Capítulo XVII

El camino

Nueve y treinta.

Asomó la cabeza. En el corredor habían oscuridad, algún insecto zumbando y olor a tierra, pero ni un alma.

Tomó y botó aire por la boca.

Una vez más.

En un lado de su mente, Diego esperando para ayudarla a subir junto a él a un caballo volador; en el otro, Monasterio y una horca con su nombre y apellido: Josefina de la Vega.

Otra vez aspirar una bocanada del aire cálido de la noche.

Y salir.

Bajar.

No era casualidad que hubiese luna nueva. Lo que había a su alrededor, más que verlo, lo adivinaba. Ahí tenía que estar la escalera. Recorrió sus peldaños poco a poco, con la mano tanteando la pared. Una vez abajo, pegó la espalda al muro y escuchó: grillos, una ligera brisa entre los matorrales. ¿Dónde estaban los soldados? No se quedaría a averiguarlo.

A la derecha.

Objetivamente hablando, no era larga la distancia, pero cada metro que ganaba le parecía la antesala de un fusil que se materializaba en la nada para cortarle el camino. Se acordó de pronto de las peripecias de Don Quijote y de alguna otra escena de un libro remoto, donde el protagonista lograba escaparse de una mazmorra en un castillo medieval.

Se obligó a ahuyentar las ficciones, por el momento. Había que concentrarse.

Cobertizo.

Ahí estaba la puerta de madera, las pilas de heno, unas cuentas herramientas de trabajo en espera de la siguiente jornada. Debía rodearlo; detrás, en algún punto, estaba la cerca perimetral.

Una esquina.

Faltaba la otra…

Se estaba fijando tanto en dónde ponía los pies… que cuando la vio… era muy tarde para hacer nada…

Una leve claridad le espantó la vista.

Retroceder, huir, esconderse…

…era muy tarde…

La luz dobló la esquina y vino a su encuentro.

Providenciales las palabras de don Alejandro días atrás, que ahora le abofeteaban el entendimiento: se acabó.

Casi sin respirar, lista para mentir o pelear o berrear con quienquiera que tuviera al frente, se encontró con una cara muy redonda y muy estupefacta, que abrió la boca de par en par para decir algo.

No solo no es constante, el tiempo, sino que también puede detenerse.

Tal vez fue el rostro aterrado y suplicante que lo miraba con los ojos negros enormes que tantas veces le habían sonreído amablemente en la taberna. O saber que había perdido la cuenta del número de veces que el Zorro había salvado las vidas de él mismo y de muchos de sus soldados. O ser consciente de que el forajido más buscado siempre luchaba por causas que al final resultaban ser justas, no podía nadie decir que alguna vez hubiera robado, o matado a no ser que fuera en defensa propia o de alguien más. Todo esto lo sabía de sobra el Sargento García. Y quizá resonó también en su mente el término traidor, que esa muchacha que ahora casi se encogía sobre sí misma, le había espetado aquella vez.

La palabra o grito de alerta murió en su boca. Una casi imperceptible inclinación de cabeza, y siguió camino con su lamparita.

Cerca.

Sintiendo que las manos y la frente le sudaban a raudales, Josefina empezó a andar de nuevo, más rápido, trotando hacia la cerca. No veía absolutamente nada, solo hojarasca bajo sus pies (o la imaginaba), en parte por la oscurana y en parte por el susto que le había nublado los ojos. De hecho veía lucecitas verdes y rojizas, como venitas de colores que se le aparecían y debía parpadear una y otra vez para que se borraran y entonces aparecían de nuevo.

Casi se cae al chocar contra la cerca.

Un pie, una mano, una astilla que se le clavó en un dedo, un saliente que le raspó la rodilla mientras trepaba guiada por un instinto ciego. Estaba llorando pero sin lágrimas, crispada toda ella en un sollozo que no acababa de salir.

La cerca medía dos metros o un poco más, aunque le había parecido kilométrica.

Se dejó caer al otro lado.

Se felicitó por la idea de los pantalones, que le quedaban como a un payaso de circo ambulante.

Y echó a correr.

Quebrada.

Luego de un par de minutos, se detuvo. La cerca estaba a su espalda… ¿no? Tuvo la sensación o más bien el temor de haberse desviado, de haber trazado un semicírculo e ir a parar a la entrada principal del rancho, o quién sabe, directo al cuartel o a la oficina de Monasterio. Cosa sin sentido, pero así tenía la cabeza.

Sí, la cerca y la casa estaban atrás, de eso estaba segura. Adelante debía de estar la quebrada. Y arriba… las únicas luces del mundo, tal vez no un millón pero sí cientos de miles, donde Casiopea y el Piano Mayor saltaban a la vista claramente.

Siguió andando.

Una tenue claridad le abría los ojos ahora, como si hubiera accionado una palanca que derramara la luz de las estrellas sobre las cosas, aunque fuese solo una poca.

Arbustos, maleza, ya oía el agua saltando y chispeando, la quebrada estaba muy cerca. Y también…

Árbol.

No miró hacia atrás ni una sola vez, la vida entera puesta en esa copa frondosa y oscura que interrumpía la planicie alrededor del rancho. Dejó de sentir el dolor palpitante de la pinchada en el dedo cuando distinguió la silueta rectangular justo debajo del árbol.

Carreta.

…te metes debajo del heno, no haces preguntas… Igual no tenía a quién hacérselas, pues no había nadie en las riendas. Así que escarbó por un lado, apartó algunas ramas más grandes, se deslizó y se tapó lo mejor que pudo. Con las manos hizo una pequeña cámara de espacio vacío frente a la nariz.

Y, de nuevo, esperó.

Confiar.

No por mucho. No supo si lo oyó o lo sintió, pero hubo un movimiento o una presencia; un instante después, la carreta echó a andar.

Fue un alivio en cierta manera, al menos ahora podía descansar de tener que actuar. Pese a ello, le costaba respirar, en parte por el polvillo y la maraña de heno que lo eran todo a su alrededor, y en parte aún por el encuentro con el Sargento. También en lo que respecta a él, debía confiar.

Un rato más tarde, notó que empezaban a avanzar hacia arriba, como por una pendiente. Estuvo tentada a asomarse a ver por dónde andaban o quién la llevaba, si era un rostro familiar (¿Bernardo? ¿Pepe? ¿Alguno de los vaqueros?) o desconocido, algún amigo del padre, quizá. Pero no se movió. Se concentraba solo en permitir aire en los pulmones, en mantener los ojos cerrados, en acurrucarse bajo las cientos de agujitas que le aguijoneaban el cuello, las manos, los tobillos y cualquier pedacito de piel que se atreviera a exponerse; en confiar, en confiar con todo su ser en que estaba a merced del plan de Diego y por ende, todo resultaría bien.

Pararon de pronto.

¿Y ahora?

¿Llegamos?

¿A dónde?

Nuevamente su mente volvía a hilvanar frases más allá de las directrices del padre Felipe.

Tres golpecitos a un lado de la carreta.

Bien, el cura no había hablado de esto en específico, pero tenía que venir incluido en la parte de confiar.

Se escurrió hacia afuera, saltó al suelo sacudiéndose las briznas de heno que tenía desde el cabello, mitad en moño y mitad suelto, hasta la blusa y los pantalones.

En el campo de visión se le aparecieron formaciones rocosas altas como casas; una pared de montaña; y alguien ocupado en desenlazar al burro de la carreta. Parecía tener… sí, tenía un nido enmarañado de pelo que le llegaba a los hombros y un sombrero. Le recordó a un montañés americano que una vez se había pasado por el pueblo.

"¿Hola?"

Una vez libre la carreta, el hombre se puso a trabajar en camuflarla bajo una pila de matorrales y ramas.

Josefina tuvo tiempo para observarlo todo a su alrededor, o al menos lo poco que se podía ver, abrazándose a sí misma. El sitio le resultaba vagamente conocido.

Algo habría que hacer o decir:

"Disculpe, ¿a dónde vamos ahora?"

Silencio.

Ya el carromato estaba casi completamente oculto. Eso quería decir que se quedaban con el burro solamente, ahí, en el medio de la nada. Debía haber algún plan, un paso siguiente que ella no conocía aún.

Espera, confía.

Difícil hacerlo, cuando ese tipo enorme, vestido con pieles de quién sabe qué y con una cara que no podía ver a causa de la oscuridad, se volvía hacia ella de repente.

No pudo evitar retroceder.

Y entonces lo oyó:

"Señorita, no voy a hacerle daño." Emergió de las sombras, sus ojos tan nítidos como su voz: "O… ¿señora?"

Todo el miedo, la angustia y la incertidumbre de los días anteriores se hicieron invisibles en el aire para dejarla reconocer, tal vez no la barba que le tapaba la mitad de la cara, pero sí los mismos ojos que había encontrado detrás de la máscara del Zorro, los mismo ojos de él, sus ojos que hablaban con solamente mirarla.

No se sabe si fue risa o llanto o más bien un híbrido de los dos; lo cierto es que Josefina estuvo a punto de doblarse sobre sí misma, cuando se encontró con su pecho, hundida en el abrazo por el que había rezado noches enteras en vela.

Miró hacia arriba, vio y palpó su rostro, él la besó, ella le lanzó los brazos alrededor del cuello, él la alzó en el aire.

"Señora", dijo ella al fin, junto a sus labios: "soy señora."

Un beso más y la bajó de nuevo:

"Tenemos que apurarnos."

"¿Qu-"

La tomó de la mano:

"Hay que correr, ¿sí?"

Asintió. No le dio tiempo de decir más, pues tuvo que echar a andar pendiente arriba junto a él.

El camino se hacía cada vez más estrecho, por eso no habían podido seguir en la carreta, el burro, libre de ataduras, riendas o cualquier otro adorno, podía confundirse simplemente con un burro salvaje, las rocas eran filosas y hacia abajo solo había negrura, fue entonces cuando se dio cuenta, ¿cómo no se le había ocurrido antes?, iban camino al risco, donde no llegaba nadie, ese despeñadero que solo él conocía, ahí no llegarían los soldados ni en mil años, la tierra y las piedritas iban saltando bajo sus pies, notaba que él iba deliberadamente más lento de lo que hubiera podido para esperarla a ella, que apretaba su mano con fuerza para obligarse a seguir, ¿llevaría él dos meses viviendo allá arriba como un ermitaño?, quería preguntarle mil cosas pero el aire solo le alcanzaba para mantenerse en movimiento y evitar esas rocas grandes, ¿cómo hacía Tornado para pasar por aquí?, bueno, es el caballo volador, tal vez era esta otra vía, pero iban a la cima, eso era seguro, el tobillo le falló en un momento pero él la sostuvo y por un milímetro evitó que se le estrellara la rodilla de por sí ya magullada contra unas piedras rugosas, todo le parecía irreal pero ya no tenía que decirse a sí misma que debía confiar, pues de la mano de Diego, eso venía solo.

El último trocito del camino era estrecho con paredes de roca escarpada a ambos lados, una garganta que algún hilillo de agua se empeñó en abrir durante millones de años; o que algún terremoto había partido en dos como una galleta, quién sabe. Él subió primero y luego le tendió las manos para ayudarla a ascender también.

Una vez arriba, ya en tierra plana, medio aporreada y bañada en restos de heno y polvo, realmente no hubiera podido estar mejor (al menos dadas las circunstancias): habían llegado al risco por un costado, el mismo lugar donde esa especie de montañés que ahora tenía al frente se había arrodillado y le había pedido matrimonio.

"¡Llegamos!" rio ella, como presa de una euforia repentina. Se besaron de nuevo.

"¿Cómo estás, estabas herido? me dijeron que te dispararon ¿has estado aquí todo el tiempo? ¿Dónde… cómo… qué vamos-"

No la miraba a ella, sino hacia otro punto. Josefina volteó y casi pega un salto.

Entre las rocas, como si fuesen parte de la formación geológica, había tres indios inmóviles, tal vez incluso los habían visto llegar y ella no se había dado cuenta de su presencia. Miraban inexpresivos a los dos recién llegados.

Se aferró al brazo de Diego.

"Tranquila", le dijo él: "Son amigos."

(…)

Nota: a los indígenas les decían "indios" en esa época y la serie, ¿no? Por eso les digo así en la historia. Ahh, por cierto, al momento que escribo esto, recientemente le acabo de colocar un título a cada capítulo. Siempre me gusta que los títulos de los capítulos de mis historias tengan relación entre sí o sigan algún patrón, así que eso intenté hacer; para el de este capítulo me inspiré no solo en los hechos, sino en la película "El camino", secuela de Breaking Bad. Me parece apropiado en cierta manera. Y… bueno creo que eso es todo en cuanto a comentarios adicionales :-)