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El Cambiazo

Para Mei por su Cumpleaños


XVII

—¿Se baja? ¿Se baja? ¿Y tú Tsutomou, acaso crees que te esperaremos toda la vida?

—Trata a todos con cortesía menos a mí, ¿qué le hice, Shirabu-senpai?

—Existes, eso hiciste.

—Yo me bajo —dijo Reon enseñando su flor imperial. Solo le faltaba un puro entre los labios. En reemplazo, chupaba un chupachups. Todos los demás tiraron sus cartas, Kenjirou el más enfadado. Mientras recogía los caramelos que usaban como moneda de apuesta, una voz sobresaltó a todos, especialmente a Koushi, al distinguir su propia voz inundando el comedor del Shiratorizawa.

Era Satori.

Satori en el cuerpo de Koushi.

Y no estaba solo.

Vaya que no lo estaba.

Atrás de Daichi, de Asahi…

«Mierda».

El cuerpo de Satori salió disparado, corriendo en la dirección contraria, y al ver a su cuerpo huir, Satori salió tras él. Koushi esquivó a unos alumnos en la puerta de la cafetería, saltó el basurero, bajó las escaleras, atravesó el pasillo hasta el patio, corrió en dirección a la cancha de fútbol, y sentía los pasos cada vez más cerca, y las costillas le dolían, y las energías se le iban, porque Koushi no sabía pero ahora sí, que ese cuerpo en el que se encontraba su alma encerrada, tenía menos resistencia, no era tan rápido como habrían vaticinado esas piernas largas, y cuando se le ocurrió alzar la vista sobre su hombro, supo que sería tacleado, y que no podría hacer nada por evitarlo.

Satori jamás se había sentido orgulloso de ser un holgazán, y jamás se había sentido tan renovado al taclearse a él mismo. Sí, le quedarían rasmillones en los codos que al otro día le producirían escozor. Quizá también se le pelarían las rodillas. Era el precio a pagar por sus locuras.

—¡De qué se trata esto! —gritó Koushi, incapaz de zafarse. Estaba completamente anulado debido a la fuerza ¡de su propio cuerpo!—, ¡solo te pedí una cosa! ¡una!

—¡Y LO QUE ME PEDISTE ERA DEMASIADO ESTÚPIDO! —le gritó Satori de regreso, usando todo aquel vozarrón que le salía a Koushi cuando lo sacaban de quicio. Un escalofrío le recorrió a Koushi al escucharse regañado ¡por su propia voz!

Ambos se miraron con llamas en los ojos, hasta que sus respiraciones recuperaron su ritmo. Satori menguó el agarre, pero Koushi no hizo ademán de querer volver a huir. Sentía unas ganas de llorar que no se explicaba. Quizá Satori fuera de natural un llorón, ¿sería? No lo parecía.

—Oye, lo siento —empezó Satori, anulado al ver su rostro en total desamparo— Entiendo que te enfades, pero yo solo tenía buenas intenciones.

—¿Se lo dijiste a mis amigos? ¿Cómo han reaccionado?

—No les he tenido que decir nada, Koushi-kun porque siempre lo han sabido. Y te quieren. Te apoyan. Y ese Tetsurou-kun fufu… ese muchachito está super loquito por ti. No seas bobo, ve y abrázalo. Lo tienes muy nervioso.

—Pero por qué lo hiciste.

—No sé.

—Por qué lo hiciste.

—¡Ahhh! ¿Es que uno no puede ser buena persona?

Unas voces llamaron a lo lejos. Los chicos de Karasuno, seguidos por Tetsurou, y más atrás por Eita, aparecieron en el sector de la cancha de fútbol. Daichi hizo se detuvo ante la dupla de cambiados, mirando alternadamente a los cuerpos de Koushi y de Satori. Finalmente le tendió una mano al cuerpo de Satori y le ayudó a sacudirse de la tierra.

—¿Todo bien, Suga?

—Qué carajos, Daichi —se relajó Koushi, con la vista fija no en Daichi, ni en su cuerpo, ni en Asahi que ya llegaba a su lado, sino un poco más atrás, donde Tetsurou lo miraba de vuelta, con una sonrisa algo impostada, que escondía su preocupación, que parecía además avergonzado, y con un dejo de culpa.

Pensó Koushi, que Tetsurou siempre hacía esas cosas innecesarias como de cargar con toda la culpa del planeta, como si fuese el responsable de cada mal en el mundo. Era una de esas cosas que no se podían cambiar, y que para Koushi eran parte esencial de Tetsurou.

Daichi, consciente de dónde están puestos los ojos de Koushi, carraspeó antes de una introducción de cortesía.

—Hemos traído con nosotros a una persona que se moría por verte. Los dejaremos un momento a solas.

Satori al pasar le guiño un ojo a Tetsurou y se fue a reunir con Eita.

—¿No te cansas de hacer maldades, Satori?

—¡Eita! ¡Qué dices! ¡Jamás había hecho algo tan bueno!

—Sí, ya me han puesto al corriente los Karasuno. Ahora vamos a ver a Wakatoshi, ¿te parece?

—¿A Wakatoshi?

—No te hagas, Satori. Sé perfectamente por qué has montado todo este teatro, y ya está bien. Sabemos, Reon también. Y Hayato me decepcionaría mucho si al menos no lo intuyera. Siendo francos, es posible que solo Wakatoshi no lo sepa.

—No sé de qué hablas. Semi-semi-chan, parece que al fin te has vuelto loco —pero Satori estaba pálido, porque sabía perfectamente de qué hablaba Eita, y sintió deseos de retroceder. Eita lo cogió de un brazo y apretó más su paso hasta el gimnasio.

Satori miró hacia atrás, en dirección a los chicos de Karasuno. Su rostro pálido y sus ojos de natural ojerosos, rebosaban una dulzura que él mismo no reconocía. Se preguntaba: ¿acaso yo podré poner esas mismas caras de manera involuntaria?

—¿De verdad lo saben? ¿Tú, Reon, quienes sean?

Eita se encogió de hombros.

—¿Por qué nunca dijeron nada?

—Satori, ¿bromeas? No se puede hablar nada serio contigo. Cada vez que lo he intentado, cambias de tema o empiezas a desvariar o te inventas una excusa y te vas. Pero después de ver todo lo que has hecho hoy, y sumado a cómo se ha comportado Wakatoshi hoy…

—Está bien. No sigas. No lo digas. Por favor no lo digas.