Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 17 Discusión
Al día siguiente, el rey anunció una última prueba. Un anillo de oro
yacía escondido en una profunda caverna subterránea, guardada por
un dragón que echaba fuego por la boca. Jack se puso su traje de
noche y viento y empuñó la espada más afilada del mundo, y un
momento después estaba a la entrada de la caverna. El dragón salió
rugiendo y Jack luchó a brazo partido con él, os lo aseguro, pues era
un dragón muy grande. Estuvieron luchando todo el día. Era casi de
noche cuando, muerto ya el dragón, Jack pudo apoderarse por fin del
anillo de oro...
De Jack el Risueño
La semana después, Bella caminaba por Hyde Park con Wolf. Habían vuelto a Londres la
noche anterior. El viaje desde Escocia había transcurrido sin contratiempos, salvo por una
espantosa comida a base de col y ternera, el tercer día. Esa noche, había preparado un jergón en un rincón de su cuarto y Vale había dormido con ella allí toda la noche. Sabía que era raro dormir así, pero estaba tan contenta de tenerle a su lado, de que durmiera junto a ella, que no le molestaba. Si tenía que dormir en el suelo el resto de su vida, no le importaría.
Webber había mirado el jergón con curiosidad, pero no había dicho nada. Tal vez el señor Yorkie le hubiera contado los extraños hábitos nocturnos de lord Vale.
El viento agitaba sus faldas mientras paseaba. Esa mañana, Vale había ido a hablar con el señor Black, seguramente sobre Spinner's Falls. Bella frunció un poco el ceño al pensarlo. Tenía la esperanza de que, tras hablar con sir Jasper, su marido abandonara la búsqueda y encontrara, quizá, cierta paz. Pero parecía tan obsesionado como siempre. Se había pasado la mayor parte del viaje de regreso teorizando sobre quién podía ser el traidor, lanzando conjeturas y contándole una y otra vez sus hipótesis. Bella le escuchaba mientras bordaba, pero notaba un peso en el corazón. ¿Qué probabilidades había de que Vale descubriera al traidor después de tantos años? ¿Y si no lograba encontrarlo? ¿Se pasaría el resto de su vida embarcado en una búsqueda inútil?
Un grito interrumpió sus lúgubres pensamientos. Levantó la vista a tiempo de ver a Peter, el hijo pequeño de la señora Brandon, abrazando a Wolf. El perrillo le lamía la cara con
entusiasmo. Evidentemente, se acordaba de él. Su hermana se inclinó con cautela para acariciarle la cabeza.
—Buenos días —dijo la señora Brandon. Estaba un poco apartada de sus hijos y se acercó con calma—. Un día precioso, ¿verdad?
Bella sonrió.
—Sí, así es.
Se quedaron la una al lado de la otra un rato, mirando a los niños y al perro.
La señora Brandon exhaló un suspiro.
—Debería buscarle un perrillo a Peter. Me lo pide de todo corazón. Pero Su Excelencia no
soporta a los animales. Le hacen estornudar y dice que son muy sucios.
Bella se sorprendió un poco al oírla mencionar con tanta naturalidad a su protector, pero
intentó disimular su asombro.
—Los perros son bastante sucios a veces.
—Mmm. Supongo que sí, pero también lo son los niños. —La señora Brandon arrugó la nariz, lo cual sólo hizo que su bello rostro se volviera aún más adorable—. Y, además, ya no nos visita tan a menudo. Apenas una vez al mes, este último año. Imagino que se ha buscado otra mujer, como un sultán otomano. Tienen mujeres como ovejas en un rebaño. Los otomanos, quiero decir. Creo que lo llaman «harén».
Bella notó que se sonrojaba y se miró los zapatos.
—Vaya, lo siento —dijo la señora Brandon—. La he avergonzado, ¿verdad? Siempre estoy
metiendo la pata, sobre todo cuando estoy nerviosa. Su Excelencia solía decir que debía mantener la boca bien cerrada, porque cuando la abría echaba a perder la ilusión.
—¿Qué ilusión?
—La de perfección.
Bella parpadeó. —Decir eso es horrible.
La señora Brandon ladeó la cabeza como si se lo pensara.
—Sí, ¿verdad? En su momento no me di cuenta, creo. Cuando nos conocimos, le admiraba
tanto que me quedaba pasmada de asombro. Claro que entonces era muy joven. Tenía sólo diecisiete años.
Bella deseaba poder preguntarle cómo se había convertido en la amante del duque de
Lister, pero temía la respuesta.
Por fin dijo:
—¿Le amaba usted?
La señora Brandon se rió. Tenía una risa ligera y encantadora, pero teñida de tristeza.
—¿Se ama al sol? Está ahí, y nos da luz y calor, pero ¿se le puede amar verdaderamente?
Bella se quedó callada, porque cualquier respuesta que diera sólo aumentaría la tristeza
de la otra mujer.
—Yo creo que, para amar, ha de haber equidad —dijo la señora Brandon reflexivamente—. Una equidad esencial. Y no me refiero a la riqueza, ni a la posición social. Conozco a mujeres que aman sinceramente a sus protectores y a hombres que aman a sus mantenidas. Pero son iguales en un... en un sentido espiritual, si entiende usted lo que le digo.
—Creo que sí —contestó despacio Bella—. Si el hombre o la mujer tienen todo el poder
en un sentido emocional, no puede haber amor verdadero. Supongo que para amar uno ha de abrirse por completo. Ha de mostrarse vulnerable.
—No se me había ocurrido, pero creo que debe de tener usted razón. El amor es esencialmente una rendición. —Sacudió la cabeza—. Hace falta valor para rendirse así.
Bella asintió con la cabeza, mirando el suelo.
—Yo no soy una mujer muy valiente —comentó la señora Brandon en voz baja—. En cierto modo, todas las decisiones que he tomado en mi vida han surgido del miedo.
Bella la miró con curiosidad.
—Hay quien diría que la vida que ha elegido requiere mucho valor.
—Esas personas no me conocen. —La señora Brandon sacudió la cabeza—. Dejarme guiar por el miedo no era la vida que yo hubiera elegido.
—Lo lamento.
La señora Brandon asintió.
—Ojalá pudiera cambiar.
Ojalá, pensó Bella. Por un momento se dio entre ellas, la respetable señora y la
mantenida, una extraña compenetración.
Entonces Peter dio un grito y ambas miraron. Parecía haberse caído en el barro.
—Ay, Dios —murmuró la señora Brandon—. Será mejor que me lo lleve a casa. No sé qué dirá mi doncella cuando vea su ropa.
Dio unas palmadas y llamó enérgicamente a los niños. Parecieron desilusionados, pero
comenzaron a acercarse lentamente.
—Gracias —dijo la señora Brandon. Bella levantó las cejas.
—¿Por qué?
—Por hablar conmigo. He disfrutado de nuestra conversación.
Bella se preguntó de pronto con cuánta frecuencia hablaba la señora Brandon con otras
damas. Era una mantenida y, por tanto, no podía codearse con señoras respetables, pero también era la amante de un duque, lo cual la situaba muy por encima de las demás. Se hallaba en una esfera enrarecida y solitaria.
—Para mí también ha sido un placer —contestó Bella impulsivamente—. Ojalá
pudiéramos hablar más.
La señora Brandon sonrió, trémula.
—Quizá lo hagamos.
Luego recogió a sus hijos y se despidió, y ella se quedó sola con Wolf. Regresó por donde había venido. Un carruaje la esperaba, y un lacayo la seguía discretamente. Pensó en lo que le había dicho a la señora Brandon: que el verdadero amor exigía vulnerabilidad. Y se preguntó si tenía el coraje de volverse así de vulnerable otra vez.
—¿Te dio Withlock alguna idea sobre quién pudo ser el traidor? —le preguntó Jacob Black a Edward esa tarde.
Edward se encogió de hombros. Iban paseando de nuevo a caballo por Hyde Park, y estaba intranquilo. Quería espolear a Senna para que partiera al galope, cabalgar hasta que los dos, la yegua y él, rompieran a sudar. Se sentía casi a punto de estallar. Como si no pudiera seguir adelante con su vida hasta que encontrara al traidor y lograra pasar página. Dios, cuánto lo deseaba.
Tal vez por eso su voz sonó áspera cuando dijo:
—Withlock me dijo que debería interesarme por el dinero.
—¿Qué?
—El hombre que nos traicionó trabajaba probablemente para los franceses. O lo hizo por
motivos políticos o lo hizo por dinero. Withlock me hizo ver que debía indagar en las finanzas de los hombres que fueron apresados.
¿Quién aceptaría dinero y pasaría luego por el infierno del cautiverio?
Edward se encogió de hombros.
—Quizá no estaba previsto que le apresaran. Puede que su plan se torciera.
—No. —Black sacudió la cabeza—. No. Eso es ridículo. Si había un agente de los franceses, se habría asegurado de no estar cerca de Spinner's Falls cuando los indios nos atacaron. Fingiría estar enfermo o se quedaría rezagado, o simplemente desertaría.
—¿Y si no pudo? ¿Y si era un oficial? Porque sólo los oficiales sabían por dónde íbamos a
pasar...
Black soltó un bufido.
—Corrían rumores entre los hombres. Ya sabes lo bien que se guardan los secretos en el
ejército.
—Cierto —contestó Edward—. Pero, si era un oficial, debió de encontrar dificultades para
marcharse. Ya nos habían diezmado en Quebec, ¿recuerdas? Los oficiales escaseaban.
Black detuvo a su caballo.
—Entonces, ¿vas a investigar la situación financiera de todos los que estuvieron allí?
—No, yo...
—¿O sólo la de los prisioneros?
Edward le miró.
—Withlock me dijo también otra cosa.
Black parpadeó.
—¿Cuál?
—Dijo que habías estado en París.
—¿Qué?
—Me contó que tiene un amigo francés que le escribió que había conocido a un tal Black en una cena, en París.
—Eso es ridículo —exclamó Jacob. Se había puesto colorado y su boca era una agria línea
horizontal—. Black no es un apellido tan raro. No era yo.
—Entonces, ¿no estuviste en París el otoño pasado?
—No. —Sus orificios nasales se hincharon—. No, no estuve en París. Estuve viajando por Grecia e Italia, ya te lo he dicho.
Edward se quedó callado.
Black agarró sus riendas y se echó hacia delante en la silla, el cuerpo rígido por la ira.
—¿Está usted poniendo en entredicho mi honor, mi lealtad a mi país? ¿Cómo se atreve, señor? ¿Cómo se atreve? Si fuera usted otro, le retaría en este preciso instante.
—Jacob... —comenzó a decir Edward, pero Black hizo volver grupas a su caballo y partió al
galope.
Edward le miró alejarse. Había ofendido a un hombre al que consideraba un amigo. Emprendió el camino de regreso a casa preguntándose qué le movía a insultar a un hombre que nunca le había hecho ningún daño. Black tenía razón: el amigo de Withlock podía muy bien estar equivocado respecto a la identidad de la persona a la que había conocido en París.
Llegó a casa intentando resolver aún aquella cuestión y, al descubrir que Bella seguía
fuera, se puso aún de peor humor. Comprendió entonces que estaba deseando verla y hablar con ella de su calamitoso encuentro con Jacob Black. Refrenó un juramento y se fue a su despacho.
Sólo había tenido tiempo de servirse un dedo de coñac cuando Yorkie llamó a la puerta y entró.
Edward se volvió y miró a su ayuda de cámara con el ceño fruncido.
—¿Le has encontrado?
—Sí, milord —respondió Yorkie al penetrar en la habitación—. El mayordomo del señor Black era, en efecto, hermano de un soldado con el que serví.
—¿Te ha dicho algo?
—Sí, milord. Hoy era su día libre y nos hemos visto en una taberna. Le invité a varias copas
mientras recordábamos a su hermano. El hombre murió en Quebec.
Edward asintió con la cabeza. Muchos murieron en Quebec.
—Después de cuatro copas, el mayordomo del señor Black se volvió locuaz, señor, y pude
desviar la conversación hacia su amo.
Edward se bebió el coñac de un trago. Ya no estaba seguro de querer oír lo que iba a decirle Yorkie. Pero era él quien había puesto en marcha todo aquello, quien había mandado a su ayuda de cámara en busca de aquel hombre nada más regresar a Londres. Recular ahora le parecía una cobardía.
Miró a Yorkie, su leal servidor, que le había cuidado en los peores momentos, durante sus
pesadillas y sus delirios alcohólicos. Yorkie siempre le había servido bien. Era un buen hombre.
—¿Qué te dijo?
Su ayuda de cámara clavó en él sus ojos cafés, firmes y un poco tristes.
—El mayordomo me dijo que las finanzas de la familia quedaron muy maltrechas tras la muerte del padre del señor Black. Su madre se vio obligada a despedir a casi todos los criados. Corrió el rumor de que tendría que vender la casa de Londres. Y entonces el señor Black regresó de la guerra en las colonias. Volvieron a contratar a los criados, compraron un carruaje nuevo y la señora Black empezó a llevar vestidos nuevos. Los primeros desde hacía seis años.
Edward se quedó mirando distraídamente su copa vacía. No era aquello lo que quería. No era el alivio que buscaba.
—¿Cuándo murió el padre del señor Black?
—En el verano de 1758 —respondió Yorkie.
El verano anterior a la caída de Quebec. El verano previo a la masacre de Spinner's Falls.
—Gracias —dijo Edward. Yorkie vaciló.
—Siempre cabe la posibilidad de que recibiera una herencia o consiguiera el dinero de algún otro modo perfectamente legal.
Edward arqueó una ceja con escepticismo.
—¿Una herencia de la que los sirvientes no saben nada? —Era muy improbable—. Gracias.
Yorkie hizo una reverencia y salió de la habitación.
Edward llenó su copa de coñac y fue a mirar el fuego. ¿Era eso lo que quería? Si Black era el traidor, ¿podría entregarle a las autoridades? Cerró los ojos y bebió un sorbo de coñac. Él había sido el iniciador de todo aquello, y ya no estaba seguro de tener algún control sobre los acontecimientos.
Cuando volvió a levantar la vista, Bella estaba en la puerta. Edward apuró su copa.
—Mi encantadora esposa, ¿dónde has estado?
—He ido a dar un paseo por Hyde Park.
—¿Sí? —Se acercó a la botella y se sirvió más coñac—. ¿Has vuelto a encontrarte con alguna mantenida?
El semblante de Bella se tornó frío.
—Quizá deba dejarte solo.
—No, no. —Le sonrió y levantó su copa—. Sabes que odio estar solo. Además, tenemos que celebrar algo. Estoy a punto de acusar de traición a un amigo.
—No pareces muy contento.
—Au contraire. Estoy exultante.
—Edward... —Se miró las manos, unidas junto a la cintura, mientras intentaba ordenar lo que iba a decir—. Pareces obsesionado con este asunto. Con lo que sucedió en Spinner's Falls. Me preocupa que esta búsqueda te esté perjudicando. ¿No sería mejor... dejarlo de una vez?
Él bebió coñac sin dejar de mirarla.
—¿Por qué? Tú sabes lo que pasó en Spinner's Falls. Sabes lo que significa para mí.
—Sé que pareces atrapado por lo que ocurrió, incapaz de superarlo.
—Vi morir a mi mejor amigo.
Ella asintió con la cabeza.
—Lo sé. Y quizás haya llegado el momento de que intentes dejarlo atrás.
—Si hubiera sido yo, si hubiera muerto allí, Emmett no habría descansado hasta encontrar al traidor.
Bella le miró en silencio. Sus rasgados ojos de gato tenían una expresión misteriosa,
insondable.
Él curvó los labios mientras bebía el resto del coñac.
—Emmett no se daría por vencido.
—Emmett está muerto.
Él se quedó paralizado y levantó lentamente los ojos.
Bella había alzado la barbilla y su boca tenía una mueca firme, casi severa. Parecía capaz
de enfrentarse a una horda entera de indios vociferantes.
—Emmett está muerto —repitió—. Y, además, tú no eres él.
Esa noche, mientras se cepillaba el pelo, Bella pensó en su marido. Vale había salido del
despacho sin decir palabra después de su discusión de esa tarde. Ella se levantó del tocador y empezó a pasearse por el dormitorio. El jergón estaba listo para servirles de cama y la jarra de vino de la mesilla de noche recién llenada. Todo estaba listo para su marido. Y, sin embargo, Edward no estaba allí.
Eran las diez pasadas y no estaba allí.
Habían cenado juntos. Seguramente no habría vuelto a salir sin decirle nada, ¿verdad? Ésa
había sido su costumbre durante sus primeros días de matrimonio, pero las cosas habían
cambiado desde entonces. ¿No?
Se envolvió en su bata y tomó una decisión. Si Edward no acudía a ella, iría ella en su busca. Se acercó con paso decidido a la puerta que conducía a sus habitaciones y giró el pomo.
No ocurrió nada.
Bella se quedó mirando el pomo un momento, desconcertada. No podía creer lo que
había sentido. La puerta estaba cerrada con llave. Parpadeó y luego se recompuso. Quizá la hubieran cerrado por error. A fin de cuentas, no solía ir de sus habitaciones a las de Edward.
Normalmente era al revés. Salió al pasillo y se acercó a la puerta de Vale. Probó el pomo y
descubrió que también estaba cerrado con llave. Bien, aquello era una estupidez. Llamó a la puerta y esperó. Y esperó. Luego volvió a llamar.
Tardó cinco minutos, quizás, en comprender lo que ocurría: su marido no pensaba dejarla
entrar.
