Agape to Eros
By Tsuki No Hana
17
"A Call"
Yuuri.
Escuché el sonido de unas voces hablando no muy lejos de mí. Abrí los ojos para buscar el origen de ellas, pero todo era borroso a mi alrededor. Parpadeé repetidas veces, pero eso no ayudaba a mejorar mi vista.
—Yuuri.
Fruncí el ceño. Esa voz se escuchó más cerca ahora, pero no logré enfocar bien.
—No te esfuerces. Entre más intentes forzar tus ojos, más rápido perderán la vista.
—¿Doctor Chan? —logré reconocerlo.
—Sí. ¿Sabes qué pasó?
—No... —entonces a mi mente llegó todo lo ocurrido con Victoria, la muerte de la bebé, la muerte de ella. Todo llegó a mi mente con violencia y brusquedad, tanto que no pude reprimir un quejido, me sentía sofocado—... no, ya recuerdo —me llevé ambas manos a los ojos, me ardían un poco.
—Tranquilo —sentí una mano en mi hombro, alcé la mirada sólo para toparme con el rostro borroso de Isabella, a un lado de ella creo que estaba J.J.
—Yuuri, hablé con Hanyu. Le expliqué tu estado actual y me pidió que te informara que es de mera urgencia que vayas cuanto antes a Japón, necesitas ser sometido a cirugía ocular cuanto antes si no quieres perder la vista permanentemente. En estos momentos aún se puede arreglar.
Apreté mis puños.
—No puedo irme. Victoria y mi hija... —de nuevo sentí una mano sobre mi hombro, sólo que ésta era más pesada y grande.
—Ya nos encargamos de todo eso. Los servicios funerarios se llevarán a cabo mañana a primera hora.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unas horas.
Momentos después salí del hospital. Mis amigos se portaron tremendamente amables conmigo, a esas alturas sentía que les debía mucho. Me llevaron a su casa, tomé un baño caliente y Jean me prestó un poco de ropa. Nos sentamos a la mesa para comer juntos, pero ninguno tocó sus alimentos. Y es que simplemente no podíamos creer lo que recién pasó.
Isabella me explicó con detalle qué fue lo que ocurrió en el accidente, sí, Victoria había cruzado la calle sin ver y un automóvil se la llevó de encuentro.
De pronto fui consciente de que Isabella quizás ya llevaba un rato llamándome. Lo noté al ver las miradas preocupadas que me dirigían ambos.
—Oh, lo siento ¿Qué me dijiste?
—Te preguntaba si pudiste solucionar las cosas con Viktor —me sonrió con calidez.
Lo valoraba, vaya que sí valoraba los intentos de mis amigos por animarme, pero nada podía hacerlo en esos momentos.
—Uhm... no. Cuando me fui aún no despertaba.
—Lo siento —entristeció un poco y no supo qué más decirme. A partir de ahí nos quedamos en un incómodo silencio.
El tiempo era tortuosamente lento. Sentí que pasaron años para que llegara el siguiente día. No dormí en toda la noche, estuve sentado en la cama hasta que el sol se asomó por el horizonte, entonces me puse de pie y salí de mi habitación. Ya estaba vestido, listo para salir. Jean de nuevo me hizo el favor de prestarme algo de su ropa. Un pantalón sencillo de vestir, color negro y una camisa de botones del mismo color, acompañada de un saco igualmente negro.
Salimos de la casa luego de que preparé algo de café para todos. Ninguno tenía apetito.
El día estaba incómodamente soleado. Era un domingo por la mañana. Ya había gente paseando a sus mascotas por las aceras, niños corriendo en los jardines y jugando con sus amigos. Entonces mi vista se posó sobre una pareja de hombres que caminaban de lado a lado. Parecían ser esposos o algo así, vaya, no era muy común ver parejas de ese tipo. Uno se encargaba de empujar con cuidado una linda carriola rosa, mientras era abrazado cariñosamente por el otro. Sus rostros irradiaban felicidad. Se veían cansados, imaginaba que cuidar de un bebé no era tarea fácil, pero se veían genuinamente felices.
Aparté mi mirada con dolor. De pronto un mal humor inundó todo mi ser. El sol había salido ya en todo su esplendor y yo no podía más que sentirme asqueado.
—Yuuri —me llamó Isabella desde el asiento del copiloto, alcé la mirada y distinguí unos anteojos oscuros entre sus manos. Yo sólo pude fruncir el ceño antes de aceptarlos.
El médico había explicado que mi estado se debía al estrés que estuve atravesando en el último mes, sin mencionar los últimos acontecimientos. Me sugirió utilizar lentes oscuros por unos días para no dañar más mi vista. El único inconveniente era que debía quitarme los lentes con graduación, así que como resultado obtenía una ceguera impresionante, pero al menos mis ojos dejaban de arder.
Lo último que vi por la ventana del auto fue a unos jóvenes sonriendo y divirtiéndose a lo grande. Y yo sólo podía pensar en ese dolor que no salía jamás. No recordaba cuándo fue la última vez que fui realmente feliz. Quizás hace poco menos de un año, cuando Viktor y yo estábamos bien. Esos fueron los mejores momentos de mi vida. Y actualmente, bueno, ahora no podía evitar sentir una gran envidia por la gente que no estaba en mi lugar.
Entonces llegamos al funeral.
Había más gente de la que imaginé. Y fue entonces que descubrí muchas cosas sobre Victoria que desconocía, tales como: quedó huérfana a los quince años, sus padres murieron en un accidente de auto. No tenía hermanos ni familia cercana, a excepción de una prima lejana que al parecer estuvo cuidando de ella antes de que el accidente ocurriera, pero no tuve la oportunidad de verla. Irina todavía no llegaba a Canadá.
Procuré quedarme lejos de los grupos de personas que se juntaban en el establecimiento, murmurando en voz baja, hablando sobre Victoria y lo buena que era, recordando los buenos momentos que pasaron con ella. La mayoría de la gente eran amigos y familia lejana, antiguos pacientes y amigos del patinaje. En ningún momento me atreví a acercarme al féretro, no tenía el valor necesario. Suficiente había sido despertar al lado de su cuerpo inerte.
Estuvimos todo el día en el lugar, velando su cuerpo, hasta que oscureció. Me mantuve en un rincón de la funeraria, escuchando los comentarios que hacían sobre su embarazo. Al parecer nadie se lo esperaba, y los entendía, yo tampoco lo esperaba. Escuché también que maldecían al padre de la criatura, tachándolo de desobligado y culpándolo de su muerte. Un nudo enorme se formó en mi pecho. Alcé la mirada y noté que mis amigos, al lado mío, bajaban la mirada con tristeza, luego me miraron y sonrieron un poco, dándome su apoyo.
—Sólo ignóralos —me dijo J.J. Yo asentí, pero seguí escuchando los murmullos.
Luego de unos minutos, Isabella me llamó.
—¿Qué hubieras hecho si nada de esto hubiese ocurrido? Es decir, si te enteraras del embarazo y si el accidente no hubiera pasado.
Buena pregunta.
La medité sólo un par de segundos antes de responderla.
—Me hubiera hecho cargo de mi hija, por supuesto —vi cómo los ojos se le llenaron en lágrimas—. Pero no me habría casado con Victoria. Le tuve un enorme cariño y sigo en deuda con ella, pero jamás podría casarme con alguien sólo por compromiso. El asunto con mi hija hubiera sido muy a parte de la relación con su madre.
—¿Y Viktor qué hubiera pensado sobre eso?
—No lo sé... quizás ese hubiera sido el detonante para que al fin separáramos nuestros caminos.
Llegó la noche y mis amigos propusieron retirarnos, después de todo, el entierro sería mañana a primera hora. Pero no pude irme. Decidí quedarme toda la noche. Ellos se fueron a descansar, prometiendo llegar temprano para acompañarme, yo se los agradecí y nos despedimos.
Amaneció. La hora del entierro llegó y con ella el sonido del llanto de muchas personas. De nuevo mantuve mi distancia y guardé la compostura. Agradecí mentalmente traer esos anteojos oscuros, así no podrían notar que estuve a punto de llorar en muchas ocasiones.
Perdí todo rastro de fortaleza cuando vi algo que no noté sino hasta ese momento.
Un pariente lejano se acercó con paso firme al féretro mientras cargaba entre sus manos una pequeña cajita de madera muy hermosa. No entendí qué era hasta que abrieron el ataúd sólo para dejar esa cajita dentro, antes de que la enterraran bajo tierra.
Me aferré a lo primero que encontré que fue el hombro de Jean. Me faltaba el aire y sentía como si todo a mí alrededor se me viniera encima. En esa cajita iba mi hija, el cadáver de mi hija. Dios, el peso en mi caja torácica era insoportable. J.J. me ayudó a permanecer en pie. Le agradecí que fuera discreto, él era consciente de que lo último que deseaba era llamar la atención, así que en voz muy baja me preguntó si me encontraba bien. Yo sólo asentí y me mantuve firme, todo volvió a la normalidad luego de unos minutos. Afortunadamente nos encontrábamos atrás de toda la gente vestida de negro que estaba parada frente al ataúd.
Luego de que bajaran el féretro hasta el fondo del hoyo, uno a uno, todos los presentes pasaron a tirar una rosa blanca. Algunos también tomaban un puñado de tierra y lo echaban. Yo esperé a que todos pasaran y se retiraran antes de que siguiera mi turno, y siendo el último, saqué un par de rosas blancas del interior de mi saco. Miré hacia el fondo y un nudo enorme estorbó en mi garganta.
—Hasta pronto Victoria. Hasta pronto bebé, siento tanto no haberte conocido —una lágrima escapó escurridiza y se deslizó por mi mejilla hasta llegar a la barbilla, donde pendió unos segundos antes de caer e impactarse contra las flores.
Entonces las solté y con ellas todos mis sentimientos acumulados. Me quedé unos minutos más ahí, frente al hueco en el piso. Mis amigos ya habían pasado, así que yo era el último. No sabía cuánto tiempo me quedé ahí parado. Noté que ya debía irme cuando los trabajadores del cementerio comenzaron a tapar el hoyo.
Me giré sobre mis talones y a lo lejos pude observar a mis amigos, abrazados y mirando en mi dirección. Estuvieron ahí esperándome todo el tiempo. Los miré y sonreí ligeramente, aunque quizás mi gesto terminó siendo una mueca extraña. Y así caminé lentamente y con cuidado de no tropezar hasta llegar a su lado. Eché una última mirada a mi alrededor y suspiré. Victoria y mi hija descansarían en un lindo lugar. Ese cementerio desprendía una paz profunda que aseguraba absorberte por completo si te quedabas ahí más de lo necesario. Una llanura de césped casi infinita se perdía más allá de donde mis ojos alcanzaban a ver, había florecillas silvestres creciendo en una que otra parte, y un sinfín de árboles grandes y frondosos, cuyas ramas se movían al son del viento, dando una agradable sombra a algunas tumbas.
Di una última mirada al lugar antes de girarme y regresar. No tenía nada qué hacer ahí. Era hora de volver a casa.
Irina.
He recibido demasiadas noticias en tan poco tiempo que sentía que mi mente estallaría. Mi equilibrio emocional corría mucho riesgo.
Pasé un mes cuidando de mi prima. Todavía podía recordar la impresión que sentí cuando me dijo sobre su embarazo, ni qué decir del momento en el que me dijo que por su mente había pasado la posibilidad de abortar. Y eso no fue todo, pues luego de insistirle mucho en que me dijera el nombre del padre, me salió con que se trataba de nadie más y nadie menos que Yuuri Katsuki. No había querido decirme de quién se trataba, pues estaba consciente de su antigua relación con Viktor, mi ex esposo. Era un hecho que yo al menos tendría una idea de quién era, ella lo sabía.
Tardé varios días en digerir la sorpresa de esa última noticia. Me sentí terrible por Viktor, después de todo él estuvo sufriendo como nunca por Katsuki mientras éste se revolcaba con mi prima. Sentí un resentimiento muy profundo hacia ambos, hasta que Victoria me explicó cómo fue que sucedió y cómo fueron esos sentimientos que ella comenzó a experimentar hacia Yuuri.
En cierta parte la entendí, cuando te enamoras cometes locuras inexplicables, y en su caso fue omitir el hecho de que su prima fue esposa de Viktor. No se atrevió a decirle a Yuuri quién era yo. Bien pudo ayudar a que esos dos bobos se reconciliaran rápido, pero antepuso sus sentimientos, que idiota fue. Me enojé como pocas veces en la vida con ella, incluso estuve a punto de llamar a Viktor para explicarle todo eso y para que hablara con Yuuri de una buena vez, pero ella me suplicó que no lo hiciera en esos momentos, pues estaba segura de que Yuuri la buscaría para pedir una explicación y si eso ocurría terminaría enterándose del embarazo.
Tampoco entendí sus motivos para no decirle al padre de su hijo sobre la situación, o al menos no hasta que vi lo arrepentida que estaba por intentar detener a Yuuri ocultándole lo que sabía sobre mí y Viktor. Se sintió tan mal que no pudo retenerlo una vez más. Hasta ese momento ella fue consciente de que él jamás sería para ella, ni siquiera teniendo un hijo de él.
Entonces fue que decidí quedarme a cuidar de ella todo el tiempo posible, le dije que quería regresar antes de que Viktor despertara, así que sólo estuve un mes con ella, tiempo en el que convivimos como nunca antes. Charlamos de tantas cosas y abrimos viejas heridas, logrando reconciliar cualquier diferencia que tuviéramos. Pronto terminamos hablando de mi ex esposo y su ex pareja. Era inevitable no tocar el tema, así que la dejé hablar y hablar sobre Yuuri por horas sin interrumpirla. Debía admitir que esas horas sirvieron para que yo lograra conocer a Yuuri Katsuki de una manera más profunda. Victoria me platicó cómo él sufrió por Viktor cada segundo que estuvo en Canadá. Y si no fue a por él cuando Yurio lo llamó, fue porque estaba en una rigurosa rehabilitación. Entonces no pude odiarlo del todo. Él también sufrió y pasó por momentos muy difíciles.
En ese último mes vivimos situaciones difíciles y recibí noticias que me sorprendieron cada vez más, pero... luego vino la última noticia, la peor de todas:
Llegué al aeropuerto y me sorprendí al ver que Yakov y Lilia me esperaban en la sala. Caminé hacia ellos con prisa y con una gran sonrisa, hasta que el timbre de mi teléfono me desconcentró. Detuve mi andar y respondí a la llamada sin imaginar lo que estaba a punto de escuchar.
Me puse histérica.
Sólo podía recordar que fui directo a comprar un boleto de regreso a Canadá. Significaban otras doce horas de vuelo, pero no me importaba, tampoco gastar el resto de mis ahorros en un boleto nuevo de ida y vuelta.
Cuando llegué a Toronto alcancé sólo el momento del entierro, fue suficiente para que me quebrara en llanto. Fue en ese momento en que me arrepentí de rechazar la oferta de Yakov o Lilia, quienes se habían ofrecido a acompañarme. Estuve ahí sólo ese día, pues regresé de inmediato a Rusia luego de que Aleksi me llamara, preocupado porque su hermano no despertaba a pesar de que ya le habían quitado los sedantes.
Ahora estaba segura de dos cosas: odiaba los hospitales, odiaba los aviones y odiaba los cementerios.
Esperé ver a Yuuri en el cementerio, pero me acordé de él hasta que iba de regreso al aeropuerto. Mi mente estaba hecha un caos como para ponerme a buscarlo entre la gente, además de que ya poco me importaba lo que pudiera pasarle. Él se acostó con alguien mientras que Viktor estaba muriéndose, literalmente, por él. Se me hacía tan poco justo y tan inhumano de su parte. Sabía que en ese entonces habían roto como pareja y tenían todo el derecho del mundo de meterse con quien les diera su regalada gana, pero no me pude sacar de la mente en ningún momento que Viktor sobrevaloró a Yuuri, su amor, su fidelidad, todo, lo había sobrevalorado y eso no era justo. Yo no odiaba a Yuuri, pero por ahora no quisiera topármelo ni por casualidad.
Entonces llegué a Rusia y ni siquiera tuve oportunidad de llegar a casa y tomar un baño, fui directo al hospital, pues Aleksi estaba desesperado porque era el cuarto día desde que le quitaron los sedantes a Viktor, y no había despertado aún.
El médico habló con nosotros y dijo que quizás habría despertado en la madrugada y simplemente se volvió a dormir. Estaba en un sueño muy profundo, pero no era más que eso: estaba dormido. Ya con esa tranquilidad me dispuse a ir a casa, no sin antes preguntar por Yuuri, quería estar preparada por si me tocaba verlo de pronto. Aleksi me explicó que se fue a Canadá sin dar explicación, y que sí estuvo todo ese mes cuidando de Viktor. Ya no me dio más información y eso me dio mala espina. Además parecía molesto cuando se refería a Yuuri. Algo pasó y no me lo quería decir.
Narradora.
Marcó el número de su amigo rubio una y otra vez, pero nunca le respondió. No tuvo otra opción más que llamar al hermano de su amado, quien le respondió de inmediato.
—¿Qué quieres?
—Aleksi, que bueno que me respondes. Siento llamar en plena madrugada, pero... ¿Cómo está Viktor? ¿Ya despertó?
—No lo ha hecho.
—¡¿Qué?! Pero si ya pasaron cuatro días ¿Por qué no lo ha hecho?
—Lo sabrías si no te hubieras ido.
Katsuki suspiró y contuvo su incipiente enojo.
—Aleksi, necesito hablar contigo. ¿Tienes tiempo?
—Dime —su voz se oyó más blanda.
—Estoy en Canadá. A penas hoy fue el entierro de mi amiga... —se le cortó la voz, pero supo disimularlo muy bien—...y el de mi hija también —pensó.
—¿Fuiste a un entierro en Canadá? Oh... lo siento —se sintió mal por ser tan rudo y grosero con él. Además se le hizo mucha coincidencia, pues Irina también fue a un entierro.
—Sí, bueno... a lo que voy con todo esto es que tardaré en volver a Rusia, no sé cuánto tiempo, quizás semanas o...
—¡Ja! Lo sabía, huyes en la menor oportunidad posible.
—No es eso —se llevó una mano al puente de la nariz—. Te voy a ser franco: necesito una cirugía, casi no puedo ver, mi vista se está deteriorando mucho y van a operarme lo antes posible, pero no sé cuánto tiempo tarde en volver, por eso quería pedirte de favor que le digas a Viktor que lo amo y que estaré ahí cuanto antes, por favor.
Hubo silencio por un largo rato antes de que respondiera.
—No. No puedo permitir que juegues así con mi hermano ¿Una cirugía de ojos? ¡Ja! Suena tan poco creíble. Piensa en una excusa mejor a la otra, Katsuki.
—¿Qué? —en verdad no podía creer lo que oía—. Aleksi, no es un juego.
—Si no es un juego ven cuanto antes, Viktor no tardará en despertar y creo que ya sufrió lo suficiente. Si dices amarlo tanto, ven.
—¡No puedo! —se le hizo un nudo en la garganta—. No puedo, entiéndelo.
—En ese caso tomaré medidas extremas. Le diré a mi hermano que nunca estuviste aquí.
—No puedes hacer eso.
—Por supuesto que puedo.
—Iré a Rusia antes de que puedas decirle esa mentira.
—¿Y yo soy el mentiroso? Hace unos momentos me dijiste que no podías ¿Ahora sí puedes? Te acabas de descubrir tú solo. No te quiero volver a ver cerca de mi hermano —y colgó.
—¡Demonios! —se exaltó demasiado. Era imposible ganarle una discusión a ese hombre. Nuevamente estaba entre la espada y la pared, sólo que ahora su vista estaba de por medio. Quería ir con Viktor, pero sabía que sería demasiado estúpido no arreglar primero sus ojos. Ciego no servía de nada.
Guardó el teléfono en su bolsillo y caminó entre la multitud de gente del tren hasta encontrar a su familia entera esperando por él, incluso estaba Minako-sensei y toda la familia Nishigori. Un gran sentimiento invadió su ser, las lágrimas no tardaron en aparecer y como loco salió disparado de la estación, chocó con algunas personas en el trayecto y casi se cae un par de veces debido a su falta de visión, pero logró salir sólo para encontrarse con los brazos abiertos de su madre. Oh, su madre, cuánto la había extrañado.
—¡Yuuri! —lo recibió entre sus brazos, desbordando lágrimas de felicidad—. Ha pasado tanto tiempo —lo estrechó todo lo humanamente posible, él hizo lo mismo, tuvo que inclinarse un poquito, pues su mami era bajita, pero así la pudo abrazar mejor.
—Mamá... —suspiró, aliviado de sentirse al fin en casa. Después de tantos meses—. Te extrañé tanto.
—¡Yuuri Katsuki! —se separó del abrazo y lo miró con enfado a pesar de sus lágrimas—. ¿Qué es eso de irte sin decir a dónde por tantos meses? ¡Nos tenías muy preocupados! ¡Sólo hablabas con tu hermana! Pero nunca dijiste dónde estabas ¿Por qué?
—Lo siento mamá —se avergonzó mucho—. Necesitaba un tiempo a solas, pero logré recuperarme por completo, ya puedo patinar de nuevo y me rehabilité. Estoy como nuevo —sonrió y un silencio se hizo presente, todos se limitaban a verlo entre preocupados y tristes, sabían que no todo iba de maravilla, lo notaban en su expresión a pesar de no poder ver sus ojos.
—¿Y Vitya-chan? —inquirió la matriarca de la familia.
Ninguno pudo ver que los ojos de Yuuri se llenaban de lágrimas gracias a los lentes de sol.
—No he podido hablar con él —bajó la mirada y se rascó la nuca.
—¿No vienes de Rusia? —inquirió Mari-neechan.
—No, vengo de Canadá.
—¡¿Canadá?! —exclamaron las trillizas. Todos se asombraron.
—¡Es donde te grabaron patinando! —dijo Loop.
—¿¡Por qué vienes de allá?! —inquirió Lutz.
—Pasaron muchas cosas en estos meses —murmuró con una gran tristeza que fue percibida por todos.
—Vayamos a casa, comamos algo y platiquemos cómodamente ¿Les parece bien? —sugirió el señor Katsuki mientras pasaba un brazo por los hombros de su hijo y se iban directo a la salida de la estación, rumbo a casa.
Todos cenaron katsudon preparado por Hiroko. Estuvieron platicando sobre lo que hicieron en todos esos meses. También salió a tema el patinaje sobre hielo, el futbol y más temas triviales. Ninguno tenía idea del sufrimiento que estaba atravesando Yuuri. De lo que sí se dieron cuenta fue del hecho de que a penas y tocó su katsudon.
—Oye, Yuuri. Hiciste mucho ejercicio, te veo en muy buena forma ¿Vas a participar en el GP de este año?
—No lo sé, Minako-sensei —revolvió sin cuidado el arroz con sus palillos, ni siquiera levantó la mirada, parecía ido.
—¡¿Pero por qué no?! te vimos patinar como nunca en el video que subieron hace poco —se sorprendió Yuko.
—No tengo muchos ánimos —sonrió débilmente.
A todos se les hizo muy extraña esta nueva actitud en él. Era otro, definitivamente otro. Querían indagar más, pero temían ser indiscretos y molestarlo. Todos fueron discretos, a excepción de...
—¿Por qué demonios no te quitas esos anteojos? Me exasperas —los tomó con cuidado y en un movimiento rápido se los quitó.
—¡Minako-sensei! —exclamó el aludido, cerrando los ojos en el acto—. Dámelos, por favor —los abrió sólo un poco y el resto pudo ver de inmediato que algo no andaba bien.
—Hijo —murmuró Hiroko, asustada—. ¿Qué te está pasando? —preguntó al verle sus ojos rojos, hinchados y... diferentes, muy diferentes. Seguían siendo castaños, pero tenían algo diferente, habían perdido su brillo.
Estuvieron en silencio por un buen rato, ni siquiera el sonido de los cubiertos se escuchaba, hasta que Yuuri tomó aire y habló:
—Pasa que estuve seis meses rehabilitándome en Canadá, cometí el error más grande de mi vida, luego Viktor sufrió un accidente y pasé un mes cuidándolo para que después tuviera que regresar a Toronto antes de que Viktor despertara, sólo para encontrarme con que... —se le llenaron los ojos de lágrimas, no pudo continuar y tampoco hubo quien se atreviera a decir palabra alguna, así que luego de unos segundos Yuuri siguió hablando—. Además estoy perdiendo la vista, volví sólo para ver a mi oftalmólogo cuanto antes, de no ser así estaría en Rusia con Viktor, quien ha de estar preguntando por mí en estos momentos —golpeó la mesa con la mano extendida. Acababa de soltar toda su frustración en ese montón de palabras que salieron de su boca con demasiada rapidez. Recibió miradas sorprendidas de parte de todos, no lo soportó, se puso de pie y se fue directo a su habitación, no sin antes chocar con algunas cosas a medio camino.
—Demonios, Viktor ¿Por qué no despiertas? —espetó Irina de mala gana, caminando de un lado a otro en la habitación de hospital.
Yurio, Otabek, Yakov, Lilia, Aleksi e Irina esperaban con ansias a que Viktor diera algún signo de vida, pero nada. No fue sino hasta un par de horas más tarde que Viktor comenzó a despertar poco a poco, estaba algo aturdido, en especial porque todos los presentes rodearon su cama, ansiosos.
—Gracias al cielo despertaste —suspiró Irina con un gran alivio—. ¿Cómo te sientes?
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz muy áspera, carraspeó un poco y miró a su alrededor, buscando un rostro que no halló en ninguno de los presentes.
—Estás en el hospital por el accidente que tuviste entrenando —aclaró Yakov—. Por ser un cabezota inútil.
Viktor soltó una risilla muy ronca que a penas y se escuchó.
—Ya recuerdo —sonrió débilmente—. ¿Acaso ha pasado ya un mes?
—Más de un mes, idiota. No querías despertar.
—¡A-aleksi! —no cabía en sí de la impresión al verlo al pie de la cama. ¡Estaba tan cambiado! Ahora se parecía tanto a él—. ¡¿Qué haces aquí?! —estaba feliz, asombrado.
—Irina me llamó.
El mayor de los Nikiforov miró a su exesposa y le sonrió en agradecimiento.
—Me da gusto verte —su rostro estaba iluminado, la expresión en sus ojos era única, no podía dejar de mirar a su hermanito, ¡Cuánto había crecido!
Pero esa felicidad le duró poco.
—¿Y Yuuri...? —miró a Yurio en busca de una respuesta. El rubio estaba a punto de responder, pero Aleksi se le adelantó.
—¿Yuuri? ¿Quién es Yuuri? —su farsa sí que era convincente.
—Es mi no... —le tembló la voz—... mi exnovio.
Ninguno de los presentes se atrevió a decir palabra alguna, estaban tan impactados por la respuesta condenadamente natural que dio Aleksi que simplemente se quedaron sin habla.
—¿Eso quiere decir que él nunca estuvo aquí? Pero si yo lo recuerdo, recuerdo sus palabras claramente, dijo que me amaba y que estaría a mi lado —su voz tembló un poco. Todo rastro de felicidad desapareció de su rostro por completo.
—Creo que lo soñaste, hermanito.
Viktor no dijo más, giró su rostro hacia la ventana y se quedó mirando en esa dirección por un buen rato, ignorando a los ahí presentes.
—Aleksi —llamó Yakov—. ¿Podemos hablar afuera unos momentos?
El aludido asintió y salió tras Yakov, y tras ambos iban todos los demás. A Viktor no se le hizo extraño, pues estaba perdido en sus pensamientos.
—¡¿Puedes explicarme qué demonios acabas de hacer?! —exclamó, iracundo—. ¿Estás consciente del tamaño de la mentira que acabas de decirle? Ninguno de nosotros pudo decir nada porque... porque —lo pensó unos segundos, la verdad era que habían quedado todos tan impactados que se quedaron sin habla.
—¿Eres idiota o qué? —fue el turno de Irina.
—No, lo hago para protegerlo. Hace un par de horas me llamó Yuuri.
—¡¿Y qué te dijo?! —Yurio estaba muy exasperado.
Guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Se largó de vuelta a Canadá y allá se va a quedar un tiempo. ¿Tienen idea de lo mucho que le dolería a mi hermano saber que Yuuri estuvo aquí y de nuevo lo abandonó? No sé ustedes, pero yo no quiero que vuelva a pasar por ese dolor.
—¡De todas formas está sufriendo! ¡Fue muy mala idea, muchacho! —Lilia se había mantenido al margen, hasta ese momento.
—¿Cómo piensas mantener esa mentira? Es decir, todos nosotros sabemos la verdad. ¿Quién te asegura que a alguno no se nos escapará un comentario sobre todo el mes que estuvo aquí? Además, no tienes derecho a decidir por tu hermano, él debe saber la verdad y ya depende de él cómo afrontar la situación.
Todos se sorprendieron con la respuesta astuta que le dio el kazajo. Era de pocas palabras, pero cuando hablaba... era brutalmente honesto.
—Su sufrimiento sería mayor al saber la verdad. Ya intentó suicidarse una vez, no quiero que se repita.
—¿Y dónde estabas tú cuando eso sucedió? El cerdo no fue el único en abandonarlo. Aleksi, ustedes no se habían visto en más años de los que puedo recordar y creo recordar que fuiste tú quien decidió irse a vivir lejos a pesar de que Viktor te ofreció vivir con él.
El acusado se quedó completamente callado, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar. Yurio y Otabek lo habían dejado sin argumentos, y eso era verdaderamente difícil de lograr.
—De todas formas ya no podemos retroceder. Lo hecho está hecho. Además, el mismo Yuuri fue quien me dio la idea de decirle a Viktor que todo fue sólo alucinación suya. Es lo único que le valoro, esta vez pensó un poco en mi hermano.
El resto pareció meditar estas palabras unos momentos. Irina fue la primera en aceptar, después de todo le guardaba cierto rencor al japonés. Finalmente todos tuvieron que ceder, aunque ahora un poco más convencidos después de escuchar que fue Yuuri quien sugirió la idea.
—Yuuri dijo que se quedaría en Canadá por tiempo indefinido.
—Maldito Yuuri —pensó Irina con rencor, nunca le había guardado resentimiento, pero ahora no podía evitarlo. Le sabía una verdad muy pesada, sabía que si le decía a Viktor sobre Victoria y la bebé, quizás él se animaría a olvidar a Yuuri de una vez por todas.
Ahora sí, a ninguno le costó trabajo creerle a Nikiforov, después de todo, el japonés ya había huido así una vez hace no mucho.
Terminó de ponerse el pijama un segundo antes de que Otabek entrara a su habitación.
—Toca antes de entrar —refunfuñó, sonrojado.
En esta ocasión el kazajo esbozó una sonrisa por completo pícara. Algo muy raro en el siempre estoico joven. Pero estaba a solas con Yuri, así que se permitía ser un poco más expresivo.
—Debí de haber entrado unos segundos antes.
—Idiota —gruñó—. ¿Dormirás conmigo esta noche?
—Sólo si tú así lo quieres —invadió su espacio personal, sin tocarlo. El único contacto entre ellos era la mano del moreno bajo la barbilla del rubio, alzando así su rostro sólo un poco, pues ya estaban casi a la par en la estatura.
—Quédate —dijo en un suspiro antes de acortar la distancia entre ambos y plantar un suave beso en sus labios. El moreno recibió la caricia con gusto, no solía sonreír, pero cuando estaba a solas con él, era imposible no hacerlo. El gesto duró sólo unos segundos, había sido suave, casi como la caricia del viento sobre su piel, pero eso no fue suficiente para él, oh no.
Posó sus manos alrededor de la cintura de Yurio antes de encaminarlo unos pasos atrás, justo hacia el borde del colchón, donde ambos cayeron sin cuidado alguno. Inevitablemente se echaron a reír, pero la gracia se acabó para el rubio cuando su novio asaltó sus labios de una manera más profunda y entrañable. En ese beso sintió no sólo sus labios, y le gustó.
Logró mantener el ritmo del beso por unos momentos, hasta que su propio cuerpo le exigió más. Fue entonces cuando se separó un poco y se incorporó lo suficiente para luego tumbarse sobre Otabek, quien lo recibió con mucho amor entre sus brazos. Y así, con él sobre su pecho continuaron una larga y deliciosa sesión de besos. El calor fue en aumento poco a poco, hasta que los besos no eran suficiente, las caricias entre sus lenguas tampoco. El kazajo aventuró sus manos traviesas y seguras bajo el pijama de su amado, explorando la piel blanca y tersa de su cintura, su espalda y un poco más debajo de su espalda.
Yuri soltó una risilla cuando sintió la mano de su novio abarcando en toda su longitud a uno de sus glúteos por sobre la ropa interior. Soltaron murmullos y risitas traviesas entre cada beso y caricia proporcionada. El rubio no se quedó atrás y también coló sus manos bajo el pijama de su novio, acariciando desde su abdomen hasta su pecho. De pronto sintió que el amarre en su cabello era soltado sin previo aviso, haciendo que una sedosa y larga cascada de cabellos rubios se deslizara por sus hombros hasta acariciar con las puntas el pecho ya desnudo del moreno, a quien le había sido arrancada la parte superior de su pijama de botones.
—Déjalo suelto —soltó en un murmuro—. Me encanta tu cabello largo —confesó con una sinceridad y una expresión tan profunda que el rostro del aludido se puso de mil colores.
—¡No digas tonterías! —se apoyó con ambas manos a los costados de su amado, mirándolo desde arriba. Otabek sonrió de lado y las extremidades del otro se estremecieron. Esa sonrisa tan suya lo desarmaba, en especial porque estaba seguro de que no se la dedicaba a nadie más, ni siquiera a sus amigos. Eso lo hacía sentirse especial. Dejó esos pensamientos de lado cuando sintió que su playera del pijama estaba siendo desabotonada tranquilamente—. ¿Q-qué haces?
—Yo también quiero acariciarte —abrió la prenda sin retirarla de sus hombros y admiró detenidamente cada centímetro de esa piel tan pálida y sensible. Miró esos pequeños botones rosados y sintió el calor subir a su cabeza con sólo recordar el día en que se hicieron novios, en ese día descubrió cosas sobre Yuri que nunca antes habría imaginado. Hizo nota mental de evitar tocar esa parte de su anatomía específicamente.
—¿En qué piensas? Te sonrojaste —Yurio estaba extrañamente calmado y un poco serio.
—Sólo pienso en cómo te verás completamente desnudo —su mirada se oscureció un tanto y el rubio se estremeció de pies a cabeza.
—¿Y por qué no lo averiguas? —ladeó un poco su rostro y movió el hombro derecho de manera que su playera se deslizara sensualmente por su piel. Se movió un poco más para que la prenda quedara colgada sólo de sus brazos. La escena era por completo erótica, más con esas hebras rubias deslizándose sensualmente desde sus hombros hasta su pecho.
—Porque aún eres menor de edad —respondió automáticamente. Ni siquiera pensaba en sus palabras y mucho menos en que si seguía viendo las expresiones sugestivas de su amado no podría contenerse ni un segundo más y terminaría haciéndolo suyo, sin importar que el abuelo durmiera a unas cuantas habitaciones de esa.
—Oh vamos... tengo diecisiete.
—Y los acabas de cumplir.
—¿Y qué? Tú tampoco eres mayor de edad, sólo aquí en Rusia, en Kazajistán y en algunos países del mundo. ¿Sabías que la mayoría de edad en la casi todos los países es de 21 años?
—Triste para ti, entonces habrá que esperar a que ambos cumplamos esa edad.
—¿Sólo triste para mí? —alzó una ceja. Nadie se metía con un Yurio calenturiento, oh no.
Otabek sintió el subidón hormonal cuando a su amado se le ocurrió sentarse sobre su entrepierna ya despierta. No pudo evitar soltar un sonoro gemido al percibir que no era el único en esa situación, Yuri se encontraba en las mismas y soltó un gemido igual al sentirse el uno contra el otro, en especial cuando empezó a frotarse deliberadamente contra él.
—Yura... ah, detente —se cubrió los ojos con el antebrazo. Si seguía observando a esa belleza perdería más el control.
—¿En verdad quieres que me detenga? —su voz fue sensual y profunda.
—Aún eres un niño —masculló entre dientes, soportando la tentación de alejar su brazo del rostro y apreciar a ese hermoso ser que seguía frotándose contra él.
—¡No lo soy! Mírame —le quitó el brazo de la cara, obligándolo a que lo viera—. No soy un niño.
Y tenía razón, para nada podía ser confundido con un niño, desde que se hicieron amigos cambió mucho su anatomía. Estaba más alto, fornido, más masculino, más hombre.
—Y tú no eres muy adulto que digamos ¡Sólo nos llevamos tres años! —comenzó a exasperarse, más ante la risita ronca que soltó a continuación el otro. Fue una risa típica en aquellos que no acostumbran hacerlo con frecuencia.
—Lo sé —respiró profundo y alzó su mano hasta acariciar los cabellos de su amado—. Si no hacemos el amor en este momento es porque quiero esperar a que seas mayor de edad y que en esas condiciones decidas estar conmigo. No quiero que tomes esa decisión a la ligera, después de todo seré tu primera vez —lo miró fijamente, luego con ternura acunó el rostro rojísimo del rubio en su amplia y fuerte mano—. Aun eres muy inocente para mí —estiró su cuello lo suficiente hasta alcanzar con sus labios la frente de su amado, quien no podía estar más avergonzado.
—¿¡Inocente?! ¡Ja! —se mofó, apresando a su novio contra el colchón—. No me conoces aún —murmuró muy cerca de sus labios. Fue inteligente y atrapó con sus manos los brazos de Otabek, acomodándolos sobre el colchón a los lados de su cabeza para que no se moviera. Seguía sentado sobre su entrepierna y apresaba todo su cuerpo bajo el propio. Entonces acercó lentamente su rostro al de su novio, quien permanecía expectante y algo azorado. Se acercó lo suficiente a sus labios para que el aliento de ambos se combinara a la perfección, podía sentir el agradable aroma a hierbabuena del dentífrico del kazajo, podía sentir el pulso acelerado de éste al estar sosteniéndolo ahora por las muñecas ¿O acaso era el propio? Ya no lo sabía, sólo era consciente de que quería pasar la noche entre sus brazos, y no de una forma inocente. El moreno no se movió ni un centímetro, parecía en trance, expectante a lo que su amado pudiera hacer, y es que siempre lo sorprendía, cada vez más. Entonces Yurio acercó más sus labios, lo hizo hasta que éstos se rozaron sutilmente con los de su novio, quien soltó un gemido apenas audible, sí, lo deseaba tanto como él y le encantaba seducirlo de esta forma, amaba sentirse deseado.
Se alejó un poco sólo para volver a acercarse lo suficiente para apenas rozar de nuevo su piel, pero ahora el moreno buscó un contacto más profundo, se molestó un poco cuando no lo logró. Yurio rio pícaramente y se relamió los labios antes de asaltar la boca de su pareja en su totalidad.
—¿Aún sigues creyendo que soy un niño inocente? —murmuró, agitado después de ese beso húmedo y caliente que sólo logró poner más rígidos a sus miembros.
—Yura —sonrió de lado, ahora con su pulso tremendamente acelerado—. Eres increíble.
—Lo sé —se inclinó sobre él y continuó con los besos, sólo que ahora tenía otro plan. Deslizó sus labios por la mejilla de Beka hasta llegar a la mandíbula, no se le despegó ni un segundo, siguió su recorrido hasta llegar a la piel debajo de su oreja. Depositó un suave besito antes de pasar su lengua cálida y rematar con una fiera mordida que hizo gemir sonoramente al moreno—. No seas tan ruidoso, despertarás a mi abuelo.
—Eres tan desvergonzado —jadeó. Alzó una ceja, aún agitado—. Pero no puedo permitirlo, tu abuelo me ha dejado hospedarme aquí todo este tiempo, yo no puedo pagarle de esta forma.
—¿De qué forma? ¿Dándole placer a su nieto? Yo creo que es un buen pago —se encogió de hombros.
—Yura —lo miró con reproche, pero el otro no cedió, le dedicó su más fría mirada de soldado. Entonces intentó soltarse del agarre de sus muñecas, pero el ruso aplicó más fuerza. Estaba decidido a continuar—. Yuri —soltó una risa incrédula—. ¿Es en serio? —estaba divertido, hasta que el otro frunció los labios. Oh, sí iba en serio.
—No estoy bromeando —se inclinó de nuevo, sólo que ahora le besó el cuello, y de ahí se pasó a su clavícula, luego su pecho. Otabek estaba en un enorme dilema. Se sentía entre la espada y la pared.
Pero su cerebro le lanzó señales de alarma cuando sintió una delgada mano escurridiza tratando de entrar por debajo del pantalón del pijama, y no sólo del pantalón...
—¡Yura! —exclamó roncamente, alertado y muy excitado con es mínima caricia indirecta. El asombro fue suficiente para que se incorporara con fuerza hasta quedar ahora él sobre su pareja—. Basta —rio entre dientes—. Eres muy hábil una vez que te decides —alzó una ceja, aún intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración.
El aludido infló las mejillas en un gesto demasiado infantil que llenó de ternura a su novio. Entonces el kazajo tuvo una gran idea: se incorporó sobre el colchón, tomó las mantas y envolvió a su amado como si de un taco se tratase. Fue difícil hacerlo, pues el rubio sacó las garras para evitar ser atrapado de esta forma, pero el moreno fue rápido y astuto para envolverlo y dejarlo inmóvil.
—Ahora sí, vamos a dormir —se puso el pijama correctamente y apagó las luces del cuarto antes de acostarse a un lado de ese rollo de sábanas que era su pareja.
—¡Sácame de aquí! —exigió, indignado.
—No —se acurrucó a un lado y lo rodeó con sus brazos y piernas.
—O-ta-bek. No estoy jugando.
—Yo tampoco —acomodó su cabeza sobre Yurio, dispuesto a dormir.
—¡Hey! ¿Por qué haces esto?
—Quiero que llegues virgen a tu mayoría de edad y esta es la única manera para que no me tientes.
—¡¿Cuál manera?! ¿¡Convirtiéndome en un taco!?
—Uhm, mañana deberíamos comprar tacos —murmuró en su típico tono serio. La verdad es que necesitaba distraer un poco su mente para calmar ese subidón hormonal. Cada vez era más difícil de calmar esa sed. Aunque nunca lo fue tanto como aquella vez en su cumpleaños, en esa ocasión estuvieron muy...
—¡HEY! ¡NO TE DUERMAS! ¡HEY! —se removía como oruga, pero su amado lo tenía bien atrapado con las mantas y su cuerpo.
—Aprende a esperar, haré que valga la pena, lo juro —murmuró en voz baja, muy cerca de su oído—. Haré que jamás lo olvides, por lo pronto espera.
El aludido resopló, sonrojado y enojado.
—Llegar virgen a la mayoría de edad ¡Ja! Que estupidez, como si alguien hiciera caso de esas normas moralistas tan estúpidas.
—Yo lo hice —dijo, serio y algo ofendido.
—Oh...
—Y no me arrepiento. Valió la pena.
Entonces los celos hicieron acto de presencia en el rubio ¿Cómo se había dado cuenta Otabek? Fácil. Su novio empezó a morderlo como si de un gato rabioso se tratara. Debido a que estaba hecho un taco le fue imposible alcanzar algo que no fuera la pobre mejilla del moreno.
—Yura, ya duérmete.
—¡Arrgh! ¡No! —espetó y abrió peligrosamente sus fauces, intentando alcanzar alguna otra parte de Otabek, quien se limitó a abrazarlo con suficiente fuerza para que ya no se moviera. Luego de unos minutos se aburrió y finalmente cayó rendido al sueño. El kazajo se sintió aliviado, ahora fue él quien no pudo conciliar el sueño, y cuando lo hizo sólo fue capaz de tener sueños eróticos con su amado.
La paz y tranquilidad que se había formado en la habitación fue interrumpida por los intensos ronquidos del rubio. Sí, roncaba bastante, quizás se debía a que siempre dormía en posiciones demasiado difíciles de creer, aunque en ese caso se suponía que estaba bien asegurado, enrollado y durmiendo de lado. No había remedio, aun así roncaba. Beka suspiró e intentó volver a dormir, ya después buscarían una solución a ello, pero cuando estaba a punto de conciliar el sueño, el teléfono celular del rubio sonó escandalosamente.
—¿Quién demonios llama a las dos de la mañana? —inquirió de mala gana, modorro y con voz muy ronca. Tenía el celular sobre la mesita de noche, podía ver desde su posición la hora y el nombre del contacto. Era el japonés—. Otabek, suéltame, por favor —pidió con seriedad, y al escuchar su tono no dudó en soltarlo de inmediato, incluso le pasó el móvil. Yurio contestó muy rápido, pero no dijo nada, esperó a que el otro hablara.
—¿Yurio? Lo siento, no pensé en la diferencia de horario hasta ahora. Allá debe ser la... ¿Una de la mañana?
—Son las dos ¿Qué quieres?
—Ayer intenté hablar contigo, pero no me respondiste. Le llamé a Aleksi y...
—Sí, ya me dijo lo que pasó ¿y sabes algo? No me interesa en lo más mínimo lo que tengas que decir al respecto. Si pones un pie en Rusia yo mismo me encargaré de molerte a golpes, esta vez no tendré piedad, Yuuri, no regreses. Viktor ya está bien, no necesita de tu presencia. Él va a superar todo lo que vivió a tu lado, así que no te preocupes, nosotros lo apoyaremos. Sólo haznos el favor de no volver. Le haces demasiado daño cada vez que vuelves sólo para irte, así que vete de una buena vez y no regreses.
—Yurio, no... —se le quebró la voz—. ¿Hablaste ya con Viktor? ¿Aleksi les dijo lo que pasó?
—Sí, nos dijo todo. Ya estamos hartos de tus cosas, Yuuri, sigue con tu vida y no nos inmiscuyas más en ella.
—¿Lo dices en serio? Yurio...
—¿Acaso crees que bromeo? —su voz no podía ser más seria.
—¡No puedes ser tan insensible!
—¡¿Insensible, yo?! —se enfadó muchísimo—. Vete a la... —no pudo terminar la oración, pues Otabek le arrebató el teléfono y cubriendo el micrófono lo miró con desaprobación.
—No seas tan rudo con él. Hizo mal, pero no merece tanto desprecio de tu parte.
Los ojos verdes se inundaron en lágrimas.
—Claro que se lo merece, él se fue de nuevo, nos abandonó otra vez, no esperaré a que ocurra una tercera ocasión —le quitó el teléfono de la mano con brusquedad—. ¡Yuuri! ¡Hey! ¡Yuuri! —nadie respondió, ya había colgado.
—Ya son las ocho, cariño, es hora de ir con el médico. Ya debe estar esperándonos —Hiroko se asomó a la habitación de su hijo sólo para encontrárselo sentado en el borde de la cama. Tenía los codos sobre las rodillas y las manos cubriendo su cara, de modo que no podía ver bien su expresión, pero sabía que estaba llorando, lo que no sabía era el motivo—. Hijo, ¿Qué sucede? —caminó con prisa hasta sentarse a su lado en la cama. El aludido pegó un leve brinco, no la había notado acercarse.
—No quiero ir a ningún lado —se limpia todo el rostro lloroso con la manga de su playera de algodón.
Anoche, luego de que se fuera enfurecido a su habitación y de que dejara a su familia y amigos preocupados, su madre fue a buscarlo para preguntarle qué sucedía, pero no fue capaz de abrirse con ella. Simplemente le dijo que estaba cansado. Entonces ella le sugirió ir a visitar al médico al día siguiente, muy temprano. Lo que no le dijo es que incluso había sacado una cita previa con el doctor Yuzuru.
—Yuuri, tenemos que ir. Cariño ¿Qué te pasa?
El aludido alzó la mirada y el corazón de su madre se contrajo un poco al notar sus bellos ojos castaños un poco opacados y demasiado tristes.
—Algo pasó —murmuró Hiroko dentro de un suspiro espantado. Lo sabía, su instinto de madre se lo venía diciendo desde que lo vio en la estación de tren.
Yuuri no fue capaz de decir ni una palabra. Sólo sus ojos se inundaron en gruesas e inmensas lágrimas que dejó caer sin piedad, una tras otra.
—Sí. Algo pasó —aceptó con voz trémula y cargada de sentimientos.
—¿Qué pasó mi niño? —acarició el cabello de su nuca, notando cuánto había crecido.
—En Canadá ocurrieron muchas cosas, una de ellas fue que... —no sabía cómo decirlo—. En nochebuena me emborraché junto con mi doctora, luego desperté en la madrugada de navidad en su cama.
—Oh, Yuuri —se asombró un poco, de inmediato pensó en Vitya y lo mucho que le dolería saber eso, pero también pensó en su hijo, quien tenía todo el derecho de intentar una relación ya sea con otro hombre, o como era el caso, con una mujer. Pero eso no era tan grave, o al menos no tanto como para que estuviera tan afectado.
—El problema, mamá, es que ella quedó embarazada.
—¡Oh por Dios! —una enorme sonrisa adornó sus labios, pero ésta desapareció al ver como Yuuri negaba levemente con la cabeza, ese leve movimiento fue suficiente para que las lágrimas que se habían acumulado en sus párpados terminaran resbalando copiosamente por sus pestañas.
—Ella no me dijo nada. Me enteré de eso hasta hace unos días, mientras estaba cuidando de Viktor en Rusia recibí una llamada y por eso regresé a Canadá. Pero ella... Victoria... —se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Se llama Victoria? —se asombró un poco y de nuevo pensó en su querido Vitya-chan. Yuuri asintió con pesar.
—Cuando llegué a Canadá el bebé ya había muerto.
—No... —se llevó ambas manos a la boca.
—Victoria estaba deshecha y... —apretó los puños—...fue muy extraño que comenzara a confesarme muchas cosas, entre ellas el hecho de que me amaba. Fue muy doloroso saberlo. Dijo que no me iba a decir sobre nuestra hija porque no quería atarme a una vida que no me correspondía. Ella sabía lo mucho que amo a Viktor todavía, no quería retenerme. Me dijo muchas cosas, casi como si estuviera despidiéndose, y en realidad así era —un quebrado sollozo salió de su garganta—. No sé si lo hizo consciente de lo que iba pasar o no, pero ella falleció en la madrugada, mientras la abrazaba. Cuando desperté estaba muerta.
Hiroko no pudo decir nada. Silenciosas lágrimas escurrían una a una por todo su rostro. No había palabras para sanar una herida de tal magnitud. Quizás Yuuri no amaba a esa mujer, pero algún cariño debió tenerle para llegar a tanto con ella. Pero la pérdida de un hijo...vaya, eso no se lo deseaba a nadie. Y su pequeño ya lo había sufrido a sus veinticinco años.
—Y sumado a eso... —bajó la mirada hacia su teléfono—. Viktor no me quiere más a su lado, me lo acaban de confirmar. Mi vida es un desastre, mamá, no sé qué hacer, ya no soporto este dolor —se llevó una mano al pecho, su expresión era de completa frustración y desesperación.
Ahora entendía el porqué de su actitud.
No halló otra manera de consolar a su hijo más que atrayéndolo a un fuerte abrazo en el cual Yuuri lloró cual bebé. Toshiya y Mari se asomaron al escuchar el llanto, pero Hiroko les hizo una señal, pidiéndoles que se retiraran y los dejaran solos. El pelinegro lloró en los brazos de su madre por un largo rato. Poco a poco se fue deslizando en el abrazo hasta terminar sobre el regazo de su madre, quien lo rodeaba protectoramente con sus brazos.
—Así mi niño, permítete llorar todo lo que necesites —murmuraba en voz muy bajita, casi en un susurro—. Desahógate, cariño —le decía sin dejar de acariciar su espalda y cabello.
Todo su regazo terminó empapado para cuando Yuuri cayó rendido por el sueño. Sus piernas estaban entumecidas, pero no se movió, dejó que su hijo siguiera sintiendo la seguridad de tenerla a su lado.
El pelinegro durmió toda la mañana hasta pasado el mediodía, cuando despertó, su madre ya no estaba con él, pero justo en ese momento entró ella con una bandeja en manos. Le traía un gran bowl de katsudon. El aludido se talló los ojos hinchados y enrojecidos con pereza, y le dedicó una "sonrisa" a su progenitora. Estaba demasiado deprimido como para comer, en verdad no tenía ganas de hacerlo, pero no pudo evitar al menos probarlo, se lo habían preparado con mucho cariño.
—¿Te sientes mejor, cariño? —acomodó su despeinado cabello.
Él lo meditó unos segundos y sí, se sentía mejor. Había necesitado desahogarse así desde un principio. Se sentía un poco más ligero.
—¿Quieres que hablemos sobre ello? —preguntó con cautela, refiriéndose a todo lo que él le había contado horas atrás.
Yuuri negó con la cabeza.
—Gracias mamá, pero creo que estoy bien así —suspiró—. Me siento mejor.
—Bien, ¿vamos ya con el médico?
—Uhm... —se rascó una mejilla—. ¿Podemos ir mañana?
—Pero hijo, debemos ir cuanto antes.
—Sólo no estoy de ánimo ¿Mañana está bien?
—De acuerdo —suspiró—. Si no te levantas te voy a llevar a rastras —alzó una ceja—. Y si necesitas hablar, aquí estoy ¿Sí?
El aludido asintió con una pequeñísima sonrisa que se ensanchó al sentir un cálido beso en su mejilla.
—Gracias mamá.
Dicho y hecho. Al día siguiente no se quería levantar. Había dormido todo el día y en la noche no pudo conciliar el sueño, por lo que se durmió casi al amanecer. Pero eso no fue impedimento para que Mari y Hiroko se lo llevaran a rastras a ver al médico. Desafortunadamente el oftalmólogo no se encontraba en la ciudad, recién había salido un día antes por la tarde. Yuzuru Hanyu les dijo que volvería hasta dentro de un mes.
—Pero al menos déjame revisarte —pidió cuando Yuuri estuvo a punto de girarse e irse por donde llegó al escuchar que no estaba el otro médico. No tuvo otra opción más que aceptar.
El joven médico se espantó luego de hacerle un chequeo.
—Dios mío, Yuuri has perdido casi el cincuenta por ciento de tu vista ¿Cómo puedes andar así?
—Todavía veo un poco.
—¿Y quieres esperarte a no ver nada? —pocas veces el médico era así de tajante y serio.
—No ves bien. Chocaste con todo lo que había a tu alcance para llegar aquí —lo descubrió su hermana ante el médico.
—Victoria me informó sobre el estado de tu vista. La última vez que charlé con ella fue poco después de navidad, me dijo que estabas teniendo mucha dificultad para ver. Pensé que vendrías cuanto antes a arreglarte eso ¿Por qué tardaste tanto?
El aludido no respondió, sólo apretó puños y dientes.
—Victoria murió. Mi vista no estaba tan mal, hasta ese día. Me dijeron que pude empeorar quizás por el estrés y el impacto emocional que sufrí en esos momentos —se encogió de hombros.
—¿Qué? —parpadeó, perplejo.
—¿No lo sabía?
—¡No! —no cabía en sí de la impresión—. Vaya... lo siento mucho. Supe que tú y ella eran buenos amigos.
—Lo éramos —se incorporó del sillón de revisión donde estaba y se puso los lentes oscuros antes de mirar a su madre y a su hermana. La primera estaba muy triste y la segunda no entendía nada.
—Yuuri —lo detuvo al ver que caminaba hacia la puerta de salida del consultorio—. El oftalmólogo tardará un mes, es mucho tiempo, no puedes dejar pasar tanto. ¿Por qué no vas a Tokio? Puedo recomendarte a un par de buenos médicos que pueden operarte cuanto antes.
—Está bien. Gracias —siguió su camino y salió.
No le dio importancia al asunto. Fueron Hiroko y Mari quienes tomaron nota de esos médicos, ajenas a que Yuuri había decidido ya no hacer nada. Estaba demasiado deprimido. Tal era su sentir que estaba dispuesto a meterse a su habitación y no salir de ahí en meses.
—¿Creen que acepte ir a operarse a Tokio? —preguntó el doctor a la familia.
—No. No lo hará —respondió Mari con mucha seguridad. Lo conocía demasiado bien. Sabía que podían arrastrarlo al hospital de Hasetsu, pero no a la capital.
—Lo sospeché —suspiró con decepción—. En ese caso no les queda otra más que esperar a que el oftalmólogo llegue. Hablaré con él y lo apresuraré. En cierta parte es mejor que esperen, pues el caso de Yuuri es especial y el doctor Kenji Miyamoto ya había preparado un plan de tratamiento específico para él, no creo que haya mejor doctor que Miyamoto.
—Entonces ¿Qué hacemos? —Hiroko se apretaba las manos con desesperación. No quería que su hijo quedara ciego.
Hanyu caminó hacia su escritorio, tomó bolígrafo y recetario.
—Háganlo tomar estos medicamentos hasta que la cirugía se lleve a cabo. Ayudará a que su vista no se deteriore tan pronto. Eviten que haga deporte o cualquier tipo de ejercicio arduo. Debe estar tranquilo hasta que se lleve a cabo esa cirugía.
—Muchas gracias, doctor —Hiroko se sintió un poco más aliviada.
Una enfermera le trajo el desayuno portando una enorme y radiante sonrisa en su rostro, pero Viktor a penas y se inmutó. No dejaba de mirar a lo lejos por la ventana, ni siquiera ponía atención al noticiero que sintonizó su hermano en la televisión con la intención de distraerlo un poco.
—Se ve rico —pronunció al ver la bandeja repleta de comida que le habían traído a su hermano mayor.
—Cómetelo, si quieres —su tono era neutro y cansino.
—Claro que no, es para ti. Debes alimentarte bien si no quieres adelgazar más.
—¿Y luego qué? ¿Si adelgazo qué pasa? Nada... —se encogió de hombros, sin apartar la mirada del horizonte por la ventana.
—Viktor, tienes que comer.
—¿Qué te dijo exactamente Yuuri por teléfono? Dime sus palabras exactas. Necesito oírlas para darme cuenta finalmente de la verdad. Dilas tal cual sin importar lo brutales que pudieran haber sido.
—¿Y-yuuri? —tartamudeó, se suponía que no sabía nada de eso, debía mantener la farsa, aunque Viktor pareció ya darse cuenta. Aleksi se puso nervioso, por primera vez en mucho tiempo lo hicieron tartamudear.
—No te hagas el que no sabe. Te escuché hablando con Irina hace unos momentos. Sé que conoces a Yuuri, al menos por teléfono. Lo que me hace pensar que se enteró de mi accidente y buscó contactarse conmigo de alguna forma. Así que dime, ¿Qué fue eso tan horrible que dijo como para que tú y el resto lo desprecien tanto?
—B-bueno... —se rascó la nuca con incomodidad. Todo empeoró cuando su hermano lo miró fijamente con esos gélidos ojos celestes, tan claros y fríos como el hielo, idénticos a los de su padre—. Él dijo que quería saber sobre ti. Le dije de tu estado y le pedí que viniera a visitarte, pero dijo que estaba muy ocupado, que lo disculparas.
—¿Sólo eso? —frunció el entrecejo. No le sonaba como si se tratara de Yuuri.
—Sí, y me preguntó sobre tu ex esposa. Le dije que estaba aquí y me colgó —sonrió internamente al notar que ahora sí le había creído.
El rostro de Viktor mostró una expresión muy difícil de descifrar, permaneció así unos minutos hasta que Aleksi se le acercó y lo animó a comer un poco, aunque fuera la gelatina de uva, pero el peliplata se enojó más. Tenía un cúmulo de sentimientos encontrados apretando con fuerza su pecho. Le dolía tanto que no podía respirar con normalidad.
—Vamos, come un poco de...
—¡No quiero nada! —deslizó con fuerza su brazo sobre la mesita frente a él, logrando que la bandeja saliera volando y se impactara contra la pared más cercana—. Déjame solo, por favor —ni siquiera lo miró.
El pelinegro salió de ahí con precaución, pocas veces había visto a su hermano así de enojado, por lo regular siempre se reservaba su enojo, ya cuando lo externaba era porque en verdad no lo podía contener. Entonces se preguntó por primera vez si lo que hacía era lo correcto.
Mientras tanto, por la mente de Viktor pasaban una y otra vez las "palabras de Yuuri" ahora no tenía duda, él en verdad había dejado de amarlo, su odio fue más grande que el amor y definitivamente nunca le perdonaría el asunto de su ex. Ya había sido suficiente y era hora de que él tomara cartas en el asunto: no más sufrimiento por Yuuri Katsuki.
Sí, eso se decía mentalmente, pero la verdad era que no podía dejar de pensar en todas esas "alucinaciones" que tuvo sobre él mientras estuvo inconsciente. Casi podía jurar que habían sido ciertas, por eso despertó con una gran sonrisa, esperando ver a su amado ahí a su lado. Vaya decepción.
A ese día le siguió una triste semana en la que se la pasó postrado en cama. Los médicos le indicaron que se levantara y caminara un poco para evitar que los músculos alrededor de la cadera se atrofiaran, pero él hizo caso omiso. No obedecía a nadie y tampoco le importaba su salud. Todo el día se limitaba a mirar por la ventana, desde su cama.
No había querido comer, estaba muy deprimido.
—No puedes seguir así —le dijo Irina con frustración. Ni ella ni los demás sabían qué hacer para sacarlo de esa depresión. Tenían miedo de que los hechos de hace unos meses se repitieran—. Viktor, te estoy hablando —espetó al verse ignorada.
—Y yo te estoy escuchando —respondió con voz neutra, girando por primera vez su rostro hacia ella.
—Vamos, ponte de pie y camina unos pasos.
—No tengo ganas.
—Me importa un carajo si tienes ganas o no. Levanta tu culo de esa cama ahora mismo.
Logró lo que quería, hizo que el ruso la mirara con una gran sorpresa, pero ni así se levantó.
—Si te quedas ahí, no podrás ni siquiera caminar bien de nuevo.
—¿Crees que me importa?
Irina apretó puños y dientes. La estaba sacando de quicio.
—Deberías olvidarlo.
Esas palabras serenas y certeras hicieron eco en toda la habitación y dentro de la cabeza de Viktor, quien de inmediato respondió.
—No.
—En verdad no tienes remedio —espetó con hastío antes de darse media vuelta y abandonar es habitación llena de depresión y tristeza.
Ya no sabían qué hacer con él. Yuuri era su mayor debilidad y al mismo tiempo su mayor fortaleza. El lazo que los unía era más fuerte de lo que imaginaban, los dos sufrían tanto al estar separados, pero eran igual de idiotas y ciegos.
Viktor se quedó solo en su habitación, de nuevo. Meditando su asquerosa y patética vida. Ya ni siquiera el hecho de tener a su hermanito de nuevo a su lado lo hacía feliz, o al menos no tanto. Lo amaba mucho, sí, pero en esos momentos él necesitaba otro tipo de amor, no fraternal. A veces se sentía un miserable por ni siquiera preguntarle a Aleksi cómo estaba o qué había hecho de su vida en todos esos años.
Su mente pensaba en eso y más, hasta que se vio interrumpido por el timbre común y corriente de su teléfono. Desde que lo había comprado no le había cambiado el tono. Regularmente tenía como tono su más reciente rutina. La mayoría de las veces terminaba escogiendo la melodía del programa libre para timbre de celular.
Con fastidio y sin ganas tomó el aparato entre sus manos y miró la pantalla: "Número desconocido" pensó en no responder, pero sus manos actuaron sin pensar y lo hizo.
—¿Diga?
—Viktor.
—Y-Yuuri... —se le fue el aliento al atragantarse con su propio oxígeno. ¡Tenía tanto de no escuchar su voz!
—Hola —se le quebró la voz.
—Yuuri... —repitió como idiota. Estaba tan emocionado y exaltado que podía oír las pulsaciones de su flujo sanguíneo aporreándole los oídos.
Le había llamado la persona menos esperada.
Continuará...
En cuanto al cap... ¿Les gustó el oturio? Debo confesar que son una parejita que me vuelve loca. Me identifico un poco con Yurio, así que me encanta escribir sobre él. También me identifico en parte con Yuuri (sí es raro que me identifique con dos opuestos) por eso se me facilita escribir sobre los dos Yuri, y bueno, amo la seriedad imperante del kazajo, lo adoro.
PREGUNTAS!
1) ¿Qué ocurrió en el cumpleaños de Yurio?
2)¿Aleksi le dirá la verdad a Viktor?
3) ¿Yuuri alcanzará a operarse a tiempo para participar en el GP?
4) ¿Qué se dirán en esa llamada telefónica?
5) ¿Les sorprendió que subiera capítulo hoy? (Lo hago con mi más grande cariño)
26/03/2017
Dediquemos un segundo a pensar en que hoy hace un año se publicó la primera imagen promocional de Yuri On Ice.
