Volveré a hacer la misma pregunta: ¿Todavía hay alguien por aquí? xD Si es así, déjenme decirles que tienen todo mi corazón por esperar :v y no siendo nada más, aquí les dejo el nuevo cap~


Dos brujas y sangre de noble

.

.

.

Ya estaba entrada la noche cuando Nobume arribó junto con Soyo a la mansión perteneciente a esta última. Saludando cordialmente a los guardias de la entrada, la pelinegra, en su compañía, entró al hogar permitiéndose estar más cómoda. Al parecer, no había rastro de su hermano mayor, por lo que la cazadora supuso que este aún no había concluido con sus labores del día y, por lo tanto, Isaburo todavía debía estar ocupado. Esta idea fue corroborada cuando comenzó a vibrar el teléfono de la mujer, indicándole que había recibido un mensaje. Dicho mensaje era de su jefe, notificándole algunos cambios de última hora que ella, sinceramente, no se esperaba.

"Lamento mucho informarte que, por razones diplomáticas, Shige-shige-sama no llegará a casa temprano, así que no estaré allí en la hora que acordamos. Estás a cargo esta noche de Soyo-sama. Lo lamento".

A ella no le molestaba en lo absoluto, pero si no podía dormir una noche más en su cómoda cama, podría estar enloqueciendo prontamente.

—Nobume-san, ¿qué ocurre? —preguntó Soyo, mirando como la peliazul se quedó parada en medio del pasillo mirando su teléfono.

—Al parecer me quedaré con usted esta noche también, Hime-sama —respondió ella tranquilamente —. Su hermano estará ocupado hasta tarde. Le sugiero que no se desvele esperándolo.

—Oh, ya veo —pareció un poco triste tras la noticia de no poder ver a su hermano por esa noche, pero rápidamente se recompuso y le ofreció una cálida sonrisa a la peliazul —. Gracias por cuidarme siempre, Nobume-san. Realmente lo aprecio.

Era extraño que personas como Soyo Tokugawa, miembros de la nobleza que lo han tenido todo en la vida, fuesen amables con su servidumbre. Y la princesa, más que eso, apreciaba a las personas que estaban junto a ella. Incluso alguna vez llegó a decir que la consideraba a ella y a Okita Sougo como sus amigos, más que como sus guardaespaldas. Por eso se preocupaba si algo malo le pasaba a alguno de los dos.

La princesa realmente se merecía que le pasaran cosas muy buenas en su vida.

—Jiiya probablemente ya estará dormido —expresó la menor en voz alta.

—Vaya a dormir entonces, Hime-sama —sugirió Nobume —. La acompaño a su cuarto.

Ante el asentimiento de la chica, la cazadora se encaminó junto con la princesa a lo largo de los pasillos de la mansión, hacia sus aposentos. Una vez estuvo allí, Nobume se paró fuera de la habitación.

—Estaré aquí a su servicio, si requiere cualquier cosa.

—Gracias —y con eso, la pelinegra cerró la puerta. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que la puerta volviese abrirse de par en par, revelando a la princesa nuevamente —. No sé por qué, pero realmente pienso que no podré dormir esta noche sola, y no estoy muy cómoda teniéndote parada allí en el pasillo. ¿Puede entrar?

Si era una orden una sugerencia, Nobume realmente no se lo pensó. Aunque en primera instancia creyó que eso no era apropiado, porque ella era de la nobleza, pero de nuevo, Soyo no iba aceptar esa excusa, por lo que decidió simplemente acceder ante la petición de la más pequeña. Una vez estuvo dentro, la princesa volvió a la cama y se arropó con las mantas, palmeando un lugar justo a su lado para que su cuidadora se sentara justo allí. Sin embargo, Nobume negó y simplemente arrastró un asiento y lo situó al lado de la cama, para luego sentarse allí. Casi de inmediato, vio como los ojos de Soyo se cerraban y ella entraba al mundo de los sueños. Y, a pesar de ella también estar un poco cansada, se obligó a sí misma a mantener los ojos abiertos.

Supo que eso había sido la mejor opción, cuando a sus sentidos llegaron ruidos extraños provenientes de afuera de la habitación de la princesa. Dicho suceso le pareció por de más extraño, así que, con la mano situada en el mango de su katana, se dirigió a la salida de la habitación. Grande fue su sorpresa cuando fue recibida por el cuerpo—a simple vista sin vida—de una de las personas que cuidaban el hogar de los Tokugawa.

Inmediatamente después desenvainó su arma, lista para cualquier tipo de amenaza que asechara los alrededores. El enemigo debía ser un problema bastante jodido, ya que varios miembros del Mimawarigumi se encontraban fuera de combate, heridos.

Tres pasos resonaron desde atrás de ella y, haciendo caso a sus sentidos, Nobume evadió un ataque con total rapidez, saltando hacia la pared que tenía a su derecha para apoyarse en ella con su pie, y así caer finalmente al otro lado de su oponente. Un tipo alto, con unas gafas y un cabello extraño. ¿Qué querían ellos con la familia Tokugawa?

La pregunta quedó en el aire, pues el hombre, con una agilidad digna de una persona que ha recibido entrenamiento físico toda su vida, elevó su pierna derecha y, haciendo un pequeño giro, logró impactar a la peliazul, quien perdió el equilibrio inmediatamente. Tan pronto como logró ponerse de pie nuevamente, le saltó encima, enfrentándolo con una gran fuerza, espada en mano. Dejó caer el acero con todas sus fuerzas, pero dio en el vacío, porque, al parecer, el instinto del extraño le advirtió del peligro un segundo antes y alcanzó a mover el cuerpo, echándose hacia un lado a gran velocidad. El brutal impulso empleado en la estocada desequilibró a la cazadora, y esto fue aprovechado por su enemigo, quien, empleando la misma velocidad de antes, la golpeó en la espalda, precipitándola hacia delante. Ella tropezó, cayó de rodillas y su espada se golpeó contra el suelo.

Lo siguiente que supo fue que un golpe en la nuca la tiró de boca y la dejó inmóvil en el suelo.

Desde donde se encontraba, Soyo pudo ver todo lo acontecido con gran horror. Y, a pesar de estar completamente asustada, quiso ir a ayudar a Nobume, que yacía sin moverse en el suelo después del golpe contundente que aquel extraño hombre le había propinado en la nunca.

—¡Nobume-san! —tal vez no debió haber gritado y alertado al enemigo de su presencia, pero estaba asustada y preocupada. Entonces se precipitó hacia el lugar en donde estaba la joven.

Sin embargo, no pudo llegar a su objetivo, puesto que fue levantada del suelo y echada al hombro de alguien, como si ella fuese un costal de papas.

—No tenemos al Shogun, pero si que tenemos a un noble legítimo entre nosotros —expresó el hombre que la tenía cautiva.

—¡Suéltame! —la princesa demandó inmediatamente, moviendo todo su cuerpo en pro a quedar en libertad. Pero sus esfuerzos fueron en vano. Lo único que ganó fue que le vendaran los ojos y la amordazaran.

—Vámonos antes de que alguien se dé cuenta de que estamos aquí —dijo el otro hombre; el que había dejado a Nobume inconsciente.

La princesa realmente se merecía que le pasaran cosas muy buenas en su vida.

Lástima que la gran lista de desgracias que aguardaban por ella apenas comenzaba.


Tanto revuelo en Yoshiwara no presagiaba nada bueno. Algo en los sentidos de Tsukuyo le decían que algo fuera de lo común había sucedido mientras ella no estaba presente, y la sensación de hundimiento en su estómago no la abandonó después de que ella habló con los miembros del Omiwabanshu que venían en busca de Hinowa. No era una sensación agradable. Se sentía observada todo el tiempo. No tuvo una guardia tranquila después de esa reunión, y la mala noche, para ella, apenas comenzaba.

—¡Jefa! —el grito de una de las mujeres miembros del Hyakka le confirmó, sin necesidad de más palabras, que algo malo había pasado.

Esperó a que la mujer la alcanzara para preguntar la razón por la que la buscaba con tanta impaciencia. —¿Ha pasado algo?

—¡Hinowa-san y Seita han sido secuestrados por una bruja y un lobo! —informó rápidamente la mujer.

Para Tsukuyo, aquellas palabras equivalían a decirle que el fin del mundo efectivamente había llegado. Se esperó cualquier cosa, menos eso. Siempre supo que a Hinowa la buscaban por ser la penúltima bruja de la cosecha, y que el poder que ella tenía era inimaginable, pero creyó que, si se hacía más fuerte, podría evitar que alguna vez se la llevaran, protegiéndola con su vida de ser necesario. Por eso les había mentido a los miembros del Omiwabanshu que habían preguntado por ella hacia pocas horas. Pensaba que la estaba protegiendo de algo malo. ¿Cómo Seita terminó siendo secuestrado también? ¿Por qué los querían? Eran demasiadas preguntas que no tenían una respuesta válida. La rubia estaba enojada tanto con los secuestradores, como con ella misma.

Lo primero—y quizá único—que cruzó por su cabeza fue el hecho que tenía que rescatar a ambos de sus captores. Sin embargo, era imprudente que se moviera sin tener un plan preestablecido y tan siquiera sin saber a donde se los habían llevado. Trató de enfocarse y organizar sus pensamientos. La desesperación no la llevarían a ninguna parte. Y entonces, como un foco de luz iluminándose, la rubia pensó de nuevo en el Omiwabanshu. Por supuesto, ellos no habrían ido en busca de Hinowa si no supiesen para qué demonios la estaban buscando.

El sospechoso más factible, por el momento, eran ellos. Sin embargo, la mujer que le había traído la noticia mencionó a una bruja muy poderosa y a un lobo como los autores materiales del suceso. El Omiwabanshu había exiliado a las brujas debido a los sacrificios humanos y pactos que estas hacían, prohibiéndoles hacer sus "prácticas". Por eso la mayoría, si no habían sido asesinadas, habían encontrado refugio en Yoshiwara. Le resultaba difícil pensar que se habían aliado de último momento a una bruja para que secuestrara a otra bruja. Además de esto, los clanes de lobos tenían sus propios pactos con el Omiwabanshu y, mientras se encadenaran en luna llena, no había ningún problema con su existencia.

Nada encajaba en ese complejo rompecabezas. No tenía tiempo que perder, pues entre más rápido comenzara la búsqueda, mejor. Sin embargo, no podía hacer nada si no tenía certeza alguna de lo que estaba sucediendo. Por eso supuso que tendría que comenzar por buscar al hombre y a la mujer que la habían interceptado para hacerle preguntas hace poco. Ellos tenían que saber dónde estaban Hinowa y Seita, y lo más importante, para qué los querían.

Así pues, rápidamente se encaminó al lugar en donde los vio por ultima vez, deseando que no se hubiesen ido todavía. Cuando vio una mata de cabello lila, supo que la suerte, por esta vez, estaba de su lado.

Se acercó a ellos a paso firme. —De acuerdo, quiero saber, ¿por qué demonios quieren a Hinowa? —tras finalizar sus palabras, golpeó la palma de su mano contra la mesa —. Aparecen ustedes y, en menos de una hora, ella es secuestrada junto con su hijo.

La mujer se acomodó los lentes, evidentemente preocupada por lo que la rubia acababa de decir. —Sabía que mentías acerca de no conocer a la bruja de la cosecha.

—Bueno, la estaba protegiendo de que algo como lo que acaba de pasar, no le sucediera.

—Ese era nuestro trabajo —habló el hombre del flequillo —. Sarutobi y yo teníamos la misión de encontrar y llevar con nosotros a la bruja de la cosecha, para evitar…

Cuando se detuvo, Tsukuyo frunció el ceño. Querían ocultarte información valiosa para poder encontrar a Hinowa y Seita, y ella no iba a permitir eso. —Para evitar, ¿qué? —al no obtener respuesta, se frustró más —. Hinowa y Seita son mi familia, y acaban de llevárselos a ambos. Necesito saber qué está pasando para poder rescatarlos, así que, por favor, díganme lo que saben.

Eso pareció haber hecho el truco, pues, tras una breve mirada entre ellos y un asentimiento por parte de Sarutobi, el hombre volvió a hablar. —Evitar que la maldición de la manada Media Luna sea rota.

—¿Qué? —desde niña, le habían dicho que eso era solo un mito. ¿Ahora le estaban diciendo que, en efecto, era real?

—Se necesitan dos brujas poderosas —él continuó —, preferiblemente procedentes de una cosecha, para realizar la anulación del hechizo.

—Pensamos que, consiguiendo la bruja faltante, no se podría quebrantar la maldición —esta vez habló la mujer —. Sin embargo, no contamos con la alianza del Clan de los Crecientes a esta ridícula causa.

Había muchas cosas que la rubia bruja no entendía y deseaba poder hacerlo, y tenía tantas preguntas que no sabía poder donde empezar.

—¿Qué se supone que quieren lograr quitando la maldición de esta manada?

—Derrocar el tratado firmado hace 100 años. Y, además de eso, quieren la cura —la cara del hombre parecía confusa —. El Omiwabanshu no está seguro de esto, pero se rumorea que hubo una vez un brujo, el primero de todos, tan poderoso que logró crear un conjuro que concedía la inmortalidad y con ella, grandes habilidades físicas.

—Los vampiros —asumió Tsukuyo. Una vez, cuando era niña, Hinowa le había contado sobre los años de linaje vampírico. Le contó del creador del hechizo. El hombre que sólo quería cambiar la suerte de unos cuantos hombres y una mujer condenados a morir.

—Exacto. Pero, así mismo, creó una especie de antídoto. Sin embargo, esta cura funcionaba también para quitar los poderes sobrenaturales de las brujas, los licántropos y algunos cazadores. Vivir como humanos fue para unos un sueño, para otros un gran error. Al final, el brujo murió en extrañas circunstancias y en su tumba se haya la cura. El problema es que no se sabe en donde está enterrado.

Escuchando todo esto, no podía no entender por qué las personas sobrenaturales no querrían una cura. Ella la tomaría, sin dudar, se la daría a Seita también, para que dejase de ser eternamente un niño y, por supuesto, a Hinowa, para quitar tanta carga de poder que tenía.

—Un minuto, ¿por qué necesitan a la manda Media Luna para hacer todo eso? —preguntó.

—Alianza, supongo. Ellos nunca estuvieron de acuerdo con la firma del tratado.

—Por eso era importante que no obtuviesen a la segunda bruja que les hacia falta —comentó Sarutobi —. Sólo queda esperar que la protección continua que le impusimos a los Tokugawa haya servido de algo.

Eso descolocó un poco a la rubia. —¿Qué tienen que ver en esto ellos?

—La sangre noble —contestó el castaño —. Con la sangre de un noble se hizo la maldición, con la sangre de un noble se quita.

Al parecer, Tsukuyo uniría fuerzas con estos dos miembros del Omiwabanshu para traer a Hinowa y Seita de vuelta y, así mismo, tratar de evitar lo que, por ahora, parecía inevitable.

Jodido embrollo.


Lo único que veían sus ojos era negro. Desde que aceptó irse con las dos chicas para evitar que le hicieran daño al niño, Hinowa había estado con los ojos vendados. A pesar de eso, podía afirmar que la estaban conduciendo por un lugar destapado, si tenía en cuenta el frio que hacía. Además, los sonidos que hacían algunos animales la alertaban: la estaban llevando al bosque. ¿A qué parte de él? No lo sabía, pero por lo menos tenía cierto conocimiento sobre su paradero.

A su lado, pudo sentir temblar a Seita. A tientas, buscó su mano para tomarla y brindarle un poco de confort. Él era un niño, y era entendible si estaba asustado. No debería haber pasado por esto nunca.

—Probablemente sea ridículo preguntar a donde me llevan, pero creo que me compete saber cuales son las razones tras este secuestro —no tuvo realmente la esperanza de que le contestarían, pero no perdía nada con hacer intento.

Lo que siguió del camino, fue totalmente silencioso, y supo que ya no avanzarían más debido a que, sin previo aviso, la habían descargado en el piso, le quitaron la venda de los ojos y la amarraron a un árbol. Vio como a Seita, en cambio, lo metieron a una cueva y la misma niña rubia que la había traído ahí realizó un hechizo para evitar que el niño pudiese salir. Una vez Hinowa observó el rostro de la joven con detenimiento, algo dentro de ella le dijo que la conocía. Había visto a esa niña antes, pero no lograba recordar cuando, en qué lugar y en qué situación se habían encontrado.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó un par de voces en la lejanía, avisándole que alguien se acercaba. No pasó mucho tiempo antes de que Hinowa observara a dos hombres—uno de ellos cargando a una señorita en el hombro—que se dirigían a la cueva en donde estaba Seita. Allí, por lo que ella alcanzó a observar, dejaron a la chica, con los ojos vendados y amordazada. Sin embargo, su estado no impidió que ella hiciera ruidos—que supuso, eran gritos—. Desafortunadamente estos sonidos eran mayormente amortiguados por la mordaza. Desde el lugar en donde se encontraba, no podía ver bien el rostro de la jovencita, pero a jugar por la fina ropa—que parecía un pijama—que traía puesta, pudo inferir que se trataba de alguien importante. Probablemente de la realeza.

—¡Tardaron demasiado! —le dijo entonces la rubia de la coleta al hombre mayor ante ella —. ¿Y por qué demonios trajiste a la niña en lugar de al Shogun? Eres lolicon.

—No soy lolicon, soy feminista —respondió el hombre —. No hubo rastro del Shogun, pero su hermana ha de ser igualmente servible.

La chica se giró para mirar al otro hombre que se encontraba sentado en el suelo y recostado en un árbol, como para pedirle que le dijera en efecto, era cierto lo que le dijo el grandote.

—La chica sirve —dijo rápidamente este, a lo que la mujer se cruzó de brazos.

—Bien —y, una vez dicho esto, se acercó al lugar en donde Hinowa estaba amarrada —. Ten. Bebe esto.

La pelinegra miró con un poco de desconfianza el frasco que le estaban ofreciendo. —¿Qué es eso?

—Es sólo agua. Será mejor que la bebas, porque no obtendrás nada más de aquí.

Con un asentimiento, Hinowa abrió la boca para que vertieran el contenido de la botella, pues al estar atada, no podía hacerlo por su cuenta. —Dale un poco al niño, por favor. Debe tener sed.

La chica no le respondió, no porque no quisiese hacerlo, sino porque en ese momento llegó otra persona, lo que la hizo pararse en seguida. —¡Shinsuke-sama, ya tenemos todo listo!

El recién llegado, que respondía a aquel llamado, medio sonrió. —Perfecto.


Pocas veces Kondo sentía la tensión palpable, y seriamente pensó que si en su sistema no hubiese habido una gota de alcohol—pero no era el caso—probablemente intentaría persuadir a la vampira y a Sougo para que dejaran de enviarse miradas que profesaban odio y deseos de matarse entre sí. A pesar de que Katsura había estado explicando lo que estaba ocurriendo, y él mismo ya había explicado la razón por la que los miembros del Shinsengumi se encontraban ahora en esa casa, la cara de Kagura no hacia si no ponerse más agria ante cada palabra dicha. Parecía que cada cosa que salía de la boca del vampiro era cada vez peor para la bermellón. Y Sougo, a pesar de su condición de herido luego de la pelea que tuvo con la chica, no ayudaba mucho, mirándola de forma burlona, aumentando mucho más su mal humor.

Estos jóvenes de hoy en día eran terribles.

—Y esa es la situación —terminó entonces Katsura de explicarle todo a Kagura —. Líder, estamos en verdaderos problemas.

La bermellón entonces se retiró de la pared en donde había estado recostada y descruzó los brazos. —Bien, eso explica por qué estos bastardos están aquí. Pero no explica qué estás haciendo aquí, Zura.

Kondo no había tenido la oportunidad de escuchar las razones del vampiro, así que también prestó atención ante el cuestionamiento de la chica. Sougo, que estaba sentado en el árbol que había sido destruido, también pareció prestar real atención a esto. Además, Yamazaki dejó de hacer lo que estaba haciendo—limpiar todo el desastre que habían hecho esos dos monstruos—y Shimaru también pareció prestar atención.

—¡No es Zura, es Katsura! —corrigió el hombre —. Vine a traerte a Sadaharu —ante la mención del can, el rostro de la vampira pareció cambiar drásticamente.

No era realmente lo que esperaba Kondo—y probablemente tampoco los demás miembros del Shinsengumi—.

—¡¿Sadaharu?! ¿En donde está? —preguntó emocionada Kagura.

—Transportando a Hiji-bastardo en el paseo de la muerte —contestó Okita, haciendo que la chica le enviara una mirada llena de veneno —. Más que un perro gigante, es un gran transporte.

—Cállate, chihuahua estúpido.

El castaño se paró del lugar en donde estaba, dirigiéndose hacia la casa. Una vez estuvo adentro, se giró para comentar: —Claro que, con una dueña que parece un orangután monstruoso, es entendible que el perro sea igual.

No pasó ni cinco segundos para que Kagura emprendiera el movimiento directo a masacrar a Okita y volverlo una pupa sangrienta. —¡Bastardo de mierda! —pero se detuvo en el umbral de la puerta, recordando que aún no la habían invitado a pasar —. Voy a sacarle la vida por los ojos, lo juro. ¡Vuelve aquí, cobarde!

Y así, mientras Kagura profesaba insultos contra el castaño cazador, Kondo se giró para mirar a Katsura—sabiendo que Sougo estaba a salvo mientras estuviese dentro de la casa y Kagura no pudiese entrar—y preguntarle si lo que había dicho era cierto.

—¿En realidad viniste sólo por eso?

El silencio fue corto. Interrumpido cuando el pelinegro habló nuevamente. —Al principio, sí. Pero también hay algo que debo impedir —asegurándose que Kagura siguiese gritando en la entrada de la casa, continuó —. Tenemos hasta la luna llena de mañana para evitar que la manada Media Luna vuelva.

—¡¿Qué?! —Yamazaki soltó inmediatamente, recordando aquel suceso que le había ocurrido cuando era su labor cuidar de la princesa Soyo.

Kondo frunció los labios.

El asunto era bastante delicado, y el tiempo les jugaba en contra.