Capítulo 16: Lynn Jr. Se Da a la Fuga

Asilo Femenil de Hazeltucky, Michigan, Diciembre de 2046.

La mañana después de que Clyde telefoneara a las Loud, Lynn estuvo oyendo un sinnúmero de voces que estuvieron hablándole durante todo el día, las cuales en principio pensó que provenían de la luna.

Ya avanzada la tarde, mientras trabajaba en el invernadero, levantó su vista hacia el cielo azul y la vio pálida y pequeña. Una luna fantasma.

Por eso creyó que era la luna la que le estaba hablando. Porque solo una luna fantasma podría estar hablándole con voces fantasmales: las voces de sus ex amigos, de sus padres, de sus maestros y compañeros de escuela y sus entrenadores... La voz del hermano que murió odiándola y las de las hermanas que habían dejado que acabara en ese lugar.

Y otra vez... Una a la que no se atrevía a ponerle nombre.

Van a volver Lynn... –la primera en hablarle fue de la de su primer y único novio de toda la vida, al que tuvo solamente durante su infancia–. Todas, vuelven a Royal Woods...

–¿Chandler?

Recordaba bien su nombre y que el, con todo y sus defectos que no eran escasos, para bien o para mal supo como brindarle su apoyo después de sentir que todos los demás la abandonaban...


A Chandler lo conoció a los cinco meses posteriores a la muerte de Lincoln, durante una helada tarde de febrero en la que ella se encontraba practicando en las jaulas de bateo; aunque ya no tenía, ni volvería a tener campeonatos por delante que ganar.

No. Aunque para aquel entonces ya daba por hecho que su carrera deportiva acabó yéndose al traste, lo que motivaba a Lynn a seguir manteniéndose en forma era estar a la espera del momento adecuado de poder desquitarse de todos contra los que albergaba un profundo resentimiento.

Empezando con sus padres, a quienes más que resentimiento, los odiaba rotundamente a ambos desde que pasó de ser una de las hijas más consentidas de toda la casa y a la que se le daba gusto en todo: a que la tacharan como una niña rebelde que solo les causaba problemas.

Y con sus hermanas la cosa no era para nada diferente, si es que tenía distintos resentimientos con cada una de ellas, pero en especial con Lori y Lisa; y claro que no se olvidaba del tonto de Clyde, a quien siempre había despreciado con todo su ser y solo pretendido tolerar por consideración a su hermano hasta su inesperado deceso.

Barrer el piso con Leni, Luan, Lisa y Lucy sería relativamente fácil, si es que sabía como pelear sucio y las atacaba por separado; y con Clyde McBride solo sería cuestión de esperar a estar a solas con el; pero en lo que respectaba a Lori, Luna y las gemelas, ellas si podrían representar un reto. Sin contar con que por muy fuerte que ella fuese, seguían siendo nueve contra una. Por ende tendría que entrenar y esperar pacientemente para acabar con todos ellos uno a uno. Porque en definitiva, esa era su motivación: acabarlos.

Así, ahí en la jaula, Lynn empuñaba el bate esperando a que el disparador lanzase la siguiente bola, con la que al asestarle imaginaba que esta impactaría contra la frente de alguna de sus hermanas, de sus padres, de Clyde o de algún otro de sus enemigos que para ella eran todos en Royal Woods.

Entre cada abanicazo, las pelotas chocaban violentamente contra la pared y la mayoría acababan deshilachándose por la rudeza con la que les pegaba.

Ya, cuando se estaba preparando para completar la racha de trescientos aciertos consecutivos, fue que el le hizo perder la concentración al hablarle de improviso haciendo que errara sin querer.

–Buen tiro.

–¡Rayos! –bramó Lynn tras permitir que la bola pasara de largo, a lo que furiosa se regresó a ver al chico pelirrojo que la observaba arrimado contra el otro lado de la malla.

–Je, hola –la saludó este con una ademán, además de estar ahí sonriéndole con cara de idiota.

–¡Arruinaste mi tiro! –gruñó Lynn partiendo el bate de un rodillazo mientras salía de la jaula con intención de ir a golpear en la quijada al tonto que la había hecho fallar–. ¡Ahora verás!

–¡Oye, oye, tranquila!... –reculó Chandler atemorizado, apresurándose el a pedir el apoyo de su grupo de amigos–. ¡Muchachos, necesito ayuda aquí!

De inmediato, dos pares de manos musculosas apresaron a Lynn de cada brazo y la alzaron en el aire.

–¡¿Eh?! ¡¿Ustedes qué hacen aquí?! –pataleó ella, echando una rápida mirada a quienes la habían sometido–. ¡Suéltenme o se las verán conmigo!

–¡Estate quieta! –apretó el agarre Hawk.

–Si, no nos obligues a darte una lección –la amenazó Hank.

–Tranquila –dijo Chandler alzando una mano para indicarles a sus secuaces que se abstuvieran de hacer cualquier otra cosa–, solo quiero hablar... Oye, yo te conozco. ¿Tú no eres la hermana de ese chico al que mataron? El que salió en los periódicos... Larry.

–¡Se llamaba Lincoln!

–Ah, si –rió despectivamente Hank–. El tonto que nos ayudó a ganar el partido la temporada antepasada, fue tan gracioso.

Lynn pataleo todavía más fuerte, forcejeando por librarse de las manos de sus dos captores.

–¡Wow, wow, wow!... –les llamó la atención su jefe–. No hagan enojar a la dama. ¿No ven que perdió a su hermano?

Chandler hizo chasquear sus dedos, y Hank y Hawk muy obedientes soltaron a Lynn. Después el pelirrojo se acercó a tenderle la mano.

–Disculpa a estos dos patanes, pero es lo mejor que pude encontrar. Hace como una semana que no he visto a mis secuaces de siempre.

–Está bien... –se reincorporó Lynn con el ceño fruncido–. Oye, ¿qué llevas ahí?

–¿Qué, esto? –se puso Chandler a la defensiva a tratar de ocultar con recelo la caja de zapatos que llevaba bajo el brazo. Pero Lynn se le adelantó y le quitó la tapa para ver que había adentro.

–Déjame ver.

Al destaparla, un perrito tan pequeño como una pelota de tenis le ladró contento de volver a verla y le meneó alegremente la cola.

–Yo conozco a ese perro –comentó Lynn señalándolo–. Lo tuvimos en mi casa por unos días.

–¿Qué, acaso es tuyo? –preguntó Chandler nervioso.

–No –contestó encogiéndose de hombros la castaña–. ¿Vas a decirme que hacías con el, o no?

–Pues... Eh... Yo...

–¿Sabes que?, olvídalo. Me importa una mierda lo que hagas con ese perro.

Al oír eso, el pobre animalito se encogió en la caja y se orinó asustado, como si por instinto supiera que no le esperaba nada bueno con aquel muchacho maloso que le había cogido en la mañana al haberse extraviado por enésima vez.

–Wow, que carácter... –sonrió Chandler, lanzándole de paso una mirada perversa al indefenso perrito antes de volver a tapar la caja en la que lo tenía capturado–. Me gusta. ¿Puedo invitarte un Flipie?

–Si, ¿por qué no? –aceptó Lynn indiferente.

–Pues vamos. Por cierto, ¿cuál era tu nombre?

En el cruce siguiente, Chandler y su banda se la llevaron por una senda estrecha y retorcida...


Ese día acompañaron los Flipies con una apetitosa ración de sus bolitas de queso favoritas, cuyas bolsas había sacado de la gasolinera bien ocultas bajo su jersey para no tener que pagarlas. Aquello había sido idea de Hank y Hawk, quienes también sustrajeron algunas barras de chocolate con leche para ellos, y claro que Lynn acabó aceptando su desafío y sin remordimiento alguno.

Luego fueron esos dos quienes le hablaron desde la cara oscura de la luna.

Tu eres la única, Lynn –susurró Hawk.

La única que queda de nuestro grupo –dijo Hank–. Tienes que arreglar cuentas con todas ellas.

No puedes dejar que esas rapaces te derroten –siguió Hawk.

Recuerda tu FLIBBR –remató Hank.

Por FLIBBR se refería a las quemaduras de su antebrazo del tatuaje que antes tenía ahí. A los trece años y medio su padre la había obligado a trabajar para costear que se lo retiraran.

Lynn reflexionó en breve respecto a lo que habían significado esas letras; los campeonatos que había ganado de adolescente, los trofeos que había acumulado en la gran vitrina de la sala con dedicación y mucho esfuerzo..., y como todo eso terminó perdiendo valor en absoluto desde el día en que vio por ultima vez a su amiga Polly durante el transcurso de una mañana situada en el ultimo semestre que restaba de vida a su hermano...


Como siempre, ese día se había levantado temprano para salir a trotar.

Solo, que aquella vez iba tan distraída pensando en lo contenta que estaba de que todo hubiese vuelto a ser como antes, y de que su idea hubiese salido tal y como esperaba, que en ningún momento advirtió que su compañera de equipo de roller derby llegó impulsándose sobre sus patines para entonces derribarla de un violento empujón con sus posaderas.

–¡Oye! –reclamó Lynn tras caer en el asfalto.

Molesta se quiso reincorporar, pero antes Polly la retuvo en el suelo poniéndole un pie encima del estomago.

–Quieta ahí Loud –le dijo en un modo tajante, y sin dar lugar al tono relajado y bromista que se suponía usaba cuando se ponía a jugar ese tipo de juegos bruscos–. Solo vine a decirte que ni te molestes en asistir a la practica de esta tarde.

–¿Que se canceló? –preguntó ingenuamente la castaña, sin tener remota idea de porque otra razón su amiga diría algo como eso.

–No –contestó Polly manteniéndose inusualmente seria–. Las chicas y yo ya lo hablamos entre todas, y decidimos sacarte del equipo.

–¡¿Qué?!

–Ninguna de nosotras quiere volver a jugar con una mala perdedora como tú –explicó muy enfadada–. Mucho menos yo, que ya supe lo que le hiciste a tu hermano y eso es algo que no tiene nombre. Pero te juro que esto no se va a quedar así.

–Ah, ya veo... –trató de explicarse Lynn, habiendo logrado adivinar de que hablaba ella, que a lo que se estaba refiriendo era un malentendido solamente–. No, Polly,...

–¡Tampoco me vuelvas a hablar! –la interrumpió con un grito de furia–. Ya no somos amigas.

Y emitiendo un premeditado y sonoro carraspeo, Polly acabó lanzándole un escupitajo en el rostro a Lynn y se alejó, como vino, impulsándose sobre sus patines.

La otra sencillamente no podía creer lo molesta que estaba ella, y tampoco creería que lo que acababa de pasar apenas sería la cresta del iceberg antes de que todo lo demás fuese en picada...


Y es que Lynn siempre se quedó con la duda de que si Polly sabía bastante más de lo que decía al haberla amenazado.

Prefiriendo no seguir acordándose de ello, siguió llenando su cesta mientras continuaba contemplando la luna fantasmal en el cielo despejado.

Al cabo de un rato, StanKco se acercó a golpearla en la nuca haciéndola caer de bruces.

–Estás arrancando las vainas tiernas en vez de las maduras, idiota.

Lynn se levantó sacudiéndose la tierra de la cara y el pelo. Allí estaba Steak StanKco, con su chaquetilla y sus pantalones blancos, su corte de mohicano y su alborotada barba, enorme, de brazos musculosos, con su voluminosa barriga.

Casualmente, de entre todas las pacientes Lynn lo conocía mejor desde mucho antes de que la trasladaran al hospital de Hazeltucky; si es que de niño lo había visto salir en la tele compitiendo precisamente contra su padre y su hermano en el programa de las Leyendas del Templo Escondido.

–Lo siento –se disculpó ofreciéndole una amplia sonrisa irregular de pútridos dientes amarillentos, dado que Lynn había empezado a perder los dientes desde los dieciséis años–, señor StanKco.

–Si que lo sientes –bramó Steak–. Y lo sentirás más si te pesco haciendo eso otra vez, Loud.

Los guardias, a quienes en el asilo llamaban "consejeros", tenían prohibido llevar porras, pero varios de ellos, entre los que se contaban a StanKco, llevaban calcetines llenos de monedas en el bolsillo. Casi siempre golpeaban con ellas en el mismo lugar: en la nuca.

En esa institución las monedas no eran consideradas armas peligrosas.

–Si, señor StanKco –volvió a decir Lynn muy obediente.

Steak se alejó dejando grandes huellas pardas con sus zapatos en la tierra de la huerta este.

Así es como era el día a día en el asilo femenil de Hazeltucky. Aquella se trataba de una institución correccional del estado para enfermas mentales con tendencias asesinas.

Por mencionar un ejemplo: en su parcela asignada de la amplia huerta resguardada bajo el invernadero, se hallaba Sid Chang de la gran ciudad piscando frijoles (y revisando de paso si alguno tenía la forma de la cara de uno de sus artistas de K-pop favoritos para añadirlo a su colección).

En breve, esta levantó la vista para secarse el sudor de la frente y saludar a Lynn con un movimiento de su mano, mas permaneciendo inexpresiva, a lo que ella respondió haciendo lo mismo.

–Si, hola Sid.

La tal Sid estaba allí desde que cumplió los dieciocho y fue juzgada por haber matado a su hermana menor sin razón aparente un fin de semana que sus padres las dejaron solas.

Lo que los periódicos omitieron fue que había intentado un novedoso experimento para deshacerse del cadáver:

Cuando la policía encontró el cuerpo de la infante escondido en una habitación oculta en el área de lavandería (hasta entonces para todos los inquilinos del edificio en el que habitaba menos para ella), Sid ya se había comido más de la mitad, incluyendo los sesos.

≪Con ellos me volví el doble de inteligente≫, le confesó en secreto a Lynn cierta noche a la hora de apagar la luz.

Imaginaos que nunca nadie hubiera creído que Sid acabaría internada en un manicomio. Si siempre había dado la impresión de ser alguien relativamente normal; algo excéntrica tirando a chiflada tal vez, pero normal hasta donde podía considerarse a una muchacha llena de tanta energía como había sido en su juventud.

Tal era el caso de Lynn Loud Jr., quien estaba en ese lugar porque en junio de 2019 las autoridades creyeron que ella los había matado a todos...


Fue durante varias horas que las turbulentas aguas que inundaban el alcantarillado estuvieron zarandeándola como a una tabla de madera, que tal cual lograba mantenerse a flote ya que Lynn sabía nadar bien, cuando de pronto una ola gigantesca la sacó por un desagüe y la arrojó sobre una ciénaga del parque Tall Trees junto a varios cadáveres semi descompuestos.

Agotada, se quedó tendida sobre el fango mientras poco a poco recobraba sus fuerzas para volver a levantarse. Puso sus ropas a secar al sol y mientras esperaba clavó la vista atenta en la boca del desagüe, por si acaso aquello volvía a aparecer.

Más tarde se vistió y, con la cabeza abrumada del miedo, echó a andar por el camino que arrancaba de la ciénaga.

Al cabo de una hora regresó a la Avenida Franklin, donde un escándalo que involucraba a sus vecinos y a varios policías tenía lugar afuera de su casa.

–¡Ahí está! –la había señalado su propia madre, histérica a más no poder, en cuanto la vio aparecerse por el horizonte mientras era retenida por dos oficiales que prefirieron evitar que fuera a reventarla a golpes. Entretanto, los forenses sacaban de la mismísima casa Loud un cuerpo envuelto en una bolsa de plástico, de tamaño adulto–. ¡Ahí está esa maldita asesina!

Los otros vecinos tan solo no pudieron dejar de observar el tan notorio cambió que Lynn había sufrido en su aspecto, al verla llegar con el cabello suelto, mugriento y enmarañado.

–Dios mío... –exclamó el jefe de policía sacudiendo la cabeza de lado a lado, procediendo después a llamar a sus hombres–. ¡Muchachos! Al menos la imbécil tiene valor, eso lo admito. ¡Hasta ahí Loud!

–¡¿Cómo pudiste ser capaz de hacer algo tan horrible, Lynn Jr.?! –gritó Rita haciéndose escuchar por todos los presentes–. ¡TÚ YA NO ERES MI HIJA! ¡DESDE AHORA ESTÁS MUERTA PARA MI!

En ese momento sus nueve hermanas llegaron por el otro lado de la calle a enterarse de todo, y ahí tan solo se quedaron viendo desde lejos como los oficiales de la ley recurrían a usar la fuerza en su contra para someterla.

–¡No, suéltenme! –protestó Lynn repetidamente a gritos, pese a que ya no tenía caso seguir luchando–. ¡No pueden, no pueden, no he terminado, tengo que matar a todos, no pueden...!

–¡De rodillas! –ordenó el jefe soltándole dos bofetadas en el rostro–. ¡Esposen a esta delincuente!

–¡Ustedes no entienden –vociferó ella en lo que los policías le colocaban las esposas y la subían a rastras a la parte de atrás de una patrulla–, tengo que matarlas a ellas!

–¡Mis hijas! –corrió a su vez la señora Loud a abrazar entre sollozos a las otras nueve hermanas, y luego a decir algo que a Lynn acabaría de quebrarle la moral–. ¡¿Dónde estaban?! ¡Me tenían muy preocupada! ¡No vuelvan a asustarme de esa manera! ¡Creanme que jamás soportaría perder a ninguna otra de ustedes, que son las mejores ONCE cosas que me han pasado!... Aunque lamentablemente ahora me quedan nueve nada más.

–Si que lo entendemos bien –se dirigió el jefe a Lynn una ultima vez antes de que el vehículo se pusiera en marcha–. Vimos las grabaciones de las cámaras que tenían ocultas en su casa y tenemos las pruebas que necesitamos.

–¡No...! –palideció la joven al entender que de lo que hablaba el policía de seguro era algo referente a alguna obra de Lisa o Luan, y que por ende su suerte estaba echada–. ¡No puede ser...!

–¡Si puede ser! Lynn Loud, estás arrestada. Tienes derecho a un abogado. Tienes derecho a guardar silencio. Todo lo que digas puede ser usado en tu contra en un tribunal...

–Tranquilas niñas –consoló su madre al resto de las hermanas Loud, que seguían sin hacer o decir nada para persuadir a los oficiales de que se llevaran detenida a Lynn; no porque no querían, sino porque en serio ya no podían hacer nada por ella–. Todo va estar bien, ahora que pongan a ese pequeño monstruo tras las rejas. Ya verán que saldremos adelante.

–¡TRAIDORAS! –gritó Lynn a su familia en el momento en que el jefe cerraba la puerta de la patrulla de un portazo y esta se ponía en marcha hacia la estación...


Tras el veredicto salió un encabezado en primera plana en el que mencionaban los puntos más destacados como eran las grabaciones de las cámaras escondidas plantadas por Lisa o Luan en la casa Loud; el celular del desaparecido Chandler, que fue encontrado en el escritorio de Lynn; algunos libros asignados a Margo y Paula, ambas desaparecidas y amigas de ella, que aparecieron en su armario; y lo mas incriminatorio: una trusa de catalogo escondida en una desgarradura de su colchón, identificada gracias a una marca de lavandería como perteneciente a Lincoln Loud, fallecido.

A LJ la habían acribillado a preguntas, rodeándola y apuntándola con dedos acusatorios.

≪Allí afuera nadie está contento, Loud –le había dicho un detective llamado Seeley Booth–. Hace mucho que no se lincha a nadie en este pueblo, pero podría volver a ocurrir≫.

Seguramente hubieran prolongado el interrogatorio, más porque ansiaban desesperadamente cerrar las cuentas de esa temporada llena de sangre y horror que por temor a que los justos de Royal Woods irrumpieran en la estación para llevársela afuera a colgarla de un árbol.

Sin embargo Lynn lo hizo fácil, al comprender que querían que se confesara culpable. A ella no le molestó. Después de lo que había visto en las alcantarillas, le daba igual.

No negó en absoluto lo que se mostraba en la grabación, y dijo que había dejado los cadáveres degollados de Hawk y Hank en el vestíbulo de la vieja casa del sepulturero donde se filmó un episodio del programa ARGGH!

También dijo que si había matado a los demás, a sabiendas de que eso ultimo no era nada cierto, pero qué importaba. Si también a Chandler, si a Margo, si a Paula, si a Lincoln, si a este, si al que le dijeran, si a todos.

Comprendió que el teléfono se lo había regalado Chandler un día de mayo después de que el se compró un modelo nuevo. También comprendió lo de los libros de sus ex amigas; cuando aun se juntaba con ellas, las tres andaban juntas y no se preocupaban tanto por los textos. Probablemente en los armarios de las otras dos habrían libros suyos y de seguro la policía lo sabía.

En cuanto a la trusa... No tenía idea de cómo podía haber ido a parar a su colchón. Pero creía saber quién –o qué– se había encargado de ello.

De modo que la enviaron al manicomio estatal en Austin, Texas, y permaneció allí alrededor de unos veinte años, casi siempre inmovilizada por medios físicos o químicos; y en el 2037 la trasladaron a Hazeltucky a la sección asignada a las internas que antes se consideraban muy peligrosas y que ahora solo se consideraban como moderadamente peligrosas.

Allí, su historia clínica despertó el interés de la especialista a cargo de la institución, una mujer apellidada Lopez, quien luego de discutirlo con su colega y vieja amiga de la facultad, una tal Miss Olaffson, en conjunto ambas llegaron a la conclusión simple de que a Lynn Jr. debió de habérsela considerado como potencialmente peligrosa desde que tuvo uso de razón.

En general, los resultados de sus pruebas más recientes arrojaban que ella padecía de un severo trastorno limite de la personalidad producto del caótico entorno familiar en el que se había criado, sumado a una anomalía congénita presente en las regiones de su cerebro relacionadas con la regulación de las emociones, la impulsividad y la agresión. Lo que significaba que desde siempre había sido alguien psicológicamente inestable, explicando así los aspectos malsanos de su comportamiento como eran sus arrebatos de furia y lo fácil que podía sugestionarse con creencias supersticiosas.

En la familia Loud ya existían antecedentes de algunas afecciones psicológicas en varios de sus integrantes, que no tenían porque ser necesariamente algo malo que les impediría llevar una vida normal; deficit de atención para Leni, algo de hiperactividad en Luna, un grado menor de ansiedad social en Lucy y discapacidad psicosocial en Lisa. Por eso era que los residentes del pueblo les llamaban la casa de locos, fuera en tono de broma o de modo despectivo según quien lo dijera.

Pero la condición de Lynn, que pasó muy desapercibida por debajo de las narices de sus padres y los psicólogos de sus escuelas primaria y secundaria hasta recién entrada su adolescencia, era algo más complicado que requería de mayor atención y un muy adecuado tratamiento.

Si tan solo si se hubiese diagnosticado lo suyo antes, en una fase más temprana de su juventud en la que –por mera casualidad y sin que ni ella misma llegara a saberlo– lo había mantenido relativamente bien equilibrado debido a como canalizaba toda su energía en jugar sus juegos favoritos, quizá podría haberse evitado que terminase ahí encerrada.

En pocas palabras, resultó que nunca nadie supo que Lynn de niña había sido alguien con severos trastornos mentales de nacimiento que tuvo la suerte de mantenerse cuerda gracias a la disciplina del deporte. Pero la locura, como lo es la gravedad, solo necesita de un pequeño empujón; y ese empujón se lo dio...

–Si no te pones a llenar esa cesta te ajustaré las cuentas, Loud –la amenazó Steak nuevamente.

Lynn asintió y siguió trabajando. Pronto las voces empezaron otra vez.

Li-li... Li-li... Li-li... ¡Lit-t-teralmente fue tu culpa –habló una de ellas–. ¡S-solo tu c-culpa!

¡Si! –rió otra–. Merecías que todos en el pueblo te odiaran por empezar con esa tontería de la mala suerte, sis. Ahora soy rica y tú estás piscando frijoles.

El asunto de la mala suerte. Así era como llamaba a aquel amargo episodio que había arruinado su vida...


Todo el mundo allá en Royal Woods se sabía la historia de memoria. Desde la parte en que Lynn obligó a Lincoln a asistir a su juego, de muy mala manera, hasta en la que este quedó confinado en la botarga de ardilla.

La parte que no se sabía nadie, era que aquel conflicto familiar no había sido otra cosa más que una treta, una artimaña; una broma, de mal gusto, si, de acuerdo; pero toda una farsa a fin de cuentas que habían montado los Loud. Se trataba de hacer que el chico aprendiera que como familia debían apoyarse mutuamente, eso era todo.

Pasaba, que los hermanos Loud siempre habían tenido por costumbre escarmentar drásticamente a cualquiera que obrara mal. Contra Lynn una vez tuvieron que trabajar en equipo para derrotarla de una vez por todas en la noche de juegos a ver si con eso dejaba de mofarse en sus caras; con Lola tuvieron que hacerla probar una cucharada de su propia medicina por chantajista y chismosa; Luan, ni mencionar los castigos bien empleados que ameritaba por su modo de ser en el día de los inocentes; y Lincoln, que tampoco era un pan de Dios y a veces tenía uno que otro arrebato egoísta, tampoco estaba exento de ello. La vez que usó tapones en los oídos para ignorarlas por ejemplo, le hicieron creer que el le había prometido algo a Lola que no recordaba y pasó todo el día haciendo un montón de tareas muy agotadoras por temor a su enojo. Al final aprendió que simplemente no podía pasar de su familia como si nada.

Lo de la mala suerte en efecto fue idea de Lynn, quien se había sentido particularmente dolida cuando Lincoln rehusó ir a apoyarla en su partido; no más que en principio ocurrió de modo accidentado.

La verdadera causa por la que perdió dicho juego, indiscutiblemente la atribuía a que entre discretos y constantes vistazos hacia las tribunas siempre daba con la cara malhumorada de su hermano mezclada entre las de los que si fueron a animarla de buena fe, como si su presencia en algo que significaba tanto para ella fuera mucho pedir; motivo por el cual su rendimiento no fue el mismo; porque la concentración que necesitaba había empezado a fallar por lo frustrante y desalentador que era ver eso.

Además de que una idea espantosa empezaba a invadir su cabeza, así como los molestos zumbidos de un enjambre de fieras avispas dotadas de agudos aguijones listos para picar: la idea de que ya no fuesen tan cercanos como antes. Porque los niños crecen y desarrollan sus propios intereses, y los hermanos acaban distanciándose y se van a hacer sus vidas.

Luego de su aplastante derrota salió a confrontar a Lincoln afuera del estadio; y si lo acusó de dar mala suerte, fue solo por la rabia que sentía en el calor del momento, y el coraje no terminaría de bajársele al otro día en el que comenzó todo.

Cabía resaltar, que eventualmente todas las demás se fueron poniendo furiosas con el cuando vieron que intentaba sacar provecho de la situación, como cuando indeliberadamente hizo caer los palos de Lori para no ir a su torneo. De modo que llegó el punto en que se pusieron de acuerdo para entre todos pagarle con su misma moneda, y sus padres también se animaron a participar.

Si Lincoln se excusaba diciendo que daba mala suerte para dejar de asistir a las actividades de los Loud, entonces tenía prohibido ir a estas mismas; pero tampoco se le permitía acompañarlos al cine, ni ir con ellos de paseo a la playa, ni dormir en el mismo pasillo que sus hermanas por cuestiones de seguridad.

Entonces, ¿obtuvo lo que se buscó? Si. De eso trataba el polémico asunto de la mala suerte, de darle un buen escarmiento al único hijo varón de la familia. Todo eso había sido orquestado por Lynn y era parte de su plan desde el principio.

Ahora que el que se fuera a dormir en el patio en lugar de la sala o el garaje o que fuera a pasar la noche en casa de su amigo Clyde no estaba precisamente planeado, pero bien aprovecharon eso para asegurarse de que si aprendiera bien su lección, y mamá y papá también estuvieron tan de acuerdo como luego el inventarse que habían vendido sus cosas o hacerlo ir a la playa en el traje de ardilla. Solo para estar bien asegurados. Hasta entonces a Lynn Jr. prácticamente se le daba gusto en todo.

Ya cuando consideraron que había tenido suficiente, y que de hecho se les fue un poco la mano al hacerlo ir vestido en una botarga afelpada a un sitio así de caluroso, verificaron que la broma había salido tan bien que Lincoln momentáneamente creyó que de verdad su familia ya no lo quería.

Lo encontraron llorando en una cueva, bajo la sofocante botarga. Ahí decidieron poner fin a todo, consolarlo, explicarle sus intenciones apropiadamente, y de ahí en adelante hacer de cuenta que aquello jamás pasó.

Desgraciadamente, con respecto a las partes que todos conocen, el rumor se extendería como la pólvora y todo empezaría a salir mal, para Lynn...


–Cállense –susurró, arrancando más deprisa las vainas.

Estoy muy decepcionado de ti, hija –habló una más–. ¿Sabes que por tu culpa no me vendieron el restaurante de mariscos en el que iba a abrir La Cocina de Lynn? Jamás debí ponerte mi nombre, eres toda una decepción para mí...

Lo decía porque ella había sido la de la idea. Normalmente quienes habían dirigido esos escarmientos tan innecesariamente complicados eran Lori, Lola, a veces Luan o Lucy, y especialmente el propio Lincoln. Mas una sola vez que Lynn estuvo al mando y pasó a convertirse en una paria social.

Al parecer alguien que estuvo ese mismo día en la playa sacó una fotocaptura del momento exacto en que los Loud obligaron a Lincoln a ponerse la cabeza de ardilla y se encargó de dar a conocer la historia. Historia que en cuestión de minutos dañaría por completo la imagen de Lynn gracias a la magia del internet en una época en que la polémica está a la orden del día y la gente tiende a distorsionar la realidad de los hechos...


Cuando se presentó a su siguiente entrenamiento de futbol soccer, la entrenadora la apartó de donde se reunían las otras jugadoras y le pidió cordialmente, pero igual con un dejo de tosquedad, que ya no asistiera nunca más a las practicas.

Lo mismo pasó con Flip, quien esa vez sin mas dijo que tenerla en el equipo que patrocinaba sería perjudicial para sus negocios. E igual le fue con su entrenador de futbol americano y el resto de sus equipos, cosa que en realidad le sentó bastante peor, a ella que necesitaba de las rutinas bien estructuradas de los deportes para mantener en buen estado su salud emocional que de por si ya se presentaba muy frágil por la falta de terapia y medicinas que nadie sabía que necesitaba.

Y en la secundaría tampoco le fue mucho mejor, volviendo a aquella tormentosa época en que fue víctima de bullying, pero aumentado a la décima potencia y sin que su actitud agresiva le sirviera esta vez para defenderse.

Justo cuando ya se había acostumbrado a que las alumnas asiáticas dibujaran asquerosos mangas de romance incestuoso de ella y Lincoln como protagonistas, que ultimadamente no dañaban a nadie, lo que quedaba de su vida escolar se volvió una autentica historia de horror que no tenía nada que envidiarle a un escrito de Stephen King.

Que si mala perdedora esto, que ¿cómo pudiste hacerle eso a tu hermano? aquello, eran palabras con las que la acosaban inquisitoriamente.

Recibía mensajes de odio de sus compañeros, y en mayor medida de sus profesores; le metían porquerías en su mochila o en su casillero; le echaban globos llenos de agua (o cuanto menos esperaba que fuese agua); le ponían letreros de mala perdedora en su espalda y cuando iba a las duchas del gimnasio o bien le escondían sus ropas o rellenaban sus tennis con chinchetas cuando se sentían benevolentes.

Una vez, mientras estaba en un cubículo del baño haciendo sus cosas, sus ex compañeras de Las Viseras de Pavo se atrevieron a vaciarle por arriba el contenido de una bolsa de basura que antes terminaron de rellenar con agua del grifo.

Otra, mientras tomaba su almuerzo sentada en el piso en un rincón apartado de la cafetería, puesto que ya ni la dejaban tomar una silla para ella, alguien le arrojó una bola de papel para hacerla distraer la atención de su charola. Cuando se volvió, se encontró con que le habían robado el postre y en su lugar dejaron un tampon ensangrentado enterrado bien profundo en su puré de papas.

Quien diría lo indignante que había resultado ser el asunto de la mala suerte, como para haberse vuelto la más odiada de las diez hermanas Loud.

Incluso nerds de otras escuelas y de otras ciudades venían solo para abuchearla, aparte de insultarla en las redes sociales evidentemente a falta de algo mejor que hacer con sus vidas.

Por no mencionar los problemas que sus padres casi llegan a tener con los servicios sociales. Y es que no faltó alguno que otro chismoso que malinterpretó todo como un caso de maltrato infantil. Afortunadamente, fuera por la ceguera mental que parecían sufrir los habitantes de Royal Woods, y que se hacía más notoria en los adultos que también tenían olvidada la historia sangrienta de su pueblo y tampoco mostrarían mucho interés en las desapariciones de niños que sucederían en el ciclo siguiente, todo quedó olvidado.

Pero igual Lynn aun tendría que pagar los platos rotos, agregado el repentino cambio de actitud que tendrían sus padres para con ella, con montones de reprimendas, regaños y reproches, como si la culpa de todo únicamente hubiese sido solo suya...


Me preocupas mucho, Lynn –siguió hablándole la luna–. Me preocupas mucho.

–¡Cállate papá! –gruñó entre dientes.

Lynn tampoco olvidó lo que pasó ese otro día, al final de aquel primer mes tan difícil...


Ahí fue cuando el nuevo ciclo de violencia había dado inicio, está vez con una multitud de gente furiosa reclamando por su cabeza afuera de su casa.

¡Fuera Lynn Jr., fuera! ¡Fuera Lynn Jr., fuera...! –era lo que coreaba la muchedumbre una y otra vez.

–Esto ya se salió de control –dijo muy preocupada Rita por su familia en lo que cerraba la cortina de la sala–, no podemos salir de la casa sin que nos molesten. Tienes que hacer algo LJ.

–¿Qué quieres que haga? –replicó ella–. Ya llevé a Linc al tour de orientación de mi escuela para que todos vean que aun nos llevamos bien. Hasta me ofrecía a recibir una paliza que el mismo se buscó, pero la gente no me deja en paz.

Lincoln asintió con la cabeza dándole la razón. Sus otras hermanas se quedaron calladas al no saber cómo hallarle solución a tan abrumador problema.

–Te debes disculpar –ordenó Lynn Sénior–. Sal, hazlo ahora. Diles que fue un error y que lo lamentas y tal vez te perdonen.

A pesar de lo denigrante que fue cargar con toda la responsabilidad (como si el resto de la familia no hubiese participado también) Lynn le tomó la palabra a su padre desesperada por remediarlo todo.

–Tal vez tengas razón. Los enfrentaré y espero que me disculpen.

Lynn salió de la casa a confrontar a la multitud.

–Hola –saludó a todos–, como ya saben, yo soy Lynn Loud Jr.

Hubo quienes no se hicieron esperar para abuchearla.

–Quiero leer unas palabras –prosiguió a leer lo que tenía escrito en una hoja de papel–: señores y señoras, estoy aquí hoy para disculparm...

–¿Por qué mencionas a los señores primero? –la interrumpió uno de los manifestantes varones–. Eso es sexista.

–Solamente es un saludo genérico –explicó–. Volveré a comenzar: señoras y señores...

–Uh, escuchen a la feminista empoderada –la interrumpió otro.

–Si, lo siento... –volvió a excusarse–. Humanos en la audiencia...

–Oye, yo me identifico con las pelotas.

Humanos y pelotas...

–Yo soy un perico que repite palabras, pero no las comprende.

Lynn respiró hondo queriendo ser paciente.

Humanos, pelotas, pericos, y todo lo demás...

–¿Todo lo demás? Es todos los demás.

–De hecho no es así.

Pronto reanudaron los abucheos.

–Bien, basta –pidió la chica–. Por favor cálmense, si.

–¡No nos digas que hacer!

–¡Eso me incomoda! Lo que me incomoda en el 2017 debe ser ilegal.

–¡¿Saben que?! –Lynn arrugó la carta de disculpas y la arrojó al suelo al haber rebasado los limites de su paciencia–. Vayan a...

Sus padres y hermanos, que miraban por la ventana, ahogaron una exclamación. Rita le tapó los oídos a Lily, Lincoln y Luan a las gemelas, Lynn Sénior a Lisa, Lori a Leni y Luna a Lucy que a su vez se descubrió el fleco para mirar a Lynn sorprendida por lo que acababa de gritar.

–¿Qué fue lo que dijo? –preguntó Lana.

–¡No odio a mi hermano!, ¿entienden? –se dirigió Lynn a la gente encendida de ira–. ¡Solo fue una mala broma que se me ocurrió, hay una gran diferencia!; ¡pero nadie en este pueblo se pregunta si vale la pena volverse loco por algo así, o si hay mayores problemas en el mundo que lo que hagamos en esta casa! ¡Les aseguro que si los hay! ¡Y para que quede claro, yo amo a mi hermano como al resto de mi familia! ¡¿Qué más quieren de mi?! ¡¿Quieren arruinar mi vida?! ¡Pues felicidades, lo lograron! ¡Todos me odian! ¡No puedo salir de mi casa sin que me molesten, perdí mi único empleo como niñera, el chico que me gusta ya no me hace caso...!

–¡Siempre ha sido así! –aclaró Francisco asomándose por entre la multitud.

–¡No puedo ver mi celular sin que extraños me digan mala perdedora, supersticiosa, vergüenza del deporte, que mejor me mate, o que van a matar a mi familia! –continuó vociferando Lynn–. ¡Déjenme en paz! ¡Yo soy la idiota liberal por conveniencia, no ustedes! ¡Tengo una hermana que es bisexual y la apoyo rotundamente! ¡Hay quienes dicen que soy un chico atrapado en el cuerpo de una chica y les sigo el juego aunque no es así! ¡¿Cuántos pueden decir lo mismo?! ¡¿Dónde esta mi puta medalla?! ¡Soy tan liberal que haría lo que fuera, malditos hijos de puta! ¡En lugar de matarme, los debería matar a ustedes!

Lynn entró cerrando la puerta de un portazo esquivando la fruta podrida que le lanzaba la gente y subió corriendo a su cuarto a llorar.

–Lynn... –se asomó Lincoln a su puerta, queriendo ver si podía hacer algo para consolarla.

–Déjame... –pidió ella entre sollozos–. Solo déjame.

Pasó el tiempo y el escándalo fue cesando de a poco. La familia Loud continuó normalmente con sus vidas, pero Lynn tuvo que mantener un perfil bajo al seguir siendo la persona más odiada en Royal Woods...


¿En que me equivoqué? –la provocó de repente la voz de su madre–, ¡¿En que demonios me equivoque?!

Lynn se afanó en su labor tratando de ignorarla, pero ni con eso dejaría de recordar como todo fue yendo de mal en peor...


–Vamos niños, la película ya va empezar –los llamó Rita una noche en que todos irían al cine en familia, a lo que los niños Loud bajaron corriendo las escaleras en caravana muy emocionados.

–Yo sostengo las palomitas –dijo como siempre Lincoln.

Por ultimo bajó a sumárseles Lynn Jr., pensando que quizá una noche de película sería ideal para ayudar a aliviar su pobre alma torturada.

–Espera ahí un momento –la detuvo en el acto Lynn padre echándole una mirada sombría–. Quisiera que nos acompañaras, pero nos has ocasionado muchos problemas y tenemos que proteger a la familia.

–¿Qué?

Leni quiso hablar en su defensa, pero su mamá la calló antes con un ademán.

–Cariño, de verdad lo siento –se excusó la mujer siendo condescendiente–. Pero entiende que no nos podemos arriesgar ahora que las cosas se han calmado. Si nos ven contigo podrían insultarnos otra vez y tal vez no nos dejen entrar al cine. Hasta podría haber alguien que intente atacarnos.

Ni ella ni sus hermanos podían negar eso.

A lo largo de esos meses, Lynn pasaba la mayor parte de su tiempo aburriéndose sola en casa a causa de que ahora era a ella a quien se le había prohibido asistir a las actividades de sus hermanos, y con toda razón. No porque no querían que fuera, si incluso hicieron de todo para que pudiese salir con ellos como recurrir al baúl de los disfraces de Lincoln o cosas así, pero el problema era que su sola presencia en cualquier evento publico era arriesgado tanto para su propia seguridad como para la de cualquier acompañante suyo.

Cierto domingo que Luan y Lincoln tenían que ir a animar un cumpleaños, Lynn al no tener nada mejor que hacer, puesto que ya no estaba en ningún equipo, se ofreció a ir a ayudarlos así fuese solo para cargar sus cosas; mas tristemente y con mucho pesar tuvieron que negarse a su oferta. Después, se tomaron su tiempo para explicarle que el que las mamás chismosas del pueblo los vieran llegar con ella a cualquier fiesta infantil terminaría siendo muy perjudicial para la reputación del Negocio Gracioso. Pero sí se ofrecieron a traerle una rebanada de pastel a modo de consolación.

Así había sido con los conciertos de Luna, los desfiles de Lola y todas las actividades, incluido a Lincoln que al parecer había despertado cierto interés en los espectáculos de magia; y ella ni pudo estar en su primera presentación, que solo tuvo lugar en el show de talentos de la escuela e igual pensaba que la magia era aburrida, pero esperaba poder apoyarlo y expresarle lo contenta que estaba de que hubiese hallado un talento propio.

Era como si la propia Lynn transmitiera algo peor que la mala suerte de la que supuestamente habían acusado a Lincoln, y sus hermanos además de respaldarla y estar a su lado no podían hacer nada más.

Lo peor era que seguía sin explicarse porque solo ella tenía que cargar con el odio injustificado de la gente, si la culpa fue de toda la familia entera.

Consecuentemente esto la encaminaría a volverse una persona más retraída y distante, y eso que la peor parte de todo recién estaba por venir.

–Está bien, lo entiendo –dijo volviendo a subir a su habitación cabizbaja.

Ahí, de nueva cuenta se echó sobre su cama boca abajo sin ánimos de hacer nada en lo que quedaba de la noche.

–¿No vienes? –se le apareció Lucy sin avisar en la puerta.

–No luce –contestó hundiendo el rostro en su almohada–. Ya oíste a mamá y papá.

Suspiro... Mejor así –dijo su compañera de cuarto, en un inesperado tono más tétrico y rasposo de lo usual, como entre coagulados ceceos de serpiente–, No queremos que nos eches a perder la película con tu inmunda presencia.

–¡Oye!

Lynn se reincorporó para reclamarle a Lucy por atreverse a hablarle así; pero para su sorpresa la pequeña gótica ya había desaparecido del umbral con la misma rapidez con la que soplaba el viento esa misma noche.

≪¡¿Cómo rayos fue que...?!≫.

Miró el reloj de su mesa de noche. La hora que marcaba eran casi dos más después de que todos se marcharon. Luego se asomó por su ventana y vio que Vanzilla no estaba aparcada afuera ante la puerta del garaje.

≪Entonces fue solo un sueño... Me habré quedado dormida≫.

Se giró para salir al pasillo y de ahí bajar a la cocina en busca de un poco de jugo, cuando antes vio pasar a algo flotando por delante de la puerta abierta de su recamara. Era un globo de color rojo inflado con helio que aparecía atado a un fino cordel.

≪¡¿Qué rayos?!≫.

Lynn se talló los ojos, miró de nuevo a su ventana abierta, e imaginó entonces que ese habría de ser un globo que debió habérsele escapado de las manos a algún niño que acababa de salir de Lactoland y terminó entrando por ahí.

Primero cerró la ventana ya que estaba helando y luego salió al corredor. Cuando estuvo parada en el umbral, a su derecha hubo un estallido que la hizo mirar hacia la recamara de su hermano.

Otra ráfaga sopló ahí adentro, desafiando toda lógica, y con un crujido esa misma puerta se abrió delante de ella.

No supo si fue porque quiso ir a verificar que Lincoln no se hubiese dejado la ventana de su cuarto abierta, o por esa fea costumbre que tenía de esculcar las cosas de los demás a sus espaldas... O porque algo más, algo diferente, una voz que solo pudo percibir con el oído de su mente, la estuviese llamando a que buscara algo que solo podría encontrar allí y era menester verlo cuanto antes...

El caso es que Lynn entró.

Una vez adentro, consideró lo apropiado que sería salirse antes de que todos regresaran y encima la acusaran de haber estado husmeando en las cosas de Lincoln.

En vez de hacerlo empezó por repasar sus juguetes, luego las piezas de un modelo a escala que el estaba armando y picarse la nariz con una de ellas. Después abrió el cajón del escritorio y se puso a hurgar lo que había ahí.

Como si su mano tuviese mente propia, inmediatamente sacó un papel amarillo cuidadosamente doblado el cual simplemente extendió.

Porque Lynn Loud Jr. es la Peor Hermana del Mundo –Leyó en voz alta el encabezado, escrito aparentemente con lápiz labial en letras rojas.

≪¡¿Qué?!≫.

Consiente de que con un titulo así lo que vendría a continuación no seria nada bonito, siguió leyendo y releyendo el contenido de la carta con mayor incredulidad que la vez anterior.

≪Rayos Linc... ¿Dónde aprendiste tantas...?≫.

–... y por eso es la peor hermana del mundo –acabó ahogando un gemido.

Lo peor vino al final, con las diez firmas de sus hermanas y hermano anexadas a aquella oda a la blasfemia.

≪El me odia... –sucumbió a las lagrimas–. Todos me odian≫.

Lynn volvió a doblar el papel y lo guardó donde lo había encontrado, salió de nuevo al pasillo y regresó a su habitación completamente desecha.

Coincidentemente, en ese instante se oyó a Vanzilla aparcando afuera de la casa, seguida por los frenéticos gritos de las otras chicas que fueron bajando de la camioneta y subieron corriendo los escalones cargando a Lincoln en hombros igual como sus equipos cargaban a Lynn cuando aseguraba la victoria de un campeonato.

–¿Y ahora qué? –se quejó ella refunfuñante.

–¡Lynn! –entró Lucy a la habitación rebosante de alegría, corriendo de un lado a otro con las manos entrelazadas–. ¡No vas a creer esto! ¡Lincoln vio a Paige en el cine y, adivina, van a tener una cita el próximo viernes! ¡¿No es roman...?! ¿Eh? ¿Por qué estás destruyendo mis poemas?

La castaña terminó de arrancar otra hoja, tiró el cuaderno al piso y lo arruinó raspándolo con sus pies. Luego caminó hacia donde estaba Lucy y lanzó su puño directo contra la cara de ella haciendo que chocara de espaldas contra la pared y cayera patéticamente en medio del pasillo.

Antes de que siquiera pudiese volver a levantarse, Lynn llegó a patearla en el estomago y sentársele encima, la agarró de los cabellos y empezó a azotarle la cabeza contra el suelo repetidas veces.

Lynn y Lucy ya habían peleado antes, casi siempre se las veía pelear a puño limpio, pero lo cierto era que Lynn procuraba en cada pelea contenerse con su pequeña hermana como sabía contenerse con Lincoln por ser una chica demasiado fuerte. Mas no esta vez.

–¡¿Qué estás haciendo maniática?! –salió a intervenir Lori a tiempo de la habitación de Lincoln acompañada del resto de sus hermanos.

–¡Lynn, basta! –fue a detenerla Luna mientras Luan iba a auxiliar a Lucy, que tenía la nariz sangrando y se le había formado un espantoso chichón en la cabeza.

–¡¿Pero qué está pasando?! –también fue Lincoln a ver que ocurría.

–¡¿Qué rayos te pasa?! –le llamó la atención Luan–. ¡Le rompiste la nariz!

Sin mas Lucy rompió en llanto como la chiquilla delicada que era en verdad; porque los golpes si le habían dolido efectivamente, pero no tanto como que su hermana y la que había sido su compañera de cuarto y mejor amiga la había agredido a tal grado con toda la mala intención del mundo.

Luna apartó a Lynn de Lucy, a la vez que Luan y Lincoln la ayudaban a sentarse y las gemelas traían el botiquín y procedían a curarla.

En medio de todo este espectáculo, Lincoln, a quien ya solo quedaba una semana de vida, miró a Lynn con cara de decepción y negó con la cabeza.

–Tranquila –consoló este a Lucy usando la C de cuidados–. Ya pasó.

–Mi cuaderno... –gimoteó su hermanita señalando a donde quedaron las hojas desechas–. Mis poemas...

–No te preocupes, yo te ayudaré a escribir uno nuevo con todas las rimas que necesites. Ven, ¿quieres unos bocadillos de macarrón con queso? Guardé unas sobras de la cena de anoche. Te los regalo.

Sollozo... ¿Puedo quedarme en tu habita...?

–Por supuesto –accedió sin ningún problema a darle posada–. Todo el tiempo que quieras. Vamos, te prepararé un té de manzanilla.

Lincoln tomó a Lucy de la mano y la guió hacia las escaleras. Lori en cambió se agachó para estar a la altura de Lynn, la agarró de los hombros y comenzó a zarandearla y gritarle.

–¡¿Qué ocurre contigo?! Sabes lo delicada que es Lucy. ¡¿Qué demonios ocurre contigo?!

–¡DÉJENME EN PAZ! –estalló la ex deportista–, ¡SOLO DÉJENME EN PAZ!

–¡LYNN LOUD JR.!

Su padre acabó de subir los escalones muy, pero que muy enojado. Con un rápido vistazo, tanto ella como sus hermanas advirtieron que lo que estaba era desabrochándose el cinturón.

–Ya tuve suficiente de ti jovencita.

–Papá... –lo miró implorante la castaña–. ¿Qué vas a hacer con...?

–Algo que debí hacer hace mucho tiempo.

–Papá... –trató de abogar Leni por ella una vez más.

–¡Todas vayan a sus habitaciones! –ordenó el.

–Pero... –trató de insistir Lori, queriendo prevenir que recurriera al castigo físico a pesar de todo.

–¡Ahora mismo!

Las chicas no tuvieron de otra más que obedecer a Lynn padre, quien obligó a Lynn Jr. a entrar a su cuarto a base de empujones y aseguró la puerta.

–Esto me va a doler a mi más de lo que te va a doler a ti.

Poco después, se oyeron sus gritos y chillidos por toda la casa acompañados de fuertes azotes.

–¡AUCH! ¡AUCH! ¡AUCH! ¡NO PAPÁ, POR FAVOR, NO! ¡AUCH! ¡AUCH!...

–¡ESTÁS CASTIGADA POR DOS, NO, CUATRO, NO, SEIS MESES!

Desde sus respectivas habitaciones sus hermanas, y Lincoln y Lucy desde la cocina, tan solo pudieron compadecerse de ella por haber tenido que recibir un castigo tan brutal.

Rita por su parte, entró a su recamara y sorbió su taza de café con toda tranquilidad, indiferente al sufrimiento de su hija.

En la madrugada, cuando nadie la veía, Lynn se encerró en el baño a aplicarse ungüento en los moretones entre lagrimas de rabia y rencor contra todos y todo en el mundo...


Al menos así era como lo estaba acabando de recordar durante su jornada en la huerta, dado que ya no tenía muy en claro cómo fue que había acabado de resolverse aquel asunto de la mala suerte, o si había sido algo tan grave como para que luego todo no volviese a la normalidad.

Si tenía certeza de que una vez obligó a su hermano menor a asistir a su partido a base de amenazas, si de haberlo acusado de transmitir mala suerte por una razón u otra, y si de que en algún momento el se puso un traje de ardilla; pero a la hora de la verdad el remordimiento que la aculpaba bloqueaba los recuerdos en los que se detallaba que pasó exactamente después.

Por mucho que se esmeraba en rememorarlo, tampoco se le hacía muy coherente pensar que Lincon había sido alguien tan popular como para que se generará todo ese odio masivo contra ella. ¿O sí?

A decir verdad resultaba irrelevante decir que era coherente o no. Desde su perspectiva nunca nada en su vida había sido constante. Un día era Lincoln el que afirmaba ser siempre el que perdía en el juego de tocarse la nariz para evitar hacer alguna cosa desagradable, y al otro la que decía perderlo todo el tiempo era Leni; un momento recordaba el búnker de Lisa como una fortaleza impenetrable, y al siguiente como un lugar al que fácilmente se podía acceder con solo digitar la fecha de su cumpleaños. Unas veces recordaba el día de las bromas con Luan en su modo desquiciado de un modo, otras de uno muy diferente. A veces recordaba las caras de sus padres con claridad y otras olvidaba como eran. En ocasiones aseguraba que podían entender los balbuceos de Lily y en otras no. Mucho menos tenía idea de cómo convencieron al grupo de SMOOCH para que tocasen en le patio de su casa, de dónde salió la araña robótica gigante que luego los atacó o si todo eso solo lo había soñado.

Total, que en sus recuerdos todo siempre solía cambiar de acuerdo a la conveniencia de la situación; y si iba a tener un motivo para estar allí encerrada, prefería tener múltiples opciones.

Otras veces tenía ideas todavía más extrañas, como que todas las personas y criaturas salían de la imaginación de alguien más y que ni siquiera ella era una cosa real en el universo.

El punto era que en algún momento acabó enloqueciendo por algo que la convirtió en la mala de esta historia que giraba en torno a una tragedia familiar, y era lo suficientemente lista para ser consiente de ello.

Papá se puso como una fiera esa vez –dijo otra de las voces–. ¿Recuerdas? Parece que cosechaste lo que sembraste, i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes? Ahora también soy rica. ¡Bien, tabla de planchar!

–Cállate Luan –murmuró Lynn apresurando su trabajo–. ¡Cállense todos!

Un momento después todas las voces parloteaban al mismo tiempo, riéndose de ella, llamándola perdedora y preguntándole si le gustaban los tratamientos de electroshock que le habían aplicado y si le gustaba estar ahí.

¡No sé como pude hazerle cazo a una homozapienz zin zerebro como tu! –ceceó una.

¡Tú si eres mala! –la acusó otra muy irritable.

Peor que mala –suspiró una de tono rasposo–. ¡Tu alma es negra, NEGRA! ¿Has leído algún buen libro desde que te encerraron? ¡Yo escribí un montón y soy muy rica! "Mala suerte", supongo.

¡Como que tú eras la única en esta casa con la cabeza llena de aire! ¡Soy rica y tú estás aquí y me rio de ti estúpida!

¡Sucia! –aulló una igual, pero más tosca, a la que le había dicho que era mala.

¡Lynn mala! –oyó el balbuceo de un bebé acompañado además de una sonora trompetilla.

–¡No, no lo soy! –replicó estrujando las vainas en sus puños...


Para cuando ya se aproximaba aquel fatídico día después de la tormenta, Lynn albergaba solo puro resentimiento contra sus hermanas por lo bien que a estas les estaba yendo en todo, mientras que ella sentía que se estaba quedando estancada y estaba muy lejos de redimirse ante el publico.

Supuestamente este era el motivo por el que las había echo distanciarse con su agresividad, aunque más le gustaba pensar que ellas fueron las que primero se volvieron distantes. O tal vez, en algún momento empezaron a tenerle miedo, solo tal vez.

Y el que tenía contra sus padres por haberse vuelto sumamente estrictos con ella era todavía más grande. Tampoco era para menos, ya que tanta rabia la encaminaba a meterse constantemente en graves problemas.

Según el señor y la señora Loud, se había vuelto una adolescente problemática, peleonera y respondona de la noche a la mañana. Y encima tenían la osadía de decir que ella se salió solita de los equipos, cuando bien sabían que la echaron.

Los odiaba especialmente por cierta vez que se pusieron del lado de Polly, quien había tenido el cinismo de llamar a preguntar porque había dejado de asistir a las practicas, como todos los otros.

Tan mal se portaba, que no dejaban de encontrar nuevos métodos para castigarla y repetirle siempre que antes ella no era así y remataban preguntándole que diablos le había pasado, como si no lo supieran.

Con esto lo único que conseguían era que los molestos zumbidos del enjambre de avispas volvieran a infestar su cabeza, haciendo que solo se alterara más; y el proceso volvía a repetirse infinitamente, hasta una mañana en que la familia salió muy temprano para asistir a un partido de tejo del abuelo Albert y como era de esperarse Lynn se tuvo que quedar sola en casa una vez más. Ya no recordaba si había sido porque la habían castigado o si fue porque aun temían por su seguridad; pero sí recordó exactamente que hizo después.

En cuanto se quedó sola se dirigió a la cocina a preparar una apetitosa ensalada con rodajas de zanahoria y calabacines, hojas de lechuga, crema chantillí para adornar y una cerecita encima. Luego la subió hasta el cuarto de Luna y Luan y la usó para atraer a Gary, el conejito de esta ultima, que ni corto ni perezoso se abalanzó vorazmente sobre el plato... y sin tener idea de que también lo había aderezado con veneno para ratas e insecticida que había sacado del cobertizo.

Mientras se ponía uno de los velos de Lucy y unos guantes para lavar platos, Gary comió la mitad de la ensalada, cuando se detuvo.

–Anda, termina con eso comediante de pacotilla –le insistió Lynn.

Cuando empezaron los dolores, Lynn sacó un trozo de soga y ató al conejito de pies, manos y orejas a la punta de una escoba. Después lo llevó al pequeño bosque de atrás de su casa, donde había un árbol del que colgaba un avispero.

Ahí, toqueteó el panal despacio con la punta de la escoba en la que el indefenso animalito estaba apresado, sujetándola ella de la base, y los feroces insectos tardaron un poco en terminar de asesinar a Gary a aguijonazos; pero a Lynn le pareció un tiempo bien empleado. No supo porque lo hizo, ni porque lo haría nuevamente, pero si que ansiaba ver la cara de su hermana cuando se pusiera a buscarlo por todos lados.

Al final bajó del avispero al conejito, el cual estaba tieso y tenía el cuerpo lleno de picaduras.

–¿Te gustó la comida Doc?

Una vez estuvo muerto, desató el cadáver, lo arrojó en unos arbustos y volvió a su casa a echarse en su cama para botar su pelota contra la pared hasta cabecear y caer dormida, pareciendo que ya no tenía nada mejor que hacer.

Durante los próximos diez minutos, revolcándose en sueños oyó algo que creyó era una jugarreta de su imaginación, pero que sonaba tan real: la marcha de un circo ambulante aproximándose por su calle.

No importaba que tan fuerte se tapara la cabeza con su almohada, el sonido de cornetas, trombones, cuernos franceses, barítonos y tubas se intensificaron; así como también se hacía más penetrante el aroma a cacahuetes. ¡Cacahuetes tostados y buñuelos! ¡Palomitas de maíz y banderillas! ¡Dulce de algodón y...! ¿A submarinos con mucho picante? Y también, leve pero poderosamente, a estiércol de animales salvajes.

Aquello no era un sueño, era completamente real. Sí, había un circo que acababa de llegar a la ciudad y estaba pasando frente a su casa. Afuera se oían trompetas y tambores, risas de niños correteando alegremente, ruidos de elefantes y caballos amaestrados, cornetas y cañones de confeti, y el escándalo de una muchedumbre agolpándose en la acera para ver el desfile.

En otra época, si su familia hubiese estado en casa, Lynn se habría levantado de su cama primero que nadie de un solo salto e ido a asomarse por la ventana para ver el espectáculo ella misma. Luego habría salido corriendo al pasillo a gritar como loca para despertarlos a todos y de ahí irrumpido en el cuarto de Lincoln abriendo la puerta de una sola patada para luego brincar, caer de culo encima de su vientre y apurarlo a levantarse en afán de que no se perdiera un solo minuto de diversión... Eso hubiese sido lo convencional, en otra época distinta.

En el momento en que el incesante ruido se fue alejando, Lynn se reincorporó y bajó a la cocina a servirse un vaso de ponche y de una vez a escupirle al cartón. Después salió por la puerta de en frente y miró el rastro de serpentinas y confeti regados a lo largo de su calle... y también otro globo rojo atado en su buzón con un grabado de letras blancas que decía:

Lynn Loud

La #1

Como si supiera que en verdad iba a encontrar algo, caminó hacia el buzón, bajó la tapa metálica, miró adentro y sacó un pequeño paquete con una nota que iba dirigida a ella:

Para Lynn Loud Jr.

Espero que esto te sea de utilidad para

arreglar tus problemas familiares.

Tu amigo: Pennywise el payaso bailarín.

Lynn rompió el envoltorio del paquete, abrió la cajita y sacó de esta una navaja retráctil con el mango de marfil.

Por un buen rato se quedo mirando, como hipnotizada, ese extraño regalo que le llegó de una manera tan peculiar y luego lo guardó celosamente bajo su short antes de que todos regresaran...


–¡Soy una buena persona, soy una buena persona, soy una buena persona, soy buena persona...!

Trabajó enloquecida, llenando su cesta de hierbas, tierra y piedras en vez de solo vainas maduras como le habían dicho que debía hacer.

–¡Soy buena...! ¡Soy buena persona! ¡Soy buena persona...!

Ni siquiera pudiste atrapar a un tonto como yo –canturreó otra voz burlona fantasmal–. En esa pelea te aplastamos. Te aplastamos miserablemente y me rio de ti perdedora. Ahora soy todo un hombre que la tiene como Mohamed Ali y estamos todos juntos otra vez haciéndolo y tu no podrás, aunque te lo permitiera, porque estás toda reseca. ¡Me rio de ti Lynn, me rio de ti...!

–¡Buena persona –repitió habiendo dejado caer su cesta y arrancado la siguiente planta de raíz, para luego arrojarla contra el techo transparente del invernadero–, buena persona...!

–¡Eso es Loud! –la vitoreó otra paciente llamada Anne Boonchuy que siempre había tenido la manía de lamer sapos a la mínima oportunidad, creyendo que con eso conseguía viajar a una tierra de fantasía habitada por anfibios parlantes–. ¡Yo estoy contigo! ¡Lucha contra el sistema!

Otra llamada Penny Fitzgerald, que sufría de delirios mentales por ver demasiada televisión y en uno de esos acabó por matar a golpes a su novio Zac Watterson, también dejó de trabajar y se echó a reír a voz en cuello como toda una desquiciada gruñendo entre dientes la palabra:

–¡Gumball!

Otra, de nombre Kimby, se acuclilló tras su parcela asignada y repitió la costumbre que tenía de tocarse el cabello sin parar; obligando a que a la hora de acostarse la amarraran con correas elásticas a su cama cuando vieran que se lo empezaba a arrancar de violentos tirones provocándose graves laceraciones en el cuero cabelludo.

Pronto, casi todas las pacientes imitaron las acciones de Lynn. Otras se pusieron a brincar por entre las hileras en plan festivo echando los ejotes cosechados al aire como si se tratasen de puñados de confeti mientras soltaban trompetillas y cantaban:

Los frijoles son musicales, cuando los comes te hacen...

–¡¿Pero que carajo pasa aquí?! –reclamó StanKco–. ¡Todas, vuelvan a su trabajo ahora mismo!

En medio del disturbio, Sid aprovechó el momento para guardar un frijolito que le gustó en dónde siempre los escondía cada vez que encontraba uno: en su trasero.

–¡SOY, BUENA, PERSONA! –le aulló Lynn a la luna fantasma, siendo la voz con la que le hablaba la que menos deseaba oír...


Algo que jamás olvidó era que siempre había disfrutado de jugar con Lincoln, principalmente porque en este había hallado al compañero de entrenamiento ideal al ser de todos sus hermanos el que más se le acercaba en fuerza y condición física.

Desde pequeños esos dos habían sido un par de hermanos muy unidos, para la incredulidad de muchos que creían que se odiaban mutuamente. Siempre se les encontraba jugando juntos, con Lynn defendiendo a Lincoln de los bravucones cuando hacía falta y Lincoln yendo detrás de Lynn a donde quiera que fuese a practicar algún deporte con ella le gustase o no, y a menudo acabando herido a costa de la diversión de su hermana, a quien le gustaba que así fuera siempre. Como debía ser.

Hasta habían quienes los molestaban insinuando que más que un par de hermanos unidos parecían una pareja de enamorados.

Lincoln y Lynn, sentados bajo el sol, dándose un B,E,S,O...≫.

Odiaba eso, no lo podía negar, pero no tanto como que insinuasen que estuviese liada con cierto perdedor que había llegado a arruinarlo todo. Ese a quien había odiado en secreto desde que se apareció por primera vez una noche de brujas en su ridículo disfraz de Jack un Ojo.

Si es que había pretendido tolerar al chico McBride, había sido únicamente por consideración a Lincoln. Mas luego de su trágica muerte, Lynn dejó de disimular el desprecio que le tenía y en cada ocasión aprovechaba para decirle de cosas tales como que su hermano habría estado mejor sin haberlo conocido y que siempre lo consideró una pésima influencia por hacer que perdiera su tiempo en videojuegos, historietas y montón de actividades que ella consideraba nada productivas.

–¡¿Qué haces aquí, pedazo de marica?! –le había gritado una vez que le vio llegar a la casa Loud durante una fiesta de acción de gracias, vistiendo una elegante camisa de manga corta con corbata.

–Y-y-yo lo inv-vit-té –había alegado Lori–. ¡¿A-alg-gún p-problema?!

Igual, antes de terminar el día los lentes de Clyde quedaron hechos añicos y la corbata había sido arrancada de un tirón y arrojada a la copa del árbol del patio. Claro que Lynn no salió impune.

Con ayuda de Luna y Lola, la propia Lori le dio una buena zurra en la que la dejó vuelta un pretzel humano y después sus padres la obligaron a pagar la compostura de los lentes con sus ahorros y pedir una sincera disculpa a la familia McBride.

A aquel asunto había seguido un incidente tras otro, con Lynn buscando agredir a Clyde sin justificación alguna, sus hermanas poniéndose en su contra para defenderlo y ella acabando castigada o en detención.

En realidad había terminado odiando a todo el mundo; pero el habitante de Royal Woods que merecía el primer lugar en la lista de odios de Lynn Jr. desde mucho antes que se le malcruzaran los cables siempre había sido y sería Clyde McBride...


Y a cualquiera que se atreviera a ponerse de su lado.

Entonces la siguiente voz de la noche se hizo escuchar.

Hola Lynn...

–¿Lincoln?

La mujer de pelo blanco dejó de aventar terrones y miró directo a la luna fantasmal con expresión de angustia.

¿Querías decirme algo?

–Si... –de cada ojo brotaron hilillos de lagrimas que resbalaron por sus mejillas muy lentamente–. Yo... Quería decirte que...

Por cómo lo estaba recordando, a Lynn en serio le había remordido la conciencia por haber inventado la estupidez de decir que su hermano daba mala suerte.

Algo que nunca pudo pasar por alto desde su punto de vista, fue que el sí había permanecido un poco enojado con ella por dicho asunto. De hecho, hasta donde supo Lincoln mantuvo un bajo perfil, dejándoles las alocadas aventuras del día a día al resto de los Loud, porque una parte de el siguió moderadamente enojada con todos ellos durante el resto de sus días.

–Sabes... Me siento muy mal por... Lo que pasó.

Así que –dijo la luna fantasma–, ¿te estás disculpando?

Lynn asintió con la cabeza. A su vez sus compañeras dejaron de echar relajo y se quedaron mirándola completamente quietas.

–Si, lo siento.

Está bien, no te perdono.

–Linc... –suplicó ella por una ultima oportunidad de redimirse–. Dije que lo sentía.

Si, y no voy a perdonarte –sentenció la voz.

–Lincoln, por favor. Sé que me equivoqué... Pero esperaba que...

No. No voy a darte ese gusto, no voy a hacer eso. Ahora tendrás que vivir con la putada que hiciste, por el resto de tu vida. Y debes saber que nunca, jamás estaremos bien.

–Linc... –gimoteó afligida–. Tal vez nos sentiríamos mejor si...

¡Estoy muerto! No voy a sentirme mejor, y no voy a ser tu apoyo para que te sientas mejor.

–Tienes que creerme, yo no quise...

¡Me amenazaste con un bate y me sacaron de la casa! ¡Por tu culpa tuve que dormir en el patio! ¡Vendieron mis cosas, y todo por un estúpido juego! ¡¿Sabes lo que todo eso fue para mi?! ¡Me convertiste en un paria! ¡Y yo nunca te perdonaré por eso! ¡Así que ojalá te pudras en este horrible lugar, por el resto de tu vida!

–¡Sabes que no todo eso es cierto! –le gritó enfurecida a la luna tras volcar su cesta de un puntapié. StanKco corría hacia ella vociferando, pero Lynn no lo escuchaba.

¡¿Sabes cual es tu maldito problema?! –acabó de decir la voz de Lincoln en la luna–. ¡Siempre pensaste que eras una ganadora! ¡Pues te conozco mejor que nadie y puedo decirte que no lo eres! ¡De hecho, probablemente dormirías mucho mejor en las noches si tan solo admitieras que eres una maldita cobarde egoísta, que toma lo que quiere y le importa un soberano bledo a quien lastima! ¡Esa eres tú, Lynn Loud Jr!

–¡Cállate! ¡Cállate apestoso! ¡No tienes idea de lo mucho que sufrí cuando te moriste!

Lo que gritaba no era más que pura verdad y había muchas personas que podían dar buena fe de ello...


Una de ellas era Darcy Hellmandollar a quien, casi al final de la temporada invernal en Michigan tras su regreso, Lynn se dio a la tarea de esperar todos los días afuera de la primaria escondida en unos matorrales.

Darcy siempre salía abrazada de Rafo y en compañía de Lisa, que también se la pasaba a su lado a toda hora durante las clases pendiente de su bienestar. La esperaba puntualmente en la entrada y veía que su papá la recogiese al final del día, la guiaba al baño cada vez que lo necesitase, jugaba con ella, la arropaba y se aseguraba de que durmiese bien a la hora de la siesta y en sus ratos libres trabajaba en hacerla recobrar de a poco su estabilidad mental.

Por aquel entonces Darcy seguía susceptible a sufrir un ataque de pánico y su padre lo había entendido muy bien una noche que ella se alteró no más por tratar de apagarle su lampara al creer erróneamente que ya se había quedado dormida.

Su lampara de noche, un Olaf que miraba al techo sonriente con la boca bien abierta de par en par, era su protección contra las cosas que asechaban en la oscuridad a las que ni los cerrojos de las puertas podían detener.

Por aquel entonces era que también Lynn estaba rematadamente loca de rabia y especialmente obsesionada en ajustar cuentas con aquella chiquilla en particular.

Un día que Lisa le pidió a su amiguita que la esperara en la puerta en lo que regresaba por una carpeta que se había olvidado, Lynn aprovechó para emboscar a la pequeña y lavarle la cara con agua nieve hasta hacérsela sangrar mientras la pobre gritaba histérica de dolor y de miedo.

–¡Toma esto pequeña putilla! ¡Es lo que te mereces por hacer que asesinaran a mi hermano!

Por suerte Lisa salió a tiempo acudiendo a sus gritos y de inmediato pidió ayuda al entrenador Pacowski, quien luego de ponerle un alto a Lynn se ocuparía de informar a sus padres y hacer que la sancionaran debidamente en su escuela...


Esta había sido otra actitud especial que había dado a conocer en el tercer y ultimo acto que no había estado establecido en el funeral de Lincoln, cuando ante todos los dolientes se acercó a confrontar a la más mayor de todas sus hermanas.

–Sabía que pasaría algo así –sollozó Lynn con la cara enrojecida como un tomate y su vena de la ira marcándose en su cuello–. Tú eras la que estaba a cargo y mira lo que pasó. ¡Espero que te pudras en el infierno! ¡¿Dónde estabas cuando él cayó en la alcantarilla?! ¡Maldita, desgraciada, asesina de niños!

Esa vez sus padres no intervinieron ni dijeron nada, aunque Lori tampoco hizo el menor movimiento para defenderse del derechazo con él que la derribó Lynn.

–¡Maldita! –chilló rematándola a patadas en el vientre, hasta que CJ la apartó haciéndole manita de puerco mientras Bobby ayudaba a reincorporarse a su novia–. ¡Tus perros no podrán protegerte para siempre, ya verás, a ti te convertiré en un pretzel humano...!


–¡Loud... Loud...!

Lynn... Lynn Loud Jr...

LJ dejó de gritarle a la luna entonces, cuando vio que esta cambió y se convirtió en la cara de un payaso.

Aquí arriba amiga mía, aquí arriba.

Su cara era un queso blanco, podrido y lleno de hoyos. Sus ojos eran agujeros negros; y su sonrisa roja y sanguinolenta, de tan ingenua y obscena, resultaba insoportable.

Al instante Lynn soltó un grito, no de rabia sino de terror.

La voz del payaso habló desde la luna fantasmal y lo que dijo fue:

Una vez me ayudaste, ¿recuerdas? Perseguiste a tus hermanas a las alcantarillas y por poco las atrapas, Lynn, por poco. ¿No te gustaría volver a intentarlo?

–Si... –Lynn volvió a dejar de gritar y empezó a asentir.

Tienes que volver a terminar tu trabajo. ¡Tienes que volver y matarlas a todas! Por mí, Lynn. Mátalas a todas, Lynn, mátalas a todas...

–Si...

StanKco, que llevaba más de dos minutos chillándole mientras las otras internas observaban con expresión antes comprensiva que interesada (como si comprendiesen que todo fuese parte del misterio que las había llevado allí), se cansó de gritar y detuvo el súbito ataque de Lynn con un buen cogotazo en la nuca que la hizo caer al suelo inconsciente cual costal de papas.

Mátalas a todas –la siguió la voz del payaso, cantando una y otra vez en aquel terrible torbellino de oscuridad–, mátalas a todas, mátalas a todas, mátalas a todas, mátalas a todas, mátalas a todas, mátalas a todas, mátalas a todas...


Mientras era llevada a su celda en camilla, recordó en sueños cómo había conseguido escaparse la primera vez cuando en lugar de un manicomio estuvo encerrada en la jaula de tiempo fuera.

Ya era de noche y en aquella ocasión apenas había podido mantener la noción del tiempo guiándose por las respectivas horas en que sus hermanas regresaban a la cochera para llevarle comida o vaciar el balde en el que hacia del baño; mientras ellas hacían sabía uno que cosa.

No conformes con haberte dado la espalda –le susurraba, la que creía era la voz de lo que la había incitado a hacer cosas indebidas como matar al conejito de Luan, amenazar a Lori, agredir a Lucy y a Darcy o rebanarle un pezon a Clyde de un navajazo. Algo que no necesariamente pertenecía a su propia psique–, ahora te encierran como a un animal...≫.

Entonces –le habló al oido otra más reconocible–, ¿ya sabes lo que tienes que hacer, Lynnarina?

Al levantar su mirada, Lynn lo vio a través de los barrotes sonriéndole con una mueca maquiavélica que no denotaba un solo rastro del temor que normalmente le tenía. Antes ella estaba segura de que si él no se hubiese anunciado antes, de seguro habría muerto de un ataque al corazón al topárselo ahí de repente.

–¿Chandler?... –balbuceó tragando una poca de saliva–. ¿Dónde estabas?

Calló un segundo y al ver por detrás del hombro de su novio la puerta derribada y los restos destartalados de Todd 2.0, necesitó saber:

–¿Cómo hiciste para neutralizar a ese robot, si...?

–Oye –la interrumpió echándole una mirada intimidante en la que sus ojos eyectados de sangre casi saltaban por completo de sus órbitas–, ¿quieres que te saque de aquí, o no?

–Si... –asintió Lynn amedrentada–. Sí, por favor.

El malvado pelirrojo sonrió y pasó sus manos por entre los barrotes para empezar a quitarle las trampas para dedos una por una. Al tacto Lynn sintió que estas estaban heladas y se sentían muy rígidas; y también notó el tono azulado de su piel y la enorme marca amoratada que se hacia visible en su cuello.

–Te lo preguntaré una vez más –dijo una vez terminó, pasando de ahí a entregarle su navaja–. ¿Sabes lo que tienes que hacer ahora?

Lynn la recibió de vuelta, la desenchufó y asintió muy obediente.

Entonces, con un oxidado chirrido los candados que aseguraban las cadenas que envolvían a la jaula se abrieron por si solos y Lynn pudo ponerse de pie una vez estuvo fuera.

–Más vale que no falles esta vez –advirtió Chandler, a lo que Lynn salió corriendo de la cochera e ingresó a la cocina y luego a la sala, antes evadiendo ser vista por su madre que en ese momento salió de su habitación para ir al baño.

En cuanto oyó cerrarse a la puerta de arriba, subió a toda prisa a la planta alta y entró primero al cuarto de las menores a buscar a Lily en su cuna.

–¡Rayos! –gruñó convulsionándose al destapar la cobija y solo hallar a su osito de peluche recostado contra la almohada.

Después bajó de nuevo a la sala sin hacer ruido y se detuvo en el primer peldaño para mirar a su padre dormitando en el sofá.

Bueno niños, eso es todo por hoy –de pronto dijo el dinosaurio Blarney en la tele, que no recordaba haber visto encendida cuando pasó antes–. ¿Hay alguien que quiera contar que disfrutó más de su día? ¿Qué tal tú, Claire?

Si –contestó una de los pequeños participantes en el show infantil–, me gustó el payaso.

¿En serio? –volvió a decir Blarney–. ¿Y a todos les gustó el payaso?

¡Sí! –exclamaron emocionados los niños en el programa.

¿Y a ti que te gustó más, Sebastian? –preguntó a otro niño.

Ver como flotaban las burbujas.

¿En serio?, a mi también. Me encanta ver como flotan las cosas.

Todos flotamos.

¡Clic!

Exacto... Y tú también lo harás, Lynn –se dirigió el dinosaurio a ella desde la pantalla–. Vuélvelo un día grandioso. Mata a tu padre.

¡Mátalo, mátalo, mátalo –empezaron a corear repetidamente los niños muertos de la tele. Cuando se dio cuenta, Lynn Jr. ya estaba de pie junto al sillón con la navaja retraída apoyada contra la garganta del señor Loud–, mátalo, mátalo, mátalo, mátalo...!

¡Clic!

Oh no –aplaudió Blarney–, vamos a darle un fuerte aplauso.

Lynn padre despertó ahogando un gemido y con una mano hizo presión en la herida para tratar de detener la hemorragia. Con la otra intentó empujar a su hija que le estaba inclinando la cabeza de lado para que se terminara de desangrar bien.

Bien hecho Lynn –la felicitó Lincoln apareciendo detrás de los niños participantes en el programa, mientras la sangre le salpicaba todo el rostro.

Más tarde, Rita bajaría y encontraría muerto a su marido tendido en el sillón y entonces sus gritos despertarían a todo el vecindario, siendo la señora Yates quien entraría primero a ver que ocurría apenas llegando a percatarse del rastro de huellas rojas que se dejaría Lynn atrás junto con la puerta principal abierta.

Afuera lo que estaría esperando a la muchacha sería un globo de color rojo que descendería de lo alto y ella seguiría mientras este se alejaba impulsado por una gélida brisa veraniega hasta la entrada del cementerio por el que habían ingresado sus hermanas y Clyde.

Pero hasta entonces, Lynn retiró limpiamente la hoja afilada del cuello de su padre muerto y miró a Blarney aplaudiéndole desde la pantalla, a Lincoln y a los otros niños... y un feo payaso sonriente que en una mano calzaba un dedo de espuma y en la otra sostenía un banderín con la leyenda: Vamos Ardillas de Royal Woods.

¡A todos, mátalos! ¡A todos, mátalos! –corearon todos ellos como en un himno de barra brava–. ¡MÁ-TA-LOS! ¡MÁ-TA-LOS! ¡MÁ-TA-LOS! ¡MÁ-TA-LOS! ¡MÁTALOS! ¡Mátalos, mátalos, mátalos, mátalos, mátalos, mátalos, mátalos...!


Lynn estaba despierta en su cama. La luna había bajado, por lo que experimentaba una profunda gratitud.

Yacía mirando la lámpara de su velador, un Pájaro Loco que volvía la cabeza y tenía escondidas ambas manos tras su espalda, cuando esta se le apagó de pronto.

Lynn dejó escapar un pequeño gemido, nada más. Esa noche a la puerta de su pabellón estaba Stella, a la que apodaban la coneja del moño anaranjado porque siempre llevaba uno atado en el cabello.

A primera vista parecía alguien inofensivo por su baja estatura y lo delgada que era, pero ciertamente había que andarse con cuidado porque de todos los "consejeros" ella era la peor. Incluso StanKco, el que le había pegado esa tarde tan fuerte que apenas podía mover la cabeza, le tenía pavor.

Alrededor las chicas dormían en sus celdas cada una y desde todas partes se oían ronquidos, gruñidos y alguna que otra pedorreta. Detrás de la puerta del pasillo sonaba el televisor de Stella, quien seguramente estaba viendo sus telenovelas mientras comía su merienda preferida: palitos de zanahoria que untaba con dip frío de zanahoria y curry, un cupcake de zanahoria de postre, un buen vaso de jugo de zanahorias recién exprimidas y una zanahoria cruda. Esa ultima, según una de las pacientes que la había espiado a costa de que al descubrirla le rompiera los dos pulgares, no era para ingerir por vía oral.

Lynn, al enterarse, se estremeció pensando: ≪Y luego dicen que todas las locas estamos encerradas aquí≫.

Esa vez la voz no llegó desde la luna.

Esa vez surgió bajo su cama.

Lynn...

–¡¿Quién esta ahí?! –exclamó temerosa en voz alta.

A la entrada del pasillo, Stella bajó el volumen del televisor, por lo que Lynn la imaginó con la cabeza inclinada, una mano en el control remoto y la otra tocando el cilindro de monedas que abultaba el bolsillo de su falda.

No hace falta que hables –susurró la voz–, basta con que pienses. Yo te oigo y ellos no pueden escucharme.

–¿Quién eres? –preguntó Lynn otra vez.

Por un largo rato nadie respondió, por lo que aliviada pensó que el intruso se había ido. Ante la puerta, el volumen de la tele volvió a sonar con más potencia.

Después su colchón se sacudió debajo de ella, se oyó un rasguido y los elásticos chirriaron un poco.

Un momento después, una gigantesca sombra oscura salió irguiéndose de debajo de la cama y Hawk miró sonriente a Lynn, quien le devolvió la sonrisa intranquila, porque seguía siendo un niño y tenía una cicatriz suturada en el cuello.

–Queremos lo mismo que tu –dijo poniéndose a desabrocharle la camisa de fuerza–. Esta, es tu ultima oportunidad para ganar. Pero para eso tendrás que salir de aquí y volver a Royal Woods.

–Ganar... –repitió Lynn con un aire soñador–. Si, ganar... Pero espera. No puedo salir de aquí. Hay rejas en las ventanas y esta noche la coneja está de guardia. Ella es la peor. Tal vez mañana...

–No te preocupes por la coneja –dijo Hawk yendo a abrir la puerta de la celda de un leve empujón y alargándole la mano. Lynn comprendió que no estaba hablando solo con uno de los amigos muertos de Chandler–. Yo me encargo.

Tras vacilar un momento, Lynn se liberó de la camisa de fuerza, se levantó y fue a estrechársela y ambos salieron al pasillo.

Casi habían llegado a la salida siguiendo el sonido del televisor a todo volumen, cuando despertó Sid, la que se había comido los sesos de su hermana menor, quien se asomó bostezando al enrejado de su puerta.

Cuando vio al acompañante de Lynn, sus ojos se dilataron. Era su hermana que seguía teniendo seis años y le faltaba la parte superior de la cabeza.

Los ojos enrojecidos de la niña rodaron hacia ella y esta le sonrió.

Entonces Sid se arrinconó contra una de las paredes acolchadas y empezó a chillar.

–¡No, Adelaide, no! ¡No, Adelaide! ¡No, Adelaide!

–¡¿Qué esta pasando ahí?!

Stella, la del moño, acudió presurosa con una linterna en mano y la otra cerrada en torno al atado de monedas.

–¿Otra vez causando problemas, Loud? Por lo visto tu no escarmientas.

Primero vio a Lynn, con su pelo encanecido y su ridícula pijama bajo la luz que llegaba desde el otro lado del pasillo. Luego miró al que estaba detrás de ella y se quedó en una pieza.

Atrás de Lynn había algo vestido de payaso, que medía dos metros y medio más o menos. Su traje era abultado con pompones naranja en la pechera y tenía grandes zapatones en los pies.

Con un gracioso ademan, el payaso le mandó un saludo moviendo una de sus manos enguantadas.

El atado de monedas cayó de los dedos exánimes de Stella y rodó hasta una esquina. La cabeza no era ni de hombre ni de payaso, sino de un fiero perro rottweiller de ojos rojos, el único animal al que temía en este mundo.

Lynn pasó de largo despidiéndose con un gesto insolente y salió del pabellón, yendo primero a hacerle una rápida visita a StanKco.

Las manos del payaso cayeron sobre los hombros de Stella, que tomó aliento para gritar otra vez al tiempo que el hocico sedoso del can se arrugaba descubriendo unos inmensos colmillos blancos.

Las manos, debajo de los guantes, eran garras.

–¡Empieza el circo!


Hasta que cayó la oscuridad, Lynn pasó escondida junto a la carretera. A veces dormía y a veces observaba los coches de policía que pasaban como perros de caza.

Rato después, salió de su escondite a estirar el pulgar para hacer autostop, y esperó hasta que vio los faros delanteros y la silueta de un automóvil emerger de las sombras.

Lynn echó un vistazo tratando de discernir el bulto tras el volante; pero fue la camioneta lo que reconoció primero, conforme sus abolladuras se recomponían por si solas, la pintura recobraba brillo y la telaraña de roturas en el parabrisas iba desapareciendo gradualmente.

–Hola, vieja amiga –se oyó hablándole al vehículo que se detuvo ante ella con el motor en marcha.

Era la van que su padre llegó a tener una vez. No la vieja familiar y confiable que conocía y hoy en día pertenecería su hermano si aun estuviera vivo; era una Ford Transint Modern en buen estado, con esquema azul en la pintura y puertas automáticas.

–Ha pasado mucho tiempo, Verónica.

Los pocos días que había sido de su propiedad, Lynn Sénior se había obsesionado tanto con esa camioneta al grado de que Lynn Jr. y sus hermanos llegaron a creer que cuando muriera esperaría a que lo enterraran adentro de ella. Claro que eso nunca pasó, y el estado se hizo cargo de su entierro después de que Lynn fuera llevada al manicomio delirando y aullando que veía monstruos.

≪Si papá es el que esta ahí, no creo poder soportarlo≫, pensó.

La puerta del pasajero se abrió automáticamente, se encendió la luz interior y el conductor se volvió a mirarla.

–Sube –le dijo Hank, que también tenía el cuello suturado.

Lynn subió a la van y la puerta se cerró sola detrás de ella.

Hank alargó una de sus manos putrefactas para abrir la guantera ante Lynn, quien a la luz del interior vio una navaja retráctil sucia de las aguas grises de las cloacas.

De ahí, en lo que su compañero accionaba la palanca de cambios, la sacó, pulsó el botón cromado y contempló la hoja salir bruscamente, resplandeciente ante la luz de la luna.

Y con un reconfortante ronroneo, Verónica se puso en movimiento y avanzó por la calzada en dirección hacia la próxima salida hacia el pueblo de Royal Woods.