Capítulo 14. Estrenando muebles
Desde la distancia, Draco observaba con suma atención a Harry convivir con los invitados al banquete. Sorbiendo traguitos de su copa de champán y apoyado de espalda contra una pared, Draco no dejaba de admirar las amables interacciones que Harry sostenía con cualquier persona que quisiera saludarle.
Era hora que ellos dos todavía no habían tenido tiempo de hablar. Finalizada la ceremonia de inauguración, la gente presente, tanto invitados especiales como público en general, habían ingresado lentamente al edificio James Potter, cuyo gran salón de usos múltiples iba a ser el escenario de la fiesta, la cual, se veía que iba a ser en grande. Granger había echado la casa por la ventana: a lo largo de dos de las cuatro paredes del salón estaban alineadas mesas llenas de viandas y bebidas de todo tipo, dispuestas a manera de bufé para que los presentes se sirvieran a su gusto.
Había transcurrido tanto rato desde que la fiesta había comenzado, que la orquesta de cámara que la amenizaba ya había tocado las Cuatro Estaciones de Vivaldi y muchas piezas más. En ese justo momento deleitaba a los presentes con algo que Draco no sabía reconocer pero que le recordaba a Bach y era bastante bailable. Al centro del salón había mesas y sillas, y también había un espacio vacío que funcionaba como pista de baile y donde ya algunas personas abrazadas se movían al compás de las melodiosas piezas.
Draco, todavía enfermo del estómago por culpa de los nervios, había estado todo aquel tiempo sin probar bocado, sólo tomando copa tras copa de champán sin poder quitarle los ojos de encima a Harry. Éste, siendo no sólo el homenajeado de la fiesta sino también toda una celebridad por su estatus de héroe y estrella deportiva, tenía legiones de fans. Toda la gente, absolutamente toda la gente de la fiesta no dejaba de buscarlo, de hablarle, de desear tomarse una fotografía con él, pedirle un autógrafo, simplemente tocarlo o saludarlo. Después de todo aquel rato, Draco se preguntó cómo Harry aguantaba tanto hostigamiento sin dejar de sonreír y ser sinceramente atento; él ya se habría vuelto loco.
Ahí terminó de confirmar algo que ya había pasado por su cabeza más de una vez en su otra vida, cuando iba a los estadios a ver a Harry jugar quidditch: que era evidente que Harry odiaba llamar tanto la atención y se sentía incómodo entre sus fanáticos, pero, al mismo tiempo, tenía el encanto y la paciencia para lidiar con aquella fama sin resultar desagradable con la gente que se acercaba a él. Harry es... Harry es demasiado dulce y amable, quizá incluso para su propio bien, pensaba Draco.
Otra cosa que lo maravillaba era que Harry se destacara por su hermosura entre tanta gente a pesar de no ir vestido de gala como la mayoría. Sí, quizá era extraño usar la palabra "hermosura" en un hombre como Harry, pero Draco creía que no había otra que le hiciera más justicia. El ex jugador de quidditch era tan guapo, tan encantador y tan amable que resultaba imposible que su presencia no resaltara entre la muchedumbre a pesar de ir vestido con unas simples túnicas, botas y abrigo un tanto maltratados por el uso y el tiempo. Curiosamente, que Harry fuera vestido así, despertaba en Draco ciertas sensaciones primitivas que tenían mucho más que ver con las ganas que tenía de verse por fin a solas con él y quitarle toda aquella ropa, precisamente. El hecho de que Harry, de vez en cuando, también lo buscara con los ojos a él, no hacía más que incrementar las ganas que le tenía hasta volverlas casi insoportables. La mirada verde de Harry no le decía mucho, ni su gesto tampoco, pero a Draco no le importaba. Se sentía dichoso sólo con eso; sólo con constatar que Harry no lo perdía de vista, que, poco a poco, parecía estar acercándose a él.
Desde el rincón donde estaba parado observando a Harry y a la gente a su alrededor, Draco había sido saludado por diferentes personas a lo largo de la fiesta, entre ellos, algunos miembros de la familia Weasley y varias personalidades del ministerio. Pansy y Blaise también estaban esa tarde ahí, aunque ambos sólo tenían ojos el uno para el otro y se lo habían pasado todo ese rato bailando muy pegados. Algo que angustiaba a Draco era la presencia de Gabrielle Delacour en la fiesta: la había visto llegar acompañando a su hermana y a su cuñado, pero, afortunadamente, hasta ese momento se había mantenido alejada de Harry, para su gran alivio. Narcisa y Lucius, por otra parte, no habían asistido: le habían avisado a Granger que preferían declinar la invitación para poder quedarse en casa a cuidar a Eltanin y darles un rato de "tiempo de pareja" a Draco y Harry... Algo iluso si considerabas que, hasta ese momento, Harry no había pasado cerca de Draco ni un solo minuto ni por casualidad.
Éste soltó un bufido que fue escuchado por un camarero que pasaba cerca de él y que llevaba una bandeja con bebidas, la cual acercó a Draco para que tomara una copa llena. Draco negó con la cabeza al tiempo que aprovechaba para dejar su copa vacía sobre la bandeja. Ya había tomado demasiado y no quería embriagarse; sabía que tarde o temprano tendría una conversación importante con Harry y deseaba estar en sus cinco sentidos. Draco vio al camarero irse con aire ofendido y puso los ojos en blanco; seguramente había sido idea de Granger contratar magos y brujas para servir a los invitados al banquete en vez de usar elfos domésticos.
Alguien le puso una copa rebosante de champán en la cara y Draco, comenzando a enojarse por la insistencia, se giró hacia la persona.
—Dije que no, gra... Oh —Se silenció cuando se dio cuenta de que no era un camarero sino el amigo rumano de Charlie Weasley, a quien ya había visto hacia rato desde lejos. Aquel mago, quien iba vestido con una bonita túnica y que definitivamente se veía mucho más guapo que aquella mañana en el hospital cuando Draco lo había conocido, traía dos copas en las manos y le ofrecía una de ellas a Draco con una ceja arqueada. A éste le pareció muy grosero no aceptarla, así que la tomó—. Buenas tardes, Enescu. Gracias.
El rumano le regaló una amplia sonrisa.
—Llámame Emil, por favor. ¿Yo puedo llamarte Draco, no? —Antes de que Draco pudiera responderle cualquier cosa, Enescu continuó hablando mientras alzaba su propia copa hacia Draco como para proponer un brindis—. Por tu salud, Draco Malfoy, ya que Charlie me ha dicho que sabe de buena fuente que eres tú quien está detrás de toda esta obra benéfica. Me parece loable. Te felicito muy, muy calurosamente —dijo en voz baja e insinuante.
Draco se aguantó las ganas de hacerle una mueca de fastidio. Golpeó suavemente su copa contra la de Enescu y le dio un traguito muy pequeño, aprovechando ese instante para volver a buscar a Harry entre la multitud. Lo encontró bastante lejos de ellos, rodeado de un montón de brujas muy jóvenes y bonitas quienes parecían pulpos por el modo en que estiraban los brazos hacia él y estaban tocándolo. El trago de champán le supo a Draco mucho más amargo de lo usual. Es que, en serio, ¿cómo Harry podía soportar el embate y los coqueteos de tantísima gente sin serle infiel? Y, sobre todo, ¿por qué había elegido a Draco pudiendo tener a cualquier otra persona más?
Enescu soltó un carraspeo y dijo:
—¿Pasa algo entre tu marido y tú? No lo he visto acercarse a ti en toda la tarde.
—Está ocupado —lo defendió Draco, comenzando a beberse la champán con apuro—. Se debe a su público y eso es algo que yo comprendo muy bien. Cuando me casé con una estrella de quidditch, sabía a lo que me atenía.
—Si tú lo dices —dijo Enescu burlón, encogiéndose de hombros. Se pasó una mano entre su brillante cabello negro, dándole a Draco la oportunidad de admirar su magnífico perfil. Draco lo observó de reojo. La verdad era que el rumano era bastante atractivo. Si hubiesen sido otras circunstancias… Enescu suspiró un tanto dramático y continuó hablando—: Pero no puedo dejar de pensar en que es un poco tonto. Dejándote aquí abandonado tanto rato. Después de todo lo que tú hiciste por él hoy. Tendría que estar aquí a tu lado dándote las gracias sin descanso, celebrándote. En cambio, lo único que hace es andar por ahí con sus... fans —dijo, despectivamente. Entonces, miró hacia Draco con lasciva y agregó con voz muy baja—: Si yo tuviera un marido tan ardiente como tú, ni siquiera tendría ojos para nadie, nadie más.
Draco se atragantó con su champán y comenzó a toser. Enescu se acercó, le pasó un brazo por la espalda, lo apretó contra su costado y, con la otra mano, le dio unos pequeños golpes en el pecho.
—¿Estás bien? —le susurró justo contra la oreja y Draco intentó zafarse lo más rápido que pudo sin parecer grosero. No quería que Harry viera aquello, no quería en absoluto darle ni una sola excusa al moreno para volver a enojarse con él. Empujó suavemente a Enescu para obligarlo a soltarlo, pero éste lo tenía aferrado del hombro y no lo dejaba ir. Draco, no deseando hacer un escándalo ni llamar la atención, comenzó a retorcerse discretamente pero sin resultado.
Hablando de pulpos...
—Sí, estoy bien, gracias. Ya puedes sol…
—¿Me concederías la siguiente pieza?
Draco, todavía sin lograr que Enescu le quitara las manos de encima, suspiró con hartazgo.
—Vengo con mi marido, Enescu. Si voy a bailar con alguien, sería con él. ¿Por qué insistes en olvidar que estoy casado?
—Vamos, Draco, es sólo un baile, no estoy invitándote a follar. Aunque… si es eso lo que quieres, no seré yo quien se niegue —agregó, mirando a Draco de arriba abajo y éste sólo puso los ojos en blanco
No le respondió nada porque descubrió que Ginny Weasley caminaba hacia ellos con el rostro deformado por la furia. Draco se retorció más, consiguiendo al fin que Enescu quitara la mano de su pecho pero sin lograr que lo soltara de la espalda.
Ginny llegó ante ellos, miró primero a Draco con enojo y, luego, fulminó a Enescu con sus ojos castaños. Se acercó más, tomó la mano con la que Enescu sostenía a Draco por el hombro y la arrojó hacia un lado, obligándolo a soltarlo. Draco podría haberle dicho "gracias" si no fuera porque ella parecía a punto de hechizarlos a los dos.
—Draco Malfoy, ¿podrías explicarme qué es lo que pretendes?
—¿Perdona? —intentó hacerse el loco—. ¿Podrías elaborar un poco más la pregunta, por favor?
Draco vio a Ginny apretar los puños, y no supo si era porque quería agarrarlo a trompadas o porque le urgía empuñar su varita para maldecirlo. Comenzó a temer por su integridad. Ella resopló y masculló entre dientes:
—¿Qué mierda fue lo que sucedió ayer entre Harry y tú?
Draco abrió mucho los ojos, incómodo porque, aparentemente, la chica Weasley no se daba cuenta de que Enescu estaba ahí escuchando muy atento.
—Ginny, creo que este no es el lugar ni el momento para hablar de... eso —dijo, mirando de reojo a Enescu para ver si la comadrejilla captaba la indirecta.
Evidentemente, no la captó.
—¿No es el lugar ni el momento? —dijo la chica en voz muy alta, demostrándole a Draco por qué era una Gryffindor de pies a cabeza (pura imprudencia e impulsividad)—. ¡A ver si no lo es cuando vengo a buscarte para hablar y te atrapo coqueteando ni más ni menos que con el amigo de Charlie!
Draco jadeó indignado. Enescu soltó risitas y bebió feliz de su copa de champán.
—¿Disculpa?
—No te hagas el inocente, Malfoy. ¡Te acabo de pillar abrazándote con éste!
—Mira, si hay alguien a quien tienes que reclamarle no dejar las manos quietas, ése sería E…
—¡Justo aquí, en medio de una fiesta ministerial! Estás rodeado de todos nuestros compañeros de trabajo, de periodistas con cámaras listas para tomar fotografías. ¡Y peor, con Harry aquí a unos metros! Él podría verte. Malfoy, en serio creí que eras más prudente. A mí me parece que, mientras la noticia de su divorcio no sea del dominio público, tú deberías actuar con más discreción antes de buscarte un nuevo ligue. ¿No es suficiente el daño que ya le has hecho a Harry? —finalizó con voz peligrosa, lanzando chispas por los ojos.
Draco no podía abrir más la boca. A su lado, Enescu estaba escuchando todo aquel chisme, completamente fascinado.
—A ver, dame un segundo, Weasley —espetó Draco, comenzando a enfurecerse—. Vamos por partes, ¿quieres? En primer lugar, no estoy buscándome ningún ligue ni nada parecido. En segundo lugar, si… si yo le hice algún daño a Harry, ese es un asunto que sólo nos compete a nosotros dos. Y, en tercer lugar, ¿a qué demonios te refieres cuando hablas de noticias de divorcio?
Weasley se cruzó de brazos, meneándose tanto que su cabellera roja se arremolinaba. Draco jamás la había visto tan enojada.
—¿Cómo que a qué me refiero? —escupió entre dientes—. Ayer, Harry estuvo en mi casa, donde, según sé, pasó toda la tarde con el bebé. Cuando yo regresé de mi guardia, lo encontré hablando con Ron en la cocina mientras mis papás jugaban con Eltanin en la sala. Se veía desconsolado y yo perfectamente lo escuché decir las palabras "No puedo más con esta situación, si las cosas siguen así, voy a pedirle el divorcio a Draco".
Draco arqueó una ceja. Ahora tenía sentido que Ron Weasley, aunque presente en aquella fiesta, no se había acercado a saludarlo ni por accidente. Seguramente también estaba furioso. Le pareció irónico que, mientras él había acudido a Granger a pedirle consejo, Harry hubiese hecho lo mismo pero con el marido de ésta. Harry tendría que haber aprendido, a esas alturas de la vida, que Granger era más sabia que su pelirrojo esposo, pensó Draco meneando la cabeza.
Se armó de paciencia mientras lamentaba que fuera Enescu, de entre toda la gente, el que estuviese ahí escuchando aquello. Volvió a mirarlo de reojo y se acercó a la chica Weasley.
—Harry y yo no vamos a divorciarnos —le susurró, tratando de que Enescu no escuchara—. Ya hablamos de esto anoche y, se puede decir, estamos en mejores términos. Quizá falten algunos detalles por pulir, pero creo que...
—Buenas tardes —saludó Harry, quien se encontraba, de pronto, de pie en medio de ellos tres. Draco había estado tan concentrado intentando hablar discretamente con Ginny Weasley, que no se dio cuenta en que momento Harry había llegado hasta ellos.—. ¿Están divirtiéndose?
Draco se sobresaltó de modo desagradable porque esa no había sido una pregunta cortés, sino todo lo contrario. El tono de Harry escurría sarcasmo. Al verlo a la cara, Draco comprobó que sus sospechas eran ciertas: Harry estaba enojado.
¿Habría visto cuando Enescu estaba casi abrazando a Draco?
—Oh, pero miren quien está aquí —dijo Enescu entonces, en tono burlón, aprovechando que Draco y Ginny se habían quedado mudos, como niños cogidos con las manos en la masa en medio de una travesura—. ¡Es tu futuro ex marido, querido Draco!
Tanto Harry como Draco y Ginny, giraron las cabezas hacia Enescu, incrédulos ante su atrevimiento.
—¡Emil! —gritó la chica Weasley—. ¿Qué demonios está mal contigo?
—¿De qué diantres estás hablando? —susurró Harry con voz peligrosa y Draco se estremeció. Le sorprendió que Enescu no se asustara ante la apariencia furiosa que, de pronto, lucía el festejado de aquel banquete.
Enescu estaba fresco como lechuga y Draco lo atribuyó a que no conocía a Harry de nada. El rumano tomó otra copa de champán de un camarero que pasó cerca y soltó una risita.
—¿Cómo que de qué estoy hablando? Vamos, Potter, no puedes seguir negándolo. Acabo de enterarme de las noticias. Es una suerte ser amigo de los Weasley, uno obtiene las primicias en cuanto a la vida de Harry Potter se refiere. Tengo que reconocértelo, te admiro sinceramente. Llevarse bien con tu futuro ex marido no es algo fácil de lograr. Porque, supongo que se llevan bien, ¿no? Sino, ¿por qué Draco se tomaría la molestia de ser el benefactor de una obra social que lleva el nombre de tus padres si ustedes dos están a punto del divorcio?
Draco sintió que enrojecía y no sabía si era de la rabia o la vergüenza. Harry miró a Enescu con odio y lo barrió con la mirada, pero no le respondió nada. Después de unos segundos de asesinar al mago rumano con los ojos, se giró hacia Draco.
—Entonces, ¿es verdad? —le preguntó en un susurro que, para sorpresa de Draco, no sonaba enojado.
Draco se sentía tan humillado de que Harry le hubiese contado a Ron que pensaba pedirle el divorcio y que, por culpa de eso, ahora todo el mundo estuviera enterándose, que no pudo evitar aprovechar la oportunidad de soltarle una respuesta sarcástica.
—¿Que si es verdad, qué, Potter? ¿Nuestro futuro divorcio? No lo sé, no soy yo quien ha estado esparciendo el rumor.
Harry se sonrojó y apretó los labios. Miró a Draco con auténtica pena.
—No, me refiero a… Merlín, Draco. Yo... yo sólo le conté a Ron que era una posibilidad, pero… —comenzó a explicarse en un hilo de voz.
—Bueno, pues me parece que ahora es casi del dominio público —espetó Draco, interrumpiéndolo, cada vez más y más furioso. Su plan de arreglarse con Harry a costa de lo que fuera, estaba yéndose por el caño con rapidez. Su orgullo herido había tomado el control de su comportamiento y no podía detenerse a él mismo de decir cosas hirientes—. Quizá podríamos aprovechar que estamos rodeados de periodistas para dar de una vez la feliz noticia a la prensa, ¿no lo crees?
Harry negó rápidamente con la cabeza. Ginny los miraba a ambos cada vez más preocupada, y Enescu, en cambio, parecía estar gozando de lo lindo con aquel espectáculo.
—No, no, a lo que me refería era que si es verdad entonces que tú eres el benefactor de las obras —dijo Harry en tono conciliador, dando un paso hacia Draco—. Nadie me lo había dicho, pero yo lo sospeché desde el primer momento. ¿De verdad fuiste tú?
Draco elevó la barbilla. No respondió afirmativamente, pero tampoco lo negó.
—Pero que eso no te detenga de tus planes de divorciarte de mí, Potter —le dijo con la voz cargada de veneno—. Lo último que quiero es que te sientas obligado a quedarte conmigo sólo por eso.
—¡Cielos! —exclamó Ginny de pronto—. Definitivamente, creo que tenemos que dejar a Draco y a Harry a solas para que arreglen sus asuntos, Emil —le dijo al rumano. Lo tomó del brazo y trató de llevárselo con ella, pero Enescu no se movió.
—No, no, querida —dijo Enescu—. No me hagas abandonar a Draco, presiento que pronto va a necesitar mi compañía. Es Potter quien ya se va, ¿cierto, Potter? Porque, además, mira quien viene ahí por él.
Draco había estado tan concentrado en Harry y en pelear con él, que no se había dado cuenta de que Gabrielle se estaba acercando a ellos. La chica francesa llegó y se paró justo al lado de Harry, colgándose de inmediato de su brazo. Todos se quedaron sumidos en un incómodo silencio que la chica percibió. Los miró con una sonrisa extrañada.
—Pego, pog Dios, ¿qué sucede aquí? ¿Alguien ha muegto y no me he entegado?
Enescu soltó una risita entre dientes y Draco juraba que había murmurado algo que sonó a "Sí, el matrimonio de éstos dos", pero, aparentemente, sólo él lo había escuchado. Draco lo miró con odio, dándose cuenta de que Enescu lo había estado conduciendo a una estúpida trampa para hacerlo pelear con Harry y él había caído redondo por culpa de su orgullo.
—No es nada, Gabrielle —le dijo Harry a la francesa—. Todo está... sumamente bien.
—Oh, qué bien, entonces. Ya estás más libge, según veo. ¿Ahoga sí podgás bailag conmigo, Haggy? —preguntó Gabrielle mientras apoyaba su cara sobre el hombro de Harry y lo miraba con ojos soñadores, seguramente empleando cada maldito gramo de su magia veela para conquistarlo.
Draco vio todo rojo. Si ya antes había estado bastante enojado con Harry, en ese momento, después de ver llegar a esa descarada a colgarse de su brazo e invitarlo a bailar, sin contar con la respuesta de Harry de "todo está sumamente bien", creía que sería capaz de conjurar maldiciones para cruciarlos a todos sin usar la varita siquiera. No le sorprendería si alguien le decía que estaba echando humo por las orejas.
—Harry no puede bailar contigo, Gabrielle —dijo Ginny de muy malas pulgas, como si aquella francesa no le cayera nada bien—. Él justo acababa de invitar a SU ESPOSO a bailar con él, ¿cierto, Harry?
Ginny fulminó a Harry con la mirada, y éste, ruborizándose aún más, abrió la boca para decir algo, pero Draco lo interrumpió:
—Oh, no, no, por favor, Ginny, déjalos. Le cedo mi lugar a la señorita con todo gusto. Harry, hazme el favor y baila con la encantadora mademoiselle Delacour. No es propio de caballeros desairar a una dama. ¡Insisto en ello, por favor! —exclamó con fuerza cuando Harry negó con la cabeza y lo miró suplicante.
—Pe-pero, Draco, yo quería que...
—¡Oh, por favog, Haggy! Que tu maguido ya te ha dado pegmiso, hay que apgovechag!
—Futuro ex marido, señorita —intervino Enescu entonces, con ese tono burlón que Draco ya estaba comenzándole a conocer bastante bien—. Justo nos acabamos de enterar de la noticia.
A Gabrielle se le iluminaron los ojos ante esa afirmación y Draco no sabía a quién de aquellos dos odiaba más en aquel momento.
—¡Emil, te lo advierto! —exclamó Ginny y, para asombro de Draco, sacó su varita de quién sabía donde. No obstante, Enescu no se amedrentó.
—Pero, querida Ginny, si no estoy haciendo más que repetir la noticia que tú misma acabas de soltar. Así que, sí, por favor, señor Potter, señorita Delacour, vayan a bailar sin sentir ningún apuro. No se preocupen por Draco, yo lo cuidaré con mucho gusto —agregó Enescu, pegándose a Draco, tomándolo a fuerza de un brazo y mirándolo de arriba abajo.
Aparentemente, esa fue la gota que derramó el vaso para Harry. La expresión de su rostro se transformó: pasó de una de desconcierto a otra de la más pura rabia. Draco lo miró pararse muy erguido, apretar los puños de las manos y dar varios pasos adelante, soltándose, de ese modo, de Gabrielle.
—Pego, Haggy… —dijo ella con voz triste. Harry la ignoró.
Éste caminó hasta llegar a un palmo de narices de Draco y de Enescu, parándose justo enfrente de los dos. Le echó a Draco una sola mirada llena de algo que éste no supo interpretar, pero que, definitivamente, daba miedo. Entonces, se dirigió al rumano.
—Le rogaría, señor Enescu —dijo con los dientes apretados—, que deje de estar difundiendo tales mentiras y, sobre todo, le suplico que deje de meter las narices donde no le incumbe so pena de que sea yo quien le meta a usted el palo de mi escoba en otra parte de su anatomía —amenazó con la voz tan calma y helada que Draco se quedó boquiabierto. Gabrielle se cubrió la boca con una mano y Ginny soltó una carcajada. Enescu, ya un poco atemorizado, dio un paso hacia atrás sin dejar de ver a Harry a la cara—. Lo que sea que sucede entre mi esposo y yo es algo que sólo nos concierne a ambos, ¿de acuerdo?
Había algo en el aire, una cierta vibración que Draco podía percibir y que le estaba ocasionando escalofríos. Estaba comenzando a preguntarse qué podría ser, cuando lo descubrió. Era la magia de Harry. Éste estaba tan enojado y tan celoso que su magia se estaba descontrolando, delatando sus emociones. Por alguna razón que escapaba a su comprensión y que le avergonzaba reconocer, Draco comenzó a salivar y a excitarse.
Enescu, quien quizá percibía en su aura la magia de Harry de modo más amenazante, dio un paso hacia un lado, apartándose de Draco.
—Todo suyo, señor Potter —fue todo lo que dijo con una mueca de disgusto y derrota.
Harry lo miró por última vez y le dedicó una sonrisa feroz.
—Así exactamente es —gruñó. Draco no tuvo tiempo de mirar a nadie más ni de despedirse de nadie, porque Harry estaba tomándolo de la mano y tirando suave, pero firme, de él. Ambos se miraron a los ojos y Draco se encontró con que los de Harry lo estaban observando interrogantes y ansiosos—. ¿Draco? —preguntó con voz suave, hablándole sólo a él, como si todos a su alrededor, la fiesta completa, hubiesen dejado de existir y sólo quedaran ellos dos—. ¿Me acompañas?
Draco, por más indignado que se hubiese sentido unos instantes antes, no podría haberle dicho que no a nada que Harry le pidiese así . Asintió sin pensárselo ni un segundo; no iba a permitir que los celos ni el falso orgullo arruinaran su oportunidad de arreglarse finalmente con Harry Potter.
Ese había sido su plan todo aquel tiempo. Ahora, lo tenía ahí, enfrente de sus ojos, en bandeja de plata, ¿cierto? Estaba a nada de conseguirlo. No iba a fallar.
Harry vio su asentimiento de cabeza y suspiró, aliviado. Le sonrió un poco y tiró de él hasta acercarlo completamente a su cuerpo. Draco, sintiendo el cuerpo más débil que un fénix mojado, se dejó hacer. Harry, mirándolo a la cara con intensidad, lo sostuvo así durante un momento: estaban parados frente a frente, casi pegados, una mano de Harry agarrando la suya y, con su otra mano, tomándolo de la cintura. Era casi como si fueran a bailar.
—Pues, bueno, ¡de esto justamente es de lo que yo estaba hablando! —escuchó Draco que Ginny exclamaba a su espalda. Pero ni Draco ni Harry voltearon a mirarla. Sólo tenían ojos para observarse el uno al otro.
—¿Vas a llevarme a bailar, Harry? —masculló Draco, comenzando a sentir la excitación recorrer su torrente sanguíneo mientras la magia de Harry continuaba pulsando a su alrededor, intensa y poderosa, penetrándole la piel y tocando su alma.
Harry negó con la cabeza.
—Creo que... creo que haré algo mucho mejor que eso —susurró.
Draco pasó saliva y volvió a asentir lentamente, manifestando su acuerdo. Harry sonrió más y, sin soltarlo de la mano, caminó junto a él hacia una de las puertas del salón.
Draco no miró atrás, ni siquiera para ver la expresión de frustración y derrota que seguramente tendrían Gabrielle y Enescu, y sólo se dejó llevar, el corazón latiéndole a mil por hora de la pura expectación.
Era increíble la rapidez con la que se diluyó cualquier sentimiento de enojo que Draco había experimentado a causa de la situación que acababan de vivir por culpa de Enescu y Gabrielle. Tanto así que no pudo evitar sentirse asustado por la fuerza imperativa que Harry parecía ejercer sobre él, por ese control, por ese dominio, por esa manera de hacerlo pasar en milisegundos de sentirse humillado, a sentirse objeto de adoración.
Se sentía atemorizado y lo atribuyó a su poca experiencia en relaciones de pareja. ¿Sería siempre así en cualquier relación, o sería sólo porque… bueno, porque era Harry Potter, precisamente?
No quería pensar más allá de eso. No en ese momento. No en ese lugar ni realidad.
Harry lo condujo entre la multitud de la fiesta hasta una de las salidas del salón mientras esquivaba con elegante maestría a los que trataban de hablarle, prometiéndoles a todos que regresaría a charlar en cuanto le fuera posible, pero, que en ese momento, tenía asuntos urgentes que atender.
Dejaron el salón de usos múltiples atrás y salieron a un corredor que conducía a la puerta de salida. Harry titubeó, como si no supiera a dónde dirigirse. Seguía sin soltar a Draco de la mano; lo llevaba fuertemente asido y Draco no podía estar más feliz por aquel detalle tan simple y tan estúpido; aunque intentaba disimular su sonrisa cada vez que Harry lo miraba de reojo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Draco.
—No lo sé —dijo Harry mientras miraba a ambos lados del corredor. Había algunas personas por aquí y por allá: era obvio que ese pasillo era muy transitado—. Te sugeriría que nos fuéramos a casa, pero no puedo escaparme de la fiesta. Al menos, no todavía, es muy temprano. Hermione nos mataría a ambos. Pero, es que, en serio, Draco, me urge hablar contigo...
A Draco se le erizó la piel ante el tono de Harry. No atinaba a descifrar si estaba todavía enojado o qué, porque sonaba terriblemente serio... Además, "hablar", había dicho. Draco no pudo evitar sentirse un tanto decepcionado.
De pronto, la puerta de hoja doble que daba al salón se abrió de golpe y de la fiesta emergió una Hermione Granger demasiado acalorada y despeinada.
—¡Oh, aquí están! —exclamó, sonriéndoles mucho—. Ginny nos acaba de contar a Ron y a mí lo que pasó. ¡Pero qué par de caraduras esos dos! —dijo, y no necesitó decir nombres para saber a quienes se refería—. Menos mal que les han dejado las cosas claras, a ver si ya los dejan tranquilos. Harry, tendré que hablar contigo más adelante acerca de cómo lidiar con este tipo de brujas que emplean métodos mágicos nada honrados para hacer que te fijes en ellas.
Harry abrió la boca con indignación y Draco, por alguna estúpida razón, lo encontró adorable.
—¡Yo nunca me "fijé" en ella! —exclamó—. Si te refieres a sus encantos veela, te puedo jurar que nunca me han hecho ningún efecto, ni antes ni ahora. No como a Ron, al menos —agregó en tono sarcástico y Draco no pudo estar más orgulloso de él.
Granger puso los ojos en blanco.
—Como sea, igual no te salvarás de una charla de mi parte. En fin, ¿imagino que necesitan un sitio para estar a solas, no? Creo que es el momento perfecto para mostrarte tus nuevas oficinas, Harry.
—¿Mis nuevas oficinas? —preguntó éste, quien ahora sostenía la mano de Draco entrelazando sus dedos con los suyos y que además estaba acariciándola de un modo que quizá era inconsciente.
—Bueno, claro, ¿acaso pensabas que ibas a ser director de este centro y no ibas a tener tu propio despacho? No seas tonto. Síganme, es por acá.
Volvió a dedicarles una sonrisa muy amplia y cómplice, y comenzó a caminar delante de ellos. Subieron unas escaleras, caminaron un buen trecho y finalmente llegaron a la oficina principal del edificio, la cual, por supuesto, ostentaba el letrero con el nombre completo de Harry y su puesto como "director y entrenador en jefe". Harry sonrió mucho.
—Es grandioso, Hermione, gracias.
—Oh, pero no he sido sólo yo —dijo ella, mirando con las cejas arqueadas hacia Draco—. ¿Puedo suponer que ya has adivinado quién es el misterioso benefactor de las obras?
Harry miró hacia Draco. Durante todo el trayecto a pie hasta ahí no había volteado a verlo a la cara y éste se sentía sumamente nervioso, pues, realmente, por la actitud ambigua de Harry, no sabía qué esperar de esa conversación.
Pero Harry, al menos en ese momento, lo admiró con adoración.
—Sí, ya lo había adivinado antes y me lo han confirmado. ¿Y por qué el misterio? ¿Qué más da si todos se enteran? Recibirías el agradecimiento que te mereces, Draco.
Draco se encogió de hombros y trató de aparentar humildad. Miró a Harry con gesto coqueto.
—No necesito la aprobación de nadie más. Me basta con que lo sepan las personas que quiero —dijo en voz baja.
Y seguramente aquello fue lo más correcto que podía haber dicho porque tanto Harry como Granger lo miraron con orgullo y cariño. Draco sonrió más, pensando en lo sencillo que era manipular a esos Gryffindor. Lamentó no haberse dado cuenta de eso antes, mucho antes, allá en su otra vida...
Draco y Harry se quedaron viendo el uno al otro como idiotas y, después de unos segundos, Granger se notó incómoda.
—Bueno —dijo, abriendo la puerta de las nuevas oficinas de Harry—, los dejo aquí, chicos. Voy a darles, eh... Unos minutos, ¿de acuerdo? Después de su... de su conversación, les ruego que bajen de nuevo a la fiesta. La gente se iría enseguida si se dan cuenta de que te escapaste, Harry.
Harry se obligó a dejar de admirar a Draco para girarse a Granger. Sin soltar la mano de Draco, abrazó cariñosamente a la bruja con su brazo libre, le dio un beso en la mejilla y le susurró:
—Gracias. Eres la mejor de las amigas.
Granger le dio una palmada en el brazo, miró a Draco sonriendo, y se alejó. Harry lo miró de nuevo a él y, quizá, al no ver negatividad ni rechazo en los ojos grises de Draco, Harry tiró de él suavemente y ambos entraron al despacho, cerrando la puerta con llave.
Draco echó un vistazo rápido al lugar: era amplio y estaba amueblado con gran gusto. Granger se había tomado ciertas libertades, como la de poner alrededor algunas fotografías y pinturas mágicas de gente que Harry quería, incluyendo, no sólo a su familia y amigos, sino a sus antiguos compañeros de los equipos de quiddicth en los que había estado y gente de Hogwarts, como Hagrid y Dumbledore.
Un retrato muy grande de sus padres dominaba el muro detrás del escritorio. Draco los miró y soltó un suspiro. Se veían endiabladamente jóvenes, todavía más de lo que eran Draco y Harry en ese momento.
—Este cuadro es precioso —susurró—. Creo que le voy a pedir a Hermione una copia para ponerlo en la mansión.
Harry se sorprendió pero no dijo nada y Draco se asustó. ¿Sería que todavía pensaba en el divorcio? Oh no, no podía ser. ¿O sí?
Tratando de no dejarse dominar por ideas deprimentes, pensó que finalmente, a solas y en un lugar privado, había llegado la hora de arreglarse con Harry. Hasta ese momento todo habían sido buenas señales, pero con ese cabezotas nunca se podía saber. Draco se armó de valor, aspiró profundo y buscó a Harry con la mirada.
—Harry... —fue lo que dijo, deseando que fuera el otro quien comenzara el diálogo. Se sobresaltó porque, de pronto, Harry lo había soltado de la mano y dado un paso hacia él, tomándolo de ambas mejillas, obligándolo a elevar el rostro y encarándolo.
—Draco —exclamó Harry—, mira, comprendo bien que tenemos muchas cosas de qué hablar. Sé que anoche dije cosas horribles, y sé que tú me has estado ocultando algo importante. No voy a obligarte a decírmelo si no quieres, pero... Desearía que confiaras en mí. Porque eso que me ocultas, lo cambia todo, Draco, todo —continuó hablando con voz suplicante, mirando a Draco a los ojos. Éste sólo pudo asentir.
—Te... te lo contaré todo, por supuesto. Perdóname —pidió Draco de corazón, sonando muy sincero porque quizá era por otras razones por las que estaba pidiendo perdón.
Perdóname por no haber reconocido antes lo mucho que te quiero y te deseo. Perdóname por no haber hecho otra cosa más que lastimarte desde que llegué a este vistazo. Perdóname por no haber aprovechado cada segundo de esta, nuestra vida juntos… Ahora… ahora me arrepiento tanto de no haberle sacado el máximo jugo a cada maldito segundo...
Harry le sonrió radiante y acarició las mejillas de Draco con sus dedos pulgares, interrumpiendo sus tristes pensamientos.
—No te preocupes —susurró Harry, clavando sus ojos verdes en los labios de Draco—. Entiendo bien. Yo mismo he cometido ese pecado de guardar secretos a la gente que me quiere pensando que es por su bien, ¿no? ¿Acaso no les he estado ocultando a Ron y Hermione lo de mi trastorno? —dijo en voz muy baja, apenándose—. A veces, uno cree que hace lo mejor guardando silencio. Pero uno debe saber bien con quién, Draco Malfoy.
El tono a regaño con el que había dicho la última frase, hizo sonreír a Draco.
—Entonces, ¿no vas a divorciarte de mí? —preguntó con voz temblorosa.
Harry soltó una risotada y negó con la cabeza, ferviente.
—¿Y dejarte libre para que ese maldito rumano te ponga las manos encima? Oh no, señor Malfoy. Me temo que no.
Draco sonrió sinceramente.
—Oh, cuán decepcionados estarán todos los fans que se mueren por probar un poco de ti, Potter. Entre ellos y principalmente, esa chica Delacour.
—Que se jodan todos —suspiró Harry y se inclinó hacia delante, hasta que sus labios rozaron los de Draco, apenas levemente, como toque de alas de mariposa. Draco dejó salir un suspiro entrecortado. Levantó los brazos que, hasta ese momento, había tenido laxos a los costados, y tomó a Harry de las caderas—. A estas alturas ya deberían saber que sólo existe una persona en todo el mundo para mí. Carajo, Draco —agregó, justo sobre los labios del otro, conteniéndose, acariciando las mejillas de Draco con rudeza, como poniendo énfasis a su punto—, a pesar de todos los años que tenemos juntos, creo que cada día te deseo más y más. Me vuelves loco.
Draco sonrió presuntuoso. Jamás, en toda su vida, habría podido soñar con escuchar al Elegido decir semejante cosa refiriéndose a él.
—Creí que... —murmuró Draco encima de la boca del otro—, creí que íbamos a hablar. ¿No querías que te contara lo que me ha estado pasando...?
Harry asintió levemente. Sacó la lengua y, delicado, lamió el labio inferior de Draco. Éste se estremeció tan fuerte que tuvo que sostenerse de donde estaba agarrado de Harry.
—Sí, claro que quiero, pero... —Harry ingresó la lengua entre los labios entreabiertos de Draco y éste cerró los ojos, sobrepasado—... Pero no ahora. Después. Después.
—Sí, después —repitió Draco, asintiendo también. Sí, después sonaba bien. Porque, ¿quién quería hablar justo en ese momento? Draco pensó que había cosas muchísimo más interesantes que hacer—. Oh, Harry, por dios —exclamó, rodeando sus brazos alrededor de la espalda de Harry y acercándolo más a él.
Ese movimiento actuó como la luz en verde que Harry estaba esperando para perder el control.
—Draco —gimoteó—, oh Draco, cómo te he extrañado, cómo te...
No pudo decir más porque dejó caer su rostro sobre el de Draco y comenzó a besarlo con dureza, casi enojado, muy ansioso y desesperado. Draco gimoteó y abrió la boca, aceptando aquel asalto con extremo gusto. Apretó entre sus puños la tela de la túnica que Harry traía puesta y Harry bajó sus manos desde su cara hasta rodearlo también por la espalda. Harry comenzó a empujarlo, a maniobrarlo para que Draco caminara hacia atrás, y ambos se movieron así por el despacho, sin dejar de comerse la boca con urgencia, como danzando. Draco alcanzaba a escuchar, muy a lo lejos, la hermosa música interpretada por la orquesta y pensó que estar ahí era millones de veces mejor que bailar en la pista sólo para hacer enojar a los demás.
Porque Harry Potter era suyo. Harry lo quería sólo a él. A él.
El trasero de Draco golpeó el borde del escritorio y se detuvieron ahí. Harry no perdió el tiempo: se restregó contra Draco a la vez que lo soltaba de la espalda para realizar, con las manos, un movimiento que, Draco sabía, era invocación mágica.
Dicho y hecho, con aquel gesto, Harry le abrió con magia a Draco toda la ropa que traía puesta: su túnica de gala y su camisa de seda, dejándole el torso al descubierto. Draco gimoteó, tan excitado que creyó que podría morir, nunca nadie lo había desnudado así. Harry se separó un poco de él, dejó de besarlo en la boca y procedió a admirar con ojos ávidos la pálida piel de su pecho.
—Draco, oh Draco. Eres... eres tan bello, tan hermoso, dios, cómo me gustas, cómo te amo.
Con sus manos grandes y firmes, Harry lo acarició desde el centro del pecho hacia los lados, rozando sus tetillas, deteniéndose ahí un momento, acariciando con los pulgares hasta hacerlo estremecer. Draco emitió un siseo y se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda sobre el escritorio y quedando en un ángulo un tanto incómodo. Pero la incomodidad era lo que menos le importaba en ese momento. Ofreciéndose así a Harry, éste bajó su cabeza sobre él y procedió a besar, lamer y mordisquear cada centímetro de la piel libre de cicatrices que Draco tenía ahí.
Después de un par de minutos donde Harry parecía querer comérselo entero, trazó con su lengua el camino hacia arriba y hacia un lado, llegando al cuello de Draco y aferrándose ahí. Le dio una mordida muy fuerte que bastó para que Draco se estremeciera en un espasmo de placer. Se arqueó hacia arriba y, sintió, aun entre las telas de toda la ropa que tenían puesta, la erección de Harry tocando directamente su entrepierna.
Quiso decir algo sarcástico para disminuir un poco la intensidad del momento, pero no pudo hacerlo. No cuando escuchó que Harry murmuraba, ardiente y húmedo contra la piel de su cuello:
—Voy a follarte aquí, justo aquí. Draco, no tienes idea de lo muchísimo que te he echado de menos, joder, creía que me volvía loco cada noche que pasé lejos de ti...
Draco, quien por lo regular no solía ser el pasivo en aquellos ligues de una sola noche que solía tener en su otra vida, no pudo menos que asentir con vehemencia en ese momento. Por alguna razón, pensar en Harry entrando en su cuerpo lo hizo gimotear… Sólo de imaginarlo, ya casi estaba derramándose. No sabía si iba a poder aguantar.
—Joder, Harry —resopló, rebasado por tantos estímulos. Entonces, pensó algo y soltó una risita—. Estamos muy urgidos en darles uso a tu nuevo escritorio y oficina, ¿no, señor director?
Harry levantó la cara desde su cuello y lo miró con ojos brillantes. Le sonrió feroz y Draco se estremeció por lo guapo y excitado que Harry lucía así, con sus gafas torcidas, su cabello revuelto y las mejillas encendidas.
—No se me ocurre una mejor manera de estrenar este mueble —susurró, comenzando a desabrochar el pantalón de Draco con rapidez y presteza—. Y confiaré en que no será la única vez que esto suceda aquí.
Draco sonrió mucho y levantó las manos para acariciar el rostro de Harry. Le parecía tan bello que no se cansaba de verlo. Le quitó las gafas y las dejó a un lado.
—Vendré a visitarte lo más seguido que pueda. Tantas veces como tú quieras.
Harry sonrió mucho más.
—Entonces, será cada día, señor Malfoy.
Para ese momento, Harry ya había terminado de abrirle los pantalones. Draco, torpemente, estaba intentando abrir los de Harry a ciegas. Harry soltó una risita que sonó como música a oídos de Draco, le quitó las manos y él mismo se abrió su ropa. Sin ninguna ceremonia ni pudor, se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón, dejándoselos hasta los tobillos.
A pesar de la incómoda posición en la que se encontraba, con la espalda curvada hacia atrás sobre el escritorio y con Harry casi encima, Draco intentó incorporarse un poco para echarle un vistazo a la mitad inferior del cuerpo de su esposo. No pudo ver mucho, pero sí fue perfectamente visible para él la erección enorme que Harry ya ostentaba.
Draco siseó de placer ante la visión. Oh dios, se moría por besarla, por tocarla, tenerla dentro de él, ya, ya...
—Joder, Harry, fóllame ya, te lo suplico —gimoteó y Harry gimió al escucharlo.
De un tirón, Harry le bajó a Draco también su ropa inferior y, entonces, se separó de él para tener el espacio suficiente para girarlo por encima del escritorio. De ese modo, Draco se vio a él mismo boca abajo, doblado a la mitad, con la camisa y la túnica abiertos, la piel de su pecho tocando la helada madera de un escritorio reluciente de nuevo, con el culo desnudo hacia atrás.
Encontrarse en aquella postura tan vulnerable y tan abierta lo hizo estremecerse de placer contenido. Nunca se habría imaginado a él mismo comportándose así de sumiso y disfrutar como loco por ello, pero ahí estaba. Suponía que con Harry Potter las cosas siempre eran así de diferentes. Así había sido antes y así sería siempre.
Harry, desde atrás, empujó las túnicas y la camisa de Draco hacia arriba lo más que pudo para apreciarle la espalda. Conforme retiraba la ropa, acariciaba la piel de Draco con ardor, con muchísima adoración. Draco alcanzaba a escucharlo emitir incoherencias acerca de lo hermoso que era, de lo mucho que lo deseaba, de cómo lo había estado volviendo loco con tantos días de abstinencia. Escuchar a Harry tragar entre frase y frase era señal inequívoca de que el show de Draco lo estaba haciendo salivar y eso era extremadamente estimulante.
Draco gimió, cerró los ojos apretados y empujó las caderas hacia atrás.
—Harry, Harry, por favor...
Sintió las manos enormes de Harry sostenerlo de las nalgas y acariciarlo con fervor.
—Oh Draco, Draco.
Sintió los pulgares de Harry rozándole la suave y fruncida piel de su entrada, escuchó al moreno emitir las palabras del encantamiento de dilatación y lubricación y Draco jadeó ante la incómoda sensación de frialdad y flacidez que sintió en el culo. No obstante, comenzó a salivar, tan excitado que creyó que podría explotar.
Presentía que empaparía el escritorio de Harry tanto de saliva como de preseminal. Su erección, necesitada y tan dura que apenas sí podía soportarlo, se bamboleaba debajo de él justo junto al borde del mueble, escurriendo preeyaculatorio por todos lados.
Harry se movió detrás de él y Draco sintió el miembro del otro mago deslizarse por lo largo de su trémula hendidura, arriba y abajo, provocándolo. Gruñó y se empujó hacia atrás, exigiendo, y entonces Harry, quien también parecía no aguantar más, comenzó a empujar sus caderas hacia adelante, apenas un poco, presionando la punta de su erección contra la mojada y abierta entrada de Draco. Éste se arqueó hacia arriba y se empujó hacia atrás, pidiendo más. Sabía que en esa ocasión todo iba a ser muy rápido y rudo, pero no le molestaba, él también lo necesitaba así. Y, aunque para Harry no era la primera vez con Draco y para éste sí, rápidamente pensó que ya tendrían otras ocasiones para compensar lo mucho que Draco necesitaba hacer una exploración exhaustiva tanto visual como táctil del cuerpo de su esposo.
Ya tendría tiempo, mucho tiempo, otras veces más. Esa noche, ya juntos en su cama, y las siguientes, y toda la vida.
Harry comenzó a penetrarlo delicado y con cuidado. Muy, muy lentamente. Draco, quien podía sentir su cuerpo dilatándose y aceptando poco a poco la erección deliciosa y gruesa de Harry, gimió largamente y se dejó caer hacia delante. Se juró que no iba a renunciar a eso ahora que lo tenía.
Estiró los brazos hacia los lados y se aferró de ambos bordes del escritorio al tiempo que echaba sus caderas todavía más hacia atrás, hacia Harry. Lo escuchó gimotear con gran placer conforme su erección se abría paso dentro de su cuerpo y, finalmente, se alojaba en su totalidad. Draco podía sentir la ardiente piel del vientre de Harry apoyado contra sus nalgas, el vello púbico del otro haciéndole cosquillas, su propio culo imposiblemente abierto y lleno, y no pudo evitar sonreír feliz.
No podía creerlo. Lo estaba viviendo y sintiendo, y aún así, le costaba dar crédito. Por fin estaba pasando. Por fin. Nada de lo que había vivido con ningún otro amante lo había preparado para la majestuosidad de ese momento.
Ambos se quedaron así durante un instante, ambos gimiendo, arqueando sus cuerpos para acercarse más el uno al otro, Harry usando sus manos para acariciarlo de donde podía: de la espalda, de las caderas, aferrándole las nalgas y separándoselas más. Se dejó caer encima de Draco y volvió a besarlo en el cuello, tierno y delicado, como queriendo compensar con dulzura el maltrato de aquella penetración tan bruta y sin nada de preparación.
Pero, francamente, a Draco le importaba un comino que no hubiese habido preliminares. Creía firmemente que la situación no estaba para haber hecho el amor calmadamente, oh no. Lo que Harry le estaba dando en ese momento, si bien no cumplía con todos sus sueños y expectativas, era más que suficiente para comenzar... y vaya manera de comenzar.
Justo eso pensaba cuando Harry, quien parecía no resistirlo más, comenzó a lamerle una oreja mientras le susurraba palabras ardientes y movía sus caderas hacia atrás, saliéndose, volviendo a empujar con rudeza, provocando que Draco se convirtiera en una masa aguada de placer y gimoteos.
—Abre… abre más… las piernas, cariño —le susurró Harry con voz sofocada contra la oreja, y Draco obedeció. Soltó un aullido cuando la erección de Harry le golpeteó la próstata y continuó dándole ahí.
Creyó que iba a desmayarse. La cabeza le daba vueltas, el placer era inmenso para ser soportado, se sintió mareado y lleno de estímulos del mejor tipo. Iba a morirse, estaba convencido. Quiso pedirle a Harry más, y más duro, pero no podía hablar. Harry ya estaba embistiéndolo tan fuerte que, con cada empellón, ocasionaban que el pesado escritorio de madera se moviera unos milímetros hacia delante. Draco estaba seguro de que el ruido se escucharía hasta el salón de la fiesta y, por alguna razón, deseó que fuera así.
Sintió a Harry moverse hacia atrás. Se incorporó un poco, alejando su boca y pecho de Draco, para poder sostenerlo de las caderas y penetrarlo con movimientos más duros y firmes.
—Oh dios mío, Draco —masculló con voz quebrada, pronunciando cada palabra al mismo ritmo con el que lo penetraba—, no voy a aguantar mucho más, es que te extrañé tanto, joder, joder...
Uno de sus brazos rodeó las caderas de Draco y su mano buscó la erección de éste. Comenzó a acariciar a Draco con rudeza y al mismo ritmo, y Draco volvió a gritar, incapaz de quedarse callado, muriendo por tantas sensaciones juntas. El mundo se volvió blanco, compasivo y dulce cuando finalmente se corrió, empapando la mano de Harry y su escritorio. Harry gruñó al sentir a Draco culminar, y, después de un par de penetraciones más, se clavó en Draco lo más adentro que pudo y también finalizó.
Draco no pudo parar de sonreír mientras sentía a Harry llenar su interior con su ardiente esencia. Era el mejor sexo que había tenido en su vida, sin duda alguna, no importaba si había sido así de descuidado y precoz. No podía dejar de pensar en cómo sería cuando ambos ya tuvieran todo el tiempo del mundo acostados en su propia cama, en su casa. No podía esperar.
Pero tenía que hacerlo.
Harry colapsó encima de él y los dos se quedaron un muy largo rato ahí, tocándose piel a piel, combinando sus sudores y jadeando profundo para recuperar el aliento. Harry no paraba de besarlo y susurrarle palabras de adoración.
—Este fue el mejor orgasmo que he tenido en años —jadeó Draco en respuesta, sin darse cuenta de lo que decía.
Harry, apenas levantándose de encima, le dio una fuerte nalgada mientras se salía de su cuerpo.
—Sí, claro —resopló—, eso dices cada vez.
Draco giró la cabeza sobre la madera del escritorio para ver a Harry a la cara. Éste le estaba sonriendo con gran cariño y Draco, en un impulso, estiró una mano hacia él.
—No te vayas. No todavía —le suplicó.
Harry, enternecido, se acercó de nuevo y tomó la mano que Draco le ofrecía. Era la izquierda, la que tenía la argolla de oro impregnada con su magia. Harry bajó la mirada hacia la joya, la acarició con la punta de sus dedos y sonrió con melancolía.
—Cuando nos casamos, te juré amor eterno, Draco —susurró sin verlo a los ojos—. Y no sólo eso. Juré que estaría contigo en la salud y en la enfermedad. Y mientras mi magia persista en esta argolla, así será.
Draco pasó saliva, sobrepasado. ¿Eso quería decir que, mientras ellos dos se amaran, cada argolla tendría rastros de la magia del otro?
Se incorporó, abrazó a Harry de frente y buscó su mano izquierda. Con temor, rozó con los dedos la argolla que Harry tenía puesta ahí y sintió una extraña mezcla de alivio y aprensión cuando se percató de que, en efecto, en aquella joya latía su propia magia. Cerró los ojos y bajó el rostro.
Tenía que confesarlo, no podía seguir negándoselo más.
—Te amo, Harry —susurró, lleno de miedo, lleno de esperanza—. Te amo como no amé a nadie, nunca. Ni en esta vida ni en ninguna.
Harry lo tomó de la barbilla y lo obligó a elevar el rostro. Draco abrió los ojos y miró a Harry la cara. Los ojos verdes de Harry estaban húmedos y Draco sintió que temblaba de pies a cabeza.
Y así, con el aliento entrecortado y la piel embarrada de sudor, semen y saliva, aquellos dos esposos se entregaron a un beso suave y lento que, aún breve, pareció abarcar la eternidad.
