despreocupada que había visto en la vida se había convertido en una criatura erótica que lo tenía completamente hechizado.
Taby tenia razón, le gustaba Astoria, le gustaba mucho.
Le gustaba la forma que lo miraba, como sonreía con las cosas más tontas, como parecía verle el lado bueno a todo. La había observado durante días, primero con la escusa de calificar su desempeño, luego simplemente porque no podía apartar sus ojos de ella. Sabía que aquello no tenía ni pies ni cabeza.
Astoria se alzó un poco, comenzando a desprenderse su blusa, pero cuando Draco comenzó a divisar un bonito corpiño blanco, los movimientos de la chica se volvieron más lentos y tímidos.
"Por favor no te eches para atrás ahora" pensó Draco desesperado. La tomó de las manos y sin saber porque se las llevó a los labios para besarlas.
—Eres hermosa.
Astoria parecía ser una chica fantástica, y él no podía acostarse con ella en el piso de la sala en un calentón improvisado. Ella se merecía más.
—Quiero estar contigo—le dijo con firmeza, como si supiera lo que pensaba.
—Entonces ven, vamos a mi habitación.
La chica sonrió antes de inclinarse sobre el nuevamente y besarlo con ansias. Si seguían así nunca llegarían al cuarto, y al parecer a Astoria no le interesaba llegar allí.
Hacía mucho tiempo que no estaba con una chica, así que intentó tomárselo con calma, no quería fastidiarlo todo. No quería decepcionarla.
Intentó concentrarse en otra cosa cuando Astoria comenzó a mordisquearle el cuello mientras comenzaba a descender muy lentamente. La piel se le puso de gallina mientras ella le desabotonaba la camisa y paseaba sus manos curiosas por su pecho y más abajo.
Sus ojos grises pasearon por la sala, las cortinas estaban descorridas y la luz de la calle iluminaba apenas el lugar. Los movimientos sobre la chimenea captaron su atención. Estuvo a punto de detener a Astoria para llevarla a su habitación (aunque sonara estúpido, siempre le había dado grima hacer ese tipo de cosas frente a fotografías móviles, aunque supiera que estas no eran como los retratos y no tenían conciencia) cuando una de las fotografías que allí descansaban captó todo su interés. Era una foto vieja de la época en que su padrino iba al colegio…
Ni un chapuzón en el lago negro en pleno invierno hubiera hecho un mejor trabajo a la hora de cortarle el momento.
—¡Harry!—Se sentó de un golpe en el piso, lanzando a Astoria a un lado sin ninguna amabilidad. La chica lo miró con el seño fruncido.
—Vale, soy un poco nueva en esto, pero estoy casi segura que si el chico con que estas apunto de acostarte, de pronto grita el nombre de otro hombre, la cosa no está andando del todo bien.
La muchacha intentaba tomárselo con humor, aunque no dejaba de estar un poco mosqueada. Pero Draco la ignoró completamente. Se puso de pie de un salto y tomó la fotografía de la repisa de la chimenea.
Allí estaban los grandes amigos de la juventud de su padrino, aquellos que se hacían llamar los Merodeadores.
Remus Lupin con su apariencia cansada, Peter Pettigrew con su cara de rata, su propio padrino, Sirius Black con la larga y sedosa cabellera negra, y por último, el siempre recordado, el irrepetible James Potter, flacucho y con gafas…
—¿Por qué diablos—se volteó a ver Astoria, la cual seguía en el piso alfombrado con la blusa desprendida—porque diablos tu hermano Harry es la copia exacta de James Potter?—la boca se le secó cuando una un nuevo recuerdo lo golpeo… Sirius siempre decía que el hijo desaparecido de sus amigos debía ser muy parecido a James, pero tenía los ojos verdes de Lily—Harry…—¡Aquello era una locura!—El hijo de los Potter , el que robaron cuando era un bebé, también se llamaba Harry.
Los ojos d Astoria quedaron como un par de platos mientras el color desaparecía de sus mejillas. Aquello fue todo lo que necesitó Draco, la confirmación muda de algo que hasta entonces no había entendido. Por eso Harry le parecía tan conocido, había pasado la vida viendo aquella fotografía mientras su padrino le contaba historias de su juventud, historias que siempre protagonizaba su mejor amigo, James Potter.
—¿Quién diablos son ustedes?—le preguntó sin tacto.
Astoria abrió la boca para replicar, pero antes que saliera ninguna palabra, volvió a cerrarla. Draco creyó que la había atrapado, pero de inmediato entendió que algo la había distraído. Ladeando la cabeza como si estuviera escuchando algo, y de pronto, su cara de susto se volvió de pánico.
—¡Tengo que irme!—se puso de pie de un salto al tiempo que sacaba un pequeño espejo redondo de los pliegues de su falda acampanada. Lo abrió para mirarse en el, como si fuera a retocarse el maquillaje.
—¡Ni loco!—Draco se paró ante la chimenea, cortándole el paso. Después de lo que acababa de descubrir, Astoria le debía muchas explicaciones—Tu me vas a responder.
—Por favor, tengo que…—dijo sin apartar los ojos del espejo. Desde el pequeño artilugio Draco pudo escuchar un pequeño grito de auxilio.
—¿Es un espejo comunicador?
—No, es un espejo que muestra el futuro inmediato.
—Eso no existe.
—Claro que si—replicó, con evidente impaciencia en su tono de voz— y si no te mueves en este instante, algo terrible va a suceder.
—¿A si? ¿Y qué cosa?—No le creía nada.
—Ginny Weasley morirá.
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Hola mis queridos mortales! ¡Volví! Otra vez… quisiera decir que esta es la definitiva y después de hoy voy a actualizar todas las semanas hasta terminar con esta historia. Quisiera poder prometer eso, pero por lo menos puedo asegúrales que tengo ya listos hasta el capitulo 16, no es mucho pero por lo menos es algo, crucemos los dedos para que la falta de inspiración y el tiempo no detengan la producción. Espero que todavía quede alguien del otro lado para leer esta historia.
Hasta la próxima!
