Cuando Sif estuvo segura que Odín no volvería hasta la noche, se dio media vuelta para avanzar por el pasillo tan personal de Odín.
Empujó las cortinas negras y ahí estaban varios guardias que parecían de piedra.
—El rey me ordenó llevarle un pergamino de sus aposentos —la voz de Sif denotaba seguridad y veracidad. Esperaba que los guardias no le preguntaran nada más.
Pero su voz fue un eco. Los guardias no movieron un solo músculo y eso no la detuvo para avanzar lentamente. Había algo que la incomodaba con cada paso, había algo en esos guardias que le causaban miedo y pena.
Cuando llegó a las puertas de los aposentos de Odín, ya no quiso saber qué había detrás de esas puertas. Ahora quería darse la vuelta y regresar a su puesto pero sus manos actuaban por sí solos y ya abrían la puerta. Asomó su rostro para ver los alrededores y antes de dar un paso escuchó una hermosa y jovial voz:
—¿Quién eres?
