No había nada que pudiéramos hacer por España salvo mirar cómo se consumía poco a poco y, creédme, no era nada agradable. No es que amara a España con locura, pero verlo así era...

El viaje sirvió al menos para charlar con las ex-colonias del imperio español. Compartimos impresiones sobre lo de ese movimiento, y también algunas confidencias personales. Nicaragua sabía lo que ocurría entre Veneziano y su guardaespaldas. Bueno, en realidad todo el mundo estaba al corriente de todo aquello, pero fue con ella con quien hablé largo y tendido sobre ello en aquellos momentos en que necesitaba una distracción. Me dijo que me sorprendía. Lo que me contó me sorprendió tanto que le propuse que viniera a casa para que hablara con Veneziano.

Aunque tenía asuntos que resolver en casa, Nicaragua cumplió su promesa y vino a vernos a los pocos días. Se la veía demacrada, pero cumplió.

— ¡Nicaragua! ¡Hola! ¿Qué haces aquí?—la recibió mi hermano con un abrazo.

— Echaba de menos su bonito país y, qué puedo decir, necesitaba relajarme.

Ya solo quedaba deshacerse de la Fanelli. Le dije que no había tomates y que había que comprar más. No estaba entre sus funciones hacer la compra, pero ¿no quería casarse con mi hermano y vivir con él? ¡Pues que se fuera acostumbrando!

— Es una urgencia—le dije mirándola intensamente.

— De acuerdo.

— Pero es que a mí me gustan de una verdulería en concreto.

— Sin problema, querido.

Le señalé una tiendecita que conocía en la otra punta de Roma. Por un momento, al ver su cara, pensé que me mandaría a paseo, pero esa tonta quería estar a bien conmigo de tal forma que obedeció sin rechistar.

— Iré ahora mismo.

Lo tenía todo dispuesto. Nicaragua se encargó de llevarse a Veneziano aparte y yo fingí que tenía que ir al baño, que tenía retortijones. Así Veneziano no haría preguntas.

Había cogido el teléfono móvil de mi hermano y aprovechando que el muy idiota no tenía patrón de desbloqueo ni nada de nada me había hecho una llamada desde él. Descolgué, puse su móvil sobre la mesa del café, lo oculté bajo varias revistas con cuidado de no tapar el micrófono y me encerré en el baño. Allí activé el altavoz de mi móvil.

— ¡He oído que tienes novia!

— ¡Sí! ¡Se llama Carlotta! ¿A que es guapa?

— Sí, sí que lo es.

— Quería pedirle que se casara conmigo en Eurovisión, pero como ya se lo ha dicho Romano se lo pedí directamente y me dijo que sí, y ya lo estamos preparando.

— ¿En serio? Vaya...¡Enhorabuena!

— ¡Gracias! Me presentó a sus padres el pasado octubre, ¡son tan simpáticos! ¡Su padre es revisor en el metro!

— Qué bien. Ajem...Oye, Veneciano, pero ¿tú estás seguro de lo que haces?

— ¡Claro que sí!

— Quiero decir...Sabes que tú eres una nación y ella...Ella es una humana...

— Sí, ya me he dado cuenta, pero eso no importa.

— Bueno, en realidad sí importa. Porque...porque sabes que las personas viven mucho menos que las naciones...

— No siempre es así.

— No, pero la mayoría de las veces sí. Vas a ver cómo se hace viejita y tú sigues igual.

— Así podré cuidar de ella.

— Llegará un día en que...en que muera, Italia.

— ...Sigh...Lo sé...Pero tendremos muchos años de felicidad juntos. Eso es lo que importa, ¿no?

— Pues...

— Carlotta dice que es un buen plan, y si a ella le parece bien...

— Mira, te voy a contar algo: yo una vez me enamoré de un muchacho de mi tierra.

— ¿De Puerto Rico?

— No. De una persona humana.

— ¡Oh! ¡No lo sabía!

— Se llamaba Pedro. Aún conservo un retrato suyo, mira.

— ¡Qué guapo! ¡Y qué bigote más gracioso!

— Sí, es cierto. Pues...Él me quería también. Decía que era el lugar más hermoso de toda la tierra. Pero, verás, todo el mundo se opuso a lo nuestro. Me decían que los humanos solo servían para echar una canita al aire de vez en cuando y ya está.

— ¡Qué feo!

— Eso pensé yo. Me negué a hacerles caso. Yo no quería a Pedro porque fuera guapo, también era muy bueno. Quería pasar mi vida a su lado. Intentamos casarnos, pero la Iglesia no bendijo nuestra unión. Intentamos conseguir la bula papal y nos contestó diciendo que no sería posible porque yo no era ni siquiera humana. Incluso dijeron que era una abominación, porque era como si...bueno, ya sabes cómo eran esos tiempos: aún seguían creyendo que éramos dioses o algo así.

— ¿Y vivisteis en pecado?

— Pues sí. Yo acababa de hacerme independiente y a mis jefes no les gustó que ya estuviera desafiando las convenciones de la época, pero le quería mucho, ¿sabes? Albergamos la esperanza de que con un bebé de los dos pudiéramos presionarlos para que aceptarnos. Si había niño, pensamos, y llevaba sangre de dios...Es decir, había oído hablar a España hablar sobre los problemas que tenía Francia a propósito de mujeres que decían llevar su simiente. Pero las naciones no podemos...

— Es verdad, no se puede...

— No me importó que fallara nuestra idea. Me dolió más no tener algo suyo y mío. Pero vivimos una vida muy feliz juntos.

— Qué bonito.

— Sí...hasta que su carita de niño guapo se la fue comiendo el tiempo. No me importaba que se convirtiera en un viejo, pero yo seguía joven y dinámica y a él le costaba más y más seguirme el ritmo. Su carácter también cambió un poco. Es inevitable cuando tu cuerpo se va consumiendo. Al final, en 1879, murió. Yo estaba con él, tomándolo de la mano. ¿Sabes qué fue lo último que dijo? ..."Adelita, guapa"...

— No llores, Nicaragua. ¿No te alegra haberlo conocido, a pesar de todo?

— Sí y no, Italia.

— ¿Qué quieres decir? Creía que le querías mucho.

— Sí, pero ha pasado ciento cuarenta y un años de eso y aún sufro al recordarlo como el último día. Nosotros no tenemos el consuelo que tienen los humanos de que llegue el día en que partiremos y los volvamos a ver en otro lugar. O...tendremos que esperar demasiado a que eso ocurra, y para entonces...Si no fuera por este retrato, se me habría olvidado hace tiempo cómo era su cara. Adquirí una fama de sentimental y voluble que aún no me he podido quitar de encima por unos pocos años de felicidad...¿Entiendes lo que te quiero decir?

— ...Creo que sí.

— ...

— Pero yo sigo queriéndola mucho y me voy a casar con ella aunque me tenga que enfrentar al Papa y todo el mundo me odie. Si no podemos tener niños, los adoptaremos. Aunque no tengan mi sangre, eso no me importa. Seré un buen papá y les contaré historias. Cuando mi esposa se haga viejita lo haré todo por ella para que sus últimos años sean los más buenos. Y cuando muera...lloraré...sí, lloraré mucho, pero ahora no es como en el siglo XIX: hay cámaras y vídeos y boomerangs. No me olvidaré de su voz ni de su cara. Y los hijitos que adoptemos se harán mayores, y tendrán sus hijos, y esos hijos tendrán sus hijos, y ellos siempre me van a tener a mí, y yo estaré muy contento porque podré conocerlos a todos y les contaré cosas que pasaron mucho antes de que nacieran.

Me tapé la cara con una mano, haciendo un esfuerzo por no soltar ninguna exclamación.

— ...Veo que estás muy decidido...

— Sí que lo estoy.

— ...En ese caso me da igual lo que la gente piense. Te deseo toda la suerte del mundo.

— Gracias, Nicaragua. Eres una buena amiga.

Colgué. Era hora de asumir la realidad. La quería. La quería de verdad. Y yo no podía convencerlo de ninguna manera de que era mala idea.

¿Y si probaba a desalentar a la Fanelli, mostrarle el lado feo de...? Urgh, no, qué tontería. Ella nos amaba. Lo sabía todo de nosotros. Las partes más bonitas y las más feas, hasta lo más insignificante. Y le daba igual. Veneziano era un encanto y lo adoraba.

Debía aceptarlo. Eran una pareja contra viento y marea.

...Y una merda. No iba a aceptarlo nunca.

Aquella derrota solo hizo que mi carácter se agriara. España se estaba muriendo, Veneciano iba a cometer un error y encima el movimiento se iba extendiendo como un cáncer. No pude evitar hacer algunas estupideces. Eso lo reconozco.