Disclaimer: Los personajes de Hey Arnold son propiedad de Craig Barttlet... yo sólo le solté la rienda a mi imaginación...
Quiero dedicar este capítulo a alguien que ha sido fenomenal conmigo, andreasgl713 como te lo prometí, hoy publico el siguiente capítulo, aunque sea por la noche... y como siempre, gracias por ese arranque de inspiración. Gracias a ti, este capítulo que originalmente era de 2,500 palabras, se ha convertido en lo que están a punto de leer.
Y una mención especial a Mario DV, porque le estoy y le estaré eternamente agradecida por sus reviews, hacen que me llene de energías para continuar buscando cómo continua la historia hasta debajo de las piedras mentales que hay en mi cabeza... porque no es que les importe o tengan que saberlo, pero yo me imagino el interior de mi mente como un bosque...
En fin... Sin más dilación... He aquí nuestro dieciseisavo capítulo...
Helga corría en medio de un llanto que no podía detener, sin rumbo fijo, y sin ver por dónde iba porque las lágrimas emborronaban todo su alrededor…
Sentía tanta furia… estaba furiosa con Bob por decirle algo así… de esa manera, con Olga por no decírselo, con Bob, Miriam y Olga por ocultarle una noticia como aquella por tantos meses, y con la vida en general porque no era justo que Miriam tuviera una enfermedad que la estuviera matando… y consigo misma por estar renegando de esa manera, por no haber intentado comunicarse con ellos, por no haber querido arreglar las cosas… ¿Si ella hubiera hecho algo diferente, el destino de Miriam habría cambiado? ¿Ella habría podido, de alguna forma, detener a tiempo la adicción de su madre si su postura ante el tema hubiese sido distinta? Los remordimientos que la llenaban al recordar todas aquellas veces en las que había decidido, muy molesta con su progenitora por su vicio, darle la espalda e ignorarla hasta que pudiera tener la suficiente edad para salir de aquella casa… y lo había hecho… en cuanto tuvo mayoría de edad… en cuanto hubo una oportunidad… se largó… la abandonó… justo como ellos se lo hicieron y se sentía miserable porque conocía el dolor que conllevaba la soledad y había condenado sin darse cuenta al mismo dolor a sus padres y su hermana por su necedad de escapar del círculo de menoscabo en el que se ahogaban los Pataki.
Sus lúgubres pensamientos la arrastraban mientras continuaba corriendo, con las piernas y los pulmones ardiéndole, y como el día anterior, la lluvia volvió a hacerse presente en la fría ciudad de Hillwood mezclándose con sus lágrimas y disimulándolas, empapándola, sin que ella lo notara si quiera por encontrarse en su propia flagelación emocional.
No sabía cuánto tiempo o cuánta distancia había corrido, pero de un momento a otro terminó chocando con alguien al girar en una esquina. Terminó en el suelo, y fue hasta ese instante que se percató de que llovía fuertemente y que sus ropas, un suéter negro que cubría sus muslos, unos leggings grises y un chaleco rosa, estaban hechos una sopa. Su cabello se le pegaba al rostro, y estaba segura de que sus botas se habían convertido en albercas particulares para sus helados pies.
Al alzar la vista, una imagen dolorosamente familiar se presentó ante ella. Un chico rubio cabeza de balón con un impermeable amarillo y una expresión de preocupación en el rostro le extendía la mano mientras movía los labios diciéndole algo que Helga no escuchó.
Su primer día en el jardín de niños llegó a su mente como un gancho al hígado y no pudo evitar que más lágrimas salieran de sus ojos, quería berrear como un crío que espera a que llegue a calmarlo su mamá… y el colmo era que al caer, se había llenado de lodo… lo que le faltaba, ahora sí parecía estar reviviendo ese día y le entraron unas terribles ganas de quedarse en el suelo lodoso hecha un ovillo bajo la lluvia sin tener que hablar o ver a otra persona nunca más…
-¡Helga!- le gritó preocupado de no recibir respuesta, la chica parecía en shock y lo tenía verdaderamente angustiado… iba completamente empapada, y los ojos inyectados en sangre y que estuviera cubierta de lodo no ayudaban a disminuir su preocupación -¡Helga! ¿Qué haces bajo la lluvia?- intentó cubrirla con su paraguas y pareció que dejar de sentir las gotas de agua sobre su piel finalmente hizo reaccionar a la chica, que aceptó su mano para ponerse de pie.
-¿Qué… qué haces aquí?- no sabía qué más decirle… su propia voz le parecía ajena. No quería estar ahí, en Hillwood… quería estar en su departamento de Londres, ignorante de la cruel realidad en la que estaba sumida su familia y Arnold era el doloroso recuerdo de que sí había tomado el estúpido avión de vuelta a su estúpida ciudad natal para enterarse de lo que la estúpida Olga quería decirle y que ni siquiera había sido ella quien se lo dijera, no había sido Miriam tampoco… había sido Bob… el ser con menos tacto que Helga conocía.
-Iba a buscarte, ¿Estás bien?- y esa pregunta bastó para que la chica se echara a llorar de nuevo bajo la sorprendida mirada del rubio que no sabía qué hacer.
-¿Qué haces aquí?- preguntó el Gran Bob Pataki, molesto de haber corrido a abrir la puerta con la esperanza de que se tratara de su hija menor y se encontrara con el rostro de ese chico que tan mala espina le daba.
-Señor Pataki, vine a buscar a Helga- Gerald intentaba no amedrentarse bajo la asesina mirada del padre de la rubia.
-Se fue- respondió lastimeramente, haciendo angustiarse al chico parado en el umbral de su puerta mientras comenzaba a lloviznar, anunciando que estaba a punto de desatarse una tempestad de aquellas.
-¿Cómo que se fue?- el moreno se arrepintió instantáneamente de haber dejado sola a su amiga en aquella casa.
-Escucha chico, ve a buscarla, ella necesita a un amigo- le espetó, molesto de que sus palabras fueran ciertas, se había pasado la vida dedicándose a ser el sustento de su familia, de proveerles todo lo que necesitaban, pero se olvidó que no todas las necesidades eran materiales y ahora se consideraba incapaz de poder servirle de consuelo o de mera compañía a Helga.
Sin necesidad de intercambiar ninguna palabra más, Gerald salió despegado del lugar, ¿En dónde se había metido Helga? Y conforme recorría las calles y la intensidad de la lluvia aumentaba, su preocupación también crecía ¿Qué había pasado en la casa de los Pataki para que su amiga se fuera sin haberle llamado primero? Continuó deambulando cuando de pronto se le ocurrió que ella quizás hubiese ido a buscarlo a casa. Después de todo, ahí se estaba quedando.
-¿Hay algo que pueda hacer por ti?- el rubio le había dado refugio bajo su paraguas y le había intentado limpiar un poco el lodo que la cubría con el pañuelo que llevaba encima por insistencia de su madre, que atravesaba por una fase en la que le obsesionaban las novelas románticas de época, y decía que un verdadero caballero debía tener consigo un pañuelo de tela para cuando se encontrara a su dama en apuros. ¿Quién iba a decir que Stella había tenido mucha razón? Y Helga se había dejado hacer, mientras continuaba llorando… y entonces Arnold se dio cuenta, cuando quiso limpiar las lágrimas de la rubia, que había dejado inservible el trozo de tela y que debió haber hecho aquello primero. ¿Por qué todo lo que involucraba a la rubia parecía salirle mal?
-No… no creo… que haya… nada… que nadie… pueda hacer por mí- respondió hipando, intentando calmarse.
-Quizás si me cuentas lo que pasó- probó a decir Arnold, que continuaba incómodo con la situación, nunca había visto a Helga llorar tan vehementemente… parecía… rota.
-No… no quiero- hipó de nuevo, tallándose los ojos, odiándose por no poder parar las lágrimas.
-Es que, si lo dices en voz alta, tal vez parezca menos… terrible- volvió a decirle el rubio, con la mejor de las intenciones, pero sin darse cuenta, la estaba cagando.
-No soy de las que llora por tonterías- le espetó molestándose por el desesperante optimismo del rubio ¿no le quedaba claro que no quería hablar del tema?
-No estoy diciendo eso- le dijo alzando las manos, en señal de rendición –Sólo sugiero que tener a alguien con quien compartir el peso de los problemas ayuda a que sean menos… pues, pesados- se rascó la nuca con la mano que no sujetaba el paraguas.
-Hay… "problemas"- hizo comillas con los dedos al decir esa palabra –que no aminoran- completó con pesadez, se abrazó a sí misma sintiendo el frío que sus ropas empapadas y el viento que corría le obsequiaron. Quería que Arnold se callara, que sólo la abrazara, que se limitara a hacerle compañía… añoraba tanto sentir el calor que su cuerpo podría proporcionarle, pero ella no se atrevía a dar el primer paso, a iniciar un contacto así de íntimo… después de saber lo que aquejaba a su madre, necesitaba sentirlo cerca y no hacía más que, teniéndolo a un palmo de distancia… apretujados bajo el paraguas, percibir una brecha que se abría más y más con cada palabra que le decía… separándolos…
-Eso creemos cuando estamos tan metidos en el asunto que podría parecer que no tiene solución… pero te aseguro que si tú…- siguió insistiendo el rubio, terminando con la paciencia de la menor de las Pataki.
-¡Que no quiero hablar de eso!- gritó Helga, arrepintiéndose al ver el gesto dolido que compuso el chico.
-¿Sabes? Desde que te vi en mi casa hace un par de días- le dijo herido –creí que ahora podíamos darnos una oportunidad… y estoy intentando ser lo que necesitas… pero no me dejas, y si sigues alejándome así…- la rubia lo miró, incrédula de lo que le escuchaba decir.
-¿Alejándote? ¿Quieres ser lo que yo necesito? ¿Tú te escuchas?- sintiendo el latir de su corazón en sus oídos, no soportó más… y terminó por estallar -¡Nadie te ha pedido que seas nada! Vas por ahí preguntando cosas de mí a mis espaldas, en lugar de acercarte y preguntarme directamente. Y ahora, me ves desecha, sufriendo… y no escuchas lo que te digo, no me pones atención, ¿Cómo, entonces, piensas ser lo que yo necesito? ¿Qué sabes tú de lo que yo necesito?- le espetó, abrazándose con más fuerza y sintiendo la cabeza arderle, junto a sus pulmones y piernas.
-¿Brainny te lo contó?- dijo atónito, incapaz de concentrarse en el resto de lo que la rubia le había dicho, él había confiado en el castaño, ¿Y el chico había ido a contárselo a Helga?
Por el rabillo del ojo vio un auto detenerse al otro lado de la acera… un auto que conocía bien.
Helga iba a gritarle más cosas al chico que la miraba perplejo, pero ella también notó el vehículo y al girarse para verlo mejor entre las gruesas gotas que caían del cielo con mayor rapidez, lo vio…
Era Gerald…
El moreno se bajó del auto, sin importarle que se empapara, y se quedó de pie junto a él, mirándola con intensidad a través de la lluvia que caía a cántaros. Helga se sentía congelada en el sitio, ¿Cómo hizo para encontrarla? Ella misma no sabía dónde estaba… ¿Cómo hizo para saber que lo necesitaba? Se preguntó a sí misma… y entonces, el moreno hizo un gesto que le arrebató el aliento…
Abrió los brazos…
Invitándola…
Esperándola…
Comprendiéndola…
Lágrimas nuevas llegaron a sus ojos y antes de que pudieran empezar a caer, la rubia despegó sus pies, primero uno, luego otro… corriendo hacia el moreno sin importarle que abandonara el frágil refugio que le había ofrecido el rubio, sin importarle que volviera a empaparse del agua helada o que estuviera renunciando a la compañía del chico cabeza de balón, arrojándose a sus brazos y siendo atrapada al vuelo por Gerald que la estrechó posesivo y la apretó contra su pecho… intentando transmitirle el cálido sentimiento del consuelo… de un mudo entendimiento… de una afirmación que sobraba vocalizar…
"No estás sola", sentía la rubia que le gritaba aquel gesto de su amigo.
Mientras tanto, un atónito rubio presenciaba la escena, congelado en su sitio, con el sabor amargo de la bilis en la boca y el sentimiento de rechazo oprimiéndole el pecho… Los celos suelen ser malos consejeros, prácticamente porque son tan traicioneros como una dulce bebida de absenta que baja tan gloriosamente por la garganta pero trae consigo sólo tragedia… Nunca escuches a los celos… suelen ser malos consejeros… Sin embargo, Arnold prefirió ignorar esa advertencia y dejarse llevar por esa oscura emoción que parece inundarlo todo dentro de uno, cuando se experimenta… que parece arrancarte la piel a tirones, clamando por toda tu atención… y que no se detiene hasta que has hecho justo lo que te ha exigido, porque los celos no te "piden" que hagas cosas, te las exigen… y normalmente son cosas de las que terminas muy arrepentido… Arnold también despegó los pies, caminando con un destino en mente, un destino que los celos le habían susurrado como la serpiente a Eva en el Jardín del Edén y justo como nuestra primera madre, Arnold también escuchó y también hizo caso…
-La próxima vez, fíjate antes de cruzar la calle Georgina George- susurró Gerald al oído de la rubia, sin soltarla, haciéndola reír en medio del llanto, con el rostro enterrado en su pecho… "Chicas pesadas" fue la primera película que los dos vieron juntos… la forma en la que terminaron sentados en el sofá de Phoebe Heyerdahl con una pila de golosinas entre los dos y el control remoto de la televisión averiado, sin poder cambiar el canal, demasiado cansados para ponerse de pie y apagarla, y demasiado aburridos como para no prestar atención a lo que sucedía en las imágenes a color frente a ellos, era un recuerdo que aún arrancaba risas a la rubia.
-Eres un zopenco- murmuró apretando aún más su agarre en la cintura del joven, que la envolvía como si quisiera fusionarse con ella. Sintiendo las ropas de ambos empapadas, no le preocupaba dar rienda suelta a las lágrimas, que impertinentes, seguían saliendo de sus pupilas aunque ella hiciera un esfuerzo porque pararan. No podía mojar la camisa del moreno más de lo que ya estaba.
-Vamos a casa, te haré un chocolate caliente y ¿Qué tal suena un masaje de pies?- la rubia volvió a reír. Gerald parecía saber exactamente lo que ella necesitaba… si tan solo cierto rubio la conociera igual de bien y pudiera leerla como hacía el moreno…
-Como música celestial, si me lo preguntas- le dijo separándose sólo un poco para apoyar su barbilla en el pecho del chico y mirarlo a los ojos, mientras él inclinaba el rostro hacia abajo para encontrarse con la azul mirada de la Pataki. ¿Gerald era más alto que Arnold? Debía ser, porque al rubio podía verlo a los ojos sin esfuerzo, y de alguna forma, descubrir ese hecho le reconfortó… en todas las películas y las novelas que a Helga le gustaban, el chico era más alto que la chica.
-Vamos entonces- y le sonrió tiernamente, provocando sin saberlo un escalofrío en su compañera.
Nadine iba camino a su casa después de haber acompañado a Sheena y a Lila a las suyas, las gotas de lluvia golpeaban los cristales de su Beatle mientras conducía por las avenidas de Hillwood, con las palabras de Patty todavía dándole vueltas en la cabeza…
"No haremos nada, es algo que no nos concierne… Ellas que se arreglen o no, pero no metan sus narices en esto", les había advertido luego de la pregunta de su pelirroja amiga…
Distraída por el recuerdo, no se fijó que el semáforo cambiaba de color y terminó cruzándolo en rojo… las sirenas de una patrulla se encendieron detrás de ella, ¿Tan metida iba en sus pensamientos que tampoco la había notado? Tuvo que orillarse y detener la marcha del vehículo, sintiéndose tonta por haberse metido en esa situación, ahora sería multada.
El oficial que se acercó a ella era el Señor Ekman. La rubia se sonrojó furiosamente, "Genial", pensó, "simplemente genial", bajó el vidrio de su auto para poder hablar con el amigo de sus padres.
-Buenas noches, Nadine- el oficial Ekman la miraba con una ceja alzada -¿Sabes por qué te detuve?- le preguntó condescendiente.
-Sí, señor- respondió a regañadientes –Me pasé una luz roja- completó.
-Ya conoces el protocolo, licencia y papeles del vehículo, por favor- el oficial sacó de su impermeable su libreta de multas para comenzar a hacerle una a la rubia. Recibió los documentos que la hija de su mejor amigo le extendía y no pudo evitar notar su alicaído rostro -¿Todo en orden, Nadine?- le preguntó con amabilidad.
-¿Por qué pregunta, oficial?- con suspicacia, la chica bronceada observó al hombre que la había detenido.
-Bueno… digamos que es una corazonada… estoy seguro que no nos viste detrás de ti o no te hubieras cruzado esa luz roja- había una velada risa en esa aseveración que no pareció hacerle gracia a la joven, así que el oficial carraspeó antes de continuar –además, te conozco Nadine, eres una conductora responsable… debiste estar bastante distraída para pasarte el semáforo…- la chica suspiró, el señor Ekman tenía razón y no veía la necesidad de negarlo.
-Sí, señor Ekman. Iba bastante distraída… ¿Puedo pedirle un consejo?- el oficial la miró sorprendido por la pregunta.
-Claro… pero no sé qué tan buen consejo pueda ser- le respondió sonriéndole brevemente.
-Tengo una amiga… ella… se le nota que le gusta alguien y que es correspondida, pero el chico en cuestión… bueno… es el ex novio de su mejor amiga- al escucharla, Ekman se arrepintió al instante de haber preguntado y de haber ofrecido su consejo… no existía peor persona para entender el drama adolescente.
-No me malinterpretes, Nadine, pero, ¿Por qué te interesa tanto como para ponerte así?- el oficial Ekman sospechaba que aquella amiga, era una rubia bronceada estudiante de entomología que conducía un Beatle, muy tímida para admitir que se había enamorado del chico equivocado.
-La verdad es… que tengo algo así como una deuda pendiente con ella, y quiero pagarla ayudándola, pero no sé cómo y sobretodo no sé si está bien… es el ex novio de su mejor amiga y la relación era muy en serio y fue muy larga- Nadine tenía en mente el día en el que terminó con Sid, Helga había ido directo al chico y le había soltado un tremendo golpe que le rompió el tabique de la nariz al pelinegro y, si era sincera consigo misma, la hizo sentir muchísimo mejor… ella no había tenido las fuerzas para golpearlo por sí misma, y Helga nunca tocó el tema ni le dijo nada al respecto… como si la acción no hubiera sido motivado por lo que pasó con Nadine, aunque ambas supieran que sí.
-Mira… en cuestiones de esas, lo mejor es que no te involucres… puedes ofrecerle escucharla y con eso la ayudarías mucho, pero no la presiones- comenzó a decir el señor Ekman y pensándoselo mejor, añadió –Dile que… decida lo que decida, elija no arrepentirse- Nadine lo miró sin comprender. Así que, el oficial decidió dilucidar su comentario –Me refiero a que, ya sea que inicie algo con ese chico o simplemente deje las cosas como están… o decida sacarlo de su vida… que no se arrepienta, los remordimientos son a veces peores verdugos que las personas- la rubia parecía pensar seriamente en lo que le había dicho. Sonriendo, el oficial le tendió de vuelta los papeles y una nota amarilla.
-¿De todas formas me multará?- preguntó sorprendida al ver lo que decía la hoja amarilla.
-Por supuesto… es mi trabajo- le dijo divertido –Salúdame a tu padre, dile que lo veré el domingo para nuestro juego de póker… y que se prepare porque esta vez, voy a ganar todo- le aseguró y se fue de regreso a su patrulla, dejando a una rubia mirando ofendida el trozo de papel en su mano y el consejo del señor Ekman resonando en su cabeza.
En la casa de la familia Evans, un incrédulo Robert seguía negándose a creer las explicaciones que su mejor amigo le daba respecto a la inusitada visita que había recibido.
-¿Esperas que crea que Gerald Johanssen vino hasta aquí… a mi casa… sólo porque quería saber cómo estabas?- repitió receloso.
-Aah… yo no espero nada… aaah… Robert… ya te dije, aaah, lo que tenía que decir… aah… y ahora quiero terminar de… aah… jugar- el castaño rodó los ojos, intentando comprender la insistencia de su amigo, pero cuando por quinta vez volvió a repetirle que no le creía, terminó por perder los estribos –Bueno, aaah… tú qué te traes con… aah… Gerald- le encaró, notando que el chico se ponía muy nervioso.
-¿Yo? ¿Con ese neandertal? Nada- contestó fingiendo inocencia.
-Aah… por favor, Robert… aah… ahora quien no te cree soy yo… aah… ¿Qué pasó entre ustedes?- decidido a obtener una respuesta, tomó el control del Xbox transparente, el favorito de su amigo y lo sostuvo sobre la pecera de la sala.
-¡Ten cuidado, Brian! Eso es una edición limitada, no puedes jugar así con ella…- el rubio lo miraba suplicante.
-Aah… ¿Qué pasó con Gerald?... aah… Robert- hizo ademán de dejar caer el control en el agua.
-¡No, Priscila!- exclamó el amigo del castaño y lo miró con odio –No juegues de esa forma- y cuando Brainny repitió su acción, Robert terminó cediendo -¡Está bien! Está bien, está bien… Te lo diré, pero por favor, aleja a Priscila de la pecera- pidió removiendo la consciencia de su amigo que hizo lo que le pidió.
-Aah… pero quiero…aah… la verdad- afirmó Brian.
-Sí, sí. Claro.- suspirando al ver que su control favorito estaba fuera de peligro de terminar en el agua, se dejó caer en el sillón de la sala y se dispuso a darle lo que Brian pedía –Escucha amigo, lo que voy a contarte no debes tenérmelo en cuenta, fue hace dos años. No vayas a enojarte- que el rubio de lentes iniciara así su relato, terminó por picar la curiosidad de su interlocutor, que también se sentó en el sillón.
-Aah… está bien…aah… intentaré no enojarme- le aseguró para calmarlo y Robert sonrió más relajado.
-Ok… en ese caso… todo empezó cuando Helga me ridiculizó en la clase del señor Hugh, en el cuarto semestre- el castaño no recordaba a qué se refería su amigo y éste pudo verlo claramente escrito en su rostro –ya sabes… el día de la exposición del proyecto modelo de negocio- al no ver señal de comprensión en el castaño, Robert se dispuso a relatar un poco más atrás de ese día.
Un emocionado rubio de lentes cerraba su casillero distraídamente mientras miraba su nuevo horario del cuarto semestre de Preparatoria, prensando sin darse cuenta los dedos de la persona a su lado, que sacaba libros de su propio locker…
-¡Auch! Fíjate zoquete- le gritó una rabiosa rubia con los más hermosos ojos que Robert hubiera visto en su vida… al verla sujetarse su mano con un gesto de dolor, se dio cuenta de lo que había pasado.
-¡Oh, lo siento mucho!- intentó disculparse con ella, pero fue interrumpido por la llegada de otro chico al que sí reconocía.
-Buen día, Pataki. ¿Lista para entrar en la tradicional competencia de "Quién tiene el peor horario del semestre"?- le preguntó Gerald a la chica que sería su vecina de casillero ese periodo. Robert miró sorprendido a la rubia de ceño fruncido… ¿Esa era Helga Pataki? ¿Qué había pasado durante las vacaciones de invierno para que luciera tan… distinta? Hasta entonces, lo normal era verla con camisas de hombre tres tallas más grandes que ella y pantalones de corte recto, de mezclilla deslavada, su cabello todo metido descuidadamente debajo de su gorra azul y botas de combate… sin mencionar que continuaba teniendo su característica uniceja… Pero ese día, Helga iniciaba el curso con unos jeans entubados, un femenino suéter de punto que se amoldaba a su figura como un guante, el cabello recogido en una cola de caballo que ataba con un listón rosa y unos botines de tacón… además, se había depilado las cejas, dejándolas abundantes pero con forma… resultaba una visión muy agradable para cualquier persona.
-¡Criminal, Johanssen! ¿Qué no ves que me he lastimado los dedos?- la rubia lo miró bajo sus largas pestañas, alegrando al chico que observaba en silencio el intercambio, a él también le había molestado la intromisión del moreno.
-¿Tus dedos?- y con una delicadeza que no esperarías ver en el capitán del equipo de baloncesto, tomó la mano de la chica para examinarla y al notar lo enrojecidos que estaban, su expresión cambió a una de profunda preocupación –Oye, deberías ir a la enfermería… no creo que puedas escribir así en las clases- ante lo dicho por el recién llegado, la rubia le dirigió al de cabello ensortijado y de lentes, una mirada de odio.
-¡¿Oíste, zoquete?! Ahora tendré que ir a la maldita enfermería- y al hablarle directamente, lo puso en el radar del moreno, que no se había percatado de su presencia.
-¿Tú le hiciste eso?- la voz del moreno había cambiado. No era la misma que había usado para dirigirse a la rubia segundos antes…
-Fue… Fue un accidente- titubeó al decirlo, siendo el receptor de la letal mirada del moreno, no podía evitar sentir que su vida tenía los días contados… si no es que los minutos…
-¡Geraldo!- quiso llamar su atención, pero el moreno ya había acortado la distancia con el espectador de su intercambio con su amiga y lo sujetaba de la solapa de su camisa polo, obligándolo a ponerse de puntitas para evitar hacerse daño.
-No te le vuelvas a acercar ¿Quedó claro?- le amenazó, con los dientes apretados… y soltándolo, tomó del hombro a la chica y la acompañó a la enfermería mientras ella le reclamaba que se hubiera entrometido, alegando que ella podía defenderse sola.
Robert respiró tranquilo… por lo menos, ese mastodonte miembro del grupo de "atletas" que se creían los dueños de la escuela se había ido… en verdad esperaba que la chica no tuviera nada grave, y con ese pensamiento se dirigió a su primera clase del día. Ése había sido su primer acercamiento en vivo y en directo con la pila de testosterona que era Gerald Johanssen, lamentablemente no fue el único.
Esa semana también había hecho otro descubrimiento: Compartía casi el mismo horario que Helga Pataki. Con excepción de los miércoles, estaba en todas sus clases. Y eso sólo complicaba su decisión de mantenerse alejado de ella para evitar problemas con el moreno, aunque un hecho escapaba a su comprensión… si Gerald era novio de Phoebe ¿Qué hacía buscando a la rubia al final de cada clase que no compartían como si fuera su atalaya personal?... no siempre iba con la oriental a buscarla, y a veces, la rubia lo hacía esperar y él, sorprendentemente, no se iba… la esperaba pacientemente.
En fin, tenía la asignatura de Economía en la tercera hora los martes y jueves… la cual compartía, como ya había señalado, con la rubia. El señor Hugh daba esa clase. Y a Robert realmente le gustaba, sobre todo porque no tenía que sentarse con nadie, era el único salón con asientos individuales, en los demás debía compartir mesa con otra persona.
Y el semestre comenzó a transcurrir con el soporífero efecto que siempre trae consigo la rutina escolar, y aquel episodio quedó en el olvido para Robert, más ocupado en evadir a otros miembros de otros clubes deportivos que le molestaban por ser un geek de corazón.
Hasta que el señor Hugh les asignó un proyecto… uno que harían en parejas… y él escogería cómo se conformarían esas parejas… De pronto, ésa era la clase menos favorita de Robert, eso hasta que el profesor dijo su nombre y el de Helga… el rubio se ruborizó, sabía que la chica era la mejor amiga de su mejor amigo Brian, pero entre ellos realmente nunca habían cruzado palabras, se movían en círculos sociales muy diferentes. Después de todo, ella era miembro del club de atletismo… y él era un ratón de biblioteca hecho y derecho, aunque la había visto algunas veces escogiendo libros de su santa sanctorum, y llevándoselos, se imaginaba, para leerlos en la comodidad de su casa.
-La biblioteca me da grima… sin ofender- la escuchó responderle una vez a la bibliotecaria cuando la cuestionó al respecto. Solía imaginársela leyendo frente a la chimenea en su casa. Y eso lo hacía sonreír, le bastaba con saber que uno de esos atletas populares tenía buen gusto en literatura y disfrutaba de los libros como él mismo.
Entonces, así fue como terminaron siendo pareja para el proyecto de modelo de negocio de la clase de Economía… provocando que se tuvieran que dirigir la palabra.
-¿Dónde te parece mejor reunirnos para trabajar en el proyecto?- Robert se había acercado al pupitre de la chica, vigilando de reojo al moreno que la esperaba fuera del salón, recargado en la pared con los brazos cruzados y la vista de halcón fija en la rubia.
-Me da igual- respondió encogiéndose de hombros y Robert se le quedó mirando embobado, provocando que Gerald entrara en el aula.
-Pareces una maldita tortuga Pataki ¿Qué tanto haces?- el rubio de lentes miró al chico sorprendido, era la primera vez que lo veía impacientarse mientras esperaba a la rubia, y llevaba meses yendo por ella a las clases.
-¿A ti qué clase de bicho te picó?- le preguntó extrañada y levantándose, le aventó al pecho su mochila –Nos vemos después de clases en la biblioteca- le dijo de refilón a Robert mientras se encaminaba con Gerald a la salida, el moreno lo fulminó con la mirada al escucharla.
Para esos momentos, el joven Evans no podía estar más confundido… Gerald parecía el perro guardián de la rubia y en los pasillos, los chicos habían hecho el tema favorito de conversación lo cambiada que estaba la chica… pero cada que una conversación con el nombre Helga Pataki iniciaba, el moreno parecía salir de la nada para terminarla abruptamente… ¿Qué tipo de relación había entre ellos? Siempre se les veía a los tres juntos, con Phoebe, la novia del moreno… la curiosidad de Robert había sido despertada, y cometió el peor error a causa de ello.
Cuando la última clase terminó, el rubio se dirigió a la biblioteca, pasando primero por su casillero a recoger su material de estudio y decidido a averiguar ese misterio que rodeaba a aquel par…
Al llegar a su destino, se encontró a la rubia y al moreno protagonistas de sus pensamientos, sentados a la misma mesa… era la primera vez que veía a Gerald en la biblioteca de la escuela, su novia solía pasar mucho tiempo ahí, pero el moreno evitaba el lugar como a la peste… ¿Qué hacía entonces sentado a la mesa de su compañera, balanceándose en la silla con esa expresión de aburrimiento?
Robert llegó hasta ellos y saludó, recibiendo una especie de gruñido como respuesta de Gerald y un silencio ensordecedor de parte de Helga. Se sintió pequeño. Muy pequeño. Tomó asiento y abrió el libro de Economía en el tema de los Modelos de Negocio y haciéndose a la idea de que tendría que trabajar con el basquetbolista presente, se dirigió a la rubia.
-Así que… ¿Has pensado en algún tema que prefieras desarrollar?- intentó sonar amable, la chica le parecía a él como un gato que si no lo tratas como a él le gusta, el zarpazo que te lleves será culpa tuya…
-No, nada en especial- le dijo, hojeando distraídamente su propio libro de economía.
-Bueno… en mi casa tengo más material que puedes ver para tomar una decisión- lo dijo sin pensar, y los dos rubios se sobresaltaron cuando Gerald se puso de pie tan rápido que su silla se estrelló contra el piso. Miraba alucinado a Robert, como si lo hubiera insultado.
-¿Qué dijiste?- le preguntó con la misma voz que había usado con él el primer día, haciéndolo revivir ese recuerdo enterrado.
-Tranquilo, Geraldo. Es inofensivo- intentó apaciguar a su compañero, pero el moreno no dejó de mantener su pesada mirada en el rubio, poniéndolo muy nervioso.
-Te lo advierto… si estás pensando en que tienes alguna oportunidad con ella- empezó a decir amenazadoramente, inclinándose sobre la mesa, apoyado en una mano y señalándolo con la otra.
-¡Criminal, Gerald! ¡Vas a hacer que se orine en los pantalones!- le reclamó, haciendo enrojecer al chico de lentes, que se hundió más en la silla deseando desaparecer.
-Pero es que… es un pervertido- Gerald miraba con el ceño fruncido a la rubia como si le costara mucho entender por qué insistía en defenderlo.
-Como todos los malditos adolescentes- le respondió, colocando sus brazos en jarra apoyándolos en sus caderas -¿Qué harás? ¿Volverlos ciegos a todos?- remató sarcástica.
-Mira tú, que a mí me da que esa… es una buena idea- le dijo sonriendo de lado y haciéndola rodar los ojos, exasperada, pero con una naciente sonrisa en el rostro. Robert no pudo soportarlo más, había pasado a ser invisible de nuevo y la dinámica entre esos dos era demasiado curiosa para callar sus dudas por más tiempo.
-¿Qué clase de relación tienen ustedes?- cuando los aludidos se giraron a verlo sorprendidos, casi se arrepiente de haber preguntado… casi –Quiero decir, ¿son una especie de polígamos que salen con Phoebe en algo así como un trío?- de todas las teorías que se había montado en la cabeza, tenía que soltar la que era más improbable e indecente… ahora sí que parecía un pervertido…
Pero ni siquiera se pudo retractar, porque Gerald ya lo había tomado de la camisa y lo jalaba para tenerlo a un palmo de distancia.
-¿Qué has dicho?- la ira del chico lo asustó lo suficiente como para forcejear hasta que lo soltó y salió corriendo de ahí.
Robert no se atrevió a volver a acercarse a Helga, ni siquiera a mirarla. Tenía miedo de que Gerald lo descubriera haciéndolo. Además de la vergüenza que sentía con la chica por haber insinuado algo tan inapropiado. Pero el día de la exposición del proyecto del modelo de negocio llegó, y Robert sudaba frío al darse cuenta que con todo lo que pasó, no había hecho el trabajo. Casi le da un infarto cuando el señor Hugh los llamó al frente. Se puso peor cuando vio a Helga hacerlo. Se congeló. En su sitio. El profesor le habló un par de veces y entonces, la rubia lo dijo.
-No se preocupe señor Hugh, puedo hacer la exposición sola- y todo el grupo comenzó a hacer guasa, a gritar un "Uuuuuuuh" burlón… rojo como un tomate incandescente, escuchó anonadado la casi perfecta presentación de la rubia. Y la odió. Ella era quien había llevado a Gerald a su reunión, ella no lo había vuelto a buscar, y había hecho sola el trabajo para dejarlo en ridículo, en su clase favorita.
Durante un año planeó la mejor venganza. La humillación más grande. Pensaba dejarla expuesta delante de todo el curso, cuando fuera el baile de graduación. Pensó que iría con Gerald, esos dos parecían más unidos que nunca y además, los rumores decían que se irían a estudiar a la misma universidad en Londres. Para ese tiempo, los chismes de que le pintaban los cuernos a Phoebe eran de dominio público. Él llegó con Brian al baile. Pero pronto, el castaño se había ido con Helga a la pista de baile, no le molestaba, de hecho contaba con ello. Cuando Brian se ofreció a ir por ponche y la dejó sola, Robert gateó entre las piernas de sus efusivos compañeros hasta llegar a los tobillos de la rubia, iba a levantarle la falda para que todos la vieran en ropa interior, pero en ese ángulo, quedó de cierta forma cubierto por el vestido y al alzar la mirada fue él quien se encontró con el delicado encaje color melocotón que cubría deliciosamente el trasero firme de Helga. Se quedó prendado de la imagen un par de segundos, antes de que alguien le jalara de los pies.
Gerald se lo echó sobre el hombro y se lo llevó como si fuera un cavernícola al patio donde lo golpeó un par de veces mientras le repetía que ya le había dicho que no se acercara a la menor de las Pataki.
-Como ves… es un salvaje- resopló el rubio, terminando con la respuesta que su amigo castaño le había pedido. No había notado el momento en el que Brian se había puesto de pie y le miraba parado frente a él.
-Aah… ¿Viste debajo de la falda… aah… de Helga?- le preguntó confirmando lo que había escuchado.
-Bueno sí. Pero ese no era el punto- intentó explicarse pero Brainny no se lo permitió. Le asestó un golpe y luego otro.
-¡Aah… eres un malnacido!- y sin decirle más, porque realmente creía que no valía la pena, salió de ahí. No podía creer que Robert ni siquiera estuviera arrepentido, y que siguiera sin comprender por qué el moreno lo había golpeado.
Helga y Gerald llegaban a la casa del moreno. Los dos hechos una sopa. La familia Johanssen se había ido al cine, en casa sólo estaban ellos. Eso puso nerviosa a la rubia.
-Ve a ducharte antes de que pesques un resfriado- la voz del moreno, interrumpiendo el silencio de la estancia, la hizo sobresaltarse un poco –Mientras, te preparo el chocolate caliente y te lo llevo a tu habitación- Helga asintió apesadumbrada. Lo que más necesitaba en esos momentos era sentirse cálida, odiaba el frío… odiaba demasiado el maldito frío porque le recordaba a los inviernos de su infancia cuando a Miriam se le olvidaba encender la calefacción o sacar las colchas, mantas y abrigos del ático… hasta que pudo hacerlo sola, dejó de padecer esas temperaturas con ropa liviana. Arrastrando los pies puso rumbo a la ducha, pero Gerald la detuvo jalando de la espalda de su blusa -¿Era Arnold?- Las lágrimas regresaron y la menor de las Pataki hizo acopio de todas sus fuerzas para no permitir que se derramaran.
-Sí- su voz sonó tan pequeña, que se odió por mostrarse tan vulnerable. Los segundos pasaron y Gerald ni la soltaba ni decía nada más…
El moreno sentía su ritmo cardíaco en sus oídos. Cuando encontró a la rubia debajo del mismo paraguas que un chico, había sentido como si alguien le estrujara el corazón en un puño, con tanta fuerza que sangraba. Si ella no hubiera corrido hacia él cuando abrió sus brazos, si ella se hubiera quedado al otro lado de la calle, si ella no lo hubiera escogido… Gerald sentía que se volvía loco de sólo pensarlo. Y como guiado por un impulso que nacía de lo más profundo de su desesperación, se abrazó a la espalda de la chica, aferrándose a ella, esperando que fuera suficiente para transmitirle sus sentimientos, esos que él no sabía descifrar y que tan asustado lo tenían.
-¿Gerald?- susurró la joven, sorprendida del arrebato del moreno.
-Soy yo- le dijo con una apabullante seguridad que ninguno de los dos supo de dónde venía.
-¿Qué eres tú?- le preguntó temblando la rubia, asustada de lo que pudiera responderle el moreno, sintiendo que no estaba preparada para saberlo.
-Quien está a tu lado. Soy yo- aclaró Gerald… esperando que fuera suficiente, deseando que fuera suficiente… "No te vayas con él" quería pedirle, pero eso sería muy egoísta –Soy yo- volvió a repetir.
-Lo sé- Helga se giró dentro de ese abrazo, encarando a su amigo, encontrando en sus ojos una tormenta más implacable que la que estaba afuera… tomó el rostro moreno entre sus manos, admirando el contraste que hacían, pensando en que así eran ellos, distintos, opuestos… pero cuando se juntaban, aquello era hermoso –Sé que eres tú- había una fuerza en esa declaración que los hizo temblar a los dos y Gerald abrazó con más fervor a la chica, hundiendo el rostro en su cuello y deseando, rogando, porque sus sentimientos fueran comprendidos.
Arnold tocaba insistentemente a la puerta de aquel hogar al que los celos lo habían llevado. Llevaba algunos minutos llamando a la entrada y nadie acudía. Tenía que haber alguien, se repetía a sí mismo… si no sacaba el veneno que hervía en su garganta, se terminaría intoxicando él solo…
De pronto, lentamente, la puerta comenzó a abrirse y el rostro de una joven se asomó, mirándolo sorprendida.
-¡Arnold!- llevaba muchos años sin ver al chico, pero esa mirada y esa cabeza de forma peculiar eran inconfundibles -¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó curiosa.
-Necesito hablar contigo Phoebe- la seriedad en su rostro preocupó a la pequeña Heyerdahl.
-Claro, pasa. Estoy sola- y al darle paso al rubio, Phoebe no tenía idea que a su casa entraba con él la tempestad.
El pelinegro de lentes redondos rojos y abrigo largo de piel caminaba presuroso a la salida del jardín de los Wellington Lloyd. Pero algo lo detuvo a unos metros de la reja… Rhonda… Rhonda se paseaba por sus rosales, secos por el invierno, debajo del refugio que proporcionaba el kiosko que había justo al centro de todo, enfundada en una bata de seda de tonos burdeos y el cabello suelto, húmedo… como los sueños que aquella imagen iban a provocarle al pobre chico si no salía de ahí pronto… pero estaba congelado ante tanta belleza… frente a él, a unos metros, estaba el objeto de sus elucubradas fantasías, de sus enajenados deseos, de sus más profundas penas… contra todo lo que le dictaba su sentido común, se acercó más… oculto entre las paredes de follaje…
La vio con el celular en la mano y luego llevárselo al oído… pero no escuchaba nada… la observó reír… una risa que nunca antes había escuchado de sus rosados labios… y la rabia comenzó a dominarlo ¿Quién la hacía reír así?... Tenía que saberlo…
Se acercó un poco más… la escuchaba hablar de su fiesta… sería mañana… y ahí se encontraría con la persona del otro lado de la línea… pero no era suficiente para él… tenía que enterarse de más… tenía que saberlo todo… ¿A quién tendría que arrancarle la lengua por osar dirigirle la palabra a su preciada ídolo? ¿A quién tendría que arrancarle las orejas por el atrevimiento de escuchar esa musical risa de un ser celestial que no estaba al nivel de ningún mortal?... Debía saberlo…
Y quiso acercarse más, pero en su descuido, pisó un charco creando un sonido que alertó a la chica…
-¿Quién anda ahí?- preguntó Rhonda, asustada -¿William?- llamó con la voz trémula. Se cubrió mejor con su bata y miró alrededor, la lluvia caía indolente dificultando distinguir algo con el sentido de la vista o el oído que no fuera las gotas de agua cayendo… pero podía sentir con cada fibra de su ser que alguien la miraba… o algo… ese tipo de sensación espeluznante que da cuando tu sexto sentido, aquel que dormita en la parte reptiliana de tu cerebro, ese instinto de supervivencia primitivo, se dispara mandando una alerta en letras neón del subconsciente a tu muy consciente yo…
Después de sentir que se le erizaban los vellos de la nuca, Rhonda decidió que ya estaba bueno de pasear por su jardín para llamar clandestinamente a Harold y emprendió carrera al interior de su hogar. Si se hubiera quedado unos segundos más, la luz del trueno que cayó le habría develado una aterradora verdad.
Curly, de pie, empapado, bajo la tormenta. Bufaba, furioso. Con una mirada que clamaba muerte.
Sid se aventó en su cama, rebotando un par de veces. Le encantaban las noches lluviosas porque el golpeteo en su ventana le arrullaba. Además, ese tipo de escenario le inspiraba a escribir música para las letras que sus compañeros de banda creaban… Pero en esta particular ocasión, la adrenalina que lo recorría ante la espera de la fiesta de mañana, le imposibilitaba escribir nada… ¡Finalmente! Finalmente Nadine parecía haberle perdonado, y ella le había propuesto una cita, una salida juntos, a la fiesta de Rhonda… Ella quería arreglar las cosas entre ellos, le iba a dar finalmente otra oportunidad.
Sin poder resistirlo más tiempo, se puso a brincar en la cama como un crío la mañana de navidad… Gritando emocionado y feliz… ¡Por fin, iba a volver con Nadine!
Su madre le gritó molesta que dejara el jaleo o subiría con escoba en mano. Aquello sólo lo hizo estallar en risas… No había nada que le arruinara el momento, en menos de 24 horas, sería de nuevo el novio de Nadine, y la rubia sería de nuevo su novia… aquello se le antojaba como la mejor música que hubiera escuchado nunca antes…
¡Qué estupendas navidades!
Tenía ganas de salir a bailar bajo la lluvia, pero tampoco se arriesgaría a perderse la fiesta por enfermarse…
Rio solo… Rio feliz… Rio hasta que le dolió el estómago y estuvo seguro que le saldrían moretones…
Pero no cabía en sí de gozo…
Nadine lo había hecho, sin saberlo, el hombre más feliz del mundo…
Gerald tocó a la puerta del cuarto de Helga, esperando a que ella le dejara entrar. Al no escucharla después de algunos segundos, abrió la habitación encontrándose con la chica dándole la espalda, con el cabello suelto, largo, como única prenda superior, y sus shorts de pijama. Enrojeció. Salió de la habitación de nuevo y volvió a tocar con más fuerza. Esta vez escuchó el murmullo de los pasos sobre la alfombra, y esperó a que ella le abriera.
-Gerald- dijo con alivio, enrojeciendo más al moreno.
-Aquí está tu chocolate especial- intentó sonar calmado, pero sabía que falló miserablemente. La rubia lo invitó a pasar y ambos se sentaron en la cama, con la bandeja que llevaba las bebidas entre ellos. Sumidos en un cómodo silencio, la rubia bebió por un largo rato del chocolate que le preparó el moreno. Recordó que fue, en medio de una lluvia como aquella, la primera vez que probó aquel cálido brebaje que parecía entibiar su corazón y dar cobijo a su alma.
-Gerald- murmuró, después de terminarse ambos su chocolate y acomodarse mejor, una vez que retiraron la bandeja. Helga se giró sobre su costado derecho y Gerald hizo lo mismo sobre su costado izquierdo, ambos mirándose a los ojos -¿Cómo me encontraste?- le había dado un par de vueltas a la interrogante en silencio, pero seguía sin poderle dar respuesta.
-Venía de camino aquí- le respondió, también en un susurro –Sólo pensé que quizás habías vuelto a casa- esa expresión se sintió ajena para la rubia, no estaba "en casa" como el moreno insinuaba, su casa era la vivienda Pataki o su departamento en Londres…
-La verdad… no sabía a dónde iba, sólo quería correr- intentó distraerse de sus propios pensamientos, continuando con la conversación en voces suaves que mantenían –Correr hace que piense más claramente- el moreno le sonrió divertido.
-Ya decía yo que estando quieta no piensas muy bien que digamos- la burla fue recibida con un juguetón golpe en el hombro.
-Sabes a lo que me refiero- siguió hablando -¿Te puedo preguntar algo más?- las pupilas de Gerald brillaron brevemente.
-No sé qué decirte… ya me has hecho muchas preguntas- fingió pensárselo con un teatral gesto que hizo reír a la rubia –Está bien… dispara esa pregunta, pelos de elote- ante el mote, la rubia rio más fuerte. Cuando se calmó, le miró sintiendo que se le aceleraba el pulso al volverse consciente de la cercanía entre ambos, acostados en su cama.
-¿Por qué no me preguntaste la razón de que me encontraras llorando?- Helga lo miraba interrogante, esperando a satisfacer su curiosidad.
-¿Te hubiese gustado que lo preguntara?- Gerald estiró su mano lentamente para acomodar un mechón de cabello de la rubia detrás de su oreja. Sonrojada, la rubia respondió.
-No- el susurro murió entre ellos, y los segundos comenzaron a alongarse aún más.
-Por eso no lo hice- como si fuera lo más obvio del mundo, se encogió de hombros.
-¿Estás queriendo decirme que no me preguntaste porque sabías que no quería que me preguntaras?- asombrada de que el moreno la conociera tan bien, Helga le miró como si fuera la primera vez que lo viera, aterrada de cuánto había escalado la relación que sostenían sin que ella lo notara.
-No te lo estoy queriendo decir… es que, te lo estoy diciendo Helga- Gerald sonrió, orgulloso de haberla dejado perpleja –ya me dirás cuando estés lista. Sólo necesitas que esté contigo y es lo que haré- el moreno pasó su brazo alrededor de la cintura de la rubia y la pegó a su pecho, besó su cabeza, aspirando el olor de su cabello recién lavado.
-Gerald- la voz de Helga temblaba –Gracias- ambos sonrieron sin verse, pero aun así, de alguna forma sabían que el otro sonreía. Y así, abrazados, ambos se quedaron dormidos. La rubia sintiendo que había alguien a quien podía aferrarse en medio del torbellino de emociones que le provocó la noticia que Bob le había dado hacía unas horas. Y quién sabe, quizás se equivocaba, y su hogar no era un lugar como la casa de sus padres o el departamento que arrendaba en la capital británica… quizás era justo ahí, entre los brazos de Gerald Johanssen que le demostraba hasta el cansancio, una y otra vez, que a su forma… la quería.
