Estando en el templo de Tenjin, Hikari y ambos shinkis fueron bien recibidos mientras que Kofuku, Yato y Hiyori se alejaban a tratar un tema que los demás al parecer no sabían, pues ellos los estaban entreteniendo demasiado con abrazos y palabras de preocupación, incluso Bishamon estaba ahí con algunos de sus shinkis.

—Nos han dado la noticia, Hikari-sama —dijo la diosa de la guerra de larga cabellera rubia.

—¿¡S-sama!? —repitió la ojiazul con sorpresa, no estaba acostumbrada a que la llamasen así.

—Sí, nos han informado hace unos momentos sobre lo sucedido, probablemente muy pronto la gente más creyente comience a construir templos a usted —comentó Kazuma mientras se acomodaba las gafas.

—¡Vaya, no sabía que Yato tuviese una hija siquiera! —exclamó Mayu sorprendida.

Mientras todos le daban halagos a Hikari sobre lo inteligente que fue, lo mucho que se parecía a Yato e incluso comparándola con otras deidades que difícilmente llegaron al reconocimiento y adoración de las personas, Yukine notó algo distinto a su lado, la pequeña peliblanca parecía irradiar otra aura.

—A-Ameni-chan… —los labios de Yukine temblaron involuntariamente al decirle de esa manera, él acostumbraba a estar rodeado de gente mayor y llamarlos ya sea por su nombre o apellido a secas o agregándole el ''san'' según sea el caso.

—¿Qué pasa? —preguntó con confianza a diferencia de las veces anteriores donde hablaba con timidez. Además, Yukine se dio cuenta del cambio del color de sus iris de azul cielo a rojo brillante, pero decidió no comentar nada al respecto, sólo quería saber por qué se sentía tan diferente estar a su lado en ese momento.

—No, n-nada.

—¡Vamos, Yukine-kun! —animó Kazuma alzando su dedo pulgar y giñándole el ojo. Al rubio le recorrió un escalofrío al tomarlo por sorpresa con ese tema y posteriormente sus mejillas se colorearon de un tenue rosa.

—¡Sí se puede! —dijo Hikari siguiéndole el juego a la regalía de Bishamon.

—¿Qué sucede? —preguntó Ameni al no comprender la actitud de ellos. Ella podría ser muy ingenua cuando poseía los ojos azules, pero al tenerlos rojos su actitud cambiaba a una que le restaba importancia a las situaciones hasta el punto de inconscientemente no prestarles atención.

En ese momento, Bishamon se aclaró la garganta para llamar la atención de los presentes y dar el aviso que los hizo reunirse en ese lugar.

—Bien, a lo que venimos amigos ¡vamos a celebrar!

Los demás exclamaron de alegría, después, Kofuku apareció con cosas para un picnic y algunas botellas de sake. Detrás de ella, estaban Yato y Hiyori sin hablar, estaban decaídos por algo que no comentaban y se limitaron a saludar.

—¿Qué sucede, Hiyori? —preguntó Yukine a su amiga, la cual levantó la cabeza de inmediato y fingió una sonrisa.

—¿Uh? No… no es nada, Yukine-kun —sus ojos color púrpura mostraron inseguridad y luego soltó una leve risa nerviosa para intentar disimular lo que fuera que estuviese escondiendo.

—Vengan o nos dejarán atrás —avisó Yato simulando alegría y comenzó a caminar, pareció que quería ayudar a Hiyori a evitar de la pregunta hecha por el rubio, últimamente Yukine ha notado que el dios no es el mismo de siempre y eso lo preocupaba de cierta manera.

[...]

Todos se teletransportaron al árbol de cerezo donde se reunieron la última vez, ese lugar comenzaba a ser significativo para ellos. Prepararon la manta y los alimentos para comenzar con su reunión, esa debería ser una sana conviencia, a excepción de que Yato y Bishamon otra vez estaban borrachos peleando por asuntos del pasado que todos habían asumido erróneamente que olvidarían de una vez por todas. Al menos, esta vez Yato no le había dado un beso indirecto a la diosa, aunque eso no lo salvó de la paliza que se ganó por hablar demás, paliza a la cual, por cierto, Kofuku había tomado fotografías.

—¡Tú no podrás ganarme esta vez! —gritó Yato con torpeza mientras apuntaba con el dedo índice a Bishamon.

—¡Pero si ya lo hizo! —exclamó Hikari con gracia.

—Lo dice una loca yandere ¿eh? —había retado el pelinegro a su hija, la cual lo encaró con molestia.

—¿Cómo?, ¿yandere? —dijo Ameni desde donde estaba, un poco alejada del resto.

—Tú... —susurró Yato mientras se acercaba tambaleando hacia la peliblanca.

—¿Yo qué? —le habló con seguridad la niña mientras lo miraba frustrada.

—Tú eres… —dijo el ojiazul casi sin fuerzas.

Ameni hizo una mueca de confusión mientras que Hiyori mitraba aterrada la escena, como si temiera lo que diría el dios.

—¡No lo hagas, grandísimo tonto! —exclamó Hiyori yendo hacia ambos.

—¿Cómo te hiciste esto? —preguntó Yato haciendo hacia abajo la sudadera de la peliblanca dejando casi al descubierto su pequeño pecho, en medio de éste había una profunda cortada en vertical con puntadas.

Ameni se sonrojó y muy molesta le dio una sonora cachetada a Yato dejándolo en el suelo.

—Yato... —dijo Hiyori con un aura oscura.

—¡¿Cómo te atreves a tocar así a una niña?! —exclamó Hikari acercándose con casi la misma aura de emanaba de Hiyori.

Hiyori pateaba a Yato mientras que Hikari lo sacudida del cuello de su chaqueta.

—¡¿Por qué lo hiciste?! ¡Además, yo no soy yandere! —gruñó varias veces la ojiazul.

—Ya basta. —habló torpemente Bishamon.

—Oh, Bisha, gracias —dijo Yato con ojos brillantes.

—Yo me encargaré de darle una paliza que jamás olvidará —afirmó la diosa tronándose los nudillos.

—¡¿Eh?! —el ojiazul se escapó de las manos de Hiyori y Hikari mientras que Ameni estaba en shock con sus manos sobre el pecho.

—¡Oye, idiota, no escaparás! —exclamaba Bishamon persiguiendo a Yato.

—¡Nooo! ¡Por favor! —se quejaba el otro.

[...]

Ya cada uno había regresado a su hogar, Hikari y Ameni se encontraban en la entrada de la casa de Kofuku mirando hacia el patio mientras que Yato estaba siendo auxiliado por Hiyori detrás de ambas. El dios lloriqueaba cada que le colocaban las vendas en el cuerpo y eso ya tenía a la oji-morada de mal humor.

—¡Nooo Hiyori, detente, sé más cuidadosa, por favor! —rogaba Yato con los ojos húmedos.

—Eso te pasa por ser tan idiota, idiota —le dijo en cambio Hiyori.

—¡Oye, ya deja de ser tan escandaloso! —ordenó Hikari a su padre ya molesta.

—¡Hikari-chan! —gritaron desde afuera de la casa.

—¿Sí, Kofuku-san? —respondió la ojiazul.

—¡Ven rápido! —apresuró la pelirrosa con la voz agitada.

—¡Voy, voy! —exclamó Hikari levantándose y corrió hacia donde la llamaban.

—Espera, yo te acompaño —avisó Ameni levantándose igualmente.

Ambas se acercaron hacia la diosa, la cual estaba acompañada de Yukine frente a personas desconocidas.

—Hikari-sama —dijo un hombre que parecía bastante fuerte —Un templo para usted está en construcción, la gente ha comenzado a nombrarla la Diosa de la Salvación, esparciendo rumores sobre lo que ha sucedido.

—¡¿Qué?!