Hola gente!!! Mil, mil disculpas... No era mi intención atrazarme tanto...
No voy a dar vueltas... Sí, perdón, con esto debo hacerlo. Hay algunas aclaraciones de palabras que quizás no conozcan, por eso al finalizar el bloque o capítulo pondré su sindicado para que se hagan una idea. Cualquier cosa me dicen si les ha servido mi aporte... o simplemente no...
Para ustedes que estuvieron esperando ansiosos, les tengo una sorpresa... Bueno, una sorpresa no tan sorpresa.
De ahora en más estaré actualizando "Todos sus besos" ¡un cap por día!
Así que mis beias creativas tendran un poco más de Eriol no 2 veces a la semana, sino toda la semana!!!
Disfruten niños/as
Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (libro 2).
oOoOoOoOoOo
Capítulo 16
Durante la semana siguiente, Akiho ni siquiera intentó reanudar las clases de Natalie. Estar en el campo era tan nuevo y emocionante para la niña que no podía sino convertirse en unas vacaciones, y las atenciones de su padre eran mucho más importantes que las clases de alemán o de matemáticas. En vista de aquel nuevo mundo recién descubierto, Natalie hasta relegó la música a un segundo plano.
Agarró su poni y le faltó tiempo para cambiarle el nombre de Betty a Sonata. Eriol empezó a enseñarle a montar. Llevó a Natalie y Akiho a los campos de árboles frutales y les mostró el molino y la destilería, donde se fabricaba sidra, licor de pera, ginebra, vinagre y jabones perfumados. Al octavo día de su llegada, se fueron de picnic.
Tomaron una manta y una cesta llena de fiambre frío, fruta, queso y pan, y bajaron a la playa. Cuando acabaron de comer, había bajado la marea y se dedicaron a explorar las charcas de agua que se habían formado cerca de la orilla. Akiho enseñó a la niña a utilizar un palo moviéndolo con delicadeza para hacer salir a los animalillos que se ocultaban entre las rocas. La pequeña estaba fascinada por aquel entorno tan exótico, con sus cangrejos, sus erizos y sus pececillos.
Después pasaron la mayor parte de la tarde explorando las grutas que había al pie del acantilado, y luego Eriol llevó a Natalie a dar un paseo por la orilla. Akiho se quedó sentada en la manta y observó a padre e hija paseando de la mano, con los pies descalzos, buscando conchas. Los observo desde debajo del ala del sombrero mientras llenaban de conchas y estrellas de mar los bolsillos de Natalie.
Akiho pensó en aquella horrible noche en Londres de hacía diez días cuando le preguntó a Eriol qué pensaba hacer con la niña.
«Ser un padre de verdad. ¿Qué otra cosa puedo hacer?»
Y había cumplido con su palabra. Ahora se pasaba días enteros con Natalie, en vez de minutos. Hablaba de ella como algo más que una mera obligación. Se estaba convirtiendo en un padre de verdad, un padre en el pleno sentido de la palabra. Akiho sonrió cuando vio cómo Eriol levantaba a la niña por los aires y se la sentaba en los anchos hombros. Vadeando la orilla, se metió en el agua hasta que la espuma de las olas le llegaba hasta las caderas, los brazos levantados para agarrar a su hija por la cintura.
Días como aquél eran lo que más necesitaba Natalie. Atención, cuidados, amor. Akiho se preguntó qué pasaría cuando, transcurrido un año entero, concluyera su contrato. La casita que Eriol le había prometido se encontraba en algún lugar de aquellas tierras. Y a ella le encantaría seguir siendo la institutriz de Natalie, pero... ¿qué opinaría su padre? Si él se quedaba en Devonshire... ¿podría quedarse ella también?
Akiho se forzó a quitarse aquellas especulaciones de la cabeza. Sabía que no tenían ningún sentido. Volvió a centrar la atención en la pareja formada por padre e hija, observando cómo Eriol sacaba a Natalie de la zona donde rompían las olas.
Cuando volvieron donde ella estaba sentada, la pequeña desparramó el contenido de sus bolsillos sobre la manta para enseñarle a Akiho sus tesoros, pero no tardó en cambiar de foco de atención, adentrándose en la masa de armerias de mar, pamplinas de agua y otras florecillas silvestres que tapizaban la ladera.
—¡Ten cuidado! —le advirtió Eriol cuando Natalie se agachó para agarrar un manojo de flores blancas—. Si agarras esas pamplinas de agua, te hechizará un duendecillo.
—¿Qué quieres decir? —La niña se incorporó y lo miró, desconcertada—. ¿Qué significa ser hechizada por un duendecillo?
Akiho y Eriol se miraron mutuamente, pero fue ella quien contestó a la niña.
—Cuando uno sufre el hechizo de un diablillo, se vuelve loco. Es como si estuviera desorientado, embrujado o perdido.
Eriol añadió con un murmullo:
—Como si estuviera intoxicado.
Akiho ignoró las palabras de Eriol y le explicó a Natalie:
—A los diablillos no les gusta que la gente agarre pamplinas de agua. Y, si las agarras, te hechizaran y te harán ir por mal camino.
Natalie miró a su padre con incredulidad.
—¿Es eso verdad, papá?
—Por supuesto —contesto él con semblante serio—. Todo el mundo sabe lo que hacen los duendecillos.
Natalie no se lo acababa de creer. Cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Te has encontrado alguna vez con una de esas criaturas?
—Sí, por supuesto —aseguró él—. Son de lo más dulces.
—¿Qué? —protestó Akiho, intentando parecer lo más seria posible—. ¡Los diablillos no tienen nada de dulces! Son criaturas diabólicas de color verde lo bastante pequeñas como para montar caracoles a horcajadas. Y —añadió—, no les gustan las niñas que se portan mal. Si te portas mal, Natalie, vendrán a buscarte y harán que tu nariz se convierta en una salchicha.
—No me lo creo —dijo la niña enérgicamente—. Si fuera cierto, papá tendría una salchicha por nariz. Siempre se porta mal.
Eriol se rio, pero Natalie lo decía en serio. Regresó a la manta, dio varios pasos sobre ella y finalmente se tumbó en la arena. Negó con la cabeza con expresión de desaprobación.
—No se les da muy bien eso de inventar cuentos —dijo, en tono sabiondo—. Cuando intenten tomarle el pelo a alguien, lo menos que podrían hacer es ponerse de acuerdo sobre lo que cuentan para que sus historias coincidan.
Los labios de Eriol casi esbozaron una sonrisa, gratamente sorprendido por el consejo de su hija.
—¿A qué te refieres?
—La señora Duván los llama diablillos y tú duendecillos. Tú dices que son dulces y ella que no lo son. Ella dice que son verdes y tú que no. ¿No se dan cuenta? Se ve a la legua que se lo han inventando todo sobre la marcha.
—No. ¡Qué va! —le aseguró Akiho—. Yo nací en Cornualles, donde los llamamos «diablillos». —Luego dirigió a Eriol una mirada llena de intención—. Y no son dulces, sino malvados.
Él la ignoró.
—No tienen nada de malvados. Son dulces. Encantadores.
—Me están tomando el pelo —dijo Natalie con desdén.
—No te estamos tomando el pelo —le aseguró Eriol a la niña.
Natalie puso los ojos en blanco.
—Me parece una tontería. No creo que los duendecillos esos existan de verdad.
Akiho y Eriol se miraron.
—Se enfadan mucho cuando se enteran de que hay una niña que no cree en ellos —añadió Akiho—. Y le cortan el pelo mientras duerme —dijo amenazadoramente mientras simulaba el movimiento de las tijeras con los dedos—. Y hasta es posible que le pinten la cara de color verde sin que se la pueda limpiar nunca más.
—¡No lo harán! —gritó Natalie, suspendiendo momentáneamente su incredulidad ante la amenaza de Akiho—. ¿Verdad que no, papá?
—Claro que no —le aseguró Eriol—. Eres hija mía, y yo me llevo muy bien con los duendecillos.
Akiho se volvió hacia la niña.
—Tal vez tu padre se lleve bien con los diablillos, pero con las niñas es diferente, o sea, que es mejor que te portes bien. —Akiho dirigió a Eriol una mirada de advertencia desde debajo del ala del sombrero para que no la contradijera y él acató la indirecta.
—¿Señor?
Eriol miró más allá de Akiho y ésta se volvió para ver a Molly sobre uno de los escalones tallados al pie del acantilado.
—Es la hora de cenar de Natalie —anunció la niñera.
La pequeña protestó:
—Oh, no. ¿Tengo que irme ahora?
—Todo esto seguirá estando aquí mañana —le recordó Eriol—. Vives aquí, ¿lo has olvidado? Venga, a cenar.
La niña se levantó a regañadientes y se sacudió con las manos la arena que se le había pegado en el costado mientras se dirigía a donde la esperaba Molly. Tomó la mano de la niñera, pero se detuvo antes de empezar a subir los escalones hacia la casa.
—Papá —dijo mientras se volvía para dirigirle una mirada maliciosa—, ¿significa eso que la próxima vez que me porte mal podré decir que me había hechizado un duendecillo?
—¡No! —dijo Akiho antes de que Eriol pudiera contestar.
Cuando Natalie empezó a subir los escalones y se perdió de vista entre la densidad de la vegetación, Akiho se dirigió a Eriol.
—Yo intentando persuadirla para que se porte bien, y tú lo has estropeado todo —dijo simulando estar enfadada— ¡Diablillos buenos! ¡Lo que hay que oír!
—Lo siento. No podía soportar que creyera que se le iba a poner la cara verde.
—¡Dios mío, Eriol Hirahizawa, te veo en otro mundo!
—¿A qué te refieres?
—La pequeña Natalie te ha absorbido completamente el seso.
—Tal vez tengas razón —admitió, riéndose con ella y pareciendo un poco asombrado ante la idea—. ¿Quién lo iba a decir?
—Yo no lo dudé ni por un momento —mintió Akiho.
Eriol alargó el brazo, agarrando un manojo de armerias de mar y pamplinas de agua de un matorral cercano. Se volvió hacia Akiho y se apoyó sobre las rodillas. Antes de que ella se diera cuenta de lo que pretendía hacer, Eriol levantó una de las armerias y se la colocó en la cinta del sombrero. Akiho miró fijamente el blanco muro de la pechera de su camisa. Estaba húmeda y, a través del lino, se dibujaban las duras líneas del musculoso contorno de su cuerpo.
—¡Ahora sí que estás perdido! —le dijo, y sacudió la cabeza intentando detenerlo—. Has agarrado pamplinas blancas y ahora serás tú el hechizado.
—Demasiado tarde. Ya llevo cinco años hechizado.
Aquellas palabras la tomaron desprevenida e intentó mirar hacia arriba, pero él le apretó firmemente con la mano la copa del sombrero.
—No te muevas —le dijo mientras le colocaba otra flor blanca en la cinta del sombrero, luego se inclinó hacia atrás y tomó otra flor del manojo que había arrancado. Esta vez, en vez de colocársela en el sombrero, le acarició la barbilla con los blancos pétalos de la florecilla mientras esbozaba una sonrisita de complicidad—. Los duendecillos son dulces —dijo—. Encantadores.
Akiho notó el delicado pétalo de la flor haciéndole cosquillas en la barbilla y haciendo trizas cualquier propósito de decencia. Eriol le acarició la mandíbula con la flor y luego la mejilla, para acabar colocándosela en la cinta del sombrero, junto a las otras dos.
El sol se estaba poniendo por el oeste detrás de él. Como tenía los brazos levantados, su torso se había convertido en una oscura sombra que se perfilaba al trasluz bajo el tejido de la camisa. Desde debajo del ala del sombrero, Akiho levantó la mirada todo cuanto pudo sin mover la cabeza y luego repasó a Eriol con los ojos: la fina barba que le crecía bajo la barbilla, la recta columna del cuello, los primeros botones de la camisa desabrochados y el negro vello del pecho que se intuía debajo. Su memoria completó el resto, un negro triángulo que iba disminuyendo a lo largo del torso hasta desaparecer bajo la cintura de los pantalones.
Cerró los ojos y se aferró a la manta con sendas manos, hundiendo los dedos en la arena a ambos lados de las caderas. Estaba completamente inmóvil, sintiendo la atracción de aquel cuerpo masculino como si de la gravedad de Newton se tratara, intentando revelarse contra las leyes de la naturaleza aferrándose a la arena.
Eriol bajó los brazos y se inclinó hacia un lado para mirarla a la cara bajo la rígida y prominente ala del sombrero.
—Bonito sombrero —dijo, y bajó la cabeza para resguardarse bajo el ala.
«Si me besa, si me empuja sobre la arena, dejaré que lo haga. Sin oponer la menor resistencia.» Cada uno de los ardientes besos de Eriol había ido mermando las defensas de Akiho un poco más. Y en ese momento eran tan fáciles de vencer como rasgar un fino velo. Era ella quien estaba bajo un hechizo: el hechizo de Eriol. No la estaba tocando, pero su boca se hallaba a pocos centímetros de la suya y su mirada era como una sensual caricia. Akiho notó que se encontraba al borde de un abismo. La última vez que se había sentido así, se había lanzado al vacío. Había flotado en el aire y planeado como una ave, sólo para acabar dándose de bruces contra el suelo en un triste y doloroso aterrizaje.
Si Eriol la besaba, ella daría ese absurdo y alocado paso, se lanzaría al vacío olvidando las duras y dolorosas lecciones que había aprendido sobre los hombres de salvaje atractivo y mala reputación. Si la besaba, lo arrastraría consigo en su caída. Arrastraría su largo y corpulento cuerpo sobre el suyo y sentiría su peso, su boca, sus hermosas manos.
Pero Eriol no la besó. En lugar de ello, se apartó, poniendo cierta distancia entre ambos.
—¿Realmente pretendías utilizar los duendecillos para conseguir que Natalie se portara bien? —dijo con el tono de voz más natural imaginable mientras se sentaba, con sus largas piernas estiradas, al lado de las caderas de Akiho, todavía sin tocarla.
Ella luchó con todas sus fuerzas por abandonar el alto precipicio que la abocaba a un peligroso abismo y volver al lugar seguro y sensato de la tierra firme. Se forzó a concentrarse en la conversación que acababan de tener. «Disciplina paterna, un buen tema. Un tema seguro», se dijo.
—Conmigo funcionaba cuando los utilizaba mi institutriz.
—Demasiado bien, en mi opinión.
—Acabas de echar por tierra mi mejor arma —le dijo, ignorando el último comentario—. La mejor arma que tenemos aquí, en la costa oeste, con los niños. El miedo a los diablillos a veces es muy útil, Eriol.
—Tendremos que idear otra forma de inducirla a portarse bien.
—Demasiado tarde. Me temo que ahora cada vez que haga algo que no está permitido se escudará en que estaba bajo los efectos de un hechizo.
—No puedo culparla por ello. —Eriol agarró otra armeria de mar. Separó los pétalos y se colocó el tallo entre los dientes. Se inclinó hacia atrás, apoyando el peso del cuerpo en los brazos, y le sonrió a Akiho como un pirata de Penzance (1) —. Llevo toda la vida haciéndolo y a mí siempre me ha dado buenos resultados.
(1): ópera cómica en dos actos con música de Arthur Sullivan y libreto de W. S. Gilbert.
o0o0o0o0o0o
Eriol estaba en la planta baja. Akiho lo supo porque el piano volvió a despertarla. Llevaba una semana haciendo lo mismo. No sabía cuándo dormía él, pero tenía que hacerlo durante muy pocas horas seguidas, ya que pasaba la mayor parte del día con Natalie y con ella y las noches sentado al piano.
Akiho se había quedado dormida todas las noches con el sonido de fondo del piano. En Londres, Eriol salía a diario, pero Akiho cayó en la cuenta de que allí no había ningún sitio adonde ir. No parecía agradarle el silencio y la paz del campo, pero eso no tenía sentido, puesto que, de lo contrario, no se habría comprado tierras en el campo.
Escuchó atentamente, reconociendo la parte de la composición que había tocado la otra noche y las variaciones que Eriol había introducido en el tema. Había más fragmentos de música que no había oído antes. Cerró los ojos y, mientras lo oía tocar, recordó lo que sentía cuando la tocaba a ella, aquel calor, lánguido y vivificante al mismo tiempo, que invadía sus sentidos cada vez que la acariciaba, cada vez que la besaba.
Intentó convencerse a sí misma de que tenía que actuar con sensatez. Eriol había ido a un prostíbulo. Aunque lamentaba que Natalie lo hubiera visto, no se arrepentía en absoluto de haber ido allí. Aquello debería haberle hecho entrar en razón, pero no fue así.
Se recordó a sí misma que las mujeres no eran más que meros juguetes para él, bagatelas con las que pasar el rato hasta que se cansaba de ellas. Pero... ¿cómo sería convertirse en su juguete durante un tiempo?, se preguntó.
Akiho suspiró y se cubrió la cara con la sábana. «Quiero ser decente y respetable —se recordó—, pero eso no es divertido.» Intentó acordarse de Elian, pero su difunto marido se había convertido en un vago recuerdo, desbancado por un hombre para quien no existían los segundos puestos.
Eriol Hirahizawa había conseguido que ser una viuda respetable pareciera tan gratificante como... bueno... el porridge. Llevaba semanas luchando contra aquello, pero no se le podía pedir a ninguna mujer que se resistiera más tiempo a los encantos de un hombre como él. Era nada menos que el metro noventa y los noventa kilos del más suculento de los postres.
Pero también era un hombre de sentimientos mucho más profundos, un hombre complejo, variable y mejor padre de lo que jamás había imaginado. Akiho pensó en la infinita ternura con que trataba a su hija, demostrando una paciencia con Natalie que Akiho no creía que pudiera tener. Aunque no había buscado las responsabilidades de la paternidad, cuando se había topado con ellas, las había asumido completamente. Y lo que era más, había empezado a querer a su pequeña. Y Akiho sabía que eso era lo que la estaba acercando más al borde del abismo.
Le asustaba, se resistía a aceptarlo, había luchado con todas sus fuerzas contra ello, pero no podía hacer nada por evitarlo. Se estaba enamorando de él.
De pronto, la música cesó. Ella esperó, pero al no oír ninguna nota más ni tampoco los pasos de Eriol subiendo la escalera hacia su alcoba, se levantó de la cama, se puso la bata y bajó al estudio.
Lo encontró mirando fijamente la partitura que había en el atril con los brazos cruzados. Sobre la tapa cerrada del piano, había más partituras desperdigadas, junto con varias plumas, un tintero y diversas hojas de papel secante.
—Otra vez despierto, ¿eh? —murmuró ella.
Él se volvió en la banqueta del piano y la miró.
—Eso me temo.
Akiho avanzó hacia Eriol, se detuvo tras él y le puso una mano en el hombro.
—¿Por qué no puedes dormir? —le preguntó. Al no obtener respuesta, se aventuró a adivinarlo en tono de broma—. ¿Mala conciencia?
Eso hizo que Eriol esbozara una leve sonrisa.
—No.
No le dio más detalles, y Akiho echó un vistazo a la partitura que había en el atril.
—¿Qué tal va la inspiración esta noche?
—En este preciso momento, bastante mal. Se supone que este tercer movimiento debería ser un minueto, pero me empeño en escribirlo como un scherzo. Quiere ser un scherzo, y yo me estoy peleando con él.
—¿Prefieres que los deje a los dos solos?
Eso le provocó una risita.
—No, te lo ruego. Si lo haces, seguirá atormentándome. —Cerró la carpeta de partituras que había en el atril y miró hacia arriba—. ¿Se tercia un té en la glorieta, madame? —sugirió.
—No, creo que... —Dudó, pero luego se lanzó al vacío—. Me gustaría ver mi futura casa.
—¿Qué? ¿Ahora?
—¿Tienes otros planes? —le preguntó con voz algo trémula.
Él se percató de ello. Se volvió, inclinando la cabeza hacia atrás, y la miró con expresión seria.
—¿Realmente te apetece verla esta noche?
—Sí. —Deslizó la mano sobre el hombro de Eriol, la seda del batín resbalando bajo su palma. Cerró el puño junto a su cuello—. Me apetece verla ahora.
Eriol se inclinó hacia adelante, comprobó que iba descalza y esbozó una tierna sonrisa.
—Es mejor que te calces. Está a más de medio kilómetro de aquí.
Akiho subió a su alcoba, se puso unas medias y los botines negros y se envolvió en un chal. Cuando bajó a la planta baja, vio que él también se había puesto botas y llevaba los extremos de los pantalones bombachos de rayas negras y canela metidos por dentro de las botas.
Salieron de la casa y tomaron un sendero que discurría por la ladera. Él le tendió la mano y la guió por el camino de tierra, que se adentraba en una zona arbolada. Cuando abandonaron la espesura, él señaló una colina donde Akiho divisó el oscuro contorno de unos setos y el plateado brillo de un prado iluminado por la luz de la luna. Allí en medio, al abrigo de los setos, vio el contorno de un tejado y las paredes encaladas de una casita de campo.
Anduvieron colina abajo y, conforme se acercaban a la puerta principal de la casa, ella se percató de que era como miles de casas que salpicaban los campos de la costa oeste de Inglaterra, con el tejado de paja y las ventanas abuhardilladas que había imaginado. No obstante, aquélla era distinta en un aspecto fundamental: iba a ser suya.
—Las ventanas son de cristal —dijo ella, y lo miró mientras la invadía la dicha.
—¿Te gusta? —le preguntó él.
A la luz de la luna, los dragones rojos del batín de Eriol apenas se veían, pero ella sabía que estaban allí, y recordó las historias que contaban los marineros que hacían escala en Stillmouth que decían haber estado en los confines de la tierra.
«Más allá de los confines de la tierra, hay dragones.»
Pero ella no temía a los dragones, no aquella noche. Akiho sabía que en aquel momento no tenía nada que temer. Sólo sentía el acuciante deseo de estar con él. Podría haber soportado pasar otra noche sola, pero no quería que fuera así. Por muchas noches que pasara con él, las disfrutaría todas, de la primera a la última. Akiho no se hacía ilusiones sobre lo que ocurriría después. Sabía que volvería a estrellarse contra el suelo en algún momento, de algún modo, pero la caída merecería la pena.
—¿Te gusta? —repitió él.
—Es perfecta. —Lo tomó de la mano—. Entremos.
Entraron en la casa. Había un salón a la derecha y un comedor a la izquierda. Cada habitación contenía su correspondiente lote de trastos viejos: sillas antiguas, pilas de cajas de madera llenas de objetos variopintos y unas cuantas mesas desvencijadas. Eriol entró en el salón y se abrió paso entre el laberinto de trastos dispersos por el suelo. Se dirigió a una de las ventanas que flanqueaban la chimenea y Akiho lo siguió.
—Ahí fuera está el jardín —le dijo por encima del hombro mientras señalaba la ventana—. Y sí —añadió—, en él hay rosas.
Akiho se le acercó. Miró más allá de donde él se encontraba y vio una pérgola con pálidos capullos de rosa medio abiertos que resplandecían a la luz de la luna. Puso ambas manos sobre los hombros de Eriol. La seda del batín era suave al tacto y, a través de ella, percibió el calor de su piel, la tersura y la dureza de sus músculos. «Ya veré las rosas mañana», se dijo.
Al percibir el contacto, él se volvió, y Akiho acercó la mano a su rostro. Su cabello le hizo cosquillas en el dorso de la mano mientras rodeaba su nuca con ella.
—Gracias —susurró—. Gracias por esto.
Se acercó más a él y se puso de puntillas.
—Pero quería venir aquí por otro motivo —le dijo mientras tiraba del cinturón del batín con la mano que tenía libre.
—¿Qué motivo? —Él permaneció rígido, inmóvil, mientras ella le acariciaba los fuertes tendones de la parte posterior del cuello.
—Hay algo que necesito decirte. —Le rozó los labios con los suyos y le susurró en la boca—: Sí.
o0o0o0o0o0o0o0o
Y por fin mis criaturas el músico obtuvo la respuesta que estaba esperando... ¿o no? ¿Ustedes qué opinan? ¿Eriol tendrá lo que tanto esperaba? ¿Akiho se lo dará o le estará hablando de otra cosa?
Nos leemos en el cap que viene... ;)
