Sábado 20 de Junio 2015

Rachel Berry

Denver

15

—A su alrededor se forma un disco de acrecimiento, que no es más que la materia que empieza a comprimirse por la fuerza de la gravedad y termina atravesando el horizonte de sucesos, haciendo que el agujero incremente su masa.

—Y ya nada escapa de ahí…

—Escapar no, pero si se produce una radiación en el horizonte de sucesos que hace que podamos descubrir que existe un agujero negro. La radiación Hawking—añadí observando como su cejo volvía a fruncirse, mientras sus ojos vagaban pensativos por la copa de vino que mantenía entre sus manos.

Tal vez a ella le estaba resultando realmente confuso escuchar mis respuestas a sus preguntas sobre agujeros negros, pero yo estaba disfrutando como nunca antes lo había hecho. Y eso que ni siquiera era capaz de comprender como habíamos llegado a mantener aquella conversación allí, mientras degustábamos el resto de la botella de vino que habíamos pedido en aquella improvisada cena.

Eran las 8 de la noche del sábado cuando nos encontramos en las puertas del West Food and Beer, a petición expresa de ella con la intención de concretar qué tipo de tatuaje me iba a hacer. Y digo a petición expresa de ella porque me resultó realmente extraño que quisiera cenar conmigo en el propio bar de su padre, cuando en los anteriores encuentros en los que habíamos coincidido con algún familiar suyo, no parecía gustarle la idea de que me conocieran. Aun así, y evitando en todo momento cuestionarla por ello, asistí a la cita sin poner impedimento alguno aunque el motivo de la misma no me gustase en absoluto.

Lo confieso, fui solo porque de esa forma podría pasar un rato con ella después de que el día anterior la repentina interrupción de Frannie en su casa me privase de más tiempo a su lado, no porque estuviese entusiasmada con la idea de hablar de tatuajes, objetivo principal de nuestra cita. Lo cierto es que estaba completamente aterrorizada al ver cómo sin comerlo ni beberlo estaba planteando seriamente llevar a cabo aquella locura. Solo recordar el dolor que sufrí la primera vez y los nervios que no me abandonaron ni antes ni después de hacérmelo, ya me provocaba un sudor frio por la espalda y el malestar en mi estómago. Por temer, llegué incluso a tratar de auto convencerme de que cabía la opción de que el segundo tatuaje no fuese tan doloroso como el primero por tener la experiencia de haber vivido ya esa situación, pero dada mi capacidad innata de contradecir a toda lógica aplastante, sabía que lo iba a pasar peor incluso que aquella vez. Sobre todo viendo las primeras ideas que rondaban por la mente de Quinn para plasmarlas en mi piel.

Una constelación completa, la vía láctea o el sistema solar con todos los planetas incluidos los satélites que orbitan alrededor de cada uno. Yo la escuchaba hablar como si el trabajo fuese dibujar en mi cuerpo con bolígrafos de colores, y la tildaba de loca mientras le sonreía como una boba. Mi mente no se detenía en esa simplicidad que ella solía darle a un tatuaje. Mi mente solo procesaba que una aguja volvería a perforar mi piel para siempre, o al menos esa era la finalidad, sin siquiera habérmelo planteado con tiempo suficiente para convencerme.

Casi 9 años estuve pensando en el tatuaje la primera vez que decidí hacerlo, y solo una semana le había bastado a Quinn para que volviese a mí la idea. Ni siquiera una semana, le bastó un coqueteo absurdo con Margot para que yo me dejase llevar como una completa idiota por las palabras, por el orgullo que llegaba a sentir al ver la ilusión que mostraba mi querida Sheliak por poder tatuarme de nuevo, sabiendo de antemano que mi estupidez me llevaría a sufrir más de una noche de insomnio, y el correspondiente revuelo en el estómago por culpa de los nervios.

Para mi fortuna, o tal vez porque el karma quiso regalarme una pequeña tregua antes de volver a temblar por la aguja, Quinn fue cambiando el tema de conversación tan paulatinamente mientras cenábamos, que ni siquiera me di cuenta de cómo habíamos dejado de hablar de colores y tamaños de tatuajes para explicarle que existen diferentes tipos de agujeros negros, y de las últimas teorías que los científicos habían expuestos acerca de ese tema. Aunque lo más sorprendente para mí fue ver como su curiosidad parecía no tener limite, como cada pregunta que me hacía la precedía con una atención plena sobre mi respuestas, llegando incluso refutar alguna de ellas. Por suerte, mi anti sociabilidad dejaba de cohibirme cuando de astronomía se trataba. Hablando de mi gran pasión no me importaba ser el centro de atención en absoluto, es más… Lo disfrutaba.

—¿Radiación Hawking? Imagino que quien la descubrió fue el señor Hawking, ¿Verdad?

—Exacto.

—¿Y tenemos un agujero negro en nuestra galaxia?

—Pues… Se supone que la mayoría de las galaxias en espiral o elípticas tienen un agujero negro súper masivo en el centro, y la nuestra no podía ser menos. Hace muy poco tiempo que pudieron confirmar de la existencia de Sagitario A.

—¿Sagitario A? ¿Ese es su nombre?

—Bueno, en realidad Sagitario A es una fuente de emisión de radio situada en el centro de la galaxia. Todo indica que el agujero negro súper masivo está ahí situado. Lo llamaron así porque se ubica en la constelación de Sagitario, por si te lo estabas preguntando.

—Veo que empiezas a conocerme de veras—musitó llevándose la copa de vino hacia sus labios.

—Sabía de tu particular curiosidad por conocer la procedencia de los nombres.

Ya veo… Ya no te sorprendo, ¿Verdad?

Por supuesto que lo haces, y mucho, de hecho. No esperaba tu curiosidad con éstos temas, y sobre todo que entiendas mis palabras.

Que en el instituto no prestase atención no significa que ahora no lo haga. Es más, me interesa muchísimo saber si nuestro sistema solar está destinado a morir absorbido por un agujero negro.

—¿Por qué te interesa eso? Te puedo asegurar que no estarás para verlo…

—¿Quién sabe? Tal vez nos reencarnamos y me toque vivirlo.

—Antes de que eso suceda, te aseguro que no existirá ser humano capaz de verlo o vivirlo.

—¿Por qué? ¿No crees que podemos avanzar lo suficiente para llegar a esa…

—No es que no podamos avanzar—la interrumpí sin poder evitarlo—Es que es físicamente imposible. Nuestro planeta está sentenciado a morir antes de que todo eso suceda.

—¿Por el sol o por el hombre?

—Espero que por el sol, aunque me temo que el ser humano terminará adelantándose a la destrucción.

—¿Y cuándo sucederá eso? ¿Eres capaz de predecir cuando el sol estallará?

—Si hay algo bueno en la astronomía y la astrofísica, es que los cálculos son prácticamente 100% fiables. A nuestro sol le quedan unos… 7.000 millones de años—solté provocando una leve sonrisa —Y no, no estallará.

—¿Ah no?

—No. Se convertirá en una gigante roja y terminará hundiéndose con su propio peso cuando se consuma todo el hidrógeno de su núcleo.

—¿Se hunde?

—Menguará hasta convertirse en una enana blanca que comenzará a enfriarse.—Especifiqué notando de nuevo su confusión.

—¿Y veremos el sol convertido en enana blanca?

—No. De hecho, ni siquiera llegaremos a verlo convertido en gigante roja. Nos habremos extinguido antes. Él mismo se encargará de absorbernos.

—¿De veras? ¿No quedará nada? ¿Ni siquiera una roca flotando por el universo?

—No, me temo que no. Espero que para entonces, si es que el ser humano sigue vivo, hayamos encontrado otro planeta que habitar.

—Vaya… Es realmente triste y a la vez tranquilizador.

—¿Tranquilizador?

—Sí, porque bueno… Al menos sé que no lo vamos a pasar mal ya que no estaremos aquí, pero también es triste pensar que todo esto no es más que una carrera con final. No sé… ¿No te da pena pensar que todo lo que hemos construido y vivido se acabará?

—Supongo que por eso es importante vivir el presente.

—Totalmente cierto—susurró mientras le hacía un leve gesto a uno de los camareros, pidiéndoles que nos trajesen otro par de copas más. Algo que yo vi excesivo, sobre todo porque nos habíamos bebido una botella entre las dos.—¿Sabes? Pensar en esas cosas ayuda también a darle más importancia a lo que tienes.

—Pues sí. Creo que por eso me gusta tanto. Investigar, observar, calcular… Ahí fuera de nuestro planeta hay cosas tan inmensamente grandes, que si lo comparas con los problemas que pueden surgirte hace que se queden en nada. Al menos a mí me sirve de ayuda… Como si fuera una terapia.

—¿Crees que hay vida ahí fuera?—me preguntó con tanta curiosidad que incluso llegó a inclinarse sobre la mesa. Aunque bien es cierto que había mantenido esa postura durante casi toda la conversación.

—Soy bastante racional en ese aspecto pero se han descubierto planetas con prácticamente las mismas características que la Tierra, lo que puede hacer real ese supuesto. Además… hay algo dentro de mí que me dice que si.

—¿Has visto algún ovni alguna vez?

—No, por desgracia no.

—¿Y te gustaría verlo?¿Te gustaría contactar con otras formas de vida?

—Me encantaría, aunque tampoco tiene que ser con otras formas de vida… Puede que la misma casualidad que se ha dado en la Tierra, exista en otro planeta y haya humanos.

—¿Crees que eso sería posible?

—¿Por qué no? Todos procedemos de las estrellas, somos polvo estelar y si algo hay en el espacio es eso. Si hay otros planetas que podrían cumplir con los requisitos, ¿Por qué no?.

—Casualidades…—Musitó tras regalarle una sonrisa al camarero que volvía a rellenar nuestras copas de vino—De nuevo las casualidades. ¿No crees que en vez de casualidad todo esté destinado a ser así?

—Bueno, en cierto modo la vida en la Tierra está predestinada a ser así, porque hemos recorrido un largo camino hasta llegar al punto exacto en el que podemos vivir aquí, y ese camino se va acabar… Pero la experiencia o tal vez porque soy bastante soñadora, me dice que todo es una gran casualidad.

—¿Todo?¿Cómo que tú y yo estemos aquí hablando de eso?

—Todo como que a lo largo de nuestras vidas no hayamos ido encontrando en determinadas situaciones— repliqué sin perder el juego que había empezado al derivar la conversación hacia ese lado.

—Recuerdo que hace unos años no creías en las casualidades, y sí en el destino, en los astros…

—A veces la ignorancia es la mejor respuesta, y las personas por suerte tenemos la capacidad de...

—¿Tienes miedo a que sea el destino lo que nos ha vuelto a unir?—me interrumpió dejándome completamente en silencio.

No pude entender como había llegado a esa conclusión sin tener el poder sobre natural de leer mi mente. Hasta donde yo sabía, era ella la que solía transmitir perfectamente sus emociones con su gesto, con su mirada, y yo quien siempre lograba leer sus pensamientos. Que esa vez fuese al contrario me sorprendió demasiado. O tal vez fue porque era la primera vez que me sucedía.

Por supuesto que tenía miedo a que el dichoso destino la estuviese poniendo en mi camino. Por supuesto que tenía miedo, pero empecé a tenerlo justo en el momento en el que tuvimos el encuentro en la librería y a punto estuvimos de besarnos, no antes. Antes me parecía maravilloso que el destino nos uniese, pero nuestras vidas ya no eran las mismas que cuando nos encontramos en Los Ángeles, cinco años atrás, o como cuando decidimos jugar a provocarnos en la fiesta de cumpleaños. Nuestras vidas en aquel instante nada tenían que ver con el de dos jóvenes que no tenían por qué dar explicaciones de sus actos. Ahora todo era diferente, tanto su vida como la mía estaban perfectamente organizadas, y jugar con el destino, pensar que había algo más que una simple casualidad en cada uno de nuestros encuentros, podría traernos consecuencias graves, que en mi caso y muy a mi pesar, no sabía si era capaz de sobrellevar. Y de afrontar.

Siempre supe que cuando te acercas al abismo te arriesgas a caer, y Quinn en ese aspecto era como uno de esos agujeros negros que tanto parecían fascinarle. Merodear cerca de ella era arriesgarte a ser absorbida por su fuerza, por su magnetismo y definitivamente, conociéndola como empezaba a conocerla, también estaba convencida de que escapar, como sucede con los agujeros negros, sería imposible.

No, claro que no—Solté tratando de acabar con cualquier vestigio de dudas en mi rostro, y forcé una sonrisa como si sus palabras no me hubieran superado. No sé si me creyó. Quinn volvió a beber de su copa segundos antes de mostrarse pensativa, y centrar su atención en un pequeño hilo que asomaba de la manga de su camiseta. El dichoso hilo que iba a quitarme el sueño en muchas noches. —Simplemente es un cambio de pensamientos—añadí para acabar con el largo mutismo que me regalaba. No debí hacerlo.

¿Conoces la leyenda del hilo rojo?— cuestionó dejándome completamente en blanco.

—¿Hilo rojo? Pues no, no tengo el placer de conocerla.

—Es una leyenda muy conocida en Asia, que proviene de la mitología china y japonesa.

—¿Y de qué trata?

—Pues dice que cuando nacemos, los dioses atan un hilo rojo invisible alrededor de los tobillos, otros dicen que en el dedo meñique, y que ese hilo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. Como un lazo de unión que se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

—¿Cómo las almas gemelas?

—Exacto…

—Oh, vaya… No conocía esa leyenda.

Yo tampoco, hasta que una buena amiga me la contó. Desde entonces no he parado de pensar en ello. ¿Crees que podría ser real algo así? ¿Crees que cada ser humano está conectado a alguien por una fuerza superior e imposible de detectar y destruir?

Pues… No, no lo sé—balbuceé terriblemente confusa por sus preguntas, y más aún por su actitud. Y lo peor de todo es que no podía asociarlo a la cantidad de vino que habíamos bebido en aquel par de horas, porque a pesar de ser mucho, no había indicios de ebriedad en ella, como tampoco yo sentía que me estuviese afectando. Y me habría quedado con la duda de no ser porque los acontecimientos me iban a demostrar que efectivamente, Quinn había cambiado por completo de actitud conmigo en apenas un par de días, sin un motivo aparente.

Ya me lo demostró en su casa el día anterior, cuando supe a pesar de su intento por hacerme creer lo contrario, que se las había ingeniado para que estuviésemos a solas cuando decidí llevarle los libros. La actitud de su hermana me demostró que nos estaba mintiendo a ambas, pero no quise tomarlo como algo malo, y permití que siguiese creyendo que la había creído. Y me lo iba a demostrar en ese preciso instante, cuando yo no sabía qué decirle acerca de la dichosa leyenda del hilo rojo y el destino, ese al que yo ya temía, hizo que alguien interrumpiese la conversación.

Fue su voz, grave y un tanto cohibida la que destruyó ese momento de confusión entre nosotras, o mejor dicho en mi mente, porque Quinn parecía completamente tranquila jugando con el hilo del destino.

—Papá—musitó ella al descubrir a su padre a escasos metros de nosotras, sin saber si acercarse o simplemente saludar desde la distancia.

—Hola hija… No, no quiero molestarte, es solo que he visto que estabas aquí y…

—Oh, no, no molestas. Ven… ¿Qué haces aquí a esta hora?—lo interrumpió poniéndose de pie para recibirlo, yo por pura educación la imité.

—Tu madre está con tu hermana hablando de no sé qué de flores de una boda, o que se yo… Llevan toda la cena sin parar de volverme loco y me apetecía despejarme un poco. He venido a ver qué tal están los chicos. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí a esta hora?—le preguntó mirándome de soslayo con curiosidad.

Estoy cenando con una amiga—le dijo ella confundiéndome de nuevo. Definitivamente, algo había cambiado en Quinn y aquella noche estaba dando buenas muestras de ello, o tal vez era yo la que se estaba volviendo loca. –Mira, ella es Rachel Berry. Rachel… Él es mi papá, Russel.

—Encantado de conocerte.

—Igualmente señor.

—¿Eres de California?

—No, soy de Oklahoma.

—Papá, ella no es amiga de San Francisco, por si te lo estás preguntando. Rachel es de Oklahoma, como bien ha dicho, y ahora vive aquí. Es… Es la esposa de mi jefe en la editorial, y dueña de varias librerías a las que suelo ir a menudo—musitó un tanto forzada. Quise creer que al igual que a mí no le gustaba tener que asociarme a Jesse para presentarme, pero dadas las circunstancias de nuestra historia, no tenía otra opción para explicarles nuestra repentina amistad.

—Oh, bien… Bien. No reconocía tu cara, así que he pensado que eras de California. Bonita profesión la tuya. Siempre he instado a Quinn a que lea muchos libros, pero en vez de leerlos se dedicaba a dibujar en los espacios en blanco. Un horror, aunque al menos los dibujos tenían su mérito—bromeó girándose hacia ella, con la burla instalada en su sonrisa—Ha sabido sacarle provecho a su don, pero nunca me hizo caso. A ver si con una amiga que vende libros se anima…

—No seas injusto, he leído todo lo que tenía que leer. ¿Para qué más?

—Para ser más inteligente. La gente que lee es inteligente… ¿Tú lees?—me miró de nuevo sacándome de mi embelesamiento al contemplar la escena entre padre e hija. Fue curioso, muy curioso ver a Quinn mostrarse tan distendida y sin vestigio alguno de esa tensión que solía aflorar cada vez que alguno de sus familiares estaba frente a nosotras.

—Eh, sí… Leo, mucho de hecho.

—¿Ves? Pues nada más que por ese detalle, seguro que es mucho más inteligente que tú.

—Papá, Rachel es más inteligente que yo por muchos motivos, y también probablemente sea más inteligente que todos los que estamos aquí—le replicó dejándome a la deriva. Quise intervenir para quitarle razón, lógicamente, pero entre padre e hija no me iban a permitir nada más que ser testigo de su conversación.

—¿Ah sí? ¿Y cuáles son esos motivos?

—Rachel es astrónoma—soltó y los ojos de su padre se abrieron como platos—Y astrofísica.

—No.

—Sí.

—Estás bromeando, ¿Verdad?—insistió ésta vez mirándome, buscando algún gesto que desmontase la mentira. Lógicamente, no halló nada en mí, más que una tímida sonrisa por no saber cómo actuar.—¿De verdad?

—Rachel… ¿Puedes decírselo?—Quinn se dirigió a mí y yo me limité a asentir.

—¿Astrónoma?

—Sí, papá… Rachel es astrónoma—añadió logrando que las dudas en Russel fuesen aún más evidentes, tanto que incluso guardó silencio por algunos segundos mientras nos miraba a una y a otra como si estuviese presenciando un partido de tenis. Yo básicamente hice lo mismo entre ellos dos, pero a Quinn la situación empezó a parecerle realmente divertida, y su risa no tardó en llegar.

—Ok… ¿Qué cometa es aquel?—reaccionó Russel dirigiéndose a mí, y señalando hacia el imponente cuadro que tanto me gustaba. Yo dudé, me centré en Quinn que ya no solo sonreía sino que había empezado a contener la carcajada.—¿No lo sabes?

—Pues… Sí, sé cuál es, pero no por mi profesión, sino porque su hija me lo dijo hace unos días. No obstante, puedo responderle a cualquier otra pregunta que pueda…

—¿Qué distancia nos separa del Sol?—me interrumpió provocando la carcajada en Quinn. Carcajada que nos sorprendió a ambos y que nos llevó a la misma conclusión; El vino había empezado a hacer efecto en ella.—¿Lo sabes?—volvió a mí.

Claro… metros—solté y de repente la risa de Quinn se extinguió y el rostro de Russel palideció—Es la distancia exacta.

Oh Dios, tienes razón… Es astrónoma, o un robot—masculló Russel dándose por vencido mientras buscaba la aprobación de Quinn, pero ésta se había quedado completamente embobaba mirándome, algo que no esperaba que hiciera en aquel instante, precisamente, con su padre presente.

—Soy, soy astrónoma, señor.—Musité al ver que Quinn seguía en completo silencio mirándome.

—Pues no sabes cuánto me sorprende, y me alegra que seas amiga de Quinn. No sé si te lo ha dicho, pero yo soy un gran aficionado a la astronomía también… Y mi mujer también lo es. Permíteme que haya dudado, pero nunca he conocido a una astrónoma tan joven. Cuando yo viajaba a los eventos de astronomía la mayoría de las chicas eran las novias de los que se interesaban en esos temas. Me… Me alegra muchísimo que las nuevas generaciones os intereséis por ésta ciencia. A uno ya no le alcanza la mente para mucho…

—No diga eso, estoy segura de que sabe mucho más que cualquiera de mis compañeros de facultad.

—Ojala, pero con tantos avances es imposible. Antes, cuando era joven y no tenía tantas responsabilidades estaba más predispuesto a aprender, observar, incluso iba a reuniones en otras ciudades para ver cometas, como ese…—Señaló hacia el cuadro— Pero ya me fallan las fuerzas y tengo menos ocasión para investigar.

—Nunca es tarde, señor Fabray. No necesita ir a congresos para conocer los últimos avances, lo bueno que tiene ésta ciencia es que cada día está más al alcance de todos… No necesita más que una buena revista de investigación y estará al tanto de los últimos descubrimientos, y las nuevas tecnologías.

—Te tomaré la palabra. Ahora no porque no os quiero molestar demasiado, y a mi hija el vino le provoca sueño y esa risa escandalosa que no puede controlar—masculló mirándola de reojo. Yo hice exactamente lo mismo para comprobar como por fin había dejado de mirarme de aquella manera, y optaba por bajar la mirada pensativa.—Pero si me lo permites, y si estás de acuerdo, te voy a pedir consejo sobre eso mismo que me dices… Me encantaría tener buenos artículos para leer.

—Por supuesto, estaré encantada de recomendarle o pasarle revistas. Le aseguro que le van a gustar muchísimo.

Bien… Lo tendré en cuenta—añadió recuperando de nuevo la sonrisa embaucadora que, indudablemente, había heredado su hija menor.—Será mejor que os deje que sigáis cenando… Y tú, deberías dejar de beber vino, no te hace mucho bien…—Le replicó a Quinn, que en ese instante reaccionaba y le miraba recuperando la sonrisa.

—Estoy bien, papá. Eres tú quien tiene prohibido beber, así que más te vale no hacerlo.

—Soy mayor para saber lo que me conviene o no, y tú sigues siendo mi pequeña, así que hazme caso, o tendré que prohibirles a los camareros que os sirvan más alcohol. Espero que no hayas venido en coche—masculló mirándome.

—No señor, he venido en taxi… Y puede quedarse tranquilo, no voy a estar mucho tiempo más, así que no seguiremos bebiendo.

Bien… Eso me tranquiliza. Ha sido un placer conocerte, Rachel… Aquí tienes tu casa para cuando lo desees.

—Muchas gracias. La próxima vez que nos veamos, hablaremos más de nuestras cosas—le dije buscando su complicidad, y la encontré.

Me cayó bien, muy bien de hecho, y por cómo me trató intuí que yo también le había caído en gracia a él. De hecho, volvió a despedirse de nosotras y cuando lo hizo dirigiéndose a mí, volvió a tomar mi mano entre las suyas de una manera mucho más cariñosa que al principio y sin dejar de sonreírme. Sin duda alguna, y a falta de conocer a su madre, Quinn había sacado el encanto de su padre, y probablemente ni siquiera lo sabía.

Su trato, su manera de mirarte y mostrarte su atención lograban hacerte sentir especial, y si a ello le añadías la sonrisa que ambos tenían, no podías hacer nada más que resignarte a caer rendida. Y lo mejor de todo, lo realmente bueno de aquel primer encuentro con Russel Fabray, es que no iba a ser el último. Además de haberme librado de continuar con la dichosa conversación sobre el hilo rojo del destino.

El desconcierto que me provocó Quinn al invitarme a cenar en su bar, y más tarde a presentarme a su propio padre iba a cambiar mi vida para siempre. Y no solo mi vida, sino también lo que me rodeaba. Pero no en aquel preciso instante, sino unos minutos más tarde, después de que Quinn y yo volviéramos a tomar asiento frente a los restos de nuestra cena, y a las dos copas que aún mantenían algo de vino en su interior.

—¿Estás bien?—le dije al ver como seguía manteniendo el mutismo.

—¿Yo? Sí claro. ¿Y tú? ¿Estás bien después de haber conocido al comandante de los Fabray?

—Pues… La verdad es que sí, de hecho estoy contenta. No esperaba conocer a tu padre.

—Estando en su bar, era algo más que probable.—Me dijo confundiéndome un poco más. Su actitud, aunque más relajada y serena, seguía vislumbrando algo de humor en el tono que utilizaba para hablar.

—Ya, pero no esperaba que fueses a permitirlo.

—¿Cómo? ¿Por qué no iba a permitir que conocieras a mi padre?

—Bueno… No sé, solo…

—¿Qué ocurre?

—No, no ocurre nada, es solo que siempre te he notado reticente a que tu familia me conociera, bueno siempre… Me refiero a estos días atrás. Como cuándo tu hermana nos encontró en tu casa, tenía la sensación de que no te agradaba la idea…

—Eh… No, no es por eso. Me puse nerviosa porque Frannie es bastante curiosa y no tenía ni idea de lo que podía llegar preguntarte. Pero no tiene nada que ver con que no me agrade la idea de que conozcas a mi familia.

—¿Ah no?

—No, simplemente me ponía nerviosa porque no sabía cómo ibas a reaccionar o lo que ibas a decir. Ahora todo eso está perfectamente controlado. Ambas sabemos lo que tenemos o no que decir, y mientras mi hermana no esté merodeando, no tengo problema alguno… Todo lo contrario, me gusta que la gente que me rodea te conozca. Estoy convencida de que cuando llegue a casa mi padre querrá que te invite a cenar a casa para que tengáis tiempo de hablar de lo que tanto os gusta, y eso me encanta.

—¿Te encanta?

—Por supuesto. Me gusta presumir de ti—soltó sonriente—Me gusta ver la cara de sorpresa que ponen todos cuando les digo que eres astrónoma, o cuando sueltas algún dato como medir la distancia del Sol a la Tierra en metros… Es tan…

—Es una forma como otra cualquiera de medir—balbuceé sin saber percibir si estaba bromeando, o realmente hablaba en serio y le agradaba mi forma de ser.

—Lo sé, y por eso me gusta tanto escucharte… Eres encantadora.

Completamente pérdida, no, lo siguiente. Juro que intenté saber qué diablos estaba sucediéndole, si es que estaba riéndose de mí o hablaba en serio. O si por algún motivo su vino estaba en mal estado y el mío no, a pesar de proceder de la misma botella, y la hacía hablar de aquella forma mientras me miraba sonriente, sin inmutarse un solo segundo, sin moverse nerviosa como solía hacer al principio de nuestros encuentros o mostrar algún gesto de incomodidad. Quinn estaba completamente desinhibida con su trato afectuoso y eso no era normal.

¿De verdad te vas a ruborizar?—añadió, provocando que fuera consciente de mi patético mutismo. Ni siquiera me había percatado del rubor, pero mi cara debió ser un poema. –Me gusta tener amigas encantadoras. Me hace bien…

Bueno, supongo que no estoy acostumbrada a los halagos… La gente tiene más a ridiculizarme.

¿Por?

Ya sabes, los que hemos estudiado ciencias no somos muy populares entre la población, excepto cuando va a suceder algún acontecimiento especial y buscan información… Entonces sí, entonces si somos provechosos para la humanidad y no frikis.

No digas eso. Además, siempre me he llevado bien con los frikis, como tú dices…

¿Tú?

Sí, yo… ¿Lo dudas?

Eh… No, si lo dices es porque así será, pero… Te recuerdo con 19 años, y no eras muy…

¿Muy qué?

No te enfades, pero no parecías muy simpática… Al menos en primera instancia. Estoy convencida de que si no hubiese sido un tatuaje y si otra cosa que no te guste demasiado, no me habrías atendido aquella noche.

Nadie es simpático en su adolescencia. Y a mi favor te diré que no estás en lo cierto, te habría atendido de igual manera fuese cual fuese el trabajo que tuviese que hacer. Que mi físico de niña estirada y prepotente te hiciera creer lo contrario, deja mucho que desear para alguien tan especial como tú.

—No, no me pareció que fueses prepotente ni estirada—balbuceé volviendo a caer presa de los estúpidos nervios tras escuchar de nuevo su halago.

—Acabas de decir que en apariencia…

—Parecías seria, distante… Pero no prepotente ni estirada.

—¿Seria?

—Sí, y no solo aquella vez, cuando nos encontramos en la fiesta de Jesse también me lo pareciste, y en el bar… No sé, muestras una cara y luego eres completamente distinta.

—Bueno, supongo que forma parte de mi encanto, ¿No? Además, tu mejor que nadie debería saber que a un libro no se le juzga por su portada. Tú me pediste que hiciera lo mismo contigo, que no te juzgase por cómo era tu vida ahora, ¿No es cierto?

—Pues sí… Y no, nunca te he juzgado por lo que pudieses aparentar. Si lo hubiera hecho, no me habría acercado a ti en el Cazador.

—¿Y por qué te acercaste? ¿Qué pensabas de mí?—cuestionó curiosa, apoyando sus codos sobre la mesa para acercarse más a mí.

—Honestamente… No sabría decirte. Recuerdo que te vi cuando entré en el bar con mi familia y automáticamente, supe que tendría que saludarte al menos. Ni siquiera lo pensé, y creo que eso es uno de mis fallos, a veces no pienso lo que hago y… Bueno, simplemente me acerqué y ya.

Te atraje con mi fuerza de gravedad—musitó de nuevo con ese tono de humor que ya empezaba a entender.—Soy un maldito agujero negro—añadió recuperando la sonrisa, y yo, perdiendo por completo mi control, terminé por imitar su gesto a modo de respuesta.

Un maldito agujero negro. De nuevo volvía a leer mi mente, de nuevo volvía a meterse en mis pensamientos y de nuevo volvía a hacerme sentir vulnerable al no saber lo que pretendía, si era un juego o simplemente hablaba sin más por culpa del alcohol del vino.

Sé que pecaba de ingenuidad, que nunca me gustaba ver más allá o con doble intención lo que los demás hacían en determinadas situaciones, pero aquella vez no pude evitar dudar acerca de las intenciones de Quinn al tratarme como lo hacía. Y eso no me gustaba en absoluto. No porque no me sintiera halagada o no me gustase ese juego, sino porque después de cómo llegó a sentirse por lo vivido en la librería, quería creer que ya había aprendido la lección y no pretendía llegar a esa línea que años atrás pudimos traspasar. Temía ser yo quien estuviese viendo cosas donde no las había, así que haciendo de tripas corazón, no dudé en intentar acabar con aquella situación antes de que la paranoia empezase a hacer de las suyas, si es que no había empezado ya.

Sí, y yo una estrella fugaz que empieza a apagarse… Voy, voy a tener que ir regresando a casa.

—Eh… Sí, yo también. Aunque temo que aún siga allí mi hermana y me vea así… Detecta el alcohol a kilómetros.

—¿Te encuentras mal? Si quieres podemos esperar un poco.

—No quiero entretenerte demasiado, seguro que Jesse te estará esperando.

Sí, bueno pero tampoco sucede nada porque me retrase algunos minutos. Estará entretenido con sus cosas, o quien sabe… Igual ni siquiera está en casa.

—Eh… Podríamos pasear por la calle hasta la avenida, así te acompaño a que tomes un taxi y aprovecho para despejarme un poco. Supongo que con eso es suficiente.

—¿Estás segura? No es necesario que me acompañes, y si no te sientes muy bien…

—No—me interrumpió recuperando la sonrisa—Si yo me encuentro perfectamente, de hecho estoy más contenta de lo habitual… De ahí que mi hermana se vaya a dar cuenta de que me he tomado media botella de vino. Un poco de aire y estaré perfecta.

—Ok… Pues… ¿Vamos?—le dije esperando su reacción, y ésta no tardó en llegar de nuevo con su sonrisa.

Mi perdición.

Y no, no me refiero a que su sonrisa fuese mi perdición, a esas alturas ya sabía lo que era capaz de provocarme, mi perdición llegó justo en el momento en el que nos pusimos de pie y tuve que empezar a andar para primero, despedirnos de su padre que estaba en la barra hablando con uno de los camareros, y segundo, salir de allí para dar ese paseo que me había propuesto Quinn.

Estuve cuestionándome durante toda la cena el motivo por el que a ella se le notaba tanto el haberse tomado media botella de vino y yo me encontraba tan bien, hasta que fui consciente de como mis piernas seguían perfectamente las leyes de la gravedad mientras trataba de andar. El estar sentada, excepto por los escasos minutos que me levanté para saludar a Russel, me habían hecho creer que el vino no había hecho estragos en mí. Una completa ingenua.

No sé si su padre pudo percibir mi estado cuando me despedí de él, o mejor dicho, mientras nos dirigíamos hacia la puerta después de hacerlo, pero salir de aquel bar sin tambalearme fue probablemente una de las situaciones más complicadas de llevar a cabo de toda mi vida. Bueno, tal vez exagero un poco, pero no lo pasé nada bien y para colmo, nada más pisar la calle una oleada de aire cálido se encargó de provocarnos una sensación más agobiante aún si cabía. Quinn no tardó en quejarse.

—Oh Dios… Cada vez que ceno aquí, termino igual… Se está tan bien sentada, que bebes y no te das cuenta de que te pasas hasta que no tienes que marcharte. Y para colmo este calor, y ni siquiera estamos en verano… Eh… ¿Estás bien?—me dijo buscándome con la mirada, yo salía justo detrás de ella procurando no tener algún traspiés.

—Sí, si… Estoy bien.

—¿Seguro? Estás un poco pálida.

—Bueno, te recuerdo que yo me he tomado la otra mitad de la botella.

—Oh Dios… ¿Estás borracha?

—No… Solo, solo me tiemblan las piernas un poco. Estoy bien, de veras.

—Ya, mírate—musitó divertida—En cuanto te has movido se te ha revuelto todo, no lo niegues… Se te nota en esa carita que tienes.

—Ok, sí estoy un poco borracha. Dios, y mañana volvemos a visitar a los padres de Jesse. No sé cómo me voy a presentar en su casa—solté casi entre susurros, sabiendo que aquellas palabras eran más pensamientos que cualquier otra cosa. Pero a Quinn parecía resultarle divertido, o mejor dicho, su nivel de alcohol en la sangre era el perfecto para que todo le hiciera gracia, desde la distancia entre el Sol y la Tierra hasta imaginarse mi cara de resaca frente a mis suegros.—No, no te rías, no sabes lo estirados que son—añadí sin ser consciente de lo que hacía. De hecho, salió de mí sin que siquiera me diese tiempo a pensarlo.

—Ya… Me lo imagino.—Masculló invitándome a que me pusiera a su lado para comenzar a andar hasta la avenida perpendicular que trazaba aquel laberinto de calles, y en la que podría encontrar un taxi con mayor rapidez.

—No, no te lo imaginas.

—Bueno, pues ahora cuando llegues a tu casa te das una ducha… Con cuidado de no caerte, y duermes hasta que amanezca. Tienes horas suficientes para descansar, apenas son las 10.

—Las 10… Oh Dios, llevamos dos horas bebiendo. Espero que tu padre no se haya llevado una mala imagen de mí.

—Mi padre no se ha dado cuenta de que tú has bebido, se ha dado cuenta de que yo he bebido. Puedes estar tranquila…

—Si tú lo dices…

—Claro que lo digo, confía en mí. Además, nos lo hemos pasado bien, ¿No?—me preguntó divertida, y yo volví a palidecer. No, ésta vez no fue por su pregunta, ni por su sonrisa o su mirada. Palidecí porque mientras me cuestionaba no dudó en anclar su brazo con el mío para caminar las dos juntas por la acera. Palidecí porque de nuevo, y a pesar de estar plenamente convencida de que había sido un gesto natural, típico entre dos amigas, yo volví a sentir ese escalofrío, esa sensación extraña que me recorría toda la espina dorsal y me hacía temblar como una estúpida, a pesar de que el vino estuviese actuando como sedante natural en mi organismo. Fue notar su mano deslizarse por mi antebrazo, y sentir que todo giraba a mi alrededor, y no precisamente por el alcohol.—Quiero decir, no hemos hablado de lo que teníamos que hablar, pero al menos nos hemos entretenido un poco.

—Pues sí, la verdad es que sí. Yo que venía pensando en tatuajes, y hemos terminado hablando de agujeros negros.

—¿De verdad sigues pensando en el tatuaje?

—Pues…

—Vamos chica galáctica, no tienes que disimular conmigo… Ya nos conocemos.

—¿Qué?

—Que no es necesario que finjas, Rachel. Sé que no quieres hacerte ese tatuaje, aunque te empeñes en decirme que sí.

—Por… ¿Por qué dices eso?

—No hay más que ver tu cara cuando te he dado algunas ideas. Estabas asustada.

—Pero es normal. Me dan miedo las agujas y aún sigo recordando el dolor que sentí cuando me hiciste el primero.

—¿Entonces? ¿Para qué quieres hacerte otro? No estás preparada, y yo me niego a hacerte pasar un mal rato sin que siquiera estés convencida. Por eso he cambiado de conversación… Prefiero que te lo pienses con calma, y decidas. Al fin y al cabo, ahora no hay prisas, ¿No?

—Pues… Tienes algo de razón—terminé confesando.

—¿Ves? Empiezo a conocerte muy bien, mi querida Rachel…

—Quinn—le dije casi sin poder controlarme—Te pones muy cariñosa cuando bebes. No conocía esa faceta tuya.

—¿Cariñosa?

—Sí, llevas toda la noche hablándome de forma muy cariñosa, es… Es raro.

—¡Hey! ¿Qué sucede? ¿No puedo hablarte bien? ¿No puedo ser cariñosa contigo?

—Tú no eres cariñosa…

—¿Y eso quien lo dice? ¿Volvemos a dejarnos llevar por las apariencias?—me replicó frunciendo el cejo, aunque yo sabía perfectamente que estaba bromeando. No pude evitarlo y me di por vencida. Lancé la vista al frente mientras permitía que se aferrase aún más a mi brazo, traté de serenarme, de vivir ese momento como lo que era; un paseo bajo la luz de las farolas de una calle casi desierta a 24 horas justas del equinoccio de verano.—Me gusta ser tu amiga—soltó rompiendo el silencio que yo misma había creado—,y me gusta mostrarme como soy con mis amigos. No soy tan seria, ni borde… De hecho, te puedo asegurar que soy una completa payasa.

—¿Payasa?

—Sí. Ya has escuchado a mi padre, mientras otros se dedicaban a leer libros, yo hacía viñetas en las páginas.

—¿Y por qué te muestras tan seria con el resto? ¿Por qué no eres así de divertida y cariñosa con todo el mundo?

—Porque no todo el mundo se lo merece, y porque no todo el mundo me permite ser así. Necesito estar bien con una persona para ser yo misma, y tú lo has conseguido en… ¿Siete años?

—Ocho—corregí.

—¿Ves? Eres especial… Y me gusta que lo seas. Y sí, es probable que el dichoso vino me esté incitando a ser más cariñosa, pero te aseguro que si lo soy es porque realmente quiero serlo… A menos que no estés de acuerdo. ¿No lo estás?

—No, no es eso. Es solo que me sorprende. Bah, creo que no ha habido una sola vez que nos hayamos encontrado, y no me hayas sorprendido con algo.

—¿Si? Eso es bueno, ¿No?

—Por supuesto—musité devolviéndole la sonrisa que me regaló al escuchar mi respuesta, aunque aquel cara a cara no duró apenas un par de segundos. Quinn lanzó la mirada al frente y yo me perdí en sus ojos mientras seguíamos caminando, disfrutando al fin de la noche y sin que el leve tambaleo que nos sacudía a ambas, se dejase notar mientras nos aferrábamos la una a la otra. Porque yo también terminé vencida por aquel gesto tan afectuoso que tanto miedo me provocaba, pero que tan bien me sentó.

Fue eso. Fue tener esa sensación de bienestar al mirarla y sentirme segura cuando su mano se aferraba a mi brazo, lo que me hizo comprender que no debía temer a nada. Estaba bien, Quinn me quería a su lado como amiga y yo, a pesar de esa sensación que me llenaba el pecho de un orgullo que nunca supe que tenía, también la quería como tal.

Si el destino nos había estado uniendo, sin duda era por algo. Y si ese algo era lograr que ambas nos sintiéramos bien la una con la otra, no había más que pensar. Los pequeños gestos, esos impulsos como el que me llevó el día anterior a llamarla para poder verla con la excusa de llevarle los libros, estaban forjando esa amistad. Ella había dado un paso más al mostrarse tal como era, y no estaba dispuesta a dejarla escapar por el dichoso miedo a sentir lo que una vez me provocó.

No tardamos demasiado en llegar a la gran avenida que cruzaba en perpendicular todo la manzana, y donde la afluencia de coches me iba a permitir detener un taxi con mayor rapidez. De hecho, apenas tuve que levantar la mano en la acera para lograrlo.

—¿Estás segura de que puedes volver sola?

—Por supuesto—me respondió sin perder la media sonrisa que había estado dibujando desde que guardamos silencio—Además, volveré al bar y me llevaré a mi padre a casa.

—¿Ok?

—¿Y tú estás bien para ir en taxi?

—Sí, estoy bien… El paseo me ha servido a mí también.

—Bien, me alegro. Avísame cuando llegues a casa y me quedo más tranquila, ¿Ok?

—Ok—balbuceé notando como poco a poco volvía la incertidumbre de no saber cómo despedirme, por suerte ella supo reaccionar antes de que la escena se volviera ridícula.

—Me lo he pasado muy bien…—Me dijo justo cuando se lanzaba hacia mí para abrazarme. Yo me limité a imitar su gesto y me hundí entre sus brazos sin pensar en nada más que no fuese despedirme. Hasta que noté como sus manos dejaron de rodearme y ascendieron hasta mi cara. En ese instante Quinn se separó un poco de mí y me miró fijamente a los ojos sujetando mis mejillas con sus manos. Temblé al ver como se desviaron tímidamente hacia mis labios, pero apenas fue un microsegundo, el tiempo necesario que utilizó para lanzarse a besarme en la mejilla derecha.—Buenas noches…—Me susurró y yo no pude evitar dejar escapar un suspiro de tranquilidad, o tal vez de resignación. No lo sé, solo sé que cuando volvimos a mirarnos, ella había dejado de sonreír para mostrarme un gesto completamente sereno y tranquilizador. El mismo que mantuvo cuando decidí alejarme de ella para ocupar el taxi y se despidió de mí sin dejar de mirarme. Una serenidad que acababa con cualquier miedo que pudiese aturdirme por acercarme demasiado a ella, o eso quise creer.

Mi Sheliak se había convertido en un agujero negro que absorbía todo lo que merodeaba alrededor suyo, y yo… Yo simplemente seguí la teoría del señor Hawkings y me convertí en radiación, lo único capaz de escapar de su magnetismo.

O eso quise creer.