Ori le preguntó una mañana a su hermano cómo le estaba yendo en el trabajo. Otabek no supo a qué venía la pregunta, así que solo respondió un sí escueto. Cuando le cuestionó por qué le preguntaba eso, cuando nunca sus hermanas habían estado tan interesadas en lo que hacía, ella subió y bajó los hombros.
— Oh, no es nada. Solo pensé que no te estaba yendo bien o algo así...
— ¿Por qué creíste eso?
Ella torció los labios.
— Es que sales mucho y no has vuelto a casa con otra bruja — lo miró con sus cejas levemente fruncidas, como si algo no encajara — y no estás cansado o enfadado con eso... te ves más alegre — pensó unos segundos antes de añadir — eres raro...
Oh, ¿era así?
No supo qué responderle a su hermana.
Siguió lavando los platos mientras se los pasaba a Ori y ella los secaba con un paño y guardaba.
No es que estuviera feliz, quizá más calmado, pero no feliz, Ori se estaba equivocando. Pero lo que más le quedó dando vueltas fue ese "sales mucho". Sintió una pequeña espinita de culpa, ¿sería eso verdad?
La niña no dijo nada hasta que acabaron y luego se fue a jugar con Bibi a su cuarto.
A veces Otabek y Yuri se juntaban en el bosque y se quedaban allí, otras veces optaron por ir al hogar del rubio.
Potya admitió a Otabek como un visitante regular, pero lo seguía observando tenaz cuando pasaba por su lado.
Ambos pensaron que sería un día normal. Pasarían el rato, hablarían estupideces banales antes de pasar a las caricias descaradas de Yuri, Otabek querría hacerse el difícil, pero no le duraría demasiado antes de ceder a una sesión rápida de sexo en el sofá del chico. A fin de cuentas, nada fuera de lo normal.
Ni el uno ni el otro esperó que ese día el escenario se les resquebrajaría cuando Otabek encontró algo que en un principio jamás debió encontrar.
Había ayudado a Yuri con su jardín, recolectando alguna de las verduras en su huerto que ya estaban maduras. Yuri dijo que quería hacer una tarta de zanahoria, Otabek se ofreció a ayudar, pero el chico dijo que no necesitaba ayuda y que podía tomar una siesta si quería.
Mejor así.
Si queda malo será culpa de Yuri, pensó Altin.
Aceptó el trato, Yuri lo despertaría en una hora. Pero al abandonar la cocina, su curiosidad fue más grande y, pensando que solo sería una hojeada inocente, en vez de entrar al cuarto de Yuri, se fue al cuarto que el muchacho dijo a veces utilizaba como estudio.
No era como si no tuviera permitido ingresar ahí, pero nunca había tenido tiempo libre en aquel hogar. Yuri siempre le pedía favores o que lo ayudara con esto y aquello, por lo que realmente nunca tuvo oportunidad.
El cuarto era un tanto frío, de ese lado no llegaba el sol por las tardes. Lo primero que atinó hacer Altin fue curiosear la extensa biblioteca del lugar.
Ese lugar era un poco más grande que la habitación del brujo y tenía una ventana por la que entraba un poco de luz debido a que incluso allí habían libros abarrotados. Había un caldero más grande que el que estaba tirado en el cuarto de Yuri y parecía que el chico lo había usado recientemente porque estaba sobre una parrilla pequeña y bajo esta un recipiente con brasas blancas y ya frías. Se preguntó fugazmente qué habría estado haciendo Yuri ahí.
Los libros de las estanterías eran muchos tomos de historias fantásticas, libros sin mayor contenido. Encontró un par de diarios de la madre de Yuri (que firmaba con el nombre de Yari) en los cuales anotaba datos de Yuri y cómo iba su crecimiento, algunas anécdotas del chico y uno que otro dibujo sin mayor sentido. Había otros más de pociones, una sección completa de recetas con ingredientes rarísimos o duración de preparación de casi ocho meses.
Pero el momento en que la curiosidad mató al gato se presentó realmente cuando vislumbró un libro de tapa completamente negra sobre el amplio escritorio de la esquina, junto a un tintero tapado y una pluma grabada con el nombre de Yuri.
Echó una mirada a la puerta entreabierta, como si estuviera a punto de hacer algo malo. El brujo aún se escuchaba en la cocina.
Se acercó, lo tomó y lo vio algo decepcionado. No tuvo mayores expectativas. Era un libro delgado, de páginas blancas, y Otabek supuso que estaba vacío ya que se veía muy impoluto.
Por eso se sorprendió cuando lo abrió y lo primero que leyó fue su nombre, seguido de una serie de datos personales en los que se contaba su edad, altura, peso, el nombre de sus hermanas, su oficio, dónde vivía, la lista de casi todas las brujas que había cazado, sus nombres y cuándo las había cazado. Y lo que era más espeluznante y lo dejó impactado: cómo las había cazado, por qué senderos del bosque había caminado y cómo iba vestido tal y tal día.
Toda la data de al menos tres años pasados hasta Lesus, la última bruja que había entregado antes de que se le dijera que debía cazar a Yuriri.
Reconoció el puño y letra de Yuri.
La puerta de la habitación rechinó al abrirse por completo.
Otabek volteó y encontró allí a Yuri, con sus labios hechos una fina línea y sus ojos bien abiertos mientras miraba lo que tenía entre las manos.
El cazador se lo quedó mirando, creyó oler miedo en el chico, mas si lo tuvo, lo escondió bastante bien, porque fue él mismo quien tuvo un súbito escalofrío de peligro.
— ¿Qué significa esto? — preguntó con un hilo de voz.
Yuri se quedó callado, su pecho subía y bajaba con su respiración acelerada, pero no decía nada. Cuando hicieron contacto visual, Altin temió.
No podía permanecer allí.
Tiró el diario al escritorio provocando un sonido seco y caminó a paso rápido a la salida, con el corazón apretado.
Las manos de Yuri atraparon su mano despacio y lo primero que pensó fue que no tenía arma. No se atrevió a mirarlo, su respiración ahogada.
— Beka, espera...
Su reacción fue automática.
Beka.
¿Por qué lo llamaba así?
Se soltó brusco de las manos ajenas, y se marchó con el pecho presionado por una horrible sensación de miedo que jamás había sentido antes.
En ningún momento se atrevió a voltear, ¿lo estaría siguiendo? se sentía algo mareado.
Beka. Lo había llamado Beka, ¿por qué? sabía el nombre de sus hermanas, ¿cómo?
¿Quién demonios era Yuri?
¡Gracias por leer!
