"Alguien puede vernos…" Incluso la misma Demelza no creyó en su falsa pretensión de queja. Quizás Ross sí se hubiera detenido y la hubiera soltado, de no ser que su protesta fue durante los pocos segundos en los que sus labios se despegaron para tomar aire. Sus manos aún estaban acariciando su cabeza entre sus cabellos, no podía pensar claramente cuando ella hacía eso mientras lo besaba.
Estaban dentro de la mina, en un pasillo oscuro. No era la primera vez que sucedía en esa semana. Ocultos en las profundidades de Cornwall, el trabajo continuaba de sol a sol con el relevamiento de los túneles. Quizás si no se distrajeran tanto lo podrían hacer más rápido, pero no es que estuvieran perdiendo el tiempo en todo momento. De a dos el trabajo era más sencillo, uno tomaba nota mientras el otro medía el largo, ancho y altura de los pasillos excavados en la tierra, era un trabajo metódico que hacían cada mañana hasta que la Señorita Demelza debía subir a controlar los trabajos en la superficie antes del cambio de turno.
"Enviaré a Paul Daniel para que me reemplace." – bromeaba – "¿Ah, no? Tal vez a su hermano Mark entonces." Insistía cuando Ross le hacía mala cara. Porque nadie podría reemplazarla, no para él. No cuando cada vez que se internaban en la oscuridad era una oportunidad para acercarse a ella. Solo un delicado roce de sus dedos en su espalda o en sus hombros, solo una mirada o una sonrisa cómplice era todo lo que necesitaban para estar así como se encontraban ahora. Demelza con su espalda apoyada contra una de las paredes rocosas, sus brazos rodeando sus hombros y sus dedos entre su pelo, ambos compartiendo el mismo aliento, mientras que el acariciaba suavemente su rostro y la tomaba de la cintura acercandola cada vez más, besando su boca y sus mejillas. Cada vez que escuchaban un ruido, o pasos acercandose en la negrura del túnel, u oían voces o veían el resplandor de la luz de alguna vela una adrenalina corría en sus venas y debían separarse abruptamente, en el medio de un suspiro o de una caricia, y los dos quedaban con la respiración entrecortada, intentando calmar el palpitar de sus corazones y disimular el color de sus mejillas y el calor que no tenía nada que ver con altas temperaturas del verano de Cornwall. A Ross le gustaba esa oscuridad, la esperaba con ansias durante las eternas horas de la noche. Ni él mismo sabía como habían llegado a ese tácito arreglo. Desde esas dos tardes que habían compartido en el mar, ocultos del mundo detrás de la roca, ahora los escondía la profundidad de la tierra. El llegaba temprano cada mañana, incapaz de permanecer ni un minuto más que el necesario en su casa, a Wheal Leisure. Demelza arribaba unos minutos después y lo saludaba educadamente. Generalmente había mineros dando vueltas en la oficina, preparándose para bajar a los túneles y ambos tenían que disimular, debían pretender que solo tenían una relación de trabajo. El era el Capitán y ella la dueña, y eso eran para todos los demás. A veces Ross creía que eso era en verdad todo lo que eran, porque únicamente cuando estaban solos y protegidos por la oscuridad, solo allí se permitían sentir y demostrarse el afecto que sentían el uno por el otro. O al menos eso es lo que hacía Ross.
Si bien esos momentos eran lo que más anhelaba, no podía evitar que las dudas lo persiguieran cuando no estaba con ella. ¿Seria así siempre? ¿Solo podrían verse a escondidas? ¿Acaso ella llevaría a cabo su plan de casarse con George Warleggan? ¿Sentía ella lo mismo que sentía él por ella? Temeroso de la respuesta, Ross no se había atrevido a formular la pregunta en esos días. Solo había procurado que lo que sentía por la Señorita Demelza quedara claro en los momentos que compartían. En sus besos y caricias, pero también en el límite que el mismo se había impuesto. Porque no solo quería expresarle su amor, si no también quería demostrarle su respeto, aunque fuera una tortura.
En lo demás todo había vuelto a la normalidad. Ahora habían vuelto a trabajar juntos, como lo habían hecho en la granja de Nampara, por supuesto que ya no se evitaban, al contrario, buscaban excusas para poder estar solos. Había sido la semana más feliz de toda su vida, a pesar de la incertidumbre que lo invadía. Y lo había sido para Demelza también, aunque ella no dijera nada.
Por momentos se sentía abrumada. ¿Qué estaba haciendo? Ella estaba comprometida con George. Pero Demelza anhelaba esos momentos a solas con el muchacho tanto como Ross. Había una complicidad entre ambos, algo nuevo y excitante que hacía acelerar su pulso cada vez que se veían. Era el hecho de saber lo que harían cuando se encontraran solos. El la buscaría y ella a él, y era eso lo que la emocionaba. El saber que el quería estar con ella. Escucharlo inventar excusas para quedarse a solas o mandarla a llamar con alguno de los mineros para que bajara a ver algo que encontró en alguno de los túneles, generalmente desierto y a oscuras cuando ella llegaba, el corazón a punto de salir por su garganta.
Ya habían tenido un encuentro esa mañana en los túneles. Demelza había subido a controlar las extracciones y el lavado de la roca, aún seguían explotando la vieja veta y el mineral que sacaban era cada vez más escaso, aunque les alcanzaría para mantenerse a flote durante algunas semanas más. Afortunadamente estaba sentada sola en su escritorio cuando la puerta de la oficina de la mina se abrió de par en par. Un hombre corpulento vestido todo de negro y al que ella no conocía entró primero y dio un rápido vistazo al destartalado cuarto antes de que sus pequeños ojos repararan en ella. Le pareció que la saludó con un leve movimiento de su gorda cabeza, aunque no estaba segura. Un instante después entró George. Demelza se puso de pie rápidamente.
"¡George! ¿Qué haces aquí?"
"Buenos días, querida. Te dije que vendría, ¿lo olvidaste?"
"Oh… claro, claro que no." George se acercó, se quitó el sombrero y los guantes y besó su mano. Demelza miró al extraño que los observaba.
"Tom, ella es Demelza Carne, mi prometida. Demelza el es mi asistente, Tom Harry." El hombre hizo una reverencia que le pareció muy pronunciada para ser sincera. "Puedes adelantarte y bajar a ver a los túneles, yo bajaré en un momento." Le ordenó George.
"¿Qué va a hacer él en los túneles?" – preguntó Demelza observando como el corpulento hombre bajaba con bastante trabajo por la puerta trampa.
"Inspeccionarlos."
"No hay necesidad de que vaya, yo puedo mostrarte."
"¿Tú?" dijo a la vez que río con incredulidad, cosa que a Demelza no le cayó muy bien.
"Sí. Es mi mina, yo puedo llevarte a ver los túneles."
"No quieres decir que tú bajas a ese infierno ¿Verdad? Ese no es lugar para una dama…"
"Soy la dueña," – dijo ella exasperada ¿Por qué era que George tendía a exasperarla tanto últimamente? – "¡por supuesto que voy a los túneles! Tengo que conocer mi propia mina…"
"Si, pero no es necesario que bajes adonde están los mineros. Esa no es gente con la que debas rodearte, no más de lo necesario. Ya es bastante con que vengas aquí todos los días. Solo deberías venir a revisar los libros de tanto en tanto y dejar que tu Capitán te mantenga al corriente." – Las mejillas de Demelza le ardieron un poco al escuchar que George llamaba 'tú Capitán' al muchacho, rogaba porque su prometido no se diera cuenta – "Él es quién debe descender a los túneles y tratar con los mineros…"
"Soy la dueña, yo debo tratar con ellos." - Insistió ella.
"No, no debes hacerlo, es el trabajo del Capitán…" y como si lo hubieran llamado Ross asomó la cabeza por la trampilla. Ross había subido porque un hombre desconocido y desagradable había comenzado a darle ordenes y el no tenía idea de quien era. Al preguntarle, Tom Harry le había dicho que trabajaba para el dueño de Wheal Leisure y que debía obedecerle y mostrarle los avances en la veta que estaban explotando. "¿Trabaja para la Señorita Carne?" - había vuelto a preguntar Ross – "Para George Warleggan." – "El no es el dueño." - "Lo será, tarde o temprano." Y entonces Ross había llamado a Paul Daniel para que guiara a Tom Harry y había subido a la oficina. Mientras escalaba la escalera llegó a escuchar parte de la discusión entre Demelza y su prometido.
"¡Ah! Señor Poldark, que oportuno. Venga un momento." Dijo George al verlo. Ross terminó de subir la escalera y miró a Demelza rápidamente, pero ella no le devolvió la mirada. "Mi prometida me dice que usted no está cumpliendo debidamente con su trabajo…"
"Eso no fue lo que dije, George." Interceptó ella de prisa.
"Bien. Me informa que ella se ocupa de ciertas cosas que deberían ser su responsabilidad."
"No, George…" – "¿Cómo cuáles?" preguntó Ross desafiante. Ahora era ella quien observaba al muchacho. Ross se había parado, conciente o inconcientemente, entre ella y George.
"Como inspeccionar los túneles o tratar con los mineros. Esa es su responsabilidad, bajo ninguna circunstancia es aceptable que mi futura esposa se mezcle con esa gentuza…"
"¡George!"
"…Ya es suficiente que tenga que tratar con usted, evidentemente no está capacitado para su nuevo puesto."
"¡George, ya es suficiente!" Demelza se había puesto blanca al escuchar como su prometido le hablaba al muchacho. "Esto no tiene nada que ver con el mu… con el Capitán Poldark. El hace su trabajo perfectamente bien, soy yo la que quiero conocer y entender mi mina."
"Aún así, hay cosas que no deberías hacer y no sabes cómo es esta gente. Les das algo de confianza y se aprovechan. Seguramente tu estás haciendo el trabajo que este vago debería hacer…"
Con eso Ross había tenido suficiente. Lo que no podía entender todavía era que Demelza hubiera aceptado casarse con ese hombre que en ese momento estaba mostrando sus verdaderas plumas. Así era GeorgeWarleggan. Ross apretó lo puños y tensó sus hombros, pero antes de que pudiera dar un paso una mano en su espalda lo detuvo.
"Basta, George. Creo que tu visita ya ha llegado a su fin. El Capitán Poldark debe volver a trabajar en los túneles," – dijo y miró a Ross pero este no se movió de donde estaba- - "y yo, efectivamente tengo mucho trabajo que hacer. La próxima vez que vengas envíame una nota antes y así tendré más tiempo para ti. Capitán Poldark, vaya a buscar al asistente del Señor Warleggan, avisele que su Señor ya se va." Dijo a Ross, mirándolo con insistencia de nuevo. Ross dudó por un momento, pero finalmente asintió y se dirigió a la puerta trampa.
"En realidad, Tom Harry se quedará aquí."
"¿Qué?" Los dos lo miraron anonadados.
"He traído a Tom Harry para que te ayude aquí en la mina. El velara por tus intereses y verá que no se abusen de tu buena naturaleza." George dijo mirando a Ross que estaba con un pie en la escalerilla.
"¡Para controlarla, quiere decir!" Ross no lo pudo evitar. La colera que había acumulado en esos pocos minutos se dejó escuchar en la forma en que pronunció esas palabras y volvió a subir adonde ellos estaban.
"No necesito una niñera." Agregó Demelza a su vez.
"Necesitas a alguien que sepa administrar Wheal Leisure, alguien con experiencia en minería."
"¿Y sugiere que ese gordo bueno para nada sabe algo de minas? Casi se cae sentado al bajar por la trampilla… Lo que uested quiere es cerrarla, tal y como hizo con las demás minas de su familia, tal como hizo con Wheal Reath, y dejar a todos en la calle…"
"¡Ross!"
"Le sugiero que recuerde cuál es su lugar Señor Poldark. No hace mucho usted mismo dormía en las calles de Sawle, tenga cuidado con lo que dice o deberá volver a dormir allí." La voz de George era tranquila, pero su rápido pestañar delataba su nerviosismo tambien. No era un hombre que estuviera acostumbrado a que le llevaran la contra ni cuestionaran sus decisiones. Ni tampoco se esperaba que su prometida lo contradijera, especialmente frente a un empleado.
"La Señorita Demelza no necesita que alguien la vigile, le aseguro que es mucho mas capaz que ese hombre de dirigir esta mina… apuesto que es mucho más capaz que usted." Dijo acercandose a George Warleggan.
"¡Suficiente! Capitán Poldark, vaya a avisarle al Señor Harry que ya debe irse." George no se percató, pero Demelza tocó la espalda del muchacho y flexionó los dedos sobre su camisa cuando dijo esto. Su tono había sido de enfado, y Ross al volverse buscó sus ojos, pero ella observaba a George. Cuando estuvieron solos, se acercó a él. George no la había visto nunca tan enfadada.
"No toleraré que me trates de esta forma, George."
"¿A ti? ¿Es que acaso no ves que esto es por tu bienestar? ¿Para quitarte una carga de encima?"
"No es una carga para mi. No puedes tomar este tipo de decisiones sin consultarme. Tú no eres el dueño de esta mina, yo soy la dueña…"
"No soy el dueño ahora pero lo seré cuando nos casemos y ahora soy un accionista y si quiero poner a uno de mis hombres…"
"Para controlarme."
"… para que ayude a mi futura esposa a administrar y aliviar su trabajo, para que tengas la libertad de disponer de tu tiempo…"
"No siento que me estés dando más libertad, George. ¿Acaso vas a hacer este tipo de cosas si nos casamos?"
'Si. Si nos casamos' – pensó George. Esto era precisamente lo que en lo que no era bueno. Demelza se estaba comportando ahora, no como la mujer de negocios que él sabía que era, centrada y racional, si no como una jovencita histérica, como una niña haciendo un berrinche. Como se comportaban las jóvenes de las que él huía en los bailes a los que su tío lo obligaba a ir.
"Cuando nos casemos, serás mi esposa, y deberás obedecerme." Dijo cortante, al mismo tiempo que Tom Harry y el muchacho aparecían de nuevo en la oficina.
"Creo que ya debes irte, George."
George, al encontrarse delante de otras personas, no tuvo más remedio que terminar la conversación. Odiaba cuando ella se comportaba así, cuando no le dejaba salida más que callar e irse. El siempre solía tener la última palabra. Nadie más era capaz de hacer eso, solo Demelza. El hombre, Poldark, transpirado y cubierto de polvo y tierra, abrió la puerta para que ambos salieran. Tom Harry lo miró y luego salió delante de él.
"Demelza…" intentó insistir una vez más al salir al calor del sol de Cornwall, el joven ya casi había cerrado la puerta detrás de él.
"La Señorita dijo que se vaya."
"¡No me hables así muchacho!" George dio un golpe con la fusta en la puerta y Tom Harry se acercó de inmediato, empujando la puerta y con ella a Ross que dio unos pasos tambaleantes hacia dentro de la oficina. El matón de George también entró y se lanzó encima del muchacho tomándolo del cuello de la camisa y estaba a punto de golpearlo pero Demelza fue más rápida y se interpuso entre ellos, separándolos y empujando sin mucho éxito a Tom Harry de nuevo hacia afuera.
"George, vete. Y llévate a este rufián contigo. ¿Es esta la clase de gente que quieres dejar conmigo? ¿Gente violenta? Mis mineros pueden ser pobres, pero no son matones." Dicho esto, el grupo de mineros que estaba trabajando en la superficie se juntaron a mirar lo que ocurría al oír que Demelza discutía con alguien y, a decir verdad, se los veía bastante enojados y amenazantes lo que hizo dudar a Demelza de lo que acababa de decir. El grupo de hombres se acercó más a George y Tom Harry, que pronto se vieron rodeados. Uno de los mineros acercó sus caballos y George no tuvo más remedio que irse.
Demelza se quedó un momento observándolo, George se giró en su caballo y a ella no le gustó la forma en que la miró. Una mezcla de desprecio y resentimiento. A decir verdad la atemorizó un poco. No le tenía miedo a él, si no al hecho de que George aún era dueño de parte de las acciones de Wheal Leisure y ella aún debía rendirle cuentas en lo que a la mina se refería. Esto aún no había terminado, ella debería aclarar las cosas con George. Respecto a Leisure y respecto a su relación…
Apenas si había cerrado la puerta cuando el muchacho empezó a cuestionarla.
"¡¿Y con ese hombre piensa casarse?! ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso no se da cuenta que es un matón al igual que su empleado? Matón y cobarde, porque él no se ensucia sus propias manos…"
A Demelza la cabeza se le partía.
"… ¿Acaso no se da cuenta que si se casa con él la mina va a ser suya? El se la quitará, no le permitirá que salgas de su casa, no dejará que venga a trabajar…"
"¡Pues últimamente no he trabajo mucho tampoco, ¿no es así?!" – le respondió ella cortante. "No conoces a George…" Ross río entre dientes.
"Lo conozco lo suficiente, conozco a los de su clase."
"A los de mi clase, quieres decir… No necesito que me defiendas ni que me digas más, recuerda cual es tu lugar." – eso lo hizo callar – "Vuelve a trabajar, ya tuve suficiente por un día."
Que estúpido había sido. Ross pasó el resto del día maldiciéndose por haber sido tan incrédulo. Tan idiota al pensar que la Señorita Demelza Carne pudiera pensar en él como algo más que un empleado, a pesar de todo lo que habían pasado juntos, de todo lo que habían hecho. Ross no volvió a subir a la superficie hasta que el turno de la tarde hubo terminado. Demelza no bajó a hablar con él ni estaba en la oficina cuando el subió.
Furiosa, con George y con el muchacho también, Demelza se marchó temprano a casa. Prudie y Jinny se sorprendieron al verla a esas horas en Nampara. Demelza se desplomó en una silla de la cocina y apoyó su frente en sus manos sobre la mesa con un gruñido.
"¿Qué te ocurre niña?" le preguntó la vieja Prudie, desatando su delantal y sentándose junto a ella. Demelza permaneció con el rostro escondido, realmente no quería hablar de lo que había ocurrido, de como se había comportado el hombre con quien supuestamente pasaría el resto de su vida, de lo que el otro hombre con quien engañaba a su prometido le había dicho, de como lo había tratado ella. A medida que las horas pasaron, eso era lo que más la torturaba. Lo que ella le había dicho al muchacho, de verdad que no era como ella pensaba de él. Y ese era el problema principal, que no sabía como lo veía, que sentía por él ni adonde iba su relación, si es que tenían una relación. La última semana había sido la más excitante que ella recordara, incluso cuando estaba con Francis, jamás se había sentido tan… viva. ¿Sería algo pasajero? Los caprichos de una niña rica que, a punto de comprometerse para toda la vida, había encontrado a alguien con quien hacer realidad sus más íntimos deseos? ¿No debería querer hacer realidad esos deseos con su futuro esposo? No, definitivamente no podía pensar así de George, el no le atraía de la misma forma en que el muchacho lo hacía. ¡Judas! Ardería en el infierno…
Demelza escuchó que llamaban a la puerta y de reojo vio a Jinny salir de la cocina para ver quién era y luego volver con un sobre.
"Del Señor Warleggan, Señorita." Dijo la joven desde detrás de su panza.
Demelza limpió algunas lágrimas que habían caído en sus mejillas y frotó sus ojos para evitar que cayeran otras. Jinny dejó el sobre en la mesa.
"Problemas con ese hombre, ¿es eso lo que le ocurre, mi niña?" Insistió su dama de compañía dulcemente. Demelza asintió y abrió el sobre. Prudie pidió a Jinny servir el té mientras ella leía la nota.
'Mi querida Demelza:
Te pido disculpas si te ofendí con mi comportamiento el día de hoy, esa no fue mi intención. Mi solo propósito era ayudarte.
Dos cosas me quedaron en claro después de mi visita, la primera es una reafirmación de mi propuesta. Como te habrás dado cuenta los mineros no son tan santos como tu creías y es por eso, por la tranquilidad de mi conciencia, que insisto en dejar uno de mis hombres allí, para protegerte si insistes en ir a la Wheal Leisure todos los días. No sabes de lo que son capaces esos hombres, por más respeto que te tengan y aprecio que tú sientas por ellos. Recuerda que en los negocios no hay lugar para sentimentalismos.
Lo segundo, pues también es una reafirmación, una confirmación de la promesa que nos hicimos, pero creo que de eso debemos hablar en persona. Por favor, dime cuando sería conveniente para ti que vaya a verte de nuevo en Nampara o tú puedes venir cuando quieras a Cardew, sabes que las puertas de mi casa siempre están abiertas para ti. Tuyo, George.'
Las lágrimas volvieron a caer por su rostro pálido.
"Ya, ya mi niña. Ningún hombre vale la pena sus lágrimas. Si la hace sufrir cuando ni siquiera están casados, quizás no sea una buena idea que se case con él después de todo."
"Hablas como si después de casados fuera aceptable…"
"Pues después del matrimonio ya no hay escapatoria. Una esta estancada con lo que tiene y ya ni quejarse vale la pena. ¿No es así jovencita? Ven, siéntate tú también." Jinny trajo una taza más y se sentó con ellas a la mesa a tomar el té y comer varios bizcochos de miel recién horneados. "Ahora todavía tiene tiempo de arrepentirse mi niña. Ese George Warleggan no me gusta nada. ¿Qué fue lo que le hizo?"
"Pues, se apareció en la mina con un hombre que trabaja para él, un rufián, tan solo con verlo me di cuenta. Y pretendía dejarlo en Wheal Leisure para vigilarme… para que me ayude con el trabajo, según él. Aunque no creo que ese hombre tenga mucha experiencia en minas. Intentó golpear al muchacho…"
"¿A Ross?" preguntó Jinny alarmada. "¿Está bien?"
"Si si, al final no pasó nada. O pasó de todo, no lo sé. George no quiere que trabaje una vez que estemos casados… Pensé, no lo sé, pensé que había sido clara, que él había entendido que yo quiero encargarme de Wheal Leisure y además…"
"¿Además qué?"
"¡No lo sé!" exclamó y se recostó de nuevo con su rostro sobre su brazo, a un costado de la taza de té.
"¿Señorita Demelza?" Jinny tomó su mano suavemente "¿Usted lo ama?"
Demelza se incorporó de nuevo, las dos mujeres la observaban detenidamente.
"Si usted lo ama, deberá aprender a tolerar sus errores."
"Es verdad, mi niña, ningún hombre es perfecto. Yo diría que el hombre es la criatura más imperfecta creada por nuestro Señor. Hasta Jud tiene muchos defectos…" Las dos jovencitas se miraron y no pudieron contener la risa. Después de un momento Prudie rió también. "Lo que quiero decir es que, si es el indicado, aprenderá a vivir con él y si él la ama, él también deberá aprender a respetar sus decisiones."
"Y… ¿si soy yo la que cometí un error?"
"Pues si es usted la que se equivocó, también deberá a aprender disculparse. Pero no se preocupe, a los hombres se los complace de forma muy sencilla." Prudie dio un codazo a Jinny y ambas intercambiaron una mirada cómplice, de la que Demelza quedó excluída.
"¿A qué te refieres?"
"Ya lo sabrá…"
"No, Prudie, dímelo ahora. Ya basta de ocultarme esas cosas. Ya no soy una niña."
"Pues no tiene sentido que lo sepa ahora porque todavía no está casada y no puede hacer nada de ello."
"Jinny no estaba casada cuando lo hizo." Le retrucó Demelza.
"¡Y así le fue! Mírela, con esa barriga y caminando como un pato. No debe pensar en esas cosas todavía, ya le llegará ese tiempo, por ahora debe pensar en si quiere casarse con George Warleggan o no." Prudie se levantó de la mesa dando un bufido.
"¿No debería conocer al hombre con el que pasare el resto de mi vida aún en ese sentido?" preguntó en voz alta, más para ella que esperando una respuesta.
"… hay formas, hay cosas que se pueden hacer sin riesgo de quedar embarazada…" dijo Jinny en voz baja. Demelza la miró intrigada.
Había caído la noche y Demelza caminaba de un lado a otro en su habitación. Las palabras de Jinny habían sido vagas, susurradas en voz baja para que Prudie no escuchara, sus mejillas se habían puesto rojas como un tomate y las de Demelza también al oír las instrucciones. Manos, labios, besos en lugares que su joven sirvienta ni se animaba a nombrar. Jinny había dicho que no había riesgo de embarazo y que se podía llegar doncella al matrimonio si el hombre no… bueno ya sabe. "Oh… claro." Había dicho ella. "A veces eso es más divertido que el acto en sí." Agregó para terminar cuando Prudie la llamó a levantar la mesa y empezar a preparar la cena.
"Creo que me iré a acostar temprano." Demelza fingió bostezar. "Hasta mañana." Jud y Prudie estaban sentados junto a la chimenea en la sala, así que ella se dirigió a la cocina para subir por la escalera de servicio. Antes de volver a su habitación buscó una canasta, tratando de no hacer ruido colocó en ella un pan que había quedado, un tarro de conservas de manzana, una mermelada y queso y algunos pedazos de jamón que habían sobrado de la comida. Después se arrepintió de no haber tomado un a botella de oporto también, pero había tenido que agarrar todo rápido y con sigilo y se había olvidado. No sabía lo que estaba haciendo ni porqué. Sabía que tenía que pedirle disculpas al muchacho, recordaba como la había mirado cuando le ordenó bajar a los túneles y le dijo que recordara cuál era su lugar. Había sido muy hipócrita de su parte luego de como se habían comportado esa semana. Además, en su mente se mezclaban las imágenes de lo que le había dicho Jinny. No era George al que ella imaginaba, ni a Francis. Era el muchacho, Ross quien venía a su mente.
Demelza salió por la ventana de su habitación con la canasta colgando de su brazo. Afortunadamente debajo estaba el techo de paja del establo y, aunque era bastante inclinado, pudo bajar de un salto sin hacer mucho alboroto y sin que nada se cayera de la canasta. Camino rápido hasta llegar al borde de los acantilados y desde allí siguió el camino que llevaba a Sawle. El cielo estaba despejado, las estrellas no habían salido aún aunque la luna ya brillaba tímida sobre la línea del horizonte en la lejanía del mar. No se cruzó con nadie en todo el camino, su paso era rápido y su corazón latía cada vez más fuerte en su pecho. Demelza iba a pedirle disculpas, ese era el principal motivo de su visita, debía olvidar lo que le había dicho Jinny, se trababa de convencer. Después de todo ¿cómo lo haría? ¿Cómo sugeriría semejante cosa? No se creía capaz, moriría de la vergüenza…
Había un poco más de movimiento al llegar al pueblo. Demelza se puso la capucha de su capa sobre su cabeza y se mantuvo caminando en las sombras para que nadie la viera. Nunca había ido a la casa del muchacho pero sabía adonde era. El le había contado que un viejo conocido de Pascoe le rentaba una casita y ella lo conocía. Era una casa de dos plantas, angosta y destartalada entre medio de otras construcciones similares. Cada casa tenía un pequeño jardín al frente y un patio cercado detrás que daban a una oscura calle, allí se dirigió Demelza. Mirando a todos lados para asegurarse de que nadie la viera abrió la cerca y entró al patio. Allí había una pequeña huerta llena de verduras que casi pisa y tuvo que bordear para llegar a la puerta trasera de la casita. Estaba todo muy oscuro. Demelza miró de nuevo las casas de alrededor, volvió a contarlas para asegurarse de que estaba en el lugar correcto pero no llegó a golpear la puerta. Antes de levantar siquiera la mano de atrás de la puerta se escucharon ladridos. Cada vez más cerca, luego los arañazos de patas del otro lado de la puerta de madera y voces. La puerta se abrió de golpe. Una tenue luz bañó su rostro y Demelza casi pierde el equilibrio cuando Garrick se le abalanzó encima.
"¡Garrick!" Demelza dejó caer la canasta al suelo y abrazó a su viejo amigo mientras este lamía su cara y ladraba contento moviendo la cola. Cuando terminó el perro volvió adentro de su casa y ella se puso de pie. Ross estaba apoyado en el marco de la puerta, sus brazos cruzados sobre su pecho y una mirada seria en su rostro.
"¿Qué hace aquí, Señorita Demelza?" su voz sonó enojada para Demelza. Quizás ni siquiera lograra que la perdonara, tal vez ni siquiera la invitara a entrar.
"Vine… vine a traerte esto." Dijo ella. "¿Puedo pasar?" Solo esa pregunta pareció requerir todo el coraje que había logrado juntar en el camino. Ross vaciló un momento a la vez que Garrick volvió a ladrar desde adentro como ordenándole que la dejara pasar. A su pesar, dio un paso al costado y Demelza y su canasta entraron a su pequeña casa.
La puerta trasera daba al sector de la cocina, más allá se veía una mesa y una vela encendida sobre ella. Un tímido fuego chisporroteaba en la pequeña chimenea a pesar de que la noche de verano era agradable, una fresca brisa corría de lado a lado de la casa que la hizo tiritar. Ross la observó inspeccionar su hogar mientras que Garrick movía la cola y babeaba con la lengua afuera excitado junto a la chimenea, el muy traidor.
"Esto es para ti." Dijo extendiendo los brazos con la canasta hacia el – "Una ofrenda de paz…"
Ross tomó la canasta de sus manos. Solo bastó un rápido ojeo para que se le hiciera agua la boca. Luego se dirigió a la pequeña sala sin decir palabra y la apoyó sobre mesita. Al darse vuelta notó que Demelza no lo había seguido, aún seguía de pie junto a la puerta, sin saber muy bien qué hacer. Ross señaló una silla y recién entonces ella se quitó la capa y lo siguió hasta donde él estaba. Apenas se sentó Garrick vino a su lado y luego de que le acariciara las orejas el perro se acomodó a sus pies.
No había otro lugar adonde sentarse más que en una banqueta que Ross solía utilizar para lustrar sus botas. Nadie iba a visitarlo, cada vez que se veía con sus amigos lo hacía en la taberna y ahora que era Capitán ya tampoco lo hacían tan seguido. Así que él se quedó parado, lo que obligaba a Demelza a alzar su vista para mirarlo, sus manos moviéndose inquietas en sobre su regazo.
"Le debo una disculpa… Lo que dije, como lo dije. No me fue mi intención hablarle de esa manera…"
Ross permaneció en silencio. "… y por lo que ocurrió hoy. No sabía que George iría a la mina, ni que intentaría imponerme a su 'asistente' para que se quedara allí…"
"Apuesto a que no le dice muchas cosas." Dijo al fin. "Si se casa con él no la dejará volver a Wheal Leisure, eso quedó muy claro hoy ¿no se da cuenta?"
"Sé quien es George Warleggan…"
"Evidentemente no si se piensa casar con él. O quizás si lo conoce y se piensa casar de todos modos y si eso es cierto entonces significa que soy yo el que está equivocado acerca de la clase de persona que es usted."
"¡Ross!" Demelza se puso de pie. Dudó un instante, un momento en el que recordó lo que Jinny le había dicho, las palabras de Prudie 'a los hombres se los complace de forma muy sencilla' cruzaron por su mente. Era hora de poner manos a la obra, aunque en verdad no tenía la menor idea de lo que hacía. Ross la vio acercarse lentamente, Garrick también la observaba. Cuando estuvo frente a él titubeó antes de apoyar sus manos en sobre sus hombros, el no entendía que estaba haciendo.
"No vine a hablar de George contigo. Yo tengo que lidiar con eso y lo haré, lo prometo. Vine porque no me comporté bien contigo, te ofendí y no fue mi intención. No quiero que estés enojado conmigo." No supo de dónde sacó las agallas para hacerlo, pero al decir esto rodeó sus hombros con sus brazos. Como el permanecía inmóvil, tuvo que ponerse en puntas de pie para dar un beso en una de sus mejillas. Aún sin respuesta, deslizó sus labios por su mandíbula y lo besó otra vez, y otra, hasta que sus labios estuvieron frente a su boca. Los párpados de Ross entrecerrados, "Perdóname." El movimiento de su cabeza fue imperceptible, solo un poco hacia adelante, pero ella estaba tan cerca que sus labios hicieron contacto inmediatamente. Era ella quien lo besaba, quien lo obligó a responder, aunque él no necesitaba mucha coacción para hacerlo.
Garrick se volvió a acomodar junto al fuego mientras Ross y Demelza continuaban besándose en la pequeña salita. "Está bien, te perdono." – dijo él cuando finalmente se separaron y se preguntó si alguna vez sería capaz de negarle algo a esa mujer. Demelza sonrío aliviada y volvió a besarlo. Una vez que la tormenta estuvo en el pasado, aunque todavía quedaban nubes cargadas sobre ellos, ambos se relajaron y se sentaron a la mesa a comer lo que Demelza había llevado. Hacía mucho que no comían solos. Solían hacerlo en Nampara por las noches una vez que Jud y Prudie se iban a dormir, pero no lo habían hecho desde entonces y ambos se dieron cuenta cuanto extrañaban esa rutina. En la mina siempre debían estar a escondidas y alertas de que nadie se acercara, cuando almorzaban siempre había gente a su alrededor, pero de algún modo ahora se sentían a gusto y cómodos en la compañía del otro. Charlaron animadamente durante la cena, Demelza le prometió que no dejaría que George se entrometiera en la mina, aunque él no sabía cómo lograría disuadirlo ni lo que haría ella respecto al matrimonio. Pero ¿qué podía hacer él para detenerla y hacerla cambiar de opinión? El no tenía nada. Un par de veces durante la cena la había observado mirar de reojo el lugar adonde se encontraba, su casa era la de un pobre minero. El estaba agradecido por tener un techo sobre su cabeza, pero estaba seguro que para ella su casa debería parecer una pocilga. En realidad lo que había llamado la atención a Demelza era un pequeño estante que estaba colgado en la pared en donde había varios libros y sobre él, como si se leyera con frecuencia, estaba el libro de poemas que ella le había dejado como regalo de Navidad. La otra cosa que había observado era la angosta escalera que llevaba al piso superior, hacia su habitación, supuso.
A medida que se acababa la comida también creció una tensión entre ellos. Los silencios eran cada vez más extensos, las miradas más profundas. La vela parpadeó y Ross se levantó a buscar otra para reemplazarla. Demelza sabía que ese sería el momento perfecto para irse. Ya había pedido disculpas, Ross ya la había perdonado, habían comido, tomado una copa de vino y conversado. Si se iba ahora mañana volverían a la normalidad, o la normalidad de esa última semana esperaba ella. Se puso de pie luego de que el reemplazara la vela. Solo por el hecho de hacerlo, Ross pasó su mano por sobre la manga de su vestido y besó dulcemente sus labios. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces se habían besado, pero cada vez que lo hacía era como si fuera la primera vez, su corazón latiendo en su pecho, creía que podía sentir el calor de su sangre corriendo es sus venas.
"Gracias por la bonita velada." Dijo ella, tocando su brazo a su vez.
"Gracias a ti por venir…" Era ahora, ahora cuando ella debía decir 'Hasta mañana, nos vemos en la mina.' O…
"¿Adonde va esa escalera?"
"Uhm… al piso de arriba?" Ambos rieron nerviosos.
"¿Puedo ver?"
"… Ssi… claro. Déjame, déjame llevar algo de luz."
Ross guió a Demelza por la estrecha escalera sin saber muy bien que iba a mostrarle en la planta superior. Todo lo que había allí era un pequeño pasillo, el lavabo y su habitación. Detrás suyo todo lo que escuchaba era la respiración de Demelza, la que ella estaba tratando de calmar con todas su fuerzas. Realmente no llegó a ver mucho del pasillo, ni mucho había para ver. Ross señaló una puerta, que más tarde en la noche descubrió que era el cuarto de servicio, y abrió otra que daba a su habitación. El entró primero, iluminando el lugar. La luna brillaba a través de la ventana recortando el contorno la figura del muchacho de espaldas a ella. El no sabía qué hacer. Quizás ella daría un vistazo, daría media vuelta y se iría o tal vez, quizás… Ahora era su propia respiración agitada lo que escuchaba. No la sintió acercarse por detrás, solo cuando sus brazos rodearon su cintura y sus labios tocaron la piel en la base de su cuello fue que ese quizás se volvió en una realidad. Ross se giró en sus brazos, sus ojos lo miraban fijamente de una forma en que él nunca había visto. Sin entender muy bien aún lo que ocurría ella lo besó y el la rodeó con el brazo que tenía libre y apretó sus caderas acercándola a él. Ella intensificó el beso aún más, hasta que la vela estuvo a punto de caer de su mano y vaya ironía habría sido si la habitación se incendiaba en ese momento. Demelza se la quitó de la mano y apoyándola sobre una mesita apagó la llama, la habitación quedó bañada en la luz plateada que entraba por la pequeña ventana. Le tomó unos momentos a sus ojos acostumbrarse a la oscuridad, momentos en que sus cuerpos se estrellaron uno con el otro, en un abrazo apasionado que creaba su propia luz. Sus labios pegados, sus lenguas acariciándose tal como lo hacían sus manos. Ross tocó por primera vez su firme trasero sobre la tela de su vestido, sus caderas eran generosas y su cintura, el ya sabía, era tan pequeña que podía rodearla con tan solo sus dedos. "¿Estás segura?" jadeó mientras ella daba besos desde su barbilla y bajaba por su cuello. La vio mover su cabeza de un lado al otro en la oscuridad. No, no tenía idea de lo que hacía ni estaba segura de nada. Todo lo hacía por instinto, lo que Jinny le había dicho parecía haberse borrado de su mente y no recordaba cómo había ido a parar allí. Todo lo que sabía era que era allí adonde quería estar. Allí, con Ross. "No…" susurró – "quiero decir, si, pero no quiero…"
"No te preocupes, no haremos nada que tu no quieras Demelza."
Demelza nunca habría podido imaginar que tal placer fuera posible. Le parecía que se habían besado durante horas, abrazados el uno al otro. Ross la había acercado a la luz de la ventana para poder desatar las cintas de su vestido, ella había ayudado con el corset. Con solo su enagua había caído sobre la cama y él sobre ella, y continuó besándola, y no solo sus labios. Le parecía que no había dejado ni un rincón de su cuerpo sin besar. En la oscuridad de la habitación sus ojos se veían negros cuando lo vio quitar sus bragas y las medias y besar sus piernas desde la punta de sus pies hasta el ápice entre sus muslos. Ella se retorció en la cama y el volvió a cubrir su cuerpo con el suyo y a besarla en la boca. Todo ocurrió muy lentamente desde entonces.
Sus manos acariciándola mientras la besaba, la fina tela de la enagua cada vez más arriba, sus dedos tocando su piel. Su cintura, la piel sobre sus costillas, sus dedos dibujando círculos alrededor de sus pezones. No recordaba desde cuando sus manos estaban entre su pelo, solo que ella quería también tocar su piel. Sus dedos viajaron por su cuello hasta la abertura de la camisa a acariciar el pecho que ella tantas veces había visto y se había imaginado tocar. Sus labios bajaron hasta su pecho, él no solo los besaba, los lamía y succionaba. Por instinto, sus piernas rodearon su cintura, Ross se movía hundiéndola cada vez más en el colchón una y otra vez. La fábrica del pantalón de su entrepierna presionando en un lugar que hizo que ella gimiera. Ross alzó la vista al escucharla y besando su vientre se dirigió al sur de su desnudo torso. El pecho de Demelza subía y bajaba. Luego no entendería como no se desmayó en el momento que los labios de Ross se cerraron sobre sus partes íntimas porque todo el aire escapó de sus pulmones en un grito silencioso.
Jinny no le había dicho nada sobre esto.
Las sábanas estaban todas revueltas, enredadas en su mano. La otra en los negros cabellos del muchacho que con sus labios, besos, lengua y lamidos había reducido a Demelza a un retorcijo de gemidos, temblores e infamias que espantarían a Prudie y por la que nunca más la dejarían entrar a una Iglesia. Su cuerpo aún se estremecía cuando abrió los ojos. Con un último gemido, había caído rendida ante una sensación que jamás hubiera creído que existiera, su respiración aún agitada, apenas si había notado que el peso de cuerpo de Ross ya no estaba sobre ella. Lo vio sentado en el borde de la cama. Dandole la espalda y en la oscuridad, había algo frenético y aún así indiscernible en su postura ¿Qué estaba haciendo? Lo escuchó suspirar, un sonido extraño que ella nunca había escuchado y levantar su cabeza hacia el techo. Gimió otra vez. Demelza se puso de rodillas sobre el colchón, la enagua cayó a su alrededor cubriendo su cuerpo y gateando se acercó a él. Cuando llegó a su lado se dio cuenta lo que sucedía. De esto sí le había hablado Jinny. Ross se había bajado los pantalones, su miembro es su mano, se estaba… ¿Cuál era la palabra? Jinny le había dicho que a veces ella ayudaba a Jim con eso. Titubeante, Demelza besó su cuello y se acercó más a su lado, colocó su mano sobre la suya haciéndola a un lado y lo rodeó con sus dedos, moviéndolos de arriba hacia abajo. Le tomó un momento encontrar un ritmo, pero Ross volvió a gemir un momento después "Más rápido" dijo en un suspiro y un instante después se vino en su mano. No tuvo tiempo de sorprenderse, Ross la volvió a besar y entrelazados cayeron cansados de nuevo en la cama. Allí habían permanecido el resto de la noche.
Cuando la luna dejó de brillar a través de la ventana augurando el amanecer, fue Demelza la que habló primero "Tengo que irme." Dijo y besó su nariz. – "Te acompañaré."
Ambos se vistieron en silencio. Ross tuvo que encender otra vez la vela para poder ayudar a Demelza a atar las cintas que sujetaban el vestido y a encontrar una media que por un momento pensaron había caído por la ventana en el jardín.
Cuando salieron de Sawle Ross tomó su mano y así recorrieron el camino de vuelta a Nampara. No hablaron mucho en el camino tampoco, cada uno perdido en sus propios pensamientos y en los recuerdos de la noche. Les parecía un encantamiento que se podía romper con el más mínimo sonido. No había pájaros ni se cruzaron con ninguna criatura, todo estaba quieto, congelado en un momento que ninguno de los dos quería que terminara. Pero así debía hacerlo.
"Hasta aquí está bien." Habían llegado a los manzanos y Nampara parecía una montaña de roca gris oscura en la distancia.
"Me quedaré aquí hasta que entres."
"Deberé escalar el establo, no te asustes si me ves que caigo rodando desde el techo." Ross sonrió y la miró algo preocupado.
"Es una broma. Entraré por la cocina, dudo que Jud o Prudie estén dando vueltas por ahí a estas horas."
"Solo si dejaron algún pastel sin comer. ¿Nos vemos en Leisure en un rato?"
"Estaré allí a primera hora."
Luego de un dulce beso de despedida, ella agregó "Ross. George… no me casaré con él. Pero si tenemos que resolver algunas cosas antes."
Ross asintió. Demelza se estaba llevando su corazón en ese momento, él se lo había dado.
"Nos vemos en un rato."
"Nos vemos." Dijo y se fue hacia Nampara, de tanto en tanto dando un salto.
Pero ella no cumplió con su palabra. Demelza no fue a Wheal Leisure esa mañana.
