Capítulo 16
Dean tragó con dificultad sin atreverse a mirar a su hermano. Sus manos se apretaron con fuerza sobre sus muslos, sintiendo el dolor como un cable a tierra. De pronto su respiración se hizo más dificultosa, incitándole a salir de ese cuarto y buscar un lugar abierto. Dean se levantó y salió casi corriendo, ignorando el mensaje equivocado que estaba enviando a su hermano.
No, no, no, por favor. Dean deseaba y suplicaba que fuese una broma cruel de su hermano. En ese momento agradecería que el chico hubiese estado drogado y todo eso fuese parte del viaje. Pero muy en el fondo él sabía que había algo mal con su hermano, lo había notado en el primer momento en que puso un pie en el departamento de Sam después del intento de suicidio.
Ahora, entendía la obsesión de su hermano por bañarse más de cinco o seis veces al día. Lo arisco y temeroso que se había convertido, las pesadillas y los ataques de pánico. Él pensó que todo ese comportamiento se debía al abandono de las drogas, pero cuando el tiempo siguió su curso y el comportamiento de su hermano empeoraba supo que había algo más.
"…cuando desperté estaba en una cama… yo estaba desnudo y… Dean, yo… no podía moverme" Dean siente que no puede parar, la voz temblorosa de su hermano, llena de dolor y vergüenza aún resuena en su cabeza. Ante él, parpadea la imagen de la vulnerabilidad de su hermano. Dean siente que no puede más y se detiene de su andar errático por el cementerio de autos.
Se detiene a la sombra de una pila de autos y se deja caer con pesadez sobre el suelo polvoriento, sintiendo como las lágrimas bajan en grandes surcos por sus mejillas. Llora con la espalda pegada a un auto oxidado. Llora hasta que siente que se queda sin aire, hasta que el cálido sol mañanero se torna abrasador.
Alguien había tocado a su hermanito, algún idiota había drogado a su chico y le había hecho lo peor. Dean tenía una regla básica en su oficio de cazador y esa era no matar humanos, pero bueno, dicen que las reglas fueron hechas para romperse ¿no?
Además, cuando él se entere de quién fue el hijo de puta que lastimó a su hermano romperá mucho más que las reglas. Romperá, quemara y cortara hasta que ese hombre sea solamente una masa de carne suplicando porque le ponga fin a su patética vida.
Dean decidió permanecer un rato más entre el laberinto de autos, o por lo menos hasta que logre calmarse y sacar toda su mierda lejos de su hermano. En ese preciso momento Sam necesitaba que él sea fuerte por ambos, no necesita lidiar con su drama.
Lo siento, Sammy. Parece que nunca estoy para ti en los momentos que realmente necesitas de un hermano mayor.
Sam trató de fingir que la rápida escapada de su hermano, justo después de contarle su tragedia no le quemaba en el alma.
Desde que Barry lo había violado sólo hubo una cosa que lo asustó más que tener que ver la cara de su transgresor nuevamente, y esa fue que cuando su hermano supiese lo débil que fue al permitir que algo así le sucediera ya no lo querría más.
Era obvio que su hermano había sentido tanto asco que había que tenido que poner distancia entre ellos, seguramente lamentándose de tener un hermano tan débil. Porque después de todo, eso nunca le hubiese sucedido a Dean.
Cuando Bobby subió a decirles que movieran sus culos perezosos y que bajaran a almorzar se preocupó al no encontrar por ningún lado al mayor de los Winchester, y de paso por ver a Sam hecho un mar de lágrimas. ¿Acaso esos idiotas habían estado peleando otra vez?
El nudo se engruesaba en la garganta del chatarrero al ver al menor de los hermanos en tal agonía, era como si el mundo de Sam se hubiese derrumbado de forma definitiva y no hubiese vuelta atrás.
Más de una vez intentó sacarle palabra al menor, pero este ignoró su presencia y se acurrucó de costado mientras lloraba en silencio. Sam apenas tenía diecinueve años, dentro de dos meses cumpliría sus veinte. Era tan malditamente joven y había sufrido tanto; y Bobby mentiría si dijese que ya no conocería más dolor.
Dando media vuelta el chatarrero salió de la habitación y se dirigió hacia su taller, tenía trabajo por hacer. Aunque estaría atento para darle una que otra vuelta al chico en caso de que Dean no regresara pronto. Sam estaba muy frágil y era en momentos como esos que cualquier acción serviría para acallar el dolor.
Dean pasó horas sentado en la misma posición a la sombra de la pila de autos, y hubiese seguido así si no hubiera sido por la atronadora voz del chatarrero que lo andaba buscando entre el cementerio de autos.
Ahora comprendía a Sam cuando este se encerraba su cabeza, tratando de alejarse de todo lo malo en su vida. Dean se sentía devastado al ser un simple oyente de lo sucedido a su hermano, ahora, no puede ni siquiera asimilar el dolor que tiene que estar sintiendo Sam, quien vivió ese infierno en carne y hueso, y dicho infierno vuelve cada noche a modo de pesadilla para seguirlo hasta la locura, o la muerte.
—¡Maldita sea, muchacho! ¿Acaso es mucho pedir que respondas cuando te llamo? —Bobby cambió su semblante al ver el estado deprimente del chico, era casi como ver un reflejo de Sam—. ¿Qué fue lo que paso ahora entre ustedes dos?
Dean suspiró pasándose la mano por la cara, ya no tenía lágrimas en su rostro, pero podía sentirlo arenoso de su estadía en el suelo.
Por un efímero momento la idea de cortarle todo a Bobby cruzó por su mente, pero rápidamente lo descartó. Sam había confiado en él y seguramente no había sido para que él se lo contárselo a Bobby.
—Ya sabes, lo de siempre. Traté de ahondar en temas para los que Sam aún no está del todo listo —Después de todo Sam no era el único que podía mentir con facilidad en la familia, aunque se sentía mal al ocultarle cosas a Bobby, quien siempre estaba allí para ellos.
—Debieron de ser temas muy dolorosos —comentó mordiendo el anzuelo a propósito. Él no se preocuparía por saber el porqué del problema, sólo por cómo resolverlo.
—¿Cómo esta Sammy? —preguntó, sintiéndose como un cobarde al salir corriendo y dejar a su hermano con todo el peso del problema. No había sido digno de decirle ni una palabra, sólo había corrido sin mirar atrás.
—A eso venia, el chico no ha querido comer, ni hablar. ¡Bolas! Creo que ni se ha movido en las últimas horas —Bobby le tendió una mano al mayor de los hermanos, escuchando como este se quejaba al mover sus articulaciones—. ¿Estás bien?
—Claro que sí, Bobby —dijo dando un paso lejos del viejo cazador, siendo retenido por una mano en su brazo.
—Habló en serio, chico ¿cómo estás? —Bobby habló con tal seriedad que le dio entender a Dean que no aceptaría una mentira o excusa por respuesta.
—No tan jodido como Sammy —Dean levantó su mano para detener cualquier interrupción de Bobby—. Hablo en serio, Bobby. Todo esto con Sam me está jodiendo, pero no tanto como a él. Sólo me alejé para no agobiarlo con mis emociones, ya él tiene suficiente con las propias.
—Te entiendo, Dean. Lo hago, pero ¿lo hace Sam? —Bobby le lanzó una mirada escrutadora.
—¿A qué te refiere? —Dean detuvo su andar cuando tuvo la casa a la vista, se dio la vuelta y miró sin comprender a que se refería el viejo cazador.
—Me refiero a que, ¿estás seguro que él entiende que tú huyes de tus emociones y no de él?
—Claro que… —el sí quedó atrapado en su garganta. Algo se rompió dentro de él al saberse lo idiota que había sido al suponer que su hermano en dicho estado tan frágil supondría el porqué de sus acciones. Dean nunca había sido bueno con las palabras, el de eso siempre había sido Sam y por eso fue que pensó que no necesitaría de explicaciones ya que Sam siempre entendía.
—Sólo ve y trata de que por lo menos beba un poco de agua —Bobby le palmeó la espalda con gentileza, sabiendo que en ese preciso momento Dean debía de estarse mutilando por dentro—. Estaré en el taller por si me necesitan. Lo digo en serio, si me necesitas para hablar, o para estar allí solamente, ya sabes dónde estaré.
—Gracias, Bobby. No sé cómo nos aguantas, pero gracias —Ciertamente no le alcanzaría la vida para pagarle a Bobby toda la ayuda que les había brindado a él y a Sam desde el primer momento que tuvieron la suerte de conocerlo.
—Es lo que hace la familia, idiota —bufó con una sonrisa en su rostro.
Bobby se fue a seguir trabajando en el taller, mientras que Dean se introdujo dentro de la casa. En vez de dirigirse directo a la habitación que compartía con su hermano, se fue a la cocina a preparar la cena.
Dean no era un muy buen cocinero, pero sus improvisaciones salían bien la mayor parte del tiempo. Además, no había mucha ciencia en preparar Mac con queso. Uno de los platillos favoritos de Sam. Cuando la cena estuvo lista, apagó la estufa y se dirigió al piso de arriba.
El cuarto seguía tan oscuro como lo había estado el día anterior, la ventana seguía cubierta y la lámpara apagada. La delgada silueta de su hermano se encontraba acostada de medio lado en la cama. Seguramente en la misma posición que Bobby comentaba.
Antes de adentrarse en la habitación, Dean procuró pisar de forma ruidosa y encender la luz, no queriendo asustar a su hermano.
—Hey, Sam. Acabo de preparar la cena ¿quieres bajar? —Dean miró la espalda de su hermano, su respiración era tan superficial que casi podría decir que Sam estaba dormido, pero Dean sabía que no era así—. Hice tus favoritos.
Dean guardó silencio, esperando alguna respuesta de Sam. Cuando no obtuvo ni un mínimo cambio de respiración caminó con cuidado y se sentó en su cama, dispuesto a bajar a cenar con su hermano al lado.
—Sabes, recuerdo cuando tenías unos once años y te propusiste a cuidarme porque era mi cumpleaños, así que decidiste que ese día ninguno de los dos iría a la escuela. Te empeñaste en prepárame el desayuno —Dean sonrió ante el recuerdo—. Me tuviste esperando por dos horas para al fin aparecer con café sin filtrar y un emparedado de pan quemado, queso, chocolate, mortadela, tomate y mayonesa.
Sam no había movido ni un dedo, pero eso no desalentó a Dean de dar un paseo por uno de sus tantos recuerdos queridos junto a su hermano.
—Me miraste con esos grandes ojos, esperando a que probara esa aberración y te dijera que me había parecido —Dean se levantó de su cama y se sentó al lado de Sam, sintiendo como una pequeña victoria cuando su hermano no se tensó ni se estremeció—. Te dije que era lo mejor que había probado en mi vida y eso te hizo tan feliz que por una semana me preparaste el mismo desayuno. Pero lo que nunca te dije es que toda esa semana me la pase más en el sanitario que en cualquier otro lado.
Una leve risa rompió el silencio y Dean casi lloró de felicidad, pero en cambio decidió no darle importancia. El siguió hablando de esa horrible, pero tierna semana. Al cabo de unas cuantas oraciones su hermano se le unió en la charla.
—Eres tonto —agregó Sam con voz ronca de su largo silencio.
—Si ya, pero soy el tonto de tu hermano mayor. Ese que te quiere mucho y podría soportar cualquier tortura impuesta por la vida sólo para hacerte feliz —dijo a modo de broma, dándole a entender a Sam que no sólo hablaba de ese recuerdo ya hace años.
—Eres toda una reina del drama —bufó Sam mientras sentía como su garganta se cerraba y sus ojos se nublaban ante las palabras de Dean. Aclarándose la garganta se giró para quedar sentado, pegando la espalda contra el respaldo de la cama—. Pudiste decirme que sabía horrible y te hubiese hecho algo diferente.
—¿Y arriesgarme a que la segunda opción fuese peor que tu emparedado mutante? —dijo, ganándose una leve risa de su hermano menor.
El silencio volvió a llenar la habitación y por la postura de su hermano, Dean podía decir que estaba esperando lo peor. Sin aguantar más Dean puso su mano sobre el hombro de Sam, tratando de ignorar la punzada en su pecho al ver el encogimiento de Sam ante su toque.
—Lamento haber salido así, sólo necesitaba aire —Dean sentía que se seguía justificando, ya que, la verdad era que no pudo ser lo suficiente valiente como para permanecer en la misma habitación con el hermano que no pudo rescatar cuando más lo había necesitado.
—No te preocupes, yo te comprendo. Tengo muy en claro que ya nada será igual entre nosotros, y no te juzgaría si ya nunca quisieras estar cerca de mí —Sam cerró los párpados para evitar que las lágrimas escaparan.
—¿De qué mierda estás hablando? Yo jamás querría estar lejos de ti, y nada ha cambiado ni cambiara entre nosotros. Aun sigues siendo mi molesto hermano menor —Dean se movió para quedar de frente a Sam, arriesgándose ante lo que estaba a punto de hacer.
Sam se paralizó cuando sintió los brazos de su hermano a su alrededor, abarcando su delgado cuerpo. Sostuvo la respiración unos segundos hasta que se obligó a volver a la normalidad. Dean pasó su mano por toda la espalda de Sam, queriendo quitarle la tensión, el temor, todo el dolor que guardaba su noble corazón.
—Relájate, soy yo. No tienes por qué temer, yo nunca te haría daño —tarareó en el pelo de Sam, mientras reforzaba el abrazo, queriendo llegar a cada rincón árido y oscuro dentro de su hermanito.
Sam tuvo el impulso de retirarse del contacto de su hermano, pero las palabras de Dean le hicieron ver que ese seguía siendo Dean, su hermano mayor quien bajaría el sol y la luna sólo para cumplirle un capricho. Él no tenía por qué temer al toque de su hermano. De hecho, él no tendría que temer al toque de alguien, tampoco tendría que temer dormir, ni sentirse sucio a cada momento del día.
Dean sonrió contra la cabellera castaña al sentir como el afecto era bien recibido y aun mejor, era devuelto.
El abrazo duró unos escasos segundos, pero para Sam se sintieron como las horas y días que había perdido a causa de sus malas decisiones.
—Cuando salí corriendo fue por mí —agregó Dean después de unos minutos de silencio, no queriendo ser perdonado tan fácilmente.
—No te comprendo —Sam se alegró de no haber llorado esta vez. Estaba tan cansando de siempre andar de magdalena por la vida.
—Yo tampoco lo comprendía hasta que hable con Bobby y… —no pudo terminar porque fue interrumpido por Sam.
—Espera ¿le contaste a Bobby? —Sam se sintió temblar ante la idea de estar cada vez más expuesto ante los demás.
—Hable con él, pero no le conté nada de lo que estás pensando. Te lo juro, jamás traicionaría tu confianza —Dean trató de calmar a Sam, quien parecía prospero a un ataque de pánico—. Esto es entre tú y yo. Recuerdas, nosotros contra el mundo.
—Lo siento por dudar de ti —Sam le dio una sonrisa tambaleante, casi fracasando en el intento—. Disculpa la interrupción, puedes continuar con tu charla de chicas.
—Muy chistosito, rapunzel —bufó con diversión—. Como seguía, no estaba huyendo de ti, sino de mí. No quería explotar cerca de ti, ni mucho menos agobiarte con mis sentimientos. Sam, realmente lamento si…
—Te entiendo, en serio que lo hago. Cuando te levantaste esta mañana nunca imaginaste que te tirarían un golpe como ese. Yo tampoco lo esperaba —rio sin humor.
Dean sintió como sus ojos se humedecían y en cierto punto estaba de acuerdo con lo dicho por Sam. Él había querido y ansiado desesperadamente la verdad, pero luego fue tan cobarde que cuando la tuvo no pudo ser lo suficiente valiente para quedarse, como tampoco lo hizo cuando pudo haber evitado que su hermano fuese dañado de esa manera.
—Nunca debí irme de tu lado. Si tan sólo yo hubiese… —Dean se detuvo al escuchar la suave, pero firme voz de su hermano.
—Cuando te fuiste pude sobrevivir por mi cuenta, y de hecho funcionó por un tiempo. Tenía un trabajo nocturno en un restaurante, asistía a clases y podía mantener comida en la nevera, pero todo se fue al caño cuando no pude aguantar y decidí ir a comprar más droga —Sam inhaló con dificultad, sin atreverse a mirar a Dean a la cara. Si lo miraba no podría continuar—. Wallas me vendió al sujeto — Sam se rio de lo cobarde que fue en ese momento al no atreverse a mencionar el nombre del tipo que había llegado a poner el último clavo en su ataúd.
—Sammy, quiero nombres, direcciones, todo —Dean exigió.
—Ya no importa —comentó con cansancio.
—¡Claro que importa! —Dean gritó casi histérico. Claro que importaba, ¿qué carajos tenía su hermano en la cabeza?
—No, Dean. Ya no importa y no solucionara nada así que déjalo tal cual —Más allá del dolor que sintió por contarle un poco más a Dean sobre aquel día, sintió la ira creciendo ante cada protesta de su hermano.
—Disculpa, pero ¿tú me dices a mí que lo deje así? —Dean se levantó y deambuló por la habitación. Por su mente cruzó la absurda idea de la cena enfriándose. Rápidamente despejó su cabeza de tonterías. —Además, ¿por qué no me llamaste cuando sucedió?
—¿En serio me preguntas eso? —una risa hueca y sin humor escapó de su boca—. Apenas sabía cómo asimilar lo que me había ocurrido y me preguntas porque no corrí a contártelo.
—Pude estar allí para ti —Dean volvió a sentarse, sólo que esta vez fue al pie de la cama.
—¿Y de que hubiera servido? Nada hubiera cambiado, como nada ha cambiado ahora que lo sabes —En momentos como ese Sam deseaba nunca haber abierto la boca. Parece ser que había olvidado lo implacable que era su hermano cuando algo se le metía entre ceja y ceja.
—Sam, yo pude...
—¡No, Dean! Tu no siempre puedes ser mi salvador —gritó al borde de la histeria—. No siempre tienes que andar limpiando mis desastres.
—Sam, no fue tu culpa —Dean sentía que en cualquier momento se arrancaría cabello por cabello.
—Claro que lo fue. No quise escucharte y pensé que podía controlar mi adicción, creí que yo podría parar cuando quisiera. Decidí ignorarte porque al aceptar tu ayuda estaría admitiendo que no tenía control de nada y que estaba a la deriva y eso me asustaba mucho —Había sido orgulloso y presuntuoso, creyendo tener el mundo en la palma de su mano. Había subido tan alto que jamás llegó a imaginar que podría resbalar con sus propios errores.
Dean no podía creer lo que escuchaba, ¿cómo es que alguien tan inteligente como su hermano se achacaba la culpa de ser abusado sexualmente?
—Dios, Sammy, no. Eso no fue tu culpa —Dean miró a los ojos de Sam y al ver la duda llenando su mirada supo que sería un largo camino por cambiar el pensamiento de culpabilidad de la cabeza de su chico.
Sam se aclaró la garganta mientras se levantaba de la cama y pasaba al lado a su hermano. Dejando claro que el tema ya no se tocaría más.
—Si no nos apresuramos a la cocina, Bobby vendrá y nos hará bajar a punta de escopeta —Sam balbuceó caminando rápido hacia la salida.
—Sam deja de hacer eso —Dean detuvo el andar de su hermano, tomándolo por el brazo para girarlo.
—¿Hacer qué?
—Eso, cambiar de tema y... —Huir, pensó Dean. Pero decidió silenciar esa última palabra al saber que sólo empeoraría la situación—. Tienes razón, vamos a comer.
Ambos hermanos fingieron que no había una conversación en pausa. Sam estaba hablando, poco, pero para Dean eso ya era suficiente avance. Pasitos de bebé.
—Maldición, pensé que nunca dejarían de trenzarse el cabello —Bobby gruñó malhumorado, siempre se ponía así cuando tenía hambre, pero muy en el fondo era fachada, queriendo fingir que era una noche normal con molestias insignificantes como la cena tibia.
Todos fingiendo, lo que mejor sabían hacer.
Sam podía decir que su hermano no estaba durmiendo. Desde su cama se escuchaba la tensa respiración de Dean.
Dean trató de no gritar de frustración, ya eran las dos de la madrugada y aún no había logrado conciliar ni cinco minutos de sueño.
De reojo le dio una mirada a la cama Sam. Ante cualquier simple espectador Sam estaba profundamente dormido, pero él sabía que no era así. Al igual que Sam se encontraba atrapado en el dolor de sus pensamientos.
Diablos, Sammy ¿cómo le haces? Pensó al caer en la dura realidad de que él estaba sufriendo por conocer la verdad hace unas horas, pero en cambio, Sam había tenido que vivir con eso hace ya meses.
Una fuerte exhalación lo sacó de sus pensamientos, seguido por la voz baja de Sam.
—¿Quieres dejar de pensar tan alto? No me dejas dormir.
—Ni siquiera estabas durmiendo —Dean se giró, escuchando como unas cuantas tablas de la cama rechinaban en el proceso.
—Podría intentarlo si tan sólo pararas —argumentó Sam.
—No puedo, y no quiero parar —Su prioridad en la vida siempre había sido proteger a Sam, y cuando no podía cumplir con dicha prioridad se encargaba de rastrear y hacer pagar a los que lo lastimasen. Necesitaba rostros que golpear.
—Si bueno, no siempre se obtiene lo que se quiere —espetó Sam con enojo. A veces los actos de heroísmo de su hermano lo sacaban de quicio, más cuando la cruzada ya era inútil—. Buenas noches, Dean.
—Sammy… —Dean titubeó ante el arrebato de humor de Sam. Quizás la falta de sueño, más la latente depresión le estaban pasando factura a su hermano.
—¿Quieres dejar de llamarme así? —Sam había tratado de fingir que no le molestaba ser llamado así, pero lo cierto es que cada vez que el mote era pronunciado sólo podía escuchar la voz de Barry.
—No, no quiero. Te he llamado así toda la vida y te seguiré llamando así, Sammy —Dean comentó, alzando la voz para hacer énfasis en la última palabra.
—¡Jódete! —gritó, levantándose apresuradamente de la cama. Sam tomó lo que estaba más cerca y lo aventó contra la pared, siendo la desafortunada lámpara de noche.
—¡Hey! ¿Qué diablos te sucede, Sam? —también se levantó de la cama y caminó a oscuras hasta la procedencia de la voz de su hermano.
De pronto el temor de su hermano siendo volátil y con trozos de vidrio en su camino hicieron que su mente creará el escenario de Sam desangrándose en el piso, casi podía ver los parpadeos del departamento en Palo Alto.
—Todo, Dean. Me pasa de todo y tú sólo quieres exprimir la herida para saciar tu curiosidad y saber si aún puedes obtener el papel del héroe —Sam respiraba agitado, podía sentir como las palabras fluían libres por su boca, al igual que sus lágrimas.
Dean miró a su hermano, o donde sabía que estaba por su voz. La respiración de Sam era rápida y llena de dolor, y Dean sólo podía pensar en lo descabellado que se había tornado todo. Todo el caos nacido de su sobreprotección.
No, el caos había explotado con una palabra, una sola palabra, pero ¿por qué?
—¿Por qué odias tanto el apodo que yo te di? —Dean pudo sentir como la respiración de Sam se enganchaba.
Después de su arrebato, Sam sintió que se quedaba sin fuerzas. Además, en la oscuridad evitaría ver el rostro compungido de dolor de Dean ante la respuesta.
—Fue contaminado —Sam susurró casi deseando no haber sido escuchado.
Dean alzó una ceja en confusión mientras trataba de entender. Los segundos fueron contados por Sam y al decir cinco su hermano captó la declaración.
—Lo siento, yo... —Dean sintió que en ese momento podría vomitar al imaginar dicha escena, pero si tanto era su acto de heroísmo como decía Sam, entonces él tendría que actuar como uno y no derrumbarse ante las respuestas que tanto pedía—. Sé que...
Ambos hermanos casi saltaron de su piel cuando las luces se encendieron, dando paso a un muy malhumorado Bobby Singer.
—Les molestaría aclararme ¿por qué eligieron las malditas tres de la madrugada para gritarse el uno al otro? —gruñó con cara de fastidio. Las noches de sueño habían sido contadas en las últimas semanas, y aunque Bobby supiera que esos chicos necesitaban su espacio y charlas a corazón abierto, ya estaba hasta la coronilla.
Bobby vio como ambos hermanos se quedaron en silencio, teniendo la decencia de lucir avergonzados por tanto griterío a deshoras.
—Lo siento —dijeron ambos hermanos al unísono. La carga de la preocupación, el dolor y los asuntos pendientes se desprendieron de sus cuerpos aunque fuese por un momento, emergiendo una tenue sonrisa de complicidad en el rostro de los jóvenes Winchester.
—Ya estoy viejo para estos trotes. No sé ustedes, pero creo que unos cuantos tragos y dormiremos como bebes por lo que resta de la noche —Y de esa manera el viejo cazador aceptaba la disculpa y zanjaba cualquier posible momento lacrimógeno que esos dos tuviesen entre manos.
—De hecho, ya es de madrugada —comentó con burla Dean.
—Exacto, ya es de madrugada y ustedes hablando como viejas cotorras —Bobby los reprendió mientras tomaba la delantera y los deja de pie en medio de la habitación.
—De acuerdo, alguien se pone gruñón si no toma su siesta de belleza —se burló el hermano mayor.
—Lo dices sólo porque Bobby ya no te puede oír —comentó Sam.
—¿Acaso crees que estoy tan loco como para decirlo al alcance de sus oídos de murciélago?
—Contigo nunca se sabe —Sam se encogió de hombros y prosiguió a seguir los pasos del chatarrero, pero fue detenido por el brazo de su hermano—. ¿Que?
—¿No ves que hay vidrios en el suelo? —dijo como si ninguno de ellos supiera que ese desastre había sido el arrebato de las emociones del menor—. Ponte los zapatos.
—Póntelos tú —resopló Sam.
—Hablo en serio, Sam —Dean se tuvo que morder la lengua para frenar el mote de cariño que arañaba por salir de su boca.
—Dean, puedo esquivar los vidrios. ¡Maldición! —se quejó ante la mirada suplicante y obstinada de su hermano, quien auguraba no dejarlo en paz hasta cumplirle ese capricho—. Listo. Ahora tú.
—No los necesito —Dean levantó su mano para detener la explosión del volcán Samuel—. Los hermanos menores obedecen a sus apuestos hermanos mayores.
—Eres un idiota —intentó hacerse el ofendido, pero su labio curvado lo delató.
—Uno muy apuesto. Anda, ya bajo —dijo Dean, ignorando la mirada curiosa del castaño.
Cuando los pasos resonaron en los escalones, Dean se apresuró a limpiar los escombros de la lámpara. El miedo de perder a Sam aún estaba latente en cada segundo del día. Quizás no sólo Sam necesitase terapia, pero al fin y al cabo los Winchester nunca han sabido cómo ser conversadores.
Cuando ya no hubo rastro alguno de trozos de cristal, Dean se permitió bajar a beber ese necesitado trago, pero justo cuando estaba por doblar a la cocina el timbre sonó. Lanzando un suspiro de frustración, desvió su destino y fue con arma en mano a atender la puerta.
—¿Papá? —Dean parpadeó sorprendido.
—Hijo —sonrió John—. Cuanto tiempo.
Dean se pateó mentalmente cuando sintió una pequeña alegría al ver a su padre de nuevo, pero con la rapidez de un pestañeo la imagen idolatrada de su padre se volvió turbia y monstruosa, tal y como siempre fue realmente.
—¿Qué haces aquí? —su postura cambió, Dean tensó su cuerpo y se preparó como si estuviera a punto de enfrentar a algún ser sobrenatural.
—Me dijiste que viniera. Bueno, aquí estoy —John frunció el ceño, su hijo nunca le hablaba así. Algo había cambiado en Dean, y seguramente ese algo tenia nombre y apellido.
—Eso fue hace dos semanas —levantó la voz enfadado. Hace dos semanas Dean hubiese estado encantado de tener a su padre a su lado, pero ahora, cuando el telón había caído sólo deseaba alejarlo definitivamente de su hermano menor.
—Estaba cazando, pero ahora estoy aquí. No veo cual es el proble... —John se detuvo a media palabra cuando al hacer un rápido recorrido del interior de la casa vio a Sam.
Dean se sobresaltó cuando John lo empujó y se abrió camino dentro de la casa. Al voltear pudo ver cuál era el arrebato del hombre que una llamó padre y amó. Sam estaba al pie de la escalera, luciendo tan frágil y joven que impulsó a Dean a adelantársele a John y ponerse como barrera de protección para su hermano menor.
—No te atrevas a acercarte a él —gruñó en advertencia Dean.
—¿Qué sucede, Dean? —John miró por encima del hombro de su hijo mayor y le sonrió con hipocresía a Sam—. Tanto tiempo, Sammy.
—No le llames así —dijo Dean. Sam por su parte se sintió agradecido ante la protesta de Dean, aunque no tenía muy claro si era porque sólo él era el único con derecho de llamarle así, o porque sabía el daño que traía ese mote para él.
—¿Con qué cucarachas le has llenado la cabeza esta vez? —John gruñó a modo de pregunta, mirando a Sam—. Contéstame cuando te hablo, muchacho.
—No le he dicho nada que no sea la verdad —Sus propias palabras picaban en su boca. La verdad, eso era lo que le había estado evitando a su hermano por meses hasta que al final la bomba le había explotado en la cara.
—Apuesto que sólo la versión embustera de tu verdad —John dio un paso hacia Sam, pero se vio bloqueado por Dean.
—Te dije que no te acerques a él —dijo Dean, viendo por el rabillo del ojo como Bobby se quedaba a cierta distancia, luciendo listo para sacar a John a patadas de su casa.
—¿Por qué diablos ahora soy el malo de la historia? —John miró a Sam con desprecio. Seguramente la mosquita muerta de su hijo ya había tenido tiempo de sobra para poner a Dean en su contra.
—¿No es lo que siempre has sido? —comentó el mayor de los hermanos.
—Nunca he hecho algo para dañarte y te consta, Dean —dijo John con enojo ante la acusación de su chico.
—Cierto, pero con Sam siempre ha sido distinto —Dean dio un paso en dirección al hombre que una vez admiró—. Dijiste que Sam nos había abandono, pero tú fuiste quien lo echó de nuestra vida. Y todavía tuviste la osadía de culparlo y pensar que no me daría cuenta.
—¡Por Dios, Dean! —John bufó ante el escándalo que se estaba armando por un ser tan insignificante como Sam.
—No, no lo niegues. Lo sé todo y ya no caeré en tus engaños —dijo Dean.
—Parece que al fin lograste tu cometido, Samuel —John siseó, lo único bueno de todo eso era que ya no tenía que fingir amar, o preocuparse por Sam.
Antes de que Dean pudiese saltar en defensa de su hermano, Sam le ganó las palabras.
—Puedes pensar lo que quieras, me tiene sin cuidado —Sam comentó con indiferencia, ya acostumbrado a los arrebatos de ira e hipocresía de John.
—Claro, para que preocuparte si ya los tienes a todos comiendo de tu mano. Siempre fuimos muy poco para ti —John se burló de Sam, gozando previamente lo que estaba por decir—. ¿Acaso ya les contrastes de tu pequeño problemita de drogas?
Sam abrió grande los ojos, podía sentir como su piel se calentaba de la humillación. John miró la cara de sorpresa de su hijo menor, feliz de haberlo puesto en su lugar.
—¿Lo sabías? —Dean gritó, rompiendo el silencio que había llenado la habitación—. ¿Hace cuánto lo sabías?
—Lo suficiente como para saber que ya era una causa perdida y que era mejor que lo vieras con tus propios ojos —comentó John con tal calma que cualquiera pensaría que hablaba del clima.
—¿Qué mierda te sucede? Pudiste decirme y así se hubiesen evitado muchas cosas, si tan sólo tu hubieses dejado de ser un idiota, Sam no habría... —Dean no pudo terminar la oración porque fue frenado por su hermano.
—Dean —A pesar de su aturdimiento Sam logró espabilar para ponerle un freno a la boca de su hermano. John ya se regocijaba al saber de su adicción, no necesitaba gozar de la violación de su hijo menor—. Recuerda lo que te dije, ya no importa y no solucionara nada.
—Claro que ya no solucionara nada, tú ya estas dañado, chico —John no desaprovechó ni un minuto para burlarse del menor—. Sabes, de nada te sirve hacerte la victima cuando tú sabes que toda la mierda que es tu vida es gracias a tus grandes acciones de superioridad. Tienes merecido todo lo que… —John trastabilló ante el potente golpe que recibió en la mandíbula, grande fue su sorpresa al ver que había sido golpeado por su chico de oro.
—¡Cierra la boca, maldito hijo de perra! —Dean no lo pensó al lanzar su mejor golpe a John. Con gran dolor Dean recordaba haber dicho las mismas palabras a su hermano.
—Es hora de que te vayas y no vuelvas, John —Bobby se movió hacia Dean y le quito el arma de las manos, apuntando a John.
—En serio crees que vas a asustarme con… —John gritó en agonía al sentir como la bala perforaba la carne de su pierna—. ¡¿Qué demonios te sucede?!
Sam estaba tan absorto en el miedo de saber qué más conocía John sobre él, que se había aislado de lo que sucedía a su alrededor. El menor de los Winchester pegó un brinco al escuchar un disparo. Tal parecía que Bobby había llegado a su límite.
—Como dije, ya es hora que te largues de mi casa y dejes en paz a los chicos —profirió Bobby.
—Que patético —se rio a pesar del dolor que irradiaba su pierna—. Jugando al papá con los hijos de otro.
—Pues déjame decirte que jugando a la casita supe ser mejor padre que tú, maldito idiota —dijo el chatarrero con orgullo—. Ahora, sales de aquí cojeando, o arrastrándote —comentó mientras apuntaba a la pierna sana de John.
—Bien —dijo secamente, lanzándole una mirada de desprecio a su hijo menor.
John salió tirando la puerta, minutos después se escuchó el ruido de un auto dejando la propiedad a toda velocidad, seguramente en búsqueda de un motel para coser su lesión y lamer las heridas de su derrota.
Dean podría decir en ese preciso momento que Bobby Singer era su héroe. Con una sonrisa cansada se giró esperando ver la cara aliviada de su hermano al ya no tener que estar cerca de John. Dean se sintió destrozado al ver el abatimiento y resignación en la cara que debería de tener una sonrisa.
—¿Sam? —Dean llamó a su nombre al notar la mirada opaca y desenfocada de Sam.
Sam por su parte ignoró la llamada de Dean y la mirada de preocupación que le lanzaba el chatarrero. Ya no quería palabras de aliento, ni miradas de lastima. Después de ese pequeño suceso sólo deseaba hacerse uno con las sábanas y no saber nada del mundo.
Las pocas horas que separaban la madrugada de la clara mañana pasaron tan rápido que Sam sentía como si le hubieran encendido un foco en las retinas.
Estaba acostado boca arriba en la cama, ignorando el hecho de si su hermano aún seguía en la habitación o no. Mil pensamientos cruzaban por su caótica mente, en su mayoría eran negativos.
Las palabras del hombre que debió de amarlo y cuidarlo le quemaban. Él ya estaba roto, y las cosas rotas siempre terminan en la basura. Todos saben que cuando algo se ha dañado ya es inútil tratar de juntar los pedazos. Quizás Víctor Frankenstein tuvo éxito en unir partes y formar un cuerpo, pero el resultado fue tan lastimero que hasta la propia bestia se dio temor.
Después de todo lo ocurrido, Sam ya no perdía el tiempo en buscar su reflejo en el espejo del baño, era como mirar a un extraño. Y el extraño que le devolvía la mirada lo veía con lástima de la persona en que se convirtió. Definitivamente el ser un adicto, suicida y víctima de violación no estaban en sus planes de vida.
Sam recuerda cuando en su primer día de facultad se sintió solo, pensó que la distancia que lo separaba de su hermano era lo peor que podía sentir en ese momento. Ahora, lo peor es la soledad que lo rodea en la cercanía de las únicas personas que lo han sabido amar, y viceversa.
Por el rabillo del ojo pudo discernir una figura de pie junto a su cama. Era su hermano, quien sostenía un vaso de agua en una mano, y en la otra las píldoras que pondrían un arcoíris en sus días grises. Ese día Sam no quería adentrarse a esa fantasía creada por los químicos, él sabía que sin importar la cantidad de antidepresivos que tomase nada cambiaría, y así se lo hizo saber a Dean.
La charla unilateral fue en extremo corta, y cuando Sam hubo dejado en claro su punto de vista de las píldoras, le dio vuelta a la página y se metió nuevamente en la obra trágica que era su vivir.
Esa mañana no bajó a desayunar, tampoco le prestó atención a su hermano cuando subió con una bandeja de comida para minutos después bajar con la misma. Sam sabía que estaba fallando en su palabra de hacer un esfuerzo cada día, pero John Winchester había llegado como un huracán y había deshecho cualquier intento de sacar la cabeza del fango.
Sam había dormido tan poco que las náuseas escalaban su garganta. Aunque el menor de los Winchester sentía que la falta de sueño lo estaba matando, tenía su punto ventajoso y ese era el agotamiento mental. Así que, antes de perder el conocimiento Sam se sintió aliviado, sería un viaje libre de sueños dolorosos.
—¿Quién pateó a tu cachorro? —comentó Bobby al entrar en la cocina con un trapo lleno de grasa. Ciertamente el mayor de los hermanos tenía un aspecto lastimero—. Déjame adivinar, las cosas no van bien con el chico.
—Hoy no quiso los antidepresivos, dijo que no le veía sentido tomarlos, que su vida ya estaba jodida y que unas píldoras no solucionarían nada —Dean optó por narrar la versión corta y civilizada de las palabras que le había dicho Sam esa mañana.
—Y apuesto a que esa actitud de rayito de sol optimista se debe a la visita nocturna de John —más que pregunta era la afirmación que ambos cazadores conocían.
—¡Demonios, Bobby! Sam estaba mejorando, tú mismo lo viste. El chico salía de la habitación, comía por lo menos unos bocados al día, se tomaba sus malditos medicamentos —En ese momento de frustración y enfadado, Dean tenía una y mil ocurrencias tardías para mandar a su padre al infierno—. No era miel sobre hojuelas, pero era lo más cercano al antiguo Sammy, y sólo hizo falta que ese maldito estuviese diez minutos en la misma habitación que Sam y derrumbara todo.
—Siempre supe que John era un idiota, pero simplemente no esperé algo así —En un inicio Bobby no pudo juzgar a John por ser mal padre con Sam. El chatarrero supuso que el hombre lo intentaba, pero que su fracaso se debía a la perdida de la mujer que representaba su mundo. No paso mucho tiempo para que Bobby entendiera que nada tenía que ver la muerte de Mary, el hombre siempre fue así.
—¿Y ahora qué hago, Bobby? —Dean casi gimoteó del estrés que sentía acumularse en la base de su cuello—. Ya no sé qué hacer.
—Yo sí, vas a hacer las maletas y se van a ir de aquí —comentó Bobby, sonriendo de lado al ver la cara de perplejidad del hermano mayor—. Antes de que te hagas la película en la cabeza déjame explicar.
Dean asintió en silencio, cediéndole toda la palabra al chatarrero.
—Está claro que Sam no mejorara si sigue encerrado día y noche en esa habitación. Además, ustedes dos tiene muchas lágrimas que derramar y preferiría que no fuesen en mi almohada —dijo Bobby, sentándose frente a Dean—. Sam tiene que dejar de esconderse.
Dean asintió nuevamente ante las palabras de Bobby. Sabía que el viejo cazador siempre acertaba en lo que decía, y esta vez no era la excepción. Sam se estaba escondiendo del mundo en su pequeña habitación, rodeado de su hermano mayor y su padre sustituto.
Ahora lo entendía, aunque Sam no se lo hubiese dicho con palabras. Su hermano estaba asustado del mundo fuera de las paredes de la casa de Bobby, justo como lo había estado al estar enclaustrado en su departamento en Palo Alto. Ese miedo al mundo exterior lo estaba matando, y Dean lo permitía al pensar que así podría mantener a salvo a su hermano menor. Eso tenía que cambiar.
—Tienes razón, Bobby. Es hora de recuperar a mi hermano.
Bobby le habló a Dean sobre una cabaña de seguridad que tenía a tres estados de allí. La vivienda estaba más protegida que el Fort Knox. Además, estaba oculta en medio del bosque, sin posibilidad alguna de recibir visitas indeseables.
Cuando Bobby terminó de darle toda la información sobre la cabaña y sus alrededores, Dean decidió subir a darle un vistazo a Sam. Después de comprobar que el sueño de Sam era completamente natural y sin riesgo ni de pesadillas, abandonó la habitación.
—Oye, Bobby —Dean llamó al chatarrero, quien estaba metido bajo un auto en el taller—. Disculpa que te moleste, pero necesito ir al pueblo por los suministros que necesitaremos.
—Sí, sí, sí, seré la niñera del niño, como en los viejos tiempo —Bobby sonrió con diversión—. No te olvides de pasar por la próxima receta del chico.
—Claro —dijo Dean, deteniendo su andar y voltear hacia Bobby—. Espero que no te importe, pero me tomare mi tiempo.
—Sam es un niño grande, sabré como manejarlo —refunfuñó el chatarrero volviendo a su labor—. Lárgate antes de que cambie de opinión.
Con una sonrisa radiante y una tarjeta falsa, Dean no escatimó en gastos a la hora de ir al supermercado. Las bolsas llenas de suministros descansaban en el asiento trasero del Impala, junto con la medicina de Sam y un regalo de agradecimiento para Bobby.
Dean sabía que si quería ayudar a su hermano no podía andar a ciegas. La buena información siempre era la base de la solución a algún problema. Por eso, sin ser su lugar favorito, Dean Winchester se comprometió a pasar el resto del día en la biblioteca.
Horas después, sentado en el Impala con la cabeza reclinada sobre el volante, Dean maldijo su complejo de héroe, como le había llamado Sam. Él había querido investigar para lograr entender a qué demonios se enfrentaba su hermano. Después de todo, la drogadicción, el abuso sexual y el intento de suicidio no eran un paseo por el parque, y Dean marcó eso en su cerebro cuando encontró más de lo que buscaba.
—¡Maldición!
Gracias por leer.
