Tras lo acontecido a Katie Bella la preocupación entre el alumnado de Hogwarts era palpable, incluso algunos estudiantes comenzaban a pensar que la escuela ya no era segura. En esa semana la profesora McGonagall dio el aviso de que se suspendían las excursiones al pueblo hasta la vuelta del director. De nuevo Dumbledore estaba ausente, esas continuas desapariciones hacían que Harry se sintiese abandonado por su mentor. No lograba entender los frecuentes viajes de Albus pues durante ese curso el mago debía encargarse de prepararle para enfrentarse a Lord Voldemort ¿Cómo iba a hacerlo si casi nunca se encontraba allí? En su ausencia Harry seguía trabajando en su relación con el nuevo profesor de pociones, el experimentado señor Slughorn. Un hombre bastante excéntrico que disfrutaba dedicando tiempo a un reducido grupo de estudiantes, sólo a los que consideraba mejores en su rama mágica. El director le había pedido a Potter que se mantuviese cerca de él, debía conseguir algo de ese hombre y para eso tenía que ganarse primero su confianza. Curiosamente lo que le dio el acceso al "Club de las eminencias" de Horace fue el viejo libro de "Elaboración de pociones avanzadas" que obtuvo por casualidad a principio de curso en la misma clase. Ese libro contenía apuntes muy interesantes para mejorar las pociones y también algunos hechizos de creación propia. Harry había descubierto que el libro perteneció al "Príncipe mestizo" pero desconocía la verdadera identidad que se escondía tras ese título. A pesar del rechazo que Hermione manifestaba por el hecho de que lo usase el joven había descubierto que gracias a esos apuntes estaba aprendiendo más, no sólo en pociones si no también en hechizos.
— Pero podrían ser peligrosos — Le avisó Granger mientras cortaba la carne que tenía en su plato.
De nuevo el tema de conversación de los amigos era el libro de pociones del "Príncipe mestizo" y el uso que Harry hacia de él.
— Yo creo que son divertidos, esta mañana Harry me colgó por el tobillo — Dijo Ron mientras reía — Una broma digna de mis hermanos.
Hermione se sorprendió al escuchar eso.
— ¿Has usado un hechizo desconocido en tu amigo? — Le preguntó mientras negaba con la cabeza intentando ocultar la preocupación que le hacia sentir ese hecho — No puedo creer que seas tan irresponsable Harry.
— Vamos Hermione, no es para tanto. Sólo ha sido una travesura y he caído en la cama así que salí ileso — Explicó Weasley antes de darle un mordisco a un muslo de faisán que estaba comiendo.
— Tú cállate — Respondió la joven molesta porque Ron le hablase directamente.
El pelirrojo la miró haciendo un puchero por ese ataque a su persona tan gratuito.
— ¿Todavía sigues enfadada con él? — Preguntó Harry sin ocultar lo cansado que estaba de tener que soportar lo que él consideraba niñerías — Ya ha pasado una semana, superadlo.
— ¿El hecho de que él y su novia sean unos traidores? — Preguntó la chica evitando mirar a Ron.
— Tenemos cosas más importantes en las que pensar — Dijo Potter con asombrosa madurez.
— Claro, todo lo que te implica es más importante Harry. Empiezo a pensar que Snape tiene razón — El enfado y el dolor se mezclaban en el sincero comentario de la chica.
— ¿Sobre qué Hermione? — Preguntó el chico extrañado por el reproche de su amiga.
— Sobre ti — Dijo clavando su mirada en los ojos verdes de su compañero — Crees que eres mejor que todos nosotros. Para ti tus problemas son lo más importante, tu misión es en lo único que piensas y no te das cuenta de cómo todo se derrumba a tu alrededor.
Harry no podía ocultar su sorpresa, ¿por qué pagaba su frustración con él?
— Hermione, sabes que no es así — Se quejó el chico recordando la cantidad de veces que había estado para ella, sobre todo desde que Ron y Lavender habían estrechado su relación.
— No os peléis, por favor — Pidió Ron al ver como sus amigos comenzaban a discutir, no podía evitar sentirse culpable por ello.
— Ronald no se qué haces con nosotros, ¡vete a comer con tu novia! Aquí no pintas nada... — Hermione miró hacia la otra punta de la mesa de los Gryffindor donde solía sentarse Lavender con sus compañeras para comprobar cómo la susodicha reía ajena a todo con su grupo de amigas.
Ron intentó ocultar el dolor que sentía al escuchar esas palabras y guardó silencio.
— Él sigue siendo mi amigo Hermione, no dejaré que lo apartes porque te estés volviendo loca — Interrumpió Harry al ver como su amiga se estaba pasando de la raya.
— Perfecto, entonces la que sobra aquí soy yo — Concluyó la joven molesta por sus palabras.
Acto seguido se levantó de la mesa para irse del "Gran comedor".
— Espero que puedas sobrevivir sin mi ayuda Potter — Murmuró como un mal augurio antes de alejarse de ambos.
Harry la observó marcharse con un poso de intranquilidad dentro de él. No entendía que le estaba ocurriendo pero comenzaba a preocuparle.
La joven sentía como la cabeza le martilleaba incesantemente y que sus emociones volvían a dominarla. Necesitaba paz, debía encontrar un sitio tranquilo y solitario para calmarse. Por suerte como prefecta conocía los horarios tanto de los docentes como del alumnado. Era viernes por la tarde así que al finalizar el almuerzo no proseguían las clases pues se daba comienzo al fin de semana. Ella debía asistir a la reunión de prefectos pero no estaba de humor para ello así que por primera vez desde que ostentaba el cargo se abstuvo de presentarse. El resto de los estudiantes se retiraría para cumplir con sus respectivas tareas lectivas y el profesorado celebraba su reunión semanal donde se ponían al día de todo lo acontecido en la semana. Sabía que sería presidida por la profesora McGonagall como directora en funciones y que era de asistencia obligatoria para todos los docentes. Con toda esa información la muchacha descartó retirarse a su sala común pues estaría atestada de sus compañeros. A su mente vino el despacho en desuso de DCLAO, en el cual hacía unas semanas había descubierto al profesor Snape pero que en esos momentos estaba segura que se encontraba desocupado. Al recordar lo allí acontecido una extraña sensación de familiaridad la embargó, supuso que ese tocadiscos le había hecho recordar a su padre y el tiempo en el que solamente era una niña muggle acompañando a su progenitor a las tiendas de antigüedades. En esos momentos la vida sencilla que había dejado atrás al descubrir que era una bruja se le antojaba más deseable que todo en lo que se veía envuelta actualmente. Sin saber si ese aire de nostalgia guiaba sus pasos se encaminó a la gran torre. Tras ascender por las interminables escaleras llegó al tercer piso de la misma y entró al aula correspondiente. Como imaginaba no se hallaba nadie por el lugar así que intentó acceder al despacho. Al comprobar que la puerta se encontraba cerrada sacó su varita del bolsillo de su capa.
— Alohomora — Conjuró para abrirla sin necesidad de tener la llave.
Al entrar en la habitación se apresuró a cerrar la misma con un hechizo, si alguien la descubría allí podía meterse en más problemas de los que ya estaba. Una vez hecho esto caminó hasta el viejo tocadiscos, el cual seguía en el mismo lugar. Se le cruzó la idea de intentar hacerlo funcionar pero pensó que su vida corría peligro si se atrevía a tocar un objeto tan querido por su temido profesor.
"Dijo que era una herencia familiar... ¿Un objeto muggle?" — Pensó mientras su mente cavilaba.
Con delicadeza acarició la piel de la maleta gastada donde se guardaba el tocadiscos.
"¿Será que sus antepasados tenían alguna relación con los muggles?"
Sabiendo que era incapaz de hallar respuesta a esas preguntas decidió alejarse del objeto. Sus ojos recorrieron la habitación, demasiado impersonal para su gusto, buscando un lugar donde sentarse. Para su disgusto no había ninguna butaca o sillón que le dieran comodidad, sólo una vieja silla de madera que servía para utilizar la mesa de escritorio. Ese lugar estaba marcado por la austeridad. Con resignación tomó asiento en ella haciendo que la madera crujiese. De su bolsa escolar sacó el dichoso libro que según parecía la hacía ver a ojos de los demás como un bicho raro.
— No entiendo porque todos se vuelven locos por el hecho de que lea esto... Harry tiene un libro con hechizos ilegales y no veo a Ron perder la cabeza por ello — Masculló enfadada.
Durante unos minutos se perdió en su lectura políticamente incorrecta, y no porque le agradase leer lo que allí había dejado plasmado Salazar Slytherin sino porque sabía que para entender ciertos pensamientos y teorías debía estudiar su origen.
De repente un ruido la sobresaltó. Miró horrorizada como alguien estaba a punto de acceder a la habitación. Con rapidez cerró el libro y se agachó hasta colocarse debajo de la mesa tratando de ocultarse.
"Ojalá tuviese la capa de Harry" — Pensó antes de ver los ropajes negros de la persona que entraba.
Como un acto instintivo cerró los ojos y aguantó la respiración, ¿todavía podía salir indemne de esa travesura?
Severus notó enseguida que alguien había estado en su oficina, un ligero aroma floral permanecía suspendido en el aire. Sus ojos encontraron a la intrusa bajo el escritorio pues la muchacha no había contado con que la madera no podía ocultar la totalidad de su cuerpo. Una pequeña sonrisa de incredulidad se dibujó en sus labios, parecía que la niña no dejaba de sorprenderlo. Sin hacer ruido se acercó hasta la mesa para asomarse a ella.
— Señorita, ¿puede decirme que hace aquí? — Preguntó con calma.
Hermione abrió uno de los ojos mientras seguía acurrucada en el suelo. En esos momentos esperaba que gritos e improperios saliesen por la boca del profesor Snape, en cambio parecía observarla con total tranquilidad.
— Puedo... ¿explicarlo? — Respondió con inseguridad.
Sin esperar más Severus separó la silla del escritorio para facilitar la salida de la muchacha.
— Salga de ahí, ya no es una niña para que tenga estos comportamientos — Dijo mientras le tendía la mano.
Hermione aceptó su ofrecimiento para salir del pequeño espacio. Al incorporarse y quedar enfrente del hombre éste vio que sostenía contra su pecho el libro de "El poder de la sangre"
— Veo que sigue con su lectura — Mencionó mientras observaba la decoración de la portada.
— Sí, aunque creo que no por mucho tiempo — Respondió separándolo de su cuerpo y dejándolo sobre la mesa — Todo lo que quería averiguar con él ya lo he hecho.
— Me gustaría que compartiese conmigo ese conocimiento — Confesó su profesor con verdadero interés.
— No sé en qué podría ilustrarle yo — Admitió ella.
— En su particular punto de vista sobre lo que se expone en él — Aclaró Severus.
— Ya... supongo que el hecho de que lea este libro es como si un judío estudiase un panfleto de propaganda nazi — Comentó ella negando con la cabeza.
— Interesante símil — Respondió el hombre conocedor de los acontecimientos de la historia muggle a los que hacía referencia.
— El odio es una motivación universal — Se quejó la joven — Da igual en qué mundo te halles.
El profesor asintió pues la chica tenía razón. Los humanos sin importar si son mágicos o no son capaces de cometer verdaderas atrocidades contra sus congéneres.
— Pero muchas veces el odio nace del miedo. El miedo a sufrir, a perder, a que otros puedan ser mejores que tú. Sentir que te roban lo que te pertenece por derecho. Ese temor se respira en este libro — Prosiguió la joven colocando la mano encima de la cubierta — Sé que los Mortífagos lo leen para convencerse de que hacen lo correcto o que todo es por un bien mayor pero... yo sólo veo desconfianza transformada en estúpidos prejuicios. Sentir miedo siempre ha estado asociado a la debilidad, en cambio el odio está ligado al poder... o por lo menos creo que ellos deben de pensar así.
Por un momento Severus se sintió incómodo por las palabras de la joven. Era como si se hubiese visto reflejado en ellas.
— ¿Y qué era lo que buscaba en él? — Preguntó deseoso de escuchar su disertación.
— Buscaba lo que promete el título, el poder que tiene la sangre — Explicó volviendo a perderse en los oscuros ojos de su profesor.
— ¿Cree que un mago de sangre limpia es más poderoso que uno mestizo? — Volvió a preguntar Severus mientras pensaba en su propio estatus de sangre.
— No, el tiempo ha demostrado que la pureza de la sangre no garantiza la magnificencia en la magia — Respondió la joven con seguridad en lo que afirmaba.
— Y entonces, ¿le ha servido de algo su lectura? — El profesor formuló la pregunta pues estaba decidido a saciar la curiosidad que sentía por todo ese asunto.
— Por supuesto, habla muchísimo de las líneas mágicas. De cómo los poderes de los magos eran transmitidos a su descendencia. El miedo hacia lo que podía ocurrir con la magia debido al mestizaje es algo palpable desde las primeras páginas — Expuso Hermione.
— Como si la magia pudiese perderse cuando sólo es posible compartirla — Reflexionó Severus más para sí mismo que para la joven.
Esa frase caló en el sentir de la muchacha, por primera vez veía que los dos pensaban de igual manera.
— ¿Por qué ha venido hasta aquí? Hay mil sitios en el castillo para leer sin ser molestada — Inquirió el hombre volviendo a poner la atención en su alumna.
— Necesitaba volver — Dijo y de inmediato giró su rostro hacia el viejo tocadiscos.
— ¿Tanto le gusta? — Preguntó extrañado Severus al ver a donde se dirigía su mirada.
No le parecía lógico arriesgarse a un castigo sólo por ver de nuevo ese objeto.
— Es lo que me evoca, profesor Snape — Expresó sintiéndose de nuevo arropada por el recuerdo de su padre.
Severus se percató de la proximidad de sus cuerpos. Tomando consciencia de que había sido él quien con cada pregunta que le formulaba acortaba la distancia que le separaba de ella. Deseoso por beberse sus palabras, como si éstas fuesen las únicas capaces de calmar su sed. Asustado por sus propios pensamientos retrocedió un par de pasos antes de que la joven pudiese ver el ardiente deseo en sus oscuros ojos.
— Venga conmigo — Pidió el hombre caminando hacia el tocadiscos.
Hermione le obedeció y cuando se detuvo se colocó a su diestra. Severus abrió la maleta para dejar a la vista la maravillosa antigüedad.
— Pruebe a ver si puede hacerlo funcionar, ya conoce el hechizo — Explicó Snape mientras la miraba de reojo.
— Yo... podría dañarlo — Dudó la joven.
— Somos magos, podemos repararlo — Dijo Severus con una débil sonrisa por la inocencia que mostraba la niña.
Hermione rió, a veces olvidaba que no debía temer romper algo pues en sus manos estaba el arreglarlo.
— No quisiera romperlo de todos modos, sé que es valioso para usted — Contestó ella.
— No lo hará — Le aseguró él con seriedad.
La alumna sacó su varita y comenzó a mover la muñeca creando pequeños círculos como había visto hacer a su profesor hacía unas semanas.
— Gyrare — Murmuró sin mucha convicción.
El disco comenzó a moverse con dificultad, parecía que no llegaba a tener la velocidad necesaria para que la música se escuchase correctamente.
— No, así no es — Dijo Severus molesto al ver como Hermione fallaba de esa manera.
Sin demora se colocó detrás de ella cuidando que su cuerpo ni siquiera la rozase. Con firmeza agarró el dorso de la mano derecha de Hermione y extendió el dedo índice colocándolo encima del de ella hasta tocar su varita.
— Yo le enseñaré — Le susurró al oído con su profunda voz, la cual hizo que la muchacha temblase ligeramente.
Con delicadeza bajó la mano hasta sostenerle la muñeca. Poco a poco la obligó a moverla haciendo que ésta ejecutase el movimiento de la forma y velocidad correcta.
— Tiene que sentirlo — Prosiguió él mientras respiraba el aroma de su cabello.
Ella se limitó a asentir mientras intentaba concentrarse por completo en el hechizo.
— Dígalo — Exigió el hombre.
— Gyrare — Conjuró Hermione esta vez con seguridad.
Por fin el disco comenzó a moverse como debía, haciendo que la preciosa melodía se escuchase por toda la habitación.
Negándose a sí mismo el disfrutar por más tiempo de esa agradable proximidad soltó la mano de la joven y volvió a colocarse a su lado. Todavía notaba en sus dedos el palpitar de las venas que pasaban por la muñeca de Hermione. Cerró los ojos haciendo que pareciera que disfrutaba de la música, mas sin embargo lo que quería era guardar en su recuerdo cada una de las sensaciones que había sentido al tener esa intimidad con la muchacha.
— Gracias — Agradeció Hermione entre titubeos mientras bajaba su varita.
Un leve rubor había subido hasta sus mejillas y se notaba que respiraba agitadamente. Sin más demora Severus decidió dar por finalizada esa clase particular.
— Es hora de que atienda sus responsabilidades señorita Granger — Dijo invitándola a dejar el lugar.
La muchacha evitó mirarlo pues se sentía terriblemente perturbada por lo que acababa de suceder. Caminó hasta su bolso y guardó el libro que había dejado en la mesa.
— Siento las molestias profesor — Se disculpó antes de abandonar el despacho — No volverá a pasar.
Severus observó cómo Hermione se marchaba dejándolo solo.
"No volverá a pasar" — Se repitió a sí mismo
"No permitiré que vuelva a ocurrir"
