Cormac McLaggen — Nieve
Dad? Fuck you.
Camina altanero por todos los pasillos de la escuela. Su ego, dicen, es más grande que la obsesión de Dumbledore por darle puntos a Gryffindor a último momento. Recibe cartas de enamoradas y enamorados que buscan, desesperadamente, un poco de su atención; una mirada, un suspiro, media sílaba.
Él aparenta sentirse en la cima del mundo.
«¿Por qué siempre anda tan solo?». Suele escuchar murmurando a las personas esa frase, pero nada que pueda preocuparle demasiado.
Su destino es la lechucería. Pickles, su lechuza, llega con un pedazo de pergamino amarrado a la pata. Cormac le entrega la comida y se dedica a leer el contenido de la carta. Aunque no es nada que no sepa ya.
«Hijo, este año vas a tener que quedarte en Hogwarts para las fiestas. Tu padre y yo tenemos que viajar por negocios y...»
No necesita leer más. Es como si, cada año, escribieran la misma carta, con las mismas palabras, para la misma fecha. La arruga, saca su varita para prenderle fuego y que haga juego con el resto de cenizas que hay en el suelo.
Siente que vive un karma permanente. Que está pagando con la soledad algún error que todavía no ha descifrado.
¿Por qué siempre tan solo? De pequeño, su escoba de peluche era su única compañía. Conocía a personas maravillosas, una discusión se generaba, un malentendido, un error, y todo se iba a la mierda. A veces, simplemente lo dejaban solo sin decir palabra alguna.
¿Por qué siempre tan solo? Sus padres no han pasado una navidad con él. No desde que tiene memoria. El trabajo es prioridad y su excusa es que todo lo hacen por él y su futuro.
Su vida es el karma de errores que cometió que el destino no quiere perdonarle.
Un copo de nieve cae sobre su palma; ha comenzado a nevar en Hogwarts.
Cormac mira al cielo. Sus ojos se cierran ante el contacto de más diminutos copos de nieve y se pregunta: «¿Alguna vez podré querer todo lo que tengo como los demás lo hacen?».
