NOTA: Sí, sí, hemos vuelto… Somos dos y los asuntos de la vida real no perdonan, pero esperemos que ustedes sí XD


Son las dos y media de la mañana y Kyoko aún no ha podido conciliar el sueño. Su cabeza aún da vueltas, llena de risas, sorpresas y torbellinos de emociones mal disimuladas. Kyoko se lleva una mano al pecho, justo sobre su corazón y suspira una vez más, como si así pudiera hacer que le doliera menos. Porque efectivamente le duele. Le duele que él haya tenido que llamarle la atención sobre dejar de verlo como un dios, y que haya tenido que 'bajarse del pedestal' él mismo. Le duele porque es como un grito desesperado para ser visto como quien realmente es, el muchacho real que vive tras el nombre de Tsuruga Ren. Y si hay algo que Kyoko entienda bien es precisamente la soledad de la máscara. Ella misma ha llevado una toda su vida… Porque si era perfecta, la niña perfecta, la perfecta casi-prometida, la perfecta nuera y la estudiante perfecta, si renunciaba a todos sus sueños (o a la opción de crear sus propios sueños), no la dejarían atrás y nunca más estaría sola. Ah, pero siempre acabas sola… Cada vez que renuncias a ti, a un pedazo de ti, crece el vacío que te separa de los demás. El resto, solo es una falsa ilusión, un espejismo.

Kyoko siente que las mejillas se le encienden, de pura vergüenza propia, porque solo ahora entiende que él ha intentado esto antes, el abrirse un poco a ella… Cada broma que ella malinterpretó, cada mirada que se negó a calificar, cada sonrisa falsa a destiempo, eran indicios del hombre real. Pero claro, para ella también era muy cómodo vivir así, descartando y desechando sin más todo lo que no encajara con 'Tsuruga Ren, actor y sempai', porque de esa manera su pequeño mundo se mantenía intacto y a salvo.

Y en el fondo, al final de todo, al final de esta noche, Kyoko siente su corazón henchirse de alegría, porque él la ha elegido a ella para ser él mismo, para verlo y conocerlo con todos sus defectos (sí, de acuerdo, tiene unos cuantos y no es para nada perfecto). Para ser su amiga, incluso… Y eso es algo que no acaba de entender, y que puede que nunca lo entienda, cómo es que él confía precisamente en ella para revelarle su verdadero ser.

En cambio, sería absolutamente lógico que lo hicieras con tu novia, con la persona a la que amas y con la que quieres compartir el resto de tu vida. Es a una novia a quien se agasaja con flores, una mesa hermosamente dispuesta, y una cena a la luz de las velas.

Sí, justo como su apartamento hoy.

Su novia, claro. ¿Quién si no? Porque ¿qué otra razón podía haber para que Tsuruga-san tuviera flores en su apartamento?

Pero –y esto es UN PERO ENORME— todo eso lo había preparado Yashiro-san.

Y Yashiro-san era muy consciente de que sería ella la que venía a cenar esa noche al apartamento de Tsuruga-san. Ella, y no otra. Mogami Kyoko y no su supuesta novia. A Kyoko la cabeza parece a punto de estallarle, y cierra los ojos tratando de combatir el resultado de su proceso de razonamiento. Pero es inútil. La conclusión se formula en su mente con todas las letras: ¿Eso la convertía a ella en la destinataria de tal despliegue visual y supuestamente romántico?

A ella. A Mogami Kyoko.

Tremenda tontería.


Meiko y Hima-hime están grabando una escena cuando Ren se incorpora al plató. Es una de esas escenas de amigas del alma, ambas en pijama y abrazadas a su almohada, contándose sus sueños entre bromas y verdades. Ren no puede evitar que su mirada se suavice cuando la ve y que una sonrisa pequeñita se abra camino. Kyoko llevaba un pijama de colores de esos baratos, que pueden encontrarse a un económico dos por uno en cualquier hipermercado, y se ve vulnerable y linda, en su muy parcial opinión, a pesar del esmerado trabajo del personal de peluquería y maquillaje por hacerla lucir precisamente lo contrario.

Pero un codazo mal disimulado en las costillas le recuerda que no es el único que observa el rodaje.

—¿Cómo fue la cena anoche, Reeeen? —pregunta Kijima en un susurro, y con una sonrisita horrorosa que le hace preguntarse si Yukihito y él serán parientes.

—Muy bien, gracias —responde él, en voz aún más baja, negándose a darle más información. Ni loco iba darle voluntariamente material con el que lanzarles indirectas. Aunque básicamente, a Kyoko le pasarían volando por encima de la cabeza sin entender ni una… Pero no, gracias.

—Ahora tienes una escena importante con Kyoko-chan, ¿verdad? —continuó Kijima. Y la pregunta fue adornada con un movimiento de cejas sugerente que le provocó escalofríos a Ren. De verdad, Yukihito y él tenían que ser familia…

Al final, él solo respondió con un asentimiento de cabeza.

—¿Y ya la has practicado con ella? —Y dale. Ren puso los ojos en blanco, dudando aún entre dignarse a darle una respuesta o ignorarlo hasta que se aburriera—. Anda, dime —insistió él, y esta vez ni siquiera era un susurro.

—¡CORTEN! —bramó Morikawa, furioso. El hombre giró el torso en su silla y volvió a gritar—. ¡KIJIMA-SAN, POR FAVOR!

—Perdón, perdón —se apresuró a decir él, inclinándose varias veces como disculpa, con ese aire de niño inocente que nunca ha roto un plato. Nadie se lo creyó, obviamente. Y Morikawa, menos.

—¡REPETIMOS!


Más tarde, Kim tira de la mano de Meiko por todo el restaurante, atestado de gente, hasta encontrar una mesa de la que se acaba de levantar una pareja, y se desploma sin ninguna elegancia sobre el asiento. Ella se sienta enfrente y mira con cierta reserva (es repugnancia, de acuerdo) la mesa sin limpiar. Pero a Kim, claro, como todo aquello que tenga que ver con la higiene en general, le importa un comino.

—¿Rábanos encurtidos? —pregunta Meiko, una vez la camarera les deja su pedido—. ¿En serio?

—Son del Darumaya —dice Kyoko, empujando suavemente el frasquito de cristal sobre la mesa—. Pensé que te vendrían bien para la escena de mañana.

—Me apetecen —responde Kim, mirándolos con gula.

—¿Me los tengo que comer? —pregunta Ren con un hilo de voz, tragando saliva y palideciendo al ver aquellas cosas amarillas cortadas en rodajitas.

—Y si no los quieres, Jackson —le dice, atrapando una rodaja con los palillos y paseándola por delante de su cara—, más para mí. —Y luego la lanza al aire para atraparla con la boca, para estupor de Meiko. Y él, le sonríe victorioso con la boca abierta y la comida medio masticar.

—¡Tsuruga-san! —exclama Kyoko, apresurándose a limpiarle la cara con una servilleta—. Te estás poniendo todo perdido.

—Estoy practicando.

—¡Estás jugando con la comida, que es muy distinto!

Al final, Meiko se descubre disfrutando de las payasadas de Kim y acaba tirándole rodajas para que él las atrape al vuelo.

Kyoko se dice que es un ensayo, solo un ensayo improvisado, pero maldita sea, ver a Tsuruga-san haciendo el payaso no tiene precio. Parece más joven, menos Tsuruga y más él, quienquiera que sea…

Meiko ríe, feliz, cada vez que él atrapa la rodaja.

Kyoko ríe. La risa feliz de Kyoko, la verdadera sin disfrazar, aquella que solo había visto en Guam con un coco entre medias.

Y Kim no puede evitar quedar cautivo del sonido de su risa.

Y Ren no puede evitar quedar cautivo del sonido de su risa.