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Capítulo 16

Pasaron dos días idílicos durante los cuales Candy continuaba maravillándose por el modo en que Terry lograba controlar y dominar su cuerpo, llenándolo y restringiéndolo a su placer. Ella se lo había dicho y él se había reído.

Hablaron durante horas. Ella le hacía preguntas y él le explicaba repetidamente cómo era Londres y qué cosas esperaría de ella la sociedad. Lo más extraño era que no le viniera a la mente hacer algo que se pareciera ni remotamente a la magia.

Después de un baño durante el cual el agua que había en el piso era más abundante que la que había quedado en la tina, Terry se puso a cepillar los cabellos de su esposa. En ese momento a Candy le pareció extraño que un Duque hiciera las funciones de una camarera personal, pero se dio cuenta que él no lo consideraba una tarea desagradable; se le veía fascinado por sus cabellos y aquel acto se convirtió en el preludio de un encuentro de amor.

Terry le dijo que encontrar el cepillo había sido una verdadera suerte, así como el neceser de la barba y un viejo juego de damas pintado sobre un trozo de lata. Él nunca había jugado a las damas, pero a ella le gustaba mucho, y por eso ella lo había conseguido sin decírselo, junto con el cepillo, y otras cosas de las cuales tenían necesidad.

Ahora Candy estaba en la cocina y estaba preparando la cena a la manera de los mortales. Terry había ido en busca de leña y a dar heno a la vaca.

Desde que se encontraban allí, él se veía menos encerrado en sí mismo. Menos envuelto en el ilustre nombre de los Grandchester. Tenía la voz menos tensa, sus frases no sonaban como órdenes. Estaba más abordable, como si pensara que estar casado con una bruja después de todo no era tan malo.

Candy había encontrado el modo de que él lo comprendiera. Le había entregado el corazón y el cuerpo con amor. Y ella no era del tipo que renunciaba a alguien a quien amaba, aunque se tratara de un Duque inglés cabeza dura.

Suspiró, lo que le secó la garganta; tragó y se dio cuenta que le dolía. También le dolían los oídos. Ignoró todo, convencida que una mente activa le habría hecho olvidar los malestares físicos.

Controló la sopa en el fuego y miró los nabos sobre la mesa; debía pelarlos. Al lado, había un cuenco de nata que esperaba ser transformada en mantequilla. Decidió dejar de lado las verduras y dar prioridad a la mantequilla. Se restregó la nariz que le picaba, llenó la mantequera con la nata y se dedicó de lleno a su trabajo, deteniéndose sólo para secarse la nariz resfriada.

Muy pronto, sin embargo los brazos comenzaron a dolerle y su mente a fantasear. Aún así, continuó hasta que el sudor comenzó a gotear en su frente. Hacer la mantequilla era la cosa más pesada y aburrida que nunca hubiera hecho. La nata había recién comenzado a espesar cuando pensó en acelerar el proceso con una pequeña intervención de la magia y evitar aquel estúpido trabajo. A Terry no le habría gustado, pero tampoco a él le gustaba hacer la mantequilla.

Miró fijo la mantequera, luego miró fuera de la ventana. Terry no se veía. Parpadeó como fulminada por una idea. ¿Por qué no hacer las dos cosas?

Con una pizca de magia dejó que la mantequera hiciera su trabajo sola, pero no del modo clásico de los mortales, y moviendo la cabeza al ritmo del mango de la mantequera, fue a ver si el pan se había enfriado.

Cantando con la boca cerrada una cancioncita galesa tocó el pan, constató que estaba andando bien, hizo una pirueta con la intención de comenzar danzando con otra tarea.

Pero la falda se enganchó en algo y tuvo que detenerse. Al lado de la chimenea estaban los libros que habían encontrado en el establo, que no había tenido tiempo de leer por haber pasado cada minuto con Terry. ¡Y qué maravillosos minutos habían sido!

Sonrió pensando en los días, en las horas transcurridas entre sus brazos, recordando los pétalos perfumados como un regalo cada vez que hacían el amor.

Candy estornudó, se limpió la nariz, se aclaró la garganta que sentía ardiente y miró las tareas que la esperaban. Frunció la frente. Después, como atraída por una fuerza mágica, su mirada se posó sobre uno de los libros: El Duque Cobarde. Giró la cabeza para dedicarse a cocinar, pero la fuerza de voluntad no era una de sus virtudes. Lentamente volvió a mirar el libro preguntándose qué le habría sucedido a la gitanita y un segundo después la novela estaba abierta en sus manos.

"La belleza, de negros rizos cual ala de cuervo, se adhirió contra las cortinas de la gran cama. Los ojos verdes de la gitana brillaban como esmeraldas ardientes. Él caminó hacia la joven con paso decidido. La mantenía en su poder con la mirada intensa de sus diabólicos ojos negros y golpeaba el látigo contra la bota. Se dio cuenta que habría querido huir. Estaba aterrorizada. ¡Pero, maldición, él la quería así!."

Candy soltó un suspiro que había retenido.

—¡Oh, bondad divina! —murmuró mirando la cocina sintiéndose culpable. La sopa hervía en el fuego y de seguro necesitaba ser removida. Los nabos yacían abandonados sobre la mesa, esperando ser pelados. ¡Pero ella quería a toda costa leer ese libro!

Levantó una mano, y de inmediato, desde una estela chispeante, una cuchara se materializó en la olla y se puso a remover la sopa. Después fue el turno de los nabos. Para éstos, la brujita entonó un simple:

—¡Oh, cuchillo hábil y ágil, pela los nabos para nuestra cena fácil!

Candy hizo una pequeña mueca. No era una gran cosa como fórmula mágica, pero funcionó. Los nabos levitaron seguidos por el cuchillo que, ondulando en el aire, los peló suspendidos en el vacío. Las cáscaras blancas y violetas parecían rizos colgantes.

Candy se sentó en un taburete, se sonó fuerte la nariz y abrió de nuevo el libro.

"El Duque de Dryden acortó la distancia entre él y la muchacha en el lecho. Más se acercaba, más grandes se veían los ojos de la gitanita, más intenso su miedo. Una pandereta sonó en su mano temblorosa. Él le dirigió una sonrisa sarcástica, rapaz, la sonrisa del diablo..."

—¡Maldición!

Candy cerró el libro con un golpe y de un salto se levantó mirando la cara de su marido y su cuello rojo.

—¿Qué diablos sucede? —Los ojos de Terry se fijaron en la mantequera; aquella condenada cosa se estaba moviendo sola. Sobre el fuego, una cuchara mezclaba la sopa en la olla, y los condenados nabos revoloteaban en el vacío perseguidos por un cuchillo.

Terry sacudió la cabeza y cerró los ojos, luego de nuevo los abrió. Miró la cara culpable de su mujer y en dos largos pasos llegó a su lado. La tomó de los hombros y gritó:

—Me habías prometido no hacer más… no hacer más… —Agitó una mano al aire buscando la palabra.

—Brujerías —murmuró ella.

—¡Exacto! ¡Maldición! —Le dio una pequeña sacudida, mucho más delicada de cuánto le habría gustado.

—Tú no puedes hacer esta clase de cosas… especialmente en Londres. ¿No lo entiendes? ¿No lo entiendes?

Ella lo miró, con expresión culpable y asustada.

—Lo siento.

Terry respiró profundamente varias veces, luego le soltó los hombros y se alejó, pasándose una mano entre los cabellos, caminando adelante y atrás mientras se esforzaba en pensar. Tenía que convencerla que abandonase la brujería. Fue hacia su mujer y se detuvo de golpe.

Manchas blancas y violetas le bloqueaban la visión. Retrocedió un paso. Un nabo ondeaba delante de su nariz. Buscó la paciencia en alguna parte; pasó por debajo del nabo y esquivó el cuchillo, pero perdió aquel poco de control que le quedaba.

—¡Dios Omnipotente! ¡Mira aquí! —Indicó la mantequera, luego al cuchillo.

—¡Mira! ¡Esta no es Inglaterra! Yo estoy en un condenado… un condenado. —Miró afuera de la ventana para buscar la palabra justa. —¡País de las hadas!

—Terry, creo que sería mejor si te sientas. Tienes la cara espantosamente roja.

Él alargó la mano para advertirla que permaneciera lejos. Respiró y comenzó a contar.

—Lo siento —murmuró Candy, mirando las puntas de sus maltrechos zapatos. Permaneció en silencio durante un instante, luego levantó los ojos hacia el rostro de él y le miró como si pudiese leer su mente.

—¿Estás contando?

—¡Sí, maldición!

—Lo imaginaba —refunfuñó ella con un suspiro, después se sentó en el taburete y apoyó el mentón en la mano.

—Hazme saber cuando hayas llegado a cien.

Otro nabo le pasó por delante.

—Haz… desaparecer… esos nabos. Y el cuchillo volador, y la cuchara y… y…

—La mantequera —sugirió Candy, caminando hacia el rincón de la cocina donde murmuró algo e hizo ondear las manos a su alrededor. Luego se detuvo y se sonó la nariz. Un nabo golpeó a su marido detrás de la cabeza, dos veces.

—¡Candy!

—Oh. Lo siento. —Candy guardó el pañuelo, cerró los ojos y chasqueó los dedos.

En un segundo todo volvió a la normalidad, todo menos el Duque.

Terry se rascó la cabeza.

—¿Te ha hecho daño? —Candy lo escrutó. Acercándose a la escalera.

—¡No!

—Oh. —Ella esperó un momento, restregando nerviosa el pilar de madera de la escalera, luego dijo con un tono lleno de esperanza, que no sirvió para calmar la ira del marido: —Hay que mirar siempre el lado positivo de las cosas.

—No hay ningún lado positivo.

—Habría podido golpearte el cuchillo.

Pasmado, Terry miró la cara de ella que lo miraba a su vez. Se había casado con una loca.

—Esto no es una broma —Se acercó a su mujer, furioso y frustrado porque ella no comprendía la gravedad de su situación.

Candy no cesó de mirarlo, y sus ojos mostraron una chispa, levantó la barbilla en una teatral actitud de desafío.

—¿Qué diablos significa esa pose?

Ella torció la nariz y farfulló algo sobre una gitana. Luego estornudó dos veces.

—¡Diablos! —El Duque se encontró en la mano una fusta de equitación. La miró por un momento, atónito, después su mirada pasó tres veces de la fusta hasta su esposa y viceversa.

—¡Oh, bondad divina! Lentamente, el Duque le mostró el objeto en su mano abierta. —Explica.

Candy tomó el pañuelo y se cubrió la nariz antes de hacer un gran estornudo. Un jarrón enorme de rosas rojas se materializó detrás de ella.

—Rosas. —Fue todo lo que Terry logró decir, indicándolas con la fusta. Ella se dio vuelta, las manos apretadas sobre el pecho.

—¡Oh, no! —murmuró.

—¿No, qué cosa? —gritó Terry y caminó lentamente más allá de Candy, preguntándose por qué sus palabras le provocaban dolor de estómago. Se detuvo y miró la gran habitación. Había rosas rojas sobre las mesas, las sillas, el diván. Un arbusto de rosas rojas crecía cerca de la chimenea, como si hubiese sido plantado hacía años. Levantó los ojos. Rosas rojas despuntaban de los faroles.

Echando mano de un mayor control del que nunca ejercitó, ni siquiera en una temporada mundana londinense, se volvió hacia su esposa tratando de comprender lo acaecido.

Aquel no era el mundo que conocía, que podía controlar. No lograba hablar ni moverse. Lograba a duras penas respirar.

Candy trató de contenerse, pero otro estornudo enorme se le escapó y los brazos de Terry se llenaron de rosas y una pandereta.

Por primera vez en su vida, el Duque de Grandchester tuvo miedo y dejó caer las rosas como si le quemasen las manos.

También la pandereta terminó por el suelo con un ruido de lata, que pareció simbolizar el fin de su mundo ordenado.

El Duque inmóvil, completamente confundido, miró lentamente a su mujer.

—¿Tú estornudas rosas cada vez que te resfrías?

Ella movió la cabeza, negando.

—¿Cómo que no? ¡Hay rosas por todas partes y se materializan cuando estornudas!

—Estornudo lo que pasa por mi mente.

—¡Dios Omnipotente!

Puesto que su mujer tenía el pañuelo presionado en su nariz, sólo podía ver sus grandes ojos consternados.

La Duquesa de Grandchester estornudaba lo que le pasaba por la cabeza. Sin una palabra el Duque se alejó, como para dejar a sus espaldas lo que había trastornado todo su mundo.

—Terry…

Él no se dio vuelta.

—Lo siento.

Él no se detuvo sino hasta llegar a la puerta.

—Te lo ruego…

Terry abrió la puerta y se detuvo. Luego se dio la vuelta.

Había rosas por todos lados, y si en los ojos de su esposa que lo miraban se leía la maravilla, él sólo veía el caos.

No pudo resistir y se puso a mirar el paisaje invernal.

Era extraño que no pudiera sentir el aire gélido, ni ver el hielo y la nieve que por poco los había matado.

Sólo probó alivio y paz.

Salió y cerró la puerta sin mirar hacia atrás.

Fue en busca de cualquier cosa, que no fuera la confusión que se dejaba a su espalda.

CONTINUARA