Capítulo 14

Hinata no lo podía creer. ¿Cómo sería capaz de enamorar a un petimetre semejante? Se asomó a la ventana intentando serenarse.

Ella era amable, pero él se empeñaba en hostigarla a cada minuto.

Estaba claro lo que pensaba de ella; definitivamente no quería una esposa, nunca la había querido. Hinata había tenido la mala suerte de casarse con el único hombre de Konoha's Valley que se arrepentía de haber firmado la solicitud de Jiraiya. Todo por aquel estúpido hombre que pretendió violarla en el momento más inoportuno.

Hinata suspiró. Si no se hubiese rezagado, si aquel individuo no la hubiese atacado, si hubiera llegado a tiempo a la fiesta junto con las otras mujeres… Tal vez ahora tendría un buen marido, como el elegante doctor Harris, o como el atractivo esposo de Shion, el hombre que arrancaba suspiros a todas las féminas del pueblo según Kurenai.

Al pensar en su amiga, frunció el ceño. Se preguntaba por qué no se habría interesado por ella. ¿Tal vez su enamoramiento era tan fuerte que no le permitía separarse de su nuevo esposo ni una hora para ir a visitarla? Era muy extraño, de todos modos. Por suerte, vería a su amiga en el baile y tendría ocasión de comprobar hasta dónde llegaba el estado de aturdimiento de Shion. Sonrió al pensar que su esposo debía ser un hombre increíble para haberla obnubilado de esa manera.

De pronto, algo llamó su atención. Allí fuera, sobre la rama del naranjo, un pequeño gorrión la miraba fijamente. Nunca hubiese aseverado algo así de un pájaro, pero estaba convencida de que ese clavaba sus ojillos oscuros en ella como si quisiera decirle algo.

—Eres una majadera, Hinata —se dijo, moviendo la cabeza.

El gorrión entonces echó a volar y se posó en el alféizar de la ventana. La joven dio un paso atrás, ¿qué demonios…? El pájaro ladeó la cabeza y la miró, antes de ponerse a cantar. Hinata no salía de su asombro. Aquel trino la sobrecogió y se encontró escuchando la melodía con intensa dedicación. Había algo raro en aquel canto. Le era familiar, parecía que intentaba iluminar en su mente un recuerdo, o una visión conocida.

«Otra vez aquella niña, de pelo oscuro, que reclama auxilio. Está asustada, desesperada, reclama que Hinata entienda su mensaje de socorro…»

—Cielo santo, no puede ser —murmuró Hinata, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué quieres que haga? —le dijo al gorrión, como si hablar con un ave fuera lo más normal del mundo—. Debes decirme algo concreto… dame más datos para que podamos ayudarla —al cabo de unos minutos, resopló—. Es increíble que esté esperando la respuesta de un pájaro.

—¿Con quién estás hablando?

Hinata se volvió hacia su marido, que la observaba desde el quicio de la puerta.

—Tienes la fea costumbre de entrar sin llamar y empieza a exasperarme —se quejó ella, en verdad molesta.

—Es mi dormitorio, ¿pretendes que pida permiso?

—Cuando yo estoy dentro, sí.

—Definitivamente, te has vuelto loca. No pienso hacerlo, es mi casa, es mi cuarto, eres mi mujer…

Hinata chasqueó la lengua y en su boca apareció una sonrisa amargada.

—Claro, igual que tu mecedora, tu sombrero o tu caballo, yo soy tu mujer.

Ahora es tu turno, Naruto, es hora de cambiar la idea que tiene sobre ti.

—Exacto.

Estupendo. Eres un borrego, un asno, zoquete.

La joven apretó la mandíbula. Le escocieron los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no llorar. ¿Y ella pretendía seducirle?

No tenía corazón, era una tarea imposible. Se giró de nuevo hacia la ventana y comprobó que el gorrión ya no estaba allí. De pronto, se sintió muy sola.

Naruto notó su gesto de disgusto y desilusión. Su mirada se suavizó y dio un paso hacia ella, vacilante.

Ahora, Naruto. Ella está triste, puedes consolarla.

—Escucha, reconozco que soy bastante posesivo con lo mío. Pero no lo veas como algo negativo, ya he asumido que eres mi mujer. Y hasta hace dos días, ni siquiera quería tenerte aquí.

Bien, sigue así y dentro de poco la verás marcharse justo por donde vino.

—Eres el ser más detestable que he tenido la desgracia de conocer —espetó ella, sin querer mirarlo.

Hinata no podía creer que le hubiera dicho aquello. Si se encontraba con aquella mirada azul fría y sin sentimientos, rompería a llorar desconsoladamente por su mala suerte y ya no pararía.

Naruto sabía que no iba por buen camino. Era incapaz de decirle algo que no la hiriese, todas las palabras que le salían eran desafortunadas. Tras un espeso silencio, decidió que lo mejor era guardar las distancias y volver a intentarlo más tarde. Sin embargo, ella se adelantó y lo sorprendió con su comentario.

—Has dicho que esta noche hay una fiesta.

—Así es.

—Verás, ahora que he dejado de sentirme como una vagabunda mugrienta, me gustaría continuar con mis hábitos de aseo. Quiero aparecer decente en esa fiesta; si no puedo acudir al local de Mei, ¿podrías indicarme dónde te lavas tú?

Hinata intuía que su marido no se limitaba a un aseo superficial en un barreño. Olía demasiado a limpio para eso. Y quería que confesara que él utilizaba los servicios de la madame para que no pudiera echarle en cara que quisiera hacer lo mismo. Pero no esperaba la respuesta de Naruto.

—Cada día, después del trabajo, voy a una poza cercana y me baño. Pero es agua fría que baja de las montañas, no creo que a una mujer como tú le guste…

Hinata se giró hacia él y le clavó sus ojos perlas, decidida.

—Me he bañado en sitios peores. Si no es mucha molestia, esta tarde cuando regreses de los prados, me gustaría acompañarte.

Naruto la contempló y no pudo evitar que la imagen de Hinata desnuda, zambulléndose en la poza, inundara su mente. Sintió que se le calentaba la sangre e, inconscientemente, dio un paso hacia ella. El deseo lo había cogido desprevenido y en sus ojos se reflejaba el fuego que lo consumía y la tortura de no poder sofocarlo como le gustaría.

—¿No te parece buena idea? —preguntó Hinata, al contemplar su extraña expresión.

Naruto reaccionó. Ella no podía entender la lucha interna que libraba al verla allí, de pie frente a la ventana, resplandeciente como una mañana de verano. Toda ella brillante y tibia, tentadora, incitante, a pesar del grotesco vestido. Una prenda que no se volvería a poner, se juró a sí mismo. Cada fibra de su cuerpo le pedía que se acercara y la tomara entre sus brazos, y deseaba probar esos labios rosáceos, tiernos, y el aliento de su boca. Pero quería hacer las cosas bien, se recordó. Quería que Hinata acudiese a él dispuesta y gustosa. No quería asustarla y mucho menos poseerla solo por el hecho de que fuese su marido. Estaba convencido de que ella no le rechazaría puesto que era lo que se esperaba de una esposa. Pero él no quería que consintiera solo por eso. Quería que lo deseara, que anhelara aquella unión con la misma fiebre que a él lo consumía.

—No… quiero decir, sí —contestó al fin, aturdido por sus propias emociones—. Me parece buena idea. Vendré a buscarte al caer la tarde.

Tras su atropellada contestación, salió del dormitorio con mucha prisa y Hinata se quedó mirando el hueco vacío de la puerta, sin comprender absolutamente nada.


Shion extendió sus dos mejores vestidos sobre la cama y dio un paso atrás para contemplarlos mejor. Uno era azul, de mangas abullonadas y un bonito escote cuadrado, decorado con una fina puntilla blanca. La falda, sin embargo, lucía un pequeño parche para tapar un enganchón desafortunado que había sufrido durante el viaje.

El otro vestido era color ceniza, con un escote cerrado que subía casi hasta el mentón y sin duda mucho más aburrido que el de color azul.

Pero estaba intacto. Y era de seda, todo un lujo para su mermado vestuario.

Shion pasó la mano por ambos vestidos y sopesó las posibilidades. Tras unos minutos de consideración, se decidió por el azul. ¡Qué demonios! Era una fiesta y ella quería lucir lo más bella posible. El atractivo escote de puntilla le daría un toque mucho más alegre que la apagada seda gris.

De repente, sintió cómo se le erizaba el bello de la nuca. Notó la presencia de su marido justo a su espalda y comenzó a temblar. Era algo inevitable. Cada vez que Deidara aparecía, ella temblaba como una paloma en medio de una virulenta ventisca. Y, desde que volvió a casa con aquella herida de cuchillo en la mano, su carácter había empeorado considerablemente, aunque fuera algo difícil de concebir.

¿Cómo era posible que se intensificara una crueldad ya de por sí desmedida, que alcanzaba cotas inimaginables por la más mínima tontería? Pues sí, lo era, para desgracia de Shion.

—¿Qué haces, mujer? ¿Perdiendo el tiempo para variar?

—No… No. Ya he terminado mis tareas —contestó, sin querer mirarlo.

—¿Qué es esto? —preguntó, señalando los vestidos.

—Elegía uno para la fiesta de esta noche. Hasta que acabe los que estoy confeccionando, tendré que usar los que traje conmigo.

Deidara se acercó a la cama y los examinó con cuidado.

—¿Cuál habías elegido?

Shion dudó. Seguro que su elección le costaría un disgusto.

—¿A ti cuál te gusta? —preguntó con cautela.

Deidara se volvió hacia ella esbozando su siniestra sonrisa. Un desagradable escalofrío de anticipación recorrió la espalda de la joven.

—Los dos me parecen una basura. Pero si mi esposa no es capaz de tener un vestuario decente, tendré que resignarme. ¿Cuál habías elegido? —insistió.

—El… el azul.

La bofetada llegó tan rápido que Shion no la vio venir. Se tambaleó hacia atrás sujetándose la cara con las manos.

—¿Pretendes dejarme en ridículo, perra miserable? —gritó Deidara, colérico—. ¡Mi mujer no aparecerá en público con un andrajoso vestido! ¡Quémalo! ¡No quiero ver un solo parche en tus ropas! Te pondrás el gris y no hay más que hablar.

Shion asintió despacio al tiempo que las lágrimas le caían por la dolorida mejilla. Su corazón latía muy fuerte por el miedo y la indignación. Estaba convencida de que si hubiese dicho el otro vestido, la habría golpeado por resultar ese más insulso, o más elegante, o más… lo que fuera. Cualquier excusa era buena para abofetearla.

Cuando Deidara abandonó la habitación, Shion se acercó despacio a la cama y acarició con dulzura el bonito vestido azul. Y de pronto, como si hubiese sido atacada por un rayo, estrujó violentamente la prenda entre sus manos y la arrojó al suelo con rabia. Cayó ella después junto al vestido, hecha un ovillo, y se dejó llevar por la frustración que sentía. Se convulsionó con los violentos sollozos que le desgarraban la garganta, y tuvo que morderse los puños para que Deidara no la escuchara llorar, no fuera que también aquello le molestara.


Tal y como prometió, Naruto regresó a la cabaña al caer la tarde.

Llevaba dos paquetes bajo el brazo y Hinata quiso preguntarle qué contenían, pero se contuvo. Aún no tenía la suficiente confianza con su marido y se mordió los labios, disgustada por ese motivo. Deseaba poder hablarle con total libertad y que él dejase a un lado aquella actitud distante que la enfurecía.

—¿Qué tal has pasado el día? —le preguntó.

Él se quitó el sombrero y, por unos instantes, pareció sorprendido. Tal vez no estaba acostumbrado a que alguien se preocupara por cómo le había ido.

—Bien —guardó silencio, azorado, y luego pareció recordar sus buenos modales—. ¿Y tú?

Hinata le sonrió y Naruto sintió que la sangre se le licuaba y le corría más veloz por las venas. Si su esposa era capaz de sonreír así solo por preocuparse de corresponder a su cortesía, no quería ni imaginar su expresión cuando le dedicara toda la atención que merecía. Era increíblemente hermosa.

Esa tarde llevaba el pelo recogido en una trenza floja y algunos mechones se le habían escapado, rizándose junto a la cara. Su rostro estaba sonrosado y los ojos le brillaban, expectantes. Tenía las manos manchadas de harina y el delicioso olor que flotaba por toda la sala indicaba que había estado horneando pan.

—Mi día ha estado bien —contestó, limpiándose las manos en el mandil—. Algo solitario, pero provechoso. He terminado de arreglar el huerto y he bajado al pueblo a comprar algunas provisiones que hacían falta. Lo he… lo he apuntado en tu cuenta.

Naruto también sonrió tras ese comentario.

—Por supuesto. Compra todo lo que necesites.

Hinata sintió que se le aceleraba el corazón, no sabía si por aquella sonrisa o por su tono de voz, de pronto cálido y amable. Se armó de valor y aprovechó aquel momento para preguntarle por los paquetes, rezando para que no la tildara de entrometida.

—¿Qué has traído?

Y por segunda vez en esa tarde, Hinata sorprendió en su esposo un gesto nada habitual en él. Su sonrisa se volvió misteriosa y los ojos cobalto destellaron con un brillo divertido.

—Este paquete grande es una sorpresa —dijo, con lo que Hinata casi se cayó de espaldas—. Y este pequeño es para el baño que te prometí.

Le tendió el paquete y ella lo cogió presta, deseosa de averiguar lo que contenía. Lo desenvolvió con el entusiasmo de una niña pequeña y Naruto disfrutó de su expresión, conteniendo el impulso de acercarse por su espalda y abrazarla por la cintura mientras lo hacía.

—¡Una pastilla de jabón, colonia y un cepillo! —exclamó Hinata, girándose hacia él con los ojos maravillados.

—Y si aún te queda algo de esa jojoba, puedes usarla también. Me gusta como huele.

Hinata enrojeció. Recordaba perfectamente cuándo había olido él su pelo. El día anterior, cuando la había montado en su caballo para llevarla hasta la cabaña.

—Muchas gracias —susurró, apretando sus regalos como si se trataran de un auténtico tesoro.

El vaquero le hizo una reverencia con la cabeza aceptando su agradecimiento, con una sonrisa que consiguió que el estómago de Hinata hormigueara. ¡Vaya si era guapo! reconoció. Y más cuando era capaz de sonreír así.

—¿Nos vamos? —le preguntó, volviéndose a colocar el sombrero.

Hinata corrió a recoger sus cosas y enseguida salieron de la cabaña rumbo a la poza. Naruto montó sobre Kyuubi y la miró desde lo alto del caballo sin perder la sonrisa.

—¿Quieres ir detrás o sobre mi regazo?

Hinata inspiró con fuerza al recordar la sensación de ir sentada sobre las piernas de Naruto. Volvió a ruborizarse y estrujó sin darse cuenta el hatillo que había preparado para su aseo.

—¿Y bien?

Había cierto deje burlón en el tono de Naruto, como si supiera lo que ella estaba pensando. ¿Creía acaso que se amilanaría? Vaquero presuntuoso. Levantó el mentón y le miró directamente a los ojos antes de contestar.

—Iré en tu regazo, si no te importa.

—No me importa —dijo él, extendiendo su mano para ayudarla a montar—. Pero debes prometer que no golpearás mis costillas. Tienes mucha fuerza, mujer.

Hinata se mordió la lengua para no arremeter contra él por olvidarse de nuevo de su nombre. Era imposible, jamás conseguiría que dejara de llamarla mujer. Pero no quería estropear el momento poniéndose a la defensiva. Naruto parecía muy accesible y lo último que deseaba era que se encerrara en sí mismo otra vez.

Aceptó la mano que le ofrecía y montó, acomodándose entre sus brazos.

—¿Por qué quieres ese baño? —preguntó él, acercando su nariz al cuello de Hinata—. Hueles a pan recién horneado… Dan ganas de comerte.

Ella se echó hacia atrás y colocó una mano en el pecho del hombre en actitud defensiva. De pronto se habían disparado todas sus alarmas y el corazón se le había desbocado en el pecho. ¡Por todos los cielos, los ojos cobalto del vaquero de verdad parecían querer comérsela!

—También huelo a tierra del huerto y a sudor —musitó ella, temblando.

¿Qué estaba sucediendo? ¿No quería seducirle? ¿No quería que por fin se comportara como un auténtico marido? Bien, pues ahí lo tenía. Y de pronto a ella la invadía la timidez. ¡Maldita fuera!

Otra vez la sorprendió con aquella risa grave y sincera. Él cogió la mano que ella apretaba contra su pecho y se la llevó a los labios para besarle los dedos. Una intensa sacudida le recorrió el brazo y bajó por sus pechos hasta sus ingles, estremeciendo todo su cuerpo.

—Si la dama desea un baño, un baño tendrá.

Naruto volvió a reírse y espoleó a Kyuubi, que salió al trote en dirección a las montañas.

Aquello era el paraíso. Hinata observó el remanso de agua entre la hierba alta y verde y supo por qué aquel lugar era uno de los preferidos de Naruto. Un riachuelo serpenteante y cristalino bajaba de las montañas para morir en aquella poza. Al escuchar el rumor del agua, Hinata alzó la vista hasta el rostro de Naruto con una gran sonrisa.

—Es precioso —le dijo.

Él no pudo dominar el impulso de acariciar su mejilla con los dedos. Ella sí que era preciosa. ¿Cómo podía haber tenido tanta suerte? No quería una esposa y le tocaba la más dulce, la más bonita.

—¿Por qué de pronto eres tan amable? —le espetó ella echándose hacia atrás, arqueando una ceja.

Y la más peleona también, pensó divertido.

—¿Lo soy?

—No te hagas el tonto —le advirtió, clavándole un dedo en el pecho. Un pecho duro y caliente, según pudo comprobar.

Naruto se echó a reír, aguantando el impulso de besarla. Sus ojos perlas lo desafiaban como los de ninguna otra mujer y tenerla allí sentada sobre su regazo, suave y tibia, lo estaba matando. La cogió por la cintura y la bajó del caballo con cuidado, alejando de él la tentación.

—Será mejor que te des tu baño antes de que se haga de noche.

—¿Y tú? —preguntó ella, poniéndole una mano sobre el muslo.

Naruto bajó los ojos hasta esa mano pequeña y tierna que lo tocaba con esa confianza, ignorando lo que le hacía sentir. Su corazón empezó a latir mucho más deprisa y sintió que todo su cuerpo se endurecía. Si ella movía esa mano en una caricia lenta hacía arriba…

¡Dios! ¿Qué estaba pensando? Hinata no estaba provocándolo adrede, ¿verdad? No, no podía ser.

—Te dejaré… —tuvo que aclararse la garganta antes de proseguir, pues sus emociones le enronquecían el habla—, te dejaré algo de intimidad —al ver que ella agrandaba los ojos y miraba en derredor, preocupada, se apresuró a aclarar—. Estaré cerca por si me necesitas, no te apures.

Hinata asintió con la cabeza, un tanto decepcionada. ¿Por qué? ¿Acaso había albergado la idea de que Naruto tomase aquel baño con ella? Se le erizó la piel de todo el cuerpo al pensarlo. Había sido muy agradable ir sentada en su regazo durante el breve trayecto y tal vez pensó… ¡oh, qué idiota! Su esposo estaba siendo amable y nada más. Eso no significaba que la quisiera como mujer de buenas a primeras. Iba a resultar muy complicado vencer el rechazo que había sentido hacia ella desde el principio. Aunque… había dicho que quería comerla, ¿verdad? Eso no se lo había inventado. ¿Había sido solo una broma porque olía a pan?

Estaba muy confundida. Inspiró con fuerza y se dio la vuelta para adentrarse en la maleza que rodeaba la poza. Pronto, la belleza de aquel paraíso la atrapó, consiguiendo que su mente se relajara y dejara de pensar en cosas imposibles.

Sentía la presencia de Naruto muy cerca, pero no podía verle.

Se desnudó del todo, abrió el hatillo que llevaba y cogió la pastilla de jabón. Cuando introdujo los pies en el agua, contuvo la respiración.

Estaba fría tal y como le había indicado el vaquero. Helada. Pero aquello no iba a detenerla. Avanzó un poco más, apretando los dientes, hasta que el agua le llegó a los muslos. Entonces, se sumergió por entero, lanzándose de cabeza.

Naruto, escondido entre los matorrales, la perdió de vista un momento y se preocupó. Pero al instante ella volvió a emerger de las profundidades. ¡Parecía una sirena! Su cuerpo ardía por acudir al encuentro de la mujer, la entrepierna le dolía deseando tomar lo que ahora era suyo por derecho.

No, se dijo, bajando los ojos al suelo. No lo quería así. Hinata era especial, había sufrido mucho y no había tenido un recibimiento como se merecía. Tenía que seducirla, tenía que lograr que lo deseara tanto como él a ella, no porque fuera su marido, sino porque todo su cuerpo lo reclamara como el único hombre capaz de saciar sus anhelos.

La observó de nuevo. Se enjabonaba la gloriosa melena negra azulada y él podía apreciar el perfil de uno de sus pechos, con el pezón erecto, tentándole como si se tratara del fruto prohibido del paraíso. ¿Cómo sería atrapar aquella cima rosada y endurecida con los dientes?

¿Cómo de suave sería el tacto de aquella piel entre sus manos?

Apretó la mandíbula y se giró para no seguir mirándola. Era demasiado. Demasiado para cualquiera.

Poco después, escuchó el chapoteo de sus piernas saliendo al fin de la poza.

—¿Naruto? —lo llamó.

Acudió presto a su reclamo. Como un imbécil enamorado, reconoció cuando las prisas lo hicieron tropezar con unas ramas del suelo. Al llegar junto a ella, comprobó que se había enrollado el cuerpo con una toalla y la melena mojada le caía sobre un hombro desnudo.

Aunque tenía las mejillas sonrosadas, sus labios aparecían ligeramente morados y a duras penas pudo contener el impulso de aplastar los suyos contra la boca femenina para transmitirle todo su calor.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó, colocándose las manos a la espalda para evitar agarrarla como estaba deseando.

—Ha sido vigorizante.

—¿Necesitas ayuda?

—No. Es solo que me gusta tenerte cerca. Me siento más segura.

No supo por qué aquellas palabras le agradaron tanto. Viniendo de una mujer tan independiente como Hinata, se sintió halagado. Su ego masculino se infló como un pavo.

—Bien. Me giraré para dejarte intimidad.

Ella se lo agradeció con una sonrisa que acabó de hechizarlo.

¡Era lo más atractivo que había visto en mucho tiempo! La sintió vestirse, oía cómo la ropa rozaba contra su piel y se dio cuenta de que seguía apretando los dientes. Aquello era un sufrimiento constante. Un poco más, pensó, después de la fiesta. Para entonces, ella solo querría acostarse con él. No porque él fuese el único que había quedado soltero cuando apareció. No porque Jiraiya los hubiese obligado a casarse. Querría acostarse con él porque iba a conseguir que lo deseara con cada fibra de su ser.

El camino de regreso fue toda una tortura. Hinata se apretaba contra su cuerpo buscando calor y él guiaba a Kyuubi intentando centrarse solo en el camino. Sería tan fácil enterrar la cara en su cuello y comenzar a besarla despacio, como estaba deseando. Tenía la certeza absoluta de que ella no se le resistiría, de que abriría sus labios dispuesta a recibir sus atenciones. Y podría continuar acariciándola suavemente, por encima de la ropa, para luego introducir la mano entre la tela hasta encontrar su piel y sentir cómo se estremecía…

— Naruto, vuelves a apretarme demasiado —se quejó ella de pronto.

Era cierto. Sin darse cuenta, mientras imaginaba la manera más placentera de asaltar sus sentidos, había cerrado sus brazos en torno a ella en actitud posesiva.

—Perdona —dijo, relajando su abrazo pero sin soltarla.

Hinata miró al frente para que no pudiera ver la sonrisa de satisfacción que no podía esconder. Él la deseaba. Podía sentir lo tenso que se encontraba, su respiración contra la sien, más fuerte de lo normal. Y aquella dureza que era incapaz de ignorar bajo sus muslos, cada vez más caliente y más hinchada.

Casi lamentó que llegaran tan rápido a la cabaña, porque estaba convencida de que Naruto había hecho un esfuerzo supremo por contener su pasión y estaba a un paso de perder todo su dominio. ¡Y ella estaba deseando que lo perdiera!

Desmontaron y el vaquero continuó sosteniéndola por la cintura.

Hinata se alegró íntimamente de que no la soltara. Estaba pletórica.

Se sentía femenina y por primera vez desde que llegara, veía el interés de su marido hacia ella. Lo cierto era que se estaba esforzando y, aunque no fuera muy hábil con las palabras, apreciaba mucho más sus gestos y sus atenciones.

—Ahora te daré el otro paquete. Espero que te guste —susurró él inclinándose hacia su oído.

A Hinata se le erizó la piel del cuello al sentir su aliento rozándole la oreja. ¡Por todos los santos! ¿De dónde había salido ese hombre? ¿Qué habían hecho con su arisco marido? Parecía empeñado en complacerla a cada instante. Desde luego, si a partir de ese momento iba a ser así, estaría encantada de corresponderle.

—¿Qué es? —logró preguntar saliendo de su nube de felicidad momentánea.

—Ya te lo he dicho antes… Una sorpresa.

Entraron y Naruto recogió el paquete que antes había dejado olvidado sobre la mesa. Se lo entregó y Hinata admiró el brillo intenso de sus ojos cobalto. ¿Estaba emocionado? Así parecía. Algo tocó en ese momento su corazón, antes incluso de abrir el enigmático paquete. Era un soplo cálido de ternura. Era un bienestar que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

—Muchas gracias —susurró, con emoción contenida.

—Aún no sabes lo que es.

—No importa. Sea lo que sea, me encanta.

Naruto sonrió con una calidez que a ella la quemó por dentro. Su expresión reflejaba un sentimiento que no quiso identificar por miedo a equivocarse. Pero una cosa sí estaba clara: a él le complacía verla tan feliz.

Abrió el paquete con manos temblorosas. Esta vez no sentía la urgencia de una niña pequeña ante su sorpresa. Quería saborear cada instante porque era consciente de lo importante que era ese momento para ambos. Se estaba creando un vínculo entre ellos, estaban abriéndose el uno al otro y se estaba consolidando la base de su matrimonio.

Cuando retiró el papel marrón que envolvía el paquete, pudo admirar una suave tela azul de seda. Sabía lo que era, a pesar de haber vislumbrado apenas una parte del contenido. Dejó el paquete sobre la mesa con cuidado y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Por qué era tan estúpida? Pensó. No podía evitarlo. Aquel era un detalle muy tierno para el que no se había preparado.

—¿No te gusta? —preguntó Naruto, confundido al ver su reacción.

Él mismo sacó el fabuloso vestido de la envoltura y lo extendió ante sus ojos para que pudiera admirarlo. Hinata no se atrevía ni a tocarlo. Era precioso. Sin duda, otra de las creaciones de Ino. El hecho de que Naruto hubiese claudicado y no solo le permitiese usar esos vestidos, sino que además le regalase uno, decía mucho más que cualquier palabra de amor que pudiera salir de su boca.

—Bueno, si no es de tu agrado, tal vez pueda pedirle a Ino…

Hinata le colocó una mano sobre la boca para hacerle callar.

Odiaba haberle dado una impresión equivocada, parecía en verdad consternado.

—Shhh, calla. Me encanta, Naruto. Es el vestido más maravilloso del mundo.

Naruto no podía entenderla. Aquello era mucho más complicado de lo que imaginó en un principio. Ella retiró la mano que había colocado sobre sus labios y se acercó a él. Se puso de puntillas para alcanzarle y le besó en la boca, muy despacio. Luego elevó los brazos y se abrazó a su cuello, apretando el cuerpo contra el suyo.

Naruto gruñó interiormente ante aquel atrevimiento. Esa pequeña osada estaba poniendo a prueba toda su fuerza de voluntad.

Quería abrazarla a su vez, apretarla aún más y que fuera muy consciente de lo que su audaz maniobra le hacía sentir. Pero estaba seguro de que si hacía eso, si le plantaba las manos en las nalgas y le metía la lengua en la boca, no podría parar. Y entonces no podrían ir al baile, y no podría seducirla hasta que se volviera loca de deseo por él. Aquel beso era sin duda una forma de agradecer el regalo; si él reaccionaba de la forma salvaje que estaba imaginando, la asustaría.

Y por Dios que hizo un esfuerzo hercúleo por controlarse. ¡Ella era tan dulce, tan incitante, tan suave!

La joven notó que él no le devolvía el beso y se separó un poco, con las manos aún entrelazadas detrás de su cuello. Los ojos de su marido estaban velados y oscuros, contradiciendo su falta de reacción.

Le había gustado, seguro. Entonces, ¿por qué no la correspondía?

—Será mejor que vayas a vestirte —murmuró él, con la voz enronquecida—. La fiesta comenzará dentro de poco. Yo iré a desensillar a Kyuubi…

Le entregó el vestido y salió de la cabaña más tieso que un palo.

Hinata no lo entendía, porque estaba convencida de que la deseaba. Ella aún estaba temblando por ese breve contacto. ¡Qué bien sabía ese hombre! Qué labios más calientes y qué pecho tan duro. Por no hablar de aquella otra dureza que había podido sentir perfectamente contra su estómago.

Puso el vestido delante de sí y lo admiró una vez más. Era exquisito. Lo apretó contra su pecho y luego se lo llevó a la cara para aspirar su aroma. Olía a nuevo, olía a esperanza… A la ilusión de que su vida por fin estaba tomando el rumbo que ella deseaba. Sí, aquello era más que un vestido, era un billete de ida hacia la felicidad que tanto anhelaba. Lo usaría esa misma noche y pondría un especial cuidado en su aspecto, quería estar fabulosa. Presentía que aquella iba a ser definitivamente su noche de bodas y temblaba de excitación.

¿Tal vez por eso él no había reaccionado al beso? ¿Se estaba reservando? ¿Quería que aquella noche fuera especial? Solo de pensarlo, se estremeció de placer y notó un calor nuevo y excitante que le bajaba desde el estómago hasta sus partes más íntimas. Se sonrojó. Jamás había experimentado nada igual. Y se dio cuenta de que deseaba a Naruto Uzumaki como no había deseado nada antes en su vida.

Continuará...