iCapítulo 10
Vacío/i
En la noche del día siguiente, una fiesta comenzó después de que todos los consortes de Gilgamesh hicieran un baile maravilloso a la realeza de Uruk. En aquella fiesta había comida por todos lados, además de juegos y música agradable. Las concubinas de Gilgamesh bailaron por toda la instancia, sin detenerse, entre cúmulos de gente que aplaudían e incitaban el movimiento de sus caderas, moviendo pequeñas panderetas que producían un sonido rítmico. Enkidu observaba y ladeaba la cabeza al ritmo de la música, viendo cómo Nidasag era capaz de curvar su espalda de manera casi inhumana.
El salón era una enorme fiesta alegre y movida. Incluso los niños bailaban y jugaban con pequeños balones de cuero. Los sacerdotes de diferentes dioses alegraban a los presentes con sus bailes. Otros formaban grandes rondas y danzaban alrededor de una odalisca y sus músicos.
Enkidu evidentemente mareado por el alcohol, se dirigió hacia Gilgamesh, quien conversaba algo distraído con una anciana quien se decía era la mujer mas vieja de toda Uruk. Enkidu coló sus manos por la espalda y rodeó la cintura de Gilgamesh, lo que produjo que el rey se sobresaltara. Enkidu miró dulcemente a la anciana por sobre el hombro de Gilgamesh y esta asintió, agachando la vista y con un gesto de su mano, permitió que Enkidu se llevara a Gilgamesh.
—¿Qué haces? —preguntó Gilgamesh, volteándose a verle, algo molesto por la interrupción—¿Qué te pasa?
—No puedo contenerme—dijo cerca de su oído.
Gilgamesh con el aliento de Enkidu, supo enseguida que nuevamente estaba ebrio.
Enkidu apoyó la nariz sobre el oído de Gilgamesh y respiraba constante y tibio. Gilgamesh reprimió una sonrisa y le apartó sutilmente.
—¿A qué quieres jugar? —susurró Gilgamesh, con un tono engreído, demostrando lo complacido que estaba con la situación.
—¿Esto es un juego? —dijo Enkidu, ladeando la cabeza como si no pudiese sostenerla— Dime, ¿Vas a jugar?
—No me tientes—comenzó Gilgamesh, mientras observaba como Nidasag lo seducía con su baile. Se sentó en un montón de almohadas y sus sirvientes le ofrecieron frutas. Gilgamesh los apartó e invitó a Enkidu a su lado—. ¿Por qué de pronto te pones así?
Enkidu se recostó sobre las almohadas y colocó su rostro sobre sus manos. Sonreía algo ido, mirando a Nidasag descaradamente a los pechos.
—Las mujeres son lindas—dijo, apartando su cabellera— ¿Cuál te gusta más?
Gilgamesh miró pasmado a Enkidu y le sirvió otra copa de vino más.
—Creo que Kinnamu me gusta más—dijo, citando a una de sus consortes favoritas—, pero Nidasag es obediente y silenciosa. Quisiera que Kinnamu cerrara la boca mientras estoy con ella.
—Hmm… —exclamó Enkidu, recibiendo la copa— ¿Algún día me dejarás estar con alguna?
—No.
Enkidu dibujó una sonrisa en su rostro y desvió la mirada.
—Bueno, cuando lo haga no te preguntaré.
Gilgamesh lo miró con furia en sus ojos, como si Enkidu lo hubiese insultado de un momento a otro. Arrugó el entrecejo y se dedicó a observar a Nidasag.
—Odio que hagas eso—dijo con voz autoritaria—. No tienes el derecho de protestar ante mis órdenes.
Enkidu volvió a mirarle con su sonrisa dulzona y susurró.
—Hace un tiempo me dijiste que yo estaba celoso. Ahora entiendo que tú estás celoso.
Gilgamesh se quedó de piedra.
—Cállate Enkidu. Estás siendo tan hablador como Kinnamu—dijo Gilgamesh, intentando no perder la calma.
Enkidu deslizó elegantemente una de sus manos enguantadas por el muslo de Gilgamesh y volvió a tomar vino.
—¿De qué tienes celos si te apropias de mi cuerpo cuando quieres? ¿Acaso no puedo disfrutar de alguien más como tú lo haces? —preguntó Enkidu, comiendo unas cuantas uvas que estaban a su disposición.
—No, no puedes—repitió Gilgamesh, ya enojado—. No quiero que toques a mis mujeres.
—¿Y a Shamhat? —dijo Enkidu, hablando de la sacerdotisa con la que perdió su virginidad.
—Tampoco. Ella ya hizo su trabajo.
—Pero… Shamhat me ha quitado mi virginidad—recordó Enkidu, distraído—. ¿No puedo hacer lo que se supone que se hace con una amante? ¿Por qué la has permitido en el palacio?
Gilgamesh guardó silencio por un momento.
¿Por qué le molestaba tanto que Enkidu quisiera estar con alguien más si él mismo seguía frecuentando su propio harem?
—Las sacerdotisas de Ishtar no sólo sirven para acostarse con ellas, no he permitido algo así como un harem para ti—dijo Gilgamesh, estando al tanto que el tiempo que no habló era delator—. Pueden servir de consejeras o de asistentes.
—Vaya asistentes que tienes, Gil—rio Enkidu con un tono casi seductor en su voz—. Te asisten bastante bien en tus deseos carnales.
Gilgamesh apretó los dientes con rabia y respiró fuertemente.
—Enkidu, cierra la boca—masculló y le dirigió la mirada.
Enkidu le observaba con un tierno color rojizo en sus mejillas, los labios manchados de vino y el cabello suave y sedoso cubriendo los costados de su rostro. No parecía molesto ni enojado por lo de las consortes de Gilgamesh, más bien lucía divertido, ya que logró que Gilgamesh se molestara.
Gilgamesh liberó la tensión en su pecho y se dedicó a observar a la gente. De vez en cuando sentía las manos de Enkidu jugar con el nudo de sus vestimentas o con la piel de su pierna que se descubría de sus pantalones. Los actos pasaban desapercibidos entre las almohadas y las mantas que había en el lugar, por lo que Enkidu aprovechó aquello y acariciaba los muslos de Gilgamesh con descaro. Gilgamesh estaba al tanto que su piel respondía rápido ante los estímulos y el juego de miradas entrecruzadas y sonrisas por parte de Enkidu lo estaban provocando.
—¿Te gusta? —susurró Enkidu, una vez que sus dedos pasaron muy cerca de su entrepierna.
—Estás ebrio—dijo Gilgamesh algo mareado también, pero lo suficientemente sobrio como para discernir sus acciones.
—Sí, lo estoy—admitió Enkidu con los ojos entrecerrados.
Y su mano tentó más aún en la intimidad de Gilgamesh.
Gilgamesh ya se encontraba lo suficientemente excitado, pero estaba en público. Intentó distraerse observando a unas mujeres hablar entre ellas, cuando los traviesos dedos de Enkidu comenzaron a tocarlo. Él podría haberlo detenido, pero realmente no quería.
Lo miraba desde su altura por el rabillo del ojo, disimulando como si nada pasara. Respiró profundo y colocó una mano sobre la cintura de Enkidu, aferrándose con fuerzas.
—Sí, te gusta—se contestó Enkidu, mordiendo sutilmente su labio inferior.
Gilgamesh suspiró tranquilo, sin ninguna expresión en su rostro, aunque su mano en la cintura de Enkidu delataba otra cosa.
Luego de un momento de miradas y sonrisas, Gilgamesh habló:
—Ya sabes lo que has hecho—susurró Gilgamesh con serenidad, como si nada pasara—. Tenemos que salir de aquí.
Gilgamesh tomó del brazo a Enkidu y se escabulleron entre las personas, saliendo del gran salón de fiestas. Su corazón latía fuerte y su respiración era intensa. No era primera vez que ocurría algo así con él. Sus concubinas eran lo suficientemente seductoras para provocarlo así de vez en cuando, pero esta vez Enkidu fue demasiado lejos. Tras cada esquina silenciosa, Gilgamesh aprovechaba de apresar a Enkidu entre su cuerpo y la pared para morder su cuello o tocar su entrepierna, que también lo delataba. Ambos reían por lo bajo y Enkidu se aferraba de los cabellos de Gilgamesh, alzando el cuello para que él tuviese plena libertad de encaminarse hacia él.
Así llegaron a la habitación de Gilgamesh, donde Enkidu tuvo que apoyarse en una de las paredes para sortear los mareos. Desde la altura se escuchaba la música de la fiesta y las risas. En el silencio de la instancia, Gilgamesh encendió una vela y la oscuridad se disipó de su rostro, delineando su expresión tranquila y confiada.
Enkidu y Gilgamesh conectaron sus miradas y no dijeron palabra alguna. Los ojos parsimoniosos de Enkidu indicaban que estaba desecho en sensaciones hedonistas. Lentamente le dirigió una sonrisa y se encaminó hacia él, apagó la vela y se la quitó de las manos para dejarla sobre una mesita enchapada en oro.
—Creo que es mejor así—dijo Enkidu, hablando muy cerca de los labios de Gilgamesh.
Gilgamesh bufó, demostrando la seguridad de su semblante y agarró a Enkidu por la cintura para luego tomar su mandíbula con violencia y besarlo.
Algunas cosas se cayeron de la mesa en donde ambos chocaron. Enkidu respiraba acelerado, su cabello se enredaba entre los dos y sus manos se deslizaban por el torso esculpido de Gilgamesh. Con el antebrazo, Gilgamesh apartó todas las cosas sobre la mesa y tomó a Enkidu por la cintura con una facilidad increíble para subirlo sobre ésta. Se apegó a su abdomen y continuó con su beso desenfrenado. Los jadeos se oían desesperados, entre pequeños espasmos de Enkidu y risas engreídas de Gilgamesh.
La sangre hervía tentadora, el aroma de su cuerpo era embriagador, el calor de sus manos le hundían en la locura, sus cabellos eran cientos de dedos palpando su cuerpo.
Gilgamesh se detuvo abruptamente.
Enkidu respiraba agitado y se sostuvo con la palma de sus manos apoyadas en la mesa. Sus piernas separadas a cada lado de los costados de Gilgamesh lo hacían lucir completamente entregado. Se apartó el cabello de los ojos y preguntó en un susurro urgido:
—¿Qué pasa?
Gilgamesh sintió cierto recelo en su pecho. A pesar de los cientos de días transcurridos desde aquel encuentro en las afueras de su palacio, algo no lo dejó en paz en ese preciso momento. Quizás fue permisivo y acelerado su actuar.
i"Pero es mi amigo" /ipensó, mientras se apartaba con cierta frialdad.
Pensó con un poco más de calma y extendió la mano para que Enkidu se incorporara.
—Levántate—ordenó y señaló el balcón.
—¿En qué piensas? —dijo Enkidu luego de un momento. Se ordenó la ropa y el cabello, luego de que el desenfreno lo dejaron algo desarreglado.
Gilgamesh no contestó. Sabía que estaba siendo evidente en su actuar y eso le causaba cierto resquemor. Torció el gesto y se apoyó en el balcón.
—¿Qué es lo que pretendes? —preguntó con tranquilidad, manteniendo un semblante severo.
Enkidu sorteó un mareo y frunció el ceño ligeramente.
—¿A qué te refieres?
—No me hagas perder la paciencia.
Enkidu se apoyó en un contrafuerte del balcón y se cruzó de brazos. Su cabello se despeinó con la brisa y sus ojos destellaron con el brillo de las antorchas de jardines más abajo.
—Intento que nos acerquemos.
Guardaron silencio un momento. Gilgamesh mordió las paredes internas de su boca, sintiéndose impotente. Resolló con fuerzas y encaró a Enkidu:
—¿Y no te molesta admitirlo?
Enkidu entornó los ojos y ladeó la cabeza. Miró pesadamente a Gilgamesh unos momentos y alzó levemente las cejas.
—No creí ver inseguridad en ti nunca, Gil. He hecho esto muchas veces, ¿Por qué ahora es diferente?
—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —dijo Gilgamesh, haciendo un gesto con su mano, como si apartara un insecto invisible.
Enkidu mantuvo su postura y desvió la mirada.
—Eso no lo puedo lograr si la duda está en tu mente. No depende de mí disipar esas tinieblas, ¿En serio le temes a algo? Esto me sorprende, Gil.
—No le temo a nada. No saques conclusiones apresuradas—masculló Gilgamesh, apretando los puños.
—Le temes a mi traición.
Gilgamesh se volteó rápidamente hacia Enkidu y él mantenía la misma postura, sin inmutarse a pesar de estar ebrio. Le sonrió lentamente con cierto aire pedante que aprendió de Gilgamesh, pero con la naturalidad de sus facciones.
—Fuera de aquí—barbulló Gilgamesh, intentando no alzar el tono de su voz.
—No me iré Gil. A mí no puedes ordenarme como a los demás. Soy tu amigo, soy tu confidente. No dudes nunca de mí porque no puedo traicionarte, no tengo motivos para hacerlo.
—Todos en este mundo tienen malicia.
—Pero yo no soy de este mundo.
El viento rompió la tensión entre ambos al hacer sonar una campanilla sobre ellos. Enkidu relajó la expresión y pestañeó con un encanto único de él. Su rostro joven y hermoso no demostraba ningún atisbo de perversidad en sus palabras.
Gilgamesh tuvo la sensación de conocerlo poco.
—Como sea—dijo Gilgamesh finalmente—. Tú eres mío y soy yo quien rige esta tierra. Te ordeno que te largues de aquí. No quiero oírte.
— ¿Por qué me has perdonado la vida? —susurró Enkidu de la nada, sin moverse ni un centímetro.
Ambos se quedaron tensos unos instantes. Gilgamesh tornó su expresión a una desagradable mueca de arrogancia, como si le hubiesen hecho una broma de mal gusto. Mantuvo una sonrisa ácida ante la pregunta, teniendo la oportunidad de humillar a Enkidu si así lo quería.
Pero él no quería.
Dentro de su mente resonaba aquella pregunta muchas veces, ¿Por qué no lo hizo? ¿Se arrepentía acaso de ello? Su rictus se tornó serio y abrió la boca para contestar:
—Porque un día soñé contigo—contestó Gilgamesh, mirando uno de los jardines colgantes—. Venías de los cielos, envuelto en una piedra de colores, que destellaba como ninguna otra. Adentro estabas tú, dispuesto a descender. Cuando me miraste me paralicé. Nadie en este mundo tuvo alguna vez aquel poder sobre mí, de petrificarme con la mirada. Tu eres el único que ha sido capaz. Aquel día en que me desafiaste, yo sabía que venías por mi muerte porque mi madre Ninsun me lo dijo, pero cuando pude haberte matado, vi el color de tus ojos y el mismo maldito efecto tuviste sobre mí. Supongo es de ese poder que te dotó Aruru para acabar conmigo.
Enkidu asintió y frunció los labios.
—Y tu arrogancia es tal que no puedes admitir que sigues cayendo conmigo, ¿Tan indigno es para ti?
—Yo no he caído contigo. Eres mi amigo.
—Creo que eso es suficiente prueba para decir que has cedido conmigo.
—¿Qué quieres? —vociferó Gilgamesh, divertido— ¿Quieres que te envíe al calabozo nuevamente, como el primer día? No me hables como si tuvieras poder sobre mí, me es suficientemente gracioso como para no golpearte ahora.
—Quiero luchar tu lado toda mi vida—susurró con sinceridad Enkidu—. Seré tu arma, utilízame como tú quieras. Puedo ser tu amigo, tu confidente, tu oyente, tu consejero, todo lo que tú quieras. Sólo no me dejes abandonado, quiero ser un tesoro útil para ti.
Una ola de placer inundó a Gilgamesh al escuchar esas últimas palabras. Reprimió la sonrisa complacida y cerró los ojos sintiéndose completamente lleno.
—Eres mío, Enkidu. Te he robado de los dioses y no me importa. Eres mío, cada centímetro de tu cuerpo me pertenece. Soy yo quien te domina, sin mí no tendrías el poder que tienes, recuérdalo siempre.
—Úsame… ya te lo he dicho, no necesitas escuchar más—murmuró Enkidu, encogiéndose de hombros.
—Desnúdate—ordenó Gilgamesh, sin mirarle—, te daré lo que quieres. Hazlo rápido, estoy enervado.
Y así, Gilgamesh, comenzó a quitar la ropa de Enkidu con rapidez. Tomó su cuerpo y primero lo dejó de espaldas a él y fue por sus piernas. Sin muchos rodeos, apoyó a Enkidu en el balcón para luego, después de lubricarse, hacer lo suyo. Fue en silencio, sin besos, sin jadeos. Enkidu lucía inanimado, dejando que su cabello cubriera su inexpresión y flotara por la orilla del balcón.
Gilgamesh trató a Enkidu como una de sus concubinas más, pero Enkidu sonreía, pues estaba siendo utilizado de cierta manera.
Y sabía que Gilgamesh cayó en sus encantos.
—¿Estás satisfecho? —preguntó cuando supo que Gilgamesh terminó dentro de él. El calor del líquido le hacía cosquillas y pugnaba por salir.
Enkidu se incorporó y se volteó para recostarse en el balcón. Seguía ebrio y una sonrisa dulzona se pintaba en su rostro, mientras que Gilgamesh lucía sombrío y hastiado.
—No, no lo estoy. Has sido completamente inútil para esto—dijo con rabia—. Tendré que llamar a una consorte para hoy.
—Está bien—contestó Enkidu con expresión relajada—. Quisiera saber una cosa—dijo, cambiando el tema radicalmente.
—¿Qué quieres?
—¿Te arrepientes de haberme nombrado tu consejero? Porque si es así, puedo renunciar al cargo y volver a ser lo de antes. No me molesta.
—No, no me arrepiento. Así estás bien—respondió Gilgamesh, señalando la salida de su habitación—. Vete.
Enkidu desvaneció su expresión ensoñada en una melancólica. Tragó con dificultad y tomó sus prendas del suelo para volver a vestirse. Su cabello molestaba con la labor, pero finalmente lo logró.
—Volveré al amanecer—dijo Enkidu ya listo para irse.
—No, no vuelvas. No quiero verte.
Enkidu colocó una mano sobre el hombro de Gilgamesh y le quitó una hoja que acababa de caer en él. Dirigió sus hermosos iris a los de Gilgamesh y él entornó los ojos.
—Ya no funciona, Enkidu. No lo sigas intentando. Ahora me doy cuenta qué es lo que quieres.
—¿De verdad? —tentó Enkidu, deslizando su mano desde el hombro hasta la mano de Gilgamesh, el cual la apartó con un gesto—, ¿Podrías decírmelo? No sé realmente qué es lo que quiero.
—Quieres tenerme a tu disposición—contestó ácidamente Gilgamesh—. Quieres que me doblegue a ti. Eres un necio, un estúpido. Ya no quiero que vuelvas más a esta habitación. Tienes la tuya propia.
Enkidu cerró sus ojos con zozobra, transformando su expresión en una nube negra cargada de lluvia.
—No hagas eso—susurró Enkidu, descendiendo por el pecho de Gilgamesh—. Sé que no podrás…
—¿No podré qué? —contestó Gilgamesh, tomando la mano de Enkidu por la muñeca y apartándolo con rabia— Acata mi orden y vete de aquí.
—¿Qué fue lo que pasó para que de pronto comenzaras a tratarme así? —preguntó Enkidu con curiosidad.
—Me acordé de quién eres en realidad. Eso ocurrió.
—Pero… si no soy nadie—contradijo Enkidu—. Prometí ante tu madre que sería tu arma y tus ojos si fuese necesario. Soy todo por ti.
Gilgamesh soltó una risa presuntuosa.
—Cállate y sal de aquí.
Enkidu tenía las cejas curvadas y sus ojos brillaban más de lo usual, pero de pronto su semblante cambió. Alzó la vista hacia Gilgamesh y se podía distinguir la fuerza de un rayo en su mirada. La mandíbula se tensó y sus tendones se delinearon bajo la piel.
—No. Me aburrí de seguir tus órdenes, Gilgamesh. No sé qué más buscas de mí si ya te he dado todo. Soy yo quien está a tu disposición, a tus pies. Soy el necio y el estúpido que quieres que sea. No me iré esta noche de aquí, aunque traigas todas las mujeres y hombres de tu harem. No me importa, aquí me quedaré porque soy tu amigo y no merezco este trato.
Gilgamesh alzó las cejas a la par que sus párpados se abrían levemente. Se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, con una desagradable sonrisa irónica.
—¿Y qué trato mereces, según tú?
—Soy el único que te ha acompañado todo este tiempo—dijo Enkidu, suavizando su voz—. ¿Aquello no significa nada? Tu madre me ha tomado bajo su tutela, he dispuesto mi vida a tus manos, he regalado mi placer a tus oídos.
—No tienes derecho a exigir nada. Eres parte de mi colección y además cumplo tu deseo de ser utilizado.
—Y lo haces bien—sonrió Enkidu, colocando un mechón de cabello tras su oreja—, pero aquello no quita que de pronto me rechaces de esta manera. No me iré de aquí ni de tu lado ni nada que nos aparte, de todas formas… —alzó la mano y la cadena se materializó— estás atado a mí.
Gilgamesh curvó la comisura de sus labios en una sonrisa complacida, como si aquello le recordara algo sumamente agradable. Levanto su propia mano encadenada, haciendo que la de Enkidu se moviera.
—Quizás esto demuestre que eres mi mascota.
Enkidu bufó conforme la cadena se desvanecía en un polvillo dorado.
—No soy tu mascota. Soy tu amigo—insistió.
Volvió a mirarle. La sinceridad de sus palabras se tornaron caricias suaves que Enkidu profirió con el pestañeo. Gilgamesh suspiró hartado y torció el gesto para darle la espalda. Colocó sus manos en la cintura y se debatió internamente unos segundos para luego voltearse y tomar a Enkidu por la cintura y besarlo con desenfreno propio de su rabia transformándose en pasión. Esta vez no pudieron mantener el equilibrio y cayeron al suelo del balcón, sobre los cojines de plumas y las mantas selectas. La ropa de Enkidu volvió a revolverse en el suelo, el cuerpo de Gilgamesh era delimitado por la luz de la luna. Su lengua recorrió sin descaro el cuello de Enkidu hasta llegar a sus labios. Tiró de sus cabellos, manejó aquel delgado pero esbelto cuerpo como quiso y Enkidu se entregó a aquella dominancia.
Gilgamesh tenía un desastre en su cabeza. Quería apropiarse más aún de su cuerpo, quería demostrarle que todas sus palabras no tenían efecto en él, pero Enkidu era veneno puro, su único amigo y por muy orgulloso que fuese, no dejaría que se fuera de su lado. No permitiría nada así.
—Te odio—le dijo al oído, mientras apartaba sus verdes cabellos y besaba su oreja.
Enkidu soltó un suspiro de placer y dejó sus brazos extendidos caer a un costado.
—Ódiame—rogó, mientras un hilo de saliva se escapaba de sus labios.
Gilgamesh volvió a entrar en él, tirando lejos la botella de aceite, produciendo un ruido metálico al chocar con las cornisas. Enkidu lloró de placer, se retorció para el gusto de Gilgamesh y se entregó como tantas otras noches.
Lo cierto es que Gilgamesh no lo odiaba.
Odio era lo que menos sentía por él.
