Capítulo 16.

Subió sus calcetas escolares hasta las rodillas, tenía frío y estaba echa un ovillo en algún rincón de la habitación oscura. Le dolía la pancita, y un aruñón en su pierna le había formado una costra fea, de esas que a su hermana le gustaba arrancar de la piel.

Su madre había estado con ella apenas unos minutos atrás, le dio un beso en la cabeza y le dijo que volvería pronto. Era de noche, y tenía frío, el cálido cuerpo de la mujer era lo único que podría darle calor en ese lugar con apenas una pequeña ventana a lo alto, y las paredes y pisos sin nada, a excepción de heces y orina.

El hedor era insoportable, pero la pequeña ya se había acostumbrado. A lo único que no podía acostumbrarse era a la oscuridad, cuando llegaba la noche era una completa habitación a oscuras, y la luna apenas se veía por la ventana.

Abrazó sus piernitas contra su pecho, y los mismos sonidos de todas las noches iniciaron. Golpes contra las paredes, gritos de una mujer, llanto y suplica. Escuchó las palabras de su madre: "cuando veas los primeros rayos de luz de luna cubre tus oídos y piensa en ese día que fuimos a la playa, ¿recuerdas? Cuando Petunia y tú hacían castillos de arena, y papi y mami les daban besos y abrazos."

Los gritos no le gustaban, le daban miedo, pero era la única señal de que su madre volvería y pasaría un día más con ella.


Era la tercera película que veía ese día, después de la horrible elección de Lily, la programación había mejorado primero con una película de Tom Cruise y después el clásico musical de John Travolta. Sandy y Danny bailaban en la feria, cuando sintió como el cuerpo junto al sillón se sacudía. Los brazos se movían, y la respiración era irregular y superficial.

Observó el rostro de Lily, que parecía estar sufriendo y de sus ojos se desprendían lágrimas, a pesar de estar apretados con fuerza. Asustado, deslizó su mano por el brazo tratando de tranquilizarla, pero era en vano, ella se movía demasiado y gemía.

—Chica de canela —dijo, tratando de llamar su atención—. Lily, ¡Lily!

Los ojos verdes se abrieron de golpe, mirando hacia el techo, se encontró con el rostro de James preocupado, inclinado hacia ella. Parpadeó varias veces, volviendo a la realidad.

—¿Te encuentras bien? —pregunto James, apartando los mechones pelirrojos sudados de su rostro.

—¿Qué me pasó? —El verde brillante de su voz estaba apagado, manchándose de un color marrón, ese mismo que demostraba tristeza.

Lily se incorporó, sentándose correctamente en el sillón, abandonando la posición de las últimas horas, donde lo había tenía aprisionado sin poderse mover.

—Una pesadilla.

Los ojos verdes demostraban duda, tenía el ceño fruncido y parecía escéptica a lo que había pasado antes. James temió que lo culpara a él, pero ¿cómo podría controlar sus sueños?

—¿Sueles tenerlas? —preguntó intrigado.

La canción del fin de Vaselina contrastaba considerablemente con la situación, esta era alegre y bailable, rosa con morado y un sinfín de colores pastel, mientras que James sentía todavía el cuerpo de Lily vibrar ligeramente por lo acontecido.

—A veces —aceptó, sin ser capaz de elevar la vista una vez más.

James sintió el corazón agitarse. Lily se veía tan desamparada, tan inocente, tan virginal. Se acercó un poco, y la abrazó con delicadeza, tratando de no presionarla contra su torso. Ella no captó lo adolorido que todavía estaba porque se dejó caer en sus brazos, presionándose contra su pecho. James se mordió la lengua, no quería quejarse cuando Lily necesitaba consuelo. La estrechó con la misma fuerza, y apoyó la barbilla sobre la cabeza pelirroja.

El aroma que emanaba su cuerpo lo volvía loco, la yerbabuena era difícil de encontrar en una persona, pero combinaba con toda la esencia de Lily. Tal vez eso también era producto de su sinestesia.

La abrazó todo el tiempo que quiso, no se alejó ni una sola vez, esperó hasta que ella pusiera distancia, pero no lo hacía. James estaba intrigado. La actitud de Lily hacia él había cambiado drásticamente. Ya no era borde, ni lo evitaba, estaba ahí, en su departamento cuando él prácticamente no invitaba a nadie a venir. Lo había acompañado todo ese tiempo, lo dejó besarla, y ahora estaban en su sala abrazándose.

Sin más remedio que ser él, el que se alejara, plantó un beso en la coronilla y se apartó con delicadeza. La contusión que más le dolía era que estaba sobre el hígado, los analgésicos que había tomado esa mañana, ya debían haber pasado el efecto, porque nuevamente se sentía bastante más adolorido que en las últimas horas.

—¿Te sientes mejor? —preguntó, alejando algunas lágrimas que todavía salían de los ojos verdes.

Lily estaba sentada sobre sus piernas, luciendo tan pequeña como siempre lo hacía. Asintió con la cabeza y talló sus ojos con el torso de la mano, alejando el último rastro de humedad.

—Sí, yo solo... me asustan esas pesadillas.

—¿De qué son? Si no es mucha indiscreción preguntar.

Lo pensó un momento, perdida en sus recuerdos. Al final, suspiró y apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón.

—No sé. No tienen contexto. Es como si mi yo estuviera en el cuerpo de otra persona que está pasando por momentos difíciles. Siento angustia y dolor. Lo peor es que es en el cuerpo de una niña pequeña.

James frunció el ceño, extrañado por la declaración. Nunca había escuchado esa clase de sueño. Él tenía pesadillas en ocasiones, pero eran reviviendo cosas de su pasado. Cosas que le aterraban, ahora se sentía orgulloso de decir, que no le temía a nada, o casi nada. Su mente y corazón se habían fortalecido, podía soportar mucho más que antes. La sensibilidad era algo que había abandonado su cuerpo tiempo atrás.

—¿Qué hora es? —preguntó Lily, por primera vez siendo consciente de su alrededor y regresando a ese tono verde que le gustaba tanto.

Miró el reloj en la pantalla del televisor y se sorprendió a si mismo por la hora.

—Es casi medianoche.

La habitación estaba casi a oscuras, lo único que iluminaba la estancia era la luz de luna que entraba por los ventanales y el brillo del televisor. James observó a Lily verse tan incomoda, y se sintió mal por no haberla despertado antes y ofrecerse llevarla a casa. Si lo hubiera hecho, evitaría la pesadilla y esa mirada incomoda.

—¿Quieres que te lleve? —ofreció con cautela.

—¿Puedes conducir? —respondió ella con rapidez.

James sabía que no, mucho menos sin haber tomado sus analgésicos, pero no se lo haría saber.

—Por supuesto.

Se estiró para tomar la playera que seguía en la mesita de noche, la que Lily había elegido ese día más temprano. Metió primero su cabeza, y se mordió los labios para no soltar un sonido mientras metía sus brazos en las mangas. Lily lo observaba, y pudo notar ese sonrojo que continuamente se delataba en sus mejillas.

—Hace un poco de calor, ¿no crees? —preguntó con una sonrisa, y el rostro de la chica tomó un color más intenso.

—Ya casi es verano.

James suspiró y sonrió abiertamente.

—Verano. Me encanta el verano. Sin clases, ni maestros, ni tareas.

Y dedicándose completamente a su trabajo sin ninguna distracción. Sin preocuparse por si alguien descubriera algo de él que no quería que nadie se enterara. Pero recordar su trabajo, la pandilla, el pozo, las drogas y la paliza que le habían dado, solo logró ponerlo de mal humor. Tenía tanto por hacer, pero primero debía recuperarse, en esas condiciones no podría llevar a cabo ningun plan para volver a conseguir la información de los Orcos.

—¿Nos vamos? —preguntó Lily, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia el lugar donde había dejado su bolso.

Los ojos de James se fueron directo a su trasero. Ese día llevaba unos pantalones cortos, para fastidio de él. Era muy evidente la curva de sus nalgas, y se apretaba en los lugares justos. Lily siempre parecía sentirse cómoda con ropa atrevida, mostrando los muslos y llevando zapatos altos. Era lindo poder ver, y dejar poco a la imaginación, pero también era un fastidio porque debía controlarse para no lanzarse sobre ella.

James no era un animal, ni un ser primitivo falto de cerebro, podía controlar sus acciones, pero no las de su amigo que se iba estirando poco a poco. Gruñó, y se puso de pie, dirigiéndose a las escaleras de metal hacia el entrepiso. Deslizó los pies desnudos por unos zapatos deportivos, y regresó a la estancia. Lily lo esperaba con el bolso al hombro, y mirando el piano de segunda mano que había adquirido hace poco.

—¿Lista? —preguntó.

Lily asintió, y deslizó unos dedos por las teclas tocando unos sonidos en amarillo fosforescente. Era obvio que no sabía tocarlo, así que James infló el pecho con orgullo y se acercó como pavo real.

—Dijiste que podías tocar el piano y la guitarra.

—Sí.

—¿Lo haces bien?

Los ojos verdes lo atravesaron, y pudo notar una nota de diversión en su tono de voz, el azul se iba colando poco a poco.

—Supongo —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Puedes demostrarlo?

James sonrió, burlándose.

—Tal vez otro día.

La pelirroja se quejó en voz alta, pero James disfrutaba molestándola, así que la tomó de la cintura y la guio hasta la salida del departamento, a pesar de las protestas.

—Debe ser extraño —admitió—, pero no quiero irme. Te he echado de menos por tantos días, que ahora solo quiero pasar el tiempo contigo.

James se quedó en piedra, frente a la puerta que cerraba con sus llaves. Lily detrás de él, ni siquiera parecía haber pensado mucho sus palabras. Las mejillas se sonrojaron, y bajó la mirada, en ese movimiento que solía hacer.

La tomó de la barbilla y elevó su rostro.

—Ey —la llamó—. Ya lo sé, yo tampoco quiero que te vayas, pero supongo que tu hermana se preocupará por ti.

—Le puedo mandar un mensaje —sugirió.

James sintió una sacudida en su estómago, y mordió su labio lastimado para evitar formar una sonrisa demasiado rápido. ¿Dormir con Lily? Tal vez debía pensarlo detenidamente, su amigo en sus pantalones se estaba estirando poco a poco, y Lily parecía demasiado inocente. Quizá ella ni siquiera estaba insinuando eso, y él estaba ahí de mal pensado, pero no lo podía evitar. A su edad, ¿quién demonios pasaría la noche con alguien sin hacer nada? No estaba acostumbrado a ello. No. Ni siquiera podría intentarlo, apenas la había besado por primera vez ese día.

—Vámonos —dijo, tratando de no sonar demasiado triste.

Lily resopló, pero obedeció, bajando por delante de él las escaleras.

Al llegar al vestíbulo desierto, se colocó a su altura y tomó su mano, sorprendiéndola. Sonrió un poco, le gustaba como de repente se ponía tímida y sonrojada. Antes había disfrutado incomodarla, y ahora sabía que tal vez nunca podría parar.

La dirigió hasta la todoterreno que había aparcado a una manzana, en una cochera que uno de sus clientes le permitía usar. El auto de James era demasiado lujoso para dejarlo en la acera, y más aún en ese vecindario de jóvenes delincuentes. La ayudó a subir, y cuando tomó el lugar de piloto, Lily murmuró:

—Volví a olvidar mis botas —se quejó.

James no pudo evitar reír. Nunca se lo diría, pero se había desecho de ellas hace tiempo, un día que tuvo que subir a Nadine a su auto, y no quería que viera ninguna evidencia de otras mujeres.

El pensamiento inmediatamente lo llevó a la noche del sábado, cuando los despreciables zorros lo habían encontrado con Lily. Recordó la mirada de Diego ese día, se veía satisfecho como si supiera que estaba en problemas, que los estaba. Si cerraba los ojos un momento todavía podía escuchar su propia respiración, los gruñidos, y alaridos de dolor que soltaba cada poco. Podía recordar después de ser golpeado en el rostro, se había hecho un ovillo en el suelo, tratando de protegerse lo mejor posible, donde las patadas atinaron en sus piernas. Eso solo había ocasionado que uno de los guará lo levantara, y tomándolo con los brazos hacia atrás se turnaran en darle puñetazos y patadas.

Earl había estado todo el tiempo ahí, viéndolo y esperando. No pudo ser mucho tiempo de tortura, tomando en cuenta que solo le daban unos segundos para recuperar el aliento. Después lo habían dejado apoyado contra la pared, mientras abandonaban la habitación. Sentía el cuerpo caliente, la adrenalina inundando su torrente sanguíneo. Sentía molestias, pero no demasiadas. Earl lo dejó descansar en una de las habitaciones, lo cual fue una mala idea, porque después de una pequeña siesta ya no pudo ponerse de pie. Le dolía todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies.

Recibió alimento y agua durante esos días, pero comía tan poco que aquello solo lo hacía sentir más débil. Una de las chicas se pasaba de vez en cuando con la excusa de curar sus heridas, pero James la rechazaba cada vez. Aunque hubiera querido tener algo con ella, habría sido imposible.

La imagen de otra chica semidesnuda frente a él llegó a su mente, pero esta vez tenía el cabello pelirrojo y vestía una faldita de flores. Se llevó una de sus manos a la barbilla, dándose pequeños pellizcos para distraerse de la imagen que se había formado muy nítida en su imaginación. Imaginó una blusa blanca donde se marcaban los pezones erectos, el cuello descubierto, y los labios pequeños y rosados entreabiertos, succionando todo el oxígeno posible, mientras él deslizaba sus manos cada vez más arriba de las piernas.

Recordó la imagen de ella inclinada sobre el alfeizar de la ventana de su habitación, mostrando unas pequeñas bragas blancas, y como había tenido suficientes sueños húmedos sobre eso.

No estaba funcionando, los pellizcos en la barbilla no eran suficiente. Mordió su labio lastimado, y esta vez pellizcó su muslo con fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó esa voz que se colaba en sus fantasias.

—Sí —respondió sin apartar la vista de la carretera. No quería voltear, y encontrarla con esa blusa blanca que marcaba sus pezones y el short pequeño que le estaba volviendo loco desde que lo vio esa mañana.

Era demasiado el tiempo que habían pasado juntos. Nunca habían estado más que algunas horas compartiendo el mismo aire, y estaba seguro, jamás había estado tan cerca de su habitación.

—Estás sonrojado —señaló Lily, y acto seguido se subió al asiento inclinándose sobre él para tocar su frente—. Tienes un poco de fiebre.

—Estoy bien.

Una luz roja, y sin otra opción desvió su atención a ella. Encontrándola en esa posición que no quería, cerca de su rostro y con las rodillas sobre el asiento. Era tan pequeña, ¿cómo podía acomodarse de esa manera dentro del auto? Y de repente, se imaginó otras maneras en que podría estar recostada ahí mismo y él sobre ella.

La mano de Lily bajó desde la frente hasta la mejilla, y acercándose más plantó un beso sobre sus labios. James jadeó un poco, sus pensamientos lo estaban llevando muy lejos de ahí, y cuando abrió la boca, sabía que estaba siendo demasiado posesivo, pero no le importó. Lily se echó para atrás, sorprendida, y él solo aprisionó su nuca, evitándole alejarse. El sonido de un claxon lo hizo alejarse, miró la luz en verde y reanudó la marcha.

La casa de Lily no estaba muy lejos si rodeaba el campus, había hecho ese viaje ya demasiadas veces como para saber una ruta rápida y corta. Estacionó la todoterreno frente a la gran casa del padre de Lily, con altos setos rodeándolo y un jardín amplio. La fachada era blanca, y los vecinos más cercanos estaban a varios metros de distancia. Aunque nunca había visto a uno, la calle estaba más silenciosa de lo normal. Recordó la hora, y por eso le sorprendió ver las luces de la casa encendidas.

—Petunia debe estar histérica —se quejó la pelirroja, moviéndose incómodamente.

—Pensé que le habías avisado dónde estarías.

Lily negó.

—Sabía que trataría de encontrarte, pero jamás le dije que me ausentaría todo el día, y mucho menos que volvería a esta hora a casa.

James guardó silencio, no sabía que más decir, y estaba tan cansado que no quería siquiera buscar en su cerebro una respuesta coherente.

—¿Quieres pasar? —preguntó Lily, mirándolo fijamente con esos ojos verdes.

La sugerencia le tomó por sorpresa. Ahora lo podía notar, la voz de Lily estaba inundada por un azul que nunca había visto. El descubrimiento lo alegró, tal vez ese era su color. Estaba por responder, pero después recordó el problema que tenía entre las piernas, que se ocultaba por la oscuridad y el volante frente a él, pero que en luz artificial no sabía que tan evidente podía ser. Que lo sería, obviamente.

Fingió un bostezo.

—Estoy cansado. —Eso no era mentira.

—Quiero hablar contigo de algo, pero no quiero dejar a Petunia más tiempo esperando.

Sacudió la cabeza.

—Aquí te espero, entonces.

—Dijiste que querías conocer a Petunia.— Eso no era exactamente lo que había dicho, pero no lo iba a negar en ese momento.— ¿Por favor?

Los ojos verdes eran suplicantes, y James no tuvo corazón para negarse una vez más. Sin responder, abrió la puerta la salir, y ya de pie se dio cuenta que su amigo se había tranquilizado, ya no estaba como unos minutos atrás. Aún así, lo acomodó mejor en sus pantalones, y rodeó la todoterreno donde Lily ya lo estaba esperando.

Caminó detrás de ella, como si le pesaran los pies, y tratando de no ver demasiado esos pantalones cortos. Lily abrió la puerta, y dejó salir el ambiente cálido de su interior. James entró a pasos cortos, ya había estado ahí, y conocía el lugar, pero se encontraba incomodo de conocer a la famosa Petunia, la hermana mayor de Lily.

—¡Petunia! —la llamó la pelirroja, e inmediatamente una mujer joven bajó a toda prisa las escaleras.

James la observó mientras abrazaba a su hermana pequeña. Era más alta que la pelirroja, pero no demasiado, tal vez unos centímetros. Su cabello era rubio y liso, como una cortina dorada sobre sus hombros. Lo que pudo notar de inmediato es que era muy delgada, bastante para su gusto, la cara se notaba angulosa y el cuello y las piernas largas. No era fea, para nada, aunque nada comparado con su hermana menor.

—Me tenías tan preocupada, ¿habría sido demasiado molesto mandarme un mensaje? —preguntó, separándose un poco de Lily, mirándola a la cara. El tono de su voz era amarillo claro, lo que le daba un poco de tranquilidad.

—Lo siento. Murió la batería.

Lily se alejó un poco, dando pasos hacia atrás donde James estaba esperando. Los ojos de Petunia ahora se clavaron en él, que pudo notar eran azul claro. Se notaba sorprendida por su presencia, pero aún más al notar los moratones verdes que tenía en el rostro.

—Este es James —lo presentó Lily, tomándolo del brazo.

Sabía que era su momento para portarse encantador, pero no estaba de ánimos. Le dolía el cuerpo, y estaba muy cansado. Lo único que quería era recostarse un poco.

—Hola —saludó Petunia, extendiendo su mano. James hizo lo mismo, aunque con movimientos menos animados—. Te he visto en el campus.

—Sí, yo también —mintió, la verdad nunca la había visto, pero también sabía que no era muy aficionado de mirar a las rubias, así que bien podrían haber compartido clases y él no lo hubiera notado.

Hubo un momento de silencio incomodo, Petunia intercambió miradas con Lily. James no estaba viendo a Lily pero podía imaginar que le estaba pidiendo que se largara, y lo confirmó cuando Petunia anunció su salida:

—Me iré a dormir. Fue un placer conocerte, James, buenas noches.

—Buenas noches —respondió tajante.

Y con una pequeña sonrisa, Petunia comenzó a subir las escaleras, hasta perderse de vista.

—Es muy guapa, ¿verdad? —preguntó Lily con un suspiro.

Entonces, James se dio cuenta. Ella lo había malinterpretado, y salió a la luz una inseguridad que antes no había notado en ella.

—Supongo —respondió, encogiéndose de hombros y hundiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones deportivos—. ¿De qué querías hablar? —preguntó para cambiar la conversación.

El semblante de Lily cambió, y se sonrojó inmediatamente.

—¿Me acompañas a mi habitación? Ahí podemos hablar mejor, y puedes recostarte un poco.

Su cerebro envió una sacudida desde los pies hasta la coronilla, deteniéndose un poco más en algún punto bajo el abdomen. Aclaró su garganta, y miró para todos lados, incomodo.

—¿Tu hermana no lo malinterpretará?

Lily negó.

—No. Además, no tiene derecho a decir nada —dijo, y acto seguido lo tomó del brazo guiándolo hacia las escaleras.

James sentía que eso no saldría bien. Estaba por entrar a la cueva del lobo, y era difícil no notar el trasero apretado de Lily caminando delante de él.

Llegaron hasta la habitación que recordaba muy bien, y lo primero que hizo fue dejarse caer en la cama. Ni siquiera se molestó en quitarse los zapatos, en esta ocasión Lily no se molestó, sino que soltó una risita y se sentó a su lado.

—Tu cama es muy cómoda —se excusó, formando una sonrisa.

Los ojos verdes de Lily estaban fijos en él, como solían estarlos. Era algo que había notado antes, Lily lo miraba mucho, fijamente, por tiempo indefinido y ni siquiera se daba cuenta. No iba a quejarse, pero a veces era un poco incomodo, sobre todo cuando estaba teniendo problemas de hormonas.

Eso le recordó, tenía que irse pronto sino quería comprometerse demasiado. Clavó un codo en el colchón, y se giró para verla de frente.

—¿De qué querías hablar?

Ahora bajó la mirada hasta sus manos, y comenzó a golpear sus uñas azules entre ellas. Incomoda e insegura.

—Yo… ¿recuerdas el sábado pasado? Dijiste que vendrías el domingo y hablaríamos sobre nosotros.

James sintió un sentimiento de angustia. De todo lo que ella podía decirle, no se le ocurrió que quisiera retomar ese tema. De haberlo sabido, habría inventado cualquier excusa para no bajarse del auto.

—Ajá.

—Y pensé… que no podía terminar esta noche sin que aclaráramos esto —dijo—. Después de salir del café mencionaste todas las cosas que no harías, y lo que tampoco querías que yo hiciera. —James asintió, recordando el torrente de tonterías que había soltado ese día para asustarla, para obligarla a separarse de él. No había funcionado. — Antes de irte, te dije que no quería salir contigo sino me dejas involucrarme en tu vida y ser más abierto conmigo.

También recordaba eso. No le gustaba, para nada. Era como ponerse la soga al cuello él mismo. Desvió la mirada hasta el alfeizar de la ventana, y suspiró, esperando que Lily continuara.

—Eso sigue en pie. Yo cedí, pero tú aún no has respondido.

Dejó caer la espalda sobre el colchón, mirando la luces de navidad que colgaban como doseles. Se suponía que en ese tiempo tendría que haberlo pensado, o eso era lo que le había dicho a Lily ese día, pero la verdad no había pasado por su mente. Él no se imaginó volver a estar en esa situación. Estaba seguro que Lily no lo volvería a buscar, y él podría seguir con su vida de mierda feliz.

Qué equivocado estaba, y ahí estaba la prueba. Además, ni siquiera había sido lo suficiente fuerte para alejarla cuando se presentó en su departamento, y ahí estaba otra vez, hecho un verdadero lio y sin saber cómo sacarlo a flote.

—Aún no lo he decidido.

Lily parecía desconcertada.

—¿Por qué?

Se incorporó en la cama, sentándose y alzando la barbilla de Lily, encontrándose con sus ojos verdes.

—Porque me estás pidiendo que cambie algo intrínseco de mi carácter. Siempre he sido así, no es algo que pueda decir que lo haré y simplemente lo haga.

Y tampoco estaba dispuesto a hacerlo, pero eso no se lo diría.

Lily lo miró a los ojos por varios segundos, como si quisiera encontrar respuesta a las preguntas que azotaban su mente, pero no lo haría, James sabía que su mirada no reflejaba nada de lo que realmente sentía. La pelirroja jamás se daría cuenta que su lucha mental era, más bien, que tanto quería arruinarla. La única manera de no hacerlo era alejándose, pero ya no podía hacerlo. Lily le gustaba demasiado, quería pasar tiempo con ella, la deseaba, y estaba dispuesto, a hacer lo que fuera necesario para no desarrollar sentimientos, no más de los que ya tenía. Eso último no era difícil, ya que James nunca había tenido lazos estrechos con ninguna mujer, y Lily no debía ser la excepción.

No podía ceder, y no lo haría, pero Lily no podía saber eso. La quería a su lado por tiempo indefinido, hasta que ella se lo permitiera. Estaba seguro no pasaría mucho tiempo, porque si sus requerimientos eran que le permitiera entrar en su vida, en algún punto se daría cuenta que aquello era imposible.

Suspiró, tomando una decisión, y tomó las dos manos de Lily entre las suyas.

—Lo que me pides es difícil, pero lo intentaré, ¿de acuerdo? Si para ti eso es suficiente, podemos continuar y ver hasta dónde nos lleva esto.

Mentir no le daba remordimiento. Lo hacía continuamente, pero al observar los ojos verdes iluminarse, y cómo el tono de su voz se transformaba completamente en un azul cielo, casi se arrepintió.

—Es suficiente. Por ahora.

Casi.


¡Holaaa!

Feliz añooo. Espero que este 2020 les vaya de los mejor. Yo inicio con este capítulo, sé que es no es el más largo, pero creo que tiene bastante sustancia pues nos permite conocer mejor qué es lo que pasa por la mente de James. Creo que a partir de aquí, veremos bastantes capítulos narrados desde su perspectiva, espero les gusten mucho, y ya me contarán que piensan de él

Por cierto, como chantaje les comento que este miércoles 15 de enero es mi cumpleaños, y sería un genial regalo, saber si están leyendo o no. Si quieren hacerme muy feliz por favor dejen un review c:

Nos leeremos pronto,

Besos, S.