Capítulo 17: Revelaciones.

La escena al entrar las dejó atónitas. Caparace estaba tumbado en el suelo, intentando tranquilizar su respiración acelerada, con un brazo en su frente y el otro tirado lacio a su lado. Estaba exhausto.

Un poco más adelante, en el centro de aquel sótano mal iluminado, estaba Chat Noir, con la garra apretada con fuerza alrededor del emblema de la mariposa y un rostro de ira y dolor mientras miraba al hombre que había frente a él.

A sus pies, hecho un mohín, estaba Gabriel Agreste, totalmente derrotado y algo malherido.

Ladybug se llevó una mano al pecho. Miraba a su gatito mientras éste seguía perdido en el hombre a sus pies. Fue a acercarse a él, pero algo se lo impidió. Necesitaba decirle que estaba ahí, que podía contar con ella, que sería su apoyo en momentos de flaqueza, pero algo en su interior le decía que mirara y esperase. Aquello lo tenía que resolver él solo.

Chat se arrodilló frente a Gabriel mientras éste intentaba incorporarse lo suficiente como para sentarse. Gabriel se sujetaba el costado y una mancha de sangre se asomaba por la comisura de sus labios. Con una manga se la limpió, sin importarle mancharse el impoluto traje blanco.

- ¿Por qué? – repitió Chat Noir con ojos cristalinos. Gabriel lo miró sin comprender. Chat lo agarró ferozmente de la pechera a rayas que siempre llevaba, pero no fue capaz de hacer nada más. Se quedó así, con la vista gacha y la mano temblorosa. Una lágrima corrió por su mejilla. Su voz sonó entrecortada. - ¿Por qué lo has hecho?

- No lo comprenderías. – dijo Gabriel después de una pausa. Chat apretó más el agarre.

- ¿Qué puede haber en todo este mundo que desees tanto como para que hagas daño a los demás? ¿Qué puede ser tan importante como para que no te importe nadie más? – dijo Chat con la voz queda. Gabriel, cansado, cerró los ojos. Le dio un ataque de tos que hizo que Chat levantara la cabeza preocupado. Soltó su agarre y se puso de pie, de espaldas a él.

- No es… de tu… incumbencia. – dijo entre toses Gabriel. Entonces Chat se crispó.

Todo el tiempo, daba igual cuántos años pasaran, cuántos años cumpliera, siempre la misma frase: "No es de tu incumbencia". Momentos de su infancia y adolescencia pasaron raudos por su mente, rememorando cada una de las veces en las que su padre le había dicho aquellas mismas palabras. Algo en el interior de Chat terminó de romperse. Con la velocidad de un felino, Chat se giró completamente, agarró a su padre del cuello y lo arrastró hasta la base de unas de las columnas cercanas, empujándolo bruscamente contra la piedra. Gabriel soltó un gemido de molestia.

- ¡Chat! – gritó Ladybug.

- No me incumbe… ¡¿No me incumbe?! – gritó Chat fuera de sí. Con el paso de los años se había hecho más alto, de modo que miraba a Gabriel desde arriba. – Me incumbe cuando tratas de hacer daño a los parisinos. Me incumbe cuando haces daño a mis amigos. Me incumbe cuando me das de lado. Me incumbe cuando me mientes a la cara. Me incumbe cuando secuestras a mi novia. ¡¿Y sabes por qué me incumbe?! PORQUE SOY EL PUTO CHAT NOIR. –

Conforme hablaba iba subiendo la voz hasta que gritó desgarrado. La furia y el dolor se arremolinaban dentro del felino, haciendo que todo el odio guardado desde hacía años saliera de golpe en aquella explosión verbal. Dio una fuerte bocanada de aire para serenarse.

- Ahora, vuelve a decirme que no es de mi incumbencia, PADRE. – Chat lo miró directamente a los ojos mientras decía la última palabra lentamente. Quería que Gabriel lo escuchara bien, que se diera cuenta de todo lo que implicaba. Que se diera cuenta de que a quien había intentado hacer daño, al que había atacado tan incansablemente, era su hijo. Gabriel abrió los ojos muy lentamente.

- ¿A…Adrien? – susurró. El aludido abrió su agarre, dejando que su padre se desplomara contra el suelo.

Al instante, Ladybug se acercó a Chat y lo agarró del brazo en gesto consolador. Rena Rouge, que había ido a recoger a Caparace, se acercó a ellos, dejando una distancia prudencial. Gabriel miró a Ladybug de arriba abajo. Algo en su cabeza hizo "click".

- ¿Marinette? – preguntó. La aludida simplemente le evitó la mirada, incómoda. Era cuanto menos curioso que la primera presentación oficial como la novia de su hijo fuera en tales condiciones. Chat la empujó suavemente para que quedara un poco tras él.

- No tienes derecho siquiera a pronunciar su nombre. – siseó Chat sobreprotector - Vas a ir a la cárcel, por todo el daño que nos has hecho, a mí y al resto de la ciudad. Vas a pasarte el resto de tu vida en una celda, preguntándote si ha merecido la pena perder a tu familia por tus excéntricos deseos. Yo mismo me ocuparé de ello.

El silencio se instauró entre ellos. Ladybug miraba la escena sin saber qué decir o hacer, Caparace y Rena Rouge seguían de fondo, sin intervenir, y Chat miraba a su padre con dolor enmascarado de odio. Entonces la risa estridente de Gabriel rompió el momento. Chat frunció el ceño, igual que Ladybug.

Gabriel se puso de pie de un salto y se lanzó hacia Chat. Pensando que iba a por su miraculous, Chat levantó la mano con el broche, pero para su sorpresa lo que hizo fue abrazarlo.

Chat se quedó petrificado. "¿Qué está pasando?" Se preguntó. Ladybug tomó el miraculous de la mariposa y se alejó un poco de ellos, dándoles un momento padre-hijo. Posiblemente el último. Chat, que estaba en shock, bajó levemente los brazos y abrazó en respuesta a su padre. Un gesto algo aséptico, pero íntimo a la vez. Gabriel poco a poco se serenó.

- ¿No te has dado cuenta aún? – susurró Gabriel separándose de su hijo para mirarlo bien. Estaba verdaderamente feliz. Chat arqueó una ceja, confuso. – Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para con nuestra familia, hijo.

- No padre. Lo que tendrías que haber hecho si querías ayudar a esta familia era haber estado conmigo después de la desaparición de mamá. Yo te necesitaba, y tú no estabas allí para ayudarme.

- Eso es cierto, no estuve para ti cuando más me necesitabas, pero lo hice por un buen motivo hijo. Lo hice para traer de vuelta la felicidad a nuestro hogar.

Entonces, Gabriel se giró hacia la parte más oscura de la estancia y pulsó un botón de un mini-mando que llevaba en un bolsillo interno de su chaqueta. De pronto, toda la sala se iluminó y allí, al final del pasillo, en una plataforma colgada de las columnas del techo, descansaba una mujer rubia en una especie de capsula de cristal. Todos se quedaron petrificados. Chat abrió los ojos hasta su máxima capacidad.

- ¿Ma…má? – susurró. Ladybug dio un paso hacia su chico inconscientemente.

- Sí. Emilie… - comentó Gabriel mientras se dirigía hacia su amada. Al llegar a su lado, abrió la tapa de la cápsula y acarició el rostro de su mujer con suma ternura y admiración. Chat y Ladybug se acercaron lentamente hasta él, sin apartar los ojos del rostro cerúleo de la mujer.

- ¿Qué…? ¿Cómo…? – susurró el joven sin poder aclarar sus pensamientos.

- Es una larga historia hijo. – Gabriel se apoyó en una de las columnas mientras se masajeaba la sien cansado. Adrien seguía a su padre sin perder detalle.

- Tal vez… - comentó Ladybug. – Tal vez sería mejor ir a otro lugar donde podamos estar más tranquilos para hablar esto.

- ¡NO! – gritó Chat Noir – Se puede escapar. No puedo arriesgarme a que… -

- No lo haré, hijo. Tengo que contarte la historia de tu madre para que entiendas el por qué. Para que entiendas la totalidad de este entramado.

Ladybug apretó el brazo de su pareja, pidiéndole que confiara en ella. Chat la miró con rostro afligido. Le puso la mano sobre la de ella y la apretó con suavidad. Entonces sonrió de medio lado y le asintió. Ladybug sonrió de vuelta. Chat se giró hacia su padre.

- Está bien. Vamos al salón. Pero no intentes nada raro o te juro que te lo haré pagar muy caro.

- Te lo prometo. – contestó Gabriel.

-[]-

Ya en el salón, Rena Rouge se acercó a Ladybug mientras Chat Noir iba con su padre y lo encadenaba a una de las sillas con una cadena de bicicleta que tenía guardada en su cuarto.

- Marinette, nosotros debemos irnos. – le susurró Rena Rouge a su amiga. – Nino necesita descansar y nuestras transformaciones están al límite. Preferiría que nuestras identidades siguieran en secreto por ahora.

- Claro, no te preocupes – dijo Ladybug dándole un abrazo. Se separó de ella. – Si necesitas cualquier cosa avísame. Más tarde iré a verte a tu casa para recoger los miraculous.

- ¿Sólo para eso? – Rena Rouge cruzó los brazos molesta, pero sonriendo de forma pícara. Ladybug la miró sin entender. – Me debes una exclusiva para mi Ladyblog, señorita.

- Jajajaja – rio Ladybug. – Tienes razón, te lo debo. Nos vemos luego, Rena.

- Lo mismo digo, Ladybug.

Rena Rouge salió del salón con Caparace en brazos mientras su pitido resonaba en la sala. Ladybug se giró hacia su chico y lo vio sentado con las manos en la barbilla en frente de su padre. El martilleo de su pie sobre el mármol blanco denotaba su inquietud, pero su semblante era impenetrable. Ladybug se sentó a su lado y cruzó las piernas, acomodándose para lo que podía ser una larga historia. Entonces pidió a Tikki la destransformación. Chat se giró inmediatamente hacia ella cuando el fulgor rojo invadió la sala.

- ¿Pero qué haces? – dijo Chat Noir horrorizado. Marinette se encogió de hombros. –

- Estoy cansada y mi miraculous también – comentó mientras recogía a Tikki entre sus manos de forma tierna. Sacó dos macarons de su bolso y se los dio. – Si tuviéramos que pelear, ¿no crees que sería más lógico que recuperáramos energía para poder hacerlo? Además, tú debes estar a punto de destransformarte quieras o no. –

Y como si hubiera llamado al mal tiempo, Adrien se destransformó entre un mar de luz verde. Plagg cayó rendido al suelo. Pero antes de tocarlo, Adrien lo atrapó, haciendo una mueca de dolor y llevándose la mano al costado. Las heridas del combate seguían ahí y sin la protección del traje, se hacían más patentes. Miró de reojo a su novia. Por suerte parecía demasiado absorta en Tikki como para no haberse dado cuenta. Con más cuidado esta vez, se abrió la chaqueta y dejó que Plagg entrara a agarrar su bien merecido trozo de queso.

Una vez ambos héroes estuvieron ya acomodados, Gabriel comenzó su historia.

- Cuando Adrien aún era un bebé, Emilie y yo fuimos por un viaje de trabajo al Tibet. Emilie estaba grabando un anuncio de mi nueva línea de ropa y quisimos darle un toque exótico a la campaña. – Gabriel se quitó las gafas y se presionó levemente los ojos, descargando tensión. Se notaba que recordar aquella historia le dolía. – Al principio todo fue bien. Unas fotos por aquí, unos vídeos por allá. En un par de días estuvo todo listo. Tu madre era muy buena en su trabajo, de forma que tuvimos que repetir muy pocas tomas. Eso nos hizo terminar un día antes de lo previsto. Con todo el estrés de tener un bebé, junto con lo mucho que había tenido que invertir en la nueva línea, apenas habíamos desconectado, así que decidimos aprovechar el día extra para hacer un pequeño viaje turístico por la zona. Mi Emilie era muy aventurera. – una lágrima amenazó con aparecer, pero Gabriel se pasó el borde de la manga por sus ojos antes de permitirlo. Carraspeó. –Bueno, el caso es que todo fue bien. Vimos el pueblo, recorrimos su calles e investigamos sus recodos. Nos encontrábamos en una de las zonas boscosas de los alrededores cuando la noche empezó a caer. Decidimos volver al hotel, pero al hacerlo nos perdimos. Empezamos a andar intentando contactar con nuestro equipo por teléfono, pero la cobertura era muy mala e iba y venía a su antojo. Entonces, sin saber cómo, nos topamos con unas ruinas. Parecían un santuario o un templo. Nos movimos por allí, iluminándonos con los teléfonos. Estaba bastante deteriorado, pero aún se podía ver símbolos chinos en algunos de los muros. Íbamos dando vueltas por las ruinas, embelesados por la majestuosidad del lugar cuando tu madre vio un reflejo en el suelo, debajo de unos escombros, medio enterrado en la tierra.