CAPITULO 16

ENFRENTAMIENTO

Fabio se encontraba frente a la ventana mirando el atardecer. El cielo despejado permitía que el sol diera un digno espectáculo para una película romántica. Rachele apareció en su mente. El día que se conocieron fue en su cumpleaños número cinco. Los dos eran muy pequeños, pero no lo olvidaría nunca. El salón de los Bersezio se encontraba adornado por globos de todos los colores, los invitados se habían esparcido en espera de la cumpleañera. Él estaba parado cerca de la puerta, al lado de su padre, aprendiendo una importante lección que en realidad no llegó nunca a comprender. Rachele entró al salón de la mano de su madre luciendo una encantadora sonrisa. Sin importar lo pequeños que eran, sin importar que ella era la futura jefa de la familia y él un simple empleado en la mansión, sin importar las reglas estrictas de los adultos. Desde ese momento la amó. Jugaron, hicieron travesuras, bailaron y se convirtieron en mejores amigos. Ese mismo día prometieron estar juntos por siempre.

Sin embargo, todo estaba por terminar. Rachele había sido prometida a otro hombre. Un hombre que ella no conocía. Un hombre que la había comprado. Un hombre que no la amaba.

De mal humor, se apartó de la ventana y se dirigió a una butaca acomodada en una esquina de la habitación. Cubrió su rostro con las manos esforzándose por controlar sus emociones. El día había transcurrido extrañamente tranquilo. Pronto anochecería y entonces tendría que tomar una decisión.

La puerta se abrió inesperadamente. Se mantuvo en la misma posición escuchando cómo alguien entraba y cerraba la puerta con seguro. Oyó los pasos acercarse a él.

-Es hora de que hablemos.

Levantó la mirada para encontrarse con su peor enemigo.

-¿Puedo sentarme? –preguntó Dino. Lo observaba con una frialdad que le desconocía.

-No –respondió Fabio poniéndose de pie para mirarlo cara a cara-. Dime lo que tengas que decir y vete lo más rápido que puedas.

Sin ningún tipo de duda en su mirada, el jefe Cavallone habló.

-Dejemos de fingir. Sé que tú cortaste los cables del candelabro.

Fabio se esforzó por no mostrar ningún tipo de sentimiento. Él sabía perfectamente que si las cosas no salían como lo había planeado, sería el único sospechoso. Y las cosas no salieron como las había planeado.

-¿Tienes pruebas? –preguntó tratando de mantener la voz serena. Se le dificultaba cada vez más controlarse. Si por él fuera, Dino Cavallone estaría en el suelo suplicando por su vida.

Dino sonrió desafiante.

-Me di cuenta desde que te conocí –Dino mantenía esa mirada fría tan desconcertante-. Quieres verme muerto.

Era difícil adivinar qué pasaba por la mente del jefe Cavallone. Hasta ese momento, Fabio había creído que su fama era más un golpe de suerte que verdadero carácter. Dino parecía frágil, ingenuo, demasiado torpe. Lo había visto dudar, tartamudear, ser humillado por su antiguo tutor. Y ahora estaba delante de él, sin rastro de duda en el rostro, hablando firme y fríamente, completamente seguro de cada movimiento, cada gesto, cada palabra.

Fabio empezaba a sentir temor.

Metió las manos en los bolsillos del pantalón en un intento de controlar los temblores que amenazaban con traicionarlo y le dio la espalda a su rival.

-No puedes acusarme sin pruebas –se burló. Ya encontraría la forma de herirlo-. Rachele tiene una terrible opinión de ti, ¿quieres empeorarlo acusándome de algo que no he hecho?

Por supuesto "Rachele" era un tema sensible. Ahí radicaba su ventaja, porque a él le había tomado un par de minutos conquistarla y Dino llevaba días rogando por un poco de cariño.

Sin embargo, al dirigir su mirada nuevamente hacia Dino, se sorprendió al verlo sonreír. ¿Acaso se estaba burlando?

Con la mayor tranquilidad del mundo, el jefe Cavallone caminó hasta la butaca y se sentó sin quitar la sonrisa de su rostro.

-Sólo estás siguiendo órdenes de Rachele, ¿cierto? –Dino no le quitaba la vista de encima-. ¿Tanto me odia?

¿Qué estaba pasando? ¿Era una especie de prueba? ¿Existía algo que pudiera incriminarlos? Fabio debía proteger a Rachele, no permitiría que ella fuera dañada.

-Yo lo hice –aseguró Fabio. Volvió a sonreír con burla y miró a Dino desafiante-. ¿Qué vas a hacer? ¿Mandarme a prisión? O tal vez… Alguno de tus subordinados va a matarme… ¿No quieres hacerlo con tus propias manos? Estoy seguro de que lo ansías. Yo te estorbo y ahora tienes el pretexto para quitarme del camino.

Fabio sintió satisfacción al ver a Dino perder la sonrisa. El jefe Cavallone volvió a mostrarse frío. Durante un momento, los dos se limitaron a observarse mutuamente.

-Nunca me has estorbado –habló Dino-. Todo ha estado bajo mi control desde un principio. El candelabro que no hirió a nadie, la taza de té envenenado que se rompió, la discusión que Haru interrumpió… La presencia de Dominic…

Fabio no podía controlarse más.

-Eres igual a todos los jefes de la mafia que he conocido –exclamó casi en un grito-. Cuando te conocí pensé en la posibilidad de que fueras diferente, pero no lo eres.

-¿Y cómo es un jefe de la mafia según tú? –interrogó Dino. Era increíble la manera en la que podía conservar la calma.

-Egoísta –respondió Fabio-. Un hombre que no se detiene ante nada para conseguir sus objetivos. No te importan los sentimientos ni deseos de otros.

-¿Rachele también tiene esa idea sobre mí? –preguntó Dino. Tal vez fuera imaginación de Fabio, pero juraría que el jefe Cavallone había dudado por un segundo.

-Rachele tenía un brillante futuro y tú se lo arrebataste –continuó Fabio. Al final sí existía alguna posibilidad de herirlo-. Nunca la has visto bailar. Se apodera del escenario y es capaz de cautivar hasta al más miserable de los necios. Es la bailarina más hermosa y talentosa en el mundo. Y ella ama bailar. Siendo tu esposa no volverá a pisar un escenario. Eres lo suficientemente egoísta como para quitarle todo eso. Cada mañana que despierte a tu lado, recordará con tristeza sus días bailando y te odiará más y más…

Fabio hubiera continuado hablando por horas si Dino no se hubiera levantado con una expresión de desprecio en el rostro. Parecía querer atacarlo.

-¿Crees que no lo he pensado? Yo también he perdido mi futuro.

-¿Cuál futuro perdiste tú? ¿Ya te diste cuenta de que ella nunca va a amarte? ¿Cómo iba a hacerlo si sólo pensaste en ella como si se tratara de mercancía?

Y por primera vez, Dino parecía sorprendido.

-¿De qué estás hablando? Nunca la he tratado como mercancía.

-Dejemos de fingir –se burló Fabio repitiendo las palabras de Dino-. La compraste, Dino Cavallone. Le ofreciste a Massimo una buena cantidad de dinero para casarte con ella.

-No me atrevería a hacer algo como eso –replicó Dino-. Eso es mentira.

Para Fabio eso era el peor de los descaros. Rachele se lo había dicho todo. Dino Cavallone había pagado para casarse con ella. Esa era la única verdad. Esa expresión de sorpresa y desconcierto en el rostro de Dino no iba a engañarlo. Furioso, sin poder contenerse por más tiempo, tomó la navaja que guardaba en su bolsillo y se lanzó contra el jefe de los Cavallone. Ya no importaban las consecuencias. Aunque muriera o fuera a prisión, liberaría a Rachele de ese hombre.

Casi había perdido la cordura, y no estaba seguro de lo que hacía o dónde apuntaba, pero sabía que ya había apuñalado a su enemigo por lo menos una vez porque lo escuchó gritar con dolor. Ver el color de la sangre correr era mucho más satisfactorio que esa expresión de tristeza que ponía cada vez que Rachele lo despreciaba.

Su víctima estaba a punto de librarse del forcejeo cuando cayeron al suelo. Fabio no perdió tiempo, tenía la ventaja. Dino ya había perdido el control de la batalla. Dino moriría pronto, tal como Rachele deseaba. Sólo tenía que apuñalarlo unas cuantas veces más.

Y entonces escuchó un disparo.

El ruido lo devolvió a la realidad. Se encontraba sobre el jefe Cavallone con la navaja apuntando hacia la cara. Dino sostenía sus manos con fuerza y se defendía como podía. Había sangre por todas partes.

-Ya suéltalo, Fabio.

Dino respiraba con dificultad, pero lo miraba fijamente, sin temor alguno.

Alguien se acercó a ellos, le quitó la navaja de las manos y la arrojó lejos.

-Vamos… Tú no eres ningún asesino.

Fabio apartó la mirada de su víctima para observar a Dominic, que lo miraba seriamente. Con una mano sostenía una pistola apuntándole, con la otra lo tomaba del hombro, intentando apartarlo de Dino.

Sabiendo que Dominic era perfectamente capaz de cumplir sus amenazas, no le quedó más remedio que apartarse.

Dominic ofreció una mano a Dino y lo ayudó a levantarse. El jefe Cavallone todavía estaba lo suficientemente fuerte como para mantenerse de pie. Dominic sostenía la pistola con firmeza.

-Déjame matarlo, Dominic –suplicó Fabio.

El muchacho lo miró un momento sin decir nada, dispuesto a jalar el gatillo en cualquier momento.

-No –contestó Dominic-. ¿Te has vuelto loco? En nombre de nuestra antigua amistad, no puedo permitir que hagas una locura como esa.

-¿Antigua amistad? –repitió Fabio-. Tú y yo éramos más que amigos.

Dino miraba a los dos muchachos con desconcierto.

-Tienes razón –aceptó Dominic-. Por eso te pido que dejes a Dino.

Fabio retrocedió hasta llegar al rincón. Todo el odio y rencor que sentía por Dominic y había guardado durante años, estaba a punto de enloquecerlo. Sin embargo, sabía muy bien que Dominic no bromeaba cuando apuntaba con un arma.

-¿Con qué derecho vienes a pedirme algo? Después de lo que me hiciste…

-Aunque no lo creas, estoy perfectamente consciente de lo que hice.

-Entonces compénsalo… Déjame matar al jefe Cavallone.

-Te daré cualquier cosa… Menos eso.

-No quiero otra cosa –Fabio se atrevió a dar unos pasos hacia adelante-. Escucha… Entiendo que lo estés protegiendo porque tienes un deber con Vongola, pero…

-Me conoces bien, Fabio –interrumpió Dominic-. Soy lo suficientemente egoísta como para desafiar a Vongola. No estoy protegiendo a Dino para complacerlos a ellos, lo hago porque Dino es mi mejor amigo.

-Tu mejor amigo… -se burló Fabio-. ¿Lo prefieres a él antes que a mí?

-Dino es la persona más amable que conozco –continuó Dominic-. Te aseguro que no existe nadie mejor que Dino para cuidar a Rachele.

-Vuelves a traicionarme…

Sin bajar el arma, Dominic seguía mirando a Fabio sin el más mínimo rastro de arrepentimiento. Fabio se dio por vencido, no ganaría esa batalla. Decepcionado, se dirigió a la butaca y se quedó ahí, observando a los otros dos.

-Te acompañaré al hospital, Dino –exclamó Dominic. Suspiró con pesar y guardó la pistola, manteniéndose atento a cualquier movimiento de Fabio-. Necesitas atención urgente.

Fabio sonrió con satisfacción al ver que el jefe Cavallone respiraba cada vez con mayor dificultad. Había perdido mucha sangre y Dominic tuvo que ayudarlo a sostenerse. Con un poco de suerte, moriría de camino al hospital.

-También deberías atenderte –dijo Dominic antes de salir de la habitación.

Desconcertado, Fabio se levantó y caminó hacia el espejo. El odio y rencor con el que inició el ataque no le permitieron darse cuenta de la feroz resistencia de Dino. Él también estaba lleno de cortes, rasguños y golpes. Acababa de entender por qué lo llamaban el "Caballo Salvaje".