Capítulo 14

KAREN [PARTE 1]

"Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy"

–Samuel Beckett

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Se llamaba Karen. Era enfermera. Hacía veintisiete años que lo era y, de momento, no tenía intención de retirarse.

Tenía dos hijos. Esos niños ya convertidos en adultos eran su motor y su camino, la luz que direccionaba los tiempos oscuros.

Vivía sola en un lugar cerca de Bronx, en la primera planta de una vieja casita de piedra rojiza; un lugar feliz para ella, con buenos vecinos y gatos coquetos.

—Hay suficiente espacio para mí —solía decir—. ¿Qué haría yo en un lugar más grande? Mi marido hace tiempo que murió. Mis hijos hace tiempo que volaron del nido.

Se llamaba Karen, y era su turno de la noche.

Ya había tomado un expresso doble y se alistaba para repartir galletas. En la sala de urgencias no la necesitaban, de modo que se dirigió a su planta, la de Unidad de Vigilancia Intensiva, y fue de habitación en habitación, infundiendo ánimos, siempre con una sonrisa en la cara y una golosina en la mano; porque era la mejor jefa de su planta, y conocía a su equipo y a sus pacientes de derecha a izquierda.

Menos a uno.

El nuevo. El que estaba inconsciente. Nadie lo conocía.

Ella lo llamaba Tom, en recordatorio a un viejo amigo a quien le gustaba dormir. Cuando los demás pacientes recibían visitas, Karen se sentaba al lado de él, le tomaba de la mano, y le contaba cosas acerca de su vida o de lo había preparado para cenar la noche anterior. Intentó encontrarlo en las páginas de internet de personas desaparecidas, pero fue inútil, porque había miles de desaparecidos en Nueva York cada día. Pasó canales en la televisión, pero nadie lo reportaba tampoco. Ni una foto. Ni un anuncio. La policía quiso ayudar, pero no podían hacer gran cosa mientras estuviera inconsciente. Examinaron su ropa, sacaron las escasas pertenencias guardadas en sus bolsillos, pero no lograron averiguar nada acerca de su vida.

Aquel anonimato asustaba a Karen. Le preocupó que muriera perdido, sin que nadie lo supiera, ni sus padres ni sus amigos.

—Yo estaré aquí —le dijo la primera noche que lo vio, cuando ya se iba, después de un turno especialmente duro.

Al día siguiente, le llevó diferentes aceites y aromas y los colocó debajo de su nariz. Cualquier cosa que pudiera despertar su conciencia. Quizá un recuerdo lejano, quizá un olor perdido en su memoria. Introdujo lavanda, rosas, incienso, café, y sus perfumes favoritos. Pero no funcionó. Después, animó a otros pacientes que le hablaran, si se sentían lo bastante bien para hacerlo, y pronto las historias de guerra, sexo y partidos de épicos de futbol resonaron en la habitación. Parecía más un viejo bar que una unidad de vigilancia intensiva. Tampoco funcionó.

Otras veces, Karen le llevaba música y sostenía el auricular junto a su oreja. Calculó que tendría menos de veinte años, y dedujo qué canciones podían haberlo acompañado a lo largo de su vida. También le leyó pasajes de la biblia –en que caso de que fuera creyente– y le cantó melodías de cuna.

Una semana más tarde, recibió el aviso.

Su compañera Edith llegó corriendo y le dijo que Tom había despertado.

Karen llamó a un médico, y cuando entraron a la habitación vio que había agarrado el tubo de la respiración, presa del pánico, y que había intentado salir de la cama.

—Está bien —lo tranquilizó ella—. Todo está bien, querido. No pasa nada.

Ella le acarició la cabeza. Él intentó incorporarse, pero no pudo. Sus ojos castaños recorrieron la habitación con rapidez y poco a poco se relajó.

—Bienvenido de vuelta. No te muevas. Te sentirás mejor dentro de un rato.

Cuando recuperó la serenidad, la policía regresó.

—¿Cómo te llamas, hijo? —le preguntaron.

—No lo sé.

—¿De dónde eres?

—No lo sé.

—¿Dónde vives?

—No lo sé.

—¿Hay alguien con quien podamos ponernos en contacto?

Él se dio la vuelta en la cama.

—No lo sé.