XV
Carnada

Cuando amaneció, me sentí como si hubiera pasado la noche en vela, pese a que sí dormí. No había que ser muy observador para saber la razón. De todas formas, nadie, pero absolutamente nadie, es capaz de descansar después de sufrir una violación. Yo no era la excepción. Aunque me consideraba más fuerte de carácter que muchas jóvenes de mi edad, el impacto de estar a merced de alguien que solamente quería poseerte es sobrecogedor. Curiosamente, no lo sentí de forma tan intensa durante el mismo acto, pero, después de despertar, fue como si todo el peso de lo ocurrido anoche cayera sobre mí. Me sentía sucia, indigna de mí misma, de tener a Krista por pareja. ¡Mierda! ¿Cómo podría mirarla a los ojos después de esto? No podría decirle nada de lo que había ocurrido. Si lo hacía, ¿qué pensará ella de mí? ¿Pensará que soy una puta, o algo por el estilo? No debería pensar así, porque sabía que no había sido mi voluntad la que había accedido a semejante ultraje, pero también me vería en la necesidad de decirle que parte de todo ese horror me había gustado.

El venado había desaparecido. La fogata había sido apagada. Annie debía seguir dormida, pero cuando escuché unos pasos velados detrás de mí, supe que me había equivocado. Annie ya se encontraba despierta. Solamente había ido a recolectar algunas bayas.

—¿Dormiste bien? —me preguntó ella. Al principio, pensé que la pregunta había sido honesta, pero después noté el tinte de sarcasmo en su voz. No pude responderle. Normalmente, le habría dicho que se fuese a la mierda, pero, por alguna razón, las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Era como si ella, después de haberse aprovechado de mí, le hubiera dado poder sobre mí—. ¿Qué pasó? ¿Te comieron la lengua los ratones?

Odiaba mi posición, odiaba a Annie y odiaba que todo eso fuese mi culpa. Si no hubiese cometido ese tonto error de cálculo al querer rebanarle los tendones a ese maldito titán, nada de eso hubiera ocurrido. A cada momento pensaba en una forma de escapar, pero Annie había hecho unos buenos nudos. Había empleado una soga bastante gruesa para amarrarme las manos y los tobillos, de modo que nunca pudiera romperlos…

—Bien, ¿cómo te sientes para un viaje largo? —me preguntó Annie, pero era obvio que ella no esperaba una respuesta de mi parte, porque comenzó a desarmar el campamento, guardando todo en un morral bastante grande, incluyendo el equipo de maniobras. Aquello me trajo una pregunta. ¿Cómo diablos iba a transportar todo eso, incluyéndome a mí, sin su equipo de maniobras?

La respuesta, aunque debí habérmela imaginado, igualmente me habría sorprendido. Hasta ese momento, no había notado el anillo que Annie usaba en el dedo mayor de su mano izquierda. Más extraña si cabe era la púa en la parte inferior del anillo. Creí que debía tratarse de una decoración un tanto peligrosa, porque podría herirse la palma de la mano con eso, pero, después de lo que vi, me di cuenta que esa era precisamente la idea.

Había visto cómo Eren se lastimaba a sí mismo para transformarse en titán, mordiéndose la mano. En ese respecto, Annie era, por decirlo de algún modo, más "refinada" para hacerlo, pero el efecto fue igual de dramático. Al principio, fue como si un rayo hubiese caído al suelo. Después, fue como si un humano se estuviera construyendo de forma acelerada, porque huesos, tejidos y piel se fueron formando tan rápido que no era en absoluto natural. Cuando la transformación hubo acabado, entendí algo muy importante.

No había sido un simple titán excéntrico el que me estuvo persiguiendo el día de ayer. Siempre fue Annie. Había estado actuando con el objetivo concreto de atraparme. Pero, la conclusión más inquietante, por lejos, era que Annie, tal como Eren, podía transformarse en titán a voluntad. ¿Eso significaba que había más de esos "titanes cambiantes"? Y si eso era cierto, ¿cuántos más había?

Annie me tomó con una mano y, cerrándola con una gentileza que hubiera deseado mientras me toqueteaba anoche, emprendió la marcha al trote. Al principio, no tenía idea adónde quería llegar Annie, pero después recordé que ella había tenido acceso al plan de Erwin, o al menos a lo que había revelado de éste. También recordaba el mapa del trayecto del Cuerpo de Exploración hacia Shiganshina. Había un punto en el que teníamos que pasar por un bosque muy tupido. Estaba segura que Annie evitaría aquel lugar en lo posible, porque había muchas oportunidades de usar los equipos de maniobras. Sin embargo, conocía lo suficiente sobre el titán de Annie para darme cuenta que la presencia o ausencia de árboles no hacía ninguna diferencia para ella, porque era muy ágil para tratarse de un humanoide de quince metros de altura. Además, poseía la rara habilidad de endurecer su piel en cualquier parte de su cuerpo. Ciertamente los árboles no supondrían una ventaja para los soldados del Cuerpo de Exploración. Además, el bosque podría proporcionar una cobertura para su escape cuando obtuviera a Eren.

Cuando pude mirar hacia delante, vi el bosque de árboles gigantes en el que pensé. De verdad planeaba internarse allá. Algo debía estar planeando Annie para capturar a Eren y escapar sin tantos problemas. Fue cuando la mano que me sostenía se movió hacia un lado, de modo que la otra mano pudiera alcanzarme sin problemas. Y, en un gesto de extrema sutileza, me arrancó mi bufanda (2). No entendía por qué había hecho eso, y habría seguido sin comprender, hasta que Annie penetró en el bosque, y dejó la bufanda colgando en la rama de un árbol que crecía junto al camino, porque un camino había.

Annie me volvió a sorprender cuando discurrió por el camino unos cientos de metros, hasta detenerse junto a un pequeño claro. Se inclinó y clavó el poste al cual me había atado en el suelo, bien a la vista de quien pasara por ahí. Cualquiera podría rescatarme. Annie se retiró, escondiéndose entre unos árboles de troncos gruesos. O sea, me había usado como carnada. Era claro que ella esperaba que Eren pasara por aquí pronto, lo que también explicaba por qué había dejado la bufanda colgando de una rama.

No tuvo que pasar mucho rato para que se escuchara el sonido de unos cascos. A lo lejos pude ver un grupo pequeño de soldados. A lo lejos vi que uno de ellos se trepaba a un árbol y tomaba la bufanda, mostrándosela a uno de los integrantes del grupo. No pasó mucho rato para que retomaran la cabalgata y se acercaran rápidamente a mi posición. Uno de los jinetes aceleró el galope, llegando antes donde me encontraba. Una rápida mirada y supe que se trataba de Eren. Nunca en mi vida, ni siquiera después de que fui secuestrada, me había alegrado tanto de verle. Pero luego, cuando comenzaba a derramar lágrimas de alegría, recordé que aquello era una trampa.

—¡Eren, no te acerques! —le grité. Eren dejó de moverse. Los demás integrantes del escuadrón Levi se apresuraban a rodearlo, cuando un sonido arrastrado, seguido de un temblor en la tierra, me indicó que Annie había comenzado a actuar. Inmediatamente, los soldados del escuadrón Levi desenvainaron sus espadas, pero Annie fue demasiado rápida. Tomándolos por sorpresa, agarró a Eren con una mano, y dio media vuelta, todo eso en menos de dos segundos. Inmediatamente, todo el escuadrón Levi, a excepción de Levi, salieron en pos de Annie. Me preguntaba por qué el capitán se había quedado atrás, pero vi respondida aquella pregunta cuando sacó sus espadas y cortó mis ataduras.

—Cazaremos juntos a ese titán —dijo Levi, y buscó en su caballo un equipo de maniobras de repuesto más algunas hojas y un par de cilindros de gas—. Ten. Esto te ayudará a que me seas más útil.

Me puse el equipo de maniobras con muchas ganas. Ahora que ya no estaba atada de manos y pies, ardía en ganas de devolverle todo lo que Annie me había hecho. Levi arqueó una ceja mientras me equipaba.

—¿Qué te pasó?

—Cuando hayamos asesinado a ese titán, te diré todo lo que me ocurrió anoche.

Pero Levi, mientras despegaba del suelo, conmigo a su lado, no parecía muy convencido por mi explicación, o mejor dicho, mi falta de una explicación.

—Tienes muchas ganas de matar a ese titán —me dijo, sin juzgarme—. Me interesa saber por qué. ¿Acaso te hizo algo?

—No puede hacerme nada un titán que no razona.

—Y sin embargo, pareces muy afectada por algo reciente. —Levi me dedicó una rápida e intensa mirada y volvió a mirar al frente—. Un miembro del equipo de búsqueda halló rastros de una batalla, y unas espadas más unos cilindros tirados sobre muchas huellas demasiado grandes para ser las de un humano. Cuando Erwin determinó la posición, entendió que eras tú quien se había perdido, y creímos que habías perecido. La titán hembra no hizo lo que Erwin pensó que haría, y te usó como carnada para capturar a Eren.

—Eso fue lo que pasó.

—Sí, pero no fue eso lo que te tiene tensa y enojada. —Levi volvió a mirarme, y supe que él había visto lo que yo no quería que viese—. Sabes más de ese titán de lo que aparentas. Me gustaría saber más al respecto.

Ambos teníamos que emplear más gas de lo que era prudente, pero era necesario para alcanzar a la titán hembra. Podíamos escuchar el siseo del gas más adelante. Había una refriega cerca de nosotros.

—Ese titán no es como los otros —dije, después de un prolongado silencio, recordando lo que había visto antes de partir al bosque—. Es como Eren. Puede transformarse en titán a voluntad, hiriéndose a sí misma. Me… hizo cosas. Cosas deshonestas… cosas de las que no puedo hablar ahora. —Me detuve con la voz quebrada, pero Levi no necesitó que siguiera hablando, porque ya había unido los hilos.

—Se trata de Annie, ¿verdad? —Levi no esperó por una respuesta, y continuó hablando—. Solamente hay una chica que te haría cosas deshonestas, y esa es Annie. Y asumo que es ella a la que estamos persiguiendo ahora.

Yo solamente pude asentir con la cabeza. Las palabras parecían demasiado grandes para poder decirlas.

—No podemos matarla —dijo Levi. Inmediatamente, recobré la voz.

—¿Por qué? Merece morir por lo que hizo. ¡Seguramente ella fue la que asesinó a los titanes que habíamos capturado y que Hange estaba estudiando!

—Es bastante probable. Yo diría que debe ser cierto. Pero eso no cambia que debemos capturar a Annie, con vida. No voy a permitir que tomes cualquier acción orientada a asesinarla. Si lo haces, te detendré y serás llevada a corte marcial por desacatar la orden de un superior.

No dije nada. ¿Cómo esperaba que el capitán entendiera mi posición? Pese a que debía reconocer que tenía mucho sentido capturar a Annie, una parte de mí quería verla hecha pedazos, no solamente por violarme, sino porque se estaba llevando a Eren. Y ya he dicho en reiteradas ocasiones que haría lo que fuese por rescatarlo de cualquiera que intente llevárselo lejos de mí.

—No le prometo nada —gruñí, transmitiendo mi frustración a las empuñaduras de mis espadas—, pero trataré de obedecer sus órdenes.


(2) Para los que nunca han leído el manga, la bufanda de Mikasa es, en realidad, negra. Solamente en el anime se ve que es roja. Ahora, ¿por qué la hicieron roja? No tengo idea, pero sé que no es por eso de la leyenda japonesa del hilo rojo del destino (los que van al día con el manga sabrán por qué).