Sólo un vistazo 3
Advertencia: Incesto.
Cualquiera que no se sienta cómodo con este hilo argumental, favor de hacer caso omiso. Gracias.
Un rayo iluminó toda la habitación, arrojando unas muy poco amistosas sombras en cada pared y rincón. La lluvia azotaba los vidrios de las ventanas con sus pesadas gotas, al igual que fuertes corrientes de aire empujaban todo a su paso.
En Nueva York se habían visto peores tormentas, pero a Peter le costaba mantener la calma.
Canturreando para no dejarse llevar por el pánico, se concentró en leer las notificaciones de su teléfono mientras escuchaba música a todo volumen desde sus auriculares. Como estaba decidido a no escuchar los truenos, se había hecho un ovillo sobre su cama, debajo de tres gruesas mantas.
Pero un trueno que sacudió la tierra y la dejó tambaleante, lo alcanzó pese a todas sus precauciones.
Estúpido, estúpido, estúpido, se regañó, abrazándose a sí mismo e intentando pensar.
Peter no podía permitirse el lujo de estar asustado, aunque el corazón le fuera a mucha más velocidad que el ritmo de la música. Si admitía que estaba asustado, cedería a la necesidad de llorar.
Pero cuando otro rayo volvió a rasgar el cielo, seguido de otro potente trueno, Peter supo que ya no podía más.
A los pocos segundos, se encontró frente a la puerta de su papá.
Llamó tímidamente primero; el siguiente trueno jugó con la electricidad de la casa y entonces, más cerca del pánico de lo que le habría gustado, Peter llamó con fuerza hasta que Tony le abrió.
—Perdón —No sabía de qué se disculpaba: por haber perdido los estribos antes, cuando su papá sólo quería darle un masaje, o por aporrear su puerta a mitad de la noche. O quizá por ambas cosas. De cualquier forma, no se atrevió a levantar la mirada—. No puedo dormir…Perdón.
¿Por qué se le tenía que romper la voz en aquel preciso momento?
Enfadado consigo mismo por aquella reacción infantil, se obligó a esperar la respuesta de su papá, aun sin mirarlo a los ojos.
No era despiadado, por supuesto, pero a veces Tony le privaba de ciertos lujos cuando Peter hacía algún desplante de rebeldía –lo cual, no sucedía muy a menudo–. Irse a la cama sin cenar, prohibir videojuegos durante una semana, limpiar el escusado; ese tipo de cosas eran unos cuantos ejemplos de disciplina paterna. Sin embargo, como Peter siempre fue un buen chico, Tony jamás necesitó ir más lejos.
Un estallido, parecido al de un disparo, hizo que Peter se estremeciera de pies a cabeza y apretara los ojos, antes de soltar un quejido angustiado.
Casi inmediatamente se vio envuelto en unos fuertes brazos.
—No hay nada qué perdonar.
Las lágrimas bajaron silenciosamente como un bucle sin fin, y unos suaves hipidos lo agitaron mientras sollozaba sobre el pecho de su padre. Su cabello era acariciado por las mismas manos que le habían explorado la espalda y los pies, horas atrás.
—¿Puedo dormir aquí?
—Desde luego que sí.
Todavía no lo había soltado y Peter todavía no se encontraba en condiciones de pedírselo.
A medida que se fue calmando, Tony lo dejó pasar y señaló su cama. Era objetivamente más grande que la de Peter, y sabía también que era mucho más cómoda. De niño había dormido allí incontables veces; porque tuvo una pesadilla, porque estaban en temporada de lluvia, o simplemente porque prefería dormir a lado de su papá. La realidad era que siempre fue muy apegado a Tony. Incluso ahora seguía siéndolo. Tal vez demasiado.
Exactamente igual a cuando era niño, pensó Peter, mientras su papá le prestaba más cobijas para que se las envolviera en el cuerpo como un rollo primavera.
—Cuando hice esta casa, particularmente este dormitorio, le pedí al arquitecto que las paredes las volviera a prueba de sonido —dijo Tony sentándose en la cama—. Pero creo que no hizo muy bien su trabajo.
—Sí, no funcionan para nada —musitó Peter entre dientes, terminando de colocarse las cobijas alrededor de su figura.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó su padre extrañado.
Peter se aclaró la garganta.
—Aun escucho la tormenta.
Tony asintió, conforme con su respuesta, y luego se dejó caer sobre la cama, luciendo cansado.
Había abandonado el elegante traje de negocios para colocarse una playera blanca y unos pantalones para dormir cuadriculados. Aun así, parecía sacado de una revista de modelaje.
Peter también se acomodó en la cama, aliviado de que la luz de la lámpara estuviera encendida, y Tony volvió a rodearlo con sus brazos. De alguna manera, Peter sentía su toque a través de todas las cobijas. Sin embargo, a pesar de la evidencia obtenida a partir de sus continuas reacciones cuando Peter entraba en contacto con el cuerpo de su padre, esa vez, no sintió nada. Nada en absoluto.
El cuerpo de Tony era cálido como siempre, emanaba un perfume de almizcle, la esencia de su piel tibia y una pizca de pasta de dientes. Peter tuvo que reprimirse para no aspirar profundamente en su cuello.
Pero no era nada rayando en lo indecente o en la inmoralidad. Él sabía reconocer la sensación extraña y cuestionable que lo embargaba cuando Tony estaba cerca, y aquella calma, aquella confortante serenidad que lo recorría no podía llamarse eso.
De pronto se sintió enfadado consigo mismo. ¿De qué le había servido llorar salvo para darle un poderoso dolor de cabeza y dejarle los ojos hinchados? Ahora se sentía mucho mejor, en los brazos de su papá. El mundo podía seguir girando y todo volvería a la normalidad.
No se había dado cuenta de que murmuraba un vago "gracias" hasta que su padre intervino.
—No hay nada qué agradecer. Sé lo mucho que te asustan las tormentas, y yo no soy capaz ver a mi hijo llorando. Aunque mi hijo sea un insolente mocoso.
—Sigues enfadado conmigo —adivinó Peter.
—En parte. Principalmente, frustrado. ¿Estás seguro de que no quieres liquidar el asunto ahora mismo y decirme cuál es ese enorme cadáver que escondes en el armario? Odio verte así.
—No es nada, papá —dijo, y por primera vez, pensó que se acercaba un poco más a la verdad.
—Tienes razón, debieron ser imaginaciones mías.
Suspirando, Peter acomodó la frente en el pecho de Tony. Oyó distantemente los truenos, percibió apenas los rayos que cortaban las sombras tenuemente iluminadas del dormitorio, y puso toda su concentración en el perezoso latido del corazón de Tony.
—No es nada por lo que debas preocuparte.
—Sólo desearía que tuvieras más confianza en tu padre —dijo Tony—. Solíamos ser muy cercanos, ¿no?
—Mmm —se limitó a decir Peter.
—¿Qué sucedió?
—¿Me hice mayor? Ya no dependo tanto de ti, papá. Así sucede.
—Claro, porque ser abrazado por tu papá cuando tienes miedo es un signo de que te has hecho mayor.
Peter le vio la gracia al comentario y sonrió.
—Algunas cosas nunca cambian.
—¿Qué sí ha cambiado?
Decidiendo que a veces el silencio era mejor respuesta que sus torpes balbuceos, Peter no dijo nada. Pensó que quizá alimentaría las preocupaciones de su padre con ello, y que le haría más preguntas, pero lo único que se oyó, aparte de la tempestad, fue la tranquila respiración de Tony mezclada con la suya.
Aquella serenidad le invitó a cerrar los ojos. El miedo de antes, al igual que su preocupación inicial por dormir junto a su padre, fue evaporada como una gota expuesta al calor que ambos irradiaban con sus cuerpos pegados en armonía.
—Buenas noches, Pete.
Unos labios se posaron sobre su frente.
Cuando un bajo sentimiento, que Peter reconoció como de excitación, se apoderó de él, inmediatamente quiso reprimirlo. ¡En qué estaba pensando otra vez! Ni siquiera su imaginación tenía derecho a dirigirse en aquella dirección. No ahora. Un poco aturdido, elevó la mirada hacia el rostro de Tony.
Pacífico, no había otra forma de describirlo. Las únicas veces que atrapaba esa expresión en su padre, era cuando trabajaba en su taller. O dormido.
Tenía los labios entreabiertos, deslizando aire y reteniéndolo suavemente. Sus párpados no se movían, todo él descansaba después de un largo día.
Peter no tenía derecho a sentirse así, traicionando la confianza de su papá al querer besarlo. Estaba loco.
Las sensaciones y sonidos a su alrededor volvieron, como si hubieran estado en modo apagado. La tormenta, los terribles rayos, los desconcertantes truenos, el galopeo de su corazón producto del cuerpo de Tony tocando el suyo.
Todo volvió, incluyendo las lágrimas.
Y así, enterrado bajo tres cobijas, erecto y avergonzado de estarlo, se prometió a sí mismo nunca más volver a sentir amor por su padre. No en ese sentido. Haría todo lo posible para contrarrestar la lujuria prohibida, antes de terminar encerrado con un psiquiatra.
NOTA: Esta serie sólo se encuentra publicada en la antología hasta la parte 3. Para seguir leyendo los próximos capítulos, puedes visitar la obra independiente con el mismo título :)
