—Más de lo que querría admitir—

XIII. Una sombra

TinaCeballos

Edición Aslaug

Ezarel terminó las tareas que tenía pendientes en el invernadero y se encerró en su despacho, un pequeño cuarto anexo en las profundidades de la sala de alquimia. Todavía se sentía como un extraño entre aquellas cuatro paredes, rodeadas de documentos y objetos de gran valor que en otros tiempos habían pertenecido a su tío, cuya esencia todavía parecía persistir en cada rincón, recordándole que todavía seguía siendo el líder. Su reciente conversación con Nevra no lo dejaba concentrarse totalmente en su trabajo. Sin duda, lo más fácil sería ser egoísta por una vez y alejarla de su amigo, porque, aunque quisiese lo mejor para ella, no podía imaginársela estando con nadie más. Todo era demasiado complicado, más aún cuando sabía la verdad.

Flash back*

—¡Esto es un verdadero dolor de cabeza! —exclamó Valkyon con frustración.

Los tres líderes de las guardias se dirigían hastiados hacia la Sala de Cristal, donde Miiko había solicitado su asistencia inmediata. Al entrar en la habitación, comprobaron que únicamente los necesitaba para intimidar en cierto modo a la tribu aborigen con la que estaban manteniendo relaciones diplomáticas.

—La guardia de Eel ofrecerá su completo apoyo a Garrea en estas negociaciones. —proclamó la kitsune, con seriedad. —Una muestra de nuestra buena voluntad es que comparezcan nuestros miembros más importantes en esta reunión.

Ezarel rodó los ojos con discreción, mientras percibía como Nevra se revolvía incómodo en la silla a su lado. Todos sabían que Garrea era un pequeño pueblo asentado en las cercanías de unas minas vírgenes ricas en oro y piedras preciosas; con el paso de los años, otras tribus y asentamientos cercanos comenzaron a demandar regalías, trabajo en las inmediaciones y otros beneficios, siendo denegados continuamente por los autóctonos y desatando la guerra continuamente entre los poblados.

—Si vuelvo a escuchar algo como que nosotros les brindaremos nuestro apoyo, juro que les seccionaré la yugular. —suspiró Nevra, dirigiéndose hacia la habitación que les habían asignado.

—Ya han pasado dos días. —respondió Ezarel. —Mañana nos marcharemos.

—Todavía no comprendo por qué nos pagarían tal cantidad de oro por asistir a esto. —comentó Valkyon, cansado de tanta diplomacia.

—Animaos, chicos. ¡Anoche tuve tiempo de investigar!

—¿Investigar el qué, Nevra? —le cortó Ezarel. —¿El color de la ropa interior de las chicas de Garrea?

El vampiro lo fulminó con la mirada. Era cierto que la noche pasada simplemente se había esfumado y había regresado de madrugada borracho como una cuba, musitando tonterías sobre el decano de Garrea y sus mujeres.

—¡No es eso! —exclamó. —Aunque, bueno, son rosa pastel, muy virginales. —sonrió de medio lado. —Serían todo un éxito si no fueran tan estiradas.

—Muy interesante, Colmillos.

—La verdad es que descubrí que por aquí cerca hay una adivina. —confesó, visiblemente emocionado con la idea. —¡Y creo que deberíamos ir los tres!

—No. —contestó automáticamente el elfo, con una cuchara de miel en la boca.

—Venga, estamos todos aburridos aquí. Deberíais agradecer que se me ocurren planes para hacer cosas los tres juntos. Además, está cerca del Cuartel General. —hizo una pausa. —¿No tenéis curiosidad?

—La verdad es que ninguna. —sentenció de nuevo su amigo.

—Suena interesante. —respondió Valkyon de repente, que había permanecido callado desde el principio.

—¡Bien! —exclamó Nevra, saltando de su asiento. —Sabes Ez, deberías venir. Al final nunca salimos a divertirnos.

—Está bien. —resopló, dejando el tarro sobre una mesa. —Pero sólo porque quiero tener la oportunidad de preguntarle algo a la adivina.

Después de una caminata abrupta a través del bosque profundo, llegaron ante una pequeña choza de palma. Antes de que alguno pudiese acercarse a la puerta y llamar, una hermosa mujer apareció ante ellos, sonriendo con delicadeza.

—Acompáñenme, caballeros. —susurró con una voz melodiosa y aterciopelada.

Mientras la seguían por el interior de la choza, que estaba exquisitamente decorada, llena lámparas y telas que colgaban desde lo alto del techo hasta el suelo, pudieron observarla más detenidamente. Su abundante cabello rubio descendía en cascada por la espada, hasta donde comenzaba sus firmes glúteos, perfectamente visibles a través del vestido de gasa transparente que llevaba. Sus piernas delgadas terminaban en dos pequeños pies descalzos, que caminaban con seguridad, y su figura se contoneaba de manera muy femenina, dejando a los tres recién llegados totalmente mudos.

—Mi señora los esperaba. —susurró, separando la cortina que colgaba de una puerta, invitándoles a entrar en una nueva estancia.

Mientras se quedaban los tres anonadados contemplando más de cerca a la joven, incapaces de romper el contacto visual, una voz los sacó de sus pensamientos.

—¡Agradecería que no babearais en mi hogar! —rugió una voz rasposa desde el interior.

Una vez dentro de la nueva estancia, llena de estanterías y pinturas, con un único armario en una esquina, contemplaron a la anfitriona de aquel extraño lugar. Una anciana con los cabellos secos y apagados, de un fino tono de rubio, sentada tras una mesa llena de diversos objetos esotéricos como cartas de tarot, colmillos o piedras rúnicas, los contemplaba serenamente.

—Veo que ya habéis conocido a Quefa. —continuó, sorbiendo de una taza humeante que tenía a su lado. —La hice a imagen y semejanza de mi hija, para no echarla tanto de menos. —hizo una pausa, dejando el recipiente con su largos dedos de nuevo en la mesa. —¿Qué os trae por aquí, guardianes de Eel?

—Buenas noches, mi señora. —comenzó Nevra, con una sonrisa, adelantándose. —Venimos a que nos prediga el futuro.

La anciana se aclaró la garganta y colocó una taza con un pañuelo de seda en su interior delante de los tres jóvenes, que se apresuraron a sentarse y dejar algunas monedas en su interior.

—Lo primero que debéis saber es que el poder del Oráculo se pierde con el paso del tiempo. —comenzó, mientras guardaba las monedas entre sus ropajes. —Cuanto más ancianas somos, menos magia poseemos. Por eso yo estoy en este pueblo, mientras que mi hija sirve a algún rey decrépito de un territorio lejano. —hizo una pausa, mientras comenzaba a manipular las cartas de tarot, mezclándolas entre sí. —Mi especialidad es responder a tres preguntas sobre salud, dinero y amor, por lo que os ofrezco una única pregunta a cada uno de vosotros. Así que, elegid lo que deseéis cada uno.

—Dinero. —la cortó Ezarel, sin pensarlo dos veces.

La anciana posó las cartas en la mesa y tomó la mano del elfo entre las suyas, que era grande, blanca y muy delicada, perfecta para adivinar sobre el romance.

—Serás tan próspero como tus antepasados siempre que no te desvíes de tu sendero. —respondió ella, mientras los contornos de la mujer brillaron débilmente.

Ezarel no parecía impresionado, pero aceptó la predicción sin rechistar.

—Salud. —continuó Valkyon, interesado por el resultado de sus próximas batallas.

La mujer tomó la mano del guerrero entre las suyas, que era fuerte, ancha, oscura y llena de callos, con alguna cicatriz todavía reciente. Sonrió débilmente al comprobar que aquella mano, al igual que la del elfo, también ofrecía información interesante sobre el amor.

—Tu salud peligrará muchas veces. Si mantienes el valor y la fuerza, sin perder el rumbo, vivirás una vida larga.

Valkyon tampoco pareció inmutarse. Asintió decididamente y se recolocó en su asiento, mientras que Nevra sonreía ampliamente preparado para la respuesta a su pregunta. La mujer tomó su mano, mucho más pequeña, con las uñas muy bien cortadas y rosadas, pero fría y delicada como la muerte misma.

—Es confuso. —comenzó la anciana. —Aquí dice que tu hilo rojo del destino no se encuentra en este mundo.

—¿Hilo rojo? —preguntó el vampiro, desconcertado. —¿Qué quiere decir eso?

La anciana trató de esforzarse un poco más, ya que era realmente complicado y apenas le quedaba poder para sus interpretaciones. Sin embargo, se trataba del destino de dos personas diferentes, una de ellas la de un vampiro, seres con demasiado potencial a su favor. Se aventuró a dar su última predicción, mientras su silueta emanaba un débil brillo.

—Quizás, aunque parece poco probable, ella forma parte de otro mundo.

Después de la tanda de adivinaciones, los tres líderes volvieron caminando en silencio hasta el Cuartel General. Una vez dentro de la cueva de arena y roca, mientras abrían algunas bolsas de galletas dulces para calmar el apetito, Valkyon rompió el silencio.

—¿De verdad creéis que lo que nos dijo la adivina es verdad?

—Creo que Loreley es la chica de mi predicción. —respondió Nevra, visiblemente afectado. —¡Es humana! Quiero decir, no es de este mundo.

—¿Pero tú la amas? —preguntó el guerrero. —Puede que simplemente sea una casualidad.

—No lo creo, las predicciones de estas mujeres son muy codiciadas. —hizo una pausa, reflexionando. —La verdad es que no he tenido tiempo de acercarme a ella. Primero porque entró en Absenta; después de lo de Leiftan, se centró en sus estudios y, además, siento que rechaza en cierto modo mi manera de ser.

—Creo que te mereces una oportunidad Nevra. —suspiró Valkyon. —Pero si no es la chica correcta, no fuerces las cosas porque ambos acabaréis sufriendo.

Ezarel los contempló en silencio, incapaz de decir nada en aquella situación.

Fin del Flashback*

Varios toques en la puerta de su despecho lo sacaron de sus pensamientos.

—Pasa. —respondió, dirigiendo la mirada hacia la fuente de sonido.

—Ezarel, aquí tienes el reporte mensual. —respondió Clementinee, una pequeña brownie que se encargaba del inventario de la guardia. —Quería comentarte que este año se ha duplicado la producción de Amoraura, ya sabes que en menos de un mes es el festival del romance y, aunque Miiko no esté, se celebrará de igual manera.

—Me parece bien. —respondió el elfo, tomando el informe. —Pero no olvidéis que no hay que descuidar la producción de medicamentos. —colocó su sello y firmó el documento, con elegancia. —Por cierto, tráeme una muestra de la poción, quiero comprobar que no estén defectuosas como el año pasado.

La guardia Absenta a veces se dejaba llevar por el consumismo, pero, en su defensa, el elfo diría que ese tipo de producción generaba tanto dinero que era prácticamente imposible negarse. Las pociones servían para todo tipo de usos, no sólo como ayuda en los combates, sino para generar buen ambiente en las casas, canalizar energía o cambiar características físicas del consumidor, entre muchos otros. Mientras la brownie se marchaba e intentaba volver a sumergirse en su trabajo, las palabras de la adivina volvieron a resonar en su mente, nublándolo todo. Aunque posteriormente intentaron persuadirlo, Ezarel sabía que, hasta que llegó Loreley, nunca había aparecido en la vida del vampiro una mujer por la que arriesgarlo todo.