Capítulo 16
Esa noche, encadenado en la húmeda y fría mazmorra, Corazón de Hierro comprendió que lo había perdido todo. Su pequeño había desaparecido, su esposa estaba desesperada, el reino indefenso, y él sería ejecutado antes de que amaneciera. Una sola palabra le salvaría. Pero esa misma palabra le convertiría de nuevo en barrendero y mataría a la princesa Solace. No le importaba cómo acabara su vida, pero no podía ser el instrumento de la muerte de su esposa. Porque durante los seis años de su matrimonio había sucedido una cosa extraña y maravillosa: se había enamorado de su mujer...
De Corazón de Hierro
A la mañana siguiente, al bajar las escaleras, Kate sorprendió a dos doncellas. Estaban la una junto a la otra, cuchicheando furiosamente. Al oír sus pasos se separaron de un salto y la miraron.
Kate levantó la barbilla.
—Buenos días.
—Señorita. —La más mayor se recobró antes e hizo una rápida reverencia antes de escabullirse con su amiga a toda prisa.
Kate suspiró. Los sirvientes estaban conmocionados por lo sucedido la noche anterior, como era lógico. Carlisle había despertado a toda la casa al llegar tambaleándose a la puerta, con la cara chorreando sangre. Se había empeñado en que su hermana no mandara avisar a un médico, pero por una vez Kate había impuesto su voluntad. La sangre y la apatía de su hermano le habían dado un susto de muerte. No había visto a lord Vale, pero por lo poco que había oído aquí y allá, oyendo al médico y a los criados, había deducido que el vizconde estaba aún en peor estado.
Kate ansiaba poder acercarse de puntillas a la casa de al lado para hablar con lady Esme. Sentarse y lamentarse con ella. Lady Esme siempre parecía saber qué debía hacerse exactamente en cualquier situación dada, y era una de esas mujeres que todo lo resolvían. Suponiendo, claro está, que aquel problema tuviera solución. Mucho se temía ella, sin embargo, que no volvería a hablar con lady Esme. Dudaba de que hubiera una norma de etiqueta a propósito para aquella situación. Cómo acercarse a una dama a cuyo prometido tu hermano ha dado una paliza mortal. Era muy embarazoso.
Entró en el comedor con el entrecejo fruncido. La noche anterior Carlisle apenas había abierto la boca, y ella sabía por los sirvientes que esa mañana no había salido de su habitación. Tenía el comedor para ella sola y sus cavilaciones. Lo cierto era que se sentía sumamente sola desde su llegada a Inglaterra. Habría deseado tener a alguien en quien confiar. Pero Carlisle no le hablaba, y los demás habitantes de la casa eran criados.
Alargó el brazo para coger una silla y de pronto una mano de hombre la retiró. Entonces levantó la mirada (hasta muy arriba) y se encontró con la cara de Garrett, el lacayo.
—Oh, no le había visto.
—Sí, señorita —dijo él con formalidad, como si no le hubiera hablado con toda confianza hacía apenas un par de semanas.
Había otro lacayo en la habitación, naturalmente, y el mayordomo rondaba por allí. Kate se sentó sintiéndose un poco deprimida. Miró el mantel que se extendía delante de ella y procuró refrenar las lágrimas que de pronto habían acudido a sus ojos. Aquello era una estupidez. Ponerse a llorar como un bebé sólo porque un criado no la trataba como a una amiga cuando más falta le hacía...
Miró la mano grande y enrojecida de Garrett mientras éste servía el té.
—Me pregunto... —Se interrumpió, pensando a toda velocidad.
—¿Sí, señorita? —Su voz era tan bonita, con ese leve acento gutural que la suavizaba...
Kate levantó la vista y se encontró con sus ojos verdes.
—El postre preferido de mi hermano es la confitura de manzanas silvestres, y hace años que no la come. ¿Cree que sería posible comprar un poco?
Los ojos verdes de Garrett parpadearon. Tenía verdaderamente unas pestañas preciosas y larguísimas, casi como las de una chica.
—No sé si habrá confitura de manzanas silvestres en la tienda de comestibles, señorita, pero puedo ir a ver...
—No, usted no. —Sonrió dulcemente al otro lacayo, un hombre patizambo que observaba su conversación con ojos muy abiertos y deslustrados —. Prefiero que vaya usted.
—Sí, señorita —dijo el otro lacayo. Parecía confuso, pero estaba bien enseñado. Hizo una reverencia y salió, presumiblemente en busca de la confitura de manzanas silvestres.
Y Kate se quedó a solas con Garrett.
Bebió un sorbito de té (estaba demasiado caliente y normalmente lo dejaba enfriarse un minuto) y dejó la taza con cuidado sobre la mesa.
—No le había visto desde que volvimos del campo.
—No, señorita.
Ella torció un poco la taza.
—Acabo de darme cuenta de que ni siquiera sé su nombre.
—Garrett, señorita.
No me refería a ése. —Arrugó la nariz, mirando la taza—. Sino al otro. A su nombre de pila.
—Gil, señorita. Gil Garrett. Para servirla a usted.
—Gracias, Gil Garrett.
Cruzó los brazos sobre el regazo. Él permanecía a sus espaldas como un buen lacayo, listo para servirle lo que necesitara. Pero lo que Kate necesitaba no estaba en la mesa, ni en el aparador.
—¿Vio... vio a mi hermano anoche?
—Sí, señorita.
Ella miró el cesto de bollos que había en medio de la mesa. La verdad era que no tenía hambre.
—Supongo que en la cocina no se habla de otra cosa.
Él carraspeó, pero no dijo más, y Kate se lo tomó como un sí rotundo.
Suspiró melancólicamente.
—Fue bastante espectacular que entrara tambaleándose y se derrumbara en el vestíbulo. Creo que no había visto tanta sangre en toda mi vida. Estoy segura de que su camisa quedó inservible.
Oyó un susurro de tela a su espalda y un instante después apareció el brazo de Garrett, envuelto en su levita verde. Cogió el cesto de bollos.
—¿Le apetece un bollo? La cocinera los ha hecho esta misma mañana.
Kate le vio escoger uno y ponérselo en el plato.
—Gracias.
—De nada, señorita.
—Es que no tengo a nadie con quien hablar de ello —dijo ella atropelladamente, mirando el solitario bollo de su plato —. Que mi hermano se peleara así con lord Vales es... es muy desconcertante.
Gil se acercó al aparador y llevó a la mesa una fuente de huevos revueltos.
—Hizo usted algunas buenas amigas en esa fiesta campestre a la que fue, ¿no, señorita?
Ella se volvió para mirarle mientras Garrett le servía huevos. El no la miró a los ojos.
—¿Cómo lo sabe?
El se encogió de hombros. Tenía las mejillas sonrojadas.
—Cosas que se dicen en la cocina. Coma un poco de esto. —Le entregó el tenedor.
—Supongo que se refieren a las hermanas Denali. —Ella comió distraídamente un bocado de huevos revueltos —. Seguramente, después de lo de anoche, no querrán volver a verme.
—¿Está segura?
Kate clavó el tenedor en el montoncillo de huevos amarillos y tomó otro bocado.
—Dudo de que vuelvan a recibirnos en sociedad.
—Serían afortunados si la tuvieran en una de sus fiestas de alto copete —dijo Garrett tras ella.
Kate se giró para mirarle.
—Si no le importa que se lo diga, señorita.
—No, no me importa. —Le sonrió —. Es usted muy amable.
—Gracias, señorita.
Ella se volvió hacia la mesa y bebió otro sorbo de té. Se había enfriado un poco.
Pero, aunque me reciban, no sé si podría hablar de esto con las señoritas Denali. Cuando conversamos, suele ser sobre el tiempo y las distintas clases de sombreros, un tema del que yo sé muy poco, pero del que ellas parecen disfrutar. Y de vez en cuando hablamos también de qué está más rico, si el flan de chocolate o las natillas de limón. Y entre hablar de postres y hablar de que mi hermano intentó matar a un aristócrata hay mucho trecho.
—Sí, señorita. —Volvió a apartarse de ella y se acercó al aparador—. Aquí hay unos arenques deliciosos y un poco de jamón.
—Pero quizá todas las señoras de Londres hablan de lo mismo. —Cogió su tenedor y pinchó el bollo de su plato —. No sé. Soy de las colonias, y allí hacemos muchas cosas de otra manera.
—¿Sí, señorita? —Gil titubeó; luego cogió la fuente de los arenques y se acercó a ella.
—Oh, sí —dijo Kate—. En las colonias no es tan importante el linaje de un hombre.
—¿No? —Puso un trozo de arenque en su plato.
—Mmm. —Ella comió un poquito de pescado —. Eso no significa que las personas no se juzguen unas a otras. Creo que eso pasa en todas partes. Pero se trata más bien de lo que uno consigue en la vida y de si tiene dinero. Y se puede ganar dinero si uno trabaja con ahínco, ¿sabe? Este arenque está buenísimo.
—Se lo diré a la cocinera —dijo Garrett a su espalda —. Pero ¿cualquier hombre, señorita?
—¿Qué? —Le estaba gustando mucho el arenque. Tal vez lo único que necesitaba era un buen desayuno.
—¿En América cualquier hombre puede tener éxito? Kate se quedó callada un momento y miró hacia atrás. Gil tenía una expresión tensa, como si su respuesta le importara muchísimo.
—Sí, creo que sí. A fin de cuentas, mi hermano creció en una cabaña de una sola habitación. ¿Lo sabía usted?
Él negó con la cabeza.
—Pues es cierto. Y ahora se le respeta mucho en Boston. Todas las señoras quieren que vaya a sus fiestas, y muchos caballeros le piden consejo en asuntos de negocios. Naturalmente... —Se volvió para pinchar un trozo más de pescado —, él empezó con el negocio de importación del tío Marcus, pero era una empresa muy pequeña cuando la heredó Carlisle. Y ahora es la más grande de Boston, creo, y todo gracias a su esfuerzo e inteligencia. Y en Boston conozco a muchos otros caballeros de origen humilde que han tenido mucho éxito.
—Comprendo.
—Yo no estoy acostumbrada a la aristocracia inglesa. A personas tan obligadas por el pasado y sus expectativas. No entiendo, por ejemplo, por qué lady Esme ha decidido casarse con lord Vale.
—Son nobles, señorita. Es lógico que se casen entre ellos.
—Sí, pero ¿y si se enamoran de alguien que no lo es? —Kate miró su arenque con el ceño fruncido —. Porque el amor no puede controlarse, ¿verdad? Eso es lo maravilloso. Que una persona pueda enamorarse de alguien completamente inesperado. Romeo y Julieta, por ejemplo.
—¿Quién, señorita?
—Ya sabe. Shakespeare.
—Me temo que no sé quiénes son esas personas.
Ella se volvió para mirarle.
—Pues es una pena. Es una obra muy buena, hasta que llega el final. Verá, Romeo se enamora de Julieta, que es la hija de su enemigo, o, mejor dicho, la hija del enemigo de su familia...
—No parece muy sensato por su parte —comentó Garrett en tono práctico.
—Pero de eso se trata, ¿no? Romeo no puede decidir de quién se enamora, por sensato o insensato que sea.
—Mm —dijo el lacayo. No parecía muy convencido de la naturaleza arrolladora del amor—. ¿Y qué pasa después?
—Bueno, hay varios duelos y una boda secreta y al final mueren.
Él levantó las cejas.
—¿Mueren?
—Ya le he dicho que el final no era muy bueno —contestó Kate, poniéndose a la defensiva —. El caso es que es todo muy romántico.
—Yo creo que vivir es mejor que ser romántico y estar muerto —repuso Garrett.
—Bueno, puede que tenga razón. El amor no parece haber hecho muy feliz a mi hermano.
—Entonces, ¿fue por eso por lo que atacó a lord Vale?
—Supongo que sí. Está enamorado de lady Esme. —Le miró con expresión culpable —. Pero no se lo diga a nadie.
—No lo haré, señorita.
Ella le sonrió, y él le devolvió la sonrisa, y sus hermosos ojos verdes se arrugaron por las comisuras, y Kate pensó en lo cómoda que se sentía con él. Con la mayoría de la gente se pasaba la vida sopesando cada palabra y preocupándose por lo que pensaran de ella. Pero con Garrett podía sencillamente hablar.
Se volvió hacia la mesa para acabar de desayunar, con la tranquilizadora certeza de que Garrett estaba detrás de ella.
Sentada en la salita de estar de su casa, Esme tomaba el té, escuchaba a tante Cristelle y deseaba poder hallarse en otra parte.
—Tienes suerte —proclamó su tía —. Mucha suerte. No sé cómo ese hombre ha podido disimular tan bien sus impulsos asesinos.
«Ese hombre» era Carlisle. Tante Cristelle había decidido, siguiendo un razonamiento lógico que sólo ella entendía, que la terrible pelea de la noche anterior en las escaleras era resultado del carácter violento de Carlisle, liberado súbitamente de sus ataduras.
Los locos son muy astutos, según creo. Y además llevaba unos zapatos muy extraños —añadió tante Cristelle, y bebió pensativamente un sorbo de té.
—No creo que sus zapatos tengan nada que ver, tante —masculló Esme.
—¡Por supuesto que sí! —Su tía la miró indignada —. Los zapatos revelan muchas cosas sobre sus dueños. Un borracho lleva los zapatos sucios y gastados. Una señora de mala reputación los lleva demasiado adornados. Y ese loco asesino lleva unos zapatos absurdos: mocasines de indio salvaje.
Esme metió los pies bajo las faldas. Las chinelas que llevaba ese día estaban, por desgracia, bordadas en oro. Intentó rápidamente cambiar de tema.
—No sé cómo vamos a sobrevivir a las habladurías. La mitad de nuestros conocidos estaba anoche en el pasillo de arriba, viendo cómo el señor Cullen arrojaba a Edward por las escaleras.
—Sí, y eso es muy extraño.
Esme levantó las cejas.
—¿Que todo el mundo estuviera mirando?
—No, no. —La anciana agitó una mano con impaciencia—. Que lord Vale se dejara avasallar de esa manera.
—No creo que...
—El señor Cullen no es tan grande como milord Vale, y sin embargo consiguió vencerle. Me pregunto de dónde sacó tanta fuerza.
—Puede que fuera la fuerza de un loco —masculló Esme con humor sombrío. No quería pensar en la pelea, en el recuerdo de los dos hombres a los que amaba intentando matarse el uno al otro, en la mirada final de Carlisle... Pero era difícil persuadir a tante Cristelle de que cambiaran de tema—. Sé que la boda está arruinada. Tendremos suerte si vienen más de dos invitados.
Tante Cristelle adoptó enseguida la opinión contraria.
—Estas habladurías y este revuelo no son tan terribles. Cabría pensar que las habladurías son siempre malas, pero no lo son en este caso. Muchos irán a tu boda sólo por las murmuraciones. Yo creo que irá mucha gente.
Esme se estremeció y miró la taza que sostenía sobre el regazo. La idea de que todas aquellas personas fueran a su boda sólo con la esperanza de que Carlisle volviera a hacer acto de presencia y arruinara la ceremonia le resultaba terriblemente desagradable. Y lo que era peor: sabía que Carlisle se había desentendido de ella. La mirada de desilusión, de repugnancia, que había visto en sus ojos la noche anterior le había parecido un golpe físico. Sabía que él no querría volver a verla. Lo cual era una suerte, claro. Era mucho mejor cortar por lo sano.
Ojalá pudiera animarse un poco para encarar su futuro. Tenía marcado aquel camino antes incluso de nacer. Era una aristócrata, hija y hermana de condes, una mujer de linaje y elevada cuna. Lo único que se esperaba de ella era que se casara convenientemente, que tuviera hijos y respetara las normas del mundo en el que vivía. No era una tarea tan difícil, y hasta ahora nunca se la había cuestionado. Había sido una buena esposa y una buena madre. ¿Acaso no había llevado las riendas de la familia, a pesar de tenerlo todo en contra? ¿Acaso no había encontrado un segundo marido tan conveniente como el primero? Y si no había fidelidad en su matrimonio, si su amor no era pasión, sino cariño fraternal, era lo que cabía esperar. Sólo una necia rechazaría aquel camino a esas alturas.
Sólo una necia.
Esme se mordió el labio y miró su taza de té frío mientras tante Cristelle seguía hablando monótonamente frente a ella. A pesar de que se reprendía una y otra vez, no podía evitar llorar a un hombre que no pertenecía a su mundo. Carlisle la había mirado y la había visto de verdad. Era el primer hombre en su vida, y posiblemente el último, que había hecho aquello. Y lo más prodigioso de todo era que no había retrocedido asustado. Había visto su mal genio, su poco femenina fortaleza de ánimo, y había afirmado que le gustaban. Con razón ella seguía llorándole. Una aceptación tan completa resultaba embriagadora.
Seguía siendo una necia.
Esa tarde, mientras caminaba por las calles de Londres, la gente le miraba. Le miraban de soslayo y apartaban luego la mirada rápidamente, sobre todo si se tropezaban con sus ojos. Se había visto en el espejo esa mañana y sabía por qué le miraban con la boca abierta: un ojo morado, una brecha y el labio hinchado, y varios hematomas en la mejilla y la mandíbula que empezaban a ponerse cárdenos. Sabía por qué le miraban, y aun así lo odiaba. Nunca pasaba desapercibido en medio de una multitud (a fin de cuentas llevaba mocasines), pero ese día le miraban como si fuera un demente.
Ése era el primer problema. El segundo era que lamentaba que Vale no le acompañara. Era una estupidez, lo sabía, pero así era. Se había acostumbrado a la ingeniosa charla del vizconde y a su sardónica visión del mundo, y aunque sentía repulsión por él, también le echaba de menos. Además, habría sido útil tener quien le cubriera las espaldas.
Miró hacia atrás para ver si alguien le seguía y se metió por un angosto callejón. Tuvo que detenerse un momento y apoyarse en una pared mugrienta, llevándose la mano al costado. Notaba un pinchazo allí. Seguramente tenía fracturadas una o varias costillas. A Kate le daría un ataque si se enteraba de que se había levantado. Su hermanita se había mostrado sorprendentemente terca la noche anterior, en su insistencia de que le viera un médico. Y él había acabado cediendo a sus ruegos. ¿Qué importancia tenía, cuando el mundo se había desplomado sobre él?
Se asomó a la esquina de la pared en la que estaba apoyado y echó a andar de nuevo, haciendo caso omiso del dolor constante de sus costillas. Sólo le quedaba una cosa por resolver; luego podrían abandonar aquella maldita isla y regresar a casa.
Aquella parte de Londres era tranquila y estaba casi limpia: los olores que asaltaban sus fosas nasales eran como un ruido sordo que apenas le molestaba. Enfiló Starling Lane. Los edificios que flanqueaban la calle eran de ladrillo más nuevo, posiblemente posterior al gran incendio.
A pie de calle había pequeños talleres y tiendas, minúsculos y oscuros escaparates mostrando sus mercancías. Por encima de ellos había viviendas, seguramente de los dueños de los negocios.
Abrió la puerta de una pequeña sastrería. El local estaba en penumbra, tenía el techo bajo y olía a polvo. No vio a nadie dentro. Se volvió y cerró la puerta.
—¡Un momentito, señor, se lo ruego! —gritó una voz de hombre desde la trastienda.
La tienda era en realidad muy pequeña; seguramente la parte más grande estaba ocupada por la trastienda, donde se haría todo el trabajo. Había estanterías con rollos de tela y un solo chaleco expuesto en un perchero. El chaleco estaba bien cosido y parecía resistente, pero la tela no era de las mejores. Aquello indujo a Carlisle a pensar que posiblemente el sastre proveía de trajes a comerciantes, médicos y abogados, en lugar de a caballeros de más elevada fortuna. Había un mostrador alto y, detrás de él, una puerta abierta. Carlisle se deslizó detrás del mostrador y se asomó a la puerta. Como sospechaba, la trastienda era mucho más grande. La mayor parte del espacio estaba ocupado por una larga mesa repleta de piezas de ropa sueltas, lápices de marcar, bobinas de hilo y patrones. Dos muchachos cosían sentados a ella con las piernas cruzadas mientras un hombre más mayor y calvo se inclinaba sobre una pieza de tela que iba cortando rápidamente con unas tijeras.
El hombre levantó la vista, pero no dejó de cortar.
—Sólo será un momento, señor.
—Puedo hablar mientras trabaja —dijo Carlisle. El hombre pareció desconcertado.
—¿Señor? —Su mano volaba sobre la tema como si tuviera vida propia.
—Quería hacerle unas preguntas. Sobre un antiguo vecino suyo. El sastre titubeó un segundo, observándole.
Carlisle sabía que los hematomas no le favorecían.
—Aquí al lado había antes un taller de calzado.
—Sí, señor. —El sastre volvió la tela y siguió cortando.
—¿Conocía usted a Dick Thornton, su propietario?
—Podría ser. —El sastre se inclinó sobre su tarea como si quisiera esquivar la mirada de Carlisle.
—El padre de Thornton llevó el negocio antes que él, según tengo entendido.
—Sí, señor. Era el viejo George Thornton. —El sastre dejó las tijeras, quitó la tela de la mesa y puso en su lugar otra pieza, alisándola—. Un buen hombre. La tienda sólo llevaba abierta un año, poco más o menos, cuando falleció. Aun así, en esta calle se le echó mucho de menos.
Carlisle se quedó parado un momento.
—¿El viejo Thornton acababa de abrir la tienda? ¿No estaba aquí antes?
—No, señor, nada de eso. Vino de otra parte.
—De Dogleg Lane —terció de pronto uno de los hombres que cosían.
El maestro le taladró con la mirada por debajo de las cejas, y el joven agachó la cabeza y siguió con su labor.
Carlisle apoyó la cadera en la mesa y cruzó los brazos.
—¿Dick había vuelto ya de la guerra en las colonias cuando murió su padre?
El sastre sacudió la cabeza una sola vez.
—No, señor. Pasó otro año, más o menos, antes de que Dick volviera a casa. Su mujer, la nuera de George, llevó la tienda hasta su vuelta. Era una buena chica, pero no muy lista, usted ya me entiende, señor. Las cosas no iban bien cuando Dick regresó, pero él pronto cambió las tornas. Dick sólo estuvo aquí un par de años; luego se compró una tienda más grande no sé dónde.
—¿Conocía usted a Dick antes de que volviera de la guerra? ¿Le había visto?
—No, señor. —El sastre frunció el ceño mientras cortaba diestramente un óvalo perfecto en la pieza de tela—. Pero no me perdí gran cosa.
—Thornton no le era simpático —murmuró Carlisle.
—Ni a él, ni a muchos de por aquí —masculló el sastre sentado.
El maestro se encogió de hombros.
—Ponía buena cara, siempre sonriendo, pero yo no me fiaba de él. Y su mujer le tenía miedo.
—¿Sí? —Carlisle se miró los mocasines mientras hablaba. Si lo que sospechaba era cierto, la señora Thornton debía de haber mostrado mucho más que miedo —. ¿Se comportaba de forma extraña?
—No, pero de todos modos la vimos muy poco después de la vuelta de Dick.
Carlisle levantó la vista bruscamente.
—¿Qué quiere decir?
—Se murió, ¿no? —El sastre le miró a los ojos con astucia antes de volver a clavar la mirada en la tela —. Se cayó por las escaleras y se rompió el cuello. O eso dijo su marido.
Los sastres sentados sacudieron la cabeza para mostrar lo que pensaban al respecto.
Un fuerte estremecimiento de euforia recorrió a Carlisle. Era aquello, lo sabía. Dick Thornton no era quien decía ser. El prisionero Newton agazapado bajo una carreta mientras la batalla arreciaba a su alrededor. Newton mirando a Sam a los ojos desde su escondite. Newton sonriendo y guiñándole un ojo. Eso era lo que Carlisle había recordado la noche anterior, mientras se abría paso entre el gentío, en la fiesta de Esme.
El modo en que Newton solía sonreír y
guiñar un ojo, como ahora sonreía y guiñaba un ojo Dick Thornton. Newton el prisionero había ocupado de algún modo el lugar de Thornton.
Había ocupado su lugar y ahora vivía su vida.
Diez minutos después, Carlisle abrió la puerta de la pequeña sastrería y salió. Casi había acabado. Sólo tenía que enfrentarse a Dick Thornton (o al hombre que se hacía pasar por él) y volver a casa. Así acabaría un año de pesquisas. Los muertos de Spinner's Falls descansarían por fin en paz.
Pero, mientras regresaba a su casa de Londres, Carlisle comprendió que jamás volvería a estar en paz. Su cuerpo podía regresar a Boston, pero su corazón se quedaría para siempre en Inglaterra.
Había llegado a las cuadras de detrás de la casa. Titubeó, pasó de largo por su puerta y se acercó a la verja que daba al jardín de Esme. Estaba cerrada, claro, pero escaló el muro, moviéndose con algo más de lentitud de lo que habría querido por culpa de sus costillas. El jardín estaba desierto. Las margaritas florecían a ambos lados del camino, y los árboles ornamentales empezaban a cambiar de color. Veía la parte de atrás de la casa y las ventanas que se sucedían en las plantas superiores. Una de ellas era la de Esme. Tal vez en aquel mismo momento ella le estaría mirando.
Era consciente de que se estaba portando como un necio colándose en el jardín de la mujer que le había rechazado. Se sentía avergonzado, y furioso por estarlo. Pronto tendría que volver a casa y prepararse para cenar con Kate, pero se quedó allí un poco más, mirando la casa de Esme mientras su corazón dolorido palpitaba en silencio: ojalá... ojalá... ojalá...
Cerró los ojos. Había tomado una decisión. No podía marcharse así. Tenía que hablar con ella. Pero ése no era el momento. Para lo que quería, tendría que esperar a que se hiciera de noche. Así que volvió a mirar aquella ventana, dio media vuelta y salió del jardín. Esperaría su oportunidad. Aguardaría pacientemente.
A que cayera la noche.
