Advertencia: Este capítulo contiene descripciones graficas de violencia.

Capítulo XIV

Quorum

En un mundo regido por hombres, el mandato de una mujer no era bien visto. La pelirosa aprendió la lección tiempo atrás, cuando su hermano pequeño era versado en el arte de la guerra y, ella, en clases de costura y etiqueta.

Escuchaba atenta las opiniones de los adalides congregados en la intimidad de la tienda, mas no decía nada. Sus exánimes fanales viajaban de un rostro a otro, escudriñando los gestos, las muecas, la forma en la que el rescoldo se trazaba en los surcos acentuados de aquellos semblantes decantes.

Hablaban sobre las posibles formaciones de batalla, hilvanaban estrategias a ciegas puesto que desconocían el verdadero poderío del enemigo. Culpaban a Naruto en silencio, dedicaban al rubio miradas atiborradas de rencor y desdén, ¿y cómo no hacerlo?, tanto ella como su amigo habían resguardado al traidor durante todos esos meses.

—Mis señores— enhebró uno de los comandantes a la par que se levantaba de su asiento para asegurarse que todos prestaran atención a sus palabras—. Mi señora— se dirigió a Sakura, dedicándole una sonrisa atiborrada de lastima. La aludida asintió con un ligero gesto de cabeza, era el primero que parecía percatarse de la importancia de su presencia—.El ejercito de Obito sufrió una herida mortal de la que no se recuperara. El espíritu de su ejército está roto— dijo con seguridad.

— ¿Y ahora?— preguntó otro de ellos— ¿Atacaremos?

La mirada cerúlea del rubio brincaba de un rostro a otro. Tenía una mueca mortalmente seria, un gesto que Sakura jamás había contemplado en su existencia. Era difícil descifrar que pensamientos acosaban su mente, pero no debían ser distintos a los de ella.

—No— declamó el Uzumaki.

Murmullos consternados quebrantaron la asedia afonía que reinaba desde el inicio de la reunión. Los consejeros ahí presentes lucían inconexos a la respuesta del príncipe de Uzushiogakure. Cualquiera en su sano juicio aprovecharía la oportunidad, no obstante, la heredera Haruno comprendía lo que la réplica significaba. Sería ingenuo de su parte subestimar a los Uchiha.

—Es crucial que los dejemos cargar a ellos primero. Son más que nosotros, necesitamos paciencia.

En el fondo, la idea de aplazar el ataque la tranquilizaba. El simple hecho de pensar que Naruto y Sasuke podían morir en batalla la amilanaba. No deseaba esa suerte para ninguno de los dos. El rubio era como un hermano para ella, un refugio donde encontraba cariño incondicional y seguridad. En cuanto al azabache, era incapaz de guardarle rencor; lo amaba. Sin embargo, sus sentimientos por el Uchiha no restaban conocimiento a las decisiones tomadas, podría perdonarlo, más no olvidar lo que había hecho.

Tras unos cuantos minutos de debate, Naruto dio por concluido el cónclave. Uno a uno, los hombres invitados a la asamblea fueron abandonando la tienda. Sakura permanecía en su asiento, tan quieta como una estatua de piedra, con la mirada esmeralda fija en la superficie de madera. Su corazón martilleaba lento, apaciguado. Había pasado tres días enteros envueltos en llanto; a la mañana del cuarto día, se percató que las lágrimas no salían, el dolor se diluía en una sensación de calma inquietante, quizás resignación. Fue ahí cuando llegó a la conclusión de que no podría cambiar las acciones del pasado, y debía afrontar las consecuencias del presente.

Del hondo pecho del rubio brotó un vasto resoplo, al mismo tiempo que dejaba caer su cuerpo sobre la silla. Se inclinó ligeramente hacia delante, presionando el puente de la nariz con dos dedos con la intención de aplacar el dolor de cabeza que lo acosaba durante los últimos días. Bajo sus ojos garzos se apreciaban dos marcas purpúreas, preconizando el limitado descanso. Tenía la certeza de que pasaba la noche en vela, al igual que ella, rumiando, rebuscando indicios de la traición, avivando recuerdos que solo lograban atormentarlos y hacían más profunda la herida.

Se levantó de su asiento lánguidamente. Entrelazó sus manos, notando lo que el tiempo habían hecho de ellas; antes delicadas y tersas, ahora curtidas por las riendas y el pomo de la espada. Acarició el pomo dorado. El centro de su poder no significaba nada para ella.

—He tomado una decisión— aseguró, realizando un esfuerzo sobrehumano para sacar la voz.

Naruto se removió en su asiento, inquieto y clavó su atisbo zarco en Sakura, pareciendo advertirla.

Lejos de añadir pronunciación innecesaria, colocó la espada frente a Naruto, posicionándola sobre la mesa.

—No puedo aceptarla— negó en ipso facto, desconcertado.

—El ejército es tuyo. Los hombres están a tu disposición— se apresuró a responder.

Naruto lucia consternado. Ella le otorgaba el adiestro que había adquirido meses atrás.

Estaba destrozada. Necesitaba regresar a casa. Cada noche imploraba a los dioses que la guerra finalizara, y se preguntaba si realmente la escuchaban.

Dirigió su lento andar hacia la entrada de la tienda. No había nada más para ella. No obstante, se sentía perdida. Renunció a su parte mortal. Regresar a Konohagakure era una encomienda inconcebible, y si se marchaba a otra parte estaría huyendo de todo, abandonado a sus padres y todo lo que realmente importaba.

— ¿A dónde vas, Sakura?— preguntó; la voz a la altura de un susurro.

—No lo sé— masculló.

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Caminaba despacio, con la oscura mirada fija al frente. Seguía de cerca el ensayado andar de la guardia real, sus pasos resonaban entre los pasillos abandonados.

En su mente se reproducía una y otra vez una serie de efigies difíciles de disipar, algunas recientes y otras tan lejanas que le parecía sorprendente aun avivarlas. Intentaba con toda las fuerzas, desbancar a Sakura de sus pensamientos. Era imposible evitar sentir el remordimiento que lo carcomía por dentro, tan abrasante como el fuego, tan corrosivo como un ácido. Había faltado a su promesa, y comenzaba a cuestionarse si en verdad estaba haciendo lo correcto.

Tal como lo había dicho su hermano, en la vida de cada hombre llegaba el día en el que debía debatirse entre el honor y el deber. Cuando se marchó aquella noche, tenía la absoluta certeza de que su decisión era la apropiada, no obstante, a medida que se aproximaba a la mazmorra donde permanecía en su padre, algo en su interior le decía a gritos que había cometido el mayor error de su existencia.

Ansiando acallar el sordo dolor de su corazón, Sasuke se detuvo a escasos centímetros de la celda. El lugar era umbrío, húmedo y gélido. El sonido de las llaves retumbó a la par que el de las pesadas puertas abriéndose. Uno de los guardias que lo escoltaban termino de recitarle las condiciones del encuentro, si bien la reunión con Fugaku se llevaría a cabo, el tiempo que compartirían seria limitado.

Ingresó a la pequeña celda, con antorcha en mano y una alforja de cuero en la otra.

—Sasuke, ¿eres tú?— preguntó su padre en voz baja. La eufonía de las cadenas ahogó la asonancia de una respiración entrecortada. El aludido, dirigió la fuente de luz en dirección al sitio donde había surgido la voz.

De la oscuridad apareció Fugaku, andrajoso y demacrado. Había visto mejores días, cualquiera que lo contemplara en ese estado diría que se trataba de un preso más, sin embargo, el blasón bordado en su jubón revelaba el origen aristocrático del imputado. Luchó por mantener la frustración y el desconcierto alejados de su pétreo rostro.

El pelinegro pasó saliva. Trató de gesticular respuesta, más las palabras morían en su boca antes de ser pronunciadas en voz alta.

— ¿Qué haces aquí?— preguntó el patriarca, entreviendo que la presencia de su hijo solo podía indicar una cosa. El terror surcó su mirada, a la par que una serie de indagaciones comenzaban a acumularse en lo más hondo de su pecho.

—He venido a liberarte— se decidió a responder, aun cuando ese acertamiento fuese una mentira. No necesitaba otorgar más explicaciones, tan rápido como Fugaku se había percatado de que quien lo visitaba era su hijo menor todo tomó sentido.

— ¿Qué has hecho, Sasuke?— dijo el hombre, con un profundo acento adusto.

—Era mi deber venir, padre— espetó, desechando los argumentos, a su parecer, irracionales de Fugaku.

—No, no lo era— la animosidad de sus respuestas era cortante. Estaba molesto y no podía culparlo. No obstante, Sasuke, bien sabía lo que sucedería si no juraba lealtad a Obito. Los Uchihas estaban divididos, la mitad compartía los ideales utópicos de su padre, la persecución de redimirse y vivir en armonía; la otra mitad exigía su cabeza y la de aquellos que los habían condenado al exilio.

—No podía dejarte morir— habló, alzando la voz.

—Soy un hombre muerto, Sasuke, lo sabes.

La deslealtad era un lema familiar; por generaciones, los Uchiha habían luchado unos contra los otros con el fin de conseguir poder, sin importar cuanta sangre se derramara. La situación parecía repetirse. Obito no era un hombre honorable, actuaba con el propósito de satisfacer sus más lúgubres y pérfidos deseos; sed de venganza y resentimiento alimentaban el odio que yacía en su interior.

—Obito tiene lo que quiere— masculló entre dientes. Había traicionado a su mejor amigo y renunciado a la única mujer que amaba y todo lo que implicaba una vida a su lado. Estaba dispuesto a pagar las consecuencias de sus actos, aun si eso conllevaba saldar tales deudas con su propia vida.

—No, lo que Obito quería eran las reliquias, tu cabeza y la de tus acompañantes. No ha obtenido nada de lo que deseaba.

Un silencio consternado se cembro entre los dos. Por un minuto o quizás más, padre e hijo se contemplaron. Ambos sabían el desenlace que traería esa historia.

Fugaku dejó escapar un pausado y sonoro suspiro. Cansado, recargó su cuerpo contra la pared y tomó asiento sobre el sucio asiento de paja. El olor que desprendía era nauseabundo. Las condiciones en las que vivía su padre eran deplorables, mas no era lo que le importaba. Había acudido ahí con un único fin en mente.

—Traicionaste a tu amigo y a la mujer que amabas, ¿con que propósito, hijo mío?

El nudo en su garganta comenzaba a estrujarse. La realización de sus actos recaía sobre sus hombros como una penitencia pesada y compleja de sobrellevar. Había pasado los últimos días tratando de convencerse de una realidad solamente concebible en su imaginación. Negaba rotundamente la idea de que la condena de su padre era irrevocable. Aun así, en la intimidad de aquella alevosa mazmorra, Uchiha Sasuke reconocía que había cometido un error.

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La oscuridad cubría con su denso manto el cielo cerrado; las nubes negras campeaban por el firmamento, presagio seguro de la lluvia otoñal traída por los vientos del norte.

Una afonía sepulcral reinaba en el recoveco más recóndito del palacio. Konohagakure parecía muerta, abandonada por los dioses en medio de un inmenso y vasto rio de sangre. Aquellas tierras nunca sanarían, los horrores presenciados durante el reinado de terror de Obito eran suficientes para dejar heridas profundas, incurables: todos en el Reino del Fuego estaban condenados.

Sumido en sus pensamientos, el azabache se desplazaba mansamente por el pasillo que conectaba la sala del trono con la habitación de los juicios, cerca de las mazmorras. La reunión con su padre había dejado un sabor amargo en su boca y un montón de nudos prietos aglutinados en el estómago. Era demasiado tarde para dar marcha atrás. La vida de su padre pesaba sobre una mente inestable.

Las voces a su alrededor no eran más que susurros inentendibles, un celaje de protervas noticias prodigadas por estandartes manchados de carmín y tierra. A medida que se aproximaba al trono, la conversación cobraba sentido. Los trofeos de guerra reposaban bajo los pies del monarca; espadas, cascos y gallardetes rasgados. Los prisioneros de guerra serian ejecutados al amanecer en la plaza principal, sus cabezas clavadas en picas decorarían las murallas que resguardaban el castillo.

—Ven— dijo Itachi en voz baja— ya he escuchado bastante.

Viraron hacia la galería del trono, abriéndose camino entre el gentío que llenaba el vestíbulo, bajo los pilares interiores del salón. Recorrieron el pasillo sin decir palabra alguna. Sasuke se limitaba a seguir de cerca a su hermano, quien lucía demasiado perturbado, lo veía en su mirada, una preocupación trazada en esos fanales color ónix.

— ¿Qué demonios sucede, Itachi?— indagó, confundido.

—Las últimas ciudades del reino han caído.

Sasuke detuvo el paso. La victoria de Obito solo auguraba un mal para el reino. Aquel hombre no era un monarca, sino un conquistador. Acarreaba consigo el falso ideal de libertad y decapitaba a aquellos que se oponían a someterse a su régimen.

Las palabras del pelinegro murieron en sus labios cuando el incesante vitoreo se situó frente a las puertas del palacio. El ejército vencedor aguardaba el avistamiento de su líder, el cual, no demoró en hacer acto de presencia. La expresión pletórica en su semblante lo desvelaba todo; era una plagaba implacable que arrasaría con pueblos y ciudades. Obito estaba decidido a llevar el sufrimiento a las puertas de los inocentes, los mismos que pagaban una expiación que nada tenía que ver con ellos.

Como el comandante que era, se colocó frente a sus tropas, con la cabeza en alto y una ligera sonrisa de satisfacción en los labios.

—Mis señores— llamó el falso rey, acallando los gritos y canticos efusivos en su nombre—, han cumplido su promesa, asesinaron a mis enemigos y me entregaron el Reino del Fuego. Caminaron a mi lado desde el momento de mi exilio— clamó, estrujando la mandíbula. Rememorar aquellos días debía ser insoportable.

Sasuke observaba atento el efecto que las palabras tenían sobre los hombres. Obito se veía a sí mismo como un salvador, la megalomanía corría por sus venas.

—Todos hemos vivido como esclavos, sometidos a las decisiones de reyes que juegan con nosotros, como si fuéramos peones. Pero ahora, mis señores, hemos cambiado el curso de la historia. Esto solo es el comienzo, la guerra aún no ha terminado, no bajaremos nuestras espadas hasta que hayamos conquistado todo lo visible a los ojos del hombre. Iremos desde Konohagakure hasta Uzushiogakure, de Iwagakure hasta el fin del mundo.

Los gritos de batalla no demoraron en hacerse presentes entes de nuevo. El menor de los Uchiha apreciaba el número de su fuerza; un enorme ejercito conformado por más de veinte mil hombres, todos bien armados y versados en el arte de la guerra, algunos soldados exiliados o mercenarios, pero todos compartían un ideal y luchaban bajo el mando de un solo hombre.

En ese preciso momento, Sasuke sintió temor. Pensó que lo más prudente seria notificar a su amigo sobre lo que acababa de contemplar. Obito superaba en número al adiestro de Naruto y Sakura.

— ¡¿Marcharan conmigo, ahora y siempre?!— cuestionó, obteniendo como replica el clamor de miles de voces dispuestas a morir por él.

Ni siquiera en su primera batalla, Sasuke se había sentido tan aterrado como en ese instante. Su turbación se debía, en gran parte, al destino que les aguardaba a Naruto y Sakura si Obito vencía. Bien sabía que la cabeza de su mejor amigo y de su amada tenía un precio; drenaría hasta la última gota de sangre de sus cuerpos y exhibiría sus cabezas en picas sobre las enormes murallas, hasta que los cuervos devoraran sus ojos y el resto de la carne putrefacta. La simple idea de imaginarlo removió sus entrañas.

—Debo notificar a Naruto y Sakura sobre esto— masculló a Itachi.

—No puedes hacerlo— habló su hermano sin apartar la vista de Obito—, él es el rey de todos nosotros ahora.

Sasuke intercaló la mirada de desprecio entre Itachi y Obito. Sentía como su sangre hervía por dentro.

—Intenta explicarle eso a Sakura y Naruto— voceó entre dientes—, no permitiré que ninguno de los dos muera a manos de él.

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La mirada de la pelirosa permanecía fija en las páginas del libro que reposaba en su regazo. Su respiración acompasada contrastaba con el sonido del errático andar del príncipe de Uzushiogakure; ella lo observaba por el rabillo del ojo, mas prefería permanecer en silencio. No existía poder humano que lograra apaciguar a Naru, lo había intentado anteriormente sin mucho éxito. La delicada coyuntura en la que estaban inmersos los mantenía al borde del abismo: eran dos desgraciados aguardando el momento de su muerte.

Elevó los fanales esmeraldas al escuchar el tintineo de las armaduras y las voces al exterior de la tienda. Tanto ella como su amigo, intercambiaron miradas desconcertadas.

Al cabo de unos minutos de incertidumbre, ingresaron al tendal dos soldados, y detrás de ellos uno de los enviados. Sakura contuvo un grito de horror al atisbar la escena, llevó una mano a la boca para impedir el arco reflejo del vómito, producto de la impresión. Frente a ellos se plantaba el pequeño de doce años, con las vestiduras manchadas de sangre, cargando la cabeza de su compañero. En su rostro podía apreciarse una mezcla de pánico y tristeza. Tan solo de verlo, la pelirosa sintió unas inmensas ganas de abrazarlo y permitirle llorar sobre su hombro. Habían arruinado la vida de ese niño, lo supo desde el instante en que los hombres del rubio hilvanaron el plan.

— ¿Qué fue lo que sucedió?— se atrevió a preguntar el rubio; su voz sonaba en un hilo, quebradiza, trémula, ahogada.

—Dos guardias nos capturaron— respondió el muchacho—, no pensamos que el perímetro estaría rodeado. Nos encontraron antes de llegar a la entrada abandonada — se detuvo por un segundo o más antes de proseguir, contenía el llanto, aun cuando las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Es suficiente— interrumpió Sakura—, asegúrense de enterrar los restos. Proporcionen ropa limpia y descanso al niño— ordenó.

Los gendarmes asintieron en reconocimiento a sus órdenes y abandonaron la tienda en compañía del muchacho. El mutismo que secundó en silencio era premonitorio.

Al igual que aquel niño, Sakura nunca contempló los horrores de una guerra hasta ese día. Aun con el estómago adherido a sus huesos, y una extraña sensación en su boca, se puso de pie. Necesitaba salir de ese lugar en cuanto antes o perdería la cabeza. Conforme trascurrían los días, sentía que una parte de ella moría. Aquel conflicto la carcomía por dentro.

—Preparare a los hombres, no perderemos más tiempo— concluyó Naruto.

El mensaje de Obito era claro. No obstante, la pelirosa era capaz de entrever porqué lo había hecho. Tanto Naruto como Sasuke eran hombres parecidos; dos muchachos propensos a irritarse con facilidad y actuar con base a lo que su sentido de justicia, honor y deber dictaba. Si aquel tirano enviaba la cabeza de uno de sus hombres, no era para imponer temor, sino para tentarlos, molestarlos al punto de perder los estribos y atraerlos a su trampa.

—No contamos con los hombres suficientes para marchar en contra de Obito— Sakura masculló.

— ¿De qué demonios estás hablando?, ¿acaso no acabas de contemplar lo mismo que yo?— preguntó, haciéndose eco en la indignación que las palabras de la pelirosa causaban en él— ¡Debemos marchar, y debemos hacerlo ahora!— exclamó, aproximándose a ella.

—Naruto, escucha, por favor— colocó una mano sobre su brazo, más el aludido burló el agarre con cierto deje de desprecio— Obito quiere que cometamos un error.

—Por supuesto que lo desea— dijo con sarcasmo. La animosidad en su tono de voz era extremadamente cortante.

La pelirosa lanzó un suspiro. Había mantenido esa conversación con Sasuke días atrás, en el barco. El azabache se negó a escucharla, y Naruto emulaba la acción a la perfección. No los culpaba. Ambos pensaban con la mente de un militar y no con la de un político. Estaban forjados para la guerra, mas no para la diplomacia.

—No hagas lo que él quiere que hagas— insistió con una nota de manifiesto desespero—. Debemos atacar Konohagakure hasta tener una fuerza mayor.

— ¿Y cuándo será eso, Sakura? ¿Cuándo sucederá?— inquirió entre dientes— hemos hablado con diferentes reyes y todos ellos nos han negado la ayuda. Los Hyuga ni siquiera pueden ayudarnos. Tenemos suerte de contar con estos hombres.

— ¡No es suficiente!

— ¡Por supuesto que no es suficiente, pero es todo lo que tenemos!

Sakura guardo silencio. Naruto tenía el rostropálido y tirante del miedo y dolor. La guerra estaba sacando lo peor de ellos y ambos lo sabían.

—Si queremos ganar esta guerra necesitamos ser más listos que Kakashi, y más listos que Obito— dijo ella, recobrando la calma.

— ¿Cómo puedo ser más listo?, ¿haciéndote caso?

Herida, Sakura aguantó las lágrimas. Permitió que las palabras de su amigo fluyeran con sus sentimientos.

— ¿Acaso eso te mataría?— cuestionó.

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Hacia una mañana nublada y triste. El grisáceo firmamento solo era un vaticinio del diluvio que se acercaba.

La multitud agrupada en el patio principal del palacio correspondía a los vasallos de la estirpe Uchiha. Sasuke reconocía cada uno de los estandartes, lo que significaba el símbolo bordado en la tela y la historia de sus casas. Aquellos hombres habían jurado lealtad a su padre; Fugaku perdonó cada injuria en su contra, dejó pasar el ínfimo cuestionamiento de su autoridad. Ahora, esos mismos nobles hablaban a gritos y daban empujones para acercarse más al pulpito de piedra.

El sonido de las campanas era ensordecedor. El azabache se abrió paso entre la muchedumbre, con la mano en el pomo de la espada, siempre al tanto de lo que ocurría a su alrededor. A duras penas, logró arribar al andurrial donde se encontraba su madre e Itachi.

Mikoto le ofreció una sonrisa triste; su mirada oscura lucia opaca, el brillo se había desvanecido, al igual que la algarabía habitual que decoraba su rostro, de la cual solo quedaban lejanos recuerdos. Lucia macilenta, su piel pálida contrastaba con el negro del elegante vestido que portaba. Las ojeras bajo sus ojos desvelaban las noches que pasó en vela y también el llanto derramado en las últimas horas. Sasuke le imploró que permaneciera en casa, cualquiera que fuese la sentencia, se la haría saber. No obstante, la matriarca del clan se negó, argumentando que durante todos esos años había acompañado en su padre en los momentos de dicha y desgracia, aquella coyuntura no cambiaría nada, era su deber estar ahí, no solo por sus hijos, sino porque se trataba del hombre al que amaba.

El azabache estaba cada vez más nervioso. Fugaku estaba en la tarima, apoyado entre dos hombres de la guardia real. Vestía con el mismo ajuar del día anterior, un jubón de terciopelo negro y una capa de lana carmín. Sasuke jamás lo había visto tan delgado, su faz estaba marcada por la agonía. Era incapaz de mantenerse en pie, y más que resguardarlo, los guardias se encargaban de brindarle el sostén suficiente para no dejarlo caer.

Frente al tinglado de adoquín, se apreciaba una multitud compuesta por caballeros y grandes señores. Entre ellos destacaba Obito, ataviado con ropas de seda y satén negras. Portaba, orgulloso, la corona de oro del rey Hashirama, la misma que Madara obsequió como símbolo de rendición y tregua.

Los lanceros con capas grises mantenían a raya a la multitud. A lado de su padre, yacía un hombre con armadura ornamentada. Sasuke no pudo reconocerlo de inmediato, pero sabía que se trataba de uno de los generales de Obito, su verdugo por excelencia.

En la plaza se hizo silencio cuando las campanas dejaron de sonar. Un hombre de túnica negra avanzó hacia al frente; la mano del rey ofrecería un ultimátum para los hijos de Fugaku Uchiha y sus partidarios.

—El rey demanda la rendición absoluta de los herederos de Uchiha Fugaku— gritó el hombre, alzando más la voz para hacerse oír.

La conversación mantenida con su padre la tarde anterior se reproducía una y otra vez en su cabeza. Había cometido un fatal error al regresar a Konohagakure con las manos vacías, debió retornar con un ejército. No existía cabida para el arrepentimiento. Cualquiera que fuese su decisión, debía cargar con las consecuencias por el resto de su existencia, aunque estas fuesen tormentosas.

Ambos hermanos intercambiaron miradas. Debajo de su capa, Itachi fue el primero en desenvainar su espada y clavarla en el suelo. Colocó una rodilla sobre el gélido piso de piedra y agachó la cabeza, ocultándola tras la cortina de cabellos azabaches, impidiendo que las personas a su alrededor apreciaran las emociones que surcaban su rostro en ese momento.

La mirada desafiante de Sasuke fue a parar en el rostro del rey. Obito lo contemplaba con una mezcla de intriga y molestia; divertido, elevó una ceja, tratando de adivinar cuál sería la siguiente acción del muchacho.

Sin más remedio y en contra de sus designios, el pelinegro emuló el tejemaneje de su hermano mayor. No iba a interponer la vida de su madre y la de sus alados por su orgullo.

Mikoto ocultó el rostro entre las manos. Fugaku sabía que su familia se encontraba ahí. Había avizorado a Sasuke e Itachi acatar las condiciones que Obito interponía para salvar su vida, aunque esto no lo garantizara.

Las voces se alzaban en gritos enfurecidos. Los hombres a los que su padre otorgó perdón, exigían su cabeza. Detrás de los escudos de la guardia real, salió Obito, acallando los baladros enardecidos con su mera presencia.

—Mis consejeros sugirieron que mantuviera a Fugaku prisionero mientras obtenía las reliquias de la Diosa Kaguya. Mikoto, acudió hace unos días a la corte suplicando piedad por su padre— miró a Sasuke, y esbozó una sonrisa—. No obstante, lo único que obtuve fue al regreso de un traidor y una promesa vacía.

Sasuke sintió como el piso bajo sus pies se movía. Los grandes Señores y caballeros, atisbaban perplejos el espectáculo montado por Obito. A lo lejos, escuchó el grito desgarrador de su madre, quien había caído de rodillas junto a Itachi, sollozando histérica.

Tan pronto como sus piernas se lo permitieron, logró ponerse de pie. Afianzó el agarre al pomo de su espada y se abrió paso entre la multitud con empujones y maldiciones. Ignoró el llamado desesperado de su hermano y de los hombres que lo acompañaban. Era una acción errática de su parte enfrentarse a la guardia real, mas no podía permitir que su padre muriera de esa forma.

En lo más alto del estrado, Obito hizo un gesto; el caballero de armadura oscura subió los peldaños hasta situarse a un costado de Fugaku. Sacó de la vaina una enorme espada, la luz del sol dibujo ondas en el metal, arrancando destellos del filo de la hoja.

Inerme, el azabache frenó sus pasos al atisbar como el verdugo asestaba un golpe certero y mortal en el cuello; el lóbulo de hierro atravesó carne y hueso, apartando la cabeza de la parte superior del cuerpo.

Cayó de rodillas al suelo, al mismo tiempo que la espada resbalaba de su mano y se sumergía en la ola de empujones y pisotones. Con la mirada fija en la superficie de piedra, notó el sabor salado de las lágrimas en sus labios.

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Naruto tenía la sensación de que habían transcurrido siglos desde el comienzo de su desafortunada aventura. Se sentía cansado, triste y enfadado.

Reconocía que la noche anterior había cometido un fatal error. La contrariedad del momento lo orilló a despotricar en contra de la pelirosa, quien, sin duda alguna, solo intentaba ayudar.

Le costaba trabajo admitirlo, pero ella estaba en lo correcto. Marchar con el nuero de hombres que los acompañaban era como colocar una soga en su cuello, precisaban de aliados y tiempo. La comida comenzaba a agotarse, y al paso desmedido al que iban, terminarían sin recursos dentro de quince días. Si los dioses eran misericordiosos, alejarían las enfermedades del campamento, y los adalides podrían mantenerse en pie para la batalla.

Esos pensamientos rumiaban su mente mientras se dirigía a la tienda de Sakura. Necesitaba extender una disculpa por su comportamiento, en ocasiones, las palabras eran más afiladas e hirientes que la hoja de una espada, y lo que le había dicho a la pelirosa la noche anterior se ajustaba a la perfección al asentamiento.

Dubitativo, se detuvo frente al sombrajo de tela, sopesando si era prudente aparecer o dar media vuelta y marcharse. No obstante, algo en su interior dictaba que algo malo estaba ocurriendo. El último atisbo que tuvo de la chica fue antes de que abandonara su tienda y se sumergiera en la oscuridad. La noticia del pérfido estado de su padre y la partida de Sasuke la obligaron a confinarse en el pabellón durante días y noches enteras, expresando su deseo de no ser perturbada. Imaginaba que esta vez no sería distinto.

Armándose de valor, aclaró su garganta con un carraspeo, y habló:

—Sakura…yo…realmente lo siento— espetó, enclavando la atormentada mirada cerúlea en sus pies, cubiertos de lodo y pasto—. No era mi intención minimizar tu opinión, es solo que me siento asustado— reconoció sin temor a ser escuchado—, realmente asustado, tanto que podría hacerme encima de los pantalones— bromeó.

Aguardó, pacientemente. No obstante, la única respuesta que obtuvo fue un mutismo absoluto. Pensó que lo más apropiado era dar media vuelta y marcharse, mas no lo hizo.

Lejos de importarle la reacción de la pelirosa, corrió las cortinas e ingresó al tendal. El calor abandonó su cuerpo al percatarse que no se encontraba nadie ahí dentro. Todo se veía perfectamente ordenado, desde el lecho sin perturbar hasta los objetos personales dispuestos meticulosamente por el perímetro de la habitación improvisada. Sobre la cama se arrellanaba el vestido que portaba la noche anterior.

Despavorido y confundido, salió de la tienda. Buscó cualquier rastro de ella, un ínfimo indicio que le indicara su paradero.

— ¡Guardias!— exclamó. Sus hombres acudieron corriendo en cuanto los llamó — ¿Han visto a Sakura?— consiguió cuestionar, mirándolos con ojos llenos de miedo.

—No desde anoche, su excelencia— respondió uno de los soldados en voz baja.

—Su caballo— masculló, quizás había salido a cabalgar desde el amanecer— ¿Se encuentra en el establo?— indagó. El corazón golpeaba con fuerza sus costillas, cada minuto que transcurría parecía una eternidad.

—Iré a comprobarlo, su majestad. — El chico inclinó la cabeza y salió corriendo en dirección a las caballerizas.

Tan rápido como el príncipe se percató de la ausencia de Sakura, las huestes comenzaron a movilizarse en su búsqueda.

No era un secreto la horrífica escena que habían contemplado la noche anterior. Luego de presenciar el pérfido mensaje de Obito, el rubio solicitó doblegar la guardia. Era imposible que uno de sus enemigos lograra infiltrarse en el campamento y llevarse a la pelirosa consigo sin que nadie se diese cuenta.

—Mi señor— llamó otro hombre. Llevaba puesta la armadura e iba a lomos de su caballo. Detrás de él, dos hombres lo seguían de cerca. Todos se veían consternados, e incluso apenados.

— ¿Qué pasa?— preguntó con miedo a descubrir la verdad.

—Intentamos alcanzar a Lady Haruno. Nos percatamos que marchaba en dirección al oeste— apartó la vista, no podía pronunciar las palabras, tenía el rostro ensombrecido por la vergüenza —. No fuimos capaces de pillarla.

Naruto permaneció en silencio, sentía que en cualquier momento iba a desfallecer. El nudo en su estómago se hizo más tenso, removiéndole las entrañas. Los latidos de su corazón retumbaban violentamente en sus orejas, como una pesadilla. Si algo le sucedía a Sakura no iba a perdonárselo nunca.

—Tu— señaló al hombre que iba en caballo— escoge a los jinetes más rápidos que tengas e intenten seguir el rastro. A donde sea que se dirige, no llegara muy lejos— dijo con voz queda.

El guardia asintió con un gesto adusto y dio media vuelta, dirigiéndose a cumplir la encomienda de su señor.

El mundo a su alrededor empezaba a desvanecerse. Intentó ignorar la presión en su pecho, pero le fue imposible.

— ¿Qué demonios hice?— se cuestionó a sí mismo.

Continuara

N/A: Sé que desaparecí de estos rumbos por mucho tiempo, pero estoy de regreso.

Este año no fue muy productivo en cuanto a escritura, lo cierto es que me vi inmersa en situaciones de la vida cotidiana y me era imposible encontrar un momento para seguir desarrollando apropiadamente la historia.

No obstante, he vuelto, y lo mejor, con un nuevo capítulo. Desconozco si continúan leyendo este fic, no los culparía si lo abandonaron a la mitad del camino, pero si no es así, agradezco su infinita paciencia, así como el tiempo que se toman para leer este patético intento de escritura.

Centrándonos en el fic, creo que la muerte de Fugaku se veía venir, y este es un punto clave para Sasuke, ¿seguirá el camino de la expiación o se rendirá a los impulsos de megalomanía?, en cuanto a Sakura, well…está desaparecida y Naruto está a punto de perder la cabeza. Cada uno de los personajes libra una batalla interna.

La verdad es que, llevo mucho tiempo desarrollando este fic, no era mi intención prolongarlo demasiado, pero al hacer los capítulos tan extensos (y muchos), y conforme iba escribiendo, realizaba cambios a partir de este punto de la historia. Fue hasta hace poco que hice las últimas modificaciones y establecí el final (no se preocupen, no será nada parecido al de Anaklasis), así que, uno de mis propósitos para lo que resta de este año y parte del que viene es darle un cierre a esta etapa.

Nuevamente, mil gracias por su espera y paciencia. Espero que hayan disfrutado de la lectura y que el capítulo sea de su agrado.

Regresare pronto, con otra actualización, por el momento, solo me queda mandarles un fuerte abrazo.

¡Nos leemos hasta la próxima!

Shekb ma Shieraki anni