Mirajane aguardaba ansiosa la aparición de Laxus. Se sentía satisfecha consigo misma, ya que sus esfuerzos por atraer a aquel hombre a su lado habían dado finalmente su fruto. Precht había reunido allí a casi todos los clanes tuareg, ansiando formalizar el compromiso de su hija con Laxus a los ojos de todos.

Envuelta en una gran cantidad de velos y sedas, su corazón dio un vuelco cuando finalmente Laxus traspasó la entrada y se acercó lentamente a Precht. Nunca más osaría aquel hombre enfrentarse a ella, se dijo la muchacha con complacencia. Ya le había demostrado de lo que era capaz si volvía a intentarlo.

—Se bienvenido, Laxus Eljall. —Precht se puso en pie y ordenó a Mirajane que se acercara.

Un segundo después, y ante la atónita mirada de los presentes, la cortina se deslizó a un lado e irrumpieron en el lugar Freed y Gildarts. Los ojos de Mirajane se escaparon de sus órbitas cuando advirtió que ambos hombres portaban el cuerpo flojo de Macbeth colgado de sus brazos. Arrojaron al joven frente a su padre. Macbeth alzó sus ojos suplicantes hacia Precht.

—Lo lamento, padre.

El hombre se quedó estupefacto. Se aproximó a él entre los murmullos de los asistentes.

—¿Qué has hecho, Macbeth?

Macbeth cerró los ojos y bajó la cabeza. Freed puso un pie en su espalda y lo empujó, obligándolo a mirar a su padre.

—¡Habla, Macbeth! —bramó Freed—. ¡Sé por primera vez en tu vida un hombre y confiesa!

Precht arrugó el ceño, pero no movió un dedo para detener a Freed.

—¿Macbeth?

—Fue Mirajane, padre… —balbuceó en voz baja—. Fue ella quien me soliviantó para que matase a la esposa de Laxus.

Precht, horrorizado ante aquella confesión, miró con frialdad a su hija. Luego, levantó muy dignamente su afilada barbilla y, tras hacerle una seña a uno de sus hombres para que sacase de la tienda a Macbeth, se dirigió con voz firme a los asistentes.

—Durante mucho tiempo he deseado que mi hija Mirajane contrajese matrimonio con un buen hombre. —Precht retrocedió un paso y se dejó caer sentado sobre su butaca—. Ahora tengo la convicción de que eso era lo que mi hija necesitaba. Un hombre que le enseñará que la humildad del corazón y el respeto lo es todo. Así pues, es mi deseo que los esponsales prosigan.

Mirajane tembló de satisfacción ante las palabras de su padre. Miró a Laxus y trató de dar un paso hacia él, cuando Precht la detuvo.

—Aguarda un momento. —Precht buscó un rostro entre los asistentes—. ¡Acércate, mi fiel Farid!

El hombre, un desdentado iklan que solía acudir a cualquier reunión donde pudiese comprar o vender su ganado, se acercó al dirigente tuareg con paso indeciso.

—¿Sí, señor? —El hombre no pudo evitar que su voz temblara.

—Hoy tomarás a mi hija por esposa —decretó ante la atónita mirada de Mirajane—. Es mi deseo que esto le enseñe algo de humildad y en el futuro sepa respetar a nuestra familia, cuyo buen nombre ha arrastrado hoy por el suelo. Ese es mi deseo…

—¡No puedes hacerme esto padre! —le gritó ella cuando dos de los hombres de Precht la aferraron por los brazos, impidiéndole huir—. ¡Soy tu hija! ¡Eras tú quien ambicionaba una alianza!

—¡Cierto! —aseveró tajantemente Precht—. Pero no a cualquier precio.

Mirajane miró con furia hacia Laxus y tras escupir en el suelo le gritó con todas sus fuerzas:

—Me alegro de que Macbeth la matase. Yo no seré tu mujer, pero ella tampoco será tu concubina.

—¡Te equivocas, Mirajane!

La voz de Lucy irrumpió en el interior de la tienda. Mirajane la miró con los ojos muy abiertos, incrédula ante la visión que experimentaba.

—Yo no he sido ni seré jamás su concubina —afirmó vehementemente Lucy—, sino su esposa. La única mujer en su vida y la persona que le dará un hijo.

Los enloquecidos gritos de Mirajane fueron disminuyendo a medida que los hombres la arrastraban junto a su nuevo prometido. Precht apenas dijo nada, se limitó a ligar el brazo de su hija con el del iklan y a darles la bendición, deseándoles una vida próspera y feliz. Todos se pusieron en pie. Sin embargo, nadie pareció celebrar tan inusitado enlace.

Laxus atrajo a Lucy junto a su pecho y la miró con una nota de interrogación en los ojos. Ella se encogió de hombros y le dijo:

—Si todo va bien, seremos uno más la próxima primavera.

Laxus no pudo aguantar más. Envolvió a Lucy entre sus brazos y cubrió la boca de su mujer con la suya propia.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —le preguntó cuando por fin pudo apartar los labios de ella. Su felicidad parecía no tener límites.

—Estabas demasiado nervioso. Quise esperar a que todo esto pasara.

—Nunca vuelvas a ocultarme una cosa como esa. ¿Me has entendido? Cuando pienso lo que Macbeth ha estado a punto de hacer…

—¡Olvídalo! Y bésame, gran señor del desierto… —susurró Lucy contra su boca, antes de que él bajara la cabeza y poseyera nuevamente sus labios.

Todos los asistentes comenzaron a abandonan la tienda. Los murmullos menguaron y se tomaron cada vez más débiles, hasta que finalmente las voces desaparecieron y ambos quedaron en silencio. Fue entonces cuando Laxus apartó los labios de su esposa, abrió la cortina y salieron envueltos por los últimos rayos de un atardecer que prometía ser tan solo el comienzo.