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Capítulo 14
Albert fue consciente de lo que había hecho en el preciso momento en que ella trato de incorporarse. Su respiración seguía jadeante, pero no quería abandonar su suavidad interior, con ella se sentía completo. La abrazó tan fuertemente que Candy lanzó un quejido lastimoso.
La cordura explotó delante de sus ojos como un rayo en la tormenta.
Las náuseas le subieron a la garganta ante la implicación de lo que había hecho. Sintió los remordimientos sacudirle el corazón sin piedad y enterró su rostro en el cuello de ella completamente afrentado.
Alzó la cabeza.
—¡Dios bendito! ¡Qué he hecho!
La miró con ojos desolados. Candy no tenía con qué taparse, y cuando fue consciente de lo que había ocurrido, la vergüenza la llenó por completo; pero era demasiado tarde para arrepentirse y no pensaba hacerlo.
—¡Soy hombre muerto!
A ella no le gustó su dramatismo.
—Yo misma os mataré si no me dais algo de ropa para cubrirme, estamos en medio del camino.
Albert la miró pasmado, ella no le dedicaba ni una sola mirada de reproche, ni una mueca de resignación, no estaba enfadada... ¿cómo era posible?
—Mi conducta ha sido imperdonable... —Candy iba a ponerse a gritar si él seguía en esa actitud de pésame obligado.
—Os he dado mi permiso para un revolcón.
Albert abrió los ojos espantado.
—¿Un revolcón? ¿No sois conscientes de lo que me habéis dado?
Candy chasqueó la lengua algo fastidiada por la pregunta evidente.
—Os he dado una cura.
Albert creía que no la había oído bien, ¿se estaba burlando de él?
—Vuestro padre me cortará la cabeza y la insertará en una pica, no os quepa la menor duda.
Ella, con un guiño de sus ojos esmeralda, le restó seriedad.
—Os dais demasiada importancia, Albert; dejad de lamentaros y prestadme vuestro tartán para que me cubra.
Cuando escuchó las palabras de ella fue consciente de que estaba prácticamente desnuda encima del muro. La ropa de ella había volado por encima del zarzal al barranco junto con su sentido común.
Albert lamentó su impulso que había terminado en desastre.
—Vuestro padre está a punto de llegar.
Candy lo miró soliviantada.
—¿Y me lo decís ahora?
Trataba sin conseguirlo de darle la vuelta a la tela y cubrirse lo mejor que podía. Albert miró sus senos desnudos y volvió a desearla de nuevo. Le asió la barbilla y le alzó el rostro. Le dedicó una mirada profunda, cargada de promesas que no podría cumplir.
—Candy, no importa que vuestro padre me haga matar mañana. Que me descuartice en trozos y que los tire en los cuatro puntos de Escocia —con el pulgar le acarició los labios de forma sensual—. Por este precioso momento único, maravilloso, habrá merecido la pena entregar mi vida, os lo juro —Candy contuvo la respiración—. ¿Quién no se dejaría matar por una caricia vuestra?
De nuevo se apoderó de la boca de ella y la beso ávidamente. Candy no podía protestar; es más, no pensaba hacerlo. Albert terminó el beso completamente subyugado, Candy lo miró con vehemencia durante un momento interminable. Sus palabras lograron enternecerla. Alzó una mano y le acarició el mentón.
Él se separó de ella, reacio.
—Mi padre es un hombre sumamente comprensivo, yo le explicaré lo que ha sucedido, no tenéis de qué preocuparos—Albert enterró su mano en su melena dorada con reverencia. Como si fuese lo único realmente importante. Perderse en la suavidad de sus cabellos—. ¿Viene con el rey inglés? —la mirada confusa de él hizo saltar la duda en su interior.
—Vuestro padre no viene de Inglaterra.
Ella le confió de forma cándida.
—Mi padre se marchó a las cruzadas con el rey inglés, aunque ahora está en Londres por orden de nuestra reina Leonor, ¿sabéis? En realidad tendría que haber ido mi abuelo a la guerra, pero es demasiado mayor; mi padre se ofreció y el rey aceptó. Tenían una vieja deuda pendiente —Candy amplió la sonrisa antes de aseverar—. Los castellanos siempre pagamos nuestras deudas.
Candy comenzó a sentirse inquieta, él la miraba de forma penetrante para su tranquilidad, como si no comprendiese la diatriba de ella y su buen humor.
—Sois medio escocesa, pequeña.
Ella abrió los ojos como platos.
—¡Menuda sandez! Mi madre era una terca castellana y mi padre es un apuesto normando, lo que habéis dicho no tiene sentido—Albert comenzó a negar con su cabeza y Candy se encrespó—. ¡No os permito que calumniéis a mi madre! — se estaba poniendo furiosa por momentos.
—No conocí a vuestra madre, pero ciertamente, sé quién es vuestro padre.
Ella se sacudió las briznas de su pelo sin molestarse del todo por su aclaración.
—No tengo humor para acertijos, Albert; la respuesta de mi padre os sorprenderá, os lo prometo.
Él la miró con profunda tristeza.
—Si fuese así de fácil yo sería el hombre más feliz del mundo.
—Mi padre aprenderá a aceptaros porque sois un hombre honesto y un fiero guerrero.
Él negó con su cabeza y la miró estupefacto.
— ¿Aceptarme?
Candy se sonrojó.
—Creía que después de... teníais intención... —dejó las palabras en el aire.
—Lo dudo mucho, pequeña. Vuestro padre jamás dará su consentimiento para un enlace entre los dos.
Candy le sonrió animosa.
—¿Por qué creéis que mi padre os rechazaría?
—Porque vuestro padre es Guillermo McWhite.
Candy desconocía ese nombre, pero la seriedad del semblante de Albert le arrancó un estremecimiento a su alma. Siguió mirándolo sin comprender a dónde quería llegar él. ¿Robert se hacía llamar en Britania Guillermo? Inaudito. Quizás fuese un espía a las órdenes de la reina Leonor.
—No he oído ese nombre en mi vida.
—Guillermo es el rey de Escocia, señora.
Candy suspiró aliviada, Albert estaba confundido. El buen humor despejó las dudas.
—¿Tengo que hacer una reverencia?
Albert dilató las pupilas con asombro.
—¿Acaso no habéis oído lo que he dicho?
—Se os debe haber oído hasta en Toledo.
Se estaba burlando nuevamente de él, Albert volvió a suspirar.
—Sois una heredera muy valiosa.
Candy no conseguía hacerse un nudo con la tela para sujetarla y tenía los dedos crispados por la conversación.
—Lo sé, mi abuelo no se cansa de repetírmelo. En ocasiones, me agota con su letanía.
—No debería haberos deshonrado con mi lujuria pecaminosa.
Candy alzó la cabeza furiosa por sus palabras. El momento tan maravilloso que habían compartido no se merecía el calificativo de lujurioso, ¿o sí?
—Si deseáis hacerme sentir incómoda, lo estáis consiguiendo, creedme.
—Vuestra virginidad debía ser para vuestro esposo, no debisteis ofrecérmela.
Ella ahogó un juramento por sus palabras, que le habían perforado los oídos.
—¿Que yo...? —no pudo continuar.
—Y ahora, ¿cómo explicaré a vuestro...? —Albert calló de repente y Candy lo miró completamente afrentada.
— ¿Y qué os hace suponer que tenéis ese derecho?
Él la miró con algo de duda.
—Me he quedado con vuestra valía.
Candy sentía ganas de golpearlo y ¡por Dios que lo iba a hacer si no callaba esa lengua de una vez!
—¿Mi valía? —contuvo su lengua a duras penas—. Albert, ¡miradme! —él lo hizo demasiado azorado y ese detalle la enterneció—. Mi valor está por encima de mi virginidad. Os la he ofrecido gustosa porque siento algo muy profundo por vos, y no voy a arrepentirme a pesar de vuestras palabras.
Albert comenzó a contestarle pero ella le hizo un movimiento negativo con su cabeza; Albert ignoró el ruego.
—Yo siento lo mismo, pequeña, pero vuestra virginidad valía mucho para ofrecérmela a mí.
—¿Y entonces por qué la habéis tomado con tanta facilidad?
Albert la miró con dulzura y con un profundo pesar en sus ojos azules. «Si pudiese volver a atrás...».
—Mi deseo no se había despertado durante cinco largos años. Veros en esa postura tan seductora me descontroló, no habría podido dejaros ni muerto —las palabras sinceras lograron calmar en parte sus temores—. Debía protegeros de todas las formas posibles y he fracasado de la forma más estrepitosa.
Candy lo miró enternecida de nuevo.
—Mi valía no ha disminuido ni una pizca así que, ¡dejad las quejas y ayudadme! —Candy dio un salto para bajar del muro y terminó de cubrirse con el tartán de Albert. Comenzó a avanzar hacia el pueblo demasiado ofuscada para pararse a pensar en el lamentable aspecto que ofrecía.
Albert la seguía de cerca demasiado pensativo para valorar la imagen de ella vestida solo con el tartán. Sus piernas estaban al descubierto así como sus hombros, pero Candy en ningún momento había protestado por el frío o la incomodidad.
—¡Esperad! —ella se volvió justo antes de alcanzar el cruce del camino que llevaba al pueblo—. No podéis presentaros así en Waterfallcastle.
Ella lo miró ofendida.
—¿Sería preferible presentarme desnuda?
Albert esbozo una ligera sonrisa que la molestó aún más.
—Venid, acompañadme, haremos un intercambio —ella lo siguió sin rechistar. Alcanzaron un arbusto lo suficientemente grande como para ocultarlos a los dos. Albert se sacó la camisa y el kilt y se los pasó a ella, María le devolvió el tartán. La camisa le llegaba hasta las rodillas y el kilt hasta los tobillos, se veía bastante decente. Cuando sus ojos se posaron en la desnudez de Albert casi se cae de espaldas por la conmoción; con razón había sentido que la partía en dos. Habían hecho el amor sin que ella hubiese visto su cuerpo desnudo salvo ahora y lo que contemplaba le quitaba el aliento. Albert se había colocado el tartán por la cintura con lo que su pecho y ' espalda había quedado al descubierto. Candy jadeó ante la visión de ese salvaje medio vestido. Era un hombre impresionante, su vientre comenzó a bailar con una música que solo se oía en su interior...
—¡Dejad de miradme así! O no resistiré el impulso de tumbaros nuevamente de espaldas para volver a introducirme en vos.
Ella cerró la boca de inmediato y le ofreció un gesto dolorido.
Había una parte del encuentro amoroso que no le había gustado particularmente.
—Mi espalda no soportaría otro revolcón —Albert la volvió con cuidado, subió su camisa y contempló horrorizado los arañazos y moratones que su locura le había infringido.
—Mi brutalidad no tiene justificación.
Ella lo silenció con un dedo.
—¿Me compensaréis? —Albert creyó que se iba a morir por la expectativa de esas palabras. Lástima que ella no comprendiese que esa compensación no podría llegar nunca. Aunque... pensaba a toda velocidad, aún podía soñar durante unas horas, algunas más de las que tardaría Guillermo en llegar a Waterfallcastle. Pensaba compensarla de todas las formas que conocía, y afortunadamente, conocía unas cuantas.
—Sé de un lugar... Venid, os lo mostraré.
Candy se dejó acompañar de la mano de Albert con la inocencia bañando su rostro abierto al amor por primera vez.
Dejaron el estrecho camino y subieron por una ladera empinada. Se sentía incapaz de pensar con racionalidad, su mente estaba completamente ocupada por ese extranjero que le había robado la capacidad de pensar con lógica y coherencia. Él se paraba de tanto en tanto y la obsequiaba con besos suaves, prometedores.
Candy quería más... mucho más.
Ambos divisaron a la vez la pequeña construcción hecha con troncos y ramas. Al adentrarse dentro de la humilde choza Candy se sorprendió: estaba limpia, olía a madera y paja. La cabaña solían utilizarla los pastores cuando el mal tiempo les obligaba a buscar refugio.
Albert no la dejó pensar en nada más. De nuevo la asió por los hombros y comenzó a darle besos tiernos, incitadores, jugando con la lengua de ella para prepararla. Candy se dejó sentir, las emociones que crecían dentro de ella le resultaban deliciosas aunque desconocidas; a pesar de la incomodidad de su espalda, se dejó abrazar y querer con toda la inocencia de su recién descubierta sensualidad.
No la preocupó en absoluto su falta de prudencia y decoro. Nunca se había sentido así de viva y tan maravillosamente bien con su cuerpo. Albert era el primer hombre que despertaba su apetito femenino y deseó explorar con él cada uno de los rincones ocultos de la pasión que la desbordaba como un cuenco lleno de leche puesta en el fuego; su pecho insaciable se endureció ante la expectativa de lo que Albert comenzaba a despertar en su interior.
No contemplaba ni por un momento el arrepentimiento. Solo sentía cada caricia como si fuese la última y creyó en su ingenuidad que su padre se lo perdonaría. Robert comprendería lo que Albert significaba para ella.
Albert no podía soltar sus manos de su cuerpo. Aunque nunca había tocado la seda, imaginó que debía de ser como la piel de ella. Su naturalidad, su abandono lo habían subyugado por completo. Sabía con total seguridad que su osadía le iba a costar el cuello, pero no podía dejarla, no podía dejar de beber el aliento de su boca. Le era tan imprescindible como el agua para seguir viviendo, tan necesaria como la necesidad de respirar. Había aceptado y actuado en consecuencia. Candy había sellado su destino en el mismo momento que había accedido a acompañarlo a la cabaña.
Bajó la mirada hacia el rostro de Candy, que estaba enmarcado por sus rizos dorados. Nunca había visto tal aceptación en el rostro de una mujer. Con ella se sentía completo;' la sintió temblar bajo sus manos y las emociones lo desbordaron. La necesidad de protegerla era tan fuerte que no sabía cómo detener los latidos de su corazón desbocado. Jamás iba a permitir que le hicieran daño.
Candy alzó la mano hacia el rostro de Albert y paseó sus nudillos por su mejilla sin rasurar; ese contacto abrasó a Albert e hizo que se sintiera mareado. La tomó en sus brazos y la dirigió al estrecho lecho adosado a una de las paredes de la cabaña; la colcha olía a humedad pero no les importó a ninguno de los dos. Candy fue consciente de los fuertes brazos que la sostenían y de la delicadeza con que la acariciaba, las manos de Albert eran sumamente fuertes pero a ella solo le daban placer.
Candy gimió cuando él bajó la cabeza y tomó su pezón en la boca de forma hambrienta y persistente. Con su lengua lo lamió de forma delicada y lo chupó y succionó hasta que lo sintió endurecerse en respuesta. Las oleadas de placer comenzaron a inundarla y un calor comenzó a subir desde sus tobillos hasta el vértice entre sus piernas llenándola de frenesí. Candy le rodeó la cabeza con las manos y lo mantuvo pegado a su piel de tal forma que Albert pudo contar los latidos de su corazón. Candy estaba tan caliente como una antorcha y Albert prendió fuego a su cuerpo, que comenzó a arder lleno de deseo.
—Tenéis un sabor delicioso —la lengua de Albert subía desde su pecho hasta su garganta—. Tan suave, tan perfecta —fue dejando un sendero de besos desde su mandíbula hasta el lóbulo de su oreja pero nada pudo compararse al estremecimiento que la sacudió cuando chupó su barbilla con lascivia, mordisqueándola de forma suave e intermitente.
—Cada vez que me tocáis me hacéis sentir especial.
Albert le sonrió lleno de amor.
—Sois muy especial, y voy a demostrároslo ahora mismo —la boca de Albert fue bajando por su estómago y por su vientre hasta el nacimiento de su pubis, Candy lo asió del pelo con fuerza y le levantó la cabeza completamente escandalizada.
—No... Qué... ¡deteneos!
Albert ignoró su petición y comenzó a saborearla y llenarse de su sabor. El estómago a Candy le dio un vuelco peligroso mientras cientos de sensaciones comenzaban a sacudirla cuando sintió la lengua caliente de él en su interior.
¡Eso debía de ser pecado! ¡Le gustaba demasiado! El techo de la cabaña debía de haberse desplomado sobre ella porque era incapaz de hacer que su cuerpo respondiese a su cerebro. El cosquilleo que le producía el pelo de Albert en el interior de sus muslos la hacía jadear de forma entrecortada. Los suaves latigazos de las palpitaciones en ese punto que estaba acariciando con su lengua la estaban llevando a un precipicio demasiado alto. Iba a saltar, lo sabía, aunque ignoraba qué se iba a encontrar abajo. Candy siguió sujetando los cabellos de Albert entre sus dedos que se crisparon por las sensaciones que esa lengua pecaminosa le producía.
—¡Virgen Santa!... ¡Albert!
El orgasmo intenso paralizó sus miembros y tensó su espalda, que dejó arqueada al mismo tiempo que soltaba su cabello. Cerró los ojos y se mordió los labios pero antes de que las pulsaciones terminaran, Albert se deslizó dentro de ella con un gemido ansioso y voraz. Candy dilató las pupilas por las sorpresa de sentirlo profundamente en su interior mientras se mecía con las palmas de las manos apoyadas en la cama y tocándose solamente con la parte inferior de sus caderas. La sensación no era del todo desagradable aunque no se podía comparar a su lengua caliente.
Albert atrapó los labios de ella, los mordió y chupó de forma apasionada, moviendo su lengua en la misma danza que ejecutaba su miembro dentro de ella. De pronto, Albert dio una última embestida.
—Lo siento, amor, no pude esperaros.
Albert se quedó inerte encima de ella, que lo miraba con una ternura infinita. Paseó sus pupilas desde su rostro hasta sus senos desnudos y marcados por sus besos, contemplar su complacencia lo avergonzó, no había podido esperarla para llegar juntos al orgasmo. Se había mostrado como un jovenzuelo ante su primera vez, pero la había deseado tanto y con tal desesperación que su cuerpo seguía un rumbo anárquico a las órdenes de su mente.
—Sois tan hermosa.
Candy sonrió cuando Albert bajó la cabeza para volver a besarla mientras seguía inmóvil dentro de ella.
—Sois maravilloso.
Albert entrecerró sus ojos y los redujo a una línea mientras memorizaba sus facciones perfectas. Su hermosura lo conmovía hasta lo más profundo.
Contemplarla le producía un gozo indescriptible.
—Decídmelo más tarde.
Las caderas de Albert comenzaron a moverse nuevamente dentro de ella, no había salido de su interior. Candy iba a abrir la boca pero Albert volvió a apresársela de nuevo silenciándola.
Habían sido las horas más maravillosas en la vida de Candy. Sentirse enamorada y correspondida era como tocar el cielo y pasearse por él. Se habían alimentado mutuamente de las mermeladas y frutos secos que guardaban en la cabaña para imprevistos. Nunca un lugar le había parecido más romántico y feliz. Albert la había sorprendido con su dulzura y la había llevado a la más alta compensación carnal que existiese; a Candy le parecía increíble que hubiese estado incapacitado para amar físicamente. Sus miembros languidecían de éxtasis satisfecho. La paciencia, ternura y habilidad de Albert la habían llevado al extremo de la locura pasional de la que ya no deseaba volver. Siguió mirándolo completamente embelesada. Habían dormido poco en esas horas gloriosas pero el tiempo empleado había resultado memorable.
—Sigo teniendo hambre de vos.
Candy sonrió feliz por las palabras de él.
—Tenemos todo el tiempo del mundo.
La respuesta lo hizo incorporarse de golpe.
—¡Debemos volver!
Candy borró su sonrisa al ver el semblante taciturno de él.
—Quedémonos un poco más —rogó aún insatisfecha. Observó a Albert rebuscar en un viejo arcón que olía a moho. Sacó varias prendas que se colocó diestramente.
—Vuestro padre está a punto de llegar.
Candy se desperezó sensualmente. Albert la devoró con la mirada henchida de deseo.
—Quiero más de esto —Candy con una mano le señaló el lecho.
Albert corrió veloz a la llamada primitiva de ella.
—Será imposible dar una explicación que justifique nuestra ausencia.
—Creo que he comprometido vuestra reputación por completo.
Albert no sonrió la broma de ella, sus ojos azules se ensombrecieron hasta tornarse tormentosos.
—Vuestro padre no se lo tomará a risa.
Candy cerró los ojos.
—Mi padre entenderá que os amo. Mi abuelo... es harina de otro costal.
Albert sintió una descarga al oír la declaración de ella. Tenía que actuar rápido.
—¿Sois consciente de que sois mía? ¿Que ya no podéis escapar de mí?
Candy no entendió la pregunta pero, aun así, asintió. Albert la estaba uniendo con un lazo a él. Ella no se había dado cuenta de dónde había sacado la cinta azul. Había cubierto su mano con la suya y comenzó a hablar en un dialecto que ella no entendía, pero la miraba con tanta dulzura que no se perdió ni un detalle de las sílabas. Lo miró con ojos que rebosaban amor correspondido.
Eran dos amantes en un lugar lejano, separados de cualquier convencionalismo, y ella se sentía inmensamente feliz.
—¿Os habéis entregado a mí por vuestra propia voluntad?—Candy asintió amodorrada—. Necesito que lo digáis con palabras.
—Sabéis que sí.
—¿Me pertenecéis, Csndice Marie Gracia de Martel?
—Os amo.
Albert sintió una sacudida ante las palabras de ella.
—Debéis decir mi nombre completo —Albert lo complació.
—Os amo, Albert Ardley de Waterfallcastle.
Albert asintió y la besó de forma profunda y posesiva.
—Ni la mitad de lo que os amo yo —Albert desató la cinta de las manos de ambos.
—¿Qué significa este ritual?
—Acabamos de unirnos en matrimonio.
Candy abrió los ojos sorprendida.
—¡No puedo casarme sin la autorización de mi rey!
Albert la calmó con sus palabras.
—Es un enlace escocés. Cuando vuestro padre me otorgue su consentimiento, lo haremos al modo castellano, os lo prometo.
—Tendréis que convencer a mi rey.
—Antes tengo que convencer a vuestro padre, pero buscaré una forma de que estemos juntos, tenéis mi más solemne palabra. Ahora levantad esa pereza y vestíos antes de que vuelva a poseeros con locura.
—Necesito un baño.
Albert creyó que no la había oído bien.
—Siempre estáis en remojo.
Candy le soltó una sonrisa.
—Por una vez, vos también estáis limpio.
Albert terminó por unirse a la risa de ella.
—Los malos hábitos terminan por contagiarse.
Candy hizo un gesto significativo. A Candy le encantaba el olor a brezo que desprendía su piel, le resultaba completamente atrayente.
—Seguro que encuentro algo para que os pongáis.
Albert le alcanzó algunas ropas que encontró en el arcón y ella se las puso con un gesto de desagrado en la cara. Olían peor de lo que había supuesto.
CONTINUARA
