CAPÍTULO XIII
THE BOYS ARE BACK IN TOWN

«Guess who just got back today
Them wild-eyed boys that had been away
Haven't changed that much to say
But man, I still think them cats are crazy»


La animagia no es terreno para bromear. Creo que no he estudiado nunca nada tan arduamente como aquello. Todos los libros rezan lo mismo: «se necesita habilidad, práctica y paciencia», pero cuando tienes dieciséis años, toda habilidad, práctica y paciencia resultan escasas.

Tardamos tres años, tres malditos años desde que tomamos la decisión más absurda de nuestra vida hasta que conseguimos realizar el cambio. ¿Que si volvería a hacerlo? Bueno, estamos hablando de Remus; por él lo haría mil veces.

Habíamos leído tantas cosas negativas, tantos minúsculos fallos que podían hacer que todo se fuera a la mierda y acabásemos siendo un monstruo mitad humano, mitad animal, que estábamos preparados —y juro que es así— para lo peor. Y lo peor, querido lector, era la muerte.

Demasiados ingredientes extraños, infinidad de detalles extremadamente concretos. En fin, no voy a relatar paso por paso todo aquello que se puede leer en un libro. Hoy quiero hablar de mi —nuestra— primera transformación.

Hoy quiero hablar de la tormenta eléctrica.

De nuevo me apoyo en la teoría para explicarme:

«Cuando, por fin, haya una tormenta eléctrica, el mago debe moverse inmediatamente a un lugar grande y seguro, recitar el conjuro por última vez y luego beber la poción».

Nos encontramos con el problema fatal número uno: en Hogwarts no hay lugares seguros contra este tipo de fenómeno medioambiental. ¿La torre de Astronomía? Un pararrayos de la hostia. ¿Los terrenos? Por favor, no podíamos hacerlo en cualquier sitio, no delante de miradas indiscretas. ¿El bosque prohibido? Con tanto árbol, seguro. ¿El lago? Pues no, el agua es un excelente conductor de electricidad.

—Tenemos que tomar ya una puta decisión, colegas —Me había cansado de esperar. La paciencia nunca fue mi fuerte, mucho menos cuando el tiempo apremiaba—. Iremos al Bosque Prohibido, a uno de los claros. Y tú, Remus, realizarás escudos protectores a nuestro alrededor. No hay más huevos, no hay una opción mejor y, por mucho que nos quedemos aquí compadeciéndonos de nuestra mala suerte, no va a aparecer.

Dicho y hecho. Salimos del castillo sin que nadie se percatase, intocables. La tormenta eléctrica nos dio la bienvenida y nosotros continuamos nuestro camino hacia el Bosque Prohibido. Si no la palmábamos ese día, es que éramos jodidamente inmortales.

Amato Animo Animato Animagus.

Lo pronunciamos los tres a la vez, con la varita apuntándonos al corazón. Extrajimos de nuestras chaquetas el frasco que contenía la mezcla que con tanto ahínco habíamos preparado a lo largo de los meses, brindamos y bebimos sin saber si aquella sería la última vez.

El líquido quemaba a su paso.

Me empecé a encontrar como el puto culo casi instantáneamente. Tenía unas ganas tremendas de echar la pota e irme a mi cuarto a llorar. Un rayo chocó contra nuestra burbuja de seguridad y a mí se me erizó todo el cuerpo.

Literalmente.

Que se me erizó la cola.

La cola.

No sabía cómo sabía que tenía cola, pero joder, la tenía. Abrí los ojos rápidamente y un mundo en azul y amarillo me recibió con los brazos abiertos.

—Chicos —susurró Remus—. ¡Chicos! —gritó Remus—. Que lo habéis conseguido, joder. ¡Lo habéis conseguido!

Se le escapó el saltito más singular que le he visto hacer en la vida.

Quise responderle pero de mi boca solo salió un ladrido. Miré hacia abajo y encontré unas patas negras como el tizón. Así que era un perro. Un jodido chucho. No puedo decir que no esperaba algo más espectacular, pero la idea tampoco me terminaba de disgustar.

Tardé un poco más en ver al ciervo que se alzaba a nuestro lado. No me dio tiempo a pensar a quién correspondía porque había un problema: habíamos llegado cuatro y allí solo éramos tres.

Me apresuré a tomar de nuevo forma humana. Esta vez, la transformación fue rápida e indolora. El ciervo me imitó y pude ver a James Potter con una profunda mueca de consternación.

No hubo momento para celebraciones porque no teníamos ni idea de qué había sido de Peter.

Nos habíamos negado a movernos de allí hasta que amainara la tormenta, no debíamos abandonar el refugio, pero el tiempo pasaba y nuestro amigo seguía perdido.

—Tenemos que encontrarle —pidió James. Ninguno fue capaz de negarse, así que, haciendo gala de la flor que parecíamos tener en el culo, nos adentramos en el bosque.

Estuvimos buscando y buscando y buscando sin parar durante tres horas. Empapados hasta los huesos, congelados, tiritando. Aún así, no nos detuvimos. Nadie quería decirlo, pero todos sabíamos lo que aquello significaba.

—Tenemos que volver —Remus tenía la nariz de un color rojo intenso, llevaba un rato moqueando y, con lo enfermizo que era, se pasaría un par de días en la enfermería con una bronquitis del tamaño de un gigante—. Volveremos mañana, cuando esté despejado. Seguro que con luz es más fácil.

El camino de vuelta a nuestra habitación lo hicimos en silencio. Supongo que ninguno podía dejar de darle vueltas.

En el fondo me lo esperaba. Peter siempre fue demasiado Peter, demasiado disperso como para llevar a cabo algo tan jodido. También me sentía culpable. Culpable por estar pensando en las consecuencias de todo aquel asunto; de cómo me repercutiría a mí, mientras uno de mis amigos estaba perdido.

James iba en cabeza. Fue el que abrió la puerta.

—Cabronazo sin escrúpulos… ¡Esta sí que ha sido buena! —exclamó, entrando a toda prisa.

Remus suspiró aliviado, siguiendo los pasos de James.

Cuando me asomé y vi a Peter Pettigrew tan tranquilo, tumbado sobre su cama, quise arrancarle la cabeza.

Estuve sin dirigirle la palabra una semana.

¿Recordáis lo que he dicho al principio? La animagia no es terreno para bromear y Peter lo había hecho. Nunca se le ocurría una puta broma y aquel día había decidido estrenarse. Estrenarse a costa de tenernos al resto como completos imbéciles. A Potter le pareció una obra maestra. Lupin estaba tan preocupado que ni recordó lo que era tener carácter. Yo estaba cabreado. Cabreadísimo.

Días después encontré una carta con la chapucera caligrafía de Pettigrew pidiéndome disculpas, el enfado se me pasó de un plumazo.


—Así que Sirius es un perro, yo un ciervo y Pete una jodida rata. Bueno, y Remus un lobo, por supuesto.

—Te quedas con los cuernos, sin duda es la mejor parte —bromeé.

—Cabrón.

—Cornudo.

—Cornamenta —nos interrumpió Remus—. Cornamenta sería un buen apodo.

James y yo nos miramos casi instantáneamente. Era una idea tan buena que hasta me jodía que no se me hubiera ocurrido a mí.

—¿Sabéis lo que molaría? —preguntó James—. Que todos tuviéramos uno. Nombres en clave que nadie más conozca.

—Ya, muy bien, el tuyo mola, pero, ¿y el mío? —objetó Peter—. ¿Y el de Sirius? ¿Le vamos a llamar Toby?

—De paso me tiráis la pelota para que vaya a buscarla, no te jode. No, yo tengo el pelaje negro. Como el tizón… o mejor: como la ceniza del tabaco.

—¿Quieres que te llamemos Drogadicto, Siri? —bromeó James.

—No, Canuto. Yo soy Canuto.

—Suena mejor que Drogadicto, desde luego, pero me gusta más algo como… —dejó la frase en el aire, intentando hacerse el interesante, por supuesto—. ¡Chuchini!

—Vete a tomar por culo, gilipollas —le respondí entre risas.

Así nos tiramos toda la tarde de aquel lluvioso sábado. Me gustaría citar alguno de los ridículos motes con los que nos bautizamos los unos a los otros pero, sinceramente, no los recuerdo. Peter se quedó con Colagusano, a pesar de que se opuso con uñas y dientes porque era «completamente horrible y de mal gusto», pero tampoco es como si se le ocurriese uno mucho mejor. Y Remus…

—No se me ocurre nada que tenga que ver con un lobo —protestó James.

Ni a él ni a nadie. Entonces se encendió una luz sobre mi cabeza y me puse en pie de un salto.

—Joder, porque no es un lobo, es un licántropo.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Peter. James asintió. Remus por su parte se quedó en silencio. Me miraba intrigado, supongo que meditando cuál sería mi brillante idea.

—¿No os dais cuenta? La luna.

—Lunero —se carcajeó uno de los otros.

—No, joder. Lunático.

En la comisura de los labios de Lupin comenzaba a esbozarse lo que podía ser un atisbo de sonrisa.

—Me gusta, Sirius. Lunático. Suena bien. Gracias.

Brindamos por nuestras ganas de comernos el mundo y todo lo que se pusiera por delante. Brindamos por nosotros, por nuestra juventud, por nuestra amistad. Brindamos por Hogwarts y le dimos gracias al castillo por habernos unido. Pero, sobre todo, brindamos por Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.

—Tíos, tíos, escuchad —No habíamos bebido una gota de alcohol, pero todos parecíamos borrachos. James se paró en medio del túnel que nos guiaba de vuelta a la escuela—. Lo hemos acabado.

—¿El qué? —sonsacó Remus.

—El mapa, Lunático, el mapa. Ya podemos terminar la portada.