Jueves 18 de Junio 2015

Denver

Quinn Fabray

14

—¡Por amor de Dios, ¿Qué diablos llevas en éstas cajas?!

—¡Te he dicho que no las muevas! Es la vajilla, así que déjalas ahí. Ya las colocaremos Robert y yo cuando venga.

—¿Robert? A ese querría ver yo aquí. Tanto músculo para nada… ¿De verdad pensabas dejar los platos de porcelana en el suelo? Con los bestias que tienes por albañiles entrando y saliendo sin parar, y sin fijarse en nada.

—Los quitará mañana cuando venga, así que deja de coger cajas de 20 kilos y no te quejes más. Por Dios, me va a estallar la cabeza.

—¿Encima que te ayudo? Mocosa, aquí quien tiene que estar es tu querido Supermán, pero mira tú por donde… No está. ¿O sí? Porque yo no lo veo… Por ningún lado.

—¡Está trabajando!—le repliqué por quincuagésima vez.

—¿Trabajando a las 7 de la tarde?¿Es que es tan tonto que trabaja más que ninguno de sus compañeros? Espero que esté ganando mucho dinero, porque si no entiendo por qué…

—¡Frann!—le grité cansada de su voz. Sí, no solo de sus quejas, sino de su voz estridente resonando continuamente a mí alrededor.

—¿Qué?

—¡Basta! ¿Ok? Basta—le deletreé con toda la intención del mundo y amenazándola con la mirada—Se acabó, no quiero volver a escuchar una sola queja más, porque si lo hago, te juro que te prohíbo la entrada en mi casa hasta el día que me case.

—¿Te vas a casar?—balbuceó con la sorpresa instalada en su rostro.

—¡No! Es un decir… No quiero escucharte más. No has parado de recriminar y de quejarte desde que hemos entrado en la casa. Y de eso hace ya casi dos horas. Me va a estallar la cabeza por tu culpa, y luego tendrás que darles explicaciones a papá y mamá. Ah, y Robert cuando se enfada da miedo.

—No eres más idiota porque no estudias—masculló dejando la última de las cajas sobre la encimera de la cocina— Estoy aquí ayudándote cuando debería estar él, ¿y así me lo pagas? Perfecto mocosa, no volveré a echarte una mano en tu…

—¿Te tienes que quejar de todo mientras me ayudas?—la interrumpí—¿Todo te parece mal? Ni siquiera me has dicho que te parece el color de las paredes, o las lámparas… No, tú solo quejarte de que Robert no está aquí para levantar las jodidas cajas… ¡Pesada!

—¿Y qué quieres que haga? Si no me quejo exploto, y no me puedo quejar de otra cosa que no sea de Robert porque aquí todo me gusta. Me gusta el color de las paredes, me gustan las lámparas… Y me gusta tu cocina.

—Gracias—la interrumpí de nuevo regalándole una reverencia de pura mofa, y lógicamente ella lo entendió a la perfección.

Esa era nuestra relación. Esa era mi hermana, la maniática organizadora de eventos que estuvo riéndose de mi relación con Robert desde que tuvo constancia de ello, bueno, no de mi relación sino de él. Se quejaba de absolutamente todo lo que hacía porque siempre consideraba que era poco, y que yo merecía mucho más. Y la única manera que tenía de intentar hacérmelo ver, sabiendo que por mucho que insistiera yo no le iba a prestar atención, era mofándose de él. Eso sí, lo hacía cuando no presente, porque frente a mi familia y por supuesto frente a él, su comportamiento siempre fue exquisito.

Por ese mismo motivo no me lo tomaba en serio, y simplemente la ignoraba como cuando de pequeñas trataba de hacerme rabiar con algo. Siempre fue un ser diabólico, en el buen sentido de la palabra. La típica hermana mayor que hacía cualquier gamberrada y me utilizaba como cabeza de turco frente a mis padres. Una autentica manipuladora que una vez destrozó la lavadora por meter en el interior toda la cubertería de plata de mi madre, y que terminó escabulléndose de la terrorífica represalia de mis padres dejando una prueba incriminatoria que me exponía como la culpable del siniestro. Mi osito John nunca más fue el mismo, de hecho, salió del interior de la lavadora más limpio de lo habitual pero con tropecientos cortes, con el algodón de su interior asfixiándole por el cuello, y un ojo colgando. Juro que me traumatizó más verlo así que las dos semanas que estuve castigada por un delito que no cometí, y como esa muchísimas más. Fueron tantas las travesuras que terminé pagando por su culpa que estoy convencida de que en su epitafio también estará la frase que tanto llegué a odiar desde mi más tierna infancia; "Ha sido Quinn".

Esa era Frannie, mi querida hermana mayor que en ese instante terminaba confesándome mi exquisito gusto para decorar mi casa, aunque lo hiciera con sus terribles y continuas quejas.

Aquella tarde, después de terminar mi jornada laboral, no dudó en acompañarme para trasladar algunas cajas que conservaba en casa de mis padres, y yo se lo agradecía de corazón, pero el continuo aturdimiento de sus quejas era insufrible, sobre todo si tal y como había mencionado era yo quien estaba encargándose de todos aquellos detalles en detrimento de Robert, que había empezado a aumentar el horario de trabajo porque su jefe, ese que siempre se acordaba de él cuando más le beneficiaba, había decidido entregarle otro sector más de la ciudad para que expandiese su zona de trabajo. Básicamente, y aunque él lo negase continuamente, estaba haciéndole parte del trabajo que él debía hacer pero sin cobrar lo mismo. Y esos detalles, a pesar de que ni él ni yo solíamos hablar de ello con nuestras familias, era algo que de algún modo u otro siempre llegaba a oídos de mi hermana. De ahí que lo tildase de idiota como lo hacía.

—¿Has hecho algo más esta semana?—me preguntó ignorando mi replica burlona.—¿Han pintado las habitaciones?

—Sí, de hecho las dos del fondo ya están acabadas, y el cuarto de baño también. Robert quiere colocar los cuadros él mismo, así que es lo único que falta para acabar esa parte. Si quieres, puedes ir a verlos…

—Oh, ¿Me das tu permiso? Muchas gracias, hermanita—soltó con sarcasmo y yo ni siquiera le respondí. Era obvio que iba a ir a ver las habitaciones sin siquiera necesitar mi permiso, porque desde el primer momento en el que le enseñe la casa tuvo confianza suficiente para andar y curiosear a su antojo por todas y cada una de las estancias. Poder ver el resultado final de cómo habían quedado las habitaciones no iba a ser la excepción, además de que probablemente, era una oportunidad perfecta para ella de buscar cualquier mínimo detalle con el que poder criticar de nuevo a Robert. Sin embargo, no me importó en absoluto. Es más, deseé que se marchase y que por algunos minutos me dejase a solas sin romperme la cabeza como lo estaba haciendo.

Fue verla salir de la cocina donde nos encontrábamos, y notar como la calma y el silencio lo inundaba todo, y me regalaba ese momento de tranquilidad que tanto necesitaba. Un momento que como siempre en mi vida no iba a durar más de uno o dos minutos, o tal vez menos. Ni siquiera me dio tiempo a colocar un par de cajas más cuando el teléfono comenzó a sonar exaltándome por completo. Aunque era relativamente poco lo que me provocó comparado con el respingo que me dio el estómago tras ver en la pantalla su nombre. Sí, empezaba por R, pero no era Robert precisamente. Era ella, mi chica galáctica. Rachel.

Dudé un par de segundos en aceptarlo, y lo hice puramente por asegurarme que Frannie no podía oírme. De hecho, opté por salir al pequeño jardín trasero que daba justamente a la cocina, para evitar que de cualquier mínima forma, pudiese percatarse de mi conversación, aunque ni si quiera supiese lo que pretendía Rachel.

—Hola—musité procurando que mi voz saliese con serenidad, sin dar muestras de la extraña reacción nerviosa que me provocó ver su nombre en la pantalla.

—Hey… Hola, Quinn. ¿Te pillo en mal momento?

—Eh, no… No, todo bien. Estaba en mi casa, quiero decir estoy en mi casa… En la nueva.

—Oh, genial, porque precisamente en ella estaba pensando.

—¿En mi casa?

—Sí, verás… Me acaban de llegar los libros que me encargaste de Robert, pero ha habido un error y el repartidor los ha dejado en Hypatia 3, quiero decir, en la tienda de Lakewood. Acabo de salir de allí y los traigo en el coche.

¿Estás conduciendo?

Sí, bueno, ahora mismo estoy detenida… Precisamente porque estaba pensando en ti y en que es absurdo que lleve los libros a la tienda principal para que vayas a recogerlos, cuando tengo que ir a casa y pasar justo por la tuya… Me, me preguntaba si quieres que te los lleve, o tal vez los dejo en mi casa y los recoges allí…

Oh, no, no te preocupes, Rachel. Yo me paso a recogerlos en cuanto pueda, no tienes que molestarte.

No, no es una molestia. De hecho, ya te he dicho que voy a pasar justo por tu casa y…

Pero… Me sabe mal que tengas que venir.

Quinn, ¿No me has oído? Voy a pasar si o si por ahí, ahora bien si no quieres que vaya por algún otro motivo, perfecto. Los dejo en mi casa o mañana si te parece mejor idea, los llevo hasta la tienda para que los recojas y…

Ok, ok… Puedes venir cuando quieras—la interrumpí, no sin antes pensar con detenimiento lo que estaba haciendo. Y no, no es que supusiese ningún conveniente que Rachel me dejase los libros en aquel preciso instante, sobre todo porque Robert no iba a verlos probablemente en toda la semana, pero había algo que si me preocupaba, y mi preocupación tenía nombre y apellidos; Frannie Fabray, y estaba merodeando por la casa.

Ella ya la conocía, por supuesto, pero desconocía por completo que me había permitido el lujo de comprarle aquellos libros a Robert, y aunque en una situación normal lo que debía preocuparme era que en cualquier acabase con mi sorpresa dejando escapar algún comentario en su presencia, lo que realmente me preocupaba era tenerla presente cuando me encontrase con Rachel.

Porque sí. Porque si algo pude sacar en claro en las últimas semanas era que con Rachel a solas solía ser yo misma, sin embargo, cuando había alguien presenciando nuestro encuentro todo se volvía tenso entre nosotras. Hablábamos con una ridiculez patética y para colmo de males, solíamos dejar en evidencia algo más que, a buen seguro, no iba a pasar desapercibido para Frannie.

Ya se percató de algo en los dos encuentros en los que ella estuvo presente, y apenas duraron unos minutos. Tener que entablar conversación por más tiempo sería un completo suplicio con mi hermana delante. Más aún en aquel instante, en el que parecía haberse aficionado a sacar todo tipo de conclusiones sin reparos.

—¿Si?—la escuché decir con algo de sorpresa—¿Puedo pasarme ahora o…?

—Sí, sí, de hecho… Estoy a solas—solté casi sin pensar, y ya no pude dar más explicaciones. Porque justo en ese instante Frannie aparecía por la puerta de la cocina y me miraba curiosa, recordándome que no, que no estaba a solas como acababa de decir.

—Ok. Pues en cinco minutos estoy ahí.

—Te… Te espero—balbuceé segundos antes de escuchar el pitido que daba por finalizada la llamada, y ver como Frannie parecía haber escuchado parte de la conversación. Por suerte solo escuchó la final, y ella misma sacó sus conclusiones.

—¿Tu querido novio?—masculló con gracia mientras volvía a acercarse a las cajas de la vajilla.

—Sí—mentí.

—¿Ya ha acabado su jornada?

—Eh… Sí

—¿Viene para acá?

—Así es.

—Ya… Y yo sobro, ¿No?—me miró altiva.

—No, no sobras.

—Te he escuchado decir que estabas sola, y hasta donde yo sé, sigo estando viva… No soy un fantasma. ¿O lo soy?

—No, no lo eres, pero… Pero le he dicho eso porque… Bueno, porque quiere ser él quien muestre su despacho. Y si se entera de que ya lo has visto seguro que termina enfadándose—solté casi sin creer que había sido capaz de montar toda una excusa que, conociendo a mi chico, podía ser perfectamente real. De hecho, el gesto resignado que me regaló mi hermana así lo confirmaba. Aunque no esperaba su respuesta.

Bueno, pues no va a tener que enfadarse porque justamente es lo único de la casa que aún no he visto. Me lo puede enseñar ahora, cuando venga.

—No, no… No es buena idea.

—¿Por qué?

—Pues porque… Ya le he dicho que no estabas aquí.

—Puedo haber venido en el transcurso de la llamada.

—Sí, pero… Además, aún no tiene el despacho completamente terminado. Le faltan algunas cosas, y no va a querer mostrártelo. Ya sabes cómo es y cómo le gustan las cosas…

—Bla… Bla… Bla…—Me interrumpió plantándose frente a mí—Quinn, deja de poner excusas.

—¿Qué? No, no estoy poniendo excusas.

—¿Te crees que soy idiota? Tengo 8 años más que tú y todo lo que tú has vivido ya lo he vivido yo. ¿Sabes cuantas veces le tuve que mentir a mamá diciéndole que tenía que hacer cualquier cosa para poder quedarme con Trevor a solas? Ya me conozco ese cuento, y no deberías ser tan idiota conmigo. Si tu novio viene con ganas de estar a solas contigo, perfecto… Dímelo y punto. ¿Te crees que yo tengo interés alguno en fastidiaros el plan?—replicó dejándome sin palabras.

Es curioso, pero hasta ese mismo instante y a pesar de mi edad, siempre me dio reparo tener que hablar de esas cosas con mi hermana. Que supiese que me quedaba a dormir con Robert o cualquier otra situación que pudiese dar sentido a una doble intención, me ponía en una situación comprometida con ella, incluso después de haber estado conviviendo con él en San Francisco. Sin embargo en aquel instante, preferí mil veces que creyese que simplemente me apetecía estar con Robert, pensara lo que pensase, antes de que supiese que era Rachel quien venía y que era con ella con la que quería estar a solas.

Ni siquiera le tuve que responder. Supuse que el leve rubor de mis mejillas fue más que suficiente para ella, y no continuó lanzándome replicas como lo había estado haciendo. De hecho, ni siquiera me dio tiempo a ponerme nerviosa por la inminente llegada de Rachel. Mi hermana se limitó a saludarme dejando escapar alguna que otra risilla burlona, y me dejó a solas con bastantes minutos de antelación a su llegada.

Minutos que yo aproveché casi por inercia y como una posesa para ordenar, y apartar las cajas que poco a poco iban amontonándose por cada estancia de la habitación. Sobre todo en el salón, el cual sería el primero en ver. Lógicamente iba a invitarla a entrar, de eso no me cabía duda. Lo que no sabía es que aquel simple detalle de educación y agradecimiento por traerme los libros, me iba a traer consecuencias a largo plazo. Y no tan largo.

Fue escuchar varios golpes en la puerta después de trasladar la última de las cajas, y notar como la curiosidad y los nervios volvían a mí. Aunque nada que ver con lo que había llegado a sentir en otras ocasiones. Supuse que las ganas por verla eran suficientes para matar esa indecisión que tan poco bien me hacía. Ni siquiera me sentía culpable por haberle mentido a mi hermana para, prácticamente, echarla de mi casa.

Su sonrisa tímida, casi suplicante con incluso algo de disculpa detrás de la puerta, me terminó por convencer de que todo estaba bien, o al menos eso quise creer.

—Hey…

—Hola, Quinn… Siento, siento mucho si he trastocado tus planes—soltó tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a permitirle la entrada—No quiero molestarte demasiado, solo…

—Hey, hey… Tranquila. No has trastocado nada. Ya te he dicho que estaba aquí, es más, tendrían que haber sido yo quien fuese a buscar los libros.

—Sí, bueno pero es absurdo sabiendo que yo iba a pasar por aquí.

—Pues por eso, deja de lamentarte y de disculparte. Vamos, pasa…—Le dije sin percatarme como las dos cajas con los libros permanecían a sus pies. De hecho, sino llega a ser porque se detuvo a mirarlos antes de lanzarse a por ellos, los habría llevado ella misma hasta el interior. –Oh… Espera, ya me encargo yo.

—No, no te preocupes. Pesa un poco pero puedo con ambas cajas.

—No, no… Ya has hecho suficiente—insistí tratando de hacerme con sendas cajas. Un error monumental. Eran pequeñas, al menos me lo parecieron a primera vista, pero en cada una de ellas había unos 15 libros y el peso no se correspondía en absoluto con su apariencia. Estuve a punto de perder la espalda en el mismo instante en el que me agaché e intenté alzarlas. Digo intenté porque al no esperar el peso que tenía, ni siquiera pude levantarlas un par de centímetros del suelo cuando la gravedad tiró de mí, y a punto estuve de caer ridículamente ante la mirada de Rachel, que apenas había tenido tiempo a reaccionar. —¡Joder!—exclamé sin pensarlo, y su carcajada me ayudó a superar con gracia la patética escena que acababa de protagonizar.

—Te he dicho que pesa un poco—añadió sin poder contener la risotada que se escapaba de ella, y yo se lo permití. Si había algo que pudiese alegrarme en aquel instante era precisamente aquel sonido natural y completamente encantador de su risa. –Vamos… Yo te ayudo.—Añadió apoderándose de la primera de las cajas.

—Si por favor. ¿Cómo has sido capaz de trasladarlas hasta aquí desde el coche?

—Bueno, cuando eres consciente del peso que tiene, es más fácil porque vas preparada. Si lo llego a hacer como tú has hecho me habría sucedido lo mismo—me replicó segundos antes de aceptar mi invitación para que accediese a la casa, después de al fin consiguiese levantar la segunda de las cajas del suelo—¿Te has hecho daño?—me preguntó aun con la sonrisa de oreja a oreja.

—No, no… Por suerte aún estoy un poco en buena forma.

Ya veo…—Susurró justo detrás de mí, y si no llega a ser porque en ese momento la miré y vi como sus ojos se centraban justamente en mi culo y mis piernas, habría pensado que estaba siendo sarcástica.

Y es que había olvidado por completo que mi vestimenta no era precisamente para recibir visitas, o quizás si podía pero no era con la que mejor y más segura me sentía. Al fin y al cabo, para estar moviendo cajas y colocando algunos muebles, qué mejor que algo cómodo como un par de mallas, deportivas y camiseta. No obstante, y para mi sorpresa, la estúpida inseguridad que me aturdía siempre que los ojos de alguien importante se posaban sobre mí, no reaccioné mal. Todo lo contrario, me hizo sentir realmente bien que se fijara en mí de aquella manera.

Y fue realmente curioso, porque en vez de ser yo quien sufriese el repentino calor tras el camuflado piropo, fue ella la que se ruborizó a más no poder cuando se percató de que la había pillado en aquella situación. Tanto que ni siquiera pude molestarme de alguna forma. Todo lo que hice fue reírme sin más, y recordar que fui yo quien vivió una situación parecida años atrás, por culpa de su perfecta figura—¿Dónde… Donde lo coloco?—preguntó tratando de esquivarme.

Por aquí, encima de ésta mesa—le indiqué siendo yo la primera en dejar la caja con los ejemplares sobre la misma. Rachel no tardó en imitarme aun con las mejillas rojas, y rápidamente lanzó una mirada a su alrededor.—Gracias…

—De nada… Eh, bonita casa. Es, es muy amplio el salón—respondió tratando de cambiar de conversación. Yo se lo permití, más que nada porque me provocó una ternura infinita.

—Gracias. ¿Quieres que te la enseñe? Aún no está decorada, y a la cocina le faltan varias cosas, pero…

—No es necesario.

—¿Cómo? ¿No quieres verla?

No, no es que no quiera verla, lo que no quiero es ponerte en el compromiso de que me la muestres sin que esté por completo a tu gusto. Estoy segura de que te gustará más la idea de mostrarla cuando esté perfecta, ¿No? Jesse ni siquiera me permitía entrar en algunas habitaciones hasta que no estuviese a punto.

Pero yo no soy Jesse—solté sin pensar, y de nuevo con mi tan desesperante tono soberbio que tan mal solía caer en los demás. –Me, me refiero a que yo no lo doy tanta importancia a esas cosas—añadí tras ver como la sonrisa que había mantenido hasta ese instante, desaparecía por completo—A mí da igual. Quiero decir, no es que me de igual, pero tampoco le doy demasiada importancia… No, no sé si me explico.

—Sí, supongo que sí. Pensamos igual por lo que veo. Deberías… Deberías ver los libros y decirme si te gustan o no—volvió a cambiar de conversación, y esa vez me pilló completamente por sorpresa que lo hiciera.

Tal vez no solía ser una persona demasiado intuitiva, pero a juzgar por su actitud pude deducir que realmente no le apetecía que le mostrase la casa, y eso me desconcertaba muchísimo. ¿Qué había de malo en algo como eso? De hecho, era lo habitual, lo normal entre amigas. Pero por alguna extraña razón a ella no le interesaba, y yo no iba a obligarla a hacer algo que no quisiera hacer, por supuesto. Por lo tanto me limité a aceptar su invitación para que descubriese los libros y me maravillase con su perfecta elección. Porque prácticamente fue ella quien los eligió.

—¿Te gustan?—su impaciencia volvió a crearme una tierna sensación de bienestar. A Rachel le faltó tiempo para preguntarme cuando aún siquiera había abierto una de las cajas donde estaban los libros.

—Sí. Me gustan.

—¿De verdad? Si no son de tu gusto solo tienes que decírmelo. Los devuelvo y buscamos otros más acorde con…

—No, no… Realmente me gustan—insistí tras recrearme en uno de los libros. Y ciertamente me gustaban. Las tapas, de un intenso color burdeos y los grabados en oro le daban el toque elegante para una librería de despacho, aunque el contenido de los mismos no fuese literatura clásica precisamente. Y conociendo a Robert, estaba convencida de que solo por aparentar esa elegancia, ya le gustarían. –Y son perfectos para su despacho.

—¿De veras?—insistió preocupada, yo diría que incluso tratando de encontrar algún resquicio de dudas en mi semblante. No le dije nada. La miré, le sonreí y con un gesto de mi cabeza la invité a que siguiese mis pasos. Y no le dije nada porque sabía que si lo hacía, se volvería a negar a acompañarme. De aquel modo no tuvo más remedio que perseguirme sin tener ni idea de lo que pretendía, y por supuesto, no tardó en cuestionarme varias veces hasta que nos plantamos frente a la puerta del despacho, situada en un pequeño pasillo del salón, opuesto a la cocina y por donde también se podía acceder al garaje. –Quinn… ¿Dónde vamos?

—Quiero que opines tú—le respondí al fin, justo cuando abría la puerta y la invitaba a entrar en la estancia. Para mi sorpresa, y aunque yo ya sabía que prácticamente estaba decorado a falta de algunos detalles, el rostro de Rachel no me mostró lo que yo esperaba que mostrase cuando viese el despacho en cuestión.

Tal vez ella estaba acostumbrada a ver muebles como los que Robert había elegido expresamente para su lugar, y tampoco es que le llamase demasiado la atención, pero al menos esperaba ver algún tipo de reacción positiva, alguna exclamación de asombro comedido al descubrir el bonito escritorio de caoba, el parquet del suelo oscuro a juego con el resto del mobiliario y el color tierra de las paredes, aun sabiendo que no tenía interés alguno de ver la casa. Pero lo que no esperaba nunca era aquella extraña mueca en su rostro que no supe descifrar.

—¿Crees que hemos elegido bien los libros para éste lugar?—le dije tratando de sacarle algo, aunque solo fuera un rebufo resignado.

—Eh… Sí, si veo que sí. Va, va acorde con los muebles y el estilo. No, no sabía que Robert fuese tan clásico.

—No lo es, pero siempre deseó tener un lugar así para él. Es un poco fanfarrón a veces.

—Bueno, supongo que todo el mundo tiene derecho a fanfarronear alguna vez en su vida, pero…

—¿Pero qué?—cuestioné cuando la vi guardar silencio de nuevo, ésta vez centrando su mirada en uno de los rincones de la habitación, y en el que yo ni siquiera me había percatado cuando entré.

—Esos… ¿Esos cuadros son…?—balbuceó tímidamente, obligándome a lanzar la mirada hacia atrás para descubrir como mi chico, el peor ser sobre la tierra a la hora de ordenar, había ido amontonando todos los cuadros que íbamos a colgar en la casa sobre una pequeña mesita. Lo peor que podía hacer sin duda.

—Oh dios… Le dije que no les quitase los embalajes, y no contento con hacerlo, los amontona sin más.—Esgrimí sin poder contener mi malestar al verlos de aquella forma. El trabajo y la dedicación que tuve para poder hacerlos debía ser motivo suficiente para darle un poco más de valor y cuidarlos.

—¿Son tuyos?— la escuché preguntar cuando me lancé hacia ellos para tratar al menos de colocarlo en mejor posición.

Eh… Sí.

—¿Puedo… puedo verlos?—añadió y por primera vez desde que entró en el despacho, pude ver ese deje de curiosidad en su rostro. Tanto que ni siquiera me lo pensé.

Lo que vino a continuación no fue más que una delicia para mí, de hecho, incluso me alejé de ella tomando como improvisado asiento el escritorio de Robert, para observar no solo sus gestos con la cara, sino también con su cuerpo. Como parecía olvidar que estaba presente mientras miraba curiosa uno a uno los 7 cuadros que se apilaban sobre la mesita, y que ella misma fue colocando con sutileza sobre el pequeño sofá, innecesario para mi gusto, que Robert se había empeñado en tener allí. Lo único que me fastidió para poder disfrutar con total libertad de aquel momento, fue desconocer lo que rondaba por su mente mientras guardaba silencio y observaba mis cuadros.

—¿Te gustan?—le pregunté curiosa, cansándome de su largo silencio y esperando que al menos me dejase intuir algo. Rachel simplemente me miró mientras sostenía uno de los cuadros, el más pequeño y sencillo entre sus manos, y dejó escapar una media sonrisa que, inexplicablemente, me puso nerviosa.—¿Qué?—insistí tras no recibir respuesta alguna.

—Llevo… 8 años esperando ver algo dibujado por ti. Algo que no fuese una ilustración en un libro o los diseños de tu portafolio. Por no ver, ni siquiera he podido ver algún tatuaje más trabajado que el mío… Y llego aquí y me encuentro con esto.

—¿Decepcionada?—mascullé al ver como seguía sin darme respuesta alguna.

—Siempre he escuchado que el arte, que lo que un pintor plasma en un lienzo va más allá del gusto personal de cada individuo que lo ve. Hay que entender el motivo que lleva al artista a pintar algo como esto—musitó regresando hacia el cuadro—Yo lo que veo aquí me parece una maravilla, algo que yo jamás sería incapaz ni siquiera de imaginar, pero no me sorprende en absoluto.—Volvió a mirarme—No me sorprende porque estoy acostumbrada a ver grandes obras en libros, museos... Por eso quiero que me expliques qué te llevó a pintar esta escena. Quiero saber qué sentía el artista al plasmar a un niño con una cometa sentado en un banco—añadió describiendo el dibujo a acuarela que tenía entre sus manos.— Dime, Quinn Fabray… ¿Cómo se llama ésta obra?

—Niño sentando en un banco con su cometa de colores—le respondí y su sonrisa apareció de repente al percibir mi humor—No te rías, es verdad. Se llama niño sentado en un banco con su cometa de colores.

—Ok… ¿Y por qué pintaste esto? ¿Qué… Qué querías plasmar aparte de a un niño sentado en un banco con una cometa de colores?—me preguntó y yo estuve a punto de volver a bromear y alargar aquella conversación hasta que su sonrisa fuese aún más embaucadora, pero supuse que sería arriesgarme a hacer que perdiese la paciencia, y decidí dejar a un lado el miedo atroz que me producía hablar de mí y mis cosas. Al fin y al cabo, ella lo había hecho cuando menos lo esperaba, y justamente ese cuadro tenía una historia bastante particular tras sus trazos. –No es solo un niño con su cometa, ¿Verdad?

—No, no lo es.

—¿Y qué es?

—¿Qué te sugiere cuando lo miras?—le repliqué y ella no tardó en recrearse de nuevo con el cuadro. Estuvo observándolo un par de minutos más en los que yo, de nuevo, perdí la noción de todo lo que me rodeaba por observarla, por contemplar cada gesto que me regalaba por imperceptible que fuera.

—Pues… Los tonos grisáceos del parque y el banco me provocan un aire de nostalgia, tal vez de soledad… No sé. El niño parece que está completamente ausente y ni siquiera le presta atención a la cometa. Algo, algo que resulta extraño porque es lo que más llama la atención del cuadro por los colores. Y como si no le importase, como si estuviese obligado a estar ahí…—Soltó sorprendiéndome hasta dejarme casi sin palabras—No he acertado en nada, ¿Verdad?—me cuestionó tras mirarme por algunos segundos en los que yo permanecí en silencio.

Había acertado de pleno, y lo peor, o mejor dicho, lo más sorprendente es que lo había hecho utilizando prácticamente las mismas palabras que yo utilizaba para explicarle la escena a Robert cuando lo vio por primera vez. Aunque él ni siquiera me preguntó. Simplemente me dijo que quedaba perfecto en el pasillo, sin siquiera darse cuenta de que aquel niño bien podría ser su propio reflejo.

—Creo que yo habría podido explicarlo mejor—le dije tras ver como empezaba a impacientarse por mi respuesta.

—¿De veras?

—Ese cuadro es una metáfora acerca de lo complicado que puede resultar adaptarse a un lugar nuevo. Es tan importante mimetizar con el entorno, que si no lo haces parece que todo pierde su luz, su color… De ahí que todo excepto la cometa carezca de color. Incluso el niño pierde su luz… Y haces que no disfrutes de lo que tienes en tus manos. El niño ni siquiera alza la mirada hacia la cometa, simplemente la sostiene porque entiende que si no lo hace se escapará de sus manos… Pero ni siquiera le da importancia a ello—expliqué sin detenerme en cómo había dejado de contemplar el cuadro para mirarme a mí, y hacerlo con una mueca de preocupación que me alertó. –Es lo que tú has dicho, pero con…

—¿Este niño eres tú?—me preguntó dejándome por algunos segundos en blanco.

—¿Qué? ¿Yo? No.

—¿Entonces? ¿Quién es?

—No, no es nadie en concreto, pero sí es una manera de representar lo que he vivido con Robert en San Francisco.

—¿Con Robert?—cuestionó confusa, lanzando de nuevo una mirada hacia el cuadro.

—Robert nunca encontró su lugar en San Francisco. No… No se hallaba, no se encontraba en aquella ciudad. Y llegó un momento en el que todo se volvía gris a su alrededor. Yo… Yo lo veía apagarse poco a poco, y no comprendía por qué no era capaz de disfrutar de lo que tenía entre sus manos. Sé que desde fuera siempre se ve diferente, pero San Francisco es una ciudad que te da mil oportunidades para ser feliz, o al menos estar bien… Y está llena de color. Él no supo aprovechar ninguna. Era como ese niño… Dejaba que el tiempo pasase mientras veía como todo se apagaba a su alrededor, y no veía lo que tenía sobre su cabeza.

—La cometa…—Susurró pensativa.

—Así es.

—Vaya… ¿Y ahora está bien? ¿Es por eso por lo que decidiste venir?

—Ahora está bien—respondí sin contestar a la segunda de las preguntas. Y no porque no supiera qué decir, sino porque por alguna extraña razón me sentía mal al confesarle que había dejado todo por él.

—Me… Me alegro—balbuceó sin convicción.

—¿Por qué preguntas si soy yo?—cuestioné tratando de desviar un poco la conversación sobre Robert. Ni me interesaba a mí, porque me obligaba a mentirle, ni parecía interesarle demasiado a ella, por como apenas insistió.—¿Me ves como a ese niño?

No, no sé… Quizás porque en algunos momentos de nuestros encuentros he podido, o creído, percibir eso de lo que hablas en tu manera de ser.

—¿Ah sí?

—Sí. No sé. Todas esas veces que nos hemos encontrado, tenía la sensación de estar ante alguien que no encontraba su lugar, o mejor dicho, que no se sentía bien donde estaba. Era como si todo te molestase, y me preocupaba.

—¿De verdad veías eso en mí?

—Sí. Estaba equivocada, ¿Verdad?

—Bueno… Tengo que confesarte que en muchos de esos momentos, sí me sentía extraña estando donde estaba. Pero supongo que lo que veías en mí eran mis miedos. La noche del tatuaje estaba aterrada por ser la primera vez que tatuaba. La noche del cazador tenía miedo por empezar mi vida en San Francisco. En la fiesta de Jesse acababa de rechazar por segunda o tercera vez a Robert y… Bueno, supongo que tenía motivos suficientes para sentirme mal de alguna manera. Siento haberte confundido.

—¿Y en los Ángeles?—me preguntó logrando que de nuevo, una vez más, los nervios que ya creía haber olvidado volviesen a mí.

—¿En los Ángeles? ¿También me notaste triste allí?

—No, pero me era imposible haberme percatado de ello en las condiciones en las que estaba. Por eso te pregunto.

—¿Condiciones? Yo te vi bien, no estabas bebida aunque hubieses…

—No me refiero a esas condiciones—me interrumpió enfatizando.

—¿Entonces? ¿A qué condiciones te refieres? ¿A la escasa luz de la discoteca?

—No seas idiota—espetó dándome la espalda, entendiendo perfectamente mi broma mientras dejaba el cuadro sobre el sofá—Sabes a lo que me refiero.

—No, no lo sé.

—¿Hablas en serio?—inquirió aún sin mirarme, tratando de buscar otro lienzo que le llamase la atención.

Sí, totalmente en serio. Quiero saber a qué condiciones te refieres cuando dices que no te permitieron ver en mis ojos ese miedo del que siempre hablabas. Me gustaría saber…

—Quinn—volvió a interrumpirme—Aquella noche me tenías completamente hipnotizada. Ni siquiera era capaz de escuchar mis pensamientos, ¿cómo pretendes que sea capaz de ver más allá de tu expresión? Todo lo que veía eran tus labios, tus miradas de reojo… Esa sonrisa encantadora—musitó dejando escapar un leve suspiro, y girándose hacia mí, descartando la idea de seguir adentrándose en el impresionante mundo de mis cuadros abandonados por Robert.—Estaba… Estaba fascinada con la idea de lograr que toda tu atención estuviese sobre mí. En esas condiciones es imposible detectar nada que estuviese mal. Solo… Solo quería disfrutar.

Silencio.

Silencio cómodo. Silencio cómplice en el que su voz quedó rondando por mi mente con aquella palabra, con aquel verbo que tanto bien hacía al ser humano. Silencio sepulcral roto por el casi imperceptible ir y venir de nuestra respiración y el alud de recuerdos que nos transportaban a esa noche. A aquella mágica noche en la que la tuve entre mis brazos, en la que por primera vez supe lo que una mujer era capaz de provocar en mí. Aquella noche en la que mis labios conocieron el sabor de toda su piel, y sus gemidos se mezclaban con los míos. Nunca más volví a vivir una noche como aquella, y no tenía esperanzas de que se volviese a repetir, mucho menos dadas las circunstancias que nos rodeaban a ambas en aquel presente que vivíamos. Pero mentiría si negase que no desee volver a sentirme como lo hice en sus brazos. Mentiría si negase que en aquel preciso instante, hubiera sido capaz de acabar con todo por una noche más junto a ella. Aún guardo las dudas de saber qué habría sucedido si la voz estrepitosa de mi hermana no nos hubiese interrumpido cuando menos la esperaba, provocándome tal ataque de nervios que incluso Rachel llegó a contagiarse. Como si el simple hecho de estar bajo el mismo techo ya fuese un secreto que debíamos proteger.

Lógicamente, ella desconocía lo que la irrupción inesperada de mi hermana en mi casa, suponía para mí en aquel día.

—¡Quinn! ¿Robert?— escuchamos provenir desde el salón.

—Mierda… Mierda.

—¿Es tu hermana?

—Sí, mierda…

—¿Qué sucede?—me preguntó con la preocupación instalada en su rostro.

—Ella… Mierda, ella no sabe que… ¿Cómo diablos ha entrado?

—¿Quinn? ¿Dónde estás?

No dije nada. Presa de los nervios que de nuevo se aprovecharon de mi debilidad, me lancé sobre la puerta del despacho y la abrí para ver como mi hermana merodeaba por el salón buscándome, y se detenía justo en la entrada del pequeño pasillo. No estuve todo lo rápida que habría deseado, de hecho, fui la persona más torpe e idiota del universo en aquel instante.

—¿Qué haces…? ¿Por qué has dejado la puerta abierta? Me has dado un susto de mil demonios—espetó justo cuando Rachel aparecía tras de mí y el estupor que mostraba su cara se convertía en sorpresa.

—He… No… No sé, supongo que no me he fijado—le dije tratando de salir indemne de la situación—Rachel… Rachel ha venido a traerme unos libros y se nos ha olvidado cerrar la puerta.

—Oh… Pues menudo susto me has… Habéis dado. Pensaba que había sucedido algo, que alguien había entrado mientras estabas sola… ¿Y Robert? ¿No iba a venir?

—Eh, no… Al final no viene—me excusé lo más rápido que pude, procurando no dar muestras de dudas algunas o que la mentira fuese tan evidente que ambas, tanto mi hermana como Rachel, se percatasen de ella.—Su jefe lo ha retenido un poco más.

—Vaya…

—Rachel, Rachel me ha llamado justo cuando estaba a punto de marcharme… Apenas un par de minutos después de que tú te fueses.

—Qué casualidad, ¿No?

—Pues sí.

¿Y qué hacéis en el despacho de Robert que nadie puede ver?—cuestionó con sarcasmo, y con toda la razón del mundo. Aquella situación le daba pie para poder sacar toda su artillería en mi contra, y obviamente, siendo ella no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerlo.

Nada. Solo le estaba mostrando a Rachel donde íbamos a colocar los libros que ha traído para él—le respondí acercándome a ella y señalándole las dos cajas que permanecían sobre la mesa del salón.

Hola—le dijo Rachel siguiendo mis pasos y ofreciéndole su mano para saludarla. Yo no pude evitar mirarla de reojo al escuchar su voz. Por como sonó temblorosa, supe que al igual que yo, tampoco parecía estar cómoda con la situación que estábamos viviendo. Mi hermana se limitó a saludarla de igual manera aunque con una mirada llena de desconfianza que me alertó.

¿Y tú? ¿Qué haces aquí de nuevo?

He debido olvidar mi teléfono en algún lugar de tu casa. Me he dado cuenta en el coche, así que he vuelto… Y como no he visto el coche de Robert y la puerta estaba abierta, pues he tenido que entrar. Es un poco temerario que no te des cuenta de que las puertas están abiertas, ¿No crees? Quiero decir, imagina que se cuela alguien con otras intenciones…

No es necesario que me lo repitas, ya soy consciente de lo que conlleva algo así… ¿Por qué no vas a buscar el móvil?—repliqué tratando de lograr que nos volviese a dejar a solas, pero no por mí, sino por Rachel. No había vuelto a abrir la boca después del saludo a mi hermana, solo se limitó a seguir mis pasos y aguardar en un segundo plano un tanto confusa por la situación. Aunque supuse que lo que la había llevado a mantener esa tensión no había sido otra cosa más que mi reacción al saber que mi hermana estaba allí. Era evidente que mi alteración la había puesto en sobre aviso, y eso que ni siquiera tenía motivos para ello. Curiosamente, y a pesar de los nervios, supe reaccionar bien y excusarme de tal manera que ambas pudiesen creerme, con la única diferencia de que mi hermana no se iba a conformar con mis argumentos y buscaría la forma de averiguar algo más. Por ese motivo prefería quedarme a solas con Rachel y tratar al menos de explicarle o no preocuparla más de lo que ya parecía.

Lo que no esperaba bajo ningún concepto era que reaccionase como lo iba a hacer.

—Bueno, será mejor que me marche—dijo justo cuando la buscaba con la mirada.

—¿Ya? No, no tienes que irte por ella… Encontrará su móvil y se marchará, puedes…

—Quinn, tengo que volver a mi casa. Jesse debe de estar esperándome—me interrumpió con rotundidad, sin darme opción alguna a insistir al menos para que aguardase algunos minutos más conmigo.–Le prometí que haría una cena especial hoy, y mira la hora que es.

—Ya… Afortunado—balbuceé.— Por la cena, digo…

—Sí, muy afortunado—repitió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Yo la seguí sin saber muy bien cómo actuar.

—Oye, espero que no te haya molestado la actitud de mi hermana, es…

—No me molesta la actitud de tu hermana porque ya empiezo a conocerla—volvió a interrumpirme, ésta vez deteniéndose junto a la puerta.

—¿Seguro? Te has puesto muy seria y no tienes por qué hacerlo.

—Bueno, he visto que no entraba en tus planes que tu hermana nos encontrase en el despacho de tu chico, supongo que no es un juego…

—¿Qué? Oh, no… No, tranquila. De veras, no pasa nada. A ella le dije que no podía verlo porque no sabe guardar un secreto y seguro que se lo habría dicho. Y a Robert no le hace mucha gracia que la mas cotilla de los Fabray vea sus cosas. Pero contigo es diferente…

—¿Diferente?

—Sí, diferente. Estoy segura de que tú sabes guardar secretos mejor que nadie. Mejor dicho, sé que tú sabes guardar secretos—enfaticé y gracias a mi comentario pude ver de nuevo su sonrisa, aunque apenas se asomó a sus labios tímidamente. Fue suficiente para mí.

Lo cierto es que cualquier mínimo detalle que me hiciera indicar que estaba bien, me valía. Me regalaba tranquilidad y hacia que me sintiese mejor que nunca. Algo que nunca antes me había sucedido con nadie que no fuese mi familia, o Robert.

—Bien, entonces me marcho más tranquila. Mis labios están sellados.

—Gracias—susurré sintiendo como mi hermana merodeaba por las habitaciones cerrando y abriendo puertas— ¿Sigue en pie lo del tatuaje? ¿Quieres que nos veamos éste fin de semana para hablar de ello? Tal vez juntas podemos…

—Me encantaría. Sería genial si me ayudas a elegir o diseñar uno acorde.

—Bien… Quedamos entonces.

—Claro. Te… Te escribo o te llamo y acordamos alguna hora que nos venga bien, ¿De acuerdo?

—Estaré esperando.

—Bien—musitó dejando entrever un leve entusiasmo que me encantó.—Buenas… Buenas noches, Quinn.

—Buenas noches, y gracias por traer los libros.

—Ha merecido la pena…—dijo cuándo de nuevo las extrañas dudas parecían asaltarlas. Dudas que quedaron completamente resueltas cuando la vi decidirse y lanzarse hacia mí para despedirse con un beso en mi mejilla como si hubiese leído mi mente. Porque yo también lo deseaba pero no encontré el momento, o mejor dicho, no me sentí segura de poder hacerlo en aquella situación.

Ella sí. Ella si lo encontró y yo se lo agradecí con mi sonrisa más sincera, o boba, como posteriormente la describiría mi hermana. Y sí, ella nos vio actuar como dos estúpidas adolescentes despidiéndose. Mi hermana Frannie, el ser más cotilla del universo estaba justo entrando en el salón cuando Rachel se despedía de mí de aquella forma tan cariñosa y me dejaba completamente embobada, observándola mientras dirigía sus pasos hacia el coche y se perdía de mi vista. Y lo peor es que yo ni siquiera noté su presencia escrutándonos, y mucho menos esperando algún tipo de reacción mía cuando volvimos a estar a solas.

Me bastó no poder contener un estúpido suspiro de tranquilidad, y felicidad por tener a Rachel en mi vida, para recibir el mayor y más intenso de los cuestionarios que nunca antes había tenido que afrontar; su mirada.

A Frannie le bastó mirarme a los ojos justo cuando yo me daba cuenta de su posición, para que mis piernas temblasen al punto de llegar a temer por mi estabilidad, y hacerme ver que era el momento de sacar a relucir mi capacidad de convicción y mi rapidez mental para pensar en alguna excusa perfecta. Y por supuesto, me hizo comprender muy, muy buena tendría que ser mi interpretación de tal excusa, para llegar a saciar una mínima parte su curiosidad.